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De viento y de agua...
Brújula de palabras con un sur de mar y un norte de brisa.
Acerca de
Mandala.
Sindicación
 
Para nunca perderlas
¿Cuáles son? ¿Cuáles aquellas que descubrí en otro panel del tiempo, en otros espacios? ¿Cuáles me acompañaron en los pasos perdidos de los caminos no señalados? ¿Cuáles las fortuitas, las regaladas, las oportunas, las construidas? ¿Cuáles las valientes, las vanas, las pequeñas, las muertas? ¿Cuáles entre un vacío de ellas da sentido a este día?

He cuidado de ellas como quién amamanta una idea, cubriéndola en mi regazo de mantas, ocasiones y palabras. Las he saludado al despertar y las he despedido en las noches en las que el sopor ha disgustado mis líneas. He jugado a crear, a destruir y recrear cada una de ellas como parte de mí, como dirección y argumento, como razón de ser. He señalado sus bordes en el espejo al mirarme en él como si de mi propia epidermis se tratara, en silencio y con ternura. Me he deslumbrado ante su belleza, ante su configuración de galaxia y de universo. He dormido a su lado, como guardiana de sus sombras, como refugio ante las embestidas de lo cotidiano y la monotonía. Las he enumerado algunas noches, para materializar su existencia y su permanencia a mi lado. He compuesto canciones en agujeros oníricos traídos por ellas, tan volátiles y frágiles como figuritas de cristal. Fragmentos de ellas se esconden en mis rincones, en mis entrañas, y en los ojos de ver. Sonámbulas, mudas, penitentes, perennes, sistemáticas, brillantes, compañeras, colores, café, países e historias, volcanes, ritmos, despedidas y encuentros, reales, cotidianas, almas o misterios, de dentro o de fuera, tacto o mirada, columnas, lápices, catedrales blancas, alfombras, alabanzas, amapolas, papiros, experiencias, pájaros, bombillas, todo, todo lo que me pertenece y tiene alas.

Cuidaré de ellas con empeño y tesón, pues ellas contienen la esencia de lo que crece y florece. Cuidaré de ellas porque titilan en mi techo, y esta noche estoy triste y las quiero cerca, creando constelaciones que señalen el camino.

Cuido de ellas, cuido bien mis estrellas.

Para nunca perderlas.

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"Cuida bien tus estrellas, mujer,
cuida bien tus estrellas"
“Judith”, de Silvio Rodríguez
 
...
La tinta sobre las sábanas
Crea mapas y laberintos.
El pelo así derramado
Va bordando deseos.

Cuando las noches se ciernen
Sobre cada misterio,
Al acecho respira
Algo vivo que sueña.

Los caminos al centro
De lo silencioso
Pisan grava herida,
Dulce sangre que habla.

Los ojos se deslizan
Como pestañas negras
Sobre manos y palmas,
Sobre agua y libros.

Esas noches de insomnio
El piano sostiene el tiempo
Mientras se leen palabras
Que nombran estrellas.
 
...
Ya no te acerques a mí, acomodador de palabras.
Eres el crucigrama que tacho y despedazo
En las desafortunadas tardes de domingo.

Permite que me pierda en las catedrales
De las ciudades que acogen mi frente
Y el deslumbramiento de lo lejano.

Ya he perdido los pantalones de pescar,
He descorrido las cortinas y sacado la basura.

Ya he hundido los dedos en la arcilla fresca,
Y me he zambullido en lo sencillo y en lo real.

Ya no estás tú, paisaje rápido, viento gélido.
Desembocaste en tierras que no te conocen,
Desterraste un ombligo hueco que no te centra,
Y ahora tu trono se vacía con el tiempo.

Combina el pincel con la suerte.
Este es el color que te dejo.
 
.
Me conoces bien.
Soy pasto fácil para el hastío.
Me pierdo a veces
por huecos que ignoran
la mano fácil,
el desayuno a la mesa.

No comulgo con los felices
en la intimidad de mi plato.
Pero me río en los días
que amenazan con lluvia.

