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Desplazamientos
Análisis de por qué voy y vengo y casi nunca mentretengo...
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Treintañero, soltero y de Madrid. Y a poco que me despiste, en el próximo blog seré cuarentón, divorciado y de Tombuctú. Ese soy yo...
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Aventuras en 29 horas
Esta Europa de los saltos, que puedes visitar en un mismo día volando de aquí para allá, como si fueras una moderna diligencia que lleva noticias y correo de un lado a otro, nos puede deparar aún, a pesar de que creamos que la conocemos ya del todo, una serie de sorpresas que pueden dejarte ojiplático perdido.

Como algunos ya sabéis, he tenido que ir en un mismo día a Francia y a Inglaterra. En concreto, a París y Manchester, todo ello por trabajo. El motivo del viaje en sí mismo ya rozaba algo el absurdo, puesto que me desplazaba a las dos ciudades para ver sendos aviones. Como si no hubiera visto nunca ninguno, pensaba yo, pero en fin… era una visita de inspección para uno de los próximos grupos que estamos organizando. Sin embargo, el resto del viaje ha estado lleno de situaciones extrañas, por no decir raras de la hostia, que procedo a narrar con todo lujo de detalles, para vuestro regocijo. O recochineo puro, da igual.

La cuestión es que tenía prevista la salida de Madrid hacia París el día 14 de Febrero a las 07:50 de la mañana, lo que me supuso, muy a pesar, pegarme un madrugón de padre y muy señor mío para estar con las reglamentarias dos horas de antelación en el aeropuerto para un vuelo internacional. Soy un pringado, sí, ¿qué pasa? Sólo yo, a pesar de dedicarme a lo que me dedico, cumplo con esa norma absurda que te hace estar, cual ánima en pena, vagando por los aeropuertos del mundo como si no tuvieras otra cosa mejor que hacer. Dormir, por ejemplo. Lo más gracioso del tema es que cuando en Francia se enteraron de que iba a visitarles, organizaron la consabida huelga de controladores aéreos (equivalente a nuestras cotidianas huelgas de RENFE). Naturalmente, tal cosa provocó un monstruoso retraso de dos horas que, si normalmente jode, a las 8 de la mañana ni te cuento, ya que cuentas cada minuto que podrías haberte quedado rezongando debajo del nórdico. A pesar de que los retrasos son gajes del oficio, y que en cierto modo estás acostumbrado, incluso preparado, ese día me preocupaba más de lo habitual porque tenía que aterrizar en el aeropuerto de Orly, inspeccionar el avión que ahí se hallaba, y luego trasladarme de algún modo aún ignoto hasta el aeropuerto de Charles de Gaulle (exactamente en el punto diametralmente opuesto de París), para tomar el avión que me llevaría a Manchester, todo en un intervalo de tiempo prudente, pero desde luego para nada generoso. Por este motivo, el retraso me obligó a acelerar los pasos durante todo el día. Como si me hubiera inyectado más jalea real de la recomendable, iba de acá para allá, a pasos cortos pero rapidísimos, cargado como la mula que suelo ser cuando voy de viaje, y sudando la gota gorda por esos pasillos aeroportuarios que parecen hornos crematorios por el nivel de la calefacción.

Además, en el avión tuve la ocasión de presenciar un fenómeno curiosísimo: el increíble caso del señor que roncaba despierto. Y roncaba como un cerdo el cabrón, mientras se rascaba, echaba vistazos a su alrededor… pero no dormía. Es decir; sí dormía, porque roncaba rítmicamente, pero con los ojos abiertos y con movimientos de vigilia tan alucinantes que me acojoné, y pedí que me cambiaran de lugar porque, además de ser un roncador atípico, era obeso y comodón, y me tenía ligeramente constreñido contra la ventanilla. Además, qué coño. Que no viajo yo con un semi-zombi roncador, que no, que no.

A la llegada a Orly, tenía indicaciones de mi proveedor de llamarle en cuanto llegara para encontrarnos. Así lo hice.

- “Bonjour et bienvenue!. Pog favor, vete a la pueggta de salida E y espégame ahí.”

