Plan de vuelo
Me paso la vida mintiendo. Diciendo que todo está bien. Bajo control. Pero no es verdad. Como la avestruz, suelo esconder mi cabeza en ese País de las Maravillas que he ido construyendo desde pequeña, para huir de la realidad cuando me parece demasiado cruda o insulsa para soportarla.
He aprendido a drogarme con la belleza de las pequeñas cosas de cada día, que hacen que una humilde y sencilla felicidad me inunde las venas. Mis problemas se diluyen, dejan de existir en cuanto dejo de pensarlos. Sólo los recuerdo en la cama, al final del día.
Para frenar el lógico ataque de pánico y perdonarme de nuevo por mi pasividad, antes de dormir me hago la firme promesa de que el día siguiente será diferente. Que haré lo que sé que puedo, quiero y debo hacer. Me lo prometo cada noche. Y me olvido de ello a la mañana siguiente, en cuanto mi niño me despierta colmándome de besos, en cuanto salgo a la calle y veo que el cielo está azul y hace calor.
Es verdad, llevo seis meses congelada, pero, al menos, esta vez ya tengo claro lo que viene después; y me gusta. El traslado iniminente de Paulo es un premio gordo en la lotería de mis deseos. Además, hay una serie de personas, con una luz especial, que se han ofrecido para ayudarme en el doloroso proceso de selección de lo que debo dejar atrás para partir ligera de equipaje.
En resumen, que no me vengo abajo, que tengo fe, esperanza. Que sé que la felicidad está a la vuelta de la esquina, aunque me siga faltando el valor para dar el paso definitivo hacia ella.
Y lo peor de todo es que me paso el día animando a otras personas a hacerlo.
Y lo mejor de todo es que con ese empujoncito mío de nada, muchas lo consiguen.
Así que, pese a esa sarta de mentiras de las que no me siento orgullosa, a base de pensar tanto en ello, es muy probable que al final me atreva, no sólo a dar un paso, sino un triple salto mortal hacia un futuro mejor.
Más que paralizada, me siento atenta, concentrada, como lo estaría en el borde de un trampolín, agarrada a un trapecio o asomada al vacío desde un avión en marcha.
Sé que tengo una maravillosa "red" de amigos para amortiguar los posibles golpes.
Por eso, acabaré lanzándome al vacío sin miedo.
He aprendido a drogarme con la belleza de las pequeñas cosas de cada día, que hacen que una humilde y sencilla felicidad me inunde las venas. Mis problemas se diluyen, dejan de existir en cuanto dejo de pensarlos. Sólo los recuerdo en la cama, al final del día.
Para frenar el lógico ataque de pánico y perdonarme de nuevo por mi pasividad, antes de dormir me hago la firme promesa de que el día siguiente será diferente. Que haré lo que sé que puedo, quiero y debo hacer. Me lo prometo cada noche. Y me olvido de ello a la mañana siguiente, en cuanto mi niño me despierta colmándome de besos, en cuanto salgo a la calle y veo que el cielo está azul y hace calor.
Es verdad, llevo seis meses congelada, pero, al menos, esta vez ya tengo claro lo que viene después; y me gusta. El traslado iniminente de Paulo es un premio gordo en la lotería de mis deseos. Además, hay una serie de personas, con una luz especial, que se han ofrecido para ayudarme en el doloroso proceso de selección de lo que debo dejar atrás para partir ligera de equipaje.
En resumen, que no me vengo abajo, que tengo fe, esperanza. Que sé que la felicidad está a la vuelta de la esquina, aunque me siga faltando el valor para dar el paso definitivo hacia ella.
Y lo peor de todo es que me paso el día animando a otras personas a hacerlo.
Y lo mejor de todo es que con ese empujoncito mío de nada, muchas lo consiguen.
Así que, pese a esa sarta de mentiras de las que no me siento orgullosa, a base de pensar tanto en ello, es muy probable que al final me atreva, no sólo a dar un paso, sino un triple salto mortal hacia un futuro mejor.
Más que paralizada, me siento atenta, concentrada, como lo estaría en el borde de un trampolín, agarrada a un trapecio o asomada al vacío desde un avión en marcha.
Sé que tengo una maravillosa "red" de amigos para amortiguar los posibles golpes.
Por eso, acabaré lanzándome al vacío sin miedo.
Comentario:
tu lo sabes, si tu quieres puedes,
besos,
pd: olvidate de los salvavidas nada, nada y nada
besos,
pd: olvidate de los salvavidas nada, nada y nada
Comentario:
Una vez decidí tirarme al océano sin saber nadar (metáfora, pero no interesa la situación) Me dijeron que tal vez me diera cuenta de que estaba rodeada de salvavidas.
Aprendí a nadar. Algunos salvavidas tenían un costo muy alto.
Un beso, Lara
Aprendí a nadar. Algunos salvavidas tenían un costo muy alto.
Un beso, Lara