Me conoces bien,
y sin embargo,
borras tus huellas.

Ya no me queda más
que la caída del invierno.
 
Muro
Entiendo que hay voces golpeando algo más que una guitarra muda.
 
.
Tal vez me he convertido en un pez de la arena
que amenaza en círculos la entrada al agua.
Un sutil defensor de los laberintos de sudor,
del agitado bombeo de la respiración contenida.

Sosteniendo la fama del avestruz,
distingo entre barrotes de piel
y castigo de ojos.

Y nada tengo que ofrecer este día
sin alimento, sin plagas,
sin calma ni espadas.

Sobrevivo contando surcos en mi mano,
inventando espacios, ríos y ritmos,
anotando palabras en mi mundo de arena
mientras el aire al cabo lo arrastra.
 
Siento
Nost-algia
 
Ciudad nocturna
Hoy las calles me han pertenecido durante el viaje a ninguna parte. La noche se ha establecido como meta en cada uno de mis pasos para continuar construyendo murallas e iluminarlas con una luz anaranjada con la que mirar con calidez cada piedra que sigue el camino.

Las tiendas eran espejos transparentes para evitar reflejos y detener los ojos en objetos de deseo transformado en eufemismo de otra soledad. Las aceras reflejaban tacones neumáticos, y una multitud de escaparates en los rostros iban desfilando sin contarse ni contenerse.

La plaza era un refugio en el anonimato más profundo. Se había mojado de desesperación en su belleza ignorada, en cada uno de sus puntos ciegos que aguarda la caricia de los otros. La plaza, así maquillada de fiesta, sin brazaletes ni corazas, la plaza como una visión dorada que se levanta desde la vacuidad del río y sus tinieblas.

Y desde el interior de una ventana encendida alguien sostiene una conversación y mira. Y él no sabe, pero sabe que es hermoso mirar al que mira y pierde pie así, volviéndose objeto, paisaje y tregua de imaginaciones ajenas. Y piensa que podría abandonar el hotel, y aparecer en la acera, y hablar de la luna llena para ser original, o simplemente permanecer a su lado mirando cada piedra vencida por el tiempo, sentenciada a los ojos y el oro en estas noches mágicas.

No hay mayor regalo esta noche de estrellas inventadas en una pantalla de cristal que el sueño despierto y la sonrisa sin velos, y los años de nostalgia de labios dulces posándose en los poros que exudan agua desnuda, el agua que salpica la plaza, que se pega a los zapatos, que fluye en círculos en el espejo del suelo, agua que cae, que estalla, que me refresca las imágenes y brilla en la pestaña ahogada, en la punta de los dedos cuando voy de vuelta a casa con las manos en los bolsillos y una música que acierta y me despierta esta noche a otras noches en la ciudad.

 
Hoy
Hoy no sé reconocer forma
que no sea la tuya.
Tú, el gran desconocido
que calma y salva,
que descansa en los sueños.

Hoy no hay ojos ni tacto
que no sean los tuyos.
No hay lagos más profundos
que mi caída en la esperanza
exacta de tus brazos.

Hoy no guardo perdiciones
en mi armario encerradas.
Hoy desprende la tarde
una cadencia sin gritos.

Hoy acaricia la sombra
el hombro que se desnuda
y muestra lo fugaz y lo alto
de nuestra belleza.

Hoy me permites la mano,
aún sin rostro ni mirada,
que acompaña mis deseos
con paraísos y alfombras.
 
Cementerio
Y entonces ocurre que despierto
encontrando pedacitos dispersos
de aquellas palabras que dijimos,
dejándose un rastro abandonado,
cayéndose como se caen los misterios.

Recogí cada uno de los instantes
que recordaba de ti y contigo,
pues en esta noche se resbala el infinito
cuando escucho el norte y hay nieve.

La distancia del tiempo es un jardín
de muertos y de fuegos tumbados.
Una oración nos despierta del frío
para encerrar itinerarios perdidos,
dedos mancillados, palabras asonantes,
cabello derramado y sábanas de niebla.

