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Desplazamientos
Análisis de por qué voy y vengo y casi nunca mentretengo...
Acerca de
Treintañero, soltero y de Madrid. Y a poco que me despiste, en el próximo blog seré cuarentón, divorciado y de Tombuctú. Ese soy yo...
Sindicación
 
Y sin embargo... sigo en Berlin.
Ayer sali a cenar por ahi (no se donde exactamente, esta ciudad me desorienta cosa mala, pero era por el barrio gay) y no conoci a nadie. Quedaria muy bien decir que me ligue a un polaco o a un holandes errante, incluso a un aleman, pero no. NO. O sea que, entre medio desanimado como estaba por estas vacaciones abortadas y el increible fenomeno de invisibilidad que sufri en mis carnes, pues estaba en el hotel a eso de las 23:30. Una hora que, por otra parte, acojona en el barrio donde esta mi prostibulo particular. Si salgo vivo de esta, me conformo.

La cuestion es que hoy he salido para conocer la otra parte de Berlin que ayer no me dio tiempo a recorrer. Lo primero ha sido ir a Alexanderplatz y, segun he llegado, me he preguntado por que demonios tendra tanta fama. Lo primero, esta absolutamente plagada de obras que la transforman en una trampa mortal, al estilo M-30. Despues, es tan absolutamente enorme, que media hora despues de estar cruzandola... sigues cruzandola. Hay que decir esto de Berlin, y hay que decirlo alto y claro: es absolutamente necesario venir bien calzado a esta ciudad. Y yo quizas ire por el mundo sin tarjetas de credito (ejem) pero voy siempre estupendamente calzado. Faltaria mas. Las distancias aqui son aterradoras, aunque afortunadamente la red de transporte publico es excelente. He subido al mirador del hotel Park Inn, que es mas barato que subirse a la Fernseheturm que esta justo al lado, pero podria habermelo evitado porque ayer subi a la Siegessäule y la vista es parecida. No igual, pero parecida.

Tras bajar, he caminado hacia el Berliner Dom y he cruzado la isla para remontar Unter den Linden. Esta es una de las avenidas mas conocidas de Berlin, llena de tiendas asi pijillas y con la adecuada racion de japoneses. Sin embargo, me he perdido un rato en un mercadillo de libros viejos frente a la universidad Humboldt y he estado hojeando algunos ejemplares antiquisimos escritos en aleman, y luego algunas obras traducidas como Mecanoscrit del Segon Origen que, para los que no lo conozcais, es una de las obras cumbres de la literatura catalana de la segunda mitad del s. XX. Me ha sorprendido encontrarlo ahi y encontrarlo traducido al aleman. Supongo que por el caracter hecatómbico (acabo de encontrar los acentos!!!!!!!!) de la novela tuvo su tirón en un país como este...

Luego he girado por Friedrichstraße, otra de las calles míticas del Mitte berlinés, hasta que he llegado a Checkpoint Charlie. Este es un antiguo punto de cruce Este-Oeste controlado por las fuerzas aliadas, en concreto por la U.S. Army, que hoy en día se ha convertido en una especie de Circo del Sol, compuesto por senoritas aparantemente indonesias vestidas con el traje femenino del ejército americano, listas para que te hagas una foto con ellas mientras están aferradas a una bandera estadounidense y un pseudo-soldado que marca tu pasaporte con el antiguo sello de la RDA. Me ha parecido casi ofensivo. No porque no esté acostumbrado a este tipo de cosas turísticas, pero sí porque ese es un lugar con mucha energía. Ahora mismo hay una exposición cronológica al aire libre que cuenta las dos crisis, la construcción del muro, la crisis de los misiles en Cuba y el proceso que acabó con la caída del muro, y todo parece como muy reciente y, sobre todo, muy trascendente. Que exista ese espectáculo me parece vulgar, pero en fin... Tambien lo es el turismo sexual y no me rasgo las vestiduras, que la ropa va muy cara.

Divago. A lo que iba.

He continuado hacia Potsdamer Platz (otra plaza bastante sosa) y luego me he vuelto a meter en el U-Bahn (o metro) para ir hacia Nollendorf Platz.

Y aquí, senores, me ha pasado algo de eso que solo me pasa a mí. Hay que empezar a decir que yo hablo más bien poco alemán. En mi vida anterior (la barcelonesa) lo hablé casi fluidamente, pero lo tengo muy muy oxidado. La cuestión es que, según llego al anden, interpreto que la dirección que yo quiero tomar está desviada temporalmente al otro andén... y lo interpreto correctamente. Encantado con mi alemán, me subo alegremente al metro.
Primera parada: Parque Mendelssohn-Bartholdy. Estupendo. Sigo.
Segunda parada: Gleisdreieck. La próxima es la mía, creo. Maravilloso.
Tercera parada: Parque Mendelssohn-Bartholdy.

Hum. Aquí pasa algo raro. No entiendo muy bien... Pero claro, mientras estoy dandome cuenta, el metro vuelve a arrancar. Próxima parada: Potsdamer Platz.

Bien, y aquí estoy de nuevo, en el punto de partida. "Sí, es que, sabe?, no me han aceptado ahí en Nollendorf y me he vuelto", he estado tentado de decirle al jefe de estación, que me ha mirado con curiosidad cuando he bajado.

Valientemente, he ido y le he preguntado que había hecho mal. Me dice que no, que voy bien en esa dirección para ir donde quiero ir y que suba al próximo... y me dice algo más. Yo he entendido algo así como "Ja, richtig, luego subenempujenestrujenbajen und übergang subenempujenestrujenbajen noch einmal." Por qué no le habré dado importancia? Quicir... si habla, es por algo, pero por qué si no entiendes algo nace en ti esta absurda tendencia a creer que no es importante?

La cuestión es que vuelve a venir un tren. Me subo. Parque Mendelssohn-Bartholdy. Claro, era lógico. Luego, de nuevo, Gleisdreieck. Bien.

Luego... Parque Mendelssohn-Bartholdy.

A ver. Voy a comenzar a odiar a la música clásica, os lo digo desde YA. Me bajo ipsofactamente y le imploro a la jefa de estación de marras que me ayude a salir de ese bucle temporal en el que me he metido. Le digo en inglés que quiero ir, quiero ir, pero NO PUEDO. El metro no me deja. La chica se ha reído, y me ha contado (en alemán, pero muy lentamente), que en Gleisdreieck tengo que hacer un transbordo temporal de andén, porque está el servicio escacharrado durante unos días.

Acabáramos. "Transbordo temporal" no es un concepto que yo domine en alemán, por eso me ha entrado este complejo de peonza que da vueltas de acá para allá sin rumbo alguno.

Cuando por fin he alcanzado Nollendorf Platz, he caminado por Motzstraße buscando una terracita y al final me he apalancado en una que estaba vacía. Me he hecho amigo de Natascha, la duena, una rusa lesbiana que me ha ido sirviendo coca-colas compulsivamente y que luego se ha quedado con una propina que yo no tenía pensado darle, pero en fin...

La cosa es que ahí, en plena terraza, me he puesto a escribir un poco. Concentrado estaba yo en mis historias, cuando de repente escucho "hallo". Levanto la vista, y veo a un rubio cerca. Automáticamente, le digo "nein, nein", pensando en que quiere venderme Kleenex u otra cosa y el tío se va. Pero, según se iba, es decir, cuando ya no podía hacer nada más, entiendo que el tío no quería venderme nada, si no LIGAR CONMIGOOOOOOO. Y le he dicho que nein, neeeeeeein...!!! Como podré ser tan tarugo para según qué? Y mira que era guapete, el tío, pero nada... ya se iba calle abajo en busca de otro menos apollardao. Era para gritarle: "No, vuelve, vuelve, que estoy mu necesitao de companía, que estoy solo, desamparado, sin pasta, sin tarjetas, me alimento de chocolatinas, vuelveeee". Aunque claro... es posible que entonces se hubiera ido más aún...

