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La vida desde detrás de una barra de bar
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Septiembre, dulce septiembre
El mes de agosto se acaba y con septiembre llegan algunos de mis momentos preferidos.

El primero de esos momentos son las vacaciones, momento que me ofrece la oportunidad de vengarme de todos los clientes graciosillos que se despiden el 1 de agosto al grito de:

-¿Y tú qué? ¿A currar en agosto? ¡Qué bien vives, con el aire acondicionado a toda máquina trabaja cualquiera!

También agradezco el momento en el que por la radio comienzan a sonar canciones normales y se acaba la cancioncita del verano de las narices. Este año, al menos, la cosa ha sido curiosa. El bombazo del verano, el dragostea din tei, ha dado la oportunidad de ver a la gente improvisando letras para poder cantarla. Un ejemplo, en negrita pongo el original y debajo cómo la he escuchado cantada por gente de aquí:

Vrei sa pleci dar nu ma nu ma iei

Deisi, deisi, duba duba uey (ya no vamos muy bien)

Nu ma nu ma iei nu ma nu ma nu ma iei.

duba duba uey, duba duba duba uey (el original no está muy currado, pero la versión parece un eco)

Chipul tau si dragostea din tei

Baby, baby, duba duba uey (¡insistimos! Si la letra así nos funciona, ¿para qué cambiar?)

Mi-amintesc de ochii tai.

Na mi nei ni noi ni no na (los teletubbies estarían orgullosos de nosotros)

El caso es que todos los años pasa lo mismo. Al llegar el 15 de junio escuchas la dichosa cancioncita y piensas: "Uf, qué asco de canción". Sin embargo, después de un par de meses escuchándola en los anuncios, en los radiocassettes de los coches, en las discotecas, en la radio, en los bares musicales, como melodía del 80% de los móviles, en la tele a todas horas y en la calle porque todo el mundo la tararea, acabas sorprendiéndote a ti mismo cantando un día por lo bajini "duba duba uey, duba duba duba uey" y pensando en el asco que te puedes llegar a dar a ratos.

Afortunadamente, el 1 de septiembre, por algún motivo paranormal, todo el mundo da por acabado el verano y la canción del verano cae fulminada como si nunca hubiera existido.

Por último, con el mes de septiembre llegan los fascículos. A decenas. A cientos. A miles. Al final tienes que escarbar entre fascículos de muñecas, relojes, películas, discos y elefantes con estampados para poder comprar el periódico. ¿Alguien los compra? Los que me parecen más graciosos, sinceramente, son los del tipo:

¡Construye tu propia Torre Eiffel en casa! Con el primer fascículo, de regalo, el primer tornillo, por sólo 3 €

¿Para qué quiere uno comprar 5000 fascículos sobre la Torre Eiffel y gastarse una millonada para construir una porquería que puedes comprar en la tienda por 20 €? Es Uno de tantos misterios de la raza humana. Seguiremos investigando.

Si vais a comprar los fascículos, al menos entrenad primero con el enlace de hoy: un puzzle nuevo cada día!
 
Los sin nombre
Entre los clientes del bar hay un tipo de pelo largo y muy negro, barba desaliñada y gafas de psicópata, con una mirada que ya quisiera tener Hannibal Lecter. Cuando entra él, todo el mundo calla y tiembla. Es el dentista del barrio.

Los dentistas me dan pánico, y no me avergüenza decirlo, porque la consulta de un dentista es una especie de mazmorra sadomasoquista. Por desgracia, a veces el dolor nos puede y hay que ir como mal menor.

Para empezar la tortura te hacen entrar en una sala de espera con revistas del corazón en las que todavía salen fotos del viaje de novios de Carmen Sevilla, un hilo musical con los greatest hits de Perales y una Maruja con un niño. Yo creo que la Maruja y el niño forman parte de la plantilla de la clínica, porque siempre están ahí para darte ánimos.

-¿Qué dice, que le van a matar un nervio? ¡Uy, a una amiga mía le hicieron lo mismo hace poco y al dentista se le escapó la máquina y le rajó toda la encía, a la pobre! Todavía no puede comer sólido, y cuando bebe se le escapa el líquido por los lados de la boca.

Jo, el día que una Maruja se ponga a escribir historias de miedo, Stephen King se va a tener que jubilar. Lo peor, de todos modos, es cuando te viene a buscar una enfermera con bata blanca de las que salen en las pelis de miedo y por fin entras a la sala de visitas. Lo que más me aterroriza es la bandejita con las herramientas del dentista. Un taladro, un gancho de hierro, una pala... Al final no sabes si el tipo te va a arreglar la boca o si te va a montar una estantería dentro. Eso parece la mesa de trabajo de Pepe Gotera y Otilio.

