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Análisis de por qué voy y vengo y casi nunca mentretengo...
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Treintañero, soltero y de Madrid. Y a poco que me despiste, en el próximo blog seré cuarentón, divorciado y de Tombuctú. Ese soy yo...
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Laponia: Frío, sangre y casi casi hostias
La cuestión es que finalmente, sí fui a Laponia. Es un nombre que me inspira, directamente y sin paliativos, "frío". Concretamente, un frío de la hostia, que es el que pasé. Sólo a modo informativo, comentaré que durante aquellos días llevaba perilla, y durante toda mi estancia ahí la tuve completamente cubierta de rocío. Rocío, si me permitís la frivolidad, jurado, por lo cierto que era.

Incluso los mocos, DENTRO de la nariz, se me endurecían de una manera inverosímil, a causa de la temperatura que, de media, fue de -27 grados.

El primer paso de ese viaje, que fue en marzo, fue ir a Lisboa a "posicionarme", porque el grupo, como comentaba en el anterior post, era portugués. Me cité ahí con mi compañera mallorquina, que me acompañaría durante todo el viaje, y que es un verdadero talismán para mi trabajo (sin ella, no sé cómo podría salir todo tan bien como sale. Es inconcebible). Nos alojaron en un hotel de aeropuerto y ahí nos encontramos con otra guía, portuguesa ella, que haría lo más duro del viaje, que siempre es hablar con la gente. Porque claro... se da la peculiaridad que ni mi compañera mallorquina ni yo hablamos una sola palabra de portugués, lo que a mí me provocaba cierta inquietud porque, a pesar de que ellos te entiendan a ti (esa mítica habilidad lusa de entender todo lo español y odiarlo con la misma facilidad), tú no entiendes ni jota.

Al día siguiente, tempranito, Cecilia (la mallorquina) y yo fuimos al aeropuerto a organizar la salida. Los portugueses, un total de 180, fueron llegando progresivamente y pronto lo tuvimos listo todo. Tengo que señalar que, como es una costumbre en mí, llevaba una cantidad de objetos conmigo que jamás puedo comprender cómo puedo llegar a acumular. No es equipaje personal, ni mucho menos; se trata de material promocional variado, como pancartas, rótulos, mochilas, etc, que voy transportando por el mundo en grandes cajas impracticables, lo que siempre me convierte en una especie de hombre-orquesta abultado que da tumbos por los aeropuertos.

Salimos en vuelo directo a Rovaniemi, Finlandia. 5 horas de vuelo del ala, que no está mal. Cruzamos Europa entera, lo que siempre es un placer, pero llegamos ya de noche. Claro que... hay que tener en cuenta que ahí, en esas fechas, es siempre de noche. Y eso que en marzo, el sol sale de manera oblicua durante unas horas al día, convirtiendo todas las horas de luz en una especie de ocaso continuo, con lo que la melancolía está servida a todas horas.

Sólo salir del avión, tomé conciencia del fregao en el que me había metido. La mismísima pista del aeropuerto estaba totalmente cubierta de nieve-hielo. El frío era de bigotes. Pensé en Canarias y en el Caribe, a saber por qué... Nos esperaba mi corresponsal, Alberto, un chico de Córdoba casado con una finlandesa guapísima, que se dedica a recibir grupos de incautos como nosotros que, infelizmente, han visto algún atractivo en viajar a esas latitudes en una fecha como esa.

Antes de salir del aeropuerto, nos dieron ya la ropa térmica necesaria para sobrevivir al clima. Un mono, unos guantes, botas, calcetines que parecían sacos y un pasamontañas para el casco. Porque claro... teníamos que llevar casco para la actividad del día siguiente.

¿Qué actividad era esa? Naturalmente, en Laponia, no hay mucho que hacer como no sea morirse de hipotermia o bien, salir a la nieve a dar un paseo largo (larguísimo) en motos de nieve... que es lo que hicimos. Cada uno de los portugueses, una mallorquina y yo, salimos balanceándonos de izquierda a derecha, tratando de dominar o bien el peso del casco o el del mono que, de tan cerrado, era agobiante.

