Blogs.ya.com Quitar publicidad
Desde mi zanja
El mundo visto desde abajo. Las ingenuas opiniones de un obrero de la construcción.
Acerca de
Image hosted by Photobucket.com Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja. Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica. Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.
Enlaces
Debilidades
y...
¡¡¡ CONCURSO DE SEPTIEMBRE !!!
Sindicación
 
Dias extraños
Lunes 21 de agosto. 8 de la mañana. Llego a la obra. Estoy solo. Los obreros de la empresa que me ha contratado vienen desde León y llegarán unas horas más tarde.

No importa, el viernes me dejaron la tarea preparada: tengo que sacar todo el escombro de la obra. Para ello, un camión me deja cada media hora un contenedor vacío y se lleva el que yo he cargado.

He calculado que tendré tiempo de sobra así que compro un periódico antes de llegar. Entre camión y camión completo el crucigrama. Pero me lleva poco tiempo y me animo a probar con el sudoku. Las pocas veces que lo he intentado no he sido capaz de acabarlo.

En uno de los cambios de contenedor, el chofer, viendo que estamos solos en la obra, se baja a charlar unos minutos conmigo. Pero no me habla de cosas comunes (trabajo, deportes, noticias...) sino que me explica que va a hacerse la vasectomía y que tiene dudas, no sobre su efectividad sino sobre las consecuencias psicológicas.

Pongo la radio en la máquina, como cada día. Pero a las 9 de la mañana no hay tertulia de actualidad sino baloncesto: el mundial de Japón. Lo prefiero. Ha sido mi deporte durante 17 años y además, estoy harto de los tertulianos: nunca analizan con objetividad los hechos, sólo buscan argumentos que favorezcan a su partido y que culpen de todo al opuesto. Aunque hablen del tiempo que hace.

El locutor del partido se muestra preocupado por un jugador español, Juan Carlos Navarro, que sufrió un golpe el día anterior y que no sabe si podrá jugar. Comenta que durante el calentamiento hace claros gestos de dolor y de preocupación. No parece que hoy pueda jugar.

Sin embargo juega como titular y, no sólo eso, sino que destroza a la defensa de la selección alemana con sus tiros a canasta. España gana fácil su partido más difícil.

Llegan de León el encargado y un obrero. Me dicen que abra una zanja y que rompa todo lo que encuentre porque hay que renovar todas las canalizaciones. Las que están ahora ya han sido inutilizadas.

Debajo de la obra hay un río con escaso caudal. Hay, al menos, una docena de patos. El obrero me lo comenta y utiliza piedras de las que yo saco en la excavación para lanzarlas. Yo pienso: “...como un crío; jugando a asustar a los patos”

En la zanja sale una maraña de cables eléctricos que no soy capaz de arrancar. Es necesario cortarlos. Hay más de 20 de sección considerable. Como nos han dicho que están fuera de servicio, el obrero coge una rotaflex y se pone a cortarlos hasta que se produce una pequeña explosión.

No ha pasado nada, sólo un susto. Una de las líneas aún tenía corriente. El obrero llevaba guantes de goma y la rotaflex tiene el armazón de plástico. Menos mal...

Vuelvo de comer con tiempo y retomo aquel sudoku mientras espero a la hora de reanudar el trabajo. Casi a la hora descubro los números clave que desatascan todo. A todo correr, con la hora pasada algún minuto, relleno los huecos que quedan para completar, por primera vez, ese tedioso pero adictivo pasatiempo. No quiero hacer uno nunca más.

Después de comer, el encargado va a una farmacia, se encuentra mal. Dice que si un café que se ha tomado por la mañana... no sé. El caso es que ya no regresa en toda la tarde.

El obrero, mientras yo sigo con la zanja, se entretiene de nuevo asustando a los patos.

La programación de radio de la tarde también está alterada. En vez del habitual magazín, transmiten en directo la corrida de toros de la plaza de Bilbao. Por pura pereza y por no mover el dial analógico, que luego me cuesta sintonizar, no cambio de emisora; lo dejo como sonido de fondo.

