El código Da Vinci: otra versión del cómic
Apenas leo libros desde hace unos años, quizás por eso aprendo más de lo que veo en la calle que de lo que otros escriben. Ni siquiera la popularidad de El código Da Vinci consiguió hacerme pasar por una librería, y más cuando me enteré de que ya se preparaba la película.
Sé que no es lo más gratificante pero, puestos a escoger, prefiero dedicarle a ese libro dos horas y media y tener las manos libres para comer palomitas. Nadie es perfecto.
Lo cierto es que he salido muy sorprendido del cine: me ha impresionado. Pero no la película, que está bastante entretenida, sino todo lo que se ha formado alrededor de ella.
Recuerdo que cuando mi hijo tenía 7 años fuimos a ver Spiderman. Al salir del cine, él se intentaba agarrar a cada saliente de las paredes que veía. Ya en casa, imitaba los saltos del superhéroe en el sofá. Eran 7 años: imaginación desbordante, ganas de jugar, sin apenas conocimientos de la física y una libre y sana irresponsabilidad.
Y me he acordado de él al ver las reacciones que El código Da Vinci ha provocado, entre la población católica y, en especial, en el Vaticano. Ellos ya no tienen 7 años y deberían aportar más responsabilidad y sensatez a sus actos.
Esta película (debería decir mejor libro) juega con datos, símbolos, indicios, sospechas, imágenes y teorías y crea una historia de ficción muy bien tejida, como tantas otras. Y será que yo no soy creyente pero me he escandalizado tanto como cuando vi las aventuras de Indiana Jones.
Pero la iglesia ha puesto el grito en el cielo porque en ese libro se desmontan algunos dogmas. Es una reacción extraña y contraproducente: si hubiesen ignorado este estreno nadie tendría la sospecha de que el autor ha acertado.
Yo, personalmente, no me creo lo que cuenta este libro. Pero, de la misma manera, no me creo tampoco lo que cuentan los evangelios. Es más, puestos a elegir, en los evangelios hay más abuso de los “efectos especiales” y hace menos creíble la novela.
Al final las historias de superhéroes siempre se basan en lo mismo. Una persona humilde con muy buenos ideales y algún secreto en su pasado que intenta liberar al mundo del mal, apoyándose en alguna habilidad sobrehumana que posee. Lo que diferencia a unos de otros es la característica de ese prodigioso poder.
Los malos intentan desvelar algo oculto del superhéroe mientras que sus seguidores más fanáticos tratan de preservar sus símbolos de poder. Pero en el mundo, afortunadamente, hay alguien más que los malos y los fanáticos. Es el resto de la gente, la que calla, trabaja, hace el bien sin disfrazarse y sabe que los símbolos no son más que un tatuaje de mejor o peor gusto.
Y viven así porque entendieron el mensaje del código Da Vinci, de la Biblia, de Spiderman e incluso de los Picapiedra. Que la vida se compone de buenos ideales y de las labores de cada día y que los símbolos, tradiciones, relatos y rituales no son más que el marketing de los editores de cada Best Seller.
Hoy se convierte en escándalo pensar que aquel hombre tuvo un hijo con una mujer. Dicen eso quienes mantienen que fue concebido por una paloma y que años después anduvo sobre las aguas. Es la batalla más absurda y estéril jamás contada. Se olvidan de que lo importante es que existió un hombre (que me lo puedo creer) con unas ideas de paz y solidaridad (que también me lo puedo creer) y que es un buen comienzo para crear una sociedad mejor. Eso sí: evolucionando como los pueblos.
Pero estos recaudadores asotanados y, (¿porqué no incluirlos también?), muchos de los actuales políticos, quieren dirigir al mundo mirando al pasado, por eso caminan de espaldas a la evolución de la sociedad con lo que ofrecen a nuestro futuro su otra “cara”, la que realmente identifica la brillantez de sus ideas.
Mi héroe favorito siempre fue el personaje de Charlot, pero no llega a la categoría de superhéroe por falta de poderes sobrenaturales. Así que si me ponen a elegir entre Jesucristo y Spiderman, me quedo con el periodista. Tiene la misma nobleza y es humano, con lo que le puedo emular en sus actos comunes y, además, los problemas del mundo en que vive son los actuales y los entiendo mejor.
