logotipo

img_google
Un desierto para predicar
Un lugar donde las palabras se las lleva el viento
Acerca de
Los gritos de un loco no suelen ser bien recibidos... Así que un día cogí un taxi y huí a este desierto, donde no necesito que nadie me escuche.
Sindicación
 
Cacho de carne
No soy un tío atractivo. Más bien, todo lo contrario. Por favor, absténganse de rollos "pues no estás tan mal", "pues a mí no me lo parece", y sobre todo la mentira barata y lamentable esa de "lo importante está en el interior". Que esto es el mundo real, joder, que la Bestia fijo que se habría muerto. El mundo es así: hay feos y guapos, gordos y flacos, bajos y altos. Yo soy de la primera de cada par, qué le vamos a hacer. Y además, peludo, pero por voluntad propia. Y qué feliz que soy. Cuando por la mañana me miro en el espejo, si acaso digo, "Macho, adelgaza, que cada vez cuesta más subir las escaleras del Metro". No soy un puto gordito feliz, simplemente un tío que no se va a amargar por estas idioteces.
Ahora que ya ha quedado todo claro (espero), sigo con lo mío.
Si yo fuera una tía, me costaría mantener la calma por la calle, porque está plagada de infraseres que en cuanto ven un par de tetas (una leve insinuación de estas sobra), se disponen a acabar con la sequía del país poniendo a funcionar a toda leche sus glándulas salivares. Los señores que saben del asunto los llaman "hombres".
No sé qué órgano usaréis las mujeres para no liaros a hostias cada cinco pasos que dais o, para no llegar a casa y echaros a llorar. O eso, o ignorar que te están mirando como al ganado, como a vulgar mercancía: como un cacho de carne.
No hablo por hablar. Las veces que me ha pasado algo similar, me he sentido asqueado. Por lo que explicaba al principio, no es algo que me pase a menudo. Que recuerde, tres ocasiones que paso a relatar.

1- Ni siquiera se puede considerar dentro de esto, porque no fue nada chungo. Pero me hizo gracias porque no me suele pasar. Hace no demasiado, decido maquearme, y nos vamos por Huertas. Entramos a un bar, yo en la vanguardia. Me encuentro de bruces con dos mujeres en la treintena pasada. Se me quedan mirando, y suelta una (con la intención de que yo lo oyera) "Mira, este chico parece interesante". Pipiolillo de mí, huí despavorido...

2- Hoy. Resulta que me lié hace un año y pico con una. No sé que cojones pasaba, el caso es que alguna vez hemos coincidido pero nos hemos evitado descaradamente. Hoy, dos colegas han hecho el chanchullo, la otra se encuentra de bruces conmigo... ¡Y sale corriendo! Total, que al final viene, y típica conversación sin sentido. Al final, la tarde seguía avanzando... ¡Y como que la tía otra vez intentando arrimar conmigo! Tampoco es que haya sido muy cantoso... Pero joer, los cambios radicales de actitud, sólo por la canne...

3- Siendo objetivos, el único caso de verdad dándole tiempo al tiempo. Y me sigue causando la misma sensación. Íbamos a hacer un playback de los Mojinos Escozíos. A ver... El único gordo, barbudo y greñudo... Pues yo, así que a hacer del Sevilla. Total, me pongo un maillot de ciclista, la parte de abajo... Es decir, ajustado, con unos tirantes que me dejan un escotare hasta el ombligo casi. Y para darle realismo al asunto, me meto un par de calcetines a la altura del ciruelo. Momento previo al playback, mi hermana me insiste en hacer un "pase privado" a su gente antes de subir a escena. Comentario que se oye. "¿Os habéis fijado que cacho de...?". Voz femenina. De una que me mandó a la mierda tiempo antes. Quizás se sintió decepcionada por no haberme hecho caso antes, pero supongo que la decepción sería mayor cuando arrojé el "atrezzo" al público finalizada nuestra actuación...

En fin, no sé si a alguien le ha aportado algo, pero llevaba una de tiempo deseando soltar esto... Perdonad porque me estoy currando muy poquito la redacción últimamente, intentaré secuestrar una musa de esas a ver si sale algo.
 
