La luna al revés
Pues estoy recién vuelto de un viaje a Buenos Aires. No es la primera vez que viajo al hemisferio sur, pero sí ha sido la primera que ha coincidido una luna llena ahí mientras yo estaba. A priori no parece tener maldita importancia semejante dato, pero la cuestión es que pude ver la luna al revés de lo que suelo. De aquí el título.
¿Y qué?, diréis, con gran criterio. Pues lo que pasó es que, al darme cuenta de ese detalle, también me di cuenta que si ese hecho es tan cierto, no puede serlo menos que las visiones que tenemos sobre las cosas sean igualmente tan distintas unas de otras. Hay cien mil maneras de ver la luna. Y, por lo tanto, hay cien mil maneras más de entenderla.
Viajar abre la mente, ya no me cabe ninguna duda. A pesar de que mis viajes sean tan raros y tan rápidos, con tan poco tiempo para empaparte de casi nada, puedes aprovechar sólo un minuto para levantar la vista al cielo y quedarte prendado de ver la luna volcada y entender algo más el mundo.
Buenos Aires es apasionante. Es como estar en Europa, y en América, y luego en Europa otra vez. Madrid, París, alguna que otra ciudad estadounidense y muchas otras se ocultan en el gran Buenos Aires. En esta ocasión he estado trabajando y por lo tanto, he hecho más bien poca ruta turística, pero quienes me conocéis (que sois bastantes) ya sabéis que siempre hay un hueco en mi vida para que me ocurran cosas inverosímiles.
Como ir por la Avenida Libertador, al trote cochinero, transportando un bidón de gasolina para quemar una falla. Yo solo.
Sí, esa es mi vida, qué queréis que os diga. Totalmente repleta de situaciones alienantes en si mismas que, vistas tal y como son, me hacen pensar que me ocurre algo grave. Pero evidentemente todo tiene una explicación, que en este caso consiste en una especie de gracia que mi cliente consideró que tenía que hacerle al director comercial de la empresa. Tuvo la idea brillante de mandar construir un ninot representando la efigie del director (de origen valenciano) y así quemarlo en Argentina como un homenaje. "Qué simpático", diréis algunos. "Qué tocahuevos", responderé yo, porque no sabéis lo complicado que ha sido logísticamente transportar el maldito ninot hasta Buenos Aires.
Luego, naturalmente, me he puesto hasta el culo de carne, cómo no. Como exclusiva, añadiré que ha sido carne de todo tipo, y no diré nada más... salvo que ya venía tocando ;). Pero el grupo que llevaba en esta ocasión estaba formado por distribuidores nacionales de bebidas alcóholicas, que contratariamente al refrán de "en casa del herrero, cuchillo de palo", hacían honor a su profesión y han pillado cada pedal antológico. Sólo os diré que tenían 17 copas pagadas por persona el último día, y que en total eran 500 asistentes... lo que, más allá de la factura, ha supuesto recoger a la gente con palas.
Literalmente.
Porque hubo uno, en concreto, que quedó como incrustado contra una esquina de la discoteca, y entre dos tuvimos que extraerlo (no hay otro verbo) del rincón. Se le había enganchado el cuello de la camisa contra un saliente de la pared y parecía ahogarse. Creo que, de todos modos, era más el alcohol que el cuello de la camisa lo que le ahogaba los pulmones.
Luego he tenido la experiencia de volar con Aerolíneas Argentinas, más conocida como Aerolatas Argentinas por la gente de mi gremio. Y ni tan mal, oyes. Pensaba que la experiencia sería peor. Lo que ocurre es que la media de edad de la tripulación está allá por las 50 primaveras, y el nivel de quemazón profesional es, digamos, alto. Pero esta vez, ¡HIJOS MÍOS!, me drogué fuerte para soportar vuelos tan largos. Gracias a mi amiguísima amiga médico que me surtió del kit básico de drogaadicción necesario para soportar tales tutes. Porque fue llegar a las 5:50 AM hora de Buenos Aires, y empezar a trotar cual jamelgo por la ciudad sin habitación disponible hasta las 16, después de 12 horas de vuelo y un city tour de los que NO me gustan.