En fin. Seguiré retransmitiendo para todos vosotros.

Besos.
 
Cambio de planes... Mi vida es MUY fuerte
La cuestion es que ayer, al llegar a Berlin, enciendo el movil y recibo un aluvion de sms de mi amigo Miguel, que tenia que llegar a Berlin una hora antes que yo procedente de Copenhague. Los SMS me cuentan que ha perdido el avion y que no encuentra ninguna otra plaza para volar, con lo que significa que me quedo solito en Berlin para disfrutar a mis anchas de la ciudad.

Desde luego el cambio de planes me desconcierta un poco, pero bueno... en definitiva, estoy acostumbrado a viajar solo y en la parte II del viaje (Estocolmo) iba a hacerlo igual, con lo que...

Nada mas llegar al hotel, me doy cuenta del drama en el que estoy metido. Primero, por la habitacion, naturalmente. Estoy durmiendo en la cama que murio la awela del recepcionista, por lo menos. El alojamiento en cuestion es una especie de prostibulo al noroeste de Berlin, cerca del aeropuerto, que no esta mal comunicado pero que esta en un area asombrosamente desangelada.

Pero segundo, y esto si que es grave, porque el recepcionista que me cobra el hotel me informa que mi tarjeta de credito esta danada y que , por lo tanto, se corta de golpe mi unica fuente de dinero posible durante mi viaje.

Llevo dinero en efectivo, claro, pero el hecho de que Miguel no haya venido me obliga a pagar la habitacion entera yo solo, lo que merma mis capacidades de cash actuales. Teniendo en cuenta que continuo viaje hacia Suecia y que tendre que cambiar euros por coronas... con que lo hare, si no puedo sacar pasta de ningun sitio porque tengo una tarjeta danada?

Si senores... EL GRAN AGENTE DE VIAJES VA POR EL MUNDO SIN POSIBILIDADES. Sigo flipandolo como es posible que se hayan concatenado tantas pequenas cosas que me han obligado (atencion) a cancelarlo todo y volver a Madrid el lunes. La bondadosa Iberia (ay, yo, que tanto la critico... redimire mis pecados) me ha cambiado el billete de regreso desde Copenhague por otro de regreso desde Berlin para el lunes, dejando para otra ocasion mi tour escandinavo.

Una ocasion que, lo juro, estara banada por tarjetas de credito de todo tipo y cash que incluya hasta maravedies o vellones. Mi vida es MUY fuerte, de verdad.

PD: Ademas, los mas agudos os habreis fijado que, en algunos parrafos, donde deberia haber una Z haz una Y, o viceversa, y eso es porque este teclado tiene ambas letras intercambiadas, solo Angela Merkel sabe por que. Ademas, no hay ni un acento, ni una egne de Espanha o Espagna o como cono querais llamarlo (y digo CONO porque no puedo decir CONO. No se si me explico)

Hala, pues nada... que os veo en Madrid, que remedio. Pasado manana :S

Besos
 
Berlin en soledad
Supongo que me costara dias dar con las palabras adecuadas para definir mis emociones con esta ciudad. Un poco como le ocurre a Madrid, Berlin es inclasificable. No hay muchos monumentos para ver pero, sin embargo, la historia acompana a cada paso. Todo parece como de anteayer, novisimo (y posiblemente lo sea), pero haz algo pertinazmente antiguo que tira de la ciudad hacia atras.

El hecho de andar solo por las calles descomunales de Berlin invita al silencio mas que cualquier otro sitio. La contemplacion y la inhalacion de todo lo que ves es casi obligada en una ciudad que aun no se atreve a hablar de si misma. Parece querer callar aun para ver si la construccion de un escenario totalmente nuevo puede borrar, o al menos difuminar, el tan siniestro pasado reciente de Alemania.

La exposicion en memoria de los judios asesinados en Europa durante el holocausto deja sin palabras, aunque no solamente por lo que cuenta, que es mucho y estremecedor. Tambien deja sin palabras el desgarrador grito de una Alemania avergonzada. Cerrando los ojos, imagino a un pais entero bajando la cabeza y pidiendo perdon indefinidamente. Quizas no sera jamas suficiente z no sere yo quien lo juzgue, naturalmente. Pero lo que si puedo decir es que este monumento proporciona una pequena porcion de informacion acerca de los dramas de mas de seis millones de judios que fueron exterminados en Europa, la mayoria de ellos como ratas. Y en esa espeluznante cifra no se incluyen ni los gitanos de las etnias sinti y roma ni a los homosexuales. Esta pequena y seguro que insuficiente inmersion en la historia del holocausto no basta para saber que jamas podran conocerse todos y cada uno de los dramas personales y familiares que acontecieron, pero si para tomar conciencia de que es necesario recordar, para siempre, lo que ocurrio.

El monumento es, pues, un lugar obligado de visita para todos aquellos que amen al ser humano.

Luego, Berlin es tambien una antagonia continua que vive entre esta necesidad perentoria de olvido con la obligacion del recuerdo. Mucho mas alla de la arbitraria frontera Este-Oeste (que aun puede verse con bastante facilidad), los contrastes bullen, se plantan ante ti con una facilidad desconcertante. Sin embargo, esto no convierte a Berlin en una ciudad desagradable, sino interesante. Las bicicletas, las razas y las mil caras, los restos sovieticos mucho mas visibles de lo que creia y la presencia del Occidente mas aplastante convierten a la capital alemana en una especie de crisol dificil de entender.

Luego vuelvo a entrar para postear el lado comico del viaje. Que, por supuesto, lo hay. Vais a fliparlo, os aviso.

Besos.
 
El retraso aéreo: concepto y ánalisis
El retraso aéreo es el resultado de una suma de factores cuya reacción más común es la creación de una ira furibunda que se expande por un recinto aeroportuario.

Los factores determinantes para que el retraso aéreo se produzca son:

1) Tengo que volar yo.

Es decir. El nivel de retraso es directamente proporcional a mi relación con el vuelo susceptible de ser retrasado. Si voy, se retrasa fijo. Si no voy PERO embarca al lado de donde yo estoy, tendrá un retraso discreto. Si no tiene nada que ver conmigo, no se retrasará en absoluto.

2) La compañía a retrasar será siempre Iberia.

Este es el factor con más peso dentro de la suma. Los motivos pueden ser tres:

2a) Llegada tardía del avión
2b) Llegada tardía de la tripulación
2c) Las dos anteriores juntas.

Para que se dé un retraso salvaje, la tripulación debe estar compuesta de comandante cincuentón, altivo y perdonavidas; sobrecargo generalmente de sexo femenino pintada como una puerta; grupo de niños y niñas azafatos/as, sin orden ni concierto, encantados de conocerse; y personal de tierra quemado, esto es: pareja de señoras pre-ancianas vestidas de Iberia soñando con pincharnos los ojos a todos con sus imposibles pasadores de pelo.

3) El viaje tiene que ser por ocio

Porque, por negocios, siempre llegas a tiempo, con total imposibilidad de perder tiempo y así vaguear por algún sitio echándole las culpas a Iberia. En cambio, si viajas en tu tiempo libre, el avión se retrasará sin excepción alguna haciéndote perder tiempo de tus vacaciones.



Todo esto, para contar que hoy, de Palma a Madrid, mi Iberia de turno se ha retrasado. Hasta aquí, desde luego, no es ninguna novedad. Lo más curioso del día ha sido que, media hora después de la hora prevista para el embarque, echando raíces como estábamos todos ya en esa cola infinita, la chica que tenía justo delante en la cola, que llevaba tanto tiempo como yo ahí, agarra, se gira, y me dice:

- ¿Va con retraso?

