Volviendo a empezar
Hace casi cinco días de mi primera excursión por un desierto. Los exámenes los terminé la semana pasada, pero esta ha sido terrible. No es que las próximas vayan a ser mejores, pero me pilló de sopetón. Tampoco era nada del otro mundo, pero tenía que entregar una práctica que me dio bastante guerra, y me estresé bastante.
Vaya, que tenía la cabeza un poco embotada, y me quedé en el primer sitio que pillé. El caso es que aquel desierto, no sé si sería la textura de la arena, o el olor que traía el viento (también influye que no me dejaba ni colgar enlaces). Por eso me he venido aquí.
De aquella excursión escribí algunas líneas. Quizás no sean fáciles de entender, pero es que yo no soy fácil de entender... Aquí van:
Martes, 15 de febrero de 2005
Cuando hace un rato me he cogido el taxi para el desierto del Sahara (¿o era el del Gobi?... Porque el del Atacama creo que no... Mierda, debí hacer caso a mi madre y traerme la cantimplora en vez del barril de Franziskaner), en medio de uno de esos ataques filósofico-espiritual-absurdos, todo lo de ser uno conmigo mismo, respirar la soledad, sentir el infinito ante mí, y tragar arena como el Tony en Alicante me parecía la solución a todos mis problemas. Pero nada más bajar del taxi, me he dado cuenta de que esto no va a poder ser exactamente así....
Como podéis suponer, un viaje en taxi sin paradas como este lo que te deja es con unas ganas de mear bastante considerables. Inocente de mí, me acerco a la primera duna que he pillado (mientras pensaba en el poco sentido que tenía esto), cuando oigo un ruidillo a mi espalda. Pensaba que era el taxista que quería propina, pero después de tenerme frito todo el viaje con sus cintas de Luixy Toledo, como que pasando, pero me giro y no había nadie. Así que seguía yo inmerso en el proceso de micción, y oigo una voz detrás...
- ¡Ey, tío puerco, usa el water como todo el mundo!
He mirado hacia abajo, y ahí estaba Mamerto. Ver a Mamerto ha hecho que se me corte la meada al momento, porque aparte de que los escorpiones me dan bastante repelús, no me podía creer lo que estaba viendo. ¡50 céntimos me querían cobrar en el McDonalds por entrar al meódromo! Como la situación era una emergencia, extendí un cheque al portador, y me quedé tan agusto.
Y a la salida, voy y me encuentro a Mamerto.
- ¿Qué? ¿Otro flipadillo con síndrome trascendental profundo?
- Eh... Uh... Yo...
- Pues cuidadito, no filosofes mucho, que otro se vino por aquí hace dieciséis siglos y la que se ha acabado liando ha sido fina. Ah, y a partir de las 12, nada de gritar, que molestas a los vecinos. Y eso no será cerveza... Que aquí tampoco se puede beber en la calle.
Y en el fondo, es que tiene razón el pobre Mamerto. Si lo único que quiero es soltar todo lo que me apetezca, ¿por qué no me compro un diario, o una escafandra antirradiación, y no torturo a estos pobres animalitos con mis sandeces, o como los Amigotes coincidirán conmigo, mis fotos (aunque alguien ya se ha encargado de esto)?
Obviamente, es una contradicción brutal (sí, sí, brutal, como las fuerzas gravitacionales o las aceleraciones de D. Luis Miguel Rivera Sarmiento).
Pues que se jodan. Sí, son ganas de llamar la atención, las cosas como son. De momento, voy a ir montando la tienda de campaña, que me temo que mañana espera un largo día...
Y así sucedió todo. Parece que ya estamos llegando... Sí. Es una lástima que el B1 no me cubra estos viajes, porque al final me voy a arruinar.
La verdad es que me encuentro cansado... Hoy no me apetece gritar, sólo sentir el viento, escuchar el silencio, y pasear bajo la mirada de las estrellas... Este momento de comunión casi mística es casi como
- ¡¡MIRA POR DÓNDE PISAS!!
- Ah, hola Mamerto. Debí imaginármelo. Un personaje secundario tan carismático como tú no podía desparecer por este pequeño problemilla técnico, supongo.
- Resulta bastante lamentable todo lo que estás montando para ser más cool que nadie. Esto es porque desde que compraste el móvil ya no puedes soltar tu dicurso antikapital, ¿verdad?
- Oye, me está viniendo bien venir por aquí. Mejor que un psicoanalista. Un par de charlas contigo más, y me sacas todos mis traumas infantiles a hostias...
