...Estuve tan cerca...
Hace un frío que pela, literalmente. No hace falta que haga especialmente mal tiempo para que en la calle solo campen hojas y cubos de basura puestos en fila. Aquí se sale para lo estrictamente necesario y yo he decidido que hoy es sino necesario, al menos muy urgente salir a que mis pulmones reconquisten el aire que perdieron esta mañana al verle….
Me propuse salir temprano, y aunque las proposiciones contra uno mismo hay que asumirlas seriamente, hay fatalidades para las que me dejo vencer. Y entonces salí tarde. Siempre hay un motivo que te empuja a madrugar y el mío es no cruzarme con mi prima principalmente. Los lazos que nos unen son muy torpes, nos atan y nos desatan con gestos muy delicados y cuando parece que el nudo se deshace y ambas respiramos más holgadamente, pum! El cerco se estrecha. Ella es cheerleader, que se estila mucho, y supongo que no lo hará intencionadamente pero cada frase que dice acaba en rima y me pone los pelos de punta. No es mala chica, pero yo tampoco en exceso y sin embargo me odia. Me topé con ella en el pasillo pero sólo gruñó, muy suyo. Y respiré satisfecha porque ‘grrrrr’ no rima más que con otro ‘grrrr’ y a ese no le dio tiempo porque para entonces cada golpe de pulso que empuja ilusión en mis venas estaba concentrado en una sola cosa: no quedarse callada, otra vez.

Nunca le digo nada, primero porque si me contesta es posible que no le entienda bien y la cara se me hinche de vergüenza, y segundo porque ya se me hincha antes incluso de decirle nada y la lengua me desmorona el orden lógico de las palabras. Cuando me voy acercando a la cafetería en la que trabaja siento como si en Biltmore el frente frío fuera un mal chiste, las entrañas me arden, me bailan y me entonan danzas húngaras, y me envalentono. Pero esta mañana pensé: Hoy es mi día, empezaré con un hola y me basta con que detrás de él salga algo más.
Suenan las campanitas que me anuncian a la entrada del establecimiento donde trabaja, ahí está. Ay madre, siento decirlo así pero hasta la vejiga se pone en mi contra. Es igual, sigo caminando ya me ha visto y si ahora me doy la vuelta más vale que me hinche para no desinflarme nunca más como penitencia. Dice un ‘hi’ seco con ambas manos apoyadas en la barra, no me da mucho cuartel y siento el miedo como el frío cuando sales de la ducha, desagradable y estimulante a la vez. Me encojo en la butaca ‘ponte recta pienso’. ‘An orange juice’.
Estuve tan cerca…
Suena Blind de Lifehouse
Me propuse salir temprano, y aunque las proposiciones contra uno mismo hay que asumirlas seriamente, hay fatalidades para las que me dejo vencer. Y entonces salí tarde. Siempre hay un motivo que te empuja a madrugar y el mío es no cruzarme con mi prima principalmente. Los lazos que nos unen son muy torpes, nos atan y nos desatan con gestos muy delicados y cuando parece que el nudo se deshace y ambas respiramos más holgadamente, pum! El cerco se estrecha. Ella es cheerleader, que se estila mucho, y supongo que no lo hará intencionadamente pero cada frase que dice acaba en rima y me pone los pelos de punta. No es mala chica, pero yo tampoco en exceso y sin embargo me odia. Me topé con ella en el pasillo pero sólo gruñó, muy suyo. Y respiré satisfecha porque ‘grrrrr’ no rima más que con otro ‘grrrr’ y a ese no le dio tiempo porque para entonces cada golpe de pulso que empuja ilusión en mis venas estaba concentrado en una sola cosa: no quedarse callada, otra vez.

