Diario de un fiasco
Diario de un fiasco
Hoy, es uno de esos días en los que parece que nada tiene sentido. En los que desde por la mañana me acompaña una ola de pesimismo que me vuelve a invadir, sin que por el momento halle de nuevo el camino para salir. Supongo que será la Navidad, o tal vez el haber cumplido treinta, no lo sé. El caso es que doy gracias de que sea lunes, al menos es una buena excusa para no tener cara de alegría - ¿Quién la tiene, siendo lunes y teniendo que ir a trabajar, sabiendo que no hay nada que hacer porque casi todo el mundo está de vacaciones? – En fin, eso es un lunes, caras largas, ojeras, afonías y un poco de resaca depresiva de esa que dejan ciertas sustancias.
El fin de semana se las prometía bastante bien: fiesta en casa con los amigos de siempre, además de otras “invitadas” todas ellas chicas, menos algún chico que invité también para disimular y para que no creyeran que se trataba de una encerrona en una jaula de lobos hambrientos y con un celo prematuro e inusitado – lo cual no andaba muy lejos de la mas estricta realidad.
Poco a poco, las esperanzas se fueron desvaneciendo, el sms multi-difusion que envíe tuvo una única respuesta “Lo siento mucho pero no puedo ir, espero que te lo pases bien , bla, bla, bla...” A ver señoritas, ¿cómo coño queréis que me lo pase bien si no venís? ¿Qué le digo yo ahora a mis amigos? Conociéndome creerían que la fiesta sería algo así como la representación del Parlamento Europeo femenino, con chicas de todas las condiciones y nacionalidades, locas por saber si los amigos de Thaalym follaban también como él, jeje. Y en vez de eso, yo los invitaba a un campo de nabos – se me ocurrió en un momento dado que empezaba a ser peligroso agacharse a recoger algo del suelo, el ambiente podría estar enrarecido por la abundancia de testosterona, y quien sabe... a lo mejor alguien podría confundirse. Decidí dejar en el suelo la china que se me había caído. Mejor la recojo mañana – me dije.
Conforme iba avanzando la fiesta se me planteaba una duda: ¿A quién o a qué cojones le echo la culpa de este fiasco? Estaba claro que a mí no me la podía echar, mi autoestima ya había sufrido demasiados altibajos durante este maldito 2004, como para cargar ahora con la culpa de esto, no ni hablar.
El caso es que alguna de las excusas que me dieron eran bastantes buenas y aceptables, tengo que coger un avión para volver a casa por nochebuena, tengo que trabajar.... Bueno al menos parecía que la cosa se me escapaba un poco de las manos y al fin y al cabo no era culpa ni mía, ni de ellas, pero entonces ¿de quién? En mi enfermiza búsqueda de culpables, se me pasaron multitud de ideas chorras por la cabeza.
Primero pensé en echársela a mi madre - ¡Joder, ya me podría haber tenido una semana antes!. Me di cuenta de lo absurdo del razonamiento y busqué otro culpable – echarle la culpa a mi padre por idénticos motivos me parecía aún más estúpido. Finalmente recordé algo que a menudo me contaba mi madre, para echarme en cara de manera simpática lo difícil que fue traerme al mundo – nada menos que 30 horas de parto estuvo la pobre mujer, 30 horas de contracciones. Como si de una gran bola de mierda que se acercaba se tratara, empecé a creer que la culpa era mía. ¡Maldita sea! Sabía que mi adaptación personal del refrán deja para mañana lo que no te salga de los huevos hacer hoy, me iba a dar problemas algún día. Y así fue, en vez de nacer un día 12 de diciembre – buena fecha considerando que a esas alturas del mes todas las guiris estarían todavía en Málaga y aceptarían encantadas venir a mi fiesta – me quedé tan a gustito allí dentro, haciendo no sé qué, porque que yo sepa ni había tele, ni radio ni sitio pa echarse una triste pajilla, pero el caso es que mientras mi madre apretaba los dientes con cada contracción, yo me tocaba muy a gusto los huevos, y pensaba que ya nacería otro día – total si había algo bueno que descubrir ahí fuera ya me enteraría cuando saliera – pensaba. Craso error.
Estaba yo inmerso en esta paja mental, cuando de repente vi un rayito de luz. Llegó un amigo comentando que llevaba media hora pegando al portero electrónico sin que nadie le contestara. Siendo honesto, me alivió. La idea de haber dejado en la calle a la mitad de los invitados – todos los que no vinieron – simplemente porque había puesto la música tan alta que no los había escuchado llamar, me gustaba más que pensar que no habían venido. Incluso, por un momento me pareció gracioso, bastante más de lo que en realidad era. Y me apresuré a contárselo a todo el mundo, no sé si como un chiste o como una patética disculpa. A estas horas la sangría ya había mermado bastante mi coherencia mental.
