Que quede claro
Esta semana ha sucedido algo por aquí que me ha puesto los pelos de punta. No es nada especial para el resto pero es que esta vez me ha tocado muy de cerca.
Se suelen contar historias refiriéndose a algún amigo y eso suele englobar a mucha gente conocida. Esta vez no es un amigo, ni siquiera uno de los más cercanos; es, sencillamente, mi mejor amigo. Él trabajaba allí desde hace varios años hasta que poco antes de navidades sucedieron algunas cosas que le obligaron a dejar ese puesto.
Si todo esto no hubiera sucedido no tengo la seguridad de que este jueves hubiera podido hablar con él por teléfono, como estuve haciendo.
Tuve que llamarle. En el lugar donde él trabajaba habían colocado una bomba. Esa bomba estalló, poco más o menos, a la hora en la que él debería estar entrando a su puesto de trabajo, por la puerta en la que estaba colocada la mochila con el explosivo. Aunque no hubiese coincidido el momento exacto, su lugar físico de trabajo estaba dos metros tras el cristal que le separaba del explosivo, en una cabina de vigilancia que ahora mismo ha desaparecido.
Mis informaciones no vienen de los periódicos ni de la televisión sino de amigos muy cercanos que han estado el mismo día allí dentro. La cabina de los guardas jurados está desintegrada, unas puertas que hay 5 ó 6 metros detrás de ella están arrancadas, los techos del piso caídos y están estudiando la fiabilidad de los pilares del edificio, porque es muy probable que estén dañados. Ahora mismo, los juzgados de mi villa natal, Balmaseda, están inhabilitados no se sabe por cuánto tiempo.
Algunas veces la suerte nos sonríe. El vigilante debería haber estado allí, en esa cabina, pero en ese momento no estaba. Las noches son muy largas y todos tienen sus necesidades. No sé cuál de ellas le llevó a estar lejos de allí, si el sueño o cualquier otra necesidad física, el caso es que no estaba allí. Un vecino alertó a la Ertzantza de la mochila sospechosa y ellos avisaron al vigilante, que pudo huir del edificio por los garajes, que están debajo de ese piso y por la parte opuesta del edificio.
De no haber sido así, ETA hubiera vuelto a asesinar. Podían haber asesinado a mi mejor amigo.
Quiero explicar con todo esto que nos hacen creer que vivimos en un mundo de fantasía en donde muchas casualidades están haciendo que los terroristas no hayan conseguido matar a nadie. Los políticos se llenan la boca con discursos en los que hablan de una supuesta tregua de la banda terrorista y no es así. Hoy mismo leo que han vuelto a colocar una bomba y un ertzaina (policía autónomo) ha resultado herido.
Una banda que coloca bombas, extorsiona, chantajea y ordena revueltas callejeras contra ciertas personas no está en tregua. Siguen cobrando el “impuesto revolucionario”, siguen acumulando armamento, reclutando gente, siguen amenazando. Y lo peor, han conseguido tener conversaciones con varias fuerzas políticas, se les permite organizar mítines y se les pone cara amable porque ... no han matado a nadie en dos años.
¿Tiene que caer alguien para que se den cuanta nuestros mandamases de que nunca han dejado de ejercer el terrorismo? Algún día, el vigilante estará en su lugar, el ertzaina estará demasiado cerca, un peatón pasará por allí o alguien se subirá al coche de al lado. Entonces dirán: “Se acabó la tregua” ... ¿¿¿Qué tregua???
Dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver. Yo creo que son más ciegos los que ven únicamente lo que les interesa para que no se incendie la poltrona, en la que tienen confortablemente reposadas sus nalgas, y se conviertan en ceniza todas las ideas que de allí nacen.
ETA está intentando matar. Esto es lo que quiero que quede claro. Ya sé que si quieren pueden hacerlo directamente pero están jugando a la ruleta rusa con nosotros y eso no les convierte en menos asesinos.
Se suelen contar historias refiriéndose a algún amigo y eso suele englobar a mucha gente conocida. Esta vez no es un amigo, ni siquiera uno de los más cercanos; es, sencillamente, mi mejor amigo. Él trabajaba allí desde hace varios años hasta que poco antes de navidades sucedieron algunas cosas que le obligaron a dejar ese puesto.
Si todo esto no hubiera sucedido no tengo la seguridad de que este jueves hubiera podido hablar con él por teléfono, como estuve haciendo.
Tuve que llamarle. En el lugar donde él trabajaba habían colocado una bomba. Esa bomba estalló, poco más o menos, a la hora en la que él debería estar entrando a su puesto de trabajo, por la puerta en la que estaba colocada la mochila con el explosivo. Aunque no hubiese coincidido el momento exacto, su lugar físico de trabajo estaba dos metros tras el cristal que le separaba del explosivo, en una cabina de vigilancia que ahora mismo ha desaparecido.
Mis informaciones no vienen de los periódicos ni de la televisión sino de amigos muy cercanos que han estado el mismo día allí dentro. La cabina de los guardas jurados está desintegrada, unas puertas que hay 5 ó 6 metros detrás de ella están arrancadas, los techos del piso caídos y están estudiando la fiabilidad de los pilares del edificio, porque es muy probable que estén dañados. Ahora mismo, los juzgados de mi villa natal, Balmaseda, están inhabilitados no se sabe por cuánto tiempo.Algunas veces la suerte nos sonríe. El vigilante debería haber estado allí, en esa cabina, pero en ese momento no estaba. Las noches son muy largas y todos tienen sus necesidades. No sé cuál de ellas le llevó a estar lejos de allí, si el sueño o cualquier otra necesidad física, el caso es que no estaba allí. Un vecino alertó a la Ertzantza de la mochila sospechosa y ellos avisaron al vigilante, que pudo huir del edificio por los garajes, que están debajo de ese piso y por la parte opuesta del edificio.
De no haber sido así, ETA hubiera vuelto a asesinar. Podían haber asesinado a mi mejor amigo.
Quiero explicar con todo esto que nos hacen creer que vivimos en un mundo de fantasía en donde muchas casualidades están haciendo que los terroristas no hayan conseguido matar a nadie. Los políticos se llenan la boca con discursos en los que hablan de una supuesta tregua de la banda terrorista y no es así. Hoy mismo leo que han vuelto a colocar una bomba y un ertzaina (policía autónomo) ha resultado herido.
