Ya os había comentado que estuve en Hamburgo?
Cinco y media de la mañana. Esto es la leche. Me he llevado todo el día durmiéndome de pie y ahora, que podría estar descansando a pierna suelta, tengo los ojos más abiertos que un buho.
Como me mata dar vueltas en la cama sin tener sueño, he decidido salir del cuarto de puntillas y venirme a mi rinconcito privado, para verme el último episodio pirateado de una de mis series favoritas y poner al día el correo. Además, que con el lío del embarazo, aún no os he contado nada de mi escapada a Hamburgo (Predictor aparte). El tema da para mucho, así que ahí van unas primeras pinceladas.
Una de las cosas más emocionantes que tenía el viaje era la oportunidad de vivir con Álex su bautizo en lo de viajar en avión. Como suele suceder con los niños, tras la novedad inicial, parecía como si, cual hijo de Julio Iglesias, un aeropuerto fuera para él, algo tan normal como una parada de autobús.
En tres de los cuatro aviones que pillamos, entre la ida y la vuelta, le regalaron un "kit infantil" que siempre incluía un cuaderno con muñequitos y unos lápices de colores. Pena que mi niño aún no tenga fuerza en las manos para usarlos; acaba de empezar con las ceras y la pintura de dedos. Habría que sugerirle a las compañías aéreas que crearan un "kit para bebés", creo yo. Pero bueno, algunas bolsitas traían una pequeña marioneta o un peluche con los que lo pudimos tener entretenido un buen rato.

Lo primero que sentimos al llegar a Hamburgo fue frío. Un frío intenso y húmedo que te calaba hasta los huesos. Naturalmente, íbamos preparados para eso. Y para toda la lluvia del mundo, pensábamos nosotros. Por suerte, sólo la sufrimos el día de la boda y la verdad es que llegamos a la fiesta empapados.
Nuestro alojamiento respondía plenamente al calificativo de "hotelito con encanto". Estaba en pleno centro y justo en la frontera entre el ajetreo cotidiano de la estación central y la vida canalla. De todos modos, tuve la sensación de que ambos mundos podían convivir perfectamente. Además, la policía se hacía notar por allí y te daba seguridad.

Aún estábamos deshaciendo las maletas, cuando llamaron a la puerta los novios. Carlos y yo nos fundimos en un abrazo. Después de tanto tiempo, tuvimos que hacer las presentaciones: "Aquí, mis michelines", "Aquí, mis canas". Pasados unos segundos, fue como si nunca nos hubiéramos despedido; como si hubiéramos vivido juntos las profundas transformaciones, internas y externas, que, a lo largo de once años, habían hecho de nosotros quienes hoy somos.
En seguida nos enamoramos de Victoria, su ya mujer (gracias a una rocambolesca historia, que ya contaré, que les había obligado a realizar una boda exprés en Dinamarca, previa al día D). Paulo y Carlos se saludaron como cuñados y Alex adoptó a mis amigos como unos nuevos tíos, de los que no se despegó en toda la noche.

Siempre me ha gustado conocer las ciudades de noche. Aún recuerdo la impresión que me causó la Lisboa nocturna (luces y sombras) contemplada desde un taxi (el momento tuvo una emoción-extra gracias al conductor, que parecía un extra especializado en persecuciones a toda velocidad por calles como las de San Francisco). Veinte años después, sigo quedándome boquiabierta ante la grandiosidad de la Praza do Comercio iluminada.
Hamburgo es una ciudad atravesada por cientos de canales. Muchos de ellos desembocan en un gran lago, que me pareció deslumbrante.

Fue el paisaje de fondo de nuestra cena, en el último piso de un centro comercial, imitador (con mayor éxito que el Corte Inglés) del Harrods londinense. Llegamos hasta allí atravesando calles comerciales llenas de vida, con un ambiente alegre y contagioso, casi navideño.

Paseando de la mano de Paulo, viendo a Alex feliz, en brazos de Carlos, y respondiendo con risas a los mimos de Vicky, confirmé mis sospechas de que, tras un lógico período de adaptación, mi familia y yo hubiéramos podido ser muy felices en Alemania. Sin renunciar nunca a "lo nuestro"...


Como me mata dar vueltas en la cama sin tener sueño, he decidido salir del cuarto de puntillas y venirme a mi rinconcito privado, para verme el último episodio pirateado de una de mis series favoritas y poner al día el correo. Además, que con el lío del embarazo, aún no os he contado nada de mi escapada a Hamburgo (Predictor aparte). El tema da para mucho, así que ahí van unas primeras pinceladas.
Una de las cosas más emocionantes que tenía el viaje era la oportunidad de vivir con Álex su bautizo en lo de viajar en avión. Como suele suceder con los niños, tras la novedad inicial, parecía como si, cual hijo de Julio Iglesias, un aeropuerto fuera para él, algo tan normal como una parada de autobús.
En tres de los cuatro aviones que pillamos, entre la ida y la vuelta, le regalaron un "kit infantil" que siempre incluía un cuaderno con muñequitos y unos lápices de colores. Pena que mi niño aún no tenga fuerza en las manos para usarlos; acaba de empezar con las ceras y la pintura de dedos. Habría que sugerirle a las compañías aéreas que crearan un "kit para bebés", creo yo. Pero bueno, algunas bolsitas traían una pequeña marioneta o un peluche con los que lo pudimos tener entretenido un buen rato.