En fin me fui a la cama un poco frustrado, además de todo lo dicho, me había estado persiguiendo toda la tarde un terrible dolor de cabeza que no me dejaba sobreponerme a las adversidades que fueron surgiendo a lo largo del día. Pero al menos me sentía un poco aliviado, pensando que habían pegado pero nadie les había abierto. Ya me disculparé como es debido – pensé. No hizo falta. Por la mañana, cuando me desperté, recibí un mensaje: Feliz cumple. Siento no ir ayer, pero estaba muy cansada, espero que te lo hayas pasado muy bien, te llamo cuando vuelva. Besos. “Espero que te lo hayas pasado muy bien” Sí, claro, ¡no te jode! Un poco más y nos ponemos a jugar al teto, y tal y como me estaban saliendo las cosas, seguro que tocaba agacharme a mí – menos mal que a nadie se le ocurrió. La del mensaje era una chica francesa, por la que yo sentía un especial interés en que viniera a mi fiesta. En fin parece ser que nadie se quedó en el portal esperando que le abriéramos para disfrutar de nuestra fiesta. Igual no debería haberlo llamado fiesta, si no reunión de amiguetes con motivo de los 30 otoños de Thaalym. Claro que sin el gancho de las guiris, quien sabe si habrían venido muchos de mis amigos. Me levanté y me puse a buscar la china. No la encontré. ¡Empezamos bien también este día! – pensé.
Hoy, es uno de esos días en los que parece que nada tiene sentido. En los que desde por la mañana me acompaña una ola de pesimismo que me vuelve a invadir, sin que por el momento halle de nuevo el camino para salir. Supongo que será la Navidad, o tal vez el haber cumplido treinta, no lo sé. El caso es que doy gracias de que sea lunes, al menos es una buena excusa para no tener cara de alegría - ¿Quién la tiene, siendo lunes y teniendo que ir a trabajar, sabiendo que no hay nada que hacer porque casi todo el mundo está de vacaciones? – En fin, eso es un lunes, caras largas, ojeras, afonías y un poco de resaca depresiva de esa que dejan ciertas sustancias.
El fin de semana se las prometía bastante bien: fiesta en casa con los amigos de siempre, además de otras “invitadas” todas ellas chicas, menos algún chico que invité también para disimular y para que no creyeran que se trataba de una encerrona en una jaula de lobos hambrientos y con un celo prematuro e inusitado – lo cual no andaba muy lejos de la mas estricta realidad.
Poco a poco, las esperanzas se fueron desvaneciendo, el sms multi-difusion que envíe tuvo una única respuesta “Lo siento mucho pero no puedo ir, espero que te lo pases bien , bla, bla, bla...” A ver señoritas, ¿cómo coño queréis que me lo pase bien si no venís? ¿Qué le digo yo ahora a mis amigos? Conociéndome creerían que la fiesta sería algo así como la representación del Parlamento Europeo femenino, con chicas de todas las condiciones y nacionalidades, locas por saber si los amigos de Thaalym follaban también como él, jeje. Y en vez de eso, yo los invitaba a un campo de nabos – se me ocurrió en un momento dado que empezaba a ser peligroso agacharse a recoger algo del suelo, el ambiente podría estar enrarecido por la abundancia de testosterona, y quien sabe... a lo mejor alguien podría confundirse. Decidí dejar en el suelo la china que se me había caído. Mejor la recojo mañana – me dije.
Conforme iba avanzando la fiesta se me planteaba una duda: ¿A quién o a qué cojones le echo la culpa de este fiasco? Estaba claro que a mí no me la podía echar, mi autoestima ya había sufrido demasiados altibajos durante este maldito 2004, como para cargar ahora con la culpa de esto, no ni hablar.
El caso es que alguna de las excusas que me dieron eran bastantes buenas y aceptables, tengo que coger un avión para volver a casa por nochebuena, tengo que trabajar.... Bueno al menos parecía que la cosa se me escapaba un poco de las manos y al fin y al cabo no era culpa ni mía, ni de ellas, pero entonces ¿de quién? En mi enfermiza búsqueda de culpables, se me pasaron multitud de ideas chorras por la cabeza.
Primero pensé en echársela a mi madre - ¡Joder, ya me podría haber tenido una semana antes!. Me di cuenta de lo absurdo del razonamiento y busqué otro culpable – echarle la culpa a mi padre por idénticos motivos me parecía aún más estúpido. Finalmente recordé algo que a menudo me contaba mi madre, para echarme en cara de manera simpática lo difícil que fue traerme al mundo – nada menos que 30 horas de parto estuvo la pobre mujer, 30 horas de contracciones. Como si de una gran bola de mierda que se acercaba se tratara, empecé a creer que la culpa era mía. ¡Maldita sea! Sabía que mi adaptación personal del refrán deja para mañana lo que no te salga de los huevos hacer hoy, me iba a dar problemas algún día. Y así fue, en vez de nacer un día 12 de diciembre – buena fecha considerando que a esas alturas del mes todas las guiris estarían todavía en Málaga y aceptarían encantadas venir a mi fiesta – me quedé tan a gustito allí dentro, haciendo no sé qué, porque que yo sepa ni había tele, ni radio ni sitio pa echarse una triste pajilla, pero el caso es que mientras mi madre apretaba los dientes con cada contracción, yo me tocaba muy a gusto los huevos, y pensaba que ya nacería otro día – total si había algo bueno que descubrir ahí fuera ya me enteraría cuando saliera – pensaba. Craso error.
