Angustioso otoño
26 de noviembre. 3 de la tarde.19 grados en Bilbao.
El verano se resiste a desaparecer. Parece que tuviese la sensación de haber dejado tareas sin terminar. Como si hubiesen quedado frutos sin madurar o rayos de sol sin lucir con toda su intensidad.
Pero su tiempo ha acabado y tenemos que pensar en vivir el invierno. Esta larga y cambiante transición provoca grandes desequilibrios, físicos y emocionales. Se alternan días alegres y luminosos con otros oscuros y fríos. El cielo gime y llora copiosamente y en pocas horas nos sorprende de nuevo con su cara más amable.
Me estoy volviendo loco.
Quiero el invierno cuanto antes aunque, a la vez, le temo. Se avecina mi peor invierno; el más frío, el más cruel. No sé si estoy preparado: he perdido mi mejor y más querido abrigo. Y era insustituible.
Pero quiero afrontarlo ya, quiero saber qué es lo que necesito. Y no puedo saberlo hasta que no termine este estúpido, cambiante y enfermizo otoño. Va a ser duro, muy duro este invierno, pero es un paso necesario para llegar a la primavera en la que espero ver cómo renacen unas flores que son imprescindibles para mí: tres sonrisas que este otoño se han apagado.
Ahora no podré cuidar a todas igual pero, de alguna discreta manera vigilaré que sigan encendidas para siempre.
El verano se resiste a desaparecer. Parece que tuviese la sensación de haber dejado tareas sin terminar. Como si hubiesen quedado frutos sin madurar o rayos de sol sin lucir con toda su intensidad.
Pero su tiempo ha acabado y tenemos que pensar en vivir el invierno. Esta larga y cambiante transición provoca grandes desequilibrios, físicos y emocionales. Se alternan días alegres y luminosos con otros oscuros y fríos. El cielo gime y llora copiosamente y en pocas horas nos sorprende de nuevo con su cara más amable.
Me estoy volviendo loco.
Quiero el invierno cuanto antes aunque, a la vez, le temo. Se avecina mi peor invierno; el más frío, el más cruel. No sé si estoy preparado: he perdido mi mejor y más querido abrigo. Y era insustituible.
Pero quiero afrontarlo ya, quiero saber qué es lo que necesito. Y no puedo saberlo hasta que no termine este estúpido, cambiante y enfermizo otoño. Va a ser duro, muy duro este invierno, pero es un paso necesario para llegar a la primavera en la que espero ver cómo renacen unas flores que son imprescindibles para mí: tres sonrisas que este otoño se han apagado.
Ahora no podré cuidar a todas igual pero, de alguna discreta manera vigilaré que sigan encendidas para siempre.
Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.