Una caja herrumbrada,
torpe y maldita de emoción,
es la cárcel de lo que fuimos
y abandono sin lágrimas
pero vaciada de color,
al irremediable destino del mar.
 
Algo se pierde y algo se encuentra
Objetos Perdidos
Julio Cortázar


Por veredas de sueño y habitaciones sordas
tus rendidos veranos me acechan con sus cantos.
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome.
Pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta.
Dónde están tu nombre y tu calle y tu desvelo
si la cifra se mezcla con las letras del sueño,
si solamente estás donde ya no te busco

 
La noche estrellada
Cuando el universo crea círculos de luz,
las estrellas parten desde los hemisferios
y nace un tiempo de encuentros de azar.
Así las cosas, el espejo plantea una duda:
si el cielo crea deudas a Afrodita,
¿es esta luz la espada que separó y ahora une
un mismo cuerpo, un mismo verso?
 
-
Voy terminando de formularte como un sortilegio susurrado entre noches de insomnio. Despacio, saboreo tu nombre, como invocando a que me recuerdes en mi forma tibia, en mis ojos de árbol. Sedienta de las voces que me traen rescoldos, palabras citadas, una pregunta por ti, el encuentro casual y doloroso de una fotografía, la rosa cortada cuando las flores eran nuestra risa sobre las vueltas en el aire.

Los vientos crean espirales que mecen mi sueño con cuidada atención. Hoy ponen alas en la espalda para mañana invitar a la caída empicada contra el suelo descascarado, sobre el crudo bastón. La geografía me busca para perderme, para no verte todo ojos sobre mis brazos tan mendigos de tus brazos.

Lléveme el aire al rabo de nube que hace incierto el viaje. Póngame difícil los tumbos bajo las sombras.

Ceniza mojada, en una esquina del salón.

Pies descalzos y desnudez en mis manos cuando intentan ocultarte.

No puedo verte, adiós mío.
 
Diván
Comenzada la hoja, ahoga el silencio.

Es complicado mirarse a veces bajo los pies, planeando el recorrido de un viaje hacia ninguna parte, a través de un globo, un tren, o un transporte cuántico. Sea como fuere, caminar por la propia palma nunca fue fácil.

Y así, una va dando tumbos por cada hueco de las teclas que martillean recordándome el disimulo del tic-tac de cada uno de mis pensamientos. Cómo se escapan, cómo se ofenden pero no dicen nada. Entonces a veces me planteo que bajo la boca sellada hay algo que mantiene las conversaciones que se han vetado en ella, y que las realiza, les da virtud.

Pero ahora quieren los labios abrirse, y desatar los zapatos, y abrir el espacio tras el espejo, y excavar en la tierra que encuentra mis brazos.

Sola. Nunca sola pero sola, al desnudo, que es el gran miedo.

Aquella vez lloré en la sala azul, en su centro, majestuosa en mi tristeza, reina pálida de lo perdido, niña-nube que amó algo con espinas e infierno. Las paredes habían colgado palabras e imágenes, transformada en collage la espera de alguien, la mentira con la que engañamos a la soledad. Palabras para domesticar nuestro pensamiento, para convencernos de que no hay nada que temer, que estar solo es una ilusión, un desierto de ilusión que más tarde traerá agua tibia. Más pronto.

No obstante, se embarraron los límites de mi estancia y resolví abandonar mi equipaje en aquella gruta que llamé lo más santo de lo santo, y dejé espacio para liberarme, soñada y vaciada, de una alfombra empapada de cenizas que desgasté.

Un dragón es un ser mágico y maldito, que padece la tristeza de vivir resignado a la soledad de los grandes, de los altamente conscientes de todo, de aquellos que vuelan, y, en su absoluta unicidad que los hace alejarse de todo cuanto vive corrientemente, echan fuego por la boca, provocado por su constreñida pena de ser dragón, de ser el último.

Y yo, que ni soy dragón, ni única ni última, conozco al dragón y a veces lo observo alejarse entre las colinas, disipadas por una bruma que me recuerda al mar.

