logotipo

img_google
Un desierto para predicar
Un lugar donde las palabras se las lleva el viento
Acerca de
Los gritos de un loco no suelen ser bien recibidos... Así que un día cogí un taxi y huí a este desierto, donde no necesito que nadie me escuche.
Sindicación
 
El último viaje a la Atalaya: paseando por mis recuerdos
Las puertas de la Atalaya están cerradas ahora para siempre. Es una sensación extraña. Siempre estuvieron abiertas, a pesar de que hace tantos años que no iba allí. Todo ha cambiado demasiado. Tanto la gente, como el sitio, como yo. En algunos casos, todo lo que ha cambiado es el punto de vista. Un niño de nueve años no tiene los mismos ojos que uno de diecinueve...
Hemos llegado un poco tarde. Hemos ido a San Martín antes a desayunar, al bar que íbamos siempre. El de las tortillas. Pero sólo quedaba para cuatro raciones. "No es para tanto, pido un bocadillo y ya está". Pero cuando he cogido un poco de tortilla de otro plato, y me he dado cuenta de lo endemoniadamente buena que estaba, me he dado cuenta de que sería, casi con total seguridad, el último trozo de tortilla que probaría allí. Y que dentro de un rato, sería la última vez que entraría en la Atalaya.
Después de pagar la cuenta, hemos subido a los coches y hemos seguido nuestro peculiar viacrucis. Aunque no había ningún número romano, allí estaba la última señal. "El Pinar de la Atalaya". Mi padre se ha perdido en un principio; mejor, más vistas que recordar.
Y por fin hemos llegado. ¿Cuántas veces habremos parado delante de esa verja blanca y negra, esperando a que bajaran a abrirnos? Había pasado tanto tiempo desde la última vez, pero sería capaz de recordar cualquier detalle. Esta vez sería la última. Todos sabíamos que tendría que pasar, pero es difícil creer que lo hayan vendido finalmente.

El jardín estaba muy descuidado. Ya no eran sólo las ubicuas agujas marrones que habían ido cayendo desde hace meses de los pinos que rodean el chalet, algo inconcebible por aquel entonces a la media hora de que hubiéramos llegado allí, sino que sólo el ciprés y algún otro arbolillo se levantaban todavía con algo de dignidad por encima de las malas hierbas, los rosales secos y quebradizos y las malditas agujas. Casi podía oir de nuevo el sonido de los aspersores, ver el colorido de las flores, y recordar como intentábamos cazar lagartijas cerca de la fuente, que en otros tiempos me parecía la jungla

La fuente... Estaba asquerosa. Nunca la llegué a conocer en sus tiempos de esplendor, pero daba lástima verla. Algo me ha llamado la atención, y es que estaba llena de madroños. ¡Es verdad, había un madroño! Y ahora me pregunto por qué durante tantos veranos que he pasado allí, no he probado ni uno.

Finalmente termino de subir las escaleras, y allí estaba el... ¿Ha tenido nombre? Para mí simplemente era "fuera". La esplanadita donde se desarrollaba nuestra vida.

Donde comíamos, cenábamos, jugábamos al badminton, a la canasta, al chinchón, a los dardos, a la plastilina y al Trivial; oíamos música, veíamos la tele, sacábamos las toallas al sol y nos secábamos de la piscina, hacía las "Vacaciones Santillana", Angelita nos hacía barrer y nos cortaba el pelo, se cocinaban aquellas paellas descomunales, aprendía a jugar al mus, pasaba horas y horas leyendo los cómics de Flash Gordon, y convivíamos todos juntos. Si es que nos juntábamos diez sin ningún problema...
En los últimos años había habido cambios, y me han pillado de sorpresa. ¿Dónde estaba la mesa de piedra? Un banco estaba donde la piscina, y un trozo de la mesa estaba ahora en la pared... Pero ahora, una mesa de plástico.