Nunca le digo nada, primero porque si me contesta es posible que no le entienda bien y la cara se me hinche de vergüenza, y segundo porque ya se me hincha antes incluso de decirle nada y la lengua me desmorona el orden lógico de las palabras. Cuando me voy acercando a la cafetería en la que trabaja siento como si en Biltmore el frente frío fuera un mal chiste, las entrañas me arden, me bailan y me entonan danzas húngaras, y me envalentono. Pero esta mañana pensé: Hoy es mi día, empezaré con un hola y me basta con que detrás de él salga algo más.
Suenan las campanitas que me anuncian a la entrada del establecimiento donde trabaja, ahí está. Ay madre, siento decirlo así pero hasta la vejiga se pone en mi contra. Es igual, sigo caminando ya me ha visto y si ahora me doy la vuelta más vale que me hinche para no desinflarme nunca más como penitencia. Dice un ‘hi’ seco con ambas manos apoyadas en la barra, no me da mucho cuartel y siento el miedo como el frío cuando sales de la ducha, desagradable y estimulante a la vez. Me encojo en la butaca ‘ponte recta pienso’. ‘An orange juice’.
Estuve tan cerca…
Suena Blind de Lifehouse
...desde Biltmore, Asheville...
Aquí en Biltmore Estate, Asheville, Carolina del Norte, el tiempo pasa como queriendo desesperar, con toda intención. La imaginación siempre a punto con tal de no pasar el día mascando tabaco en las aceras. Eso sí, no reconozco otro sitio donde sea hoy más Navidad. ¿Saben ustedes de esas competiciones contra tus convecinos para ver quien tiene el mejor centro de mesa, el árbol con las bolas más grandes, las luces más luminosas y elegantes? Aquí es todo un hit y te da una idea de lo poco que hay que hacer. Estos días se conocen como candlelight and blazing fireplaces evenings, algo así como tardes de chimenea y luz de velas. Muy romántico o una petardada según la perspectiva que se le de. (Descubran como en el fondo se acaba torciendo el ánimo más hacia lo romántico…aunque nunca se presuma de serlo).

Yo entiendo que a muchos no interese la parafernalia en torno al festejar navideño, pero lejos de tratar de industrializarlo, de comercializarlo y desmitificarlo, quiero que sepan que hay lugares en los que la fecha que rige es sacra, en el sentido más estricto de la palabra. Y para esos lugares, vulgarizarla de la manera que hacen las grandes urbes o los centros comerciales está mal visto y no se estila (al menos no tan exageradamente). Los calcetines que cuelgan de la chimenea están rebosantes de manualidades. Yo intento hacer galletas, pero hay a quien le repatean las migas y entonces hago collage, que no mancha.

En una cafetería de Meadow Rd, se sienta Clemence siempre cerca de una ventana ahora decorada con estrellas de ¿espuma? Será. Puedo hablar de Clemence porque no lo puede leer y se que no le molesta porque le encanta ser el centro de atención, no digo que sea una ególatra, sino que le gusta que se hable de ella, bien o mal. Y casi todo Biltmore lo hace, para qué engañarse. Yo la conozco por mi tía, y el primer post estaba pensado para ella.

Clemence se traslada a Biltmore desde algún pueblo de la montaña, no sé cual porque nunca he tenido a bien preguntar, y cómo allí la temperatura desciende hasta lo indecible, siempre viene cubierta con la piel de un zorro (¿o pensabais que eso ya no lo llevaba nadie?) y un sombrero que de feo da la risa. Ella también se ríe, así que no es problema.
El caso es que Clemence siempre dice que si miras de frente a la gente, en sus ojos sólo se refleja el brillo de las luces del árbol del vecino. En una frase que encierra muchísimo. Pero luego añade: y siempre es gente que no tiene de qué coño quejarse. Their fucking complaints, you know?

Yo entiendo que a muchos no interese la parafernalia en torno al festejar navideño, pero lejos de tratar de industrializarlo, de comercializarlo y desmitificarlo, quiero que sepan que hay lugares en los que la fecha que rige es sacra, en el sentido más estricto de la palabra. Y para esos lugares, vulgarizarla de la manera que hacen las grandes urbes o los centros comerciales está mal visto y no se estila (al menos no tan exageradamente). Los calcetines que cuelgan de la chimenea están rebosantes de manualidades. Yo intento hacer galletas, pero hay a quien le repatean las migas y entonces hago collage, que no mancha.