Mientras lo oigo me planteo escribir dando mi opinión sobre los toros. Es algo que no me gusta pero respeto a sus aficionados. Incluso, cuando lo dan por televisión, me gusta ver los primeros capotazos que se dan mientras el toro no ha recibido castigo. En cuanto aparecen picas, banderillas o estoques se termina mi afición taurina.

Lo que sí me llama la atención es su peculiar “idioma”. Parece que quienes comentan la corrida hablan una lengua diferente. Hablan sobre si este toro tiene nobleza y aquél no y empiezo a cuestionarme el significado de esa palabra. ¿Puede haber animales innobles?

Curiosamente el hombre – que es el único animal capaz de robar, humillar, torturar y matar por placer o por ambición – utiliza el término “noble” para laurear a algunos de los mayores tiranos. Sin embargo, en la plaza han martirizado hasta la muerte a un toro al que no califican de noble ... y a otro que sí merecía tal distinción. Corren la misma suerte, nobles o no.

Allá por el tercer toro de la tarde, el obrero se aproxima a mi máquina con cara de satisfacción y me dice: “¡Ya ha caído uno. Mira!”

No acabo de entender – o no quiero – lo que me dice, así que me bajo y le acompaño a la barandilla del borde del río. Me señala: “¡Ahí está!”

No me lo puedo creer. Hay un pato tendido sobre el agua, retenido entre las piedras en las que tomaba el sol. En un principio no soy capaz de decir nada. Miro al obrero entre incrédulo e indignado y apenas puedo decirle: “Tú estás loco, ¿para qué lo has hecho?” Me comenta que esos patos se pueden comer y me pregunta si sé por dónde se puede bajar al río.

Sigo mudo, alucinado. Me doy cuenta, demasiado tarde, de que no jugaba; tiraba a matar. Y me revienta su absurda sonrisa.

El obrero empieza a pensar (inusual tarea, según le voy conociendo) en voz alta. “....lo malo es que hoy es lunes y no iré a casa hasta el viernes, ahora no sé cómo hacerlo”. Advierto que mi mirada le incomoda cuando le digo que la próxima vez que quiera comer pato le acompaño a un supermercado y se lo compro.

El resto de la tarde transcurre sin sonrisas en la obra. El pato ya no tiene solución pero creo que el obrero se ha dado cuenta de lo que ha hecho...

...Hoy martes, llego a la obra el primero. Me asomo al río y el pato continúa encallado entre las mismas piedras. Poco después llega el obrero y se me acerca:

“...Pues no hay más que quitarle las plumas y limpiarle y están muy ricos”


El hombre primero mata, después planifica y luego piensa. Y para como piensan algunos prefiero el instinto animal de un toro o de un pato ... aunque no tengan el título de nobles, como nosotros, los hombres.

Descanse en paz ... la cordura.


 
La ceniza del abuelo Víctor
Photobucket - Video and Image HostingMe viene a la cabeza la imagen del abuelo Victor:

“Sentado en el quicio de la puerta,
el pitillo apagado entre sus labios,
con la boina calada y en la mano,
una vara nerviosa de avellano
Se ha sentado el abuelo en la escalera,
a esperar el tibio sol de madrugada,
la mirada clavada en la montaña,
es su amiga más fiel nunca le engaña.
¿Qué recuerda su mente limpia y clara...?”

Y me parece verlo allí, en su casa de los montes de Galicia. “...la mirada clavada en la montaña”

“¿Qué recuerda...?”: Su vida, su monte, su aire, su suelo. Pero no, el abuelo no está buceando en imágenes de su adolescencia, ni siquiera en las de hace unos pocos años. El recuerdo está fresco ... estaba fresco, ahora está calcinado. Hace unos días su aire, su suelo, su monte, su vida eran verdes y frondosos. Ahora todo aquello se quema con él.

Él se libró del infierno, hay quien dice que salvó su vida, pero han dejado el infierno a su alrededor. Ya no le queda dónde vivir, ya no le queda vida al abuelo. Quisiera haber perdido la vista en aquellas llamas para no ver el desastre pero no tuvo esa suerte, le han condenado a morir mientras ve cómo se descompone su mundo: Una muerte lenta y cruel.

