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Desenterrando Huesos
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Este es el tercer volumen de mi diario. El primero, lo enterré. El segundo, lo arrojé al mar. Quién sabe lo que haré con éste cuando otra de las mujeres que hay en mí, decida que ha llegado su momento de salir a la luz.
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Aquí, los blogs de mis amigos. No están todos los que lo son, pero lo son todos los que están.
Sindicación
 
Frankfurt. La misma multinacional. 51.000 euros anuales.
Esa es la oferta que tenemos sobre la mesa.

La alternativa principal, aceptar la indemnización (de valor aún desconocido) y buscar empleo por aquí. La mayor parte de las empresas están a una hora de camino (no a 12 minutos, como la actual); además, con mucho tráfico. Y el sueldo que ofrecen, está muy por debajo del que ahora recibe mi marido, con el que apenas sobrevivimos, debido a nuestras muchas deudas.

Este país, además, comienza a ser el país europeo en el que la distancia entre el alto coste de la vida y los bajos sueldos es mayor. No hay pediatras en los ambulatorios. O te pagas uno privado, o esperas meses hasta que tu hijo puede acceder a uno, en el hospital más cercano. Los sueldos más habituales en las ofertas de empleo de los periódicos rondan los 450-650 euros / mes (40 horas semanales).

En contrapartida, si nos quedamos, mantendríamos la casa, aunque sin poder hacer ni un gasto-extra, ya que nos chupa el sueldo. Claro que pronto eso podría cambiar, si consigo llevar adelante mis nuevos proyectos profesionales. A tener en cuenta: tendríamos a la familia a una distancia razonable en coche (entre 1 y 6 horas). Mi marido no tendría que vivir en una cultura cuya lengua dudo que llegue algún día a hablar mejor que Tarzán el español. Y mi hijo seguiría desarrollando su bilingüismo sin que un tercer idioma viniera a complicar las cosas.

Me gustaría oír vuestras opiniones, aunque desde que una amiga, algo brujita, me dijo (hace meses) que había soñado que me visitaba cuando estuviera en Alemania (y que yo estaría embarazada) ya di por hecho que sería eso lo que acabaría sucediendo. Entre tanto, pasaron cosas que me hicieron dudarlo, pero parece que el tiempo le está dando la razón.
 
Mil novecientos ochenta y cuatro.
Estoy haciendo una limpieza general que incluye las cajas y maletas llenas de papeles y souvenirs de todo tipo que he ido acumulando desde que era una niña. Manías que una tiene. O tenía: desde hace once años, lo almaceno todo en el disco duro de mi ordenador. Si yo os contara...

Volviendo a la sección arqueológica de mis recuerdos, la verdad es que me estoy encontrando de todo. Situaciones y personas, en muchos casos, olvidadas durante años. Hay cosas divertidas y otras, muy curiosas. Comienzo aquí una serie de posts donde pretendo mostrar algunas de esas "joyas". Agradecería los comentarios de apoyo, sobre todo, en aquellos casos embarazosos en que saber que hubo gente que hizo las mismas tonterías, me resultará consolador.

Para comenzar, un agradecimiento público a mis padres por haber limitado mi asistencia al Cine de Verano más cercano, con la excusa de que "no eran horas para que una niña andase por la calle". A mí me encantaban el ambiente, el frescor de la noche, las sillas metálicas de color azul, el olorcito a pescaíto frito, la posibilidad de encontrarme en el descanso con el chico de mi clase que me tenía loca...

Pero gracias al esfuerzo de mis padres por limitar mi ansia adolescente de hacer lo que me daba la gana, mantuve intacta mi sensibilidad hacia el CINE, con mayúsculas. Porque lo que allí se proyectaba la mayor parte de las veces era... No sé como explicarlo. Una imagen vale más que mil palabras:



Por lo menos, esa semana no pusieron ninguna peli de Pajares y Esteso, la especialidad de la casa, jajajaja...

Para compensar, el verano del 84 no estuvo nada mal en términos de música. Basta con mencionar dos éxitos de la época, hoy clásicos: Escuela de Calor y Lobo-Hombre en París.