No necesito santos griales, ni kriptonitas, ni anillos de poder, ni arañas venenosas. Me aburren las pirámides, iglesias, sinagogas y mezquitas. No me dicen nada las cruces, ni las telarañas, ni el ying y el yang, ni la media luna. Me parecen patéticas las imágenes de Buda, Mahoma, Dios e incluso Elvis. Cuando quiero un símbolo que me guíe no tengo más que asomarme a ver a mi hijo durmiendo: ese es mi Santo Grial.
El año que viene alguien escribirá otro Best Seller y no me preocupará mucho más de lo que me dure el cartón de palomitas. La vida está aquí abajo y en las fechas que están después de la de hoy.
Sé que no es lo más gratificante pero, puestos a escoger, prefiero dedicarle a ese libro dos horas y media y tener las manos libres para comer palomitas. Nadie es perfecto.
Lo cierto es que he salido muy sorprendido del cine: me ha impresionado. Pero no la película, que está bastante entretenida, sino todo lo que se ha formado alrededor de ella.
Recuerdo que cuando mi hijo tenía 7 años fuimos a ver Spiderman. Al salir del cine, él se intentaba agarrar a cada saliente de las paredes que veía. Ya en casa, imitaba los saltos del superhéroe en el sofá. Eran 7 años: imaginación desbordante, ganas de jugar, sin apenas conocimientos de la física y una libre y sana irresponsabilidad.
Y me he acordado de él al ver las reacciones que El código Da Vinci ha provocado, entre la población católica y, en especial, en el Vaticano. Ellos ya no tienen 7 años y deberían aportar más responsabilidad y sensatez a sus actos.
Esta película (debería decir mejor libro) juega con datos, símbolos, indicios, sospechas, imágenes y teorías y crea una historia de ficción muy bien tejida, como tantas otras. Y será que yo no soy creyente pero me he escandalizado tanto como cuando vi las aventuras de Indiana Jones.
Pero la iglesia ha puesto el grito en el cielo porque en ese libro se desmontan algunos dogmas. Es una reacción extraña y contraproducente: si hubiesen ignorado este estreno nadie tendría la sospecha de que el autor ha acertado.
Yo, personalmente, no me creo lo que cuenta este libro. Pero, de la misma manera, no me creo tampoco lo que cuentan los evangelios. Es más, puestos a elegir, en los evangelios hay más abuso de los “efectos especiales” y hace menos creíble la novela.
Al final las historias de superhéroes siempre se basan en lo mismo. Una persona humilde con muy buenos ideales y algún secreto en su pasado que intenta liberar al mundo del mal, apoyándose en alguna habilidad sobrehumana que posee. Lo que diferencia a unos de otros es la característica de ese prodigioso poder.
Los malos intentan desvelar algo oculto del superhéroe mientras que sus seguidores más fanáticos tratan de preservar sus símbolos de poder. Pero en el mundo, afortunadamente, hay alguien más que los malos y los fanáticos. Es el resto de la gente, la que calla, trabaja, hace el bien sin disfrazarse y sabe que los símbolos no son más que un tatuaje de mejor o peor gusto.
Y viven así porque entendieron el mensaje del código Da Vinci, de la Biblia, de Spiderman e incluso de los Picapiedra. Que la vida se compone de buenos ideales y de las labores de cada día y que los símbolos, tradiciones, relatos y rituales no son más que el marketing de los editores de cada Best Seller.
Hoy se convierte en escándalo pensar que aquel hombre tuvo un hijo con una mujer. Dicen eso quienes mantienen que fue concebido por una paloma y que años después anduvo sobre las aguas. Es la batalla más absurda y estéril jamás contada. Se olvidan de que lo importante es que existió un hombre (que me lo puedo creer) con unas ideas de paz y solidaridad (que también me lo puedo creer) y que es un buen comienzo para crear una sociedad mejor. Eso sí: evolucionando como los pueblos.
Pero estos recaudadores asotanados y, (¿porqué no incluirlos también?), muchos de los actuales políticos, quieren dirigir al mundo mirando al pasado, por eso caminan de espaldas a la evolución de la sociedad con lo que ofrecen a nuestro futuro su otra “cara”, la que realmente identifica la brillantez de sus ideas.
Mi héroe favorito siempre fue el personaje de Charlot, pero no llega a la categoría de superhéroe por falta de poderes sobrenaturales. Así que si me ponen a elegir entre Jesucristo y Spiderman, me quedo con el periodista. Tiene la misma nobleza y es humano, con lo que le puedo emular en sus actos comunes y, además, los problemas del mundo en que vive son los actuales y los entiendo mejor.