No dice nada, no se queja, no se mueve; sin embargo su llanto sin lágrimas es el más amargo, su desesperación retumba en mis oídos sin que el aire lo perciba, su dolor hace pequeño el paso de la saliva por mi garganta.

Photobucket - Video and Image HostingÉl no hace preguntas, pero tiene una: ¿porqué han quemado Galicia?

Nadie le convocará en rueda de prensa cuando es el único que debería hablar. Pero el tiene poco que decir, apenas nada. Ni siquiera tiene nada por hacer, sólo morir, sólo dormir acostado en las cenizas de su tierra para que en los libros de historia cuenten que la vida en Galicia se extinguió en agosto del 2006.

Las salas con las ruedas de prensa están abarrotadas de parlanchines con afán de notoriedad, de ineptos que creen que apagan fuegos con vocabulario burocrático ... y de ratas.

Sí, las ratas son aquellos animales que aparecen tras las catástrofes, que únicamente llegan para saquear y contaminar de pestes a las gentes que sobrevivieron; que apesta su sola visión y su nauseabundo dolor; que chillan con un tono irritante mientras enseñan sus sucios incisivos, que se muerden entre ellas por buscar un mejor lugar entre la carroña de los cadáveres.

Las ratas de este siglo han evolucionado en su fisonomía y tienen un aspecto más devastador. Se visten de traje y corbata y dicen chillar en nombre del abuelo Víctor.

Lo curioso es que nunca han visto a Víctor, ni siquiera saben que existe; es más, ni siquiera saben en qué monte vive, ni sabrán qué monte ha muerto con él.

Ni siquiera le han escuchado su pregunta y ellas hacen otras absurdas: cuántas hectáreas han ardido, quién debía gestionar todo, quién estaba de vacaciones, qué motivó a los asesinos de tanta vida a hacerlo, qué cuerpo está capacitado para ayudar, desde el teléfono de qué despacho hay que llamar a los bomberos...

Photobucket - Video and Image HostingNo soy capaz de hablarle a Víctor. Él es parte del paisaje devastado. Es el resto de un tronco calcinado, la ceniza que cubre la antigua cuenca de un arroyo, es un trozo de carbón de pino gallego. Ya no es un ser vivo; es un mineral más, es la melancólica imagen tallada de un crimen. Por eso no le diré cosas que he aprendido mientras su hacienda ardía.

No le diré cómo descubrí para que sirven las autonomías. No le diré que pasé vergüenza cuando mientras los bomberos de mi tierra partían (tarde) en su ayuda, los dirigentes se hacían fotos con ellos mostrando su “solidaridad” con él. No le diré que entendí que antes los bomberos hubieran acudido rápido a hacer su trabajo, su deber; pero que ahora es necesario ver al compañero y al bosque en las últimas para ponerse la capa de Superman, el cartel a pie de foto de “solidaridad”, y hacer del antiguo trabajo un ejercicio de favor impagable buscando el aplauso del pueblo que no puede respirar por el humo.

Galicia ardía. Y no fueron todos y lo más rápido posible a apagarla. ¿Porqué?

Nos dirigen ratas y su hábitat es la destrucción y el dolor ... Quizás por eso.

 
Hierros de marcar
¿Y ahora qué?

Ya tenemos tanques anfibios, cazabombarderos que no captan los radares, aviones de combate que despegan en vertical, misiles termodirigidos, armas de precisión, de largo alcance, químicas, bacteriológicas, de destrucción selectiva, nucleares, navíos de guerra, portaaviones, submarinos atómicos, helicópteros... Soldados preparados para el asalto por aire, tierra y mar, alianzas de naciones, policía internacional, enlaces de comunicación instantáneos a nivel mundial, políticos reunidos en debates globales de paz, satélites que nos controlan desde casi el más allá...

Ya nadie puede escapar al poderío del ejército internacional de “salvación”.

De no ser que un fanático terrorista sea capaz de poner cara de bueno y acceder a un avión con un sencillo bote de gel de baño.

Y cuando doscientas personas sobrevuelen el Atlántico de vuelta de unas tranquilas vacaciones y el mal nacido haga explosionar ese vuelo, aquellos tanques no podrán sino lanzar salvas de honor por las víctimas de ese atentado.

