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De viento y de agua...
Brújula de palabras con un sur de mar y un norte de brisa.
Acerca de
Mandala.
Sindicación
 
ANTES DE QUE LOS CAMBIARA EL TIEMPO
Mucha pena sintieron por la separación.
Ellos no lo querían: fueron las circunstancias.
La necesidad de vivir hizo a uno de ellos
marcharse lejos -Nueva York o Canadá-.
Su amor ciertamente no era igual que antes;
había disminuído gradualmente la atracción,
había disminuído mucho la atracción.
A pesar de separarse, ellos no lo querían.
Fueron las circunstancias -o acaso, como un artista-
el Destino apareció separándolos ahora,
antes de que se extinguiera su sentimiento,
antes de que los cambiara el Tiempo:
será el uno para el otro cual si siguiera siempre
siendo el hermoso muchacho de veinticuatro años.

Kavafis
 
El camino del justo medio
Sevilla. Callejuelas, tiendas, olores repentinos, el sonido de un coche o un villancico. De pronto se hace un silencio a lo largo de la mirada hasta su horizonte. Y todo parece pararse, silencioso a pesar de la música que suena en mis oídos. En esta inmovilidad siento cierto ritmo, un sentido tal vez fuera de los pasos inconscientes. Fuera de las palabras que se dicen por la noche entre llantos, con dolor de cerrar los puños, de asfixia de angustia, de recuerdos que hieren por convertirse en recuerdos, porque la tinta suena a fin, a fin maquillado en después, o simplemente sea el sabor amargo de los labios.

Una sala de colores, con paredes como pizarras y juguetes en cada hueco. Niños correteando, risas, gritos, y alguien me agarra las piernas. "¡Laura! ¡Has venido! ¡Te quiero mucho!". Se suceden los abrazos y esa alegría. Y luego... Casi se materializa la posibilidad laboral. La conjunción de arte y psicología, en esa enmarañada red de aquí y allá, de "me han hablado de ti", y sentarnos a hablar de arte y de Estefaní, que con un año corretea por la sala con una independencia verdaderamente sorprendente, o con Macarena y su Barbie costurera cuya identidad protagonizo con la charla con la señora Piña. Y Juan, que me dibuja un mandala con mi nombre y que se sonroja cuando le pido que me firme el regalo porque lo voy a poner en mi cuarto. Y el otro Juanito, moreno y abrazable... Y las ráfagas de... ¿Dónde? ¿Aquí o allí? ¿Señorita de tacón o bufanda de colores? ¿Representar a un departamento o presentarme como yo, de tú a tú? ¿Cerca o lejos? ¿Elegir, perder, recuperar, arriesgar? Siempre elegir, siempre perdiendo algo... o a alguien.

Una serenidad de incredulidad, un estar sin pensar porque recordar y mostrarme las posibles despedidas me llevan a un círculo algo vago y muy punzante. ¿Qué es querer, qué es poder o no poder? ¿Qué valor tienen los sueños, el impulso vital, si seguirlos implica adioses? Adioses.

"Si la cuerda está floja, no suena, y si está demasiado tensa, se rompe."

¿Cuál es el camino del justo medio?
 
...
Salta... y la red aparecerá.
 
Muros
Un murmullo constante, el motor del ordenador que muestra su actividad, forma la banda sonora de este momento. Siento un sopor pesado en los párpados que casi me hace caer de la silla, cerrar los ojos y pensar en cuevas resguardadas, en mantas protectoras, en inmovilidad racio-emocional.

Entiendo la variabilidad de los estados de ánimo, no obstante parece gustarme la inmersión en el cielo o en el infierno en este camino poco labrado. Ahora, de repente, plegando las alas, me siento a esperar que la noche se cierna sobre mis sienes.

Un recuerdo, de aquellos tan vagos que vuelven transformados, construidos bajo cimientos mixtos de aquí, de allá, me va enredando en una música onírica, en la que la realidad es tan relativa y fantástica que parece formada por vaporosas telas de satén y la vida esté fuera de una mosquitera que funciona como lente.

