Divagaciones
Es extraño ese caminar balanceado que va cargando con el carro de la compra. Puede parecer puramente cotidiano y vulgar. Así lo definiría con una mirada constante a los adoquines, a ambos sentidos de la carretera, y el malhumor de los cruces cuando hay que apartarse de la acera.
Sin embargo, ¿cómo se hace para que los pies vayan caminando unos centímetros por encima del suelo y a la vez sentir cada pequeño espacio de la orografía urbana; cómo hacer para que la aparente carga se convierta en una maleta fiel compañera de viaje, cargada de tesoros literarios, de ideas y conceptos que se encuentran, se funden, y con el éxtasis creativo, estallan en orgasmos del placer de la palabra; cómo ir murmurando el recuerdo de una canción que parecer horadar el pecho, moviéndome por impulsos a medida que el corazón aumenta su galope; cómo hacer, cómo, para que, a pesar de cómo el suelo atrae a la vista, a los hombros y cubre de pesos, la mirada vaya encontrando laberintos y atajos para alcanzar la parte alta de los edificios, muros de gris que ocultan voces, mandos de televisión, duchas de agua templada, trapos de cocina, y más de un "tú", en mayúsculas, esperando un abrazo, un leve gesto de sonrisa, el sencillo conocimiento de lo imprescindible. Y, y por qué no, lo imperdible.
En lo alto de los ojos parece orbitar otro mundo. Entre antenas y cables parece esconderse un misterio, un señor de capa negra que observa el mundo moverse y escaparse a veces de la monotonía, como cuando una rayuela pinta el suelo y hay más risas que automatismos. Allí arriba, las emborronadas nubes parecen acuarelas que decoran nuestra frente. Y ocurre como cuando inventaba el mundo al revés al tumbarme sobre la cama y mirar el techo: construía un suelo del que partía una lámpara que desafiaba la gravedad, y la librería se colgaba del techo, y mi forma particular de esparcir los objetos de escritorio era como si hubiera usado pegamento para adherirlos a una mesa flotante. Todo era tan nuevo siendo lo mismo. Aún ahora me sorprende imaginar ese mundo. En él puedo encontrar no sólo vestidos con una sorprendente rigidez, sino recuerdos u olores que siguen habitando en este mundo, posibilidades, encuentros, autores de literatura, pintores que cubren mis paredes y mis techos, ocultando las baldosas, camuflando el mobiliario, dibujando mis ojos, enfatizando las expresiones y permitiendo que la voz no tenga que aparecer y decir lo que siente, porque los ojos saben resumir de forma más auténtica el discurso sin curso del pensamiento. Éste corre tras ese señor de la capa de las azoteas, mientras mi voz tararea palabras en idiomas inventados.
Tal vez, sé que es posible, alguien oíga la cancioncilla serena -entrecortada con la carrera al supermercado, con los pequeños saltos y el alejamiento momentáneo del suelo hacia el sueño-. Quizá allá en lo alto el señor de la capa negra, un gato oscuro en el tejado, la luna que asoma la sonrisa entre el balcón, o esa melancolía que, tumbada en el sofá, espera que llueva un poco más.
Comentario:
Sí, yo opino lo mismo.
Comentario:
Es difícil adivinar el motivo, el porque, la razón que nos permite dibujar huellas sobre un asfalto recio…duro…aun cuando nuestros pies se resisten a sentir el tacto costráceo del suelo.
Es complicado adentrarse en esos mecanismos que nos dejar eludir la regla del nueve para justificar porque las miradas se buscan , solo, para encontrar un mar palpitante de angustias ajenas/conocidas en esas otras miradas que también buscan… ¿Qué?
No se quien o que estará arriba ordenando un caos de tejas que deja goteras en los cuerpos ávidos de respuestas…no se si la capa será negra o blanca …total el color es lo de menos…siempre que encuentre un sitio a su lado desde el que entender el sentido que obliga a ser hormiga entre los rebaños.
- el señor es generoso y siempre compra una bolsa de palomitas extra por si alguien se acerca a escuchar como las siete vidas de los gatos seducen la calida entrega de las chimeneas-
Aquí aun llueve…ya era necesario…llueven “tu_es” en mayúsculas, llueven entradas a laberintos, llueven prefijos y sufijos de móviles –inmóviles que nadie conoce, llueven perdidos imperdibles, llueven múltiplos tímidos que se ocultan de la rigidez de las matemáticas…y todos…habitantes de los tejados, hormigas, humanos que no lo son tanto…corren a refugiarse bien bajo tu antigua hojarasca…bien bajo el norte/sur de tus divagaciones.
(Siempre es un lujo leerte)
Javier.
Es complicado adentrarse en esos mecanismos que nos dejar eludir la regla del nueve para justificar porque las miradas se buscan , solo, para encontrar un mar palpitante de angustias ajenas/conocidas en esas otras miradas que también buscan… ¿Qué?
No se quien o que estará arriba ordenando un caos de tejas que deja goteras en los cuerpos ávidos de respuestas…no se si la capa será negra o blanca …total el color es lo de menos…siempre que encuentre un sitio a su lado desde el que entender el sentido que obliga a ser hormiga entre los rebaños.
- el señor es generoso y siempre compra una bolsa de palomitas extra por si alguien se acerca a escuchar como las siete vidas de los gatos seducen la calida entrega de las chimeneas-
Aquí aun llueve…ya era necesario…llueven “tu_es” en mayúsculas, llueven entradas a laberintos, llueven prefijos y sufijos de móviles –inmóviles que nadie conoce, llueven perdidos imperdibles, llueven múltiplos tímidos que se ocultan de la rigidez de las matemáticas…y todos…habitantes de los tejados, hormigas, humanos que no lo son tanto…corren a refugiarse bien bajo tu antigua hojarasca…bien bajo el norte/sur de tus divagaciones.
(Siempre es un lujo leerte)
Javier.