No necesito santos griales, ni kriptonitas, ni anillos de poder, ni arañas venenosas. Me aburren las pirámides, iglesias, sinagogas y mezquitas. No me dicen nada las cruces, ni las telarañas, ni el ying y el yang, ni la media luna. Me parecen patéticas las imágenes de Buda, Mahoma, Dios e incluso Elvis. Cuando quiero un símbolo que me guíe no tengo más que asomarme a ver a mi hijo durmiendo: ese es mi Santo Grial.
El año que viene alguien escribirá otro Best Seller y no me preocupará mucho más de lo que me dure el cartón de palomitas. La vida está aquí abajo y en las fechas que están después de la de hoy.
Enfadarse al otro lado.
Observo sorprendido la evolución de los modelos educacionales. Quizás lo más peligroso para un niño es cruzar una carretera pero ahora hay un novedoso sistema de aprendizaje. Puede que sorprenda a más de uno pero quienes saben lo están aplicando.
Este nuevo método consiste en dejar al niño en un lado de la carretera mientras su educador (diré madre a partir de ahora) está en el otro lado. Se le dice desde el otro lado: “No vengas, que si vienes te enviaré de vuelta a ese lado”
Para estar bien seguros de que quiere aprender es necesario que no haya comido durante varias horas y que contemple cómo en el otro lado su madre alimenta copiosamente a su hermano mayor.
Probablemente llore, suplique y dude si cruzar o no, pero no hay que escucharle. Antes o después lo intentará debido a su desesperación. Si consigue atravesar sabremos que es un niño capaz de crecer y valerse por sí mismo. Si sufre un atropello es porque no era digno de recibir nuestros cuidados y tendremos una carga menos.
Estoy aprendiendo estos nuevos sistemas del ejemplo de los padres del mundo. Ponen cara de circunstancias cuando decenas de cayucos llegan a Canarias con los machos más resistentes de África.
Ya no son necesarias las cámaras de gas para el exterminio de los débiles, ahora la muerte es más cruel. Construimos un laberinto cuya última puerta se abre en la costa atlántica de África y les proporcionamos un revólver para jugar a la ruleta rusa en cuyo tambor está el frío, el oleaje, el hambre, la sed, la precariedad y, en el sexto hueco, la suerte.
Los que disparan esa sexta bala se convierten en un problema para nosotros. ¡Sí, exactamente! ¡Ellos son nuestro problema! Afortunadamente, quienes dispararon las otras balas ya no lo son, ni para nosotros ni para su país de procedencia.
¡Cómo nos facilita las cosas el arrojo y la desesperación de estos hombres! ¿Qué haríamos con ellos si siguieran en su país? ¿Qué haríamos con ellos si llegaran hasta el nuestro?
Tenemos satélites que son capaces de sacar fotografías de nuestras casas pero no vigilan el litoral desde donde parten estos cayucos. Tenemos tropas matando personas en países donde la gente quiere vivir pero no van a las costas donde podrían salvar a quienes se lanzan al mar sin saber si llegarán. Tenemos GPS y barcos de apoyo en los veleros que compiten por la vuelta al mundo de regatas pero no hay patrulleras que impidan que estas precarias embarcaciones se lancen contra el Atlántico.
No sé cómo arreglar los problemas de estos países africanos pero sí sé que prefiero atender a mil valientes y desesperados antes de emprender el salto al vacío que quejarme del problema que suponen para mi país los cien “afortunados” que llegan más muertos que vivos.
Los grandes creadores de la solidaridad política y de la aldea global siguen esperando al otro lado de la carretera para reñir a los hijos que logran cruzar ... para no morir.
Ojalá el día menos pensado su jacuzzi pierda el control y se los trague .
Este nuevo método consiste en dejar al niño en un lado de la carretera mientras su educador (diré madre a partir de ahora) está en el otro lado. Se le dice desde el otro lado: “No vengas, que si vienes te enviaré de vuelta a ese lado”
Para estar bien seguros de que quiere aprender es necesario que no haya comido durante varias horas y que contemple cómo en el otro lado su madre alimenta copiosamente a su hermano mayor.
Probablemente llore, suplique y dude si cruzar o no, pero no hay que escucharle. Antes o después lo intentará debido a su desesperación. Si consigue atravesar sabremos que es un niño capaz de crecer y valerse por sí mismo. Si sufre un atropello es porque no era digno de recibir nuestros cuidados y tendremos una carga menos.