En posteriores posts trataré de escribir algo más sobre Buenos Aires. Creo que es un lugar que vale la pena conocer una vez en la vida. Y luego, volver, volver y volver...
Besos.
¿Y qué?, diréis, con gran criterio. Pues lo que pasó es que, al darme cuenta de ese detalle, también me di cuenta que si ese hecho es tan cierto, no puede serlo menos que las visiones que tenemos sobre las cosas sean igualmente tan distintas unas de otras. Hay cien mil maneras de ver la luna. Y, por lo tanto, hay cien mil maneras más de entenderla.
Viajar abre la mente, ya no me cabe ninguna duda. A pesar de que mis viajes sean tan raros y tan rápidos, con tan poco tiempo para empaparte de casi nada, puedes aprovechar sólo un minuto para levantar la vista al cielo y quedarte prendado de ver la luna volcada y entender algo más el mundo.
Buenos Aires es apasionante. Es como estar en Europa, y en América, y luego en Europa otra vez. Madrid, París, alguna que otra ciudad estadounidense y muchas otras se ocultan en el gran Buenos Aires. En esta ocasión he estado trabajando y por lo tanto, he hecho más bien poca ruta turística, pero quienes me conocéis (que sois bastantes) ya sabéis que siempre hay un hueco en mi vida para que me ocurran cosas inverosímiles.
Como ir por la Avenida Libertador, al trote cochinero, transportando un bidón de gasolina para quemar una falla. Yo solo.
Sí, esa es mi vida, qué queréis que os diga. Totalmente repleta de situaciones alienantes en si mismas que, vistas tal y como son, me hacen pensar que me ocurre algo grave. Pero evidentemente todo tiene una explicación, que en este caso consiste en una especie de gracia que mi cliente consideró que tenía que hacerle al director comercial de la empresa. Tuvo la idea brillante de mandar construir un ninot representando la efigie del director (de origen valenciano) y así quemarlo en Argentina como un homenaje. "Qué simpático", diréis algunos. "Qué tocahuevos", responderé yo, porque no sabéis lo complicado que ha sido logísticamente transportar el maldito ninot hasta Buenos Aires.
Luego, naturalmente, me he puesto hasta el culo de carne, cómo no. Como exclusiva, añadiré que ha sido carne de todo tipo, y no diré nada más... salvo que ya venía tocando ;). Pero el grupo que llevaba en esta ocasión estaba formado por distribuidores nacionales de bebidas alcóholicas, que contratariamente al refrán de "en casa del herrero, cuchillo de palo", hacían honor a su profesión y han pillado cada pedal antológico. Sólo os diré que tenían 17 copas pagadas por persona el último día, y que en total eran 500 asistentes... lo que, más allá de la factura, ha supuesto recoger a la gente con palas.
Literalmente.
Porque hubo uno, en concreto, que quedó como incrustado contra una esquina de la discoteca, y entre dos tuvimos que extraerlo (no hay otro verbo) del rincón. Se le había enganchado el cuello de la camisa contra un saliente de la pared y parecía ahogarse. Creo que, de todos modos, era más el alcohol que el cuello de la camisa lo que le ahogaba los pulmones.
Luego he tenido la experiencia de volar con Aerolíneas Argentinas, más conocida como Aerolatas Argentinas por la gente de mi gremio. Y ni tan mal, oyes. Pensaba que la experiencia sería peor. Lo que ocurre es que la media de edad de la tripulación está allá por las 50 primaveras, y el nivel de quemazón profesional es, digamos, alto. Pero esta vez, ¡HIJOS MÍOS!, me drogué fuerte para soportar vuelos tan largos. Gracias a mi amiguísima amiga médico que me surtió del kit básico de drogaadicción necesario para soportar tales tutes. Porque fue llegar a las 5:50 AM hora de Buenos Aires, y empezar a trotar cual jamelgo por la ciudad sin habitación disponible hasta las 16, después de 12 horas de vuelo y un city tour de los que NO me gustan.
En posteriores posts trataré de escribir algo más sobre Buenos Aires. Creo que es un lugar que vale la pena conocer una vez en la vida. Y luego, volver, volver y volver...
Besos.