El último viaje a la Atalaya: paseando por mis recuerdos
Las puertas de la Atalaya están cerradas ahora para siempre. Es una sensación extraña. Siempre estuvieron abiertas, a pesar de que hace tantos años que no iba allí. Todo ha cambiado demasiado. Tanto la gente, como el sitio, como yo. En algunos casos, todo lo que ha cambiado es el punto de vista. Un niño de nueve años no tiene los mismos ojos que uno de diecinueve...
Hemos llegado un poco tarde. Hemos ido a San Martín antes a desayunar, al bar que íbamos siempre. El de las tortillas. Pero sólo quedaba para cuatro raciones. "No es para tanto, pido un bocadillo y ya está". Pero cuando he cogido un poco de tortilla de otro plato, y me he dado cuenta de lo endemoniadamente buena que estaba, me he dado cuenta de que sería, casi con total seguridad, el último trozo de tortilla que probaría allí. Y que dentro de un rato, sería la última vez que entraría en la Atalaya.
Después de pagar la cuenta, hemos subido a los coches y hemos seguido nuestro peculiar viacrucis. Aunque no había ningún número romano, allí estaba la última señal. "El Pinar de la Atalaya". Mi padre se ha perdido en un principio; mejor, más vistas que recordar.
Y por fin hemos llegado. ¿Cuántas veces habremos parado delante de esa verja blanca y negra, esperando a que bajaran a abrirnos? Había pasado tanto tiempo desde la última vez, pero sería capaz de recordar cualquier detalle. Esta vez sería la última. Todos sabíamos que tendría que pasar, pero es difícil creer que lo hayan vendido finalmente.

El jardín estaba muy descuidado. Ya no eran sólo las ubicuas agujas marrones que habían ido cayendo desde hace meses de los pinos que rodean el chalet, algo inconcebible por aquel entonces a la media hora de que hubiéramos llegado allí, sino que sólo el ciprés y algún otro arbolillo se levantaban todavía con algo de dignidad por encima de las malas hierbas, los rosales secos y quebradizos y las malditas agujas. Casi podía oir de nuevo el sonido de los aspersores, ver el colorido de las flores, y recordar como intentábamos cazar lagartijas cerca de la fuente, que en otros tiempos me parecía la jungla

La fuente... Estaba asquerosa. Nunca la llegué a conocer en sus tiempos de esplendor, pero daba lástima verla. Algo me ha llamado la atención, y es que estaba llena de madroños. ¡Es verdad, había un madroño! Y ahora me pregunto por qué durante tantos veranos que he pasado allí, no he probado ni uno.

Finalmente termino de subir las escaleras, y allí estaba el... ¿Ha tenido nombre? Para mí simplemente era "fuera". La esplanadita donde se desarrollaba nuestra vida.

Donde comíamos, cenábamos, jugábamos al badminton, a la canasta, al chinchón, a los dardos, a la plastilina y al Trivial; oíamos música, veíamos la tele, sacábamos las toallas al sol y nos secábamos de la piscina, hacía las "Vacaciones Santillana", Angelita nos hacía barrer y nos cortaba el pelo, se cocinaban aquellas paellas descomunales, aprendía a jugar al mus, pasaba horas y horas leyendo los cómics de Flash Gordon, y convivíamos todos juntos. Si es que nos juntábamos diez sin ningún problema...
En los últimos años había habido cambios, y me han pillado de sorpresa. ¿Dónde estaba la mesa de piedra? Un banco estaba donde la piscina, y un trozo de la mesa estaba ahora en la pared... Pero ahora, una mesa de plástico.

La piscina también estaba distinta. El magnolio estaba ahí, como siempre... Igual que la rana. No es que estuviera cubierta con el plástico ese, ¡es que no había lavapiés! El maldito lavapiés de color rojo... ¡No, azul, lo rojo era el bordillo de la piscina! Ahora sólo había una capa de cemento que lo cubría todo. Ojalá lo hubieran cubierto antes, no nos ha tocado barrer la mierda que se acumulaba ahí miles de veces. Si es que hasta me acuerdo de las baldosas rojas, casi hasta del dibujo que tenía, y de cómo se me iba el rato y se me freía la espalda mirando a las hormiguitas yendo y viniendo por las hendeduras de las dichosas baldosas... La piscina donde aprendí a nadar, donde a pesar de no medir más de diez metros jugábamos al pasacalle, al voley, a 1-X-2, a la canasta, nos hacíamos aguadillas, hacíamos largos sin respirar, tirábamos monedas para recogerlas buceando, mi padre tiraba a los incautos que se acercaban demasiado, donde era obligatorio meterse aunque hiciera un frío del demonio, donde hacíamos esos rituales para evitar cortes de digestión después de comer, puteábamos a Angelita y a mi abuela cuando se metían, y me acuerdo del cuarto de la depuradora, donde finalmente no bajaré en mi vida.
De la casa guardo menos recuerdos. Me acuerdo que la noche que murió Suf, nuestro perro, estábamos dentro, cenando, algo bastante poco frecuente. Mis padres llamaron desde casa... Fue un palo muy serio. Me acuerdaba perfectamente de la mesa de cristal, de la lámpara gris, del mechero-cajita de música con los signos del zodiaco, del rincón donde estaba el frigorífico (y de los terroríficos yogures de Casper que estuvieron presentes allí un par de veranos), y del día que apareció un ciempiés enorme en la bañera, y de las arañas de las patas largas. Demasiadas cosas. Jamás podría terminar. Es curioso que fuera allí donde se plantara la semilla de una de mis aficiones: los juegos de rol. Todo empezó con Dani y su HeroQuest. Hasta tuve pesadillas con la gárgola, madre mía...
Tantas y tantas cosas han quedado atrás. Por lo menos, me quedan los cómics de Flash Gordon, que al final los he heredado yo (Mónica, ya sabes que siempre te podrás pasar por casa a verlos un rato ;-) ).
Me tengo por alguien muy afortunado, pero sin duda, mi mayor fuerte ha sido la gente que he tenido cerca. Me han demostrado que para ser tío, tía, primo, prima, hermano, hermana, padre o madre no hace falta que coincida ningún apellido.
Sabéis quiénes sois. Mi vida no habría sido lo que es si no hubiera sido por vosotros, y nunca os podré agradecer lo suficiente todo esto. Pero es lo único que os puedo decir: gracias.
 