Una banda que coloca bombas, extorsiona, chantajea y ordena revueltas callejeras contra ciertas personas no está en tregua. Siguen cobrando el “impuesto revolucionario”, siguen acumulando armamento, reclutando gente, siguen amenazando. Y lo peor, han conseguido tener conversaciones con varias fuerzas políticas, se les permite organizar mítines y se les pone cara amable porque ... no han matado a nadie en dos años.
¿Tiene que caer alguien para que se den cuanta nuestros mandamases de que nunca han dejado de ejercer el terrorismo? Algún día, el vigilante estará en su lugar, el ertzaina estará demasiado cerca, un peatón pasará por allí o alguien se subirá al coche de al lado. Entonces dirán: “Se acabó la tregua” ... ¿¿¿Qué tregua???
Dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver. Yo creo que son más ciegos los que ven únicamente lo que les interesa para que no se incendie la poltrona, en la que tienen confortablemente reposadas sus nalgas, y se conviertan en ceniza todas las ideas que de allí nacen.
ETA está intentando matar. Esto es lo que quiero que quede claro. Ya sé que si quieren pueden hacerlo directamente pero están jugando a la ruleta rusa con nosotros y eso no les convierte en menos asesinos.
Problemas de educación.
Hoy, un compañero de la obra – portugués, por cierto- ha faltado por la mañana al trabajo. En la mesa del bar, frente a un plato de lentejas, nos hemos enterado de su problema: su hija.
No, ella no está enferma, sencillamente tenía que hacer los trámites para cambiarla de colegio. En el suyo ya no podía continuar. Un grupo de niños gitanos le hacía la vida imposible.
¡Ya vuelve el racista! – dirán algunos. Bien, de acuerdo, acepto que se me llame de cualquier manera; los adjetivos, títulos o categorías no me afectan. Me juzga mi conciencia y estoy en paz con ella. Hay quien sólo se dedica a colocar personas en estanterías en función de aspectos banales, como si fueran libros, y se olvidan de ojearlos; así nunca aprenden.
Lo cierto es que el tema se repite y, porque yo lo calle, no deja de suceder. En la comida, todos hemos contado experiencias desagradables con esta gente. Y he llegado a una conclusión sobre la que ya tenía alguna sospecha. No sé si somos racistas (probablemente sí) pero lo que no soportamos no es su raza sino la impunidad en la que viven ... en la que los dejan vivir.
Fuera de toda ley, apartados de la burocracia que a los demás nos marea para justificar, por ejemplo, un sencillo cambio de domicilio, esta comunidad se aprovecha de todos los derechos que la constitución nos ofrece y luego evitan, sin siquiera disimular, cumplir con cualquier obligación.
Para los demás no hay clemencia. Recuerdo, por ejemplo, cómo hace unos tres años
me llegó una notificación de embargo por el recargo de un impuesto que traspapelé. La cantidad que me reclamaban era de 0,64 euros. El sello de la notificación cuesta 0,27 euros.
Ahora mismo, mientras escribo ésto (juro que esto es cierto; algún día, si a alguien le interesa, contaré cómo, dónde y cuándo escribo) me he tenido que apartar para que unos gitanos saquen su furgoneta de mi obra, cargados con toda la chatarra que han podido acopiar en ella.
Ellos también trabajan, pero no declaran sus ingresos. Se benefician de la sanidad, pero no cotizan a la seguridad social. Ganan dinero con sus trapicheos, pero no pagan el IVA. Tiene vehículos, pero la mayoría no tiene el seguro obligatorio. Utilizan las carreteras, pero evitan pagar el impuesto municipal. Piden cama en los albergues (como en el abominable caso que relaté hace muy poco) pero tienen dinero como para comprar pistolas y “gastar” (perdón por la expresión) once balas en “ajusticiar” a un buen hombre.
No es racismo lo que sentimos hacia esa comunidad sino la sensación de que nos toman el pelo, con el desentendimiento de la administración y la justicia, y además, se rien se nosotros. No me siento satisfecho subvencionando sus pisos, sus vehículos y, sobre todo, sus armas y su droga.
Y repito lo que comenté en otro artículo: es un mal precedente, al que se acogen cierta parte de la inmigración que está llegando sin nada que perder y con la necesidad de salir adelante del modo que sea.
La justicia deja de serlo cuando ella misma hace diferencias entre razas, comunidades o clases sociales.
Hasta que cumplen 18 años están impunes de casi todas las leyes. En poco más de dos meses han roto por dos veces el cristal de la furgoneta de un compañero para robar el aparato de música; en el mismo lugar y sabiendo todo el mundo quiénes son ellos. La misma policía nos dice que son inútiles las denuncias y que lo mejor es quitar el aparato de la furgoneta. ¡Eso es libertad!
Hay un incremento de la delincuencia juvenil, no sólo de los gitanos sino de cualquier procedencia y clase (no hay más que ver el caso de la mujer quemada viva en Barcelona) amparados precisamente en esa impunidad. Como no me gusta hacer sólo crítica destructiva me atrevo a formular una propuesta, un boceto desde toda mi ignorancia jurídica, que pudiese dar alguna idea para reducir esta tendencia. Perdón por mi osadía.
Yo me siento responsable de los actos de mi hijo y trato de educarlo en el respeto a las normas y a las personas. Creo que todos tenemos la misma intención. Por lo tanto, estoy dispuesto a asumir las sanciones que los actos que mi hijo cometa mientras esté bajo mi custodia. Así me responsabilizo de educarle como a una persona civilizada. Esto se podría convertir en norma oficial.
En los estudios, también por escrito, deberíamos dar más poder al profesorado para que aplique normas de conducta sobre ellos. Somos mayorcitos ya para saber que no hablo de castigos físicos, todo tendría que estar regulado de antemano con reuniones entre el profesorado y los padres de alumnos.
Claro está que hay algunos hijos que, llegada una edad, sus padres no han sido capaces de conducirles por el camino adecuado. Estos niños no pueden hipotecar la vida de sus padres con sus actos. Para solucionar eso, estos padres deberían notificar a las autoridades locales su incapacidad para controlar a su hijo y estas, hacerle llegar a él esa decisión. Es una decisión dura pero con esos años, yo mismo prefiero saber que mi hijo está avisado y controlado para que se piense lo que pueda hacer y tener la posibilidad de recuperar el sentido común, antes de que pase demasiado tiempo y ya se haya convertido en un delincuente habitual. Así sabrá que es el único responsable de los malos actos que cometa y se le podría juzgar como a un mayor de edad.