Claro que ese fue también el verano de Pimpinela, con aquel inefable:

- Quién es?
- Soy yooooo
- Qué vienes a buscaaaaaar?
- A tiiiiii.
- Ya es tardeeeee
- Por quéeeeee?
- Porque ahora-soy-yo la-que-quiere-estar-sin-tí
(toma yaaaa!!!)
(VENGAAA...., TODOS CONMIGOOOOO..)
- Veeeeete
- Olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta!!!!........


PD: Lo confieso, me produjo un verdadero shock saber que esos dos que se pasaban la vida peleando como si fuesen pareja (o ex-pareja), eran, en realidad, hermanos. Aún recuerdo mi estado de turbación al releer sus letras desde la perspectiva del incesto... Qué cosas! jajajajaja...
 
El otoño en mi jardín







 
Güi, se mua
Gracias, Ismael (Serrano), por dedicarme una canción tan bonita. Un detallazo, tú.


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Y por qué se la habrá dedicado (se preguntarán los más cotillas).

Está claro: PORQUE YO LO VALGO!! O no? jajajajaja...

Piropos y demás halagos, en el lugar de costumbre, plis (rinconcito oscuro incluido).

(NI CASO. A la Yons, que se le está yendo la olla con lo de las afirmaciones positivas para recuperar la autoestima. Ya se le pasará...)
 
Gata en celo
(Un poco de musiquilla para dar ambiente)


Desde que dejé de tomar la píldora, cada vez que me llega el período fértil, mis hormonas se van de juerga con mis neuronas y una idea fija martillea mi cabeza y se hace dueña de mis actos: hombres.

En alguna ocasión me he imaginado teniendo que dar cuenta de todas las locuras cometidas en esos días y siempre me imagino delante del jurado diciendo "No sé que me pasó, no pude evitarlo. Casi todos los hombres que me pasaban por delante parecían tener, de repente, "algo" especial. El cuerpo me pedía guerra."

A veces me siento un juguete en manos de la Madre Naturaleza, que manipula a su antojo mi cuerpo y mi mente para atraer a machos potentes que me fertilicen. Por suerte, suelo encontrar la manera de saciar esos instintos sin tener que quedarme preñada del chico del gas, el cartero nuevo o el vecino interesante. Además, la verdad es que, más allá de mi amplia capacidad amatoria (o sea, que con uno, no me basta), en lo de consumar, me considero una persona plenamente fiel a mi pareja (o sea, que con uno na'más). Porque los juegos de adultos on-line no cuentan, verdad?

Sea como sea, una, últimamente, no gana pa' bragas.

Una de las cosas que más atrae mis miradas lascivas en estos días es el pecho masculino. Me pierde una camisa abierta, con una buena caída, sobre unos hombros anchos y musculosos, dejando entrever unos pectorales definidos y ligeramente abultados.

Como tal afirmación se puede prestar a ambigüedades, dejemos esto claro: no me gustan los cuerpos trabajados en un gimnasio. De lo que hablo es, más bien, de algo genético. No me importa si por debajo lo que hay es una barriguita pronunciada. De hecho, los cuerpos delgados siempre me han dejado a medias. Me gustan los hombres de cuerpos rotundos y muy masculinos, ya que despiertan a la mujer más atrevida y salvaje que hay en mí.

Haciendo arqueología de mis recuerdos, he encontrado el origen de esa debilidad por el torso masculino. Todo se remonta a mis tiempos de instituto, cuando me enamoré perdidamente de un compañero de curso que, por entonces, hacía atletismo. Cada vez que lo tenía delante, con aquella camisa entreabierta, mostrando sus pectorales adolescentes, firmes, bien definidos y sin sombra de vello, me temblaban las piernas. Aquellos hombros gloriosos fueron mi almohada durante años. Aquel fue el primer cuerpo masculino que acaricié y besé. Aún recuerdo el aroma y el calor de su piel.