Pues a ver... qué decir.

No, guapa, no hay retraso. Estoy aquí porque cada día, de doce a doce y media, me entra complejo de ficus y tengo que plantarme en algún sitio y dar vía libre a mi neura. ¬¬

Pero en lugar de responderle eso, que es lo que debería haber hecho, he asentido con la cabeza sin mugir ni una sola sílaba, y luego, entusiasmada, me sigue interrogando:

- ¿Dónde está el avión?

A ver. A VER. Y yo qué coño sé, cuqui. Porque, aunque lo supiera, ¿podría ir a buscarlo y traerlo para acá? ¿Podría? ¿A que no? Pues entonces, ¿por qué coño no te callas y miras al frente, que es lo que hacemos todos estoicamente y dejas tus habilidades sociales para otro momento?

Grrrgfrrmpf... es que los retrasos me cabrean cosa mala. No me lo tengan en cuenta.

Besos


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No molesten
Llevo todo el día pensando en el dichoso cartelito que, ipsofactamente, según llego a cualquier habitación de hotel, cuelgo por la parte de fuera de la puerta para que nadie ose a interrumpir la paz de mi reposo.

Pero, amigos, esto en Mallorca (al menos en este hotel) es totalmente inútil. Molestia sobre molestia y sobre molestia, una.

Nueve de la mañana. Pompompom, ñiiiic... y ya tengo a la asistenta dentro. Yo, asustado (especialmente por la hora), estoy en pelota picada encima de la cama (hace un calor espantoso) y trato de remeterme dentro de las sábanas intactas por si le da por seguir adelante en su incursión en mi intimidad, mientras gorgojeo (a esas horas soy incapaz de nada más que no sea gorgojear) que estoy ahí, como en un lamento desgarrado.

- Huy, perdón.

Da media vuelta y se va.

Media hora más tarde... y run-run; vuelvo a tenerla dentro. Otra vez la maniobra desnucadora de tratar de cubrirte con las sábanas mientras ahora, ya más cabreado, casi grito que SIGO ahí.

- Huy, perdón. Le pongo el "no molesten".

Pero si ya está puesto, pienso, tentado en soltar un aullido de los míos.

- Huy, no lo tiene. - dice la camarera, liberando su tercer huy.
- No, no lo tengo porque está puesto. -digo, sarcástico, parapetado bajo las sábanas, mientras a ella no la veo porque, obviamente, no se atreve a entrar más.
- No, puesto no está. -me replica.
- Pues yo lo puse.
- Pues se lo habrán robado. -concluye, lógicamente.

A lo que sólo me queda cagarme en todo lo que se menea y rogarle que, por favor, NO entre más hasta que yo vaya a buscarla y le dé luz verde.

- Espere, que lo buscaré. -continúa.

Ya, pero es que... ¿sabe? Si la oigo trajinar por aquí, pasarán dos cosas: primera, que no me dejará dormir, que es básicamente la función que necesito cubrir en estas horas y segunda, que no dejo de estar desnudo, acalorado, y oculto bajo unas sábanas y NO me apetece verle la jeta mientras busca y rebusca sólo Dios sabe el qué, qué quiere que le diga.

- No, déjelo. Me lo habrán robado, como Vd. dice. Si no le importa...

... y espero que los puntos suspensivos hagan su efecto y se marche YA, estímulo que afortunadamente recibe y desaparece sin hacer (más) ruido.

Total que, a todo esto, ya estoy totalmente desvelado y de mala hostia porque ni siquiera en vacaciones logro dormir a pierna suelta en un hotel que me estoy pagando a tocateja.

El día, además, no ha acompañado porque en Mallorca llueve. Y os aseguro que no hay nada menos divertido que una isla turística con lluvia.

Mañana vuelvo a Madrid. Afortunadamente.

Ay, qué vida esta.

Besos

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Será maravillosooooo
... viajar hasta Mallorcaaaaa

Aquí ando, de vacaciones, en esta isla mediterránea que cada vez es más alemana en si misma. Si observas el cielo cercano al aeropuerto de Son Sant Joan, puedes ver con una frecuencia de cada tres minutos, aproximadamente, un avión que hace ademán de aterrizar. Que digo yo que esto, en 31 de Julio, debe ser un festival aéreo por lo menos con bocinazos y mekagüentós de pilotos vociferándose entre sí con tal de aterrizar los primeros.

Señoras y señores, ESTO ESTÁ PETAO. Y yo que creí en agosto, en ese Madrid desierto, que con mis vacaciones en septiembre estaría estupendamente por estos mundos de Dios, sin gente que me agobiara. Angelico.

Hay alemanes, ingleses, franceses, italianos, negros de nacionalidad desconocida (hoy en Formentor he visto al negro más negro del mundo. Tenía un color tan pero tan oscuro, que la camiseta de tirantes del mismo color estaba como difuminada. Borrosa. Y exagero sólo un poquito), escandinavos varios, rusos, checos, chinos, latinoamericanos... PERO SEÑORES, AQUÍ NO HAY JAPONESES.

Por fin un lugar en el mundo que no han descubierto estos hijos del Sol Naciente. Ni uno. Es curioso que, cruzándose el mundo como se cruzan para ver ciudades y lugares pintorescos, no hayan recalado en Mallorca. Y eso que sé, de buena tinta, que hacen viajes inverosímiles para ver lugares más inverosímiles aún.

Recuerdo una vez en Luxemburgo, hace mil años ya, que andaba yo por la capital de ese pequeño país (que se llaman igual, porque hay tan poco espacio para todo que hay que economizar hasta en toponimia). Estaba en un jardín-parque, contemplando la vista sobre el tajo del río, cuando me percaté que había un grupo de japoneses, variopinto en edad, que me miraba disimuladamente. Cuando les pillaba, me sonreían pero no decían nada. Un poco escamado, traté de no hacerles caso pero, alarmado, me di cuenta que cada vez estaban más cerca. Era como si estuvieran estrechando un cerco cuyo objetivo final yo desconocía, pero que podía ser perfectamente raptarme o magullarme de algún modo.

Nada más lejos de la intención de esos súbditos del Imperio del Crisantemo. Cuando hice gesto de marcharme, uno de ellos, erigido en portavoz improvisado, se me acerca y me dice en buen inglés que quiere tomarse una foto conmigo.

Anonadado me quedé, para qué decir otra cosa.

-¿Conmigo? ¿Por qué?

Su respuesta fue tan lógica como asombrosa.

- Pues porque aún no tengo ninguna foto con ningún luxemburgués y es Vd. el luxemburgués típico.

Durante una fracción de segundo, me pregunté qué tipo de pinta tenían los luxemburgueses para que me hubieran confundido con alguno de ellos y recordé que no tenían ningún aspecto especial. Algunos parecían alemanes, otros franceses, otros portugueses (porque la mitad de la población del gran ducado es portuguesa).

Me vi obligado a aclarar que no era luxemburgués.

-Eso da igual. Nos hacemos la foto y luego digo que era Vd. luxemburgués.

Y así, tan ricamente, acepté el reto y, desde ese día, existen fotos mías en algún lugar remoto de Japón bajo las cuales habrá algún mensaje aclaratorio del tipo "Miyaki con nativo luxemburgués característico".

O sea, como conclusión... que les echo de menos en esta isla de aspecto paradisíaco y precios astronómicos poblada de turistas de color revenío. ¿Dónde están esos gorros inefables, que les convierten a todos ellos en pequeñas lamparitas andantes? ¿Dónde esas cámaras de foto, dónde esas reverencias? Aquí es todo infinitamente turístico. Incluso algunos tienen aspecto, en sí mismos, de paquete turístico por sus increíbles dimensiones.

