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De viento y de agua...
Brújula de palabras con un sur de mar y un norte de brisa.
Acerca de
Mandala.
Sindicación
 
Muros
Un murmullo constante, el motor del ordenador que muestra su actividad, forma la banda sonora de este momento. Siento un sopor pesado en los párpados que casi me hace caer de la silla, cerrar los ojos y pensar en cuevas resguardadas, en mantas protectoras, en inmovilidad racio-emocional.

Entiendo la variabilidad de los estados de ánimo, no obstante parece gustarme la inmersión en el cielo o en el infierno en este camino poco labrado. Ahora, de repente, plegando las alas, me siento a esperar que la noche se cierna sobre mis sienes.

Un recuerdo, de aquellos tan vagos que vuelven transformados, construidos bajo cimientos mixtos de aquí, de allá, me va enredando en una música onírica, en la que la realidad es tan relativa y fantástica que parece formada por vaporosas telas de satén y la vida esté fuera de una mosquitera que funciona como lente.

Así, en este instante que ya se soltó, vi mis mismos reflejos aquí y allá, pero mejorados, en ella, en ellas, en alguien. Y me pregunto por qué esta mañana he caminado por estas calles, que sentía como propias, con la cabeza alta, ojos fijos a otras miradas, mano en el bolsillo y un poco de rojo en los labios. A quién engaño portando este abrigo, a quién engaño si digo "yo". Si acaso no sé quién soy, y se me olvida el valor que tiene una lágrima de mi agua, y cómo la envisto con mis dedos, con qué dureza.

Y ayer, sabio fuiste, mi querido M, sincero como el hielo, y con la sonrisa de un abrazo. Que soy distante, que marco tu lugar y mi lugar de forma rígida a veces, otras veces me acerco para, cuando tú oses adelantar un milímetro más de lo permitido, romper con unas palabras y un gesto frío cualquier intento de serme cercano. Sonrío. Pero mis manos siguen sobre mis muslos, y me siento tensa, incomodada. Tienes razón, M... Y mi actitud sigue con la misma tendencia. Acepto, explico, sonrío y me enrojezco. La tetería es oscura, pero aún así me dices que estoy distinta, tal vez el pelo. Nunca es lo mismo. Pero en este tiempo sigo estando yo aquí y tú ahí, ante un muro, de sonrisas pero muro.

Y sí, no tengo miedo de mirar a los ojos, fijamente, jugar con ellos, escribir historias con ellos para que las lean, sonreír y que mis expresiones varíen y entretengan, más cuanto mayor sea la intimidad. Pero siempre soy yo, tan lejana. Tan lejana.

Me pregunto si la violinista, si la pianista, si el samurai, si el soñador, siente lo mismo: un hálito al menos de espacio que separa mi respiración de la suya, una distancia en mi rictus serio, o en mi sonrisa pícara, da igual. Mentira, actriz que evade, que juega a que se pierde por otros caminos por puro afán lúdico. Mentira. Evasión porque cuanto más cerca, más duele el miedo.

Tecleando letras, siento calor en mis ojos. Luego olvidaré este tiempo de rumor de motor, y tal vez el silencio me deje una paz más auténtica.

M, estás en lo cierto. Aunque nunca fuimos, si alguna vez hubiéramos sido, todo seguiría igual. A quién me doy, a quién me quito. A quién le merece la pena tratar con mi espacio, un metro y medio a mi centro: a mi mundo, a las palabras que escribo mientras paseo, a las imágenes que construyo en el viento en autobuses y sueños, al suave temblor de caderas cuando la música me invade invisiblemente por la calle y nadie adivina que bailo mi particular danza del vientre, a los ojos que cierro durante un segundo porque en ese momento, breve, fugaz y fugitivo, hay algo que me invade y recorre todo mi ser.

Pero todo es tan lejano si es sólo mío, si me convierto en albañil de mis distancias ante ti y ante mí, si no conoces nada porque soy silenciosa, muy silenciosa. Porque mis oídos siempre fueron salvadores, y ahora mis silencios también me salvan, pero así no me conoces, en realidad nunca me conocerás. Seré un misterio, sí, pero nada espectacular, simplemente algo secreto que te sitúa allá, que te obliga a adivinar, que te obliga a hablar conmigo de ti, mientras se cuelan trazas que se desprenden, que me abandonan.

Y mientras, pienso en todas aquellas sonrisas que dicen más que mis sonrisas, en aquellos ojos que aman con la mirada mientras los míos mienten a veces cuando miran tan de frente, en la magia que se crea en un "ahora" con una propuesta de juego, en una travesura, en hoy vamos a probar y al final llegamos a Japón… Y después nos encontraremos en la eterna soledad de cada uno, un "Lost in traslation" menos triste, palpitante, probando a vivir, a arriesgar.

Y después de estos segundos de imaginación, caer en la cuenta de que estoy aquí, y que hay algo que agarra, una ausencia, la que crea el muro, quizá la que lo destruya.

Y tal vez Ítaca, tal vez sin espada, con ojos más ciertos, con voz...
 
Comentario:
Yo creo que al menos el samurai no siente eso. No, creo que él no. ¿Qué clase de samurai se dejaría parar por un muro?

Besitos
No