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diario de barra
La vida desde detrás de una barra de bar
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Diferencias entre los bares de cine y los bares de verdad
¿Habéis visto Cocktail o El Bar Coyote? ¿No os han entrado ganas de poneros detrás de una barra y empezar a hacer malabares con botellas mientras todo el mundo corea vuestro nombre? ¡Pues adelante! Eso sí, si aguantáis más de dos días en el trabajo dejadme un mensaje aunque sólo sea para darme envidia.

En la realidad, los bares no se parecen nada a los que vemos en el cine, en gran parte por motivos obvios. Ponéos en situación: ¿Cómo reaccionarías si vuestro nuevo camarero comenzara a lanzar por los aires las botellas más caras del bar y tardara unos 15 minutos en servir cada copa? ¿Cuánto tardaríais en despedirle sabiendo que, en la vida real, las botellas se caen y se rompen? Poco, pero aún tardaríais menos si vuestras camareras se dedicaran a vaciar botellas de licor caro sobre la barra de madera y luego le prendieran fuego entre coreografías y bailecitos.

Otra diferencia entre el cine y la realidad: en el cine, un borracho habla el dialecto de los borrachos de cine y suelta frasecitas que suenan algo así:

-Berdone señodita, ¿shedía usded dan abable de indigarme donde esdá la shica que me agombañaba?

En la realidad, a un borracho que se ha bebido botella y media de whiskey se le entiende menos que a Hulk diciendo trabalenguas mientras come polvorones. Esperar que articule una frase como esa es como esperar que un Teletubbie le de una paliza a Mike Tyson.

Una diferencia entre cine y vida real que suele decepcionar a los clientes es que,en la realidad, los camareros y las camareras no suelen ser modelos dignos de aparecer en los catálogos de Calvin Klein. A ver, ¿alguien me puede decir qué hace una chica con cuerpo de infarto sirviendo copas a un hatajo de borrachos por un sueldo de miseria? ¿Alguien cree que un tipo con cuerpo de maniquí pasa horas y más horas en el gimnasio sólo para que lo vean las Marujas?

Uno acaba llegando a la conclusión de que los guionistas no se inspiran haciendo un estudio de campo de la hostelería, sino vaciando varias botellas gon la eshgusa de gue van a hasher una bedíguda.
 
Novato
Teóricamente, hoy debía ser un camarero con carnet de conducir. Y digo "debía" porque he suspendido el examen práctico. Con gran estilo, eso sí, pero he suspendido. Además, he conocido un tipo de personaje aún peor que las Marujas: los examinadores de Tráfico.

Igual que los camareros, un examinador no suele llegar a serlo por vocación. ¿Quién decide un día que quiere pasar la vida suspendiendo a entre 15 y 20 personas cada mañana y oyéndolas murmurar entre dientes "mecagontusmuertospisaos"? Para hacer estas cosas, uno necesita una buena carga de sadomasoquismo. Si no, no se entiende.

El caso es que he suspendido por méritos propios. La pierna izquierda me temblaba lo bastante como para haber podido medir la vibración con un sismógrafo, y sin embrague no es muy fácil conducir. Ya sabía yo que no era muy buena idea tratar de calmarse tomando medio litro de café, más o menos. Sólo me faltaba redondearlo con una garrafa de Whiskey.

Además, la situación tampoco invitaba a la calma: llegas con el coche de tu autocole a una calle llena de gente histérica a punto de examinarse y de pronto se te acerca una mujer mezcla de la presentadora de "El rival más débil" + Maruja Torres + la bruja mala de Blancanieves + un taxista de los más castizos, te hace subirte al coche y te empieza a dar órdenes en un tono de esos que hacen que te pongas tan nervioso que yo creo que sube a hacer el examen el coche fantástico y se lía con las marchas.

El motivo de mi suspenso ha sido saltarme una señal de "Prohibido autoescuelas". En realidad, la señal apenas se ve, porque queda frente a una pared blanca llena de colorines, pero lo único que cuenta es que no la he respetado y claro, como un examinador ve un cartel que pone "Beba Coca-Cola" y bebe Coca-Cola porque se lo mandan, la examinadora ha tomado una notita con cara de sádica en el informe y ya no ha anotado nada más. En serio que yo creo que a esta gente no la eligen mediante pruebas: la eligen por cásting de entre los peores elementos de las cuevas del sado.

En fin, que sigo siendo peatón. Y a mucha honra. Ah, y las Marujas van a tener que refinar sus técnicas para superar a este nuevo ser monstruoso.

Para los que os veais en el mismo trance y estéis acudiendo a la autoescuela, un enlace realmente útil: Tests teóricos para delincuentes.
 