Lo importante no es la distancia a la que estés de la línea, sino a qué lado de la línea estás
Gonzalo, tú estás al otro lado de la línea ahora. Enhorabuena.
 
Cosas que no deberían suceder
Si no os encontráis en un buen momento, igual es mejor que no leáis esto. Es un asunto que siempre te deja el cuerpo mal, y mi intención no es esa. Os adelanto que trata de la muerte, para que a nadie le pique el gusanillo de seguir leyendo si no quiere.
Mi padre tiene una pequeña imprenta, y a veces me saco algún dinerillo haciendo cositas, principalmente recordatorios de defunción. Hace diez minutos me ha dado uno. Uno de los párrafos me ha dejado helado:
"... que falleció en Bata (Guinea Ecuatorial), el día 6 de Marzo de 2005, a los 2 años de edad."
No quiero poner lo que se me pasa por la cabeza. No puedo ni siquiera imaginarme a su familia. La muerte es algo terrible, ¿pero por qué coño pasan estas cosas?
Estudiando para el teórico del carnet de conducir, hay un pregunta que cuando aparece me estremezco. Es la que se refiere a la reanimación cardirrespiratoria en bebés. La respuesta es, boca a boca-nariz, con una frecuencia de 100 compresiones por minuto. Y ahora, me imagino el cuerpecito de un bebé, tendido en el suelo, y la ambulancia que llega, y el técnico que baja, y se arrodilla ante él. Y no me puedo seguir imaginando más.
Lo siento, pero lo he leido y necesitaba escribirlo aquí.
 
Una extraña petición
Hacía mucho frío. Llevaba unos cinco minutos esperando al autobús, y me estaba helando. Iba con la bufanda hasta la nariz, pero el viento que lleva soplando últimamente me mata.
Era la parada del 131, en Villaverde Alto. Una zona bastante deprimida, cerca del poblado de los Toreros (si la Rosilla es el hipermercado de la droga, este es el Ahorramás del barrio) y de Plata y Castañar (un sitio que no levanta cabeza, de esos que nadie diría que existen en Madrid).
Un hombre se acerca, con aspecto bastante demacrado... Casi seguro que por las drogas. No era la primera vez, y es una situación que ni siquiera me incomoda.
- Perdona, ¿me podrías dejar...
¿Le digo que no tengo suelto o le doy un euro y se acabó?
... un papel?
Sorprendido, saco uno de la carpeta.
- Claro, cómo no.
El autobús aparece a lo lejos.
- Si nos vemos otro día, te regalo mi libro de poemas.
- Vaya, muchas gracias.

El autobús se para y abre las puertas.
- Es que yo no creo en los derechos de autor, por eso no los publico.
- La verdad es que yo tampoco.
- Espera, voy a apagar el cigarro. Con lo caros que están. Que me los compra ahora mi madre, la pobre. Mi madre siempre me ha educado con la rima. Siempre me ha gustado mucho escribir poesía.
- ¿Dónde nos sentamos?
- Dónde vos prefiráis.
- La verdad es que mi padre escribía poesía cuando era joven, pero yo no tengo esa cualidad. Prefiero la prosa.
- Lo de las rimas es fácil. Como con los refranes. Mi madre siempre cuenta refranes. La sabiduría popular. Mi madre, que ahora tiene 70 años, lo que sabe. Ahora es mi mejor amiga. Me fui de casa con 33 años para no volver, con una mujer que me dejó solo, y aquí he vuelto. Estoy intentando salir adelante otra vez... Hasta dejaré el tabaco algún día...