Mañana vaguearé por la piscina del hotel, porque mis amigos de aquí curran (sí... curran y yo NO, porque estoy de VACACIONES), y martes vuelvo momentáneamente a Madrid para hacer algunas cosas y salir hacia la segunda etapa de este viaje raro, raro, raro... Berlín.

Sus iré contando a medida que vayan pasando cosas. Que conociéndome... pasarán. Y mucho.

Besos.
 
Segunda parte
... que nunca fueron buenas, dicen. Pero me da que puedo sacar, como conclusión, que no me ha ido del todo mal.

Me he despertado, impulsado como por un resorte, con un pensamiento obsesivo que se ha repetido toda la noche: "sms...sms...sms...sms...sms...". Como un poseso, me he metido en la ducha, me he afeitado, y me he vestido proceso el que, normalmente, me lleva una media hora y con el que hoy he superado cualquier récord: diez minutos después de haberme despertado, aún con esa misteriosísima raya que te dibujan algunas alhomadas rencorosas, entraba al metro... Y claro, iba a trabajar, pero eso me la pelaba. Lo que verdaderamente quería era que comenzara el horario laboral de la empresa de distribución masiva de sms para así iniciar mi coñazo máximo que iba a hacerles desear no haberse despertado por la mañana.

Pero no me ha costado NADA. He llamado una vez, me ha atendido una chica con genuina voz de poligonera, y me ha dicho algo así como "ah, sí, ya".

-¿Ah, sí, ya? -he replicado yo, interesado.

- Que sí, que ayer tuvimos un problema y que ya estamos en ello.

- Ah, sí, ya... - he reiterado yo, machaconamente. - Pero yo no pagaré nada, ¿eh?

Esto de la vena catalana de tanto en cuanto me asalta, a mí, que soy un madrileño de adopción orgulloso de su Catalunya. Es algo por encima de mí que aplasta cualquier otra necesidad de información paralela. "Oiga, que se muere Vd. y le tenemos que poner un hígado, un riñón, un fémur y un by-pass corticoideal a la voz de YA". "Sí, claro, pero escolti... cuanto cuesta todo esto, a veure."

- No, no... son mensajes erróneos que no son de pago.

Quizás el erróneo era yo esta mañana. A ver si me creía que semejante celeridad en un momento tan delicado del día me iba a salir barata. Y digo esto porque le he continuado a la chica:

- Ya, pero oiga... yo eso cómo lo sé, a ver. Cómo.

Ahí la Yoli esa me replica que no pagaré nada, ya con un pensamiento flotando entre los dos telefónicamente que era algo así como "qué coño habré hecho yo para aguantar a semejante plasta a estas horas de la mañana".

La cuestión es que he colgado, y automáticamente he llamado a Vodafone para que me activaran de nuevo la función SMS que, aunque restringida, tenía la función de bloquearme todos los mensajes salvo los que quería bloquear. Divino, todo.

Lo digo porque, desde ayer, y quizás por eso he tenido esa pesadilla reiterativa, vengo notando que tengo una total, absoluta, necesidad de SMS en mi vida. Cada vez que oigo el pirubí de turno anunciando buenas nuevas en forma de mensaje corto, me pongo todo contento. Y no es que reciba muchos al día, la verdad, pero sólo el hecho de saber que no recibiría ningún otro indefinidamente me hacía dar vueltas tontamente por el salón, pensando en cualquier otra alternativa de comunicación inmediata y eficaz.

"Siempre puedes llamar", me orientó, mi amantísima compañera de piso, sin la que yo no sé en qué se habría convertido mi vida... Claro, "llamar". Ese verbo se quedó oculto hace siglos tras el verbo "enviar". Qué cosas.

La cuestión es que Vodafone y yo celebramos nuestra reconciliación con sendos "muchas gracias, muy amable" y "a usted por su llamada, buenos días". Y volví al mundo de la comunicación moderna en un tris.

Hasta aquí, todo correcto. Lo curioso del caso es que a primera hora de la tarde, recibo una llamada de un energúmeno que dice pertenecer al departamento comercial de Vodafone, interesándose por mi queja. Y yo que si patatín, que si patatán, que fíjese Vd. qué problema, y ya vé, menudo susto... Y el otro "aja, sí"... "claro...". He rematado el discurso con un "lo que francamente me alarma es que no haya ningún modo por parte de Vodafone de parar estas cosas, yo no sé qué es lo que deberían hacer, Señores..."

Y RESPONDE

-"Y yo tampoco, tonto".

Tonto, así... Sin más.

Pum. Tonto.

Toma ya. Chúpate esa. ¿Tonto?

Justo en el instante en que estaba a punto de ponerme a invocar al rayo de Zeus y al tridente de Neptuno (por lo menos), oigo que mi nuevo amigo confidente capaz de llamarme "tonto", se pone a reír y al final se identifica como un amigo que leyó mi post de ayer.

Me quiero cagar en sus muelas, pero me contengo, aunque le llamo de todo en medio minuto...

Svane, hijo, si he puesto a parir a tu familia cercana o lejana... TE JODES ;)

Si hay cambios, os sigo informando de la evolución de mi factura de móvil.

Besos
 
Y run-run con las telecomunicaciones...
Ahora mismo estoy que trino. Que muerdo. Que araño. Que me cago en tó, vamos.

¿Por qué tendré yo esta suerte con todo lo que afecte a la comunicación, en líneas generales?

Me fui de Movistar porque estaba harto de ellos, y ahora me tendré que ir de Vodafone porque me habrán arruinado. Así, sin más.

Me explico, si es que puedo, y la espuma esta que me rezuma por las comisuras me deja.

A eso de las 17 he recibido un SMS de un remitente tal como "infoSMS" que decía algo así como "September en tu móvil! Si quieres que SATELLITES suene cada que te llaman, envía VOX 6531 al 5646. Coste desde 0.90 €"

Evidentemente, no he hecho ni caso, y he borrado el mensaje.

Al cabo de unos minutos, de nuevo el mismo. Y luego, otro. Y más tarde, otro más. Total, hasta la alarmante y friolera cifra de 32. Como no era ni medio normal, como casi nada de lo que pasa en mi desestructurada vida, he llamado al 123 de Vodafone para que restringieran semejante aluvión de SMS.

"Buenas tardes, le atiende Claudia, en qué puedo ayudarle."

¬¬

Empezamos con el tour de las llamadas, como siempre. Es que temo a los servicios de atención al cliente que se definen como tal, porque tienen la asombrosa habilidad de desatenderte. Le he explicado mi caso, y me dice que ellos no pueden hacer nada. No esperaba otra cosa, para qué mentir. Sin embargo, me ha dado un 902 al que llamar o la alternativa de mandar un SMS con la palabra "BAJA" al remitente de los mensajes.

Obviamente, no ha funcionado ninguna de las dos alternativas, por supuesto. El 902 consiste en un buzón de voz lleno incapaz de acoger un mensaje más, y la respuesta a mi SMS con la palabra "BAJA" ha sido la siguiente: "No entiendo el mensaje. Por favor, revísalo antes de volverlo a mandar".

He pensado en mandar "VAJA", pero me he dicho que no, que ni hablar. Antes muerto que antiortográfico.

Total, que he vuelto a llamar al 123

"Buenas tardes, le atiende Letizia (¿con zeta?), en qué puedo ayudarle"

¬¬

Y run-run.

Y otra vez cuéntalo todo. Letizia con o sin z no se coscaba de nada, pero le he exigido que me desactivara los mensajes SMS entrantes y salientes y que al mismo tiempo me tramitara una reclamación a Vodafone, por desamparo. Consigue restringirme los SMS pero con la reclamación a medias, la llamada se corta. Albricias.

Vuelvo a llamar.

"Buenas tardes, le atiende Sofía, en qué puedo ayudarle"

¬¬

Bien, la cosa va de realeza. De Princesa a Reina, al menos he subido algo en el escalafón y esta me ayudará más.