Diligentemente, me dirigí a la pueggta E y una vez ahí, me dispuse a esperar. Unos cinco minutos después, veo en lontananza una ambulancia que se acerca. No le hago ni caso, obviamente, porque me encuentro estupendamente, pero según se acerca a mí, veo atónito cómo el conductor (o ambulanciero), me saluda alegremente agitando brazo y cejas. No me puedo creer que hayan encargado una ambulancia para recogerme. La cuestión es que la ambulancia para frente a mí (yo tieso como un palo), sale el ambulanciero y me pregunta, con igual alegría, si yo soy el enfermo. El Enfermo, así, en general. Pues qué decir… en principio, no, pero quién sabe. Está Vd. muy bueno y posiblemente sí pudiera ponerme enfermo siempre y cuando me garantizaran que sería Vd. quien me haría algún tipo de reanimación buco-faríngea. Pero claro… esto último sólo lo pienso y le digo que no, que no soy yo, que yo estoy bien, aunque me quedo con ganas de preguntarle si tan mala pinta tengo.

Finalmente, tardaron muy poco más en venir mis contactos y, hechas las presentaciones de rigor, me suben a un autobús de la compañía aérea dueña del avión que voy a visitar, para llevarme a la comisaría de policía a tramitar las autorizaciones para poder movernos con total libertad en el aeropuerto. Me pidieron el pasaporte, el DNI y todo. Los calzoncillos no porque ya tenían que si no, también. Qué cosa esto de la seguridad aeroportuaria porque, una vez concedidas las acreditaciones, nos hicieron pasar a una salita donde nos cachearon para ver si llevábamos algún tipo de objeto peligroso. Los misiles tierra-tierra y tierra-aire que llevábamos en el portaequipajes del autobús pasaron desapercibidos, pero a nosotros nos registraron de arriba abajo.

En esa salita, de infausto recuerdo, me hallé ante una situación verdaderamente embarazosa, típica de mí, que podría haber previsto pero no hice. El cacheo, además de la palpación pertinente en la que consiste en esencia, incluyó un registro de los bolsillos de las chaquetas. Y en uno de los bolsillos, mientras iban registrando, recordé que había una especie de rata-títere, de esos que se colocan en un solo dedo, merchandising de Coca-Cola que me había dado el otro día como regalo no sé dónde y que había guardado ahí. Ni que decir tiene que hubiera deseado que la tierra me tragara cuando el palpador profesional (qué profesión más tonta, por cierto), extrajo la rata del bolsillo y hurgó en ella buscando sólo Dios sabe el qué. Luego me miró, con expresión típica de “a vosotros los españoles no hay quien os entienda” o, a lo peor “para qué querrás tú una rata de peluche con hueco, pervertido”. Otra cara de poema fue la de mi proveedor, que fingió no haberse dado cuenta de nada, o más bien quizás apartó la vista para no tener que ver qué otro tipo de artilugios emergían de los bolsillos de aquella chaqueta. Con razón. Qué vergüenza, por Zeus.

Luego, visitamos los aviones, uno de ellos en mantenimiento y con un boquete tamaño king-size en el suelo de uno de los pasillos, que comunicaba directamente con el mecanismo del tren de aterrizaje. Hombre… muy buena sensación para una inspección, francamente, no daba. Pero me aseguraron que era sólo temporal y que estaría perfectamente en orden cuando el grupo usara el avión. Ceja levantada por mi parte e insistencia por su parte. Que sí , que sí, monsieur, seguggo que está aggeglado. Ante semejante festival de sonidos guturales, decidí que vale, que le creía, y eché un vistazo al reloj. Mierda. Tenía que irme pitando al otro aeropuerto y para ello, aún tenía que cruzar París y era una hora mala. Llamamos a un taxi desde la oficina del proveedor y al cabo de muy poco rato vino un Opel gigantesco a recogerme. Me despedí, y entré en el taxi. Y fue como entrar en un mundo nuevo. El taxi, a lo Guillermo Montesinos en “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, estaba cargado de collares, cuentas que colgaban, esencias y fetideces varias. El conductor era de Vietnam (supongo, porque había por todas partes el nombre del país y porque él tenía ojos asiáticos), y fue muy simpático, aunque bastante plasta. No callaba. Y podría haberlo hecho, porque la mitad de cosas que decía no le entendía, ya que tenía un acento espectacular en un francés irreconocible. Me dijo que yo hablaba muy bien francés. “Usted no”, estuve tentado de decirle, pero me callé, porque al fin y al cabo, con lo poco que uso el francés, era un halago que me dijeran eso. Y en lugar de criticarle su acento diabólico, se lo agradecía e hice una glosa de la langue la plus belle du monde. Preyslers a mí.