Hoy en día, unos deltoides bien marcados me siguen poniendo a cien. Y ronroneo de placer cuando tengo la oportunidad de adormecer envuelta en la calidez de un pecho masculino maduro, moreno, velludo.

Tal como hice anoche, después de que él me desnudara despacito, en la cama, intentando no despertarme. Después de que yo le siguiera el juego, dejándome hacer, sin abrir los ojos. Después de susurrarle al oído, aún jadeante: Gracias, mi amor.

Miauuuuu...
 
Un día feliz


Nada mejor para recuperar tu autoestima, que ver a un grupo de chavales de nueve años diciéndote que tu clase ha sido la más hipermegaguay que han tenido en su vida. Que están deseando que llegue la semana que viene, para volver al Taller de Historia y Arqueología.

Largo y tortuoso camino, el que tuve que recorrer para descubrir mi vocación. La enseñanza. Pero aquí estoy. Cargada de ideas y llena de ilusión.

No porque sienta que le tengo que demostrar nada a nadie.

Simplemente, porque me acabo de dar cuenta de lo feliz que me hace poder transmitir lo que he aprendido a lo largo de tantos años de estudio.

Y porque hacerlo de forma divertida, me permite hacer felices a los demás.
 
Corazón loco
Ella se sentía pletórica tras la reunión de trabajo. Tendría libertad total para desarrollar sus proyectos y tantear aquella nueva carrera. El puesto era suyo. Le apetecía gritarlo a los cuatro vientos.

Aparcó el coche. Abrió la puerta de casa. Era temprano. No había nadie con quien compartir la buena noticia. Era frustrante. Pero estaba él, al otro lado del Messenger, esperándola impaciente.

Compartieron todos los detalles de la entrevista. Él estalló de felicidad por ella, por su éxito. El deseo, las risas y la complicidad fueron tomando las riendas de la conversación.

Él le dijo: Celebremos tu victoria, tu nueva carrera, tus nuevos planes. Ponte cómoda. Tengo algo preparado para ti. Mírame. Léeme. Déjame verte.

Así que, por cosas del destino, ella celebró el fin de su segunda depresión con el mismo hombre que le había arrancado las lágrimas a besos, ocho años atrás. Cuando su autoestima tocó fondo de nuevo, él reapareció en su vida, inesperadamente, con su apasionada forma de ser, su contagiosa seguridad y su optimismo. Tiempo atrás le dijo: Me encantaria estar ahi, a tu lado, para que te pudieras refugiar en mi, pero lo único que puedo ofrecerte, son mis palabras escritas desde esa parcela de mi corazón que es de tu propiedad. Haciendo honor a esa promesa, no tiró la toalla hasta verla sonreír de nuevo.

Imposible no quererle.

Esa misma noche, su marido volvió. No sólo del trabajo. También de ese mundo sólo suyo, al que se retiraba, de vez en cuando, y en el que llevaba viviendo varias semanas.

Compartieron la noticia, hicieron planes de futuro. Los dos abrieron sus corazones y, después de tanto tiempo, sus miradas se reencontraron. Las palabras secas se poblaron de sentimientos. Los besos de rutina volvieron a hacerse profundos. El deseo tomó las riendas de la conversación

Él le dijo: Túmbate. Echo de menos tu sabor. Quiero hundir en ti mi boca.

Así que, por cosas del destino, ella celebró el comienzo de su nueva vida en brazos del hombre que la había sacado del infierno donde trabajaba y le había dado el mayor motivo para vivir: su hijo. Pese a sus diferencias, él había aguantado sin rechistar los tres duros años que a ella le costó liberarse del pasado. Nunca forzó nada. La dejó completar a su ritmo el lento proceso de recuperación, sin presionarla, respetando sus tiempos y ofreciéndose siempre a ayudarla.

Imposible no quererle.

En un sólo día, aquellos dos hombres lograron por fin despojarla de la crisálida donde ella se mantenía alejada del mundo. La contemplaron desnuda, renacida, más ella que nunca, tras un largo proceso de transformación. Los dos reaccionaron de la misma forma: inundándola de caricias, haciéndole amor.