Craso error. Sofía debe ser, también, griega, porque tampoco se cosca de nada. Lo más peliagudo del asunto es que mientras estoy hablando con ella, ME ENTRA UN NUEVO SMS, supuestamente restringido. Le informo de la hecatombe y, algo sarcástica, me dice que cada mensaje RECIBIDO me lo facturarán a 0,90 €.

Zafarrancho de combate. A las armas. Esto es la guerra. Sus váis a cagar, guapos.

"¿Cómo dice, Sofía, reina? A ver si me explico... ni hablar. No pagaré ni un duro, porque me da Vd. de baja de Vodafone ahora mismo".

Entonces la cariátide se ha activado, y al menos me ha ofrecido la posibilidad de que mañana me llamara el Dpto. de Calidad de Vodafone para ayudarme a solucionar el problema.

"Que no, que no... que voy a seguir recibiendo mensajes a un ritmo infernal y NO tengo dinero para tanto, no sé si me explico".

"No, es que... ejem... creo que, según lo que veo, no le están facturando nada por estos mensajes".

Ah, ya... Primero alarmas, y luego te cagas. Pues chica... a mí me has dejado muerto.

La historia acaba aquí de momento, pero mañana habrá continuación...

Esto promete.
 
Laponia: Frío, sangre y casi casi hostias
La cuestión es que finalmente, sí fui a Laponia. Es un nombre que me inspira, directamente y sin paliativos, "frío". Concretamente, un frío de la hostia, que es el que pasé. Sólo a modo informativo, comentaré que durante aquellos días llevaba perilla, y durante toda mi estancia ahí la tuve completamente cubierta de rocío. Rocío, si me permitís la frivolidad, jurado, por lo cierto que era.

Incluso los mocos, DENTRO de la nariz, se me endurecían de una manera inverosímil, a causa de la temperatura que, de media, fue de -27 grados.

El primer paso de ese viaje, que fue en marzo, fue ir a Lisboa a "posicionarme", porque el grupo, como comentaba en el anterior post, era portugués. Me cité ahí con mi compañera mallorquina, que me acompañaría durante todo el viaje, y que es un verdadero talismán para mi trabajo (sin ella, no sé cómo podría salir todo tan bien como sale. Es inconcebible). Nos alojaron en un hotel de aeropuerto y ahí nos encontramos con otra guía, portuguesa ella, que haría lo más duro del viaje, que siempre es hablar con la gente. Porque claro... se da la peculiaridad que ni mi compañera mallorquina ni yo hablamos una sola palabra de portugués, lo que a mí me provocaba cierta inquietud porque, a pesar de que ellos te entiendan a ti (esa mítica habilidad lusa de entender todo lo español y odiarlo con la misma facilidad), tú no entiendes ni jota.

Al día siguiente, tempranito, Cecilia (la mallorquina) y yo fuimos al aeropuerto a organizar la salida. Los portugueses, un total de 180, fueron llegando progresivamente y pronto lo tuvimos listo todo. Tengo que señalar que, como es una costumbre en mí, llevaba una cantidad de objetos conmigo que jamás puedo comprender cómo puedo llegar a acumular. No es equipaje personal, ni mucho menos; se trata de material promocional variado, como pancartas, rótulos, mochilas, etc, que voy transportando por el mundo en grandes cajas impracticables, lo que siempre me convierte en una especie de hombre-orquesta abultado que da tumbos por los aeropuertos.

Salimos en vuelo directo a Rovaniemi, Finlandia. 5 horas de vuelo del ala, que no está mal. Cruzamos Europa entera, lo que siempre es un placer, pero llegamos ya de noche. Claro que... hay que tener en cuenta que ahí, en esas fechas, es siempre de noche. Y eso que en marzo, el sol sale de manera oblicua durante unas horas al día, convirtiendo todas las horas de luz en una especie de ocaso continuo, con lo que la melancolía está servida a todas horas.

Sólo salir del avión, tomé conciencia del fregao en el que me había metido. La mismísima pista del aeropuerto estaba totalmente cubierta de nieve-hielo. El frío era de bigotes. Pensé en Canarias y en el Caribe, a saber por qué... Nos esperaba mi corresponsal, Alberto, un chico de Córdoba casado con una finlandesa guapísima, que se dedica a recibir grupos de incautos como nosotros que, infelizmente, han visto algún atractivo en viajar a esas latitudes en una fecha como esa.

Antes de salir del aeropuerto, nos dieron ya la ropa térmica necesaria para sobrevivir al clima. Un mono, unos guantes, botas, calcetines que parecían sacos y un pasamontañas para el casco. Porque claro... teníamos que llevar casco para la actividad del día siguiente.

¿Qué actividad era esa? Naturalmente, en Laponia, no hay mucho que hacer como no sea morirse de hipotermia o bien, salir a la nieve a dar un paseo largo (larguísimo) en motos de nieve... que es lo que hicimos. Cada uno de los portugueses, una mallorquina y yo, salimos balanceándonos de izquierda a derecha, tratando de dominar o bien el peso del casco o el del mono que, de tan cerrado, era agobiante.

Primer problema: llevar gafas. Tan pronto como cerraba el casco, me quedaba ciego de vaho. Tan pronto como lo abría, me quedaba agarrotado de frío. Tan pronto como me quitaba las gafas, me quedaba ciego, y no de vaho. De miopía, concretamente. Con lo que pasé todo el día subiendo, bajando, quitando y poniendo cristales de delante de mis ojos, preguntándome por qué demonios no habré hecho caso a todos los que defienden las malditas lentillas que tanto añoré.

La cuestión es que nos montamos en la motos. Había más de 90 ahí dispuestas, y la verdad es que era espectacular el montaje. La gente iba subiendo de dos en dos y, no más de un minuto después de haber salido ya las primeras motos, dos portuguesas alocadas dieron demasiado fuerza al acelerador, y salieron disparadas hacia adelante, encabritadas, con la moto levantada por su parte delantera, mientras gritaban como locas algo así como "banzaaaai". Me froté los ojos (no sé si con cristal o no) y pensé que nos esperaba un día muy largo.

Qué poco sabía yo de la vida a esas horas, infeliz de mí. La excursión transcurrió con cierta normalidad. Vimos una granja de huskies (majísimos) y otra de renos (más altivos) y algunos intrépidos se atrevieron a subirse a trineos tirados por los perros, a unas velocidades casi más extremas que las de las motos de nieve. Comimos en algún lugar de Laponia (porque tengo que decir que claro... con tanta nieve, es dificil saber si estás en un sitio o en otro. Estás en Laponia, y yastá... te conformas con ese dato.). Todo iba de maravilla... hasta que emprendimos el camino de vuelta al hotel, guiados por expertos nativos que sabían dónde estaban, afortunados ellos.

La cosa es que en la ruta de regreso cruzamos un bosque todo nevado. Todo estupendo, bucólico y precioso. Hasta que en una curva suave, nada peligrosa, una portuguesa consideró que nos faltaba emoción y, llevando a su marido de paquete, decidió estrellarse contra un abeto.

Hasta aquí, hubiera sido una anécdota más o menos graciosa... pero la cosa es que el abeto no aguantó el envite luso, cedió, y la moto se encastó contra el próximo abeto, dejando a la portuguesa y al marido tirados en la nieve. El corazón me dio un vuelco al ver la escena, pero íntimamente creí que no habría sido nada.

Pero ay... según llegué, me encontré con el desolador paisaje de ver a una portuguesa rota. Se había partido la pierna, la cadera y, puestos a romperse cosas, se rajó la mejilla desde la comisura de los labios hasta muy atrás. La tía dijo: "qué coño, ya que me rompo, lo hago bien. Superglue a mí". Todo estaba teñido de sangre y la tía, entre consciente e inconsciente, gemía de dolor y frío. El marido, intacto.