La piscina también estaba distinta. El magnolio estaba ahí, como siempre... Igual que la rana. No es que estuviera cubierta con el plástico ese, ¡es que no había lavapiés! El maldito lavapiés de color rojo... ¡No, azul, lo rojo era el bordillo de la piscina! Ahora sólo había una capa de cemento que lo cubría todo. Ojalá lo hubieran cubierto antes, no nos ha tocado barrer la mierda que se acumulaba ahí miles de veces. Si es que hasta me acuerdo de las baldosas rojas, casi hasta del dibujo que tenía, y de cómo se me iba el rato y se me freía la espalda mirando a las hormiguitas yendo y viniendo por las hendeduras de las dichosas baldosas... La piscina donde aprendí a nadar, donde a pesar de no medir más de diez metros jugábamos al pasacalle, al voley, a 1-X-2, a la canasta, nos hacíamos aguadillas, hacíamos largos sin respirar, tirábamos monedas para recogerlas buceando, mi padre tiraba a los incautos que se acercaban demasiado, donde era obligatorio meterse aunque hiciera un frío del demonio, donde hacíamos esos rituales para evitar cortes de digestión después de comer, puteábamos a Angelita y a mi abuela cuando se metían, y me acuerdo del cuarto de la depuradora, donde finalmente no bajaré en mi vida.
De la casa guardo menos recuerdos. Me acuerdo que la noche que murió Suf, nuestro perro, estábamos dentro, cenando, algo bastante poco frecuente. Mis padres llamaron desde casa... Fue un palo muy serio. Me acuerdaba perfectamente de la mesa de cristal, de la lámpara gris, del mechero-cajita de música con los signos del zodiaco, del rincón donde estaba el frigorífico (y de los terroríficos yogures de Casper que estuvieron presentes allí un par de veranos), y del día que apareció un ciempiés enorme en la bañera, y de las arañas de las patas largas. Demasiadas cosas. Jamás podría terminar. Es curioso que fuera allí donde se plantara la semilla de una de mis aficiones: los juegos de rol. Todo empezó con Dani y su HeroQuest. Hasta tuve pesadillas con la gárgola, madre mía...
Tantas y tantas cosas han quedado atrás. Por lo menos, me quedan los cómics de Flash Gordon, que al final los he heredado yo (Mónica, ya sabes que siempre te podrás pasar por casa a verlos un rato ;-) ).
Me tengo por alguien muy afortunado, pero sin duda, mi mayor fuerte ha sido la gente que he tenido cerca. Me han demostrado que para ser tío, tía, primo, prima, hermano, hermana, padre o madre no hace falta que coincida ningún apellido.
Sabéis quiénes sois. Mi vida no habría sido lo que es si no hubiera sido por vosotros, y nunca os podré agradecer lo suficiente todo esto. Pero es lo único que os puedo decir: gracias.
 
Comentario:
hola! solo quiero saber si el pinar de la atalya del q hablais es el q esta entre san martin de valdeiglesias y el tiemblo
 
Comentario:
 
Comentario:
Hola, no se como he llegado a tu blog y esq resulta que yo tambien he pasado toda mi infancia en la Atalaya, con lo cual todos tus recuerdos me son muy familiares y me han producido un nudo en la garganta. Es una pena que ya no tengas la casa... POr suerte mis abuelos la conserva y creo que no la cenderemos jamás. Yo todavia voy de vez en cuando por alli, y es cierto que todo es tan distinto... Me gustaria que hablaramos, me dijeras donde estaba tu casa y conpartieramos recuerdos.
Un beso.
Sonia.
 
Comentario:
Los recuerdos de la infancia son os mas indelebles, los que nos marcan y los que nos conforman nuestra manera de ser en la edad adulta. crean nuestras manias, nuestras fobias y nuestros hábitos.
 
Comentario:
hola, supongo te he mandado un email a tu correo, supongo que es el de loximman,es que no se como funciona un blog.es sobre lo que el chalet es para mi y los recuerdos que menciono son solo una minima parte...pero bueno, era un sitio especial. y me alegro de haber ido a despedirme y no poder traerme nada material de recuerdo (solo unas cuantas hojas de partidas de cartas y unos azulejos de piscina) xq entonces no es tan malo haberlo perdido,xq los recuerdos de alli no son de los que se cogen con las manos y entonces nadie puede quitartelos,xq los tienes dentro.
No