Ventana sobre la llegada
El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera. Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado.
Recibió una caracola:
- Para que aprendas a amar el agua.
Abrieron la jaula de un pájaro preso:
- Para que aprendas a amar el aire.
Le dieron una flor de malvón:
- Para que aprendas a amar la tierra.
Y también le dieron una cajita cerrada:
- No la abras nunca, nunca. Para que aprendas a amar el misterio.
Eduardo Galeano
"Las palabras andantes"
Recibió una caracola:
- Para que aprendas a amar el agua.
Abrieron la jaula de un pájaro preso:
- Para que aprendas a amar el aire.
Le dieron una flor de malvón:
- Para que aprendas a amar la tierra.
Y también le dieron una cajita cerrada:
- No la abras nunca, nunca. Para que aprendas a amar el misterio.
Eduardo Galeano
"Las palabras andantes"
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Hoy que sido alma de hielo,
descúbreme en mis fauces.
Deténme ante la duda
de cielo o de infierno,
o claudica este silencio
empecinado en su hermetismo.
Navega, raudo y atento,
midiendo las aceras,
y culminando al tiempo
con brío y pasaporte.
Llévame a las sombras
que contienen tus anhelos,
entre dominó y estratagemas,
por correo o de tu boca.
Entonces, amarrada a una hoja
que planea en espirales,
plana, amplia y brillante,
amaneceré de día en tus axilas,
con pluma alta y rúbrica,
como un libro abierto a tus ojos,
acariciante, condescendiente.
Y tal cual, sonámbula,
me acercaré al bosque
de los reencuentros sin escaleras.
Y mis ropajes transparentes
te despertarán el recuerdo
y el tacto de mi piel.
Y hoy que he destruido
a la gran ocultadora,
sonrío parca y disimulada,
y te siento voz en calma
acunando mis vestidos.
Y ahora que descubro
al sueño que despierta,
abro baúles y cajones,
bibliotecas y cerraduras,
y ofrezco en alas de tierra
este café que sabe a tinta,
la nostalgia de estos ojos,
y esos mundo engrendrados
por mi bola de cristal.
descúbreme en mis fauces.
Deténme ante la duda
de cielo o de infierno,
o claudica este silencio
empecinado en su hermetismo.
Navega, raudo y atento,
midiendo las aceras,
y culminando al tiempo
con brío y pasaporte.
Llévame a las sombras
que contienen tus anhelos,
entre dominó y estratagemas,
por correo o de tu boca.
Entonces, amarrada a una hoja
que planea en espirales,
plana, amplia y brillante,
amaneceré de día en tus axilas,
con pluma alta y rúbrica,
como un libro abierto a tus ojos,
acariciante, condescendiente.
Y tal cual, sonámbula,
me acercaré al bosque
de los reencuentros sin escaleras.
Y mis ropajes transparentes
te despertarán el recuerdo
y el tacto de mi piel.
Y hoy que he destruido
a la gran ocultadora,
sonrío parca y disimulada,
y te siento voz en calma
acunando mis vestidos.
Y ahora que descubro
al sueño que despierta,
abro baúles y cajones,
bibliotecas y cerraduras,
y ofrezco en alas de tierra
este café que sabe a tinta,
la nostalgia de estos ojos,
y esos mundo engrendrados
por mi bola de cristal.
.
Y en estos tiempos envío cartas como pétalos de cerezo, esperando tal vez que se me devuelva la flor completa cuando arrecie el viento.


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Seré tal vez un peregrino fantasma,
mitad cometa, mitad herradura.
Quizá esquivo los suspiros
que se escaparon de las puertas,
y sin vacilación prosigo,
como una sonata errante,
mi camino de calles y buhardillas,
de esquinas de fogón y caldera,
de humo intenso y vestustos pórticos.
Dejo una única huella, la de mi lastre,
aunque sabe a un mar lejano y herido;
una marca hueca que recuerda al aire
que siempre se dispersa por los paseos.
No sé si el edén contiene la mentira,
o es fácil poner nombre
al final del camino.
Yo sólo entiendo de esos cafés
disfrazados a cada esquina,
repletos de maletas y relojes
y el mismo aroma a despedida.
Será quizá que traigo como condena,
ya aburrido del viaje,
el mismo misterio al hombro
que me mira interrogante.
mitad cometa, mitad herradura.
Quizá esquivo los suspiros
que se escaparon de las puertas,
y sin vacilación prosigo,
como una sonata errante,
mi camino de calles y buhardillas,
de esquinas de fogón y caldera,
de humo intenso y vestustos pórticos.
Dejo una única huella, la de mi lastre,
aunque sabe a un mar lejano y herido;
una marca hueca que recuerda al aire
que siempre se dispersa por los paseos.
No sé si el edén contiene la mentira,
o es fácil poner nombre
al final del camino.
Yo sólo entiendo de esos cafés
disfrazados a cada esquina,
repletos de maletas y relojes
y el mismo aroma a despedida.
Será quizá que traigo como condena,
ya aburrido del viaje,
el mismo misterio al hombro
que me mira interrogante.





