Alejandro y el "Patatal"
Ayer estuvimos en Lisboa. En principio, para ver el espectacular alumbrado navideño del Chiado y la Baixa. Aunque, claro, faltando sólo una semana para la llegada de Papá Noel (aquí llamado “Pai Natal”), era casi inevitable acabar en algún centro comercial, comprando regalos para la familia.
Ya nos íbamos, cuando Alex se quedó boquiabierto al ver delante de sus ojos a ese personaje mágico del que todos le hablaban últimamente. “¡Mamá, mamá, el Patatal!". Su cara era un poema. Tiraba fuerte de mi mano e insistía, por si no le había entendido: “Mamá, mamá, jo-jo-jó...” (se ve que en la guardería le habían aleccionado sobre el tema).
Una es de Melchor, Gaspar y Baltasar de toda la vida. A pesar de llevar once años viviendo en Portugal, me he resistido todo lo que he podido a asumir como propias, tradiciones que me son ajenas. El que Santa Claus vaya de rojo y blanco por imposición de la Coca-Cola y lo mucho que se ha explotado comercialmente su figura, no han sido factores que hicieran especialmente simpático, a mis ojos, a ese vejete rechoncho y con barbas.
Sin embargo, este año he decidido dejarme de integrismos hispánicos y contribuir a que mi niño comparta (también) las costumbres y fantasías de sus compañeros de clase y de toda su familia paterna. En ese pack están irremediablemente incluidos el árbol de Navidad, la cena de Nochebuena con bacalao y verduras cocidas (¡puaj!), los postres caseros para dar y regalar, los villancicos locales y el Papá Noel, con renos y todo. Teniendo una hermosa chimenea en casa, era difícil seguir oponiéndose a ello.

Eso no quiere decir que vaya a renunciar a poner el Belén, ni a enriquecer el imaginario infantil de Alex con el disfrute extra de la Noche de Reyes, que aquí nadie celebra. Mientras nos lo podamos permitir, alargaremos las vacaciones una semana más para escaparnos a Sevilla. Veremos la cabalgata el día 5, esa noche nos acostaremos temprano (o eso le diremos a Alex) y a la mañana siguiente, llenaremos la casa de mis padres de sorpresas y restos de cintas y papel de regalo. En medio del caos, nos sentaremos todos a la mesa para desayunar un maravilloso chocolate caliente, acompañado de su roscón. Y nos partiremos de risa repartiendo las raciones de forma que le vuelva a caer, otra vez, a mi madre el regalito oculto entre la nata.
El caso es que, el mismo niño que ayer se resistió a aceptar el globo que le ofreció amablemente una cría vestida de duende y que no duda en gritarle “Tú, malo” a todo el que se le cruza y le pilla de mal humor, nos hizo saber, con su corto vocabulario, que quería ver al Papá Noel de cerca. Yo me temí lo peor, pero decidí acompañarle por si se mosqueaba o se asustaba al llegar su turno.
Entonces, los boquiabiertos fuimos nosotros. Dejó que el “Patatal” (muy bien caracterizado, todo hay que decirlo) lo cogiera en brazos y lo sentara en sus rodillas. Respondió a sus preguntas en un perfecto portugués: su nombre, su edad, si se había portado bien... En general, se queda callado cuando le preguntan algo o responde algo incomprensible. Pero ahí estaba mi niño, hablando con su nuevo héroe como si de su abuelo se tratase; fascinado, pero a la vez con el aire tranquilo de quien hiciera aquello todos los días. Cuando volvió a mis brazos seguía con la mirada alucinada del que acaba de tener un encuentro en la tercera fase. Sin soltar la chocolatina ni el muñeco que Papá Noel le había regalado, como adelanto de lo que vendrá dentro de pocos días.
Una cosa hemos ganado. Con toda esta historia de la Navidad, mi hijo ha comprendido que si sigue haciendo de las suyas, no habrá juguetes ni ná, de ná. Así que, al menos durante una o, incluso, dos semanas (otra ventaja de lo de creer en los Reyes), lo vamos a tener controladito. De hecho, en cuanto hace una trastada y se acuerda de lo del Papá Noel, viene en seguida a pedirme disculpas, asegurándome muy convencido: “ahora voy a portarme bien, mamá, de verdad”. Y lo hace... aunque sólo sea un ratito. Es un bicho.
Ya nos íbamos, cuando Alex se quedó boquiabierto al ver delante de sus ojos a ese personaje mágico del que todos le hablaban últimamente. “¡Mamá, mamá, el Patatal!". Su cara era un poema. Tiraba fuerte de mi mano e insistía, por si no le había entendido: “Mamá, mamá, jo-jo-jó...” (se ve que en la guardería le habían aleccionado sobre el tema).
Una es de Melchor, Gaspar y Baltasar de toda la vida. A pesar de llevar once años viviendo en Portugal, me he resistido todo lo que he podido a asumir como propias, tradiciones que me son ajenas. El que Santa Claus vaya de rojo y blanco por imposición de la Coca-Cola y lo mucho que se ha explotado comercialmente su figura, no han sido factores que hicieran especialmente simpático, a mis ojos, a ese vejete rechoncho y con barbas.
Sin embargo, este año he decidido dejarme de integrismos hispánicos y contribuir a que mi niño comparta (también) las costumbres y fantasías de sus compañeros de clase y de toda su familia paterna. En ese pack están irremediablemente incluidos el árbol de Navidad, la cena de Nochebuena con bacalao y verduras cocidas (¡puaj!), los postres caseros para dar y regalar, los villancicos locales y el Papá Noel, con renos y todo. Teniendo una hermosa chimenea en casa, era difícil seguir oponiéndose a ello.