Bueno, qué decir. Me tembló todo. La creí muerta por un momento y el susto que me llevé fue morrocotudo. Pero claro... como mi trabajo exige saber reaccionar, automáticamente nos pusimos manos a la obra para llamar a la ambulancia.

En el caso lapón, las ambulancias son trineos motorizados, lo que os puede dar una idea del espectáculo que se generó en medio del bosque con una cantidad inusitada de portugueses observando, un español yendo como loco de acá para allá buscando mantas, y un trineo-ambulancia que se intentaba abrir paso para llevarse a la quebrada.

Detalles a parte, a la portuguesa hubo que operarla de urgencia y trasladarla a otra ciudad más al Sur, con lo que tuve que aceptar que me tenía que quedar sin un guía (la portuguesa) para que hiciera las veces de traductora de la rota, que no hablaba otra cosa que no fuera portugués moribundo.

Así las cosas, mermados en nuestros recursos como guías, el viaje por Laponia continuó al día sigiuente con una simpática y nada peligrosa visita al pueblo de Santa Claus, un maxi-timo tipo Disneylandia del juguete, pero que despierta ciertas nostalgias de la infancia. Me hice la consabida foto con Papá Noel (que tenía una cara de mala leche que asustó a una japonesa extraviada que correteaba por ahí) y al otro día, teníamos que volar a Helsinki para realizar una visita de un día a la capital.

En la cola de facturación del aeropuerto de Rovaniemi tuvimos el segundo gran susto. Un señor portugués ya entrado en años tuvo un infarto fulminante. Poca broma. Hubo que reanimarlo ahí mismo porque se iba, y no precisamente a Helsinki...

Salvado el primer momento de peligro, se lo llevaron cagando leches al hospital... con guía anexionada, claro. En este caso, era una local que hablaba portugués, con lo que perdí otra traductora. Y lo que es casi peor... al facturar yo mismo, me di cuenta que había perdido el DNI. Probablemente, se lo comió un reno despreocupadamente mientras yo andaba trotando por esos bosques lapones en busca de una manta isotérmica.

Gracias a mi carné de conducir, que por fin me sirvió de algo, volamos todos hacia el Sur con el cuerpo revuelto por el susto, y al llegar a Helsinki, todo el mundo se quería interesar por el estado del señor infartado.

En ese momento, descubrí una cosa curiosa de la lengua lusa. Una portuguesa que era bastante dicharachera, me pilló por banda para que le contara cómo estaba el señor y la rota. Ella entendía el castellano y yo me dispuse a hacerle un resumen de los partes médicos que me iban llegando. Pero lo curioso del tema es que comencé a contarle todo y, de repente, me iba interrumpiendo y decía:

- Pois.

Claro... si no sabes portugués, entiendes por "pois", "después", con lo que deducía que lo que quería era más y más información. Un poco agobiado por la presión, fui contándoselo todo.

-Pois, pois, POIS

A ver, señora... YA VA. No me agobie, por favor se lo pido, que bastante tengo ya con todo este marronazo. Y la tía, dale que dale con el pois... Al final, me contaron que "pois" venía a ser algo así como una partícula que tiene que hacerte sobreentender que tu interlocutor te está captando y conseguí relajarme, pero qué mal lo pasé, os lo juro...

La cena de gala fue bien, a pesar de que alguien descerebrado se le ocurrió echar agua caliente para deshacer el hielo a la entrada del salón, lo que unos minutos después había convertido la entrada en una auténtica pista de patinaje sobre hielo. Parece mentira que sea Vd. finlandés, oiga, que eso no se me ocurriría ni a mí, que soy español y, como tal, poco avezado a ese tipo de intendencias.

La cosa es que para regresar, yo tuve que hacerme un salvoconducto en la embajada de España porque no llevaba el pasaporte. Tuve que madrugar de la hostia para estar ya listo y documentado en el aeropuerto para recibir y facturar al grupo rumbo a Lisboa. Después de casi las mismas horas de vuelo que a la ida, llegamos a Portugal y tramitamos las reclamaciones por maletas perdidas (que fueron cientos, como siempre) y luego Cecilia y yo nos dispusimos a esperar que saliera nuestro vuelo a Madrid, SIETE HORAS DESPUÉS. Por Zeus, qué espera. Yo creí echar raíces en ese aeropuerto cargado, por supuesto, con mil bultos que más que menguar durante el viaje, aumentaron casi en progresión geométrica.

Como conclusión, puedo deciros que llegué a Madrid con la angustiosa sensación de haber pasado por un infierno blanco pero ahora, visto en la distancia, tengo que decir que Laponia es un destino estupendo para unas vacaciones de invierno, siempre y cuando carezcan de portuguesas susceptibles de romperse o maduros lisboetas propensos a problemas cardiovasculares.

Para el próximo día, una aventura canadiense.

Besos.
 
Aventuras en 29 horas
Esta Europa de los saltos, que puedes visitar en un mismo día volando de aquí para allá, como si fueras una moderna diligencia que lleva noticias y correo de un lado a otro, nos puede deparar aún, a pesar de que creamos que la conocemos ya del todo, una serie de sorpresas que pueden dejarte ojiplático perdido.

Como algunos ya sabéis, he tenido que ir en un mismo día a Francia y a Inglaterra. En concreto, a París y Manchester, todo ello por trabajo. El motivo del viaje en sí mismo ya rozaba algo el absurdo, puesto que me desplazaba a las dos ciudades para ver sendos aviones. Como si no hubiera visto nunca ninguno, pensaba yo, pero en fin… era una visita de inspección para uno de los próximos grupos que estamos organizando. Sin embargo, el resto del viaje ha estado lleno de situaciones extrañas, por no decir raras de la hostia, que procedo a narrar con todo lujo de detalles, para vuestro regocijo. O recochineo puro, da igual.

La cuestión es que tenía prevista la salida de Madrid hacia París el día 14 de Febrero a las 07:50 de la mañana, lo que me supuso, muy a pesar, pegarme un madrugón de padre y muy señor mío para estar con las reglamentarias dos horas de antelación en el aeropuerto para un vuelo internacional. Soy un pringado, sí, ¿qué pasa? Sólo yo, a pesar de dedicarme a lo que me dedico, cumplo con esa norma absurda que te hace estar, cual ánima en pena, vagando por los aeropuertos del mundo como si no tuvieras otra cosa mejor que hacer. Dormir, por ejemplo. Lo más gracioso del tema es que cuando en Francia se enteraron de que iba a visitarles, organizaron la consabida huelga de controladores aéreos (equivalente a nuestras cotidianas huelgas de RENFE). Naturalmente, tal cosa provocó un monstruoso retraso de dos horas que, si normalmente jode, a las 8 de la mañana ni te cuento, ya que cuentas cada minuto que podrías haberte quedado rezongando debajo del nórdico. A pesar de que los retrasos son gajes del oficio, y que en cierto modo estás acostumbrado, incluso preparado, ese día me preocupaba más de lo habitual porque tenía que aterrizar en el aeropuerto de Orly, inspeccionar el avión que ahí se hallaba, y luego trasladarme de algún modo aún ignoto hasta el aeropuerto de Charles de Gaulle (exactamente en el punto diametralmente opuesto de París), para tomar el avión que me llevaría a Manchester, todo en un intervalo de tiempo prudente, pero desde luego para nada generoso. Por este motivo, el retraso me obligó a acelerar los pasos durante todo el día. Como si me hubiera inyectado más jalea real de la recomendable, iba de acá para allá, a pasos cortos pero rapidísimos, cargado como la mula que suelo ser cuando voy de viaje, y sudando la gota gorda por esos pasillos aeroportuarios que parecen hornos crematorios por el nivel de la calefacción.