En una cafetería de Meadow Rd, se sienta Clemence siempre cerca de una ventana ahora decorada con estrellas de ¿espuma? Será. Puedo hablar de Clemence porque no lo puede leer y se que no le molesta porque le encanta ser el centro de atención, no digo que sea una ególatra, sino que le gusta que se hable de ella, bien o mal. Y casi todo Biltmore lo hace, para qué engañarse. Yo la conozco por mi tía, y el primer post estaba pensado para ella.

Clemence se traslada a Biltmore desde algún pueblo de la montaña, no sé cual porque nunca he tenido a bien preguntar, y cómo allí la temperatura desciende hasta lo indecible, siempre viene cubierta con la piel de un zorro (¿o pensabais que eso ya no lo llevaba nadie?) y un sombrero que de feo da la risa. Ella también se ríe, así que no es problema.
El caso es que Clemence siempre dice que si miras de frente a la gente, en sus ojos sólo se refleja el brillo de las luces del árbol del vecino. En una frase que encierra muchísimo. Pero luego añade: y siempre es gente que no tiene de qué coño quejarse. Their fucking complaints, you know?
push me
(…) Hablo de esa violenta carga en el pecho que le imprime confianza al más prevenido y que ocurre con casi todo, o debería. Antes me refería a un cambio radical en la forma de ser de una persona, me refiero ahora en cómo, estando a medio hacer pero ya definidos, a veces nos invade un ser que no es el nuestro, desconocido y admirado porque se prodiga poco. Lo he visto, no lo he vivido aún, pero lo he visto…
Hoy me voy a reír de mí
Hoy no me quedaré callad@
Mañana le digo que se ha acabado todo
Mañana le digo que todo comienza desde donde lo dejamos
Desde ayer a las 3.00 am no juego más al sexo
O me lo tiro ya o me va a dar algo
Ya sólo espero (no creo que se perciba presión en este caso. Está, pero no se siente)
A partir de este momento lo quiero todo
Me voy, me voy, me voy

(…) Una presión en el pecho digo. A mí me ocurre, pero lo mío es nervio y eso no vale. Yo quiero saber de aquel más abusivo…
No le conoces pero sus ojos te conocen a ti porque te escudriñan, y ahí llega la presión, ¿es curiosidad? ¿Sólo? No creo. Es búsqueda.
Esta vez todo es nuevo, todo es diferente, seguro, y ahí llega la presión, ¿es la incertidumbre? ¿Sólo? No creo. Es la emoción.
Si miro durante cinco minutos más por la ventana sin que nadie me pregunte por qué lo hago, pensaré que de verdad hoy estoy sola, y ahí llega la presión, ¿es la soledad? ¿Sólo? No creo. Tú ves un abismo entre el resto y tu presencia y la mayoría de las veces es un simple tajo.
Enfoca.
Suena: Sharon Jones & The Dap-Kings "100 Days, 100 Nights"
Hoy me voy a reír de mí
Hoy no me quedaré callad@
Mañana le digo que se ha acabado todo
Mañana le digo que todo comienza desde donde lo dejamos
Desde ayer a las 3.00 am no juego más al sexo
O me lo tiro ya o me va a dar algo
Ya sólo espero (no creo que se perciba presión en este caso. Está, pero no se siente)
A partir de este momento lo quiero todo
Me voy, me voy, me voy

(…) Una presión en el pecho digo. A mí me ocurre, pero lo mío es nervio y eso no vale. Yo quiero saber de aquel más abusivo…
No le conoces pero sus ojos te conocen a ti porque te escudriñan, y ahí llega la presión, ¿es curiosidad? ¿Sólo? No creo. Es búsqueda.
Esta vez todo es nuevo, todo es diferente, seguro, y ahí llega la presión, ¿es la incertidumbre? ¿Sólo? No creo. Es la emoción.
Si miro durante cinco minutos más por la ventana sin que nadie me pregunte por qué lo hago, pensaré que de verdad hoy estoy sola, y ahí llega la presión, ¿es la soledad? ¿Sólo? No creo. Tú ves un abismo entre el resto y tu presencia y la mayoría de las veces es un simple tajo.
Enfoca.
Suena: Sharon Jones & The Dap-Kings "100 Days, 100 Nights"
La elegancia de un susurro
No se encuentran pistas, desapareció. Los demás dijeron que con poco que se supiera de su paradero bastaba para dejar un antes y un después finito, prudente.
La prudencia no es inconveniente en espíritus escuetos, sin ínfulas de ser reconocidos ni ubicados ni juzgados por las secuelas de secretos que ni se presienten ni barajan presunciones.