Finalmente llegamos a Charles de Gaulle, me despedí de él (no sin pagarle) y facturé hacia Manchester. Comí algo y luego me fui ya a embarcar. El avión para este tramo era de juguete. Yo, que no soy una torre humana, apenas cabía de pie, porque tocaba el techo. Ya no digamos de ancho, que con mi volumen actual requiero casi casi un asiento extra. El vuelo transcurrió más o menos bien, pero a la llegada a Manchester, no sabía qué hacer ni a quién esperar. Pensé que cuando saliera llamaría a mi proveedor y me daría instrucciones, pero no. Según salí, había una señora de pelo rubio y compacto, cual Mireille Mathieu británica, rígida y hierática, como una esfinge moderna, sosteniendo un cartel que rezaba “MR S ARROYO”. Ah, mira qué bien, ese soy yo. Me acerqué a ella à la espagnole, esto es: sonriendo y con la mano dispuesta a encajar la suya. Por un momento pensé que me iba a dejar con la mano suspendida en el aire. Pero como si una mano invisible le hubiera echado cinco duros de repente, la esfinge se activó. Se puso una sonrisa deslumbrante, agitó su tupido pelo y gritó “Hi! I’m Penny!”. Y cuando digo gritar, quiero decir aullar. Tanto, que hasta me asustó la cabrona. ¿Penny? Amos, anda… no me jodas. ¿¿Penny?? Pues sí. La mujer, muy simpática por exigencias del guión, me condujo afuera y me señaló un coche. Me hizo entrar en el asiento del conductor… que en Inglaterra no lo es, claro. Según me siento, saludo al conductor, que dice llamarse Nigel. Vamos, que más UK no se puede (encima, llovía, por si no me había enterado que estaba en Inglaterra).

Le digo al bueno de Nigel que echo de menos el volante, mientras sonrío. Nigel me dice, muy serio, que lo tiene él. La sonrisa se me marchita lentamente, mientras miro el volante (una cosa redonda OBVIA), y digo que ya, que ya lo sé, que era una broma. Ah, dice él, y esboza algo que a alguien con Alzheimer jamás le recordaría a una sonrisa. Quizás a una máscara de Carnaval. Qué tío, el amigo Nigel. Luego pensé que me había querido tomar el pelo, pero no, no era humor británico. Era pura y simplemente sosez británica.

Entonces volvimos a una comisaría a que me hicieran la pertinente acreditación. Mientras la tramitábamos, engancho a Penny hojeando con avidez mi pasaporte. Como se siente atrapada, se ruboriza, sonríe, luego emite algo parecido a un eructo, y confiesa que tiene debilidad por mirar la fecha de nacimiento de las personas. Mmh, digo yo, sin denotar simpatía que se diga, y añado: “still I have nothing to hide”, (aún no tengo nada que ocultar), y la dejo muerta, convencida que me he callado la segunda parte: “not like you”. Me siento la más mala, pero también lo más de lo más en chascarrillos internacionales.

El proceso de la acreditación fue el mismo, hasta que vino el momento del cacheo. Un tío con la cara ya no cuadrada, si no cúbica, se dirigió cortésmente a mí y me dijo que me iba a cachear. Por supuesto le dije que sí. Entonces el tío me hace extender los brazos y comenzó.

Vamos a ver: ¿en qué quedamos, oiga? ¿Ha dicho Vd. cacheo o masaje? Me puso las manos encima, e inició un movimiento rítmico de las manos, moviendo cada una de ellas en la dirección opuesta, como si tratara de calentarme el brazo. Me sentí mortadela por un momento. O masa de pizza, qué decir. Jamás me habían hecho un cacheo así, por todos los demonios. Estuve a punto de decirle que no parara, por lo que más quisiera, no os digo más…

Tras la visita al avión, que era exactamente igual que el que había visto en París (si lo llego a saber, no voy a Manchester… ¿a qué?), ya me despedí de Penny y Nigel, quienes muy cordialmente me acercaron al hotel de aeropuerto que había reservado. Según llegué e hice el registro de entrada, la recepcionista sacó un plano del hotel y trazó a boli el camino que tenía que seguir para llegar a mi habitación. “Qué exagerada”, pensé. “Ni que esto fuera el metro de Nueva York”.