Estoy aprendiendo estos nuevos sistemas del ejemplo de los padres del mundo. Ponen cara de circunstancias cuando decenas de cayucos llegan a Canarias con los machos más resistentes de África.
Ya no son necesarias las cámaras de gas para el exterminio de los débiles, ahora la muerte es más cruel. Construimos un laberinto cuya última puerta se abre en la costa atlántica de África y les proporcionamos un revólver para jugar a la ruleta rusa en cuyo tambor está el frío, el oleaje, el hambre, la sed, la precariedad y, en el sexto hueco, la suerte.
Los que disparan esa sexta bala se convierten en un problema para nosotros. ¡Sí, exactamente! ¡Ellos son nuestro problema! Afortunadamente, quienes dispararon las otras balas ya no lo son, ni para nosotros ni para su país de procedencia.
¡Cómo nos facilita las cosas el arrojo y la desesperación de estos hombres! ¿Qué haríamos con ellos si siguieran en su país? ¿Qué haríamos con ellos si llegaran hasta el nuestro?
Tenemos satélites que son capaces de sacar fotografías de nuestras casas pero no vigilan el litoral desde donde parten estos cayucos. Tenemos tropas matando personas en países donde la gente quiere vivir pero no van a las costas donde podrían salvar a quienes se lanzan al mar sin saber si llegarán. Tenemos GPS y barcos de apoyo en los veleros que compiten por la vuelta al mundo de regatas pero no hay patrulleras que impidan que estas precarias embarcaciones se lancen contra el Atlántico.
No sé cómo arreglar los problemas de estos países africanos pero sí sé que prefiero atender a mil valientes y desesperados antes de emprender el salto al vacío que quejarme del problema que suponen para mi país los cien “afortunados” que llegan más muertos que vivos.
Los grandes creadores de la solidaridad política y de la aldea global siguen esperando al otro lado de la carretera para reñir a los hijos que logran cruzar ... para no morir.
Ojalá el día menos pensado su jacuzzi pierda el control y se los trague .
Que me roben, me duele; que me falten ... por ahí no paso.
Hoy escribo enrabietado. Y lo hago por las cosas que tengo que oír o leer a cuenta de la estafa de los sellos.
Hay algunos gurús de la opinión que abren la boca sin saber si van a hablar o vomitar sandeces. Hay muchos de éstos que hablan sin pensar, y me dan asco. Pero lo peor es que hay demasiados que escuchan sin pensar, y estos me dan pena porque conducen a un país a los lodazales en donde estos cochinos habladores sin ideas se manejan mejor.
Bien. Es cierto que me he visto afectado, y lo he contado aquí. También es cierto que lo he criticado. He criticado a los dirigentes de estas empresas estafadoras, a nadie más.
Pero ahora parece que soy, o somos nosotros los culpables por confiar nuestros ahorros a estas empresas. Me tachan (hablo en primera persona como ejemplo de todos los afectados) de codicioso, tramposo y no sé cuántas cosas más.
De acuerdo: me declaro culpable. Durante muchos años me enriquecí cobrando unos intereses de aproximadamente 100 euros al semestre. Durante ese tiempo guardaba en esa entidad unos 30 o 50 euros al mes para proyectos tan ambiciosos como, algún año irme de vacaciones una semana, otro año renovar las ventanas de mi piso o alguno, como éste al que llegué tarde, pagar los honorarios de la abogada que trata de conseguir la jubilación de mi mujer, atropellada no por un coche sino por un quirófano infecto de la Seguridad Social.
Ese es actualmente mi vasto patrimonio conseguido a base de codicia y ambición sin límites.
Hay algo tan habitual, en tanto se pueda, como guardar un poco de dinero en una cuenta aparte para una posible necesidad repentina o para algún caprichito al cabo de un tiempo si nada se tuerce. ¿Hay alguien al otro lado de estas letras que se libre de esta “negocio”?
¿Y no es cierto que de entre los fondos de pensiones, cuentas a plazo fijo o aventuras varias, cada uno elige la que mejores condiciones le pongan? Ahora todo el mundo conocía este timo, pero lleva funcionando (con aparente normalidad) más de 20 años.
Nadie sospecha ahora de una entidad, por ejemplo, de reciente aparición, de un tono frutal característico, que se gasta ingentes cantidades de dinero en publicidad (en internet, por ejemplo), mucho más que los grandes bancos consolidados, que ofrece las mejores condiciones financieras. ¿Alguien dice que huele a fraude? No. Todos conocíamos el número de la lotería después del sorteo pero nadie lo compró.