Y así fue como ella, doblemente amada y doblemente enamorada, por fin se decidió a volar lejos de la tierra del dolor.

 
Sonrisa de oreja a oreja y brillito en la mirada
Esta noche me siento embriagadoramente feliz.
Es como si la pesadilla hubiera acabado.

No sé muy bien cómo, ni por qué
Tal vez por haber tenido, al fin, el par de huevos necesarios
para hacerle caso a mi corazón.

El caso es que he sido elegida, premiada, recompensada

Y siento que éste es sólo el principio
Ahora todo fluye, me viene, no me cuesta

Estoy boquiabierta. Reboso alegría
Se me han concedido, de golpe
varios de los deseos que pedía a voces

Cuanto sucede a mi alrededor emana
la emoción de una primera vez.

Me siento, de nuevo, en el punto de partida
con todo lo que he aprendido como equipaje
pero libre ya de la carga innecesaria.

Es una oportunidad que no voy a desaprovechar.
La de hacerlo mejor
La de comenzar de nuevo.


 
Requiem por ellas, que fueron parte de mí

Últimamente, todo a mi alrededor se ha empeñado en subrayar el fin (tan deseado) del ciclo que comencé hace unos ocho años. Es así como interpreto el estar volviendo a conectar con personas que protagonizaron mi vida anterior. O esa fuerza invisible que me empuja a desembarazarme de los objetos materiales más ligados a una fase de mi pasado que tiene ya las horas contadas.

No sólo estoy empaquetando los restos, documentos y libros acumulados durante todos los años en que ejercí de arqueóloga. Hace un par de días, mi móvil desapareció de la forma más tonta. Volví sobre mis pasos, lo busqué por todas partes. Creí que lo había perdido definitivamente. Al principio, me agobié un poco; luego pensé: "toda una oportunidad para cambiar de número y sólo dárselo a las personas que realmente quieres y te quieren". Me encantó la idea de no recibir más llamadas de gente non grata. El alivio que sentí sirvió para compensar la inevitable pérdida del dinero que tenía en la tarjeta y la trabajera de avisar a todos mis amigos del cambio.

Esta mañana, me he quedado boquiabierta al ver el móvil supuestamente "missing" en la encimera de la cocina. Me parecía una broma, como si alguien se estuviera carcajeando a mi costa. De hecho, tengo una teoría muy personal sobre cómo llegó allí. Porque ayer no estaba. Pero eso no es lo importante. Apareció cuando comprendí que debía cambiar de número. Capté el mensaje. Lo haré. (El que quiera el nuevo, que levante la mano)

Lo curioso del asunto es que me compré mi primer móvil en 1998, para estar en contacto permanente con Javier, mi primera relación seria tras más de once años junto al amor de mi adolescencia. Entonces no lo sabía, pero de la mano de ese hombre, al que amé con locura, acabaría tocando fondo por primera vez. Hoy le agradezco la limpieza interior a que ello me obligó. Fue vital para mi evolución como persona, como mujer.

A lo largo de los años que siguieron al fin de nuestra relación, volví a acumular basura, despacito, aunque de otro tipo. Al final, acabé de nuevo en el agujero del que ahora estoy saliendo. Eso sí, más libre y con las ideas más claras que nunca. El ciclo se cierra.

Me parece curioso que otro objeto asociado a Javier haya decidido desaparecer de mi vida. Nos conocimos por la red. Nos enamoramos a distancia. Cuando intercambiamos nuestras fotos, sólo me puso una pega: no le gustaban mis gafas de pasta. A mí me gustaban las suyas, metálicas, pequeñas. Así que, antes de nuestro primer y más apasionado encuentro, pasé por una óptica y me compré unas de ese estilo (que le encantaron).

Las he usado hasta hoy. Pero les llegó el día final. En un descuido, me las he cargado. Aunque no se aprecie bien en la cutrefoto, no creo que las patillas vuelvan nunca más a su sitio.

(De fondo, a modo de requiem, un tema de Piazzola que me fascina, "Adios, Nonino").


