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De viento y de agua...
Brújula de palabras con un sur de mar y un norte de brisa.
Acerca de
Mandala.
Sindicación
 
Diván
Comenzada la hoja, ahoga el silencio.

Es complicado mirarse a veces bajo los pies, planeando el recorrido de un viaje hacia ninguna parte, a través de un globo, un tren, o un transporte cuántico. Sea como fuere, caminar por la propia palma nunca fue fácil.

Y así, una va dando tumbos por cada hueco de las teclas que martillean recordándome el disimulo del tic-tac de cada uno de mis pensamientos. Cómo se escapan, cómo se ofenden pero no dicen nada. Entonces a veces me planteo que bajo la boca sellada hay algo que mantiene las conversaciones que se han vetado en ella, y que las realiza, les da virtud.

Pero ahora quieren los labios abrirse, y desatar los zapatos, y abrir el espacio tras el espejo, y excavar en la tierra que encuentra mis brazos.

Sola. Nunca sola pero sola, al desnudo, que es el gran miedo.

Aquella vez lloré en la sala azul, en su centro, majestuosa en mi tristeza, reina pálida de lo perdido, niña-nube que amó algo con espinas e infierno. Las paredes habían colgado palabras e imágenes, transformada en collage la espera de alguien, la mentira con la que engañamos a la soledad. Palabras para domesticar nuestro pensamiento, para convencernos de que no hay nada que temer, que estar solo es una ilusión, un desierto de ilusión que más tarde traerá agua tibia. Más pronto.

No obstante, se embarraron los límites de mi estancia y resolví abandonar mi equipaje en aquella gruta que llamé lo más santo de lo santo, y dejé espacio para liberarme, soñada y vaciada, de una alfombra empapada de cenizas que desgasté.

Un dragón es un ser mágico y maldito, que padece la tristeza de vivir resignado a la soledad de los grandes, de los altamente conscientes de todo, de aquellos que vuelan, y, en su absoluta unicidad que los hace alejarse de todo cuanto vive corrientemente, echan fuego por la boca, provocado por su constreñida pena de ser dragón, de ser el último.

Y yo, que ni soy dragón, ni única ni última, conozco al dragón y a veces lo observo alejarse entre las colinas, disipadas por una bruma que me recuerda al mar.

Más tarde, todo vuelve a ser calma dentro de una caja de cartón con espacio para mirar y descubrir secretos. Un dibujo de una sombra chinesca, una huida espontánea a las 14:00, el rebatir en latín el comienzo de un concepto, la sal, el reflejo vítreo del sol... Todo tiene la insignificancia de quedar fuera de la existencia cotidiana. Todo deja de ser porque no se mira. No se mira, no se es, y ya no hay ojos ni hay mundo, ni todo, pero fuera de los límites, engarza todo armónicamente, y se construye una muralla, alta y circunspecta, que explica temas universales, pero que no logro entender.

Entonces escribir lo que no se comprende suele mostrar el inicio de un camino que me lleva, aunque no conozco el destino. Y se multiplican las palabras, por aquello de acompañar y sentir un aliento cálido que sonría y sin más confirme que hay algo que entiende lo que hilvana mi propio azar. Y elijo, fluyo, juego, discurro, y al final, ¡sorpresa!, suena una trompeta de filón escandinavo, y caigo derrotada por la alegría. Todo de repente tan nítido que duelen los ojos. Todo ya, y es casi insoportable.

Sí.

La espalda se ha vuelto de espaldas al mundo para sentir el peso de las monedas que se arrojan por caridad. Y, ay, no pesan. Y no las quiero. Prefiero el peso de aquella habitación azul, lo más santo de cuanto santo existe, y sus alfombras de ceniza que guardan la huella de mi figura.

Y soy, en medio de la nada, nada tonta que se ahoga entre palabras intentando explicar silencios baldíos, caracolas que no me traen sonido alguno, o el perdido sabor de la comida que cocino y que no me alimenta. Si hay ojeras, son invisibles al ojo inexperto. Sin embargo, hay humedad que se camufla con el sudor de las líneas de la mano y que gotea algunas noches y algunas mañanas. A veces el dolor no tiene nombre ni razón ni entusiasmo ni estación ni tú ni tú. No es cuestión de tener, sino de ser, y ser en ocasiones un picor de labios, un arañazo sutil, un movimiento gástrico, una angustia que se instala bajo la barbilla.

Sin nombre, sin nada, sin causa, sin motivo alguno más que no existe motivo para sentir dolor. Que cada día se descubre igual, en su misma proporción, y que es cierto que hay momentos en los que la vida se desnuda el hombro y me sonríe, y yo sonrío y los pies se elevan unos centímetros del sueño y la magia es volar cuando hay dos que se miran y hay algo más allá que mirar. Pero cuando esto se convierte en una lotería espasmódica y deja de sentirse su impresión, se saluda el día sin respiración, como quién conversa en el ascensor con el ascensor.

Y la angustia entierra su nombre, y únicamente se siente, entera, brutal en las legañas, en el espejo roto justo donde duele.

Inicia su andadura el pensamiento. Aquí y allá, sucinto, salvaje, renovado y con trajes grises. Si desgarramos su chaqueta, su pantalón, arrancamos su corbata, y le desprendemos de sus zapatos, ¿qué queda más que un desnudo pensamiento enclenque, macerado, de ayer? ¿O quizá hay algo más? ¿Un sentido? Un pensamiento simple y plano: uno está solo porque se abandona a la soledad, porque se distancia del tú, porque nada le une al otro, porque la diferencia alarga la distancia, y acabamos siendo todos distintos dragones dorados, incomunicados, con cara pálida indispuesta al amor. Y un solo-yo es falacia, crueldad auto infringida. Solo-yo, solo-tú, solos solos, tanto que cuando nos miramos únicamente encontramos un abismo transparente.