¿Para qué tanta demostración de fuerza bruta? ¿Para qué tanto avance tecnológico? ¿Acaso las más ilustres mentes siguen pensando que la verdad reside en la fuerza bruta?

Llevamos siglos creando armas, evolucionando en el arte de matar. Y lo hemos hecho tan bien que ahora no es necesario un ingenio de 100 toneladas para causar estragos. Un bote de champú, una mochila, un teléfono móvil, una bomba lapa ... por no hablar de una simple cerilla.

Miles de millones en tecnología que contrarreste la del país del otro lado del río. Y hemos conseguido el absurdo: tiene más esperanza de vida un cosmonauta que cualquier joven en el Líbano, hay más agua en los radiadores de un hangar militar que en Etiopía, hay más industrias armamentísticas que hospitales y escuelas en muchos lugares.

No hay educación, ni agricultura, ni explotación de los medios naturales para alimentar los estómagos de muchas personas, pero sí hay dinero para alimentar de mentiras de falsos dioses (que todos lo son) las mentes desesperadas de jóvenes sin futuro, y para ponerles en la mano el último y más voraz engendro asesino.

...Pero el día de las fuerzas armadas, en el desfile, se exhibirán monstruos mecánicos sorprendentes que harán que nos sintamos protegidos ... ¿de quién?

Ya no nos atacan con arietes ni catapultas; lo hacen con ideas contaminadas y nula esperanza de un mundo justo. Hemos invertido nuestros medios con el rumbo equivocado, ha avanzado más la muerte que la cultura. Hay miles de jóvenes que consiguen antes un arma que un libro, una granada que un cacho de pan, una secta que un trabajo, un líder que les instruya que un padre que les pueda mantener.

Pero la herencia de aquellos la tenemos en casa. Quienes preparaban la masacre en Londres no lo hacían por necesidad física sino por la discriminación a la que sometemos marcando con un hierro candente a quienes cruzan nuestras fronteras para vivir entre nosotros.

Aún no entendemos que la palabra “inmigrante” corresponde a un estado transitorio y que corresponde utilizarla a los empleados de aduana y de las administraciones directamente relacionadas con ese proceso, no a nosotros en la calle.

Y que, además de transitoria, no es una palabra que indique un estado de algo malo, como pueden ser las palabras “enfermo” o “borracho” que sí lo son. Un inmigrante es alguien digno en trámites de cambio de domicilio y – para mí- deja de serlo fuera de aquellas oficinas, aduanas o delegaciones, y cuando se cruza conmigo por la calle es un ciudadano más.

Pero no lo vemos así y estas familias cuyos abuelos nacieron lejos de aquí (quizás como los nuestros en función de dónde establezcamos las barreras) cargan con el cartel emponzoñado por nuestra mala baba de “inmigrantes” por los siglos de los siglos.

Luego pasan cosas en Francia, ahora en Londres ... quizás mañana mi vecino haga lo mismo, y sólo porque está harto que un kilo de arroz y una sonrisa sea mucho más caro para él cuando ha nacido, vive, trabaja y paga impuestos en el mismo lugar que yo.

En la calle por la que me gusta pasear no hay inmigrantes ... ni políticos, ni jefes, ni esclavos, ni putas, ni marquesas, ni médicos, ni enfermos, ni curas, ni homosexuales, ni rojos, ni negros, ni azules, ni chinos,ni nativos, ni turistas, ni sudacas, ni moros, ni presuntos, ni abogados, ni jueces, ni culpables ... ni gentuza.

En la calle por la que me gusta pasear solo hay personas que espero que no me odien porque yo quiero lo mejor para ellos. Pero sospecho que no todo el mundo pasea como yo y por eso sé que cualquier viaje en metro, avión o autobús puede ser mi último viaje. Y todo porque un apellido, un acento, una palabra, un color es diferente al nuestro.

En vez de buscar el Santo Grial busquemos el hierro de marcar a las personas para arrojarle, como si fuera el anillo de Tolkien, en el Monte del Destino.
 