En cuanto a la maquinaria, es difícil no soñar con ella. Los dos grandes clásicos son: 1. el tubito de plástico que no para de hacer GGGGGGGGJRRRRR que te absorbe toda la saliva de la boca y te la deja a punto para lijar todos los muebles de tu casa y 2. el taladro que hace SSSSSSSSSSSTSIAAAANIAAAAAAANIAAAAA, un ruido que da un mal rollo que te mueres. Por algún motivo, todos los dentistas se mueren de ganas de taladrarnos los dientes. Siempre me he preguntado si será por una tendencia natural al sadismo o si su actitud se debe a un empacho de programas de Bricomanía.

Al final, cuando el médico se da por satisfecho y te deja en paz de una vez, toca pagar una factura digna de la mejor joyería de la ciudad. Encima. Y al llegar a casa, cuando remite la anestesia, siempre notas ese dolor salvaje que hace que te preguntes: ¿será normal o se le habrá escapado el taladro y me ha rajado la encía? y ¿por qué cuando bebo se me cae el agua por los lados de la boca?

En fin, nueve de cada diez dentistas recomienda comer chicle sin azúcar. El décimo sabe cómo mantener a sus clientes.

Para todos los que no le tengáis miedo al dentista, una animación animal: la ardilla dentista (ojo, que es animal de verdad).
 
Peligro, niños
Los nombres tradicionales se están perdiendo. Pasa con todo. Los bares, por ejemplo, ya no se llaman bar Manolo o bar Los Pajaritos. Ahora se llaman Metastatika o Kursaal, nombres así como muy raros que siempre llevan una "k" por lo menos (porke eskribirlo todo kon "k" keda komo más radikal y juvenil) y cuyo significado no entiende ni el dueño. Cosas del marketing.

Con los niños pasa igual. Ha habido cambio de criterios. Antes al nacer te ponían Juan, Pedro, Susana o Sandra, por ejemplo, y los más osados se atrevían con nombres "exóticos" como Jonathan o Miriam. Ahora no, ahora se imponen nombres más comerciales como Kevin, Sheila o Brian. Alguien debería decirles a los padres de estos niños que Kevin Díaz suena tan bien como Juanito Costner, por poner un ejemplo. Ponerle a una niña Megan González es como vestirla con una camiseta heavy sudada y una falda de la abuela.

Los que se han animado más con esta tendencia supuestamente moderna, han modernizado también la educación de los críos. Cuando yo era pequeño (aunque en realidad yo nunca he sido pequeño porque nací de buen año y de tamaño XXL y mi madre en vez de sacarme a pasear en cochecito me tenía que llevar en carretilla ayudada por dos amigas porque a mi en brazos no me llevaba ni Hulk), las cosas eran diferentes. Antes, si ibas a un bar o un restaurante con tus padres y te levantabas de la silla sin pedir permiso, tu padre te decía con voz dulce y tierna:

-Siéntate y no me hagas cabrear.

Y tú, claro, te sentabas y no le hacías cabrear al menos durante un rato porque, menos de un minuto después, te volvías a levantar y sonaba el segundo aviso:

-Nene, no te lo digo más, siéntate y estate quieto de una vez o te pego una hostia que te pongo la cabeza mirando pa' Cuenca.

Y así seguía un tira y afloja que acababa cuando, a tu quinto o sexto intento de irte a molestar a los otros clientes un rato, tu padre te soltaba una colleja que hacía que te quedaras quieto de una vez por todas y que acabaras haciendo la sirena, técnica infantil consistente en 1. quedarse mudo y abrir los ojos como platos; 2. ponerse a llorar dramáticamente y 3. berrear como si nos acabaran de arrancar un brazo a mordiscos al tiempo que se dice en tono muy sentido BUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA EL-PA-PA-MA-PE-GAOOOOOOOOOO.

Como técnica de distracción, la sirena no tenía precio. Inmediatamente después de su aplicación, tu madre se ponía a decirle a tu padre que si qué bestia eres, Manolo, que si al niño no se le pega y cosas por el estilo, y tú podías levantarte de una puñetera vez e irte a incordiar un rato por el bar sin que te vieran siquiera, porque estabas seguro de que tus padres iban a pasarse un rato practicando el deporte preferido de los matrimonios: el bronquing.

Ahora los niños entran en los bares dando gritos, tirando todo lo que pillan y atacando a los camareros con saña y los padres los miran con orgullo y se dicen:

-Qué carácter tiene nuestro Kevin Allen. Es todo un García.

