Odio mi vida
Mi vida es horrible.
Es duro empezar un blog con una afirmación semejante, pero más duro es darse cuenta de que es real. Supongo que no estoy dando pistas suficientes como para que nadie pueda comprender de qué estoy hablando (eso suponiendo que haya alguien que me lea, claro), pero tampoco sé si empezar por el principio será lo más conveniente.
Me llamo Lucía, soy licenciada en Economía y trabajo en el sector de la banca; tengo un trabajo estable, un sueldo con el que estoy contenta y me llevo genial con mis compañeros. Entonces, ¿cuál es el problema?
Llevo cinco años ¿felizmente? casada con un hombre que me adora y hace un mes nació nuestro hijo Elías, un niño sano y precioso al que queremos con locura. Entonces, ¿cuál es el problema?
Tengo 31 años y Elías no es mi primer hijo, ni el segundo, ni… ¡Es el quinto! Y no es que no me gusten los niños, pero es que… necesito tener un poco de vida propia y llevo cuatro años cambiando pañales sin descanso.
Algunos seguro pensarán que pertenezco a alguna especie de movimiento sectario que aboga por tener tantos hijos como mande la divinidad de turno, pero no es así, al menos no en mi caso. De hecho, antes de la boda hubo sexo (y mucho), siempre tomando precauciones y nunca hablamos de formar nuestro propio equipo de fútbol; pero luego, pues mi marido decidió que nuestra situación económica nos permitía cargarnos de críos y que deberíamos recibirlos con los brazos abiertos. Después del tercero, empecé a tomar la píldora, pero me dio reacción, tuve que dejarla y… tracatrá; nació Ismael. Se lo dije a Juan (mi marido), que teníamos que tomarnos un descanso en esto de aumentar la familia y me dijo que para él los niños eran una bendición (y como padre no le gana nadie, siempre dispuesto a ocuparse de ellos, a darles de comer, a jugar, a enseñar…), así que si yo no quería más debería ser yo la que tomase medidas, pero ¿qué hacer?
Entre unas cosas y otras, un nuevo descuido y otro llanto más que calmar por las noches. Y ya no puedo más. Sé que es culpa mía por haber dejado que la situación se me fuese de las manos y lo asumo; pero con demasiada frecuencia tengo la sensación de que voy a explotar…
Así que mi solución ha sido esta, escribir un blog, porque sé que o me desahogo de alguna manera o acabaré apareciendo en los informativos con un cartel debajo que diga “parricida”.
Es duro empezar un blog con una afirmación semejante, pero más duro es darse cuenta de que es real. Supongo que no estoy dando pistas suficientes como para que nadie pueda comprender de qué estoy hablando (eso suponiendo que haya alguien que me lea, claro), pero tampoco sé si empezar por el principio será lo más conveniente.
Me llamo Lucía, soy licenciada en Economía y trabajo en el sector de la banca; tengo un trabajo estable, un sueldo con el que estoy contenta y me llevo genial con mis compañeros. Entonces, ¿cuál es el problema?
Llevo cinco años ¿felizmente? casada con un hombre que me adora y hace un mes nació nuestro hijo Elías, un niño sano y precioso al que queremos con locura. Entonces, ¿cuál es el problema?
Tengo 31 años y Elías no es mi primer hijo, ni el segundo, ni… ¡Es el quinto! Y no es que no me gusten los niños, pero es que… necesito tener un poco de vida propia y llevo cuatro años cambiando pañales sin descanso.
Algunos seguro pensarán que pertenezco a alguna especie de movimiento sectario que aboga por tener tantos hijos como mande la divinidad de turno, pero no es así, al menos no en mi caso. De hecho, antes de la boda hubo sexo (y mucho), siempre tomando precauciones y nunca hablamos de formar nuestro propio equipo de fútbol; pero luego, pues mi marido decidió que nuestra situación económica nos permitía cargarnos de críos y que deberíamos recibirlos con los brazos abiertos. Después del tercero, empecé a tomar la píldora, pero me dio reacción, tuve que dejarla y… tracatrá; nació Ismael. Se lo dije a Juan (mi marido), que teníamos que tomarnos un descanso en esto de aumentar la familia y me dijo que para él los niños eran una bendición (y como padre no le gana nadie, siempre dispuesto a ocuparse de ellos, a darles de comer, a jugar, a enseñar…), así que si yo no quería más debería ser yo la que tomase medidas, pero ¿qué hacer?
Entre unas cosas y otras, un nuevo descuido y otro llanto más que calmar por las noches. Y ya no puedo más. Sé que es culpa mía por haber dejado que la situación se me fuese de las manos y lo asumo; pero con demasiada frecuencia tengo la sensación de que voy a explotar…
Así que mi solución ha sido esta, escribir un blog, porque sé que o me desahogo de alguna manera o acabaré apareciendo en los informativos con un cartel debajo que diga “parricida”.