Primer problema: llevar gafas. Tan pronto como cerraba el casco, me quedaba ciego de vaho. Tan pronto como lo abría, me quedaba agarrotado de frío. Tan pronto como me quitaba las gafas, me quedaba ciego, y no de vaho. De miopía, concretamente. Con lo que pasé todo el día subiendo, bajando, quitando y poniendo cristales de delante de mis ojos, preguntándome por qué demonios no habré hecho caso a todos los que defienden las malditas lentillas que tanto añoré.

La cuestión es que nos montamos en la motos. Había más de 90 ahí dispuestas, y la verdad es que era espectacular el montaje. La gente iba subiendo de dos en dos y, no más de un minuto después de haber salido ya las primeras motos, dos portuguesas alocadas dieron demasiado fuerza al acelerador, y salieron disparadas hacia adelante, encabritadas, con la moto levantada por su parte delantera, mientras gritaban como locas algo así como "banzaaaai". Me froté los ojos (no sé si con cristal o no) y pensé que nos esperaba un día muy largo.

Qué poco sabía yo de la vida a esas horas, infeliz de mí. La excursión transcurrió con cierta normalidad. Vimos una granja de huskies (majísimos) y otra de renos (más altivos) y algunos intrépidos se atrevieron a subirse a trineos tirados por los perros, a unas velocidades casi más extremas que las de las motos de nieve. Comimos en algún lugar de Laponia (porque tengo que decir que claro... con tanta nieve, es dificil saber si estás en un sitio o en otro. Estás en Laponia, y yastá... te conformas con ese dato.). Todo iba de maravilla... hasta que emprendimos el camino de vuelta al hotel, guiados por expertos nativos que sabían dónde estaban, afortunados ellos.

La cosa es que en la ruta de regreso cruzamos un bosque todo nevado. Todo estupendo, bucólico y precioso. Hasta que en una curva suave, nada peligrosa, una portuguesa consideró que nos faltaba emoción y, llevando a su marido de paquete, decidió estrellarse contra un abeto.

Hasta aquí, hubiera sido una anécdota más o menos graciosa... pero la cosa es que el abeto no aguantó el envite luso, cedió, y la moto se encastó contra el próximo abeto, dejando a la portuguesa y al marido tirados en la nieve. El corazón me dio un vuelco al ver la escena, pero íntimamente creí que no habría sido nada.

Pero ay... según llegué, me encontré con el desolador paisaje de ver a una portuguesa rota. Se había partido la pierna, la cadera y, puestos a romperse cosas, se rajó la mejilla desde la comisura de los labios hasta muy atrás. La tía dijo: "qué coño, ya que me rompo, lo hago bien. Superglue a mí". Todo estaba teñido de sangre y la tía, entre consciente e inconsciente, gemía de dolor y frío. El marido, intacto.

Bueno, qué decir. Me tembló todo. La creí muerta por un momento y el susto que me llevé fue morrocotudo. Pero claro... como mi trabajo exige saber reaccionar, automáticamente nos pusimos manos a la obra para llamar a la ambulancia.

En el caso lapón, las ambulancias son trineos motorizados, lo que os puede dar una idea del espectáculo que se generó en medio del bosque con una cantidad inusitada de portugueses observando, un español yendo como loco de acá para allá buscando mantas, y un trineo-ambulancia que se intentaba abrir paso para llevarse a la quebrada.

Detalles a parte, a la portuguesa hubo que operarla de urgencia y trasladarla a otra ciudad más al Sur, con lo que tuve que aceptar que me tenía que quedar sin un guía (la portuguesa) para que hiciera las veces de traductora de la rota, que no hablaba otra cosa que no fuera portugués moribundo.