Cosas de la pedagogía moderna. O del marketing.

Los que queráis volver a la infancia, podéis hacerlo con este link: ¡Copia en los examenes sin que te pillen!
 
Odra shevesha, pofavó
Un bar sin borrachos habituales es como un funcionario sin crucigramas. Seguro que alguno hay, pero yo no lo conozco.

Los borrachos más comunes son los que ya se han cascado en otro bar seis cubatas, ocho cervezas, una docena de chupitos, dos cubos de fregar y media botella de lavavajillas. El modus operandi de estos tipos es especialmente curioso. Entran en el bar con paso firme, se apoyan en la barra y con voz de Constantino Romero dicen:

-¿Me pone usted una cerveza, si es tan amable?

Y claro, uno va y se la pone. Entonces el tipo se transforma, como si se deshinchara, y una vez tiene la cerveza delante suspira, aliviado porque no le has pillado, y te suelta:

-Grashiash, gon eshde galor apeteshe una shevesha bien freshguita.

¿Dónde está Constantino? ¿Quién me lo ha cambiado? En cualquier caso el borracho ya está dentro del bar. Misión cumplida. Te la han vuelto a pegar, campeón. Toca aguantar una hora de conversación surrealista y un aliento a garrafón delante de tus narices que vas a recordar el resto de la semana. Te está bien empleado por pardillo.

También están los que entran realmente serenos y se emborrachan en el bar. Estos van por fases.

Fase "Nene, un cubata": el tipo está sereno y se bebe su cubata sin molestar y a cara de perro. Rostro sereno. Duración de la fase: 3 cubatas.

Fase "Nene, otro cubata": Ojos vidriosos pero buen comportamiento. Te cuenta su vida. Se ríe todo el rato. Duración de la fase: entre el 4º y el 5º cubata.

Fase "Nene, odro gubada": ¡Peligro! Le cuenta su vida al resto de los clientes. Se cree más guapo que antes de beberse los cubatas y le cuenta su vida a las clientas, el puñetero. Tira las bebidas. Se ríe.Te dice que te quiere y que eres su mejor amigo. Duración de la fase: entre el 6º y el 7º cubata.

Fase: "Dedeodogubada": Va al baño cada 5 minutos pasando por todas las mesas del bar. No se sostiene de pie. Hace como que va a vomitar. Vomita. Sus muertos. Se cae. Se levanta y sigue bebiendo. El tío tiene montada una fiesta en su mundo interior y es más peligroso que afeitarse con una sierra mecánica. Rompe todo lo que toca. Se va rebotando contra las paredes. Si ha pagado la cuenta has tenido suerte. Duración de la fase: hasta que el cuerpo aguante.

Entre Marujas y borrachos, los camareros al menos no tenemos tiempo para aburrirnos.

Ya dije una vez que el alcohol es muy malo, pero si la vais a pillar, al menos antes id practicando con este enlace: mantenéos de pie con una borrachera tamaño XXL!
 
Un, dos, un, dos...
Hay días en los que sólo entrar al bar te dan ganas de salir corriendo:

-Nene, un bocadillito en panecillo de jamoncito cortadito bien finito con tomatito, unas olivitas y una cervecita, que fuera hace un calorcillo...
Y para rematar el desayuno te pide "un cortadito y un purito". Te dan ganas de contestarle:

-De acuerdito, caballerito, ahorita mismito se lo traiguito todito.

El caso es que seguramente saldría corriendo literalmente si no fuera porque estoy en un estado de forma que da pena.

La gimnasia y yo nunca nos hemos llevado bien. En el cole yo era del pelotón de los torpes y desde entonces quedé traumatizado (bueno, en realidad es que soy más vago que Garfield, pero lo del trauma siempre queda bien y da como mucha pena). El caso es que estos días veo a los saltimbanquis-gimnastas olímpicos dando saltos mortales y haciendo más piruetas que Spiderman con un ataque de nervios y me da mucha envidia. A mi se me cae una moneda al suelo y tengo que organizar una expedición para llegar tan abajo y ellos son capaces de dejarse caer hasta el suelo con las piernas abiertas a los lados del cuerpo (por cierto, ¿cómo lo harán para no hacerse daño al aterrizar en... esto, en... bueno, ya sabéis dónde?) Supongo que será secreto profesional.