¿El servicio, por favor?
En todos los bares hay lavabos. Generalmente se limitan a un cuartucho minúsculo dividido en otros dos cuartuchos, diminutos y alicatados hasta el techo, que tienen colgados en la puerta el consabido cartelito con una silueta de hombre o de mujer, según corresponda (¿Cobrará derechos de autor el tipo que diseñó las siluetas del caballero con bastón y sombrero de copa y la dama con vestido de época? Si cobra, Bill Gates a su lado debe parecer un vagabundo.)

En general, los servicios de un bar corriente no tienen mucho interés: inodoro, lavabo, jabonera recargable sin jabón, pastilla de jabón hedionda para suplir la jabonera, secamanos averiado, toalla mugrienta para resolver el problema del secamanos y poca cosa más.

Los lavabos realmente apasionantes son los de los bares musicales, y de ellos tratará este artículo.

La situación es la siguiente: estás pasando una noche de muerte en un bar musical cuando de pronto sientes ganas de ir al baño. Como no parece buena idea pasar el resto de la velada con las piernas cruzadas y sudando frente a tus amigos y, lo que es peor, de tus amigas, uno suele excusarse e ir al lavabo a toda prisa. Y aquí empieza el espectáculo.

Para empezar, en el lavabo siempre hay una cola interminable. Parece que la haya montado el dueño del bar con figurantes para que cuando llegues a la puerta estés tan apurado que te sientas capaz de utilizar la letrina más nauseabunda. Y de hecho, en cuanto el avance de la cola te lleva hasta la puerta, sueles darte cuenta de que la letrina más nauseabunda del cuartel más sucio del mundo no tiene nada que envidiarle a lo que te vas a encontrar, a juzgar por el olor que se percibe ya a diez metros de la puerta.

Al llegar a la entrada de los lavabos, llega el primer dilema. Aparentemente, los dueños de bares musicales no han visto nunca los cartelitos del señor del bastón y la señora de época y han decidido obsequiar con un pequeño pasatiempo a sus clientes. ¿En qué lavabo entras? ¿En el que tiene un "+" en la puerta o en el que tiene una "X"? ¿En el que tiene un cartelito con una escoba o en el de la fregona? Son momentos en los que no puedes dejar de pensar que deberías haber prestado más atención cuando te explicaban las metáforas en clase.

Finalmente, y aplicando el afamado método de abrir la puerta que tienes más a mano con la esperanza de acertar con los servicios de hombres, encuentras tu lavabo. Los lavabos de los bares musicales suelen ser más espaciosos, pero el inventario de su contenido es parecido al de los bares de barrio: tres urinarios que permiten una estancia brevísima en el epicentro del hedor que notabas a diez metros de la puerta, un lavamanos, una jabonera sin jabón (y sin pastilla de jabón hedionda), un secamanos averiado (sin toalla mugrienta) y tres cabinas con inodoros para los más valientes, con la puerta serrada por arriba y por abajo de manera que a la madera le queden un par de palmos de apertura antes de llegar al marco. Muy íntimo, sí señor.

Si te toca usar los inodoros, la aventura continúa. Para empezar, en cuanto entras, echas de menos tus botas de agua, porque el suelo siempre está cubierto de una espesa capa de agua mezclada con algo que prefieres no saber qué es y que, aparentemente, está vivo, porque también impregna la superficie del inodoro casi por completo. Lamentablemente, no hay duda de qué es lo que cubre el asiento, así que si la necesidad aprieta, uno acaba vaciando el rollo de papel higiénico (o lo poco que queda de él) y limpiando tan bien como puede el plástico (tanto diseño en los cartelitos y, al final, los asientos de los lavabos siempre son de plástico cutre).

Al final de la operación, el resultado siempre es el mismo: el contacto con el maldito plástico sigue pareciendo repugnante, así que toca iniciar maniobras avanzadas. En primer lugar, no se puede hacer como en casa y bajarse los pantalones con normalidad, porque el caldo de cultivo que recubre el suelo nos los pondría perdidos, así que uno se ve obligado a bajarlos solamente hasta las rodillas. A continuación, la vista busca el pestillo de la puerta. ¿Pestillo? ¿Qué pestillo? Toca sostener la puerta con el pie y en cuanto apoyamos el pie en la madera comprobamos con horror que la puerta se abre hacia afuera. ¡Pues nada, hombre! ¡Se pasa el pie por debajo de la apertura inferior de la puerta, se tira de ella hacia dentro y listos!

