En algún lugar de la montaña
Enredado en partículas de oxígeno, crea el sonido la cadencia más cercana al tacto.
Parece una parcela aparte, un rincón soberano de luces y sombras de colores, aromas aéreos y pinceles de bambú.
Aquella isla que sirve de abrigo, donde los sueños más íntimos e irreales cobran parte de verdad, donde la imaginación es sólida y fundamentada y donde descansa la razón de vivir.
Fuera de este lugar, desaparecen los arbustos y la tierra devora cada porción de belleza. Un metal oxidado y las nubes de llovizna tan melancólicamente tenue confían al pensamiento los velos más grises.
Dónde aquel jardín de recuerdos y construcciones, dónde poder desbaratar la elección de laberintos y dónde encontrar reposo para los pies cansados.
Me libro de los caracoles más cerrados, casi abandonando con la distancia todo aquello que no resuena a limpio y vivo. Cierro los ojos mientras algo triste se va, y algo triste regresa aunque vuelva a la isla, aunque sea isla, gota de agua, sed o nada.
Y siempre los ojos puestos, y siempre un pie en retraso. Pero aquel lugar en la montaña logra arrancar aliento vivificador y me recuerda que pese a todas las fotografías inmóviles y los desgastes de las palabras, existe algo en aquel lugar que conserva una parte de mí, que conservo en un misterio de la garganta, que se encuentra conmigo algunas noches mientras duermo o viajo hacia allá, muy cerca... Y sólo entonces soy.
Parece una parcela aparte, un rincón soberano de luces y sombras de colores, aromas aéreos y pinceles de bambú.
Aquella isla que sirve de abrigo, donde los sueños más íntimos e irreales cobran parte de verdad, donde la imaginación es sólida y fundamentada y donde descansa la razón de vivir.
Fuera de este lugar, desaparecen los arbustos y la tierra devora cada porción de belleza. Un metal oxidado y las nubes de llovizna tan melancólicamente tenue confían al pensamiento los velos más grises.
Dónde aquel jardín de recuerdos y construcciones, dónde poder desbaratar la elección de laberintos y dónde encontrar reposo para los pies cansados.
Me libro de los caracoles más cerrados, casi abandonando con la distancia todo aquello que no resuena a limpio y vivo. Cierro los ojos mientras algo triste se va, y algo triste regresa aunque vuelva a la isla, aunque sea isla, gota de agua, sed o nada.
Y siempre los ojos puestos, y siempre un pie en retraso. Pero aquel lugar en la montaña logra arrancar aliento vivificador y me recuerda que pese a todas las fotografías inmóviles y los desgastes de las palabras, existe algo en aquel lugar que conserva una parte de mí, que conservo en un misterio de la garganta, que se encuentra conmigo algunas noches mientras duermo o viajo hacia allá, muy cerca... Y sólo entonces soy.

Comentario:
Será que cada uno tenemos nuestra Ítaca. ¿Será la misma Ítaca? :)