Mis primeros pasos (aunque "tropiezos" sería más apropiado) con la gimnasia fueron en el cole, como los de todo el mundo. El profesor intentaba que diéramos volteretas en las anillas y que saltáramos el potro dando un salto mortal. En las anillas estuve a punto de ahorcarme más de una vez por mi tendencia natural a hacer el tonto y por mi herencia genética torpe (un argumento científico tampoco queda mal como excusa), y en cuanto al potro, digamos que en vez de dar los pasos 1. tomar impulso 2. saltar el potro 3. aterrizar, optaba por la combinación 1. tomar impulso 2. saltar 3. estamparme contra el potro 4. soltar un taco 5. abrazarme al potro para no caerme 6. pasar un pie por encima del potro 7. impulsarme 8. caer al otro lado del potro como un saco de patatas. Un ejercicio completito, sí señor. Total, que los profesores me aprobaban y me dejaban bastante en paz por miedo a que me acabara haciendo daño o, aún peor, acabara haciéndoles daño a ellos en uno de mis aparatosos accidentes. Ahí acabó mi etapa de gimnasta escolar.

Cuando tenía 17 años intenté ponerme en forma (o al menos en una forma que no fuera la redondeada que me caracteriza) y me apunté a un gimnasio, pero el gimnasio para mí tenía más peligro que el Equipo A en un IKEA.

Para empezar, intenté hacer Tae Kwon Do, pero me daban unas palizas de miedo porque mis pies y las alturas no se llevaban bien y, como mucho, le destrozaba las espinillas a mis rivales al más puro estilo de los defensas de tercera regional. Además, como las patadas en las espinillas pican, se cabreaban y me daban todavía más fuerte, los puñeteros.

En vista de que Jackie Chan y yo vivíamos en universos diferentes, decidí comenzar con los aparatos para desarrollar musculatura, y con gran decisión me fui a ver al profesor.

-Para empezar, me vas a hacer 20 minutos de bici, después cuatro series de 25 abdominales y cuatro más de bíceps. Luego te vas a aquel aparato de allí (un amasijo de hierros y pesas que debían usar los de la Inquisición para hacer hablar a los prisioneros más resistentes a la tortura) y haces otras cuatro series de 25...

Y ya no sé qué más me dijo porque estaba agotado sólo de oírlo y puse pies en polvorosa.

Después de mis experiencias con la gimnasia, decidí resignarme a ser un torpe flojucho toda la vida, y ahora sólo corro si se me escapa el autobús, pero para los que queráis poneros virtualmente fuertes, os dejo un par de links deportivos para que vayáis practicando: Olimpiadas online y esquí acuático (ambos links de www.miniclip.com)
 
Perrdona, ¿Me pona una servesa, por favor?
Agosto es el mes del turismo, y aunque el bar está a unos 20 minutos del centro de Barcelona en metro, de vez en cuando algún turista se pierde por mi ciudad y aterriza en el local como un marciano recién caído de su platillo volante.

A un turista se le reconoce por la indumentaria antes de que abra la boca. Deben ser personas muy indecisas, porque parece que mientras se vestían hayan ido pensando:

-A ver, ¿qué me pongo? Creo que hoy vestiré formal. Decidido: me pongo la camisa aunque no sé, para ir a la playa... Mejor me pongo la camisa de flores. Y el gorro, por si hace mucho sol... ¿Dónde está mi gorro? Da igual, me pondré el del niño, que tampoco lo usa. Gafas de sol y pantalones cortos... ¿Y en los pies? Creo que me pondré los calcetines blancos y las deportivas... ¡Uy, pero los calcetines me dan mucho calor! Mejor en vez de las deportivas me pongo las sandalias, que así contrarresto el calor de los calcetines. Perfecto, voy como un pincel, seguro que ni se dan cuenta de que soy turista.

Y así salen a la calle, que parece que los hayan vestido entre seis personas con gustos diferentes.

Otro dato curioso: siempre van despistados y preguntan dónde está la Sagrada Familia aunque anden perdidos a más de 20 kilómetros de la catedral.

En el bar, casi siempre piden cerveza y, la verdad, es que es mejor así, porque a los pocos que hablan español no hay quién lo entienda, generalmente porque además de que no dominan el idioma, en los demás bares que han ido encontrando de camino al mío ya se han cascado quince cervezas como el que no quiere la cosa:

-Un yugupabebe, por favorr.
-¿Perdone?
-Un yugupabebe.
-¿Un yogur para el bebé?
-¡No! Un yogúrr parra bebérr!


Con lo fácil que es pedir una "servesa"...