Eso no quiere decir que vaya a renunciar a poner el Belén, ni a enriquecer el imaginario infantil de Alex con el disfrute extra de la Noche de Reyes, que aquí nadie celebra. Mientras nos lo podamos permitir, alargaremos las vacaciones una semana más para escaparnos a Sevilla. Veremos la cabalgata el día 5, esa noche nos acostaremos temprano (o eso le diremos a Alex) y a la mañana siguiente, llenaremos la casa de mis padres de sorpresas y restos de cintas y papel de regalo. En medio del caos, nos sentaremos todos a la mesa para desayunar un maravilloso chocolate caliente, acompañado de su roscón. Y nos partiremos de risa repartiendo las raciones de forma que le vuelva a caer, otra vez, a mi madre el regalito oculto entre la nata.
El caso es que, el mismo niño que ayer se resistió a aceptar el globo que le ofreció amablemente una cría vestida de duende y que no duda en gritarle “Tú, malo” a todo el que se le cruza y le pilla de mal humor, nos hizo saber, con su corto vocabulario, que quería ver al Papá Noel de cerca. Yo me temí lo peor, pero decidí acompañarle por si se mosqueaba o se asustaba al llegar su turno.
Entonces, los boquiabiertos fuimos nosotros. Dejó que el “Patatal” (muy bien caracterizado, todo hay que decirlo) lo cogiera en brazos y lo sentara en sus rodillas. Respondió a sus preguntas en un perfecto portugués: su nombre, su edad, si se había portado bien... En general, se queda callado cuando le preguntan algo o responde algo incomprensible. Pero ahí estaba mi niño, hablando con su nuevo héroe como si de su abuelo se tratase; fascinado, pero a la vez con el aire tranquilo de quien hiciera aquello todos los días. Cuando volvió a mis brazos seguía con la mirada alucinada del que acaba de tener un encuentro en la tercera fase. Sin soltar la chocolatina ni el muñeco que Papá Noel le había regalado, como adelanto de lo que vendrá dentro de pocos días.
Una cosa hemos ganado. Con toda esta historia de la Navidad, mi hijo ha comprendido que si sigue haciendo de las suyas, no habrá juguetes ni ná, de ná. Así que, al menos durante una o, incluso, dos semanas (otra ventaja de lo de creer en los Reyes), lo vamos a tener controladito. De hecho, en cuanto hace una trastada y se acuerda de lo del Papá Noel, viene en seguida a pedirme disculpas, asegurándome muy convencido: “ahora voy a portarme bien, mamá, de verdad”. Y lo hace... aunque sólo sea un ratito. Es un bicho.
Mi nuevo ángel de la guarda
Hasta ayer no me di cuenta de que ella era, definitivamente, mi ángel de la guarda en el nuevo ciclo que inicié el pasado mes de septiembre. Sin la ayuda de personas como Dolores, habría sido incapaz de superar muchas de las dificultades a las que me he tenido que enfrentar a lo largo de mi vida. Mis encuentros con ellas han sido “casuales”, al comienzo de aventuras de lo más variado y, sin motivo aparente, han empezado a cuidarme, a resolverme problemas, a ponerme en contacto con quienes necesitaba y a ofrecerme oportunidades únicas. Me consuela saber que, de nuevo, hay alguien que se preocupa por mí.
No creo que tenga mucho que ver, pero Dolores es la única española que conozco en muchos quilómetros a la redonda. Trabaja en mi ciudad como jefa de estudios de preescolar y de las tres escuelas de primaria. Fue a quien expuse mi problema para pagar la mensualidad de mi hijo en el Jardín de Infancia y quien me llevó de la mano a la dirección para hacer mi loca propuesta de pagar en especie, dando clases. Aceptaron. Me asignaron las actividades extraescolares de las tres clases de cuarto y mis niños me hicieron salir de mi agujero, recuperar mi autoestima, reírme mucho y sentirme querida. Así dejé atrás la depresión.