Así, en este instante que ya se soltó, vi mis mismos reflejos aquí y allá, pero mejorados, en ella, en ellas, en alguien. Y me pregunto por qué esta mañana he caminado por estas calles, que sentía como propias, con la cabeza alta, ojos fijos a otras miradas, mano en el bolsillo y un poco de rojo en los labios. A quién engaño portando este abrigo, a quién engaño si digo "yo". Si acaso no sé quién soy, y se me olvida el valor que tiene una lágrima de mi agua, y cómo la envisto con mis dedos, con qué dureza.

Y ayer, sabio fuiste, mi querido M, sincero como el hielo, y con la sonrisa de un abrazo. Que soy distante, que marco tu lugar y mi lugar de forma rígida a veces, otras veces me acerco para, cuando tú oses adelantar un milímetro más de lo permitido, romper con unas palabras y un gesto frío cualquier intento de serme cercano. Sonrío. Pero mis manos siguen sobre mis muslos, y me siento tensa, incomodada. Tienes razón, M... Y mi actitud sigue con la misma tendencia. Acepto, explico, sonrío y me enrojezco. La tetería es oscura, pero aún así me dices que estoy distinta, tal vez el pelo. Nunca es lo mismo. Pero en este tiempo sigo estando yo aquí y tú ahí, ante un muro, de sonrisas pero muro.

Y sí, no tengo miedo de mirar a los ojos, fijamente, jugar con ellos, escribir historias con ellos para que las lean, sonreír y que mis expresiones varíen y entretengan, más cuanto mayor sea la intimidad. Pero siempre soy yo, tan lejana. Tan lejana.

Me pregunto si la violinista, si la pianista, si el samurai, si el soñador, siente lo mismo: un hálito al menos de espacio que separa mi respiración de la suya, una distancia en mi rictus serio, o en mi sonrisa pícara, da igual. Mentira, actriz que evade, que juega a que se pierde por otros caminos por puro afán lúdico. Mentira. Evasión porque cuanto más cerca, más duele el miedo.

Tecleando letras, siento calor en mis ojos. Luego olvidaré este tiempo de rumor de motor, y tal vez el silencio me deje una paz más auténtica.

M, estás en lo cierto. Aunque nunca fuimos, si alguna vez hubiéramos sido, todo seguiría igual. A quién me doy, a quién me quito. A quién le merece la pena tratar con mi espacio, un metro y medio a mi centro: a mi mundo, a las palabras que escribo mientras paseo, a las imágenes que construyo en el viento en autobuses y sueños, al suave temblor de caderas cuando la música me invade invisiblemente por la calle y nadie adivina que bailo mi particular danza del vientre, a los ojos que cierro durante un segundo porque en ese momento, breve, fugaz y fugitivo, hay algo que me invade y recorre todo mi ser.

Pero todo es tan lejano si es sólo mío, si me convierto en albañil de mis distancias ante ti y ante mí, si no conoces nada porque soy silenciosa, muy silenciosa. Porque mis oídos siempre fueron salvadores, y ahora mis silencios también me salvan, pero así no me conoces, en realidad nunca me conocerás. Seré un misterio, sí, pero nada espectacular, simplemente algo secreto que te sitúa allá, que te obliga a adivinar, que te obliga a hablar conmigo de ti, mientras se cuelan trazas que se desprenden, que me abandonan.

Y mientras, pienso en todas aquellas sonrisas que dicen más que mis sonrisas, en aquellos ojos que aman con la mirada mientras los míos mienten a veces cuando miran tan de frente, en la magia que se crea en un "ahora" con una propuesta de juego, en una travesura, en hoy vamos a probar y al final llegamos a Japón… Y después nos encontraremos en la eterna soledad de cada uno, un "Lost in traslation" menos triste, palpitante, probando a vivir, a arriesgar.

Y después de estos segundos de imaginación, caer en la cuenta de que estoy aquí, y que hay algo que agarra, una ausencia, la que crea el muro, quizá la que lo destruya.