Lo primero que sentimos al llegar a Hamburgo fue frío. Un frío intenso y húmedo que te calaba hasta los huesos. Naturalmente, íbamos preparados para eso. Y para toda la lluvia del mundo, pensábamos nosotros. Por suerte, sólo la sufrimos el día de la boda y la verdad es que llegamos a la fiesta empapados.
Nuestro alojamiento respondía plenamente al calificativo de "hotelito con encanto". Estaba en pleno centro y justo en la frontera entre el ajetreo cotidiano de la estación central y la vida canalla. De todos modos, tuve la sensación de que ambos mundos podían convivir perfectamente. Además, la policía se hacía notar por allí y te daba seguridad.

Aún estábamos deshaciendo las maletas, cuando llamaron a la puerta los novios. Carlos y yo nos fundimos en un abrazo. Después de tanto tiempo, tuvimos que hacer las presentaciones: "Aquí, mis michelines", "Aquí, mis canas". Pasados unos segundos, fue como si nunca nos hubiéramos despedido; como si hubiéramos vivido juntos las profundas transformaciones, internas y externas, que, a lo largo de once años, habían hecho de nosotros quienes hoy somos.
En seguida nos enamoramos de Victoria, su ya mujer (gracias a una rocambolesca historia, que ya contaré, que les había obligado a realizar una boda exprés en Dinamarca, previa al día D). Paulo y Carlos se saludaron como cuñados y Alex adoptó a mis amigos como unos nuevos tíos, de los que no se despegó en toda la noche.

Siempre me ha gustado conocer las ciudades de noche. Aún recuerdo la impresión que me causó la Lisboa nocturna (luces y sombras) contemplada desde un taxi (el momento tuvo una emoción-extra gracias al conductor, que parecía un extra especializado en persecuciones a toda velocidad por calles como las de San Francisco). Veinte años después, sigo quedándome boquiabierta ante la grandiosidad de la Praza do Comercio iluminada.
Hamburgo es una ciudad atravesada por cientos de canales. Muchos de ellos desembocan en un gran lago, que me pareció deslumbrante.

Fue el paisaje de fondo de nuestra cena, en el último piso de un centro comercial, imitador (con mayor éxito que el Corte Inglés) del Harrods londinense. Llegamos hasta allí atravesando calles comerciales llenas de vida, con un ambiente alegre y contagioso, casi navideño.

Paseando de la mano de Paulo, viendo a Alex feliz, en brazos de Carlos, y respondiendo con risas a los mimos de Vicky, confirmé mis sospechas de que, tras un lógico período de adaptación, mi familia y yo hubiéramos podido ser muy felices en Alemania. Sin renunciar nunca a "lo nuestro"...


Comentario:
Jajajaja... si yo te contara, Mor. En Sevilla, siempre que voy por el centro, soy el objetivo inmediato de todos los que viven de los guiris; lo tengo asumido y siempre intento rechazar las ofertas (de paseos, de restaurante, de romero-que-te-va-a-dar-musha-suerte-shiquilla...) con mi acento andaluz más cerrado, para que no queden dudas de mi "autoctonismo". En la Costa del Sol, recuerdo que siempre me hablaban en inglés en los bares. Me he pasado la vida sintiéndome algo así como un "bicho raro" (ni te cuento, en la playa, grandullona, pecosa y con mi piel superblanca).
Eso, hasta que descubrí Alemania. Peseando por Tübingen, los turistas me preguntaban los nombres de las calles y encontraba en mucha gente un cierto aire "familiar" (se parecían a mis primas, mis tíos, etc.). Es normal que me sintiera como en casa, jajaja...
Sobre lo de tetona... espera unos meses y verás, jajajaja...
Besotes
Eso, hasta que descubrí Alemania. Peseando por Tübingen, los turistas me preguntaban los nombres de las calles y encontraba en mucha gente un cierto aire "familiar" (se parecían a mis primas, mis tíos, etc.). Es normal que me sintiera como en casa, jajaja...
Sobre lo de tetona... espera unos meses y verás, jajajaja...
Besotes
Comentario:
No hace falta que te diga que en tu pais tienes pinta de guiry y en alemania parecerias una teutona que no tetona, eh???
:-P
1beso
:-P
1beso
Comentario:
Maggie... lo que me dijeron sobre ese día era que la posibilidad de que los deseos se realizaran se multiplicarían por mil. No sé si fue una exageración efectista, pero es curioso que desde ese día, no sólo me estén pasando muchas cosas buenas, sino que también se estén haciendo realidad las cosas que pedí para mis seres queridos (y te incluyo, lo sabes). Por cierto, me debes un email bien largo contándome lo que tú sabes. Que después del sms, apenas me has dicho nada. Como va "lo tuyo"?
Comentario:
Qué lindo es todo lo que estás viviendo.
¡Lo disfruto con vos al leerlo!
Besazos
¡Lo disfruto con vos al leerlo!
Besazos
Comentario:
no me lo puedo creer. por fin tu blog me deja comentar!!! ah, pues aprovecho para felicitarte por todo lo bueno q estás disfrutando. sería el día aquel del rayo?
Comentario:
por fin cotilleos sobre alemania!!!!!! qué bien vives, guapa. cuánto me alegro!! ya era hora de dejar atrás todo aquello... bss