Además, en el avión tuve la ocasión de presenciar un fenómeno curiosísimo: el increíble caso del señor que roncaba despierto. Y roncaba como un cerdo el cabrón, mientras se rascaba, echaba vistazos a su alrededor… pero no dormía. Es decir; sí dormía, porque roncaba rítmicamente, pero con los ojos abiertos y con movimientos de vigilia tan alucinantes que me acojoné, y pedí que me cambiaran de lugar porque, además de ser un roncador atípico, era obeso y comodón, y me tenía ligeramente constreñido contra la ventanilla. Además, qué coño. Que no viajo yo con un semi-zombi roncador, que no, que no.

A la llegada a Orly, tenía indicaciones de mi proveedor de llamarle en cuanto llegara para encontrarnos. Así lo hice.

- “Bonjour et bienvenue!. Pog favor, vete a la pueggta de salida E y espégame ahí.”

Diligentemente, me dirigí a la pueggta E y una vez ahí, me dispuse a esperar. Unos cinco minutos después, veo en lontananza una ambulancia que se acerca. No le hago ni caso, obviamente, porque me encuentro estupendamente, pero según se acerca a mí, veo atónito cómo el conductor (o ambulanciero), me saluda alegremente agitando brazo y cejas. No me puedo creer que hayan encargado una ambulancia para recogerme. La cuestión es que la ambulancia para frente a mí (yo tieso como un palo), sale el ambulanciero y me pregunta, con igual alegría, si yo soy el enfermo. El Enfermo, así, en general. Pues qué decir… en principio, no, pero quién sabe. Está Vd. muy bueno y posiblemente sí pudiera ponerme enfermo siempre y cuando me garantizaran que sería Vd. quien me haría algún tipo de reanimación buco-faríngea. Pero claro… esto último sólo lo pienso y le digo que no, que no soy yo, que yo estoy bien, aunque me quedo con ganas de preguntarle si tan mala pinta tengo.

Finalmente, tardaron muy poco más en venir mis contactos y, hechas las presentaciones de rigor, me suben a un autobús de la compañía aérea dueña del avión que voy a visitar, para llevarme a la comisaría de policía a tramitar las autorizaciones para poder movernos con total libertad en el aeropuerto. Me pidieron el pasaporte, el DNI y todo. Los calzoncillos no porque ya tenían que si no, también. Qué cosa esto de la seguridad aeroportuaria porque, una vez concedidas las acreditaciones, nos hicieron pasar a una salita donde nos cachearon para ver si llevábamos algún tipo de objeto peligroso. Los misiles tierra-tierra y tierra-aire que llevábamos en el portaequipajes del autobús pasaron desapercibidos, pero a nosotros nos registraron de arriba abajo.

En esa salita, de infausto recuerdo, me hallé ante una situación verdaderamente embarazosa, típica de mí, que podría haber previsto pero no hice. El cacheo, además de la palpación pertinente en la que consiste en esencia, incluyó un registro de los bolsillos de las chaquetas. Y en uno de los bolsillos, mientras iban registrando, recordé que había una especie de rata-títere, de esos que se colocan en un solo dedo, merchandising de Coca-Cola que me había dado el otro día como regalo no sé dónde y que había guardado ahí. Ni que decir tiene que hubiera deseado que la tierra me tragara cuando el palpador profesional (qué profesión más tonta, por cierto), extrajo la rata del bolsillo y hurgó en ella buscando sólo Dios sabe el qué. Luego me miró, con expresión típica de “a vosotros los españoles no hay quien os entienda” o, a lo peor “para qué querrás tú una rata de peluche con hueco, pervertido”. Otra cara de poema fue la de mi proveedor, que fingió no haberse dado cuenta de nada, o más bien quizás apartó la vista para no tener que ver qué otro tipo de artilugios emergían de los bolsillos de aquella chaqueta. Con razón. Qué vergüenza, por Zeus.

Luego, visitamos los aviones, uno de ellos en mantenimiento y con un boquete tamaño king-size en el suelo de uno de los pasillos, que comunicaba directamente con el mecanismo del tren de aterrizaje. Hombre… muy buena sensación para una inspección, francamente, no daba. Pero me aseguraron que era sólo temporal y que estaría perfectamente en orden cuando el grupo usara el avión. Ceja levantada por mi parte e insistencia por su parte. Que sí , que sí, monsieur, seguggo que está aggeglado. Ante semejante festival de sonidos guturales, decidí que vale, que le creía, y eché un vistazo al reloj. Mierda. Tenía que irme pitando al otro aeropuerto y para ello, aún tenía que cruzar París y era una hora mala. Llamamos a un taxi desde la oficina del proveedor y al cabo de muy poco rato vino un Opel gigantesco a recogerme. Me despedí, y entré en el taxi. Y fue como entrar en un mundo nuevo. El taxi, a lo Guillermo Montesinos en “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, estaba cargado de collares, cuentas que colgaban, esencias y fetideces varias. El conductor era de Vietnam (supongo, porque había por todas partes el nombre del país y porque él tenía ojos asiáticos), y fue muy simpático, aunque bastante plasta. No callaba. Y podría haberlo hecho, porque la mitad de cosas que decía no le entendía, ya que tenía un acento espectacular en un francés irreconocible. Me dijo que yo hablaba muy bien francés. “Usted no”, estuve tentado de decirle, pero me callé, porque al fin y al cabo, con lo poco que uso el francés, era un halago que me dijeran eso. Y en lugar de criticarle su acento diabólico, se lo agradecía e hice una glosa de la langue la plus belle du monde. Preyslers a mí.

Finalmente llegamos a Charles de Gaulle, me despedí de él (no sin pagarle) y facturé hacia Manchester. Comí algo y luego me fui ya a embarcar. El avión para este tramo era de juguete. Yo, que no soy una torre humana, apenas cabía de pie, porque tocaba el techo. Ya no digamos de ancho, que con mi volumen actual requiero casi casi un asiento extra. El vuelo transcurrió más o menos bien, pero a la llegada a Manchester, no sabía qué hacer ni a quién esperar. Pensé que cuando saliera llamaría a mi proveedor y me daría instrucciones, pero no. Según salí, había una señora de pelo rubio y compacto, cual Mireille Mathieu británica, rígida y hierática, como una esfinge moderna, sosteniendo un cartel que rezaba “MR S ARROYO”. Ah, mira qué bien, ese soy yo. Me acerqué a ella à la espagnole, esto es: sonriendo y con la mano dispuesta a encajar la suya. Por un momento pensé que me iba a dejar con la mano suspendida en el aire. Pero como si una mano invisible le hubiera echado cinco duros de repente, la esfinge se activó. Se puso una sonrisa deslumbrante, agitó su tupido pelo y gritó “Hi! I’m Penny!”. Y cuando digo gritar, quiero decir aullar. Tanto, que hasta me asustó la cabrona. ¿Penny? Amos, anda… no me jodas. ¿¿Penny?? Pues sí. La mujer, muy simpática por exigencias del guión, me condujo afuera y me señaló un coche. Me hizo entrar en el asiento del conductor… que en Inglaterra no lo es, claro. Según me siento, saludo al conductor, que dice llamarse Nigel. Vamos, que más UK no se puede (encima, llovía, por si no me había enterado que estaba en Inglaterra).

Le digo al bueno de Nigel que echo de menos el volante, mientras sonrío. Nigel me dice, muy serio, que lo tiene él. La sonrisa se me marchita lentamente, mientras miro el volante (una cosa redonda OBVIA), y digo que ya, que ya lo sé, que era una broma. Ah, dice él, y esboza algo que a alguien con Alzheimer jamás le recordaría a una sonrisa. Quizás a una máscara de Carnaval. Qué tío, el amigo Nigel. Luego pensé que me había querido tomar el pelo, pero no, no era humor británico. Era pura y simplemente sosez británica.