Fichando a Scarlett
Es agosto y pocos quedamos “levantando el país”. Casualmente, este verano tengo mucho más trabajo que nunca y gran parte es papeleo para hacer cuando llego de la obra. Así que, como dije en el anterior post, voy a hacer como las televisiones:

Encontré un artículo en un suplemento dominical que me sorprendió por lo exacto que es a lo que yo pienso sobre determinado asunto. Y como tengo pocas ganas (o tiempo) para escribir, lo copio aquí a modo de refrito de zapping.

Y asumo cada palabra como si yo mismo lo firmase pero es ético decir que es un artículo que firma Juan Manuel de Prada en el semanal de periódico El Correo, que lo ha titulado:


Fichando a Scarlett

Como la afición futbolera nunca duerme, aunque sus héroes descansen, la prensa nos da la tabarra durante los meses del verano con los fichajes que los grandes equipos planean para la temporada próxima. Basta abrir un periódico para tropezarte con una turbamulta de rumores, especulaciones y augurios que sitúan a tal o cual estrella o asteroide de la Juventus o el Milán en la órbita de esos equipos autóctonos que han querido hacer de su alineación algo así como una exposición de ganado en la que se muestra la gallina más ponedora, la vaca de ubres más rollizas, la mula más fortachona y así sucesivamente, hasta completar un elenco que provoque la envidia del adversario. A la postre, ciertos equipos multimillonarios acaban pareciendo una versión desquiciada del arca de Noé, en la que conviven estrellas o asteroides de la más variada procedencia geográfica, algunos de parajes que los aficionados ni siquiera sabrían fijar en el mapa. Y yo siempre me pregunto: ¿qué ilusión puede suscitar en un aficionado que el equipo de su pueblo incorpore a su plantilla a un nativo de Sebastopol o Pernambuco?

Yo tenía entendido que la afición a un equipo de fútbol nacía de un sentimiento de fraternidad o apego a la patria chica, de esa querencia sentimental, amasada de orgullo y nostalgia, que a uno le provoca comprobar que tal o cual jugador se ejercitó pegando patadas en la campa de su pueblo, o que estudió en su misma escuela, o que terminó casándose con aquella muchacha a la que piropeamos en una verbena. La afición al fútbol es, a la postre, como la brisa del amor: uno puede reconocer que Scarlett Johansson es la maciza número uno del universo, pero, salvo que sea un fantasioso o un soplagaitas, de quien se enamora en cuerpo y alma es de la vecina de arriba, que probablemente no reúna circunstancias anatómicas tan apabullantes, pero que es la mar de salada y cuando sonríe nos provoca una desbandada de mariposas en el estómago. A mí, eso de enamorarse de Scarlett Johansson, qué quieren que les diga, se me antoja una pasión estéril y un poco zascandil; y, aunque fuera el hombre más adinerado del planeta Tierra y pudiera comprarme una noche de pasión desenfrenada con la susodicha, me quedaría con la vecina de arriba, que quizá no tenga el cutis tan fino como la Johansson ni unas tetas tan torpedas, pero que, a cambio, acepta mis requiebros por pura efusión cordial, porque incluso con mi barriguita y mi alopecia a cuestas le parezco un tipo simpático, ocurrente y no demasiado cochino.

Pues para mí el aficionado que se emociona porque su equipo ha fichado a una estrella o asteroide de Pernambuco o Sebastopol es como el tipo que se enamora de Scarlett Johansson. Dicho lo cual, comprenderán que el único equipo de fútbol que me pone es el Athletic de Bilbao, que amén de ser el equipo de mi pueblo es el único que completa su alineación con las chicas más guapas del vecindario. Hay quienes piensan que si el Athletic de Bilbao persevera en esta tradición centenaria es por motivos estrictamente políticos o incluso racistas; y no negaré que haya algún perturbado que, en su apego al terruño, abogue por tales extremosidades, del mismo modo que habrá algún egoistón que se case con la vecina de arriba porque le sale más barata y, además, le permite juntar los dos pisos y montar un dúplex. Pero la inmensa mayoría de aficionados del Athletic lo somos porque entendemos que las pasiones sanas son las que se vuelcan sobre quien tenemos cerca. Naturalmente, reconocemos que Scarlett Johansson está buenísima; pero nos enamoramos de la vecina de arriba, que nos da más cariño.