Quince minutos después, estaba gritando “help!, help!” al lado de una fuente de jardín a la que no sé cómo cojones llegué. Pasó una señora con uniforme del hotel y me adosé a ella cual chalecito suplicándole que me llevara a mi habitación. Jamás en la vida había estado en un hotel tan sumamente complicado. Ya a salvo, en la soledad de mi habitación, me tumbé un rato en la cama y como corría un riesgo de quedarme absolutamente frito, sin ducharme y sin nada bajé a cenar algo al propio restaurante del hotel, no sin antes abandonar las correspondientes miguitas de pan en el suelo para poder encontrar el camino de vuelta.

En la cena, me atendió un señor cuya placa identificativa rezaba “Pepe Barroso, Tenerife”. Es decir, lo que viene siendo un Don Algodón canario, vamos. Se empeñaba en hablarme en inglés, a pesar de mi acento, hasta que le pregunté si era español. Me dijo que sí y se sorprendió de que yo lo fuera. “Me pareció que era Vd. escocés”, me soltó. Sí, claro, del mismo Glasgow, verbo gaita, no te jode. Quizás le confundió mi falda, o las pecas, o la tupida cabellera pelirroja que luzco. En fin.

Para cenar, me puse gocho de mejillones con patatas fritas que, para quienes no lo sepan, es el plato nacional de Bélgica, que sólo se sirve en Manchester, digo yo, porque ni en la mismísima Bruselas se atreven a ofrecer semejante combinación gastronómica sin pies ni cabeza.

Y ya por fin me acosté, no sin antes haber visto algo de tele británica, que es igual de mala que la española. Peor quizás, porque una serie como Aquí No Hay Quién Viva en Inglaterra no tendría sentido. Al día siguiente, había reservado una plaza en el servicio gratuito de cortesía que tiene el hotel hacia el aeropuerto. Viajé con una familia compuesta de padre jorobado, madre de pelo cardado y estropajoso e hijo semi-lerdo que viajaban al Caribe, huyendo de ese horror climático que es Manchester. Aunque lo peor lo llevaban consigo, porque menudo trío la-la-la. Entraron y salieron como siete veces a la furgoneta, todas ellas sin decir ni un maldito good morning ni un goodbye, y se fueron sin recoger su equipaje del maletero. Cuando se dieron cuenta, entonces cogieron hasta el mío, que luego devolvieron al conductor, preguntando de quién sería. “Es del bulto este que viajaba aquí con Vd., señora”, mascullé, pero creo que con mal inglés, porque ni me oyó. El chico de la furgoneta alucinaba. Con un poco de mala suerte (o de buena suerte, vete tú a saber), se olvidarían del niño semi-lerdo en su lugar de destino.

Yo facturé hasta Madrid, a pesar de que tenía que hacer escala y cambio de avión de nuevo en París, esta vez sin cambio de aeropuerto. Me dirigí a la puerta de embarque, después de enseñar por enésima vez mi pasaporte en dos días.

Antes de subir, se me acercó una señora de 140 años por lo menos, claramente musulmana (el velo la delataba un poco), balbuceando en un inglés muy, muy, muy incomprensible si yo hablaba urdu. Ojos como platos, y movimiento de negación de mi cabeza. ¿Urdu yo? Y Vd. puta, qué quiere que le diga.

Un tanto desesperada, la anciana comenzó a decir:

- “para, para”

Yo susurré, en castellano, que no hacía nada, que ya estaba parado. Luego me tuteó:

- “Paras, paras”

Ahí pensé: “Ahora es cuando la señora te toca el brazo, echa a correr, y te dice “tú la llevas””. Pero no. Lo que quería decir la venerable anciana era “París, París”, lo que entendí tras alucinar por un tubo por imaginarme jugar al pilla-pilla con una señora pakistaní por el aeropuerto de Manchester. Le dije que sí aliviado, que era esa puerta, y ya se relajó.

Despegamos con retraso, lo que acortó aún más mi tiempo de conexión en París, y al final tuve que trotar por Charles de Gaulle cargado, como siempre, de mil cosas que no sé cómo logro almacenar en mis manos.

Hecha ya la conexión y rumbo a Madrid, el viaje acabó con una fuerte sensación de haber durado veintinueve meses, en lugar de las escasas veintinueve horas.

Otro capítulo más en mi vida. Suma y sigue porque en quince días me voy con doscientos portugueses a comer renos a Laponia. Si es que el solo planteamiento ya da para crónica…
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Comentario:
¡¡me meoooo!!!! muy bueno chaval. Se me quemó la paella, se me pasó la hora del futbol, de la cita a ciegas y del culebrón de turno; por leerte y por partirme de risa!!

No