Septiembre 2006. Primera parada.
Antes de lanzarme a hacer limpieza general en mi vida, he tenido que acudir a una cita ineludible, que esperaba desde hace meses, entre ilusionada y melancólica. Tras dos años compartiendo la tarde con su niñera y tres bebés, en una guardería cercana a casa, había llegado la hora de que Alejandro empezara a convivir con niños de su edad, en el Jardín de Infancia Municipal.
Ha sido bonito preparar la mochila de mi hijo, azul turquesa, regalo de sus abuelos españoles (porque aquí nadie sabe quién es Lucho, el Lunni preferido de mi hijo). Fui reuniendo con ilusión todas las cosas que me pidieron. Me tomé muy en serio lo de encontrar la gorra perfecta; ponerle su nombre bordado en el baby; decidir qué muñeco le acompañaría en las siestas (Lulila), elegir la ropa de su primer día...
El viernes disfrutó de una especie de día de prueba, ya que estuvieron tan sólo él, otro niño, también extranjero, y la educadora. En cuanto vio todos los juguetes y objetos interesantes que había en la clase, se olvidó de su padre y de mí. Le hicimos un montón de fotos y cuando le preguntamos si quería que nos fuéramos y regresáramos el lunes, nos echó una mirada como diciendo: " vosotros haced lo que queráis, pero yo no me muevo de aquí, vale? Venid a recogerme más tarde, plis". Se lo pasó tan bien que, cuando fuimos a buscarlo, tras la merienda, costó convencerlo para que volviera a casa.
Hoy la cosa no ha sido tan fácil. No le hizo gracia lo de levantarse temprano. Se resistió en plan fiera a que le pusiera la camiseta del cole y las sandalias. Y montó un tremendo pollo cuando le dije que hoy no se podía quedar tumbado en el sofá, mando en mano, haciendo zapping entre el DVD de la Gallina Turuleca, el vídeo de La Pantera Rosa y los dibujos animados que estaban echando en el cable, Doraemon, el gato cósmico .
Me lo camelé para que entrara en el coche, tras recordarle la de juguetes que había en su nueva escuela. Y la de nenes y nenas que iba a conocer. De nada hubieran servido mis argumentos, de todos modos, si no le hubiera prometido, de paso, que le dejaría escuchar por el camino su CD de las canciones de Noddy (uno de los cracks de la televisión infantil portuguesa).
Pero hoy el ambiente no era tan pacífico como el del viernes. Recuerdo a un angelito rubio llorando a moco tendido y gritando desesperadamente "MAMAAAAA, MAMAAAAAAAAAAAAA". La escena hacía que se le encogiera el corazón al adulto más pintado. Mucho más a un niño. Alex, asustado, me preguntó si la nena tenía pupa y se agarró con fuerza a mi cuerpo, como si fuera un monito, pidiéndome que me lo llevara rápidamente de allí. Pero, tal y como explican en todos los libros para mamás inexpertas, la actuación más temperamental, digna del oscar a la interpretación dramática del año, normalmente acaba en cuando una se quita de enmedio.
Me despedí de mi niño y no tardó ni dos segundos en sentarse con sus nuevos compañeros en el comedor, dispuesto a compartir con ellos muchas risas y, de paso, una caja de galletas del susodicho Noddy.
Me quedé unos instantes mirándolo sin que él me viera. Me pareció tan seguro ya, tan independiente a sus dos años y medio, que se me saltaron las lágrimas. Recordé lo complicado que había sido llegar hasta allí. Hubo que hacer muchos sacrificios personales y profesionales, rehacer la lista de prioridades en la vida, entregarse en cuerpo y alma al cuidado de un ser que acabó revelándose mucho más cariñoso, inteligente, sensible y lindo de lo que nos habíamos atrevido a soñar. Desde luego, había valido la pena.
Pero entonces, de repente, viéndolo allí, soltando amarras, iniciando una nueva etapa lejos de mis brazos, comprendí que había llegado el día de decirle adios a mi bebé. Sentí la alegría, la satisfacción, pero también la responsabilidad y la parte dura de ese nuevo oficio que tuve que aprender a tropezones. El de ser madre.
Cuando entré en el coche y me saltó el disco de Alex, lo apagué corriendo. Me apetecía dejarme llevar por el sabor agridulce de una vieja canción:
Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos,
que se equivoquen
que crezcan
y que un día
nos digan adiós.
Ha sido bonito preparar la mochila de mi hijo, azul turquesa, regalo de sus abuelos españoles (porque aquí nadie sabe quién es Lucho, el Lunni preferido de mi hijo). Fui reuniendo con ilusión todas las cosas que me pidieron. Me tomé muy en serio lo de encontrar la gorra perfecta; ponerle su nombre bordado en el baby; decidir qué muñeco le acompañaría en las siestas (Lulila), elegir la ropa de su primer día...
El viernes disfrutó de una especie de día de prueba, ya que estuvieron tan sólo él, otro niño, también extranjero, y la educadora. En cuanto vio todos los juguetes y objetos interesantes que había en la clase, se olvidó de su padre y de mí. Le hicimos un montón de fotos y cuando le preguntamos si quería que nos fuéramos y regresáramos el lunes, nos echó una mirada como diciendo: " vosotros haced lo que queráis, pero yo no me muevo de aquí, vale? Venid a recogerme más tarde, plis". Se lo pasó tan bien que, cuando fuimos a buscarlo, tras la merienda, costó convencerlo para que volviera a casa.