Y tal vez Ítaca, tal vez sin espada, con ojos más ciertos, con voz...
 
Mirada
¿Qué sientes ahora mismo mientras me miras? ¿Qué me imaginas? ¿Soy yo ante el espejo la mirada y lo mirado? ¿Me visto de otros ropajes? ¿Me acicalo con las pestañas que barren tu mirada inquisitiva?

Te miro. Ahora. Te dibujo los gestos y los pensamientos, las sensaciones que en mí descansas. Te miro. Ahora. Desde mi pequeño espacio, apenas en penumbra, pero casi sonriendo.

Y de pronto me ruborizo cuando me devuelves los ojos y me adivinas. ¿Qué sabes de mí? ¿Hay algo que habla? ¿Qué reflejo de ti, mirada? ¿Qué me dice este silencio en el que no hay nada más que un ojo eternizado que sigue vivo mientras mira? Y algo más...

 
...

El agua va consumiendo
su hemisférica silueta
y se aleja del centro
dejando círculos
como anillos de plata
reflejando los compromisos.

Ondea con voz profunda
la suave sonata de la noche,
mientras cabalgan los párpados
dejando tras de sí
añoranzas, papeles, carmín.

Un espejo narciso
se pinta los ojos
esperando que el alba
le alumbre sin más.

Y entonces el acantilado,
silencio en el que caer,
deja espacio al silencio
para que una palabra
-golosa, osada, misteriosa-
se vista de roca oscurecida,
de maldición de las olas,
de un arrojarse despacio.

Cae con toda la voz,
alcanza la galaxia
que contiene tus letras,
se apaga la melodía,
y se disgustan las manos.

Busca, aire, suspiro, exhalación,
la calma silenciosa,
la durmiente que despierta
porque quiere seguir soñando.
 
Fragmentos de "Cartas a un joven poeta"
“Aquí, teniendo a mi alrededor una tierra poderosa, por encima de la cual pasan los vientos del mar, aquí siento que a esas preguntas y sentires, que tienen una vida propia en sus honduras, nunca le podrá contestar a usted nadie; pues aun los mejores se equivocan en las palabras cuando éstas han de significar lo más silencioso y casi indecible [...] Yo querría rogarle que tenga paciencia con todo lo que no está resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas mismas, como cuartos cerrados y libros escritos en un idioma muy extraño. No busque ahora las respuestas, que no se le pueden dar, porque usted no podría vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Viva usted ahora las preguntas. Quizá luego, poco a poco, sin darse cuenta, vivirá un día lejano entrando en la respuesta.”

Fragmento de la Carta 4
Cartas a un joven poeta
Rainer Maria Rilke


“No debe estar usted sin un saludo mío cuando es la Navidad y cuando usted, en medio de las fiestas, sobrelleva su soledad más difícilmente que en otros momentos. Pero si usted nota entonces que es grande, alégrese de eso; pues (se lo pregunta usted) ¿qué sería una soledad que no tuviera grandeza? Hay sólo una soledad, y es grande y no es fácil de sobrellevar, y a casi todos les llegan las horas en que de buena gana se querría cambiar la soledad por una comunidad, aunque fuera banal y barata, por la apariencia de una escasa coincidencia con el primer llegado, con el más indigno... Pero quizás son ésas precisamente las horas en que crece la soledad; pues su crecimiento es doloroso como el crecimiento de los niños y triste como el comienzo de las primaveras. Pero no puede equivocarse usted. Lo que se necesita, sin embargo, es sólo esto: soledad, gran soledad interior. Entrar en sí y no encontrarse con nadie durante horas y horas, eso es lo que se debe poder alcanzar. Estar solo, como se estaba solo de niños, cuando los mayores andaban por ahí, enredados con cosas que parecían importantes y grandes, porque los mayores parecían tan ocupados y porque no se entendía nada de lo que hacían.”

Fragmento de la Carta 6
Cartas a un joven poeta
Rainer Maria Rilke