También se indignan porque alguien ha dicho que pedimos nuestro dinero al estado. No sé si alguien lo habrá hecho. Yo JAMAS me plantearé pedirlo. Asumo que soy víctima de un timo y trataré de que quien me robó no tenga un euro en el bolsillo mientras me deba dinero a mí. Pero no puedo hacer responsable a nadie más.
Al gobierno sólo le puedo pedir explicaciones de porqué una empresa fraudulenta no ha sido captada antes, cuando de mis cuentas (soy autónomo) hace dos años fui embargado por un descuido en un trámite de 0,64 euros (64 céntimos por si alguien quiere ver una errata).
Y, puestos a no exigir indemnizaciones para mí, que me ratifico en ello totalmente, también me gustaría que no se destinara dinero nuestro para trivialidades como el cine o las grandes entidades deportivas. Yo sólo gano dinero si mi trabajo es eficaz, y no veraneo 4 meses en Honolulu ni tengo casa en Miami. Nadie hace manifestaciones en mi favor cuando tengo pérdidas por ineficacia. No recibo subvenciones, sólo impuestos. Ni viene la policía a caballo para vigilar nuestras obras por la noche, cuando nos roban la herramienta, porque están vigilando a dos bandos de cabezas rapadas (sobre todo por dentro) ataviados con camisetas deportivas diferentes, que van a dejar su dinero en una entidad privada y con empleados borrachos de millones.
Tampoco soporto que me multen por no llevar puesto el cinturón de seguridad y que con ese dinero se financie una expedición al Everest, con grandes riesgos para la vida de los aventureros.
Ruego a estos profetas modernos, que escupen palabras que no han llegado a digerir, que eructan basura por la boca, ya que tienen los conductos digestivos invertidos, que opinen sólo de lo que sepan y si no saben de nada y quieren ganarse la vida con su patética comicidad que se apunten a un programa de Gran Hermano.
Me quedo con la gente que escucha pero siempre tendré que confiar en que, después de escuchar, hay un momento para la reflexión y la opinión propia, sino nos saldrá lana en vez de vello. Seguid escuchando a la gente que habla así y os convencerán de que yo tengo que ir a la cárcel. A algunos ya les convencieron de que las violaciones son por culpa de la ropa que llevan algunas.
Hay algunos gurús de la opinión que abren la boca sin saber si van a hablar o vomitar sandeces. Hay muchos de éstos que hablan sin pensar, y me dan asco. Pero lo peor es que hay demasiados que escuchan sin pensar, y estos me dan pena porque conducen a un país a los lodazales en donde estos cochinos habladores sin ideas se manejan mejor.
Bien. Es cierto que me he visto afectado, y lo he contado aquí. También es cierto que lo he criticado. He criticado a los dirigentes de estas empresas estafadoras, a nadie más.
Pero ahora parece que soy, o somos nosotros los culpables por confiar nuestros ahorros a estas empresas. Me tachan (hablo en primera persona como ejemplo de todos los afectados) de codicioso, tramposo y no sé cuántas cosas más.
De acuerdo: me declaro culpable. Durante muchos años me enriquecí cobrando unos intereses de aproximadamente 100 euros al semestre. Durante ese tiempo guardaba en esa entidad unos 30 o 50 euros al mes para proyectos tan ambiciosos como, algún año irme de vacaciones una semana, otro año renovar las ventanas de mi piso o alguno, como éste al que llegué tarde, pagar los honorarios de la abogada que trata de conseguir la jubilación de mi mujer, atropellada no por un coche sino por un quirófano infecto de la Seguridad Social.
Ese es actualmente mi vasto patrimonio conseguido a base de codicia y ambición sin límites.
Hay algo tan habitual, en tanto se pueda, como guardar un poco de dinero en una cuenta aparte para una posible necesidad repentina o para algún caprichito al cabo de un tiempo si nada se tuerce. ¿Hay alguien al otro lado de estas letras que se libre de esta “negocio”?
¿Y no es cierto que de entre los fondos de pensiones, cuentas a plazo fijo o aventuras varias, cada uno elige la que mejores condiciones le pongan? Ahora todo el mundo conocía este timo, pero lleva funcionando (con aparente normalidad) más de 20 años.