Así las cosas, mermados en nuestros recursos como guías, el viaje por Laponia continuó al día sigiuente con una simpática y nada peligrosa visita al pueblo de Santa Claus, un maxi-timo tipo Disneylandia del juguete, pero que despierta ciertas nostalgias de la infancia. Me hice la consabida foto con Papá Noel (que tenía una cara de mala leche que asustó a una japonesa extraviada que correteaba por ahí) y al otro día, teníamos que volar a Helsinki para realizar una visita de un día a la capital.

En la cola de facturación del aeropuerto de Rovaniemi tuvimos el segundo gran susto. Un señor portugués ya entrado en años tuvo un infarto fulminante. Poca broma. Hubo que reanimarlo ahí mismo porque se iba, y no precisamente a Helsinki...

Salvado el primer momento de peligro, se lo llevaron cagando leches al hospital... con guía anexionada, claro. En este caso, era una local que hablaba portugués, con lo que perdí otra traductora. Y lo que es casi peor... al facturar yo mismo, me di cuenta que había perdido el DNI. Probablemente, se lo comió un reno despreocupadamente mientras yo andaba trotando por esos bosques lapones en busca de una manta isotérmica.

Gracias a mi carné de conducir, que por fin me sirvió de algo, volamos todos hacia el Sur con el cuerpo revuelto por el susto, y al llegar a Helsinki, todo el mundo se quería interesar por el estado del señor infartado.

En ese momento, descubrí una cosa curiosa de la lengua lusa. Una portuguesa que era bastante dicharachera, me pilló por banda para que le contara cómo estaba el señor y la rota. Ella entendía el castellano y yo me dispuse a hacerle un resumen de los partes médicos que me iban llegando. Pero lo curioso del tema es que comencé a contarle todo y, de repente, me iba interrumpiendo y decía:

- Pois.

Claro... si no sabes portugués, entiendes por "pois", "después", con lo que deducía que lo que quería era más y más información. Un poco agobiado por la presión, fui contándoselo todo.

-Pois, pois, POIS

A ver, señora... YA VA. No me agobie, por favor se lo pido, que bastante tengo ya con todo este marronazo. Y la tía, dale que dale con el pois... Al final, me contaron que "pois" venía a ser algo así como una partícula que tiene que hacerte sobreentender que tu interlocutor te está captando y conseguí relajarme, pero qué mal lo pasé, os lo juro...

La cena de gala fue bien, a pesar de que alguien descerebrado se le ocurrió echar agua caliente para deshacer el hielo a la entrada del salón, lo que unos minutos después había convertido la entrada en una auténtica pista de patinaje sobre hielo. Parece mentira que sea Vd. finlandés, oiga, que eso no se me ocurriría ni a mí, que soy español y, como tal, poco avezado a ese tipo de intendencias.

La cosa es que para regresar, yo tuve que hacerme un salvoconducto en la embajada de España porque no llevaba el pasaporte. Tuve que madrugar de la hostia para estar ya listo y documentado en el aeropuerto para recibir y facturar al grupo rumbo a Lisboa. Después de casi las mismas horas de vuelo que a la ida, llegamos a Portugal y tramitamos las reclamaciones por maletas perdidas (que fueron cientos, como siempre) y luego Cecilia y yo nos dispusimos a esperar que saliera nuestro vuelo a Madrid, SIETE HORAS DESPUÉS. Por Zeus, qué espera. Yo creí echar raíces en ese aeropuerto cargado, por supuesto, con mil bultos que más que menguar durante el viaje, aumentaron casi en progresión geométrica.

Como conclusión, puedo deciros que llegué a Madrid con la angustiosa sensación de haber pasado por un infierno blanco pero ahora, visto en la distancia, tengo que decir que Laponia es un destino estupendo para unas vacaciones de invierno, siempre y cuando carezcan de portuguesas susceptibles de romperse o maduros lisboetas propensos a problemas cardiovasculares.

Para el próximo día, una aventura canadiense.

Besos.
No