Escaparate
Hace frío ya desde tan temprano. Solitarias sombras matinales corriendo al hormiguero mientras el pensamiento, como murciélagos que dejan de hibernar, se escapa por todos los huecos.
Y entonces vagabundea por cada centímetro de polvo y chasquido equivocado del tacón. La mirada al escaparate devuelve una imagen que prefiero que penetre en la oscuridad de la trastienda. La mirada se ausenta, a veces, de la sensación de la mañana en los ojos recién nuevos, en las manos que comienzan a paralizar la circulación -¿símbolo de ausencias o soledades propias y ajenas?-, cuello libre y despejado, helado y desconsolado.
Una angustia, un sofoco, cuando las ideas cerradas y tan herméticas como lo monótono, lo alienado, lo que no es mío, se apropia de mi vida y de mi tiempo. Luego los pies con alas acechan con los ojos abiertos, algo tímidos, susurrantes. Quién sabe si mienten cuando dicen que esperan, y que su espera cosechará otros días y un jardín de tomates, orquídeas y pergaminos con sello de labios.
Y suena en pleno centro, en la ciudad profunda, una fuga directa y mortal que invita a desasirse de lo dado, a cuestionar todo lo que percibe el ojo y el alma, a desprenderse de trajes impuestos y normas casi cartografiadas en el genoma. Temblor de rabia y ¡zas!, las piernas vuelan en escape, en laberintos (siempre serán laberintos, casi lo sé) de libros sin final, de colores expresados, de parajes y civilizaciones, espacios de silencio, de vela y timbales, de lluvia, de descanso de...
Y sin embargo, ¡zas! Se vuelve al escaparate y me muestra de nuevo el producto social y esperado, y apenas entre los reflejos incoloros se intuye un pum pum, mi corazón, sólo el ritmo inconstante de los pasos que llevan a... Hoy, a ninguna parte.

Y entonces vagabundea por cada centímetro de polvo y chasquido equivocado del tacón. La mirada al escaparate devuelve una imagen que prefiero que penetre en la oscuridad de la trastienda. La mirada se ausenta, a veces, de la sensación de la mañana en los ojos recién nuevos, en las manos que comienzan a paralizar la circulación -¿símbolo de ausencias o soledades propias y ajenas?-, cuello libre y despejado, helado y desconsolado.
Una angustia, un sofoco, cuando las ideas cerradas y tan herméticas como lo monótono, lo alienado, lo que no es mío, se apropia de mi vida y de mi tiempo. Luego los pies con alas acechan con los ojos abiertos, algo tímidos, susurrantes. Quién sabe si mienten cuando dicen que esperan, y que su espera cosechará otros días y un jardín de tomates, orquídeas y pergaminos con sello de labios.
Y suena en pleno centro, en la ciudad profunda, una fuga directa y mortal que invita a desasirse de lo dado, a cuestionar todo lo que percibe el ojo y el alma, a desprenderse de trajes impuestos y normas casi cartografiadas en el genoma. Temblor de rabia y ¡zas!, las piernas vuelan en escape, en laberintos (siempre serán laberintos, casi lo sé) de libros sin final, de colores expresados, de parajes y civilizaciones, espacios de silencio, de vela y timbales, de lluvia, de descanso de...
Y sin embargo, ¡zas! Se vuelve al escaparate y me muestra de nuevo el producto social y esperado, y apenas entre los reflejos incoloros se intuye un pum pum, mi corazón, sólo el ritmo inconstante de los pasos que llevan a... Hoy, a ninguna parte.

Comentario:
Siempre son laberintos.
Tras el primero hay un segundo, tras el segundo un tercero y así hasta que se agota el hilo de la rueca o la credibilidad de la tabla de los números primos.
Siempre son laberintos que no respetan el senil oráculo de la prueba del nueve, que no saben ni tan siquiera cuando es el cumpleaños de Ariadna, que no se preocupan de indicarnos, aunque sea en minúsculas o con un cómplice guiño, donde se encuentra oculta la salida, si es que hay salida, o la entrada (cómica, indiscreta) en la que nunca nos devolverán el importe de esta desfigurada atracción que en ocasiones es la ¿vida?
Y los pasos… ¿llevan? ¿Llegan?...que mas da, a ninguna parte puede ser un destino ideal.
Javier
Tras el primero hay un segundo, tras el segundo un tercero y así hasta que se agota el hilo de la rueca o la credibilidad de la tabla de los números primos.
Siempre son laberintos que no respetan el senil oráculo de la prueba del nueve, que no saben ni tan siquiera cuando es el cumpleaños de Ariadna, que no se preocupan de indicarnos, aunque sea en minúsculas o con un cómplice guiño, donde se encuentra oculta la salida, si es que hay salida, o la entrada (cómica, indiscreta) en la que nunca nos devolverán el importe de esta desfigurada atracción que en ocasiones es la ¿vida?
Y los pasos… ¿llevan? ¿Llegan?...que mas da, a ninguna parte puede ser un destino ideal.
Javier