Así que, un punto más a favor de la renovación total, por dentro y por fuera. Hoy me asomo a mi blog con lentillas, pero no tardaré en comprarme unas gafas "guapas-guapas", que me den ese aire inofensivo, de chica inocente, que tan cómoda me hace sentir. Prefiero reservar la verdadera naturaleza de mi alma para quien yo quiera.

Prometo foto del antes y del después "gafero" (de gafas, no de gafe), para saber qué os parece el cambio.
 
Alia jacta est
Bailad conmigo, estoy como loca
Me subiría por las mesas
Cantaría a gritos eso de Freeeeedoooommm!!!.



Ayer lo hice.
Acabé la maldita carta

Es el principio del fin de mi agonía.
El comienzo de una nueva etapa.
Una declaración de independencia.
El adiós a un camino que se torció
El hola a una nueva aventura
En compañía de la gente que de verdad me quiere
El inicio de un viaje imprevisible
Que me atrae
Como un imán

He soltado tanto equipaje
Tantas lágrimas
a lo largo de este año
Tanta basura que me nublaba la vista
Tantos miedos que me clavaban las uñas
Tantas verdades supuestamente absolutas

Ahora me siento casi desnuda
Como un bebé recién nacido
Que tras una ligera limpieza
Abrirá sus ojos al mundo
Y dirá "aquí estoy yo"

Con sed de amor
Con hambre de vida

Freeedooooommmm!!!!
 
Descansito: Los extraños gustos de Lara Jones
Puede parecer raro, pero, en conjunto, me veo más guapa que cuando tenía menos años, menos canas, menos culo y la ley de la gravedad era mi amiga.

Nada me resulta más apetecible que un dedo bañado en mayonesa casera recién hecha.

Me gusta mucho mandar, pero se me pasa en cuanto entro en mi dormitorio.

Mi ideal físico femenino es Angelina Jolie. Mi ideal físico masculino: George Clooney. Pero el hombre perfecto no existe. Sería un puzzle de todos los hombres que he amado.

De hecho, me gustaría poder hacer, de vez en cuando, un kit-kat en mi vida y ser por un día, de nuevo, la novia de uno de mis ex-novios (marido incluído).

Evidentemente, con algunos repetiría con más frecuencia... que una es una romántica, pero no es tonta...

 
Septiembre 2006. En el ojo del huracán.
Hago mío un poema de la Gloria Fuertes que casi nadie conoce, para describir la lucha interior que estoy viviendo:

Todo el pasado se quiere apoderar de mí
y yo me quiero apoderar del futuro,
me dislocan la cabeza para que mire atrás
y yo quiero mirar adelante.

No me asustan la soledad y el silencio,
son los lugares preferidos de Dios
para manifestarse.

Mi eterna gratitud a los que me quieren,
siempre les recordaré a la hora del sol.

No puedo detenerme,
perdonad, tengo prisa,
soy un río de fuerza, si me detengo
moriré ahogada en mi propio remanso.


Aún me queda mucho por delante para recuperar mi vida, para recuperarme, pero ya no hay vuelta atrás.

Gracias por ayudarme a reconstruir mi autoconfianza, hecha pedazos cuando abrí este blog. Sin vosotros, seguiría hundida, machacada, sin esperanza.

Hoy veo la luz al otro lado del campo de batalla, el lugar donde me he citado la semana que viene con los demonios que poblaron mis pesadillas durante años. Al fin estoy preparada.

Bueno, más o menos... (vale, me tiemblan las piernas mientras me dirijo hacia allí, pero para quien se ha llevado tanto tiempo escondida en un agujero, no está tan mal, no?)
 
Septiembre 2006. Primera parada.
Antes de lanzarme a hacer limpieza general en mi vida, he tenido que acudir a una cita ineludible, que esperaba desde hace meses, entre ilusionada y melancólica. Tras dos años compartiendo la tarde con su niñera y tres bebés, en una guardería cercana a casa, había llegado la hora de que Alejandro empezara a convivir con niños de su edad, en el Jardín de Infancia Municipal.