Hoy la cosa no ha sido tan fácil. No le hizo gracia lo de levantarse temprano. Se resistió en plan fiera a que le pusiera la camiseta del cole y las sandalias. Y montó un tremendo pollo cuando le dije que hoy no se podía quedar tumbado en el sofá, mando en mano, haciendo zapping entre el DVD de la Gallina Turuleca, el vídeo de La Pantera Rosa y los dibujos animados que estaban echando en el cable, Doraemon, el gato cósmico .
Me lo camelé para que entrara en el coche, tras recordarle la de juguetes que había en su nueva escuela. Y la de nenes y nenas que iba a conocer. De nada hubieran servido mis argumentos, de todos modos, si no le hubiera prometido, de paso, que le dejaría escuchar por el camino su CD de las canciones de Noddy (uno de los cracks de la televisión infantil portuguesa).
Pero hoy el ambiente no era tan pacífico como el del viernes. Recuerdo a un angelito rubio llorando a moco tendido y gritando desesperadamente "MAMAAAAA, MAMAAAAAAAAAAAAA". La escena hacía que se le encogiera el corazón al adulto más pintado. Mucho más a un niño. Alex, asustado, me preguntó si la nena tenía pupa y se agarró con fuerza a mi cuerpo, como si fuera un monito, pidiéndome que me lo llevara rápidamente de allí. Pero, tal y como explican en todos los libros para mamás inexpertas, la actuación más temperamental, digna del oscar a la interpretación dramática del año, normalmente acaba en cuando una se quita de enmedio.
Me despedí de mi niño y no tardó ni dos segundos en sentarse con sus nuevos compañeros en el comedor, dispuesto a compartir con ellos muchas risas y, de paso, una caja de galletas del susodicho Noddy.
Me quedé unos instantes mirándolo sin que él me viera. Me pareció tan seguro ya, tan independiente a sus dos años y medio, que se me saltaron las lágrimas. Recordé lo complicado que había sido llegar hasta allí. Hubo que hacer muchos sacrificios personales y profesionales, rehacer la lista de prioridades en la vida, entregarse en cuerpo y alma al cuidado de un ser que acabó revelándose mucho más cariñoso, inteligente, sensible y lindo de lo que nos habíamos atrevido a soñar. Desde luego, había valido la pena.
Pero entonces, de repente, viéndolo allí, soltando amarras, iniciando una nueva etapa lejos de mis brazos, comprendí que había llegado el día de decirle adios a mi bebé. Sentí la alegría, la satisfacción, pero también la responsabilidad y la parte dura de ese nuevo oficio que tuve que aprender a tropezones. El de ser madre.
Cuando entré en el coche y me saltó el disco de Alex, lo apagué corriendo. Me apetecía dejarme llevar por el sabor agridulce de una vieja canción:
Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos,
que se equivoquen
que crezcan
y que un día
nos digan adiós.
Comentario:
hola paty ahhhhhhhhh ers tu quien
Comentario:
chica, ya estás pensando en q un día te dirá adiós ¡y todavía es casi un bebé!!!!
q conste q yo, el primer día q me separé de mi niña para dejarla en clase de natación me fui llorando, mientras ella se quedaba tan feliz con su monitor. el trauma me lo llevé yo... el día q se vaya de casa me da un yuyu...
bueno, me quedan unos cuantos años para irme haciendo a la idea.
q conste q yo, el primer día q me separé de mi niña para dejarla en clase de natación me fui llorando, mientras ella se quedaba tan feliz con su monitor. el trauma me lo llevé yo... el día q se vaya de casa me da un yuyu...
bueno, me quedan unos cuantos años para irme haciendo a la idea.
Comentario:
Yo me acuerdo bien de mi primer día, porque era mayor que tu niño. Y te aseguro que no lo tengo como un recuerdo traumático. Todavía me acuerdo perfectamente de los detalles del aula, de mi sitio, de la profesora...
Comentario:
estoy facinada con el simple hecho de ser madre, cada dia que pasa lo veo mas y mas grande y tan solo tiene dos años y medio, es tiempo de buscarle un jardin privado para el proximo año pero no se como voy a hacer para enfrentar ese gran primer dia, soy muy celosa de mi bebe, seguramente es como dice mi madre que soy demaciado sobreprotectora pero bueno todas las madres somos asi. besos desde argentina
Comentario:
Lo que más me gusta es ser mamá. Será porque mi hija es tan tranquila. (A mí no sale, eh? y a mi ex menos...)
Te regalo algo más optimista que esa canción:
Mi Macarena
Piecitos de luna,
mi Macarena.
Boquita de estrella,
mi nena.
Ojitos de luna llena.
Te canto un arrorró
y un pedazo de mi corazón
se queda con vos toda la noche.
Durante el día vuelve,
pero sigue.
Ya estamos juntas otra vez.
Otra vida de barro nos espera.
Aprovechemos esta vida buena,
y los caramelos,
y los cuentos de hadas.
Disfrutemos juntas y separadas.
(el único cambio es que ahora que tiene casi diez años ya es "su" Macarena, y se siente bien eso, te lo aseguro)
Besos
Te regalo algo más optimista que esa canción:
Mi Macarena
Piecitos de luna,
mi Macarena.
Boquita de estrella,
mi nena.
Ojitos de luna llena.
Te canto un arrorró
y un pedazo de mi corazón
se queda con vos toda la noche.
Durante el día vuelve,
pero sigue.
Ya estamos juntas otra vez.
Otra vida de barro nos espera.
Aprovechemos esta vida buena,
y los caramelos,
y los cuentos de hadas.
Disfrutemos juntas y separadas.
(el único cambio es que ahora que tiene casi diez años ya es "su" Macarena, y se siente bien eso, te lo aseguro)
Besos