Y ser aficionado del Athletic de Bilbao dispensa, además, recompensas sabrosísimas, tanto más sabrosas por ser excepcionales. De vez en cuando, muy de vez en cuando, resulta que la vecina de arriba no tiene nada que envidiarle a Scarlett Johansson; y descubrir que semejante pibón habita encima de nuestro techo constituye uno de los alborozos más enloquecedores que a un pobre mortal le puedan ser deparados. Esto nos ocurrió a los aficionados del Athletic, por ejemplo, cuando se nos apareció Julen Guerrero en mitad de la escalera; y, aunque los años no perdonen, nunca podrá suplantar la estrella o asteroide de Pernambuco o Sebastopol el cúmulo de emociones febriles que aceleraron nuestro corazón, mientras veíamos correr sobre el césped a aquel chaval de Portugalete.
 
Mirando hacia adentro
Hoy necesito mirar hacia adentro para ponerme en la lista de aquella gente a la que critico por sus actitudes. Nadie está libre de culpa, ni siquiera yo, que me las doy a veces de Don Perfecto.

Más de una vez hemos pensado todos en voz baja (permitidme esta generalización: me asusta ser el único estúpido) que, a pesar de reconocer que otros saben más de ciertos temas, de que no tenemos los conocimientos académicos de unos cuantos, de que no entendemos cómo llega la imagen del “hombre del tiempo” a un mueble de nuestra sala, etc, etc... NADIE domina como uno el instinto ante las acontecimientos que vienen, NADIE interpreta como uno lo que pasa a nuestro alrededor, NADIE conoce las respuestas a los problemas del mundo como uno.

Y al final te das cuenta irremisiblemente de que, no siempre, pero más de una vez NADIE es tan imbécil como uno.

Pero no queda ahí. Resulta que no sólo soy Don Perfecto en visión del mundo sino también en costumbres y modo de actuar. Y así, hablo en serio siempre en el momento oportuno, bromeo cuando todos lo esperan, me callo cuando un sabio haría lo mismo y no escucho cuando sé que no merece la pena el diálogo que otros han comenzado.

Soy así de ideal ... soy así de imbécil.

Me reconozco una virtud, eso sí: es muy difícil que alguien me consiga enfadar. Y menos cuanto más aprecio a esa persona. Niego voluntad en cualquier ofensa sobre mí hasta que la otra parte certifica, si hace falta, ante notario su intención de hacerme daño.

Y soy tan “perfecto” en esto que aplico mi norma en la dirección contraria. Y entiendo que, cuando yo polemizo en tono distendido, nada de lo que diga puede dañar a quien tengo enfrente; sobretodo cuando la relación es muy fuerte. Y si alguien no es capaz de seguir mi ritmo jocoso de tertulia entiendo que es porque no todos pueden estar a mi nivel de control ... Somos pocos los elegidos.

Hasta que una bofetada me despierta de mi delirio y me hace recapacitar. Suelo pensar que cada uno está donde se merece hasta que miro un espejo y le pregunto: “Entonces... ¿porqué no eres tú el presidente de la ONU?”

Y es ese, y no los demás días, el que me hace dar un paso más hacia la madurez. Cuando me bajo de la nube y reconozco que tanto mis costumbres como mi instinto son infinitamente mejorables y que no soy ni más ni menos listo que la mayoría. Y que mis costumbres son muy buenas ... para mí. Y que no sólo es posible que me ofendan sino que -¡oh, sorpresa!- yo también soy capaz de ofender, sin voluntad quizás, pero con crueldad.

Por eso quiero desde aquí pedir perdón a quienes haya ofendido con mis ironías o con mis palabras directas, con mis frases solemnes o con mis bromas desmedidas. Y más que aquí, (en donde tengo la opción de revisar el texto antes de lanzarlo) en aquellos lugares en donde mi lengua marcha por delante de mi reflexión, que, casualmente, es cuando estoy frente a la gente que más quiero.

Perdón. Soy así de perfecto. Tanto como cualquiera. Tanto como el más tonto del mundo. Intento mejorar, pero me queda tanto...

P.D. Te dije que copiaría otro artículo pero necesitaba éste. El otro, como los de las teles: para rellenar en agosto.