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Desde mi zanja
El mundo visto desde abajo. Las ingenuas opiniones de un obrero de la construcción.
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Image hosted by Photobucket.com Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja. Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica. Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo. free hit counter
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El penal del pasado

Quizás yo esté curado. Mejor dicho: quizás yo he sido inmune a esta enfermedad quién sabe porqué. El caso es que nunca me ha afectado y el pasado fin de semana estuve expuesto más que nunca. Pero no; no me afecta lo más mínimo.

Tuve la gran suerte de disfrutar de un hermoso día de playa en muy grata compañía y, como me dejé llevar, eligieron un lugar nuevo para mí: la playa Berria en las costas de Santoña. Un paraíso más de la costa cantábrica, tan cerca y sin embargo desconocido para mí. Nada perturbó el día. Ni nubes, ni viento fuerte, ni ruidos que nos impidiesen disfrutar de la charla o la lectura, ni aglomeración de bañistas … nada. Una jornada de absoluto relax y disfrute.

Y pensé en aquellas personas que siguen mordiendo y envenenándose con imágenes de un lejano pasado; atormentados con fantasmas que no conciben que ya no existen, atados al recuerdo de algo que seguramente ni conocieron y que aún hoy les amargan sus desayunos.

A escasos metros de la playa aparcamos el coche, bajo los muros del penal de El Dueso. Y no pude evitar recordar a mi abuelo materno, aquel de quien heredé el nombre y de quien guardo una débil imagen sentado en su cocina, en una silla baja de madera, pintada de blanco. Yo apenas tenía 4 años, no recuerdo con exactitud, pero de aquel hombre recuerdo su rostro, casi idéntico al del torero Manolete, más por una foto que aún cuelga en una pared que por el inexperto cuaderno de imágenes vivas de alguien que gastaba sus energías en corretear y aprender a comer por sí solo.

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Con los años supe que mi abuelo José María sufrió las consecuencias de la guerra civil. (No hablaré de lo absurdo de esta guerra ya que absurdo y guerra son conceptos sinónimos en absolutamente todos los casos) A él le tocó en el bando “rojo” y conoció las paredes y las rejas de aquel penal bajo cuyos muros estaba aparcando el coche para disfrutar de una tarde de sábado. Por algún lugar perdido entre el tiempo y aquellos pasillos estarían los golpes y el dolor que dejaron a mi abuelo sin costillas en un lado de aquel escuálido pecho. Por algún lugar perdido entre viejas literas y almanaques caducados y rancios vagarían durante un tiempo los sueños, la angustia y las dudas de un hombre que seguramente no entendería porqué los problemas que crean los de arriba los resuelven con la sangre y los hijos de otros.

Recordé por lo que tuvo que pasar él, por lo que tuvo que pasar la mayor parte de la población del país, todos aquellos que se vieron obligados a empuñar un arma, a esconder a sus hijos, a pasar miedo, a tener que matar, a tener que morir, a tener que huir… Pero también recordé que no sólo existió aquella guerra ni existe sólo este país, ni existió sólo aquel tiempo y me dí cuenta de que lo que me provoca rabia e impotencia no es aquel dolor de mis abuelos sino aquel que hoy, cada día veo en las fotos de los periódicos.

Aquel dolor ya caducó hace muchas décadas y a mí no me duele. Quienes fueron capaces de hacer que un pueblo llegase a esta barbaridad no están aquí. Aquello es historia, triste y cruenta historia, casi como toda la historia desde que el hombre se distinguió como inteligente y empezó a “cazar” a sus hermanos para … qué sé yo.

No. Cerca de esos muros no encontré a quien encerró y golpeó a mi abuelo para darle una patada en la espinilla. Aquellos fantasmas no me asustan, lo hacen quienes ahora son incapaces de diseñar un futuro mejor y ,sin embargo, se creen dotados para reparar el pasado. Quieren remover tumbas y archivos y no les distrae el ruido de rifles, tanques y misiles, ni siquiera les oculta la luz la sangre que hoy salpica las ventanas de sus despachos. Les importa más corregir una muerte que salvar mil vidas.

No voy tranquilo si el conductor del tren donde viaja mi familia está todo el viaje en el último vagón mirando hacia las vías que deja atrás.

Mi abuelo no va a volver, ni yo le voy a esperar; tiene un biznieto por quién sí puedo hacer muchas cosas.

Las cercanías del penal de El Dueso tienen una estupenda playa que golpean infinidad de olas, como si fueran el segundero de su historia. Y cada una de ellas deja su huella en la arena, hasta que llega la siguiente y deja otra huella nueva. Ese es el secreto del tiempo, que nunca se para. Las olas lo saben, la arena lo sabe. Yo también lo sé. Pero hay quien se detiene en el tiempo y eso … se parece tanto a la muerte…


No