Además, Dolores se acordó de mí cuando su hijo se vio incapaz de dar las clases de español que le habían propuesto en una academia de idiomas. Me puso en contacto con la directora, Eduarda, que se convirtó en mi otra jefa. Ya hablé de ella. Tan bien como ella va hablando por ahí de mí. Esas clases se dan en un ambiente laboral maravilloso, informal, divertido, que me ha permitido desarrollar otra parte de mí que estaba como dormida.
Dolores también me llamó cuando supo que había un ayuntamiento desesperado por encontrar un traductor de español. Gané un dinerillo extra y descubrí otra forma interesante de ganarme la vida.
Ayer, ella se mostró muy agradecida conmigo por que hubiera conseguido preparar con los alumnos una actuación para la fiesta de Navidad, en un tiempo record (24 horas). Yo aproveché la ocasión para comentarle mi deseo de que mi relación con la escuela dejase de ser una acción de caridad. Quisiera seguir el año que viene, tras acabar la baja por maternidad, pero ya, contratada. Tengo grabadas sus palabras en mi mente: “Vamos a hacer una propuesta a la dirección. Todos están muy contentos con tu trabajo. Verás como lo conseguimos”. Comprendí que así sería. Respiré hondo, emocionada, y les di las gracias, a ella y “al de arriba”, por enviármela.
No creo que tenga mucho que ver, pero Dolores es la única española que conozco en muchos quilómetros a la redonda. Trabaja en mi ciudad como jefa de estudios de preescolar y de las tres escuelas de primaria. Fue a quien expuse mi problema para pagar la mensualidad de mi hijo en el Jardín de Infancia y quien me llevó de la mano a la dirección para hacer mi loca propuesta de pagar en especie, dando clases. Aceptaron. Me asignaron las actividades extraescolares de las tres clases de cuarto y mis niños me hicieron salir de mi agujero, recuperar mi autoestima, reírme mucho y sentirme querida. Así dejé atrás la depresión.
Además, Dolores se acordó de mí cuando su hijo se vio incapaz de dar las clases de español que le habían propuesto en una academia de idiomas. Me puso en contacto con la directora, Eduarda, que se convirtó en mi otra jefa. Ya hablé de ella. Tan bien como ella va hablando por ahí de mí. Esas clases se dan en un ambiente laboral maravilloso, informal, divertido, que me ha permitido desarrollar otra parte de mí que estaba como dormida.
Dolores también me llamó cuando supo que había un ayuntamiento desesperado por encontrar un traductor de español. Gané un dinerillo extra y descubrí otra forma interesante de ganarme la vida.
Ayer, ella se mostró muy agradecida conmigo por que hubiera conseguido preparar con los alumnos una actuación para la fiesta de Navidad, en un tiempo record (24 horas). Yo aproveché la ocasión para comentarle mi deseo de que mi relación con la escuela dejase de ser una acción de caridad. Quisiera seguir el año que viene, tras acabar la baja por maternidad, pero ya, contratada. Tengo grabadas sus palabras en mi mente: “Vamos a hacer una propuesta a la dirección. Todos están muy contentos con tu trabajo. Verás como lo conseguimos”. Comprendí que así sería. Respiré hondo, emocionada, y les di las gracias, a ella y “al de arriba”, por enviármela.
Tan sólo unas palabras
Comentario:
No os parece horrible vuestra voz cuando la oís grabada? (Qué gallitos... Y vocaliza, mujé, vocaliza...)
Mi nueva visión del mundo
Un globo, dos globos, tres globos...