Así que recordad, cuando vayáis al extranjero, vestíos como Dios manda y, si vais a beber como cosacos, practicad antes un poco con este link: .entra en tu casa borracho perdido sin despertar a tu mujer
 
Nene, dame diez monedas
En cualquier bar que se precie no puede faltar, al menos, una máquina tragaperras. Hace diez años, cuando abrimos el bar, las máquinas tragaperras era una caja con tres rodilos con frutitas que hacían poco ruido y daban pocos premios. Hoy en día, las máquinas hablan, hacen más ruido que un concierto punk, tocan más musiquitas que una orquesta sinfónica y a poco que las perfeccionen un poco hasta harán croissants.

En cuanto a los premios, también hay cambios. Antes, una máquina soltaba como mucho 10.000 pelas (unos 70 dólares, para los de fuera de España), pero ahora pueden llegar a dar hasta 200 euros de una tacada. Muy bonito para el jugador y una putada para el dueño del bar, porque la máquina tiene un sentido del humor un poco retorcido que le obliga a dar el premio máximo justo cuando el sufrido camarero ha ido al banco a por cambio para que el jugador pueda disponer de monedas para seguir jugando. Mientras metes las monedas y compruebas como tu caja ha quedado convertida en una enorme hucha, casi puedes escuchar la risita maquiavélica (jia jia jia) de la maquinita satánica. A veces dan ganas de desenchufarla y al diablo con ella.

Los principales usuarios de la máquina se dividen en tres grandes grupos:

a) Usuario castizo: Viene a las horas de más faena, se toma un carajillo de coñac o un Sol y sombra y cambia los billetes de uno en uno, por aquello de tenerte toda la mañana dando viajes del lavavajillas a la caja. No le toca casi nunca.

b) Maruja : Viene muy pronto y se va muy tarde. También cambia los billetes de uno en uno y juega muy despacito. Protesta toda la mañana porque la máquina no le da premio y con razón, porque tampoco le toca el premio casi nunca.

c) Chinos: Los clientes ideales. Nunca protestan por nada, si no tienes cambio van a buscarlo ellos, si se estropea la máquina esperan al técnico sin rechistar y juegan hasta que obtienen el premio. La gente dice que siempre les toca a ellos, pero no me extraña, porque su suerte se debe a que son capaces de jugar 500 euros para conseguir el premio de 120. Ganen o pierdan, siempre están muertos de risa. ¿De qué narices se reirán todo el día? Yo, por si acaso, siempre que les veo reirse compruebo si llevo la bragueta subida.

Para los aficionados al juego, una máquina tragaperras virtual que en lugar de tragar monedas, traga galletas como el de los teleñecos (enlace sacado de Oink!, el weblog de www.elrellano.com, recomendadísimo).
 
Citius, altius, fortius
Hoy comienzan las Olimpiadas de Atenas. Este tipo de acontecimientos deportivos son la alegría de cualquier camarero, y no porque todos seamos grandes aficionados al deporte (en mi caso, hago menos deporte que una Maruja de cartón). A los camareros nos gusta tanto el deporte porque nos facilita el trabajo.

Para empezar, vienen menos clientes. Los aficionados al deporte prefieren quedarse en casa comiendo pizzas y bebiendo cervezas a salir a cenar, porque así pueden escuchar los comentarios del locutor, aunque la mayoría de veces no sepan ni de quién ni de qué está hablando:

-Y acabamos de ver a Maya Djorbundesnovieskalovskaya ejecutar un perfecto triple flip que le dará la medalla con seguridad...

Lo mejor, sin embargo, es que los que acaban yendo al bar de todos modos, entran en una especie de letargo en cuanto ven que retransmiten deportes. El mismo cliente que una semana antes te decía seis veces en tres minutos: "Nene, ¿te acuerdas de mi bocadillo?", de pronto es capaz de esperar horas a que le lleves su bocata porque, en realidad, ni siquiera recuerda que lo ha pedido.

Este estado hipnótico también tiene sus pequeños inconvenientes, ya que los clientes que ven deportes se quedan sordos como tapias, pero es un mal menor. Cuando vas a la mesa y preguntas: "¿Para quién era el bocata de anchoas?", lo más habitual es que ni te contesten. De hecho, tienes suerte si te miran. Lo bueno es que puedes dejarle los bocatas a quien quieras, porque si te equivocas y no le das a cada cliente el suyo, ni siquiera se va a dar cuenta. Se quedan sordos, ciegos y también pierden el sentido del gusto.