Yo mismo me doy cuenta de que lo que digo es muy complicado y que habría muchas situaciones que estudiar. Por eso digo que, desde mi ignorancia, sólo quiero dar un apunte de por dónde podríamos empezar a regular el comportamiento de nuestros hijos. Al menos propongo algo, lo que no puede ser es que todo siga por el camino que llevamos.
No, ella no está enferma, sencillamente tenía que hacer los trámites para cambiarla de colegio. En el suyo ya no podía continuar. Un grupo de niños gitanos le hacía la vida imposible.
¡Ya vuelve el racista! – dirán algunos. Bien, de acuerdo, acepto que se me llame de cualquier manera; los adjetivos, títulos o categorías no me afectan. Me juzga mi conciencia y estoy en paz con ella. Hay quien sólo se dedica a colocar personas en estanterías en función de aspectos banales, como si fueran libros, y se olvidan de ojearlos; así nunca aprenden.
Lo cierto es que el tema se repite y, porque yo lo calle, no deja de suceder. En la comida, todos hemos contado experiencias desagradables con esta gente. Y he llegado a una conclusión sobre la que ya tenía alguna sospecha. No sé si somos racistas (probablemente sí) pero lo que no soportamos no es su raza sino la impunidad en la que viven ... en la que los dejan vivir.
Fuera de toda ley, apartados de la burocracia que a los demás nos marea para justificar, por ejemplo, un sencillo cambio de domicilio, esta comunidad se aprovecha de todos los derechos que la constitución nos ofrece y luego evitan, sin siquiera disimular, cumplir con cualquier obligación.
Para los demás no hay clemencia. Recuerdo, por ejemplo, cómo hace unos tres años
me llegó una notificación de embargo por el recargo de un impuesto que traspapelé. La cantidad que me reclamaban era de 0,64 euros. El sello de la notificación cuesta 0,27 euros.
Ahora mismo, mientras escribo ésto (juro que esto es cierto; algún día, si a alguien le interesa, contaré cómo, dónde y cuándo escribo) me he tenido que apartar para que unos gitanos saquen su furgoneta de mi obra, cargados con toda la chatarra que han podido acopiar en ella.
Ellos también trabajan, pero no declaran sus ingresos. Se benefician de la sanidad, pero no cotizan a la seguridad social. Ganan dinero con sus trapicheos, pero no pagan el IVA. Tiene vehículos, pero la mayoría no tiene el seguro obligatorio. Utilizan las carreteras, pero evitan pagar el impuesto municipal. Piden cama en los albergues (como en el abominable caso que relaté hace muy poco) pero tienen dinero como para comprar pistolas y “gastar” (perdón por la expresión) once balas en “ajusticiar” a un buen hombre.
No es racismo lo que sentimos hacia esa comunidad sino la sensación de que nos toman el pelo, con el desentendimiento de la administración y la justicia, y además, se rien se nosotros. No me siento satisfecho subvencionando sus pisos, sus vehículos y, sobre todo, sus armas y su droga.
Y repito lo que comenté en otro artículo: es un mal precedente, al que se acogen cierta parte de la inmigración que está llegando sin nada que perder y con la necesidad de salir adelante del modo que sea.
La justicia deja de serlo cuando ella misma hace diferencias entre razas, comunidades o clases sociales.
Hasta que cumplen 18 años están impunes de casi todas las leyes. En poco más de dos meses han roto por dos veces el cristal de la furgoneta de un compañero para robar el aparato de música; en el mismo lugar y sabiendo todo el mundo quiénes son ellos. La misma policía nos dice que son inútiles las denuncias y que lo mejor es quitar el aparato de la furgoneta. ¡Eso es libertad!
Hay un incremento de la delincuencia juvenil, no sólo de los gitanos sino de cualquier procedencia y clase (no hay más que ver el caso de la mujer quemada viva en Barcelona) amparados precisamente en esa impunidad. Como no me gusta hacer sólo crítica destructiva me atrevo a formular una propuesta, un boceto desde toda mi ignorancia jurídica, que pudiese dar alguna idea para reducir esta tendencia. Perdón por mi osadía.
Yo me siento responsable de los actos de mi hijo y trato de educarlo en el respeto a las normas y a las personas. Creo que todos tenemos la misma intención. Por lo tanto, estoy dispuesto a asumir las sanciones que los actos que mi hijo cometa mientras esté bajo mi custodia. Así me responsabilizo de educarle como a una persona civilizada. Esto se podría convertir en norma oficial.
En los estudios, también por escrito, deberíamos dar más poder al profesorado para que aplique normas de conducta sobre ellos. Somos mayorcitos ya para saber que no hablo de castigos físicos, todo tendría que estar regulado de antemano con reuniones entre el profesorado y los padres de alumnos.
Claro está que hay algunos hijos que, llegada una edad, sus padres no han sido capaces de conducirles por el camino adecuado. Estos niños no pueden hipotecar la vida de sus padres con sus actos. Para solucionar eso, estos padres deberían notificar a las autoridades locales su incapacidad para controlar a su hijo y estas, hacerle llegar a él esa decisión. Es una decisión dura pero con esos años, yo mismo prefiero saber que mi hijo está avisado y controlado para que se piense lo que pueda hacer y tener la posibilidad de recuperar el sentido común, antes de que pase demasiado tiempo y ya se haya convertido en un delincuente habitual. Así sabrá que es el único responsable de los malos actos que cometa y se le podría juzgar como a un mayor de edad.
Yo mismo me doy cuenta de que lo que digo es muy complicado y que habría muchas situaciones que estudiar. Por eso digo que, desde mi ignorancia, sólo quiero dar un apunte de por dónde podríamos empezar a regular el comportamiento de nuestros hijos. Al menos propongo algo, lo que no puede ser es que todo siga por el camino que llevamos.
Memorias de una geisha
Recuerdo haber comentado por aquí, no sin cierta vergüenza, cómo hace demasiado tiempo que no soy capaz de leer un libro por completo. Cierto es también que devoro todo tipo de artículos y de cada uno de ellos trato de aprender algo. Sin embargo, no recordaba uno que he terminado hace pocas semanas, quizá porque no lo leí para mi sino que lo hice en voz alta, durante unas cuantas noches, sentado en la cama de mi hijo, con la quizás estéril intención de fomentar su gusto por la lectura. No es más que otro de los puñetazos que lanzo al aire en mi lucha contra ese fantasma de la dislexia que altera el orden de las palabras escritas en su cabeza. Dado que le apasiona el mundo del mar y que, como a cualquier niño, le gustan los relatos de aventuras, me decidí por leerle cada noche dos capítulos de 20.000 leguas de viaje submarino.
