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Dexter, sin pelos en la lengua
Cosas de mi vida ; ¡más breve imposible!
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He odiado, odio y odiaré siempre las descripciones personales. Así que me abstengo a hacerlo. Disculpa las molestias.
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Otro más que se adentra en mi cabeza

Los días se me han pasado volando, no puedo creer que ya sea jueves. Y mañana viernes, de vuelta el fin de semana. Seguramente saldré de marcha o por lo menos ganas no me faltan. Parece ser que soy un chico muy marchoso, no me va eso de estar encerrado en casa, tengo como una especie de claustrofobia leve. A propósito de encerramientos, ayer conocí a un chico, llamado Agoney (la verdad es que estaba buscando el momento adecuado para escribir sobre él). A él le gusta eso de estar en casa, no le gusta mucho las marchas, es un chico casero, como se suele decir. A sus 22 años sólo ha pisado : el Miau, la Floridita y la Wilson. Cuando me lo dijo, casi no me lo podía creer. Aunque, bueno, ¿y eso es malo? Malo, digo yo que no es, pero raro, raro sí...O igual somos nosotros los raros : Entrar en un local que no conoces de nada, con dos copas de más (la mayoría de los casos), con mucha gente que no conoces, la música a tope, todos reunidos, meneando el esqueleto, cantando, saltando, gritando... Pues mira, hasta suena divertido con sólo escribirlo. Y es que para gustos, los colores.

Yo estaba chateando por el Chueca, para no variar y matar mi aburrimiento, a pesar de que ya en sí mismo, el chat me aburría. Es decir, me aburría y entraba en el chat para intentar pasar el rato pero me aburría más. ¡Qué dilema! ... Su nick era tal cual su nombre y después de hacernos las típicas preguntas : ¿cómo estás? ¿de dónde eres? ¿de qué zona? ¿qué edad tienes? ¿cómo eres? ¿a qué te dedicas? ; fue cuando nos dimos cuenta que había buen feeling o rollito o química o lo que sea entre nosotros. No me hizo falta tiempo ni una fotografía suya para darle mi número de teléfono (cosa que solía exigir con anterioridad). Esa misma noche quedamos en el Monopol (él tenía una cena, pero le dejaron plantado), allí estaba, sentado en las escaleras de la biblioteca. Le reconocí fácilmante, ya que era el único sentado. Me acerqué, le apunté con el dedo y dije : ¿eres Agoney, verdad? Más le valía decir que sí, que sino, me hubiese muerto de la vergüenza. Era más bajo que yo, unos 170 centímetros, tenía el pelo corto con mechas rubias (la verdad que el pelo me disgustó un poquillo), de cuerpo algo marcadito y unos brazos para comérselos que enseñaba con su camiseta sin mangas. Hay que decir que me gustó, era guapito de cara y tenía los ojos verdes. Ahora sólo falta verle en pelota picada para analizar al 100% su físico. Caminamos por los alrededores del Monopol, pasamos por Triana y las calles transversales, nos sentamos en un banco, sin dejar de hablar... Su voz, muy bonita, tiene mucha conversación (cosa que me encanta) y tiene risa de pillo.

No podíamos estar mucho tiempo, él trabajaba y yo tenía clases. Así que nos despedimos (como siempre las despedidas, frías y tristes; no las soporto), ya quedamos otro día y si me conecto te aviso, me dice ya alejándose. Me monto en el coche y en el trayecto pienso en él : ¿cómo le habré caído? ¿le habré gustado? ¿qué intenciones tiene para conmigo? ¿volveremos a quedar? Me rallo, una y otra vez, porque no quiero que me pase como otras veces (medio me enamoro a primera vista por gustarme físicamente y por la simpatía que me ofrecen) y no quiero estar pensando constántemente en él, ansiando que me mande un sms o algo por el estilo. Intento distraerme leyendo, escuchando música, dando un paseo ; pero estar solo, precisamente no es la mejor manera.

Y aquí sigo, en plan pesimista. A las 15:00 salía de currar y tenía tiempo libre hasta las 19:00 que tenía una reunión. Mi móvil sin recibir ningún sms. Tengo ganas de que me de señal de vida y miento cuando digo que no voy a estar comiéndome el coco por él.
No