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De viento y de agua...
Brújula de palabras con un sur de mar y un norte de brisa.
Acerca de
Mandala.
Sindicación
 
Ventana sobre la llegada
El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera. Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado.
Recibió una caracola:
- Para que aprendas a amar el agua.
Abrieron la jaula de un pájaro preso:
- Para que aprendas a amar el aire.
Le dieron una flor de malvón:
- Para que aprendas a amar la tierra.
Y también le dieron una cajita cerrada:
- No la abras nunca, nunca. Para que aprendas a amar el misterio.

Eduardo Galeano
"Las palabras andantes"
 
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Hoy que sido alma de hielo,
descúbreme en mis fauces.
Deténme ante la duda
de cielo o de infierno,
o claudica este silencio
empecinado en su hermetismo.

Navega, raudo y atento,
midiendo las aceras,
y culminando al tiempo
con brío y pasaporte.

Llévame a las sombras
que contienen tus anhelos,
entre dominó y estratagemas,
por correo o de tu boca.

Entonces, amarrada a una hoja
que planea en espirales,
plana, amplia y brillante,
amaneceré de día en tus axilas,
con pluma alta y rúbrica,
como un libro abierto a tus ojos,
acariciante, condescendiente.

Y tal cual, sonámbula,
me acercaré al bosque
de los reencuentros sin escaleras.
Y mis ropajes transparentes
te despertarán el recuerdo
y el tacto de mi piel.

Y hoy que he destruido
a la gran ocultadora,
sonrío parca y disimulada,
y te siento voz en calma
acunando mis vestidos.

Y ahora que descubro
al sueño que despierta,
abro baúles y cajones,
bibliotecas y cerraduras,
y ofrezco en alas de tierra
este café que sabe a tinta,
la nostalgia de estos ojos,
y esos mundo engrendrados
por mi bola de cristal.





 
.
Y en estos tiempos envío cartas como pétalos de cerezo, esperando tal vez que se me devuelva la flor completa cuando arrecie el viento.




 
.
Seré tal vez un peregrino fantasma,
mitad cometa, mitad herradura.
Quizá esquivo los suspiros
que se escaparon de las puertas,
y sin vacilación prosigo,
como una sonata errante,
mi camino de calles y buhardillas,
de esquinas de fogón y caldera,
de humo intenso y vestustos pórticos.

Dejo una única huella, la de mi lastre,
aunque sabe a un mar lejano y herido;
una marca hueca que recuerda al aire
que siempre se dispersa por los paseos.

No sé si el edén contiene la mentira,
o es fácil poner nombre
al final del camino.
Yo sólo entiendo de esos cafés
disfrazados a cada esquina,
repletos de maletas y relojes
y el mismo aroma a despedida.

Será quizá que traigo como condena,
ya aburrido del viaje,
el mismo misterio al hombro
que me mira interrogante.