Nadie sospecha ahora de una entidad, por ejemplo, de reciente aparición, de un tono frutal característico, que se gasta ingentes cantidades de dinero en publicidad (en internet, por ejemplo), mucho más que los grandes bancos consolidados, que ofrece las mejores condiciones financieras. ¿Alguien dice que huele a fraude? No. Todos conocíamos el número de la lotería después del sorteo pero nadie lo compró.
También se indignan porque alguien ha dicho que pedimos nuestro dinero al estado. No sé si alguien lo habrá hecho. Yo JAMAS me plantearé pedirlo. Asumo que soy víctima de un timo y trataré de que quien me robó no tenga un euro en el bolsillo mientras me deba dinero a mí. Pero no puedo hacer responsable a nadie más.
Al gobierno sólo le puedo pedir explicaciones de porqué una empresa fraudulenta no ha sido captada antes, cuando de mis cuentas (soy autónomo) hace dos años fui embargado por un descuido en un trámite de 0,64 euros (64 céntimos por si alguien quiere ver una errata).
Y, puestos a no exigir indemnizaciones para mí, que me ratifico en ello totalmente, también me gustaría que no se destinara dinero nuestro para trivialidades como el cine o las grandes entidades deportivas. Yo sólo gano dinero si mi trabajo es eficaz, y no veraneo 4 meses en Honolulu ni tengo casa en Miami. Nadie hace manifestaciones en mi favor cuando tengo pérdidas por ineficacia. No recibo subvenciones, sólo impuestos. Ni viene la policía a caballo para vigilar nuestras obras por la noche, cuando nos roban la herramienta, porque están vigilando a dos bandos de cabezas rapadas (sobre todo por dentro) ataviados con camisetas deportivas diferentes, que van a dejar su dinero en una entidad privada y con empleados borrachos de millones.
Tampoco soporto que me multen por no llevar puesto el cinturón de seguridad y que con ese dinero se financie una expedición al Everest, con grandes riesgos para la vida de los aventureros.
Ruego a estos profetas modernos, que escupen palabras que no han llegado a digerir, que eructan basura por la boca, ya que tienen los conductos digestivos invertidos, que opinen sólo de lo que sepan y si no saben de nada y quieren ganarse la vida con su patética comicidad que se apunten a un programa de Gran Hermano.
Me quedo con la gente que escucha pero siempre tendré que confiar en que, después de escuchar, hay un momento para la reflexión y la opinión propia, sino nos saldrá lana en vez de vello. Seguid escuchando a la gente que habla así y os convencerán de que yo tengo que ir a la cárcel. A algunos ya les convencieron de que las violaciones son por culpa de la ropa que llevan algunas.
Ahorros sellados
(Una aclaración antes de empezar: Ya.com es quien ha colocado nuevas medidas de protección que están haciendo más incómodo dejar un comentario. Si puedo lo quitaré pero no lo creo. Así que pido disculpas a quienes hayan tenido problemas y agradezco el esfuerzo de quienes aún así dejáis un comentario.)
Me ha tocado. Y, como siempre que me toca algo, no es un premio.
Tengo ... tenía ... quizás tenga... una pequeña cantidad de ahorros invertidos en filatelia. Ahora lo único seguro que tengo es una enorme duda y la imposibilidad confirmada de disponer de ese dinero. Esta misma semana debía de retirar parte de él y, por horas, lo que tengo es un talón inútil en la cartera.
He oído comentarios sobre la ingenuidad de los inversores, pero siempre de gente que no ha sido cogida (un saludo a quienes me lean del otro lado del charco, donde esta vez, el popular significado de este verbo se puede aplicar) en este fraude.
Creo que ninguno tenemos la seguridad de qué se hace con nuestro dinero cuando lo ponemos en cualquier inversión de este tipo. La única garantía es la continuidad de una empresa y, en este caso, mi mujer guardaba ahí sus ahorros desde antes de conocernos. Quiero decir que durante unos veinte años todo ha funcionado bien y me ha molestado que me llamen bobo quienes quizás tengan un plan de pensiones, o alguna pequeña inversión en bolsa, o simplemente sus ahorros en un banco.
Todo parece indicar que donde más seguros están nuestros ahorros es, como antiguamente, escondidos en nuestra casa. Y sino, que se lo digan a ese dirigente de una de estas empresas, que tenía todo guardado en un tabique.
Ahora siento más rabia aún por el trato que recibimos de estas entidades que viven gracias a nuestro trabajo. Siempre ordenando condiciones, imponiendo comisiones y pidiendo multitud de documentación para hacer negocio con nosotros.