Además, si lo que retransmiten es un partido de fútbol, los efectos de la tele sobre los clientes del bar aún son más espectaculares. Cuando su equipo marca gol, cuando falla un gol cantado, cuando le pitan un penalty a favor o en contra o cuando hay una jugada polémica, el cliente es presa de espasmos y acaba tirando copas al suelo o incluso el plato y ni siquiera se da cuenta. El sentido del tacto también cae víctima del deporte. El olfato sobrevive, pero como quien ve fútbol ni siquiera es consciente de que tiene nariz, como si no existiera. Mientras hay fútbol en la tele podrías sustituir tu desodorante por líquido de bomba fétida y los clientes del bar ni siquiera se darían cuenta.

Si dicen que la marihuana es mala porque adormece los sentidos, el fútbol debe ser malísimo porque directamente los suprime.

Hablando de deportes, un linkito divertido: Mini-golf currado!
 
¿Una rosa, amigo?
Los vendedores ambulantes también forman parte de la fauna de un bar. En España, el fenómeno comenzó hace poco tiempo con la aparición de los vendedores de rosas, unos tipos que insistían tanto para que les compraras la flor que al final les acababas comprando la maldita rosa aunque tu novia fuera alérgica sólo para que se largaran de una vez.

Parece ser que aquellos pioneros tuvieron un éxito considerable, porque hoy en día puedes comprar más cosas en un bar que en el Corte Inglés. Hay de todo: discos, películas, ropa, flores, encendedores, bolígrafos, peluches...

A mi, personalmente, los que más gracia me hacen son los chinos que venden películas y discos piratas. Puede que sea delito, pero no deja de parecerme gracioso un tipo que entra sonriente en el bar y te saluda al grito de: "Hola, guefe, ¿quiele complal película? Tengo Yo, lobot, y Shleck 2".

Los de la Sociedad General de Autores (¿Habéis probado alguna vez a escribir "ladrones" en Google y darle al botón de "Voy a tener suerte"? Hacedlo y veréis la opinión que se tiene de ellos) presionan a los dueños de los bares para que no dejemos que los vendedores de productos piratas vendan dentro de nuestros locales. Es curioso, porque estos mismos indeseables fueron los que un día entraron en mi bar y nos hicieron quitar el equipo de música (en el que sólo poníamos discos originales) que usábamos para dar ambiente porque no pagábamos "derechos intelectuales". Es como si alguien te roba y después te viene a pedir un favor.

El caso es que, mientras estos personajes no hagan daño a nadie (a la música no se lo hacen porque todos los discos que ofrecen son de artistas que venden miles de discos y que lloran por ganar unos miles de euros más o menos), no pienso dejar de permitirles la entrada al local, para que la gente siga disfrutando de su simpatía y para que estos inmigrantes a los que se niega sistemáticamente los malditos papeles no tengan que ganarse el pan a golpe de navaja en la calle.
 
Parejita, Sociedad Limitada
En el título de este post digo "Sociedad Limitada" porque, tradicionalmente, una parejita consta únicamente de dos personas, pero en realidad, tal vez sería más acertado denominarlas "Cooperativa La Parejita", al menos por lo que uno puede ver en un bar. Las parejitas, para bien o para mal, ya no son lo que eran.

Antes, cualquier parejita llegaba al bar acaramelada, tomaba un par de cafés con leche y se iba a tontear a un portal. Ahora, las parejas son bastante más diversas, y en este artículo os quiero presentar las que tengo identificadas. SI conocéis más tipos, animáos a dejar un mensaje para completar el catálogo.

a) Modelo Llevamos poco tiempo juntos. Ella todavía no sabe que él ronca y él no sabe que ella escucha a David Bisbal a todas horas. La vida es de color de rosa y a ella no se le entiende lo que dice porque él le da besos de tornillo hasta cuando habla. Suelen pedir "Una goda-bola y uba bediana" porque es muy difícil hablar bien con la boca llena.

b) Modelo Pareja estable . Se sientan en la misma mesa, pero parece que hayan coincidido en la consulta del dentista. Él llega y se pone a leer el periódico deportivo y ella se distrae hojeando el periódico de información general. Sólo hablan para decirse: "Cariño, ¿llevas tú el dinero?". Piden "Un cortado y un café" con un tono muy serio.

c) Modelo Dios los cría y ellos se juntan. Hechos el uno para el otro. Los dos altos y guapos o los dos bajitos y feos, por ejemplo. Los dos simpáticos o los dos bordes a rabiar. Curiosamente, suelen durar poco. Piden dos coca-colas o dos cafés con hielo. Siempre toman lo mismo que el otro.