Hecho todo esto, llega el momento de acuclillarse, una postura nada fácil de adoptar si no te puedes sentar en el inodoro, así que flexionas los brazos, te apoyas en las paredes y ¡Tachán! ¡Has completado la postura de Karate Kid dentro del retrete! (Con los pantalones bajados, eso sí, pero nadie es perfecto). ¡Miyagi estaría orgulloso de ti, campeón!

Sin embargo, el peor de los problemas aún está por llegar. El peor de los problemas se presenta cuando al acabar recuerdas con qué has limpiado el asiento del inodoro y descubres que en los bolsillos sólo llevas un envoltorio de chicle.
 
Inauguración
Los camareros rara vez llegan a serlo por vocación. ¿Alguna vez le habéis preguntado a un niño qué quiere ser de mayor y os ha contestado que quiere ser camarero? No, ¿verdad? Los niños son sabios. Y es que un camarero es una mezcla rara de chico de los recados, barrendero, psicólogo, ama de llaves, confesor... Una especie de bragafajasosténboina de la hostelería, vamos.

Yo soy camarero en un bar relativamente grande de una ciudad relativamente grande y, por una vez, voy a contar historias en vez de escucharlas. Supongo que es una especie de venganza por las insoportables peroratas de borracho que, noche sí y noche también, me toca aguantar como un campeón parapetado tras la barra.

Trabajo en el turno de tarde. Es el turno más largo del local, pero también el más agradecido porque apenas ves a esos seres monstruosos que atormentan a los camareros del turno de mañana: las Marujas.

A primera vista, una Maruja no parece muy amenazadora, pero son la peor pesadilla de un camarero. Alguien capaz de pedir un café con leche en vaso alto con la leche ni muy caliente ni muy fría y desnatada, el café descafeinado de máquina, un sobre de azúcar y otro de sacarina y una cucharilla sin grabados, porque le dan asco, no suele ganarse las simpatías del gremio. Además, hacen sus pedidos de manera que el camarero tenga que hacer el mayor recorrido posible.

Un servicio a una Maruja de primera clase suele ser más o menos como sigue:

-Nene (por alguna causa desconocida, una Maruja te llama "nene" aunque tengas más canas que el Yeti), uncortadodescafeinadodesobreconlalechedesnatadaymuycalienteconsacarina, ah, yconlacucharillasingrabadoquelasdegrabadomedanmuchocoraje (en serio, lo dicen así, todo junto, supongo que después de tantos años pidiendo lo mismo han interiorizado el mensaje hasta el punto de recitarlo sin respirar).

Visita a la barra para preparar el cortado Supreme Royal de la señora y vuelta a la mesa con su cortadito artesanal.

-Nene, la leche está fría, caliéntamela (dicho siempre en un tono del que se deduce que hubiera sido más fácil que hubiese acabado la frase con un "gusano apestoso" que con un "por favor").

Vuelta a la barra y vuelta a la mesa.

-Nene, ¡está ardiendo! Échame leche fría.

¡Hop! ¡A la barra otra vez!

-Nene, un croissant.

Típica estrategia de Maruja: agotando al adversario. No desfallezcas. Barra y mesa de nuevo.

-Nene, este está muy blanco, ¿no los tienes más tostaditos?

Siempre hay uno más tostadito, así que de vuelta a la barra pensando que si es cierto que lo que se come se cría, con un poco de suerte le saldrán un buen par de cuernos.

-Nene, un cuchillo, que es muy grande y lo voy a partir.

Aléjate de los cuchillos afilados que te pierdes. Mueble de los cubiertos y mesa de nuevo.

-Nene, trae mermelada, que está muy seco. ¿Seguro que es de hoy?

Cicuta. Con tantos sabores como hay, ¿por qué no habrán inventado la mermelada de cicuta?

-Nene, la cuenta.

Aquí, generalmente, te pagan un desayuno de un euro y medio con un billete de 50 como mínimo, y te ponen cara de "dime algo si tiés lo que tiés que tener". Y claro, como no tiés lo que tiés que tener, a callar y a darle su cambio, aún cuando eres consciente de que en cuanto se vaya el ogro te va a tocar ir al banco a por monedas. Otro viajecito más a cuenta de la Maruja de las narices.

-Uy, qué caro, ¿seguro que me lo has contado bien? ¡Mira que era un cortado y un croissant, no un chuletón! (La puntilla. Si consigues ponerle buena cara después de escuchar esto, ¡enhorabuena, eres un camarero del turno de mañana completamente formado!)

El caso es que no elegí el turno de tarde porque tratar a una Maruja pueda llegar a ser exasperante. Lo elegí porque suelen venir en grupos de cuatro.