Somos demasiado sumisos y estamos siempre a las órdenes de entidades financieras y políticas. Algún día nos daremos cuenta de que ellos son nuestros empleados, que viven con nuestro dinero. Ya que nos roban y nos manejan a su gusto, al menos deberían tener la delicadeza de tratarnos con más respeto.
Ahora alguno dirá que todos tenemos que pagar la hipoteca a algún banco. Pues sí. A algún banco que, con nuestros ahorros en su poder, monta una inmobiliaria, que construye viviendas, que algún pez gordo del mismo banco compra para revender a esos clientes que, de esta manera pagan el valor de la construcción, de la plusvalía de la que se lucra ese pez gordo y de los intereses de la hipoteca.
Sangrados por todas las vías posibles. Y si nos queda algo, un plan de pensiones, así si sucede cualquier cosa extraña, como esto de los sellos, que el dinero esté en sus manos, por si acaso.
Yo ya me estoy preparando un hueco en un tabique. Si me roban al menos que sea de forma tradicional, con antifaz y a oscuras, no de traje y acudiendo yo humillado a su despacho.
Me ha tocado. Y, como siempre que me toca algo, no es un premio.
Tengo ... tenía ... quizás tenga... una pequeña cantidad de ahorros invertidos en filatelia. Ahora lo único seguro que tengo es una enorme duda y la imposibilidad confirmada de disponer de ese dinero. Esta misma semana debía de retirar parte de él y, por horas, lo que tengo es un talón inútil en la cartera.
He oído comentarios sobre la ingenuidad de los inversores, pero siempre de gente que no ha sido cogida (un saludo a quienes me lean del otro lado del charco, donde esta vez, el popular significado de este verbo se puede aplicar) en este fraude.
Creo que ninguno tenemos la seguridad de qué se hace con nuestro dinero cuando lo ponemos en cualquier inversión de este tipo. La única garantía es la continuidad de una empresa y, en este caso, mi mujer guardaba ahí sus ahorros desde antes de conocernos. Quiero decir que durante unos veinte años todo ha funcionado bien y me ha molestado que me llamen bobo quienes quizás tengan un plan de pensiones, o alguna pequeña inversión en bolsa, o simplemente sus ahorros en un banco.
Todo parece indicar que donde más seguros están nuestros ahorros es, como antiguamente, escondidos en nuestra casa. Y sino, que se lo digan a ese dirigente de una de estas empresas, que tenía todo guardado en un tabique.
Ahora siento más rabia aún por el trato que recibimos de estas entidades que viven gracias a nuestro trabajo. Siempre ordenando condiciones, imponiendo comisiones y pidiendo multitud de documentación para hacer negocio con nosotros.
Somos demasiado sumisos y estamos siempre a las órdenes de entidades financieras y políticas. Algún día nos daremos cuenta de que ellos son nuestros empleados, que viven con nuestro dinero. Ya que nos roban y nos manejan a su gusto, al menos deberían tener la delicadeza de tratarnos con más respeto.
Ahora alguno dirá que todos tenemos que pagar la hipoteca a algún banco. Pues sí. A algún banco que, con nuestros ahorros en su poder, monta una inmobiliaria, que construye viviendas, que algún pez gordo del mismo banco compra para revender a esos clientes que, de esta manera pagan el valor de la construcción, de la plusvalía de la que se lucra ese pez gordo y de los intereses de la hipoteca.
Sangrados por todas las vías posibles. Y si nos queda algo, un plan de pensiones, así si sucede cualquier cosa extraña, como esto de los sellos, que el dinero esté en sus manos, por si acaso.
Yo ya me estoy preparando un hueco en un tabique. Si me roban al menos que sea de forma tradicional, con antifaz y a oscuras, no de traje y acudiendo yo humillado a su despacho.
El fin del dolor
Vuelve a ser actualidad el tema de la eutanasia. Jorge León, pentapléjico de 53 años ha sido hallado muerto en su domicilio de Valladolid. Él había manifestado su deseo de morir.
Antes de opinar he querido informarme de qué es exactamente la pentaplejia. Jorge León, además de tener inutilizados brazos y piernas, necesitaba respiración asistida. Únicamente podía mover los labios.
Ahora no quiero hacer un alegato a favor de la eutanasia, me niego a hacerlo, lo mismo que me niego a tomar una posición clara sobre el aborto en general. No me gusta que se hable de leyes a favor o en contra de estas dos dramáticas situaciones sino que se estudie cada caso en particular.