Vaya mala baba gasta el cabronazo. Yo voy a seguir dando una vuelta, a ver si me despejo.
Vaya, que tenía la cabeza un poco embotada, y me quedé en el primer sitio que pillé. El caso es que aquel desierto, no sé si sería la textura de la arena, o el olor que traía el viento (también influye que no me dejaba ni colgar enlaces). Por eso me he venido aquí.
De aquella excursión escribí algunas líneas. Quizás no sean fáciles de entender, pero es que yo no soy fácil de entender... Aquí van:
Martes, 15 de febrero de 2005
Cuando hace un rato me he cogido el taxi para el desierto del Sahara (¿o era el del Gobi?... Porque el del Atacama creo que no... Mierda, debí hacer caso a mi madre y traerme la cantimplora en vez del barril de Franziskaner), en medio de uno de esos ataques filósofico-espiritual-absurdos, todo lo de ser uno conmigo mismo, respirar la soledad, sentir el infinito ante mí, y tragar arena como el Tony en Alicante me parecía la solución a todos mis problemas. Pero nada más bajar del taxi, me he dado cuenta de que esto no va a poder ser exactamente así....
Como podéis suponer, un viaje en taxi sin paradas como este lo que te deja es con unas ganas de mear bastante considerables. Inocente de mí, me acerco a la primera duna que he pillado (mientras pensaba en el poco sentido que tenía esto), cuando oigo un ruidillo a mi espalda. Pensaba que era el taxista que quería propina, pero después de tenerme frito todo el viaje con sus cintas de Luixy Toledo, como que pasando, pero me giro y no había nadie. Así que seguía yo inmerso en el proceso de micción, y oigo una voz detrás...
- ¡Ey, tío puerco, usa el water como todo el mundo!
He mirado hacia abajo, y ahí estaba Mamerto. Ver a Mamerto ha hecho que se me corte la meada al momento, porque aparte de que los escorpiones me dan bastante repelús, no me podía creer lo que estaba viendo. ¡50 céntimos me querían cobrar en el McDonalds por entrar al meódromo! Como la situación era una emergencia, extendí un cheque al portador, y me quedé tan agusto.
Y a la salida, voy y me encuentro a Mamerto.
- ¿Qué? ¿Otro flipadillo con síndrome trascendental profundo?
- Eh... Uh... Yo...
- Pues cuidadito, no filosofes mucho, que otro se vino por aquí hace dieciséis siglos y la que se ha acabado liando ha sido fina. Ah, y a partir de las 12, nada de gritar, que molestas a los vecinos. Y eso no será cerveza... Que aquí tampoco se puede beber en la calle.
Y en el fondo, es que tiene razón el pobre Mamerto. Si lo único que quiero es soltar todo lo que me apetezca, ¿por qué no me compro un diario, o una escafandra antirradiación, y no torturo a estos pobres animalitos con mis sandeces, o como los Amigotes coincidirán conmigo, mis fotos (aunque alguien ya se ha encargado de esto)?
Obviamente, es una contradicción brutal (sí, sí, brutal, como las fuerzas gravitacionales o las aceleraciones de D. Luis Miguel Rivera Sarmiento).
Pues que se jodan. Sí, son ganas de llamar la atención, las cosas como son. De momento, voy a ir montando la tienda de campaña, que me temo que mañana espera un largo día...
Y así sucedió todo. Parece que ya estamos llegando... Sí. Es una lástima que el B1 no me cubra estos viajes, porque al final me voy a arruinar.
La verdad es que me encuentro cansado... Hoy no me apetece gritar, sólo sentir el viento, escuchar el silencio, y pasear bajo la mirada de las estrellas... Este momento de comunión casi mística es casi como
- ¡¡MIRA POR DÓNDE PISAS!!
- Ah, hola Mamerto. Debí imaginármelo. Un personaje secundario tan carismático como tú no podía desparecer por este pequeño problemilla técnico, supongo.
- Resulta bastante lamentable todo lo que estás montando para ser más cool que nadie. Esto es porque desde que compraste el móvil ya no puedes soltar tu dicurso antikapital, ¿verdad?
- Oye, me está viniendo bien venir por aquí. Mejor que un psicoanalista. Un par de charlas contigo más, y me sacas todos mis traumas infantiles a hostias...
Vaya mala baba gasta el cabronazo. Yo voy a seguir dando una vuelta, a ver si me despejo.