Ha sido bonito preparar la mochila de mi hijo, azul turquesa, regalo de sus abuelos españoles (porque aquí nadie sabe quién es Lucho, el Lunni preferido de mi hijo). Fui reuniendo con ilusión todas las cosas que me pidieron. Me tomé muy en serio lo de encontrar la gorra perfecta; ponerle su nombre bordado en el baby; decidir qué muñeco le acompañaría en las siestas (Lulila), elegir la ropa de su primer día...

El viernes disfrutó de una especie de día de prueba, ya que estuvieron tan sólo él, otro niño, también extranjero, y la educadora. En cuanto vio todos los juguetes y objetos interesantes que había en la clase, se olvidó de su padre y de mí. Le hicimos un montón de fotos y cuando le preguntamos si quería que nos fuéramos y regresáramos el lunes, nos echó una mirada como diciendo: " vosotros haced lo que queráis, pero yo no me muevo de aquí, vale? Venid a recogerme más tarde, plis". Se lo pasó tan bien que, cuando fuimos a buscarlo, tras la merienda, costó convencerlo para que volviera a casa.

Hoy la cosa no ha sido tan fácil. No le hizo gracia lo de levantarse temprano. Se resistió en plan fiera a que le pusiera la camiseta del cole y las sandalias. Y montó un tremendo pollo cuando le dije que hoy no se podía quedar tumbado en el sofá, mando en mano, haciendo zapping entre el DVD de la Gallina Turuleca, el vídeo de La Pantera Rosa y los dibujos animados que estaban echando en el cable, Doraemon, el gato cósmico .

Me lo camelé para que entrara en el coche, tras recordarle la de juguetes que había en su nueva escuela. Y la de nenes y nenas que iba a conocer. De nada hubieran servido mis argumentos, de todos modos, si no le hubiera prometido, de paso, que le dejaría escuchar por el camino su CD de las canciones de Noddy (uno de los cracks de la televisión infantil portuguesa).

Pero hoy el ambiente no era tan pacífico como el del viernes. Recuerdo a un angelito rubio llorando a moco tendido y gritando desesperadamente "MAMAAAAA, MAMAAAAAAAAAAAAA". La escena hacía que se le encogiera el corazón al adulto más pintado. Mucho más a un niño. Alex, asustado, me preguntó si la nena tenía pupa y se agarró con fuerza a mi cuerpo, como si fuera un monito, pidiéndome que me lo llevara rápidamente de allí. Pero, tal y como explican en todos los libros para mamás inexpertas, la actuación más temperamental, digna del oscar a la interpretación dramática del año, normalmente acaba en cuando una se quita de enmedio.

Me despedí de mi niño y no tardó ni dos segundos en sentarse con sus nuevos compañeros en el comedor, dispuesto a compartir con ellos muchas risas y, de paso, una caja de galletas del susodicho Noddy.

Me quedé unos instantes mirándolo sin que él me viera. Me pareció tan seguro ya, tan independiente a sus dos años y medio, que se me saltaron las lágrimas. Recordé lo complicado que había sido llegar hasta allí. Hubo que hacer muchos sacrificios personales y profesionales, rehacer la lista de prioridades en la vida, entregarse en cuerpo y alma al cuidado de un ser que acabó revelándose mucho más cariñoso, inteligente, sensible y lindo de lo que nos habíamos atrevido a soñar. Desde luego, había valido la pena.

Pero entonces, de repente, viéndolo allí, soltando amarras, iniciando una nueva etapa lejos de mis brazos, comprendí que había llegado el día de decirle adios a mi bebé. Sentí la alegría, la satisfacción, pero también la responsabilidad y la parte dura de ese nuevo oficio que tuve que aprender a tropezones. El de ser madre.

Cuando entré en el coche y me saltó el disco de Alex, lo apagué corriendo. Me apetecía dejarme llevar por el sabor agridulce de una vieja canción:

Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos,
que se equivoquen
que crezcan
y que un día
nos digan adiós.