Lo que sí me gustaría defender es la libertad de estos enfermos a decidir lo que hacen con su propia vida. Es muy fácil opinar desde fuera. Los problemas de los otros no son tan difíciles de superar desde la comodidad de nuestra libertad de movimientos.
Nosotros, que tenemos mandos a distancia para todo y que preguntamos a voces desde el sofá si alguien lo ha visto porque es un fastidio levantarse.
Nosotros, que nos cuesta recorrer el pasillo hasta el otro baño porque el de cerca está ocupado.
Nosotros, que nos quejamos porque hemos pisado un charco o nos ha caído una gotera en la nuca.
Nosotros, que sentimos calambres en el brazo por sujetar el teléfono móvil en una conversación larga.
Nosotros, que podemos trabajar, que podemos abrazar, que nos podemos mirar las manos, que podemos vivir.
A todo lo que la fatalidad quitó a este hombre hay que sumarle la posibilidad, que todos tenemos, de salirnos de la escena. Los médicos no le pueden recuperar sus piernas, ni sus brazos, ni sus pulmones. Pero un amigo, un familiar, alguien, ha sido capaz de devolverle la libertad que perdió de decidir su futuro y ahora la justicia lo busca.
Pero no persiguen a quien vendió el arma a aquel que mató a su mujer y a sus hijos antes de suicidarse. Ni persiguen a quien cobró por extender un carnet de conducir a un niñato imbécil que se tira por la autopista en dirección contraria. Ni persiguen a quien manda a una emboscada en el desierto a jóvenes que no saben a qué van. Ni persiguen (no, no lo hacen) a quien coloca pastillas en manos de quinceañeros inconscientes.
El gran criminal es quien le dio a Jorge León el analgésico definitivo, el fin de su martirio. Ahora el asesino es quien acabó con el dolor mientras los héroes de la humanidad son quienes lo causan.
Regularizar la eutanasia es un gran peligro porque lo harán los políticos cuando esa es una decisión para un hombre libre en compañía de su familia.
Antes de opinar he querido informarme de qué es exactamente la pentaplejia. Jorge León, además de tener inutilizados brazos y piernas, necesitaba respiración asistida. Únicamente podía mover los labios.
Ahora no quiero hacer un alegato a favor de la eutanasia, me niego a hacerlo, lo mismo que me niego a tomar una posición clara sobre el aborto en general. No me gusta que se hable de leyes a favor o en contra de estas dos dramáticas situaciones sino que se estudie cada caso en particular.
Lo que sí me gustaría defender es la libertad de estos enfermos a decidir lo que hacen con su propia vida. Es muy fácil opinar desde fuera. Los problemas de los otros no son tan difíciles de superar desde la comodidad de nuestra libertad de movimientos.
Nosotros, que tenemos mandos a distancia para todo y que preguntamos a voces desde el sofá si alguien lo ha visto porque es un fastidio levantarse.
Nosotros, que nos cuesta recorrer el pasillo hasta el otro baño porque el de cerca está ocupado.
Nosotros, que nos quejamos porque hemos pisado un charco o nos ha caído una gotera en la nuca.
Nosotros, que sentimos calambres en el brazo por sujetar el teléfono móvil en una conversación larga.
Nosotros, que podemos trabajar, que podemos abrazar, que nos podemos mirar las manos, que podemos vivir.
A todo lo que la fatalidad quitó a este hombre hay que sumarle la posibilidad, que todos tenemos, de salirnos de la escena. Los médicos no le pueden recuperar sus piernas, ni sus brazos, ni sus pulmones. Pero un amigo, un familiar, alguien, ha sido capaz de devolverle la libertad que perdió de decidir su futuro y ahora la justicia lo busca.
Pero no persiguen a quien vendió el arma a aquel que mató a su mujer y a sus hijos antes de suicidarse. Ni persiguen a quien cobró por extender un carnet de conducir a un niñato imbécil que se tira por la autopista en dirección contraria. Ni persiguen a quien manda a una emboscada en el desierto a jóvenes que no saben a qué van. Ni persiguen (no, no lo hacen) a quien coloca pastillas en manos de quinceañeros inconscientes.
El gran criminal es quien le dio a Jorge León el analgésico definitivo, el fin de su martirio. Ahora el asesino es quien acabó con el dolor mientras los héroes de la humanidad son quienes lo causan.
Regularizar la eutanasia es un gran peligro porque lo harán los políticos cuando esa es una decisión para un hombre libre en compañía de su familia.






Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.