Estaba yo inmerso en esta paja mental, cuando de repente vi un rayito de luz. Llegó un amigo comentando que llevaba media hora pegando al portero electrónico sin que nadie le contestara. Siendo honesto, me alivió. La idea de haber dejado en la calle a la mitad de los invitados – todos los que no vinieron – simplemente porque había puesto la música tan alta que no los había escuchado llamar, me gustaba más que pensar que no habían venido. Incluso, por un momento me pareció gracioso, bastante más de lo que en realidad era. Y me apresuré a contárselo a todo el mundo, no sé si como un chiste o como una patética disculpa. A estas horas la sangría ya había mermado bastante mi coherencia mental.
En fin me fui a la cama un poco frustrado, además de todo lo dicho, me había estado persiguiendo toda la tarde un terrible dolor de cabeza que no me dejaba sobreponerme a las adversidades que fueron surgiendo a lo largo del día. Pero al menos me sentía un poco aliviado, pensando que habían pegado pero nadie les había abierto. Ya me disculparé como es debido – pensé. No hizo falta. Por la mañana, cuando me desperté, recibí un mensaje: Feliz cumple. Siento no ir ayer, pero estaba muy cansada, espero que te lo hayas pasado muy bien, te llamo cuando vuelva. Besos. “Espero que te lo hayas pasado muy bien” Sí, claro, ¡no te jode! Un poco más y nos ponemos a jugar al teto, y tal y como me estaban saliendo las cosas, seguro que tocaba agacharme a mí – menos mal que a nadie se le ocurrió. La del mensaje era una chica francesa, por la que yo sentía un especial interés en que viniera a mi fiesta. En fin parece ser que nadie se quedó en el portal esperando que le abriéramos para disfrutar de nuestra fiesta. Igual no debería haberlo llamado fiesta, si no reunión de amiguetes con motivo de los 30 otoños de Thaalym. Claro que sin el gancho de las guiris, quien sabe si habrían venido muchos de mis amigos. Me levanté y me puse a buscar la china. No la encontré. ¡Empezamos bien también este día! – pensé.
3 momentos en el tiempo
VIAJE A HOLANDA
Por debajo de la mesa.
Pues aquí estamos ya en el aeropuerto. Por fin, después de una tarde que ha estado llena de inquietudes. ¡Qué nervios! Parecía que era la primera vez que me iba de vacaciones. El pistoletazo de salida, como siempre, a las 15:00, hora en la que termino de trabajar. ¡Ya estaba de vacaciones de nuevo! Je – je. Por la tarde el tiempo parecía no querer pasar. El reloj se mostraba perezoso y daba la impresión de que le resultaba muy duro tirar de las manijas. Con mucho esfuerzo, el reloj de pared del salón consiguió llegar a las 9:00 pm (de puta madre). Finalmente llegamos al aeropuerto. La desesperación por irse era tal que habíamos llegados con 1 hora de adelanto, y ¡opsss! Sorpresa al llegar. El vuelo lleva una hora de retraso. Más la que nosotros llevamos de adelanto, hacen dos. Putadón. Bueno al menos, éramos siete, con muchas ganas de cachondeo, así que la espera podría estar entretenida. Y lo estuvo. Doy fe.
Lo bueno de vivir en el sur de España, es que nunca sabes con qué tipo de personaje te puedes encontrar en el lugar más insospechado (si no que le pregunten al Quintero). Me explico. Estamos en la cafetería del aeropuerto, ya hemos facturado las maletas, y pasado el pertinente control de la Guardia Civil. En teoría, no se puede fumar, pero ya sabemos cómo son los fumadores, cuando hay mono.... El caso es que se estaban echando unos cigarritos cuando se nos acerca amablemente uno de los camareros para decirnos que no se puede fumar, pero que si echamos el humo por debajo de la mesa, podemos seguir. Empezamos a hablar con él y nos cuenta que el no fuma, tabaco, pero que una vez al mes se coge el melillero (el avión) y se va a Melilla a por 2.000 duritos de un polen que te cagas. Con estas manifestaciones se había ganado nuestros respeto eternamente. Pero la cosa no queda ahí, el buen hombre, nos dice que nos invita a un porro. Muy fuerte. Aún hay más. Nos da permiso, por decirlo de alguna manera, para que nos lo fumemos en la cafetería del duty-free, allí mismo donde estábamos. Ni escondernos en los servicios, ni ná de ná. Je – je. Eso sí, el humo...por debajo de la mesa. ¡Olé ahí la gente con arte!
Momentos sativos... momentos índicos
Así es más o menos como puedo resumir mi estado de ánimo en estos 3 días que llevo en Ámsterdam. A decir verdad, no sé con cuál de los dos me quedaría. El sativo me hace sentirme