Entonces volvimos a una comisaría a que me hicieran la pertinente acreditación. Mientras la tramitábamos, engancho a Penny hojeando con avidez mi pasaporte. Como se siente atrapada, se ruboriza, sonríe, luego emite algo parecido a un eructo, y confiesa que tiene debilidad por mirar la fecha de nacimiento de las personas. Mmh, digo yo, sin denotar simpatía que se diga, y añado: “still I have nothing to hide”, (aún no tengo nada que ocultar), y la dejo muerta, convencida que me he callado la segunda parte: “not like you”. Me siento la más mala, pero también lo más de lo más en chascarrillos internacionales.

El proceso de la acreditación fue el mismo, hasta que vino el momento del cacheo. Un tío con la cara ya no cuadrada, si no cúbica, se dirigió cortésmente a mí y me dijo que me iba a cachear. Por supuesto le dije que sí. Entonces el tío me hace extender los brazos y comenzó.

Vamos a ver: ¿en qué quedamos, oiga? ¿Ha dicho Vd. cacheo o masaje? Me puso las manos encima, e inició un movimiento rítmico de las manos, moviendo cada una de ellas en la dirección opuesta, como si tratara de calentarme el brazo. Me sentí mortadela por un momento. O masa de pizza, qué decir. Jamás me habían hecho un cacheo así, por todos los demonios. Estuve a punto de decirle que no parara, por lo que más quisiera, no os digo más…

Tras la visita al avión, que era exactamente igual que el que había visto en París (si lo llego a saber, no voy a Manchester… ¿a qué?), ya me despedí de Penny y Nigel, quienes muy cordialmente me acercaron al hotel de aeropuerto que había reservado. Según llegué e hice el registro de entrada, la recepcionista sacó un plano del hotel y trazó a boli el camino que tenía que seguir para llegar a mi habitación. “Qué exagerada”, pensé. “Ni que esto fuera el metro de Nueva York”.

Quince minutos después, estaba gritando “help!, help!” al lado de una fuente de jardín a la que no sé cómo cojones llegué. Pasó una señora con uniforme del hotel y me adosé a ella cual chalecito suplicándole que me llevara a mi habitación. Jamás en la vida había estado en un hotel tan sumamente complicado. Ya a salvo, en la soledad de mi habitación, me tumbé un rato en la cama y como corría un riesgo de quedarme absolutamente frito, sin ducharme y sin nada bajé a cenar algo al propio restaurante del hotel, no sin antes abandonar las correspondientes miguitas de pan en el suelo para poder encontrar el camino de vuelta.

En la cena, me atendió un señor cuya placa identificativa rezaba “Pepe Barroso, Tenerife”. Es decir, lo que viene siendo un Don Algodón canario, vamos. Se empeñaba en hablarme en inglés, a pesar de mi acento, hasta que le pregunté si era español. Me dijo que sí y se sorprendió de que yo lo fuera. “Me pareció que era Vd. escocés”, me soltó. Sí, claro, del mismo Glasgow, verbo gaita, no te jode. Quizás le confundió mi falda, o las pecas, o la tupida cabellera pelirroja que luzco. En fin.

Para cenar, me puse gocho de mejillones con patatas fritas que, para quienes no lo sepan, es el plato nacional de Bélgica, que sólo se sirve en Manchester, digo yo, porque ni en la mismísima Bruselas se atreven a ofrecer semejante combinación gastronómica sin pies ni cabeza.

Y ya por fin me acosté, no sin antes haber visto algo de tele británica, que es igual de mala que la española. Peor quizás, porque una serie como Aquí No Hay Quién Viva en Inglaterra no tendría sentido. Al día siguiente, había reservado una plaza en el servicio gratuito de cortesía que tiene el hotel hacia el aeropuerto. Viajé con una familia compuesta de padre jorobado, madre de pelo cardado y estropajoso e hijo semi-lerdo que viajaban al Caribe, huyendo de ese horror climático que es Manchester. Aunque lo peor lo llevaban consigo, porque menudo trío la-la-la. Entraron y salieron como siete veces a la furgoneta, todas ellas sin decir ni un maldito good morning ni un goodbye, y se fueron sin recoger su equipaje del maletero. Cuando se dieron cuenta, entonces cogieron hasta el mío, que luego devolvieron al conductor, preguntando de quién sería. “Es del bulto este que viajaba aquí con Vd., señora”, mascullé, pero creo que con mal inglés, porque ni me oyó. El chico de la furgoneta alucinaba. Con un poco de mala suerte (o de buena suerte, vete tú a saber), se olvidarían del niño semi-lerdo en su lugar de destino.

Yo facturé hasta Madrid, a pesar de que tenía que hacer escala y cambio de avión de nuevo en París, esta vez sin cambio de aeropuerto. Me dirigí a la puerta de embarque, después de enseñar por enésima vez mi pasaporte en dos días.

Antes de subir, se me acercó una señora de 140 años por lo menos, claramente musulmana (el velo la delataba un poco), balbuceando en un inglés muy, muy, muy incomprensible si yo hablaba urdu. Ojos como platos, y movimiento de negación de mi cabeza. ¿Urdu yo? Y Vd. puta, qué quiere que le diga.

Un tanto desesperada, la anciana comenzó a decir:

- “para, para”

Yo susurré, en castellano, que no hacía nada, que ya estaba parado. Luego me tuteó:

- “Paras, paras”

Ahí pensé: “Ahora es cuando la señora te toca el brazo, echa a correr, y te dice “tú la llevas””. Pero no. Lo que quería decir la venerable anciana era “París, París”, lo que entendí tras alucinar por un tubo por imaginarme jugar al pilla-pilla con una señora pakistaní por el aeropuerto de Manchester. Le dije que sí aliviado, que era esa puerta, y ya se relajó.

Despegamos con retraso, lo que acortó aún más mi tiempo de conexión en París, y al final tuve que trotar por Charles de Gaulle cargado, como siempre, de mil cosas que no sé cómo logro almacenar en mis manos.

Hecha ya la conexión y rumbo a Madrid, el viaje acabó con una fuerte sensación de haber durado veintinueve meses, en lugar de las escasas veintinueve horas.

Otro capítulo más en mi vida. Suma y sigue porque en quince días me voy con doscientos portugueses a comer renos a Laponia. Si es que el solo planteamiento ya da para crónica…
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Larga vida a los blogs
Bueno, pues aquí estoy, de nuevo. A muchos os sonará este enésimo intento de iniciar un blog más o menos cotidiano y no os culpo si arrugáis la nariz y pensáis que será una intentona más que morirá por si sola. Pero como la intención es lo que cuenta, y como creo que si tengo el suficiente interés por parte de la gente me obligaré a escribir, aquí me tenéis...

Los que no me conozcáis, me podéis llamar Ydum. O Yordi, vamos, que es el nombre por el que todo el mundo me conoce aquí en Madrid, a pesar de que no es el mío en realidad. Los más osados se confunden tanto que incluso me llaman Benji, pero en fin... con Yordi me conformo.

Mi trabajo no sé en qué consiste, exactamente. Digamos, para resumir, que organizo "cosas". Bolos varios, vamos... Todo tipo de eventos y saraos por el mundo mundial con lo que, por H o por B, acabo viajando bastante.

Sin embargo, inicio este nuevo blog justo cuando estoy a punto de comenzar vacaciones, y espero que me sirva para tener un lugar donde hacer una buena crónica de este extraño viaje que estoy a punto de comenzar.

Por lo pronto, para que me vayáis conociendo, pongo en otro post una aventurilla de las mías durante un viaje.

Un abrazo a todos... y bienvenidos :)
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