Dios pío, ya casi no me veo los pies!!!

Dios pío, ya casi no me veo los pies!!!
Colorín, colorado... el Pinocho está acabado.
Pinochet no llegó a ser juzgado, pero la ha palmado a los noventa y un años de manera muy diferente a la que soñaba. La muerte le ha sobrevenido treinta y tres años después del golpe de estado que lo instaló de manera ilegítima y brutal en el poder. Procesado en distintas causas judiciales por violaciones de los derechos humanos, que fue retrasando a base de simularse senil y enfermo. Repudiado por la conciencia democrática de la humanidad como uno de los símbolos universales de la cobardía y la traición. Incluso en Chile había perdido apoyos desde que se descubrió que, además de ser el máximo responsable de crueles y masivas violaciones de los derechos humanos, había saqueado los fondos públicos en proporciones multimillonarias (aunque tiene co-ho-nes que tanta gente le volviera la espalda únicamente al confirmarse que había metido la mano en la caja).
Me da un especial gozo saber que si ese cabrón hubiera podido contemplar su propio funeral le habría parecido humillante, al no haber recibido todos esos honores de los que se consideraba merecedor. La guinda del pastel es que a su nieto le haya costado el cargo confesar abiertamente las barbaridades que se sabe de sobra que todo su entorno comparte, aunque de forma más discreta. Ajo y agua.
La dictadura que encabezó Pinochet fue uno de los capítulos más oscuros y tenebrosos de la historia latinoamericana del siglo XX. Porque destruyó un esperanzador proceso de cambio social en democracia, porque refundó el país a partir de los dogmas neoliberales y porque de manera cruel masacró a miles de personas e institucionalizó la tortura.
Hubo unos 3.000 desaparecidos y 28.456 víctimas de tormentos y vejaciones, entre ellos 87 niños. Los testimonios de los que lograron sobrevivir a los cientos de campos de concentración auspiciados por el ex-dictador son tan escalofriantes como el propio régimen.
Ironías del destino:
1) Pinochet, el general asesino y traidor falleció en el Día Internacional de los Derechos Humanos.

Ricardo. El Mundo. 13/12/2006
2) Hoy descansa en una "urna".

Gallego & Rey. El Mundo. 13/12/2006
Dos comentarios:
1) Garzón, mi héroe. ¡Quiero un hijo tuyo! (bueno, antes tengo que "desembarazarme" de éste, en el buen sentido de la palabra...)
2) Pinocho, púdrete en el infierno (o lo que es lo mismo: espero que disfrutes de tu próxima reencarnación; menuda te espera...)
Una de ecos
Alex - Primer Trimestre

Su herman@ - Primer Trimestre

De momento, mi segundo bichito parece más tímido, no?
Estoy deseando ver la próxima foto