Según iba hablando, más se me iluminaba la sonrisa. Y no soy idiota. Mi amigo Antonio es el único que puede decir que un poco inocentón, un poco bastante... Todavía me acuerdo de Burdeos, ¿eh, Toni? El caso es que no es la primera vez que alguien se pone a contarme su vida, y no me voy a sentir un imán de buen rollo, porque se lo habría contado a cualquiera. No es eso a lo que iba.
Él seguía hablando, yo procuraba hacer sólo comentarios puntuales para seguir el hilo. Son muchas las ideas que me iba contando. Pero la que más me ha impactado...
- Somos unos privilegiados. Vivimos demasiado bien.
Yo estaba entre la sorpresa y la vergüenza. Que él, con todo lo que había pasado y estaba pasando dijera eso, y yo, sin tenerme que haber preocupado por tener comida y cama lo estuviera oyendo.
- Me pienso ir a África. Con una ONG. Bueno, una ONG un poco particular. Me voy a ir allí con mi guitarra, a darles algo a esos niños, que no tienen cultura ni nada. Porque la cultura es usar esto, -decía, señalándose la frente- no aprender las cosas de memoria.
- Mmh, me bajo en la próxima.
- ¿Cómo me has dicho que te llamabas?
- Sergio.
- Pues Sergio, encantado de conocerte, de verdad.
- Lo mismo digo, con toda sinceridad. Espero que nos volvamos a encontrar. Mucha suerte, y a salir adelante...

He bajado del autobús con una sonrisa en la cara. Ni siquiera me ha dicho su nombre. Me despide con la mano, y el autobús se va.
Es ya tarde, pero suficiente como para alegrarme el día.
Un día, contaba Fernando Arrabal que encuentras cariño en los sitios más insospechados. Él, de un carcelero franquista. Yo, de un tipo que sin conocerme de nada, decidió regalarme 5 increíbles minutos.
 
Esclavo de mí mismo
Soy una crisálida encerrada en un capullo de acero, y la muerte es mi único escape. Soy un prisionero en una repugnante celda de carne, vísceras y hediondos fluidos. Vivo encerrado en esta humillante carcasa, en esta jaula que me convierte en animal. No importa que le dedique mi vida entera, porque sigue igual, no, cada vez más voraz.

Te alimento constantemente, como si fuera un sacrificio ritual, para aplacar tu furia, y que no me abandones en el peor momento. Detengo mi vida cuando deseas descansar, porque sé que si no lo hago te vengarás al día siguiente. Te doy medicamentos si así me lo pides, para que tus ridículas debilidades no me hagan más insoportable la existencia. Te caliento cuando tienes frío, te refresco cuando hace calor. Te cubro con las mejores ropas posibles, no sólo para resguardarte, sino por la vergüenza, por la humillación, que es mostrarte y admitir que soy tu súbdito.

¿Y qué me das tú a cambio? Sufrimiento. Hambre, sed, miedo, furia. Todos son por tu culpa. Sólo puedo ir hasta donde tú, cosa torpe y pusilánime, me quieras llevar. Has decidido limitar mi mente a ese amasijo gris que tan cuidadosamente proteges, cuando hay tantas cosas que podría saber, tantos sitios a los que podría llegar. Me subyugas, me arrodillas, me haces comportarme como un animal ante una mujer, segregando una de tus asquerosas drogas, para que te perpetúe y otro inocente sufra de nuevo mi maldición. Drogas y más drogas para que sea quien no soy, endorfina para creer que merece la pena seguir con este yugo brutal sobre mi cuello y adrenalina para que te proteja.

¿Por qué no me quito la vida? No te burles. Si tuviera la certeza de que un Dios misericordioso me acogería entre sus brazos, que amanecería en un palacio lleno de riquezas, con rebosantes cornucopias y banquetes de ambrosía, o que al menos tendría otro amo menos cruel, que me privara de consciencia y de raciocinio, ten por seguro que lo haría. Pero te aprovechas de mis dudas y de mis miedos... Porque no sé hasta dónde eres yo mismo, hasta dónde se ancla mi alma, mi voluntad, en esa red interminable de impulsos eléctricos y químicos, y que temo que cuando tú te vayas yo desapareceré contigo.

Jugaremos hasta que te hartes, porque yo perdí la partida hace mucho tiempo...