d) Modelo Dios los cría y ellos hacen lo que les da la gana. Una chica despampanante con un tipo bajito, calvo, gordo y feo o un tipo elegante e intelectual con una punky que parece fugada de un manicomio. Provocan sonrisas pero suelen durar. Son mis preferidas porque se han elegido porque se quieren y punto. A los envidiosos que les den por saco. Piden un cortado descafeinado con sacarina y un whiskey doble con coca-cola.

e) Modelo Pimpinela. Pasan las horas discutiendo, insultándose, gritándose el uno al otro y lanzándose miradas asesinas, pero nunca les ves por separado. ¿Masoquistas? Tal vez, pero son parejas para toda la vida. Suelen pedir una sola cosa, porque discuten y uno de ellos termina por irse.

f) Modelo Pareja clandestina. Cuernos, vamos. Nunca se quieren sentar al lado de la ventana por si sus parejas oficiales pasan por delante del bar y les ven con otra persona. De vez en cuando tengo tentaciones de decirles que no sufran, porque sus parejas están en otro rincón, juntas, y en idéntica actitud. A veces vienen 2 veces antes de separarse (o de que les pillen). Piden muy flojito para que no les oigan, pero les puedes servir lo que quieras porque no se quejarán para no llamar la atención.

g) Modelo Familia tradicional. Él, ella, la abuela, los niños y no entran con el perro al bar porque no se puede. Gritan a los niños y a la abuela, derraman las bebidas encima de la mesa, se mueven constantemente, se ríen, le sueltan sopapos a los niños... Una feria ambulante, vamos. Piden una cerveza, una coca-cola, un café con leche y bolsas de patatas para los críos.

Hasta aquí mi catálogo de hoy. Sólo he puesto a parejas heterosexuales porque es lo que más abunda en el bar. Si alguien tiene más información de los tipos de parejas homosexuales, será bien recibida.
 
El chulopiscinas
El chulopiscinas, también llamado chulito de playa, es uno de los integrantes de la parroquia de un bar que más risas provocan a pesar de que ellos están convencidos de que son los clientes más populares del local.

Al chulopiscinas se le reconoce porque entra entre paréntesis, y es que estos especímenes suelen ser incapaces de pegar los brazos al cuerpo y los llevan arqueados como si quisieran enmarcar sus pectorales, motivo de tantas satisfacciones para ellos y de tantas bromas fáciles con los airbags para los demás. La verdad es que suelen lucir cuerpazos de modelo de catálogo, y serían realmente los clientes más populares del local si no fuera por un pequeño defecto: hablan.

La diferencia entre un cliente modelo "tío bueno" y un chulopiscinas es que siempre que los chulitos de playa quieren compartir lo mucho que saben con los demás (generalmente con las dos o tres chicas cachas que les acompañan) la cagan. Lo más habitual es que pidan un Cardhu con Coca-Cola (cubata carísimo que no sabe mejor que un whiskey barato con cola) o un vino caro con gaseosa, pero a veces se lo curran bastante más. Una amiga mía camarera me contó que mantuvo la siguiente conversación con uno de estos tipos:

-¿Qué le pongo?
-Un Barón Dandy.
-Vaya a la perfumería.
-¿Por qué? ¿Huelo mal?
-No. Barón Dandy es una colonia.
-No, guapa, es un coñac.
-Créame, es una colonia.
-Pues llevo toda la vida bebiendo Barón Dandy.
-Pues le olerá muy bien el aliento, pero no debería beber esas cosas.

Barón Dandy, efectivamente, es una colonia. Supongo que de pequeño le darían los biberones de Nenuco, o algo así. El caso es que algunos de los chulopiscinas que frecuentan mi local, alguna vez se han hecho la neurona un lío y me han pedido cositas como un Glenn Ford (por un Glen Grant). Tanto ejercitar los músculos al final se dejan el más importante: el cerebro.

Un pequeño apunte final: hoy una Maruja ha dado una exhibición de cómo pedir un café con leche. La mujer me ha soltado, sin respirar:

-Nene, un café con leche descafeinado de sobre en vaso alto de tubo con una cucharilla larga y dos sobres de sacarina y la leche que no queme.

Yo creo que antes de pedir estas cosas piensan en casa horas y horas cómo amargarnos la vida un poco más.

 
Preguntas retóricas
En el colegio me enseñaron que las preguntas retóricas son aquellas que uno formula sin esperar realmente obtener una respuesta. Siempre pensé que preguntar sin querer que te contesten era una tontería, pero ahora me doy cuenta de lo útiles que son este tipo de preguntas, sobre todo para divertirse contestándolas mentalmente cuando alguien te las plantea en el bar.