Hará unos cuatro días que dejó de ser quien era y se encaró a una podredumbre despiadada para caer en la ostentación de otro yo más confuso y más cruel. Pocos quisieron convencerla de su error, convencidos ellos mismos por las maravillas de tener algo nuevo que poder joder con la templanza de un soliloquio en do menor, así, con la elegancia de un susurro, como una hoz que siega hostilidades. De cuajo.
Porque la elegancia de un susurro es como la cadencia inconstante de un nombre, un desenfoque práctico para el que mira con la boca chica.
Le gusta saber que es una mujer desconocida, que camina sin ser vista como lo hacen las gaviotas perdidas cuando se cansan de agitar las alas. Hace cuatro días salió dispuesta a dar la cara, cogió su chaqueta negra, la que tiene un botón a medio hilar, con la que dice que las caderas son menos caderas y lo pechos más pechos, y echó a correr. Siempre iba con prisa, como si quisiera ganarle segundos al tiempo, pero jamás sabía hacia donde se dirigía. Con todo le pasaba lo mismo, no pensaba, echaba a correr.
Eso lo hace mucha gente y es una cosa que a me contrae el cuerpo. ¿Cómo es posible que no se piense nunca en llegar a un punto del camino y descansar?

Sólo siente amor por todo aquello que desconoce, lo que tiene cerca le es totalmente ajeno, eso ya no va con ella. Ni siquiera es un recuerdo, tan sólo un olor añejo, como el que se pega a la ropa. Hace cuatro días salió para ser otra y esta vez no hay vuelta atrás, el camino de regreso es un desierto opaco, árido tras el vaho que en ella siempre sabe a café.
La prudencia no es inconveniente en espíritus escuetos, sin ínfulas de ser reconocidos ni ubicados ni juzgados por las secuelas de secretos que ni se presienten ni barajan presunciones.

Hará unos cuatro días que dejó de ser quien era y se encaró a una podredumbre despiadada para caer en la ostentación de otro yo más confuso y más cruel. Pocos quisieron convencerla de su error, convencidos ellos mismos por las maravillas de tener algo nuevo que poder joder con la templanza de un soliloquio en do menor, así, con la elegancia de un susurro, como una hoz que siega hostilidades. De cuajo.
Porque la elegancia de un susurro es como la cadencia inconstante de un nombre, un desenfoque práctico para el que mira con la boca chica.
Le gusta saber que es una mujer desconocida, que camina sin ser vista como lo hacen las gaviotas perdidas cuando se cansan de agitar las alas. Hace cuatro días salió dispuesta a dar la cara, cogió su chaqueta negra, la que tiene un botón a medio hilar, con la que dice que las caderas son menos caderas y lo pechos más pechos, y echó a correr. Siempre iba con prisa, como si quisiera ganarle segundos al tiempo, pero jamás sabía hacia donde se dirigía. Con todo le pasaba lo mismo, no pensaba, echaba a correr.
Eso lo hace mucha gente y es una cosa que a me contrae el cuerpo. ¿Cómo es posible que no se piense nunca en llegar a un punto del camino y descansar?

Sólo siente amor por todo aquello que desconoce, lo que tiene cerca le es totalmente ajeno, eso ya no va con ella. Ni siquiera es un recuerdo, tan sólo un olor añejo, como el que se pega a la ropa. Hace cuatro días salió para ser otra y esta vez no hay vuelta atrás, el camino de regreso es un desierto opaco, árido tras el vaho que en ella siempre sabe a café.