Pero salvando esta excepción, es cierto que hace demasiado tiempo que no me pierdo entre los párrafos de un buen libro. No hace mucho leí, en el que es para mí probablemente el blog más hipnótico que conozco, un extracto del libro “Memorias de una geisha” y me fascinó, en tan pocas líneas, su mezcla de serenidad y pasión.

Lo que no sabía es que se estaba rodando la película de ese libro y que se estrenaba hoy mismo. A falta de capacidad para sentarme a leerlo y dada mi afición al cine, no he dudado ni un momento para conocer toda esa historia esta tarde, nada más salir de la obra.
Me llamó la atención la duración de la película: casi dos horas y media. Cuando una película es mediocre, no hay mayor tortura que cada minuto en la butaca, pero no fue así, ni mucho menos. Llegó el final y me quedé con ganas de seguir contemplando planos – tiene una fotografía espléndida – de cada paisaje, cada calle, cada salón de té de aquel Japón de principios del siglo pasado.
Hoy puedo decir que he modificado por completo la idea que tenía preestablecida de lo que son las geishas. Nada más lejos de la concepción que tenía sobre ellas. Si bien, en los años en que vivimos, esa forma de vida sería una aberración, no lo es por tantos motivos como en principio pensaba. Mujeres que destinan su vida para estar al servicio de sus dueños pero con una dignidad absoluta, una capacidad cultural importante, dominio de las artes, la música, sobre todo la danza; dedicación impoluta hacia el cuidado de su aspecto físico, sus maneras, su forma de andar, de sentarse, de mirar, de vestir, discreción intachable, cortesía perfecta, y un tesón inquebrantable por superarse cada día, a ellas mismas y a las otras geishas.
Aunque tampoco han mejorado mucho las cosas, más bien diría que han ido a peor. Ahora se dice que las mujeres ya no trabajan como muñecas de compañía para hombres con dinero. Y no es así. Ahora hay una gran cantidad de putas (perdón por el lenguaje pero me reservo el “título” de prostitutas para aquellas que trabajan en los clubs y que, al menos, conservan la discreción) que ni son discretas, ni artistas, ni educadas, ni dignas, ni, por supuesto, cultas, y ni siquiera bien vestidas y bellas. En ese camino la mujer no ha avanzado, si nos ponen a estas pajarracas como ejemplo de su evolución en la sociedad. Más bien retroceden hasta niveles casi simiescos. Perdón por este último párrafo pero es que hay ciertas cosas que no soporto.
Es fascinante la cultura oriental, donde el respeto a las costumbres y a las personas está mas cerca de la idea de lo que es, para mí, una sociedad correcta y civilizada, que el exceso de libertades y falta de educación que existe ahora. Olvidándonos de los prejuicios morales, la dedicación y fe en su trabajo con que las geishas se preparan desde muy niñas es digna de admiración. Quizás nadie en el mundo se dedique con tanto afán a labrarse un futuro.
Pero los conflictos morales llegan más tarde, cuando se dan cuenta de que no son dueñas de su propio destino, puesto que uno de los sacrificios que hacen es el de renunciar a sus propios sentimientos, a sus propias ilusiones. Es muy difícil que su sueño coincida con quien se adueñe de su vida. Y entonces se crea el gran dilema: renunciar a todo el proyecto de una vida y a las gentes que siempre le acompañaron o renunciar a la persona con la que podría ser feliz el resto de sus días. Cualquiera de las dos opciones deja una enorme cicatriz en el alma.
No me arrepiento de la decisión que he tomado. Esta tarde he viajado al Japón de hace 75 años para disfrutar de algunas cosas que, aún sin llegar a comprenderlas, como una embriagadora danza en un teatro, me han hecho sentir sensaciones diferentes, de gran belleza y de intensa pasión enmascarada, como las propias geishas, en una palidez de silencios, respeto y dignidad.
Pero salvando esta excepción, es cierto que hace demasiado tiempo que no me pierdo entre los párrafos de un buen libro. No hace mucho leí, en el que es para mí probablemente el blog más hipnótico que conozco, un extracto del libro “Memorias de una geisha” y me fascinó, en tan pocas líneas, su mezcla de serenidad y pasión.

Lo que no sabía es que se estaba rodando la película de ese libro y que se estrenaba hoy mismo. A falta de capacidad para sentarme a leerlo y dada mi afición al cine, no he dudado ni un momento para conocer toda esa historia esta tarde, nada más salir de la obra.
Me llamó la atención la duración de la película: casi dos horas y media. Cuando una película es mediocre, no hay mayor tortura que cada minuto en la butaca, pero no fue así, ni mucho menos. Llegó el final y me quedé con ganas de seguir contemplando planos – tiene una fotografía espléndida – de cada paisaje, cada calle, cada salón de té de aquel Japón de principios del siglo pasado.
Hoy puedo decir que he modificado por completo la idea que tenía preestablecida de lo que son las geishas. Nada más lejos de la concepción que tenía sobre ellas. Si bien, en los años en que vivimos, esa forma de vida sería una aberración, no lo es por tantos motivos como en principio pensaba. Mujeres que destinan su vida para estar al servicio de sus dueños pero con una dignidad absoluta, una capacidad cultural importante, dominio de las artes, la música, sobre todo la danza; dedicación impoluta hacia el cuidado de su aspecto físico, sus maneras, su forma de andar, de sentarse, de mirar, de vestir, discreción intachable, cortesía perfecta, y un tesón inquebrantable por superarse cada día, a ellas mismas y a las otras geishas.Aunque tampoco han mejorado mucho las cosas, más bien diría que han ido a peor. Ahora se dice que las mujeres ya no trabajan como muñecas de compañía para hombres con dinero. Y no es así. Ahora hay una gran cantidad de putas (perdón por el lenguaje pero me reservo el “título” de prostitutas para aquellas que trabajan en los clubs y que, al menos, conservan la discreción) que ni son discretas, ni artistas, ni educadas, ni dignas, ni, por supuesto, cultas, y ni siquiera bien vestidas y bellas. En ese camino la mujer no ha avanzado, si nos ponen a estas pajarracas como ejemplo de su evolución en la sociedad. Más bien retroceden hasta niveles casi simiescos. Perdón por este último párrafo pero es que hay ciertas cosas que no soporto.