Más tarde, todo vuelve a ser calma dentro de una caja de cartón con espacio para mirar y descubrir secretos. Un dibujo de una sombra chinesca, una huida espontánea a las 14:00, el rebatir en latín el comienzo de un concepto, la sal, el reflejo vítreo del sol... Todo tiene la insignificancia de quedar fuera de la existencia cotidiana. Todo deja de ser porque no se mira. No se mira, no se es, y ya no hay ojos ni hay mundo, ni todo, pero fuera de los límites, engarza todo armónicamente, y se construye una muralla, alta y circunspecta, que explica temas universales, pero que no logro entender.

Entonces escribir lo que no se comprende suele mostrar el inicio de un camino que me lleva, aunque no conozco el destino. Y se multiplican las palabras, por aquello de acompañar y sentir un aliento cálido que sonría y sin más confirme que hay algo que entiende lo que hilvana mi propio azar. Y elijo, fluyo, juego, discurro, y al final, ¡sorpresa!, suena una trompeta de filón escandinavo, y caigo derrotada por la alegría. Todo de repente tan nítido que duelen los ojos. Todo ya, y es casi insoportable.

Sí.

La espalda se ha vuelto de espaldas al mundo para sentir el peso de las monedas que se arrojan por caridad. Y, ay, no pesan. Y no las quiero. Prefiero el peso de aquella habitación azul, lo más santo de cuanto santo existe, y sus alfombras de ceniza que guardan la huella de mi figura.

Y soy, en medio de la nada, nada tonta que se ahoga entre palabras intentando explicar silencios baldíos, caracolas que no me traen sonido alguno, o el perdido sabor de la comida que cocino y que no me alimenta. Si hay ojeras, son invisibles al ojo inexperto. Sin embargo, hay humedad que se camufla con el sudor de las líneas de la mano y que gotea algunas noches y algunas mañanas. A veces el dolor no tiene nombre ni razón ni entusiasmo ni estación ni tú ni tú. No es cuestión de tener, sino de ser, y ser en ocasiones un picor de labios, un arañazo sutil, un movimiento gástrico, una angustia que se instala bajo la barbilla.

Sin nombre, sin nada, sin causa, sin motivo alguno más que no existe motivo para sentir dolor. Que cada día se descubre igual, en su misma proporción, y que es cierto que hay momentos en los que la vida se desnuda el hombro y me sonríe, y yo sonrío y los pies se elevan unos centímetros del sueño y la magia es volar cuando hay dos que se miran y hay algo más allá que mirar. Pero cuando esto se convierte en una lotería espasmódica y deja de sentirse su impresión, se saluda el día sin respiración, como quién conversa en el ascensor con el ascensor.

Y la angustia entierra su nombre, y únicamente se siente, entera, brutal en las legañas, en el espejo roto justo donde duele.

Inicia su andadura el pensamiento. Aquí y allá, sucinto, salvaje, renovado y con trajes grises. Si desgarramos su chaqueta, su pantalón, arrancamos su corbata, y le desprendemos de sus zapatos, ¿qué queda más que un desnudo pensamiento enclenque, macerado, de ayer? ¿O quizá hay algo más? ¿Un sentido? Un pensamiento simple y plano: uno está solo porque se abandona a la soledad, porque se distancia del tú, porque nada le une al otro, porque la diferencia alarga la distancia, y acabamos siendo todos distintos dragones dorados, incomunicados, con cara pálida indispuesta al amor. Y un solo-yo es falacia, crueldad auto infringida. Solo-yo, solo-tú, solos solos, tanto que cuando nos miramos únicamente encontramos un abismo transparente.
 
Ventana sobre la llegada
El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera. Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado.
Recibió una caracola:
- Para que aprendas a amar el agua.
Abrieron la jaula de un pájaro preso:
- Para que aprendas a amar el aire.
Le dieron una flor de malvón:
- Para que aprendas a amar la tierra.
Y también le dieron una cajita cerrada:
- No la abras nunca, nunca. Para que aprendas a amar el misterio.

Eduardo Galeano
"Las palabras andantes"