Las preguntas retóricas que se escuchan en un bar son difícilmente diferenciables de las preguntas estúpidas a secas. Una de mis favoritas y de las más recurrentes es la que hace un tipo que mete la cabeza por debajo de la persiana a medio bajar a las dos de la madrugada y descubre que el bar está a oscuras, el suelo está fregado, los camareros se han quitado el uniforme, el televisor está apagado, la máquina de tabaco y las tragaperras están desenchufadas y dentro del local no se oye una mosca:

-Nene, ¿estáis cerrando?

Creedme, lo primero que te pasa por la cabeza es contestar:

-No, estamos jugando al escondite con los 300 clientes que están cenando en el bar, pero no aparecen por ninguna parte, ¿nos ayudas a buscar?

Otra pregunta habitual y estúpida, por mucho que la utilice casi todo el mundo por pura rutina:

-Nene, ¿me cobras?

-No, hoy es el día del comensal y la comida es gratis.

Y otra conversación clásica:

-Una lata de Coca-Cola.

-No servimos latas. Sólo botellas.

-¿Y qué tenéis en latas? (Aunque se lo acabas de decir, lo vuelven a preguntar, en serio. ¿Pregunta retórica? ¡No, pregunta estúpida que merece la respuesta!)

-Sardinas, berberechos, anchoas...

Por último, si no queréis que el camarero crea que sois un pardillo de los más ingenuos del mundo, jamás de los jamases preguntéis:

-Perdona, ¿los donuts son de hoy?

Porque el camarero os contestará que son tiernos como el algodón aunque se puedan usar como ruedas de un todoterreno.
 
El ataque de las Marujas asesinas
Hoy ha sido un largo día en el bar. Eterno, diría yo, y es que hacer las vacaciones en septiembre implica cubrir todas las suplencias del personal que pasa el mes de agosto tumbado a la bartola en la playa. Así que a mi turno habitual de tarde, de 3 del mediodía a 12 de la noche, le he tenido que añadir 5 horitas más por la mañana, de 8 a 1.30, para ser exactos.

Lo peor no ha sido tener que hacer muchas horas. Lo peor ha sido que los lunes por la mañana, en la plaza en la que está el bar, hay mercadillo. Y donde hay un mercadillo, impepinablemente hay Marujas.

La ropa a buen precio ejerce sobre las Marujas un efecto comparable al que provoca en los tiburones un barril de 500 litros de sangre. El olor, o en este caso los gritos de: "¡Hala, nena tres bragas 3 eurooooos!" atraen a manadas de Marujas excitadas y dispuestas a morderse con saña las unas a las otras por llevarse la mejor ganga y, claro, tras el fragor de la batalla, todas van en tromba a los bares a reponer fuerzas.

54 Marujas (el aforo del bar al completo) gritan tanto que yo creo que las escucha un heavy y se le caen las greñas de puro acojone. Además, en estas fechas en las que no hay cole, vienen armadas con misiles infantiles listos para la acción. Una Maruja con un niño es más peligrosa que un Gremlin en un parque acuático. En serio.

Los niños no paran de gritar y de correr por todo el bar, y si ya es cansado e irritante servir a tantas Marujas sedientas de caféconlechedescafeinadoenvasoconlalechedesnatadaynaturalconsacarinayconlacucharillasingrabadoquecongrabadomedaangustia (en serio, yo creo que debería haber clínicas de rehabilitación para adictas al café con leche), imaginaos lo que es hacer el mismo trabajo con obstáculos que gritan como posesos (la niña del exorcista es una monja comparada con los nietos de las Marujas). Lo curioso es la reacción de una Maruja cuando intentas decirle educadamente que controle al muñeco diabólico que tiene por nieto.

-Señora, ¿podría echarle un vistazo al niño?

-Sí claro... ¡Yonataaaan! ¡Estate quieto o te suelto un guantazo que te arranco la cabeza! (Pedagógico, muy pedagógico, pero inútil porque el Yonatan sigue corriendo y gritando).

Entonces, lo más habitual es que la Maruja sienta que ya ha cumplido con su deber, se gire hacia su amiga y continúe con su cháchara inacabable:

-Pues sí, sí, la muy warra había salido de la peluquería con un tinte que parecía que le hubieran echao aguarrás. ¡Y qué vestido! ¡Y qué bolso!

Uno tiene la tentación de chivarse la próxima vez que la vea venir con la "warra" y decirle constantemente: "¡Ay, cariño, que guapísima y que jovencísima te deja el peluquero! Es divino, cúidalo."

Por más vueltas que le doy, el mundo de las Marujas siempre será un misterio para mí. Cuánto daño han hecho los programas de cotilleos...