Es fascinante la cultura oriental, donde el respeto a las costumbres y a las personas está mas cerca de la idea de lo que es, para mí, una sociedad correcta y civilizada, que el exceso de libertades y falta de educación que existe ahora. Olvidándonos de los prejuicios morales, la dedicación y fe en su trabajo con que las geishas se preparan desde muy niñas es digna de admiración. Quizás nadie en el mundo se dedique con tanto afán a labrarse un futuro.
Pero los conflictos morales llegan más tarde, cuando se dan cuenta de que no son dueñas de su propio destino, puesto que uno de los sacrificios que hacen es el de renunciar a sus propios sentimientos, a sus propias ilusiones. Es muy difícil que su sueño coincida con quien se adueñe de su vida. Y entonces se crea el gran dilema: renunciar a todo el proyecto de una vida y a las gentes que siempre le acompañaron o renunciar a la persona con la que podría ser feliz el resto de sus días. Cualquiera de las dos opciones deja una enorme cicatriz en el alma.
No me arrepiento de la decisión que he tomado. Esta tarde he viajado al Japón de hace 75 años para disfrutar de algunas cosas que, aún sin llegar a comprenderlas, como una embriagadora danza en un teatro, me han hecho sentir sensaciones diferentes, de gran belleza y de intensa pasión enmascarada, como las propias geishas, en una palidez de silencios, respeto y dignidad.¿Dónde estás, Bruce Willis?
Te echo de menos, Bruce Willis. En realidad echo de menos a John McClane, el personaje que hacías en La jungla de cristal.Y es que tenías que darte una vuelta por aquí, esto está lleno de terroristas que nos tienen secuestrados y engañados.
Sí, este artículo hablará de política y esa palabra es sinónimo de temas aburridos y que no nos interesan. Y es cierto. Yo tenía antes el concepto de que los políticos estaban para servir al pueblo y solucionar sus verdaderos problemas. Temas como de los que he hablado últimamente: la convivencia con diversas etnias, la desorientación y costumbres violentas de los jóvenes, etc.
Esta vez no es el edificio Nakatone el que han tomado los supuestos terroristas sino la tranquila convivencia de las gentes de este país. Nadie había pedido nada y ahora no salen con el tema de las reivindicaciones de uno de los territorios de este país. Teníamos poco con el País Vasco y ahora tropezamos en la misma piedra con Cataluña. ¡Cómo les gusta a esta gentuza inventar problemas e implicarnos en ellos. Nos empujan a posicionarnos en un bando o en otro .. y lo consiguen. ¡Somos bobos! Deberíamos hacerles tanto caso como a las discusiones de los concursantes de Gran hermano. Bueno ... pensándolo bien, ese programa creo que sigue llevando a millones de espectadores delante de la televisión. Así nos va.
Y la gran reivindicación viene por un término, un concepto. Quieren que a Cataluña se le reconozca su condición de nación. ¡Venga ya! También los terroristas de La jungla de cristal pedían no sé cuántas cosas a favor de su pueblo (no recuerdo cuál) oprimido.
Pero allí estaba Bruce Willis (John McClane) para desenmascararlos.
En lo último que me he enterado sobre las negociaciones del estatuto de Cataluña, estaban negociando cambiar estos conceptos a cambio de mejoras en la financiación. Y me he acordado de todo lo que luchó John McClane para descubrir la verdad de aquel secuestro. Les sorprendió robando una enorme cantidad de acciones y dijo algo así como:
“¡Todo este montaje para, al final, ser un maldito atraco!
A esta gente no les interesa la dignidad de un pueblo, ni sus costumbres, ni su imagen, ni nada parecido. Busca un político y cuando te explique cuáles son sus ideales, mira de dónde ingresa dinero en su cuenta, lo demás es sólo el camuflaje de su cartera.
Ayer fui al cine y vi la película Jarhead. Trata de la guerra del golfo desde el punto de vista de un franco-tirador enviado allí. En una de las patrullas descubren horrorizados cómo una caravana de personas que huían en sus vehículos habían sido atacados por sus aviones y sus cuerpos yacían allí, carbonizados. ...Daños colaterales.

Sin embargo, el alto mando se echó las manos a la cabeza cuando comprobó que los iraquíes habían prendido fuego a los pozos de petróleo. Que yo recuerde, esta guerra era para liberar a Kuwait de la invasión iraquí. ¿Qué era lo que importaba de Kuwait? Su población? Allí estaban, carbonizados, asesinados en una huída.
Decían, cuando los incendios de los pozos provocaba una lluvia de petróleo, que el desierto estaba llorando. Y a los americanos les preocupaban esas lágrimas, no quienes ya no podían llorar.
Nos llaman tontos a la cara. Que no nos engañen más. Que no nos hablen de ideales, de justicia, de igualdad. Solo son todos unos ladrones como los de La jungla de cristal.
Ven pronto, Bruce Willis. Trae contigo a John McClane. Esto se está llenando de atracadores.
Violento atropello
Se llamaba Gaspar. 64 años, toda una vida. Trabajador en un hospital, hombre anónimo, prudente, responsable. Apenas sabremos nada más de él. ...11 disparos.
Una niña se golpea con su coche tras salir de entre unos contenedores y cae al suelo. Bueno, no quiero pecar de partidismo. En el peor de los supuestos, él golpea con su coche, a escasa velocidad, a una niña que sale de entre unos contenedores. La niña cae al suelo. El golpe ha sido pequeño pero él se detiene para interesarse por la pequeña... No le dan tiempo a bajarse del coche; le meten 11 balas por la ventanilla. El padre de la niña y otros dos castigan de esa manera un leve incidente y una actuación correcta del responsable del atropello.
Por la tarde la niña sale del hospital. No tiene nada, algún rasguño de haberse caído al suelo. El coche tampoco presenta ninguna marca del golpe.
No hace tanto, el conductor era otro. Joven, con todo por hacer. Bailaor, famoso, portada de muchas revistas, imprudente, sin carnet, sin seguro, a altísima velocidad, y atropella a una persona que cruzaba correctamente por un paso de peatones. Irresponsable, deja a la víctima en el suelo, moribundo y se da a la fuga. El peatón fallece y el bailaor echa la culpa a su hermano pequeño ... Ahora está en la calle, triunfando por los escenarios.
En ambos casos, los responsables de las muertes eran de raza gitana. No quiero ser racista, creo que no lo soy, pero me lo ponen muy difícil para admitirles a mi lado. De acuerdo, en el caso del bailaor no tiene tanto que ver el que sea gitano como el que sea un personaje popular. Pero se vive muy cómodo al margen de la ley, y esta gente lo hace desde siempre. Y si denuncias algo de ellos siempre se agarran a lo mismo: somos racistas.
La raza gitana lleva décadas entre nosotros y nadie se ha molestado nunca en ponerles freno a sus actividades al margen de la ley, que son prácticamente todas. No eran demasiados y podíamos soportar que trapichearan a nuestro lado con hurtos y droga. No son los únicos pero son unos de los más implicados en la distribución de la heroína por todo el país. También son los autores de la mayoría de delitos contra la propiedad, y de reyertas callejeras, y de manejo de armas.
Hasta ahora estaban sólo ellos y la administración sólo se encargaba de alejarlos de los barrios pudientes para que los señoritos no tuviesen frente a la ventana de su chalet una comunidad desagradable por su falta de higiene y sus costumbres poco cívicas. Así se les enviaba a barrios obreros de los que se adueñaban poco a poco y que se convertían en pequeños ghettos como los que no hace mucho, en Francia, fueron foco de sublevaciones en forma de incendios a coches.
Seguramente, si hubiésemos sabido llevar al orden a la gente de esta etnia, ahora ya tendríamos un camino bien avanzado para saber cómo recibir a esta avalancha de inmigración que nos está llegando. Si los gitanos – mira que hemos tenido años para hacerlo- respetasen las normas de convivencia, estuvieran integrados al mercado laboral, tuvieran escolarizados a sus hijos, y respetasen las conductas de nuestra cultura, ahora tendríamos un ejemplo que poner a quienes vinieran a nuestro país.
Pero ahora vienen a lo fácil. Se vive mejor indocumentado, fuera de la ley, traficando, robando, matando. Y siguen entrando personas con esa ambición. Ahora son demasiados, de diferentes culturas, de demasiados países, en busca de un camino correcto al principio pero sin temor a sobrevivir por el otro camino.
Ahora es muy tarde. Los asesinos de hoy estaban alojados en un albergue, un albergue pagado con lo que su víctima cotizó durante tantos años a la seguridad social. Hoy se lo agradecieron con 11 balazos. No tenían dinero para dormir pero sí para pistolas y munición.
Hemos sufrido a esta gente como a cierta infección que siempre ocultamos: en silencio. Pero ha sido así porque esa infección la ocultaron, como en nuestro propio cuerpo, en las zonas que no salen en las fotos, ni en las postales. La cara amable y vistosa de las ciudades nunca tuvo una chabola junto a su piscina. Ahora esa infección se hace mayor y con más variantes ... y no nos pusimos la vacuna a tiempo.
Existe el riesgo de que alguien me tache ahora de racista ... puede que lo sea, pero no por el tono de su piel, ni por su lenguaje, sino por la falta de respeto a las normas por las que a nosotros nos multan o nos meten en la cárcel. Me podéis llamar racista, no me importa, me siento muy orgulloso de haber trabajado, compartido mesa y haber entablado amistad con compañeros de trabajo de (son todos ciertos): Marruecos, Pakistán, Argelia – a un argelino incluso le busqué yo el trabajo a petición de una amistad que yo tenía en Cáritas- Argentina, Colombia, Brasil, Uruguay, Portugal, Ucrania, Polonia, Inglaterra, Chile, Nigeria, Chad, Ecuador ... puede que me deje alguno más.
Todos ellos eran buena gente, eran de mi raza. A los de la raza de los delincuentes sin ánimo de reforma no los trago. Por eso me declaro racista.
Una sola vez trabajé con un gitano. Lo metieron en la obra porque era en uno de “sus” barrios. Aquel mocetón de 1,85 y escasos 30 años no tenía otra ocupación que hablar por su teléfono móvil nuevo y mostrarnos su furgoneta. Esa fue toda su aportación a la obra, pero si le echaban nos destrozarían toda la maquinaria.
La lección que hemos aprendido hoy es que la conducta correcta nos puede llevar a la muerte y los delincuentes hacen lo que les da la gana, nunca pagan lo suficiente sus culpas. Ahora, si atropello a alguien, me daré a la fuga. Si me quedo a socorrer a la víctima corro el riesgo de que me peguen un tiro y no poder disfrutar de los espectáculos de baile de Farruquito. Y si me atrapa la policía, confío en seguir su mismo camino. Igual me meto palmero en su grupo.
Una niña se golpea con su coche tras salir de entre unos contenedores y cae al suelo. Bueno, no quiero pecar de partidismo. En el peor de los supuestos, él golpea con su coche, a escasa velocidad, a una niña que sale de entre unos contenedores. La niña cae al suelo. El golpe ha sido pequeño pero él se detiene para interesarse por la pequeña... No le dan tiempo a bajarse del coche; le meten 11 balas por la ventanilla. El padre de la niña y otros dos castigan de esa manera un leve incidente y una actuación correcta del responsable del atropello.
Por la tarde la niña sale del hospital. No tiene nada, algún rasguño de haberse caído al suelo. El coche tampoco presenta ninguna marca del golpe.
No hace tanto, el conductor era otro. Joven, con todo por hacer. Bailaor, famoso, portada de muchas revistas, imprudente, sin carnet, sin seguro, a altísima velocidad, y atropella a una persona que cruzaba correctamente por un paso de peatones. Irresponsable, deja a la víctima en el suelo, moribundo y se da a la fuga. El peatón fallece y el bailaor echa la culpa a su hermano pequeño ... Ahora está en la calle, triunfando por los escenarios.
En ambos casos, los responsables de las muertes eran de raza gitana. No quiero ser racista, creo que no lo soy, pero me lo ponen muy difícil para admitirles a mi lado. De acuerdo, en el caso del bailaor no tiene tanto que ver el que sea gitano como el que sea un personaje popular. Pero se vive muy cómodo al margen de la ley, y esta gente lo hace desde siempre. Y si denuncias algo de ellos siempre se agarran a lo mismo: somos racistas.
La raza gitana lleva décadas entre nosotros y nadie se ha molestado nunca en ponerles freno a sus actividades al margen de la ley, que son prácticamente todas. No eran demasiados y podíamos soportar que trapichearan a nuestro lado con hurtos y droga. No son los únicos pero son unos de los más implicados en la distribución de la heroína por todo el país. También son los autores de la mayoría de delitos contra la propiedad, y de reyertas callejeras, y de manejo de armas.
Hasta ahora estaban sólo ellos y la administración sólo se encargaba de alejarlos de los barrios pudientes para que los señoritos no tuviesen frente a la ventana de su chalet una comunidad desagradable por su falta de higiene y sus costumbres poco cívicas. Así se les enviaba a barrios obreros de los que se adueñaban poco a poco y que se convertían en pequeños ghettos como los que no hace mucho, en Francia, fueron foco de sublevaciones en forma de incendios a coches.
Seguramente, si hubiésemos sabido llevar al orden a la gente de esta etnia, ahora ya tendríamos un camino bien avanzado para saber cómo recibir a esta avalancha de inmigración que nos está llegando. Si los gitanos – mira que hemos tenido años para hacerlo- respetasen las normas de convivencia, estuvieran integrados al mercado laboral, tuvieran escolarizados a sus hijos, y respetasen las conductas de nuestra cultura, ahora tendríamos un ejemplo que poner a quienes vinieran a nuestro país.
Pero ahora vienen a lo fácil. Se vive mejor indocumentado, fuera de la ley, traficando, robando, matando. Y siguen entrando personas con esa ambición. Ahora son demasiados, de diferentes culturas, de demasiados países, en busca de un camino correcto al principio pero sin temor a sobrevivir por el otro camino.
Ahora es muy tarde. Los asesinos de hoy estaban alojados en un albergue, un albergue pagado con lo que su víctima cotizó durante tantos años a la seguridad social. Hoy se lo agradecieron con 11 balazos. No tenían dinero para dormir pero sí para pistolas y munición.
Hemos sufrido a esta gente como a cierta infección que siempre ocultamos: en silencio. Pero ha sido así porque esa infección la ocultaron, como en nuestro propio cuerpo, en las zonas que no salen en las fotos, ni en las postales. La cara amable y vistosa de las ciudades nunca tuvo una chabola junto a su piscina. Ahora esa infección se hace mayor y con más variantes ... y no nos pusimos la vacuna a tiempo.
Existe el riesgo de que alguien me tache ahora de racista ... puede que lo sea, pero no por el tono de su piel, ni por su lenguaje, sino por la falta de respeto a las normas por las que a nosotros nos multan o nos meten en la cárcel. Me podéis llamar racista, no me importa, me siento muy orgulloso de haber trabajado, compartido mesa y haber entablado amistad con compañeros de trabajo de (son todos ciertos): Marruecos, Pakistán, Argelia – a un argelino incluso le busqué yo el trabajo a petición de una amistad que yo tenía en Cáritas- Argentina, Colombia, Brasil, Uruguay, Portugal, Ucrania, Polonia, Inglaterra, Chile, Nigeria, Chad, Ecuador ... puede que me deje alguno más.
Todos ellos eran buena gente, eran de mi raza. A los de la raza de los delincuentes sin ánimo de reforma no los trago. Por eso me declaro racista.
Una sola vez trabajé con un gitano. Lo metieron en la obra porque era en uno de “sus” barrios. Aquel mocetón de 1,85 y escasos 30 años no tenía otra ocupación que hablar por su teléfono móvil nuevo y mostrarnos su furgoneta. Esa fue toda su aportación a la obra, pero si le echaban nos destrozarían toda la maquinaria.
La lección que hemos aprendido hoy es que la conducta correcta nos puede llevar a la muerte y los delincuentes hacen lo que les da la gana, nunca pagan lo suficiente sus culpas. Ahora, si atropello a alguien, me daré a la fuga. Si me quedo a socorrer a la víctima corro el riesgo de que me peguen un tiro y no poder disfrutar de los espectáculos de baile de Farruquito. Y si me atrapa la policía, confío en seguir su mismo camino. Igual me meto palmero en su grupo.
Un freno al vicio
No puedo más. Parece que al empezar el año todos nos replanteamos ciertas cosas, sobre todo en lo que se refiere a los vicios. Y me ha llegado el momento de poner un poco de sensatez en éste. No es un mal vicio, mejor dicho, es un buen hobby. Pero todo tiene un límite ... y lo he sobrepasado.
Escribir es algo que siempre me llamó la atención pero soy consciente de que no tengo capacidad para escribir un libro y mucho menos para que alguien lo edite. Me gusta más opinar sobre lo que pasa a mi alrededor, sobre lo que veo, lo que escucho, pero para ganarme la vida con ello primero debería haber pasado por la universidad y no lo hice. Siempre pondré la excusa de que no soportaba a la profesora de latín, y es cierto, pero es más cierto que me dejé llevar por la “buena vida” que nos tienta a los quinceañeros ... así me fue.
Así que encontré por casualidad (de nuevo doy las gracias a Sandra) esta fantástica herramienta. Y pude escribir sobre todo aquello que me preocupa, pude expresar mis opiniones con la libertad que proporciona un folio en blanco, sin el temor a que interrumpan mis argumentos hasta el final. Y con el añadido de que recibo valoración a mis textos. De esa manera descubrí con satisfacción que hay quien se interesa por lo que escribo. Alguien más aparte de algunos conocidos a quienes pedí que no me dejaran comentarios porque quería ver respuestas imparciales. Ahora veo que fue una estupidez.
Con lo que no contaba, por desconocer este medio, es con que la gran mayoría de comentarios me llegarían de otras personas que también plasman sus inquietudes en una página como ésta. Y es una bonita experiencia. Eso me permite conocer algo más de aquellos que pasan por aquí. Así, visito sus páginas, y desde ellas descubro otras y, poco a poco, me veo envuelto en una tela de araña que me aporta muchas y buenas cosas. Leo poesía, leo recomendaciones sobre libros, cine, música, páginas web, veo fotos con o sin texto, descubro experiencias personales, aprendo recetas de cocina, leyendas, historias, tradiciones, lugares, contrasto opiniones políticas, me río con disparatadas aventuras... Alguna vez también he pisado basura, es cierto. Y lo último y más entrañable ha sido descubrir dos blogs escritos pòr niñas de 7 y 9 años. (Cuidalas, Wen)
Pero el número de visitas que hago cada día es mayor. Muchos escriben casi cada día y quiero visitar a todos, y dejar comentarios... pero no puedo más. He alargado demasiado mis veladas frente a este trasto. Noto cansancio y sueño en el trabajo y si yo tengo un error allí pongo en peligro la seguridad de otros compañeros. Tengo que conducir cada día y noto síntomas que hacen que me preocupe. Me aíslo demasiado en mi casa y tengo una familia que atender.
Y no me he dado cuenta hasta estas fechas de hasta dónde había llegado, cuando mi hijo aprovecha sus vacaciones para quedarse un rato más jugando o viendo alguna película y me llama porque quiere compartir esos ratos conmigo.
Como para todo lo demás, sus palabras me indican el rumbo correcto. No es necesario un sabio que nos aconseje, sino alguien que nos quiera y nos mire a los ojos, para saber cuándo estamos haciendo las cosas mal.
No voy a dejar de escribir. Estoy muy satisfecho de poder hacerlo, pero no podré visitar a todos casi cada día. Sí que procuraré no olvidarme de nadie para siempre pero puede que pasen unos cuantos días entre visita y visita. Reconozco que tengo especial debilidad por alguno al que visitaré más a menudo, supongo que nos pasa a todos. Seguro que esto me cuesta el olvido de algunos pero no alcanzo a más. Ahora más de uno dirá aquello que se dice por cortesía de que no se dejan comentarios por esperar respuesta, pero también soy consciente de que es más fácil olvidar a alguien a quien no ves a menudo.
Es curioso pero, he leído lo último de mi amiga Narima y me hubiera servido para explicar lo mismo pero de un modo mucho más poético, hermoso y ameno, en forma de cuento o fábula.
Siento tener que tomar esta medida pero este pasatiempo se había convertido en una adicción y los únicos motivos que me llevan a tomarla son físicos. He pedido a los Reyes Magos que me regalen días de 30 horas pero me temo que no me he portado demasiado bien. Ojalá a todos os hayan dejado no lo que habéis pedido sino lo que realmente necesitéis.
Nos seguiremos viendo. Feliz año a todos.
Escribir es algo que siempre me llamó la atención pero soy consciente de que no tengo capacidad para escribir un libro y mucho menos para que alguien lo edite. Me gusta más opinar sobre lo que pasa a mi alrededor, sobre lo que veo, lo que escucho, pero para ganarme la vida con ello primero debería haber pasado por la universidad y no lo hice. Siempre pondré la excusa de que no soportaba a la profesora de latín, y es cierto, pero es más cierto que me dejé llevar por la “buena vida” que nos tienta a los quinceañeros ... así me fue.
Así que encontré por casualidad (de nuevo doy las gracias a Sandra) esta fantástica herramienta. Y pude escribir sobre todo aquello que me preocupa, pude expresar mis opiniones con la libertad que proporciona un folio en blanco, sin el temor a que interrumpan mis argumentos hasta el final. Y con el añadido de que recibo valoración a mis textos. De esa manera descubrí con satisfacción que hay quien se interesa por lo que escribo. Alguien más aparte de algunos conocidos a quienes pedí que no me dejaran comentarios porque quería ver respuestas imparciales. Ahora veo que fue una estupidez.
Con lo que no contaba, por desconocer este medio, es con que la gran mayoría de comentarios me llegarían de otras personas que también plasman sus inquietudes en una página como ésta. Y es una bonita experiencia. Eso me permite conocer algo más de aquellos que pasan por aquí. Así, visito sus páginas, y desde ellas descubro otras y, poco a poco, me veo envuelto en una tela de araña que me aporta muchas y buenas cosas. Leo poesía, leo recomendaciones sobre libros, cine, música, páginas web, veo fotos con o sin texto, descubro experiencias personales, aprendo recetas de cocina, leyendas, historias, tradiciones, lugares, contrasto opiniones políticas, me río con disparatadas aventuras... Alguna vez también he pisado basura, es cierto. Y lo último y más entrañable ha sido descubrir dos blogs escritos pòr niñas de 7 y 9 años. (Cuidalas, Wen)
Pero el número de visitas que hago cada día es mayor. Muchos escriben casi cada día y quiero visitar a todos, y dejar comentarios... pero no puedo más. He alargado demasiado mis veladas frente a este trasto. Noto cansancio y sueño en el trabajo y si yo tengo un error allí pongo en peligro la seguridad de otros compañeros. Tengo que conducir cada día y noto síntomas que hacen que me preocupe. Me aíslo demasiado en mi casa y tengo una familia que atender.
Y no me he dado cuenta hasta estas fechas de hasta dónde había llegado, cuando mi hijo aprovecha sus vacaciones para quedarse un rato más jugando o viendo alguna película y me llama porque quiere compartir esos ratos conmigo.
Como para todo lo demás, sus palabras me indican el rumbo correcto. No es necesario un sabio que nos aconseje, sino alguien que nos quiera y nos mire a los ojos, para saber cuándo estamos haciendo las cosas mal.
No voy a dejar de escribir. Estoy muy satisfecho de poder hacerlo, pero no podré visitar a todos casi cada día. Sí que procuraré no olvidarme de nadie para siempre pero puede que pasen unos cuantos días entre visita y visita. Reconozco que tengo especial debilidad por alguno al que visitaré más a menudo, supongo que nos pasa a todos. Seguro que esto me cuesta el olvido de algunos pero no alcanzo a más. Ahora más de uno dirá aquello que se dice por cortesía de que no se dejan comentarios por esperar respuesta, pero también soy consciente de que es más fácil olvidar a alguien a quien no ves a menudo.
Es curioso pero, he leído lo último de mi amiga Narima y me hubiera servido para explicar lo mismo pero de un modo mucho más poético, hermoso y ameno, en forma de cuento o fábula.Siento tener que tomar esta medida pero este pasatiempo se había convertido en una adicción y los únicos motivos que me llevan a tomarla son físicos. He pedido a los Reyes Magos que me regalen días de 30 horas pero me temo que no me he portado demasiado bien. Ojalá a todos os hayan dejado no lo que habéis pedido sino lo que realmente necesitéis.
Nos seguiremos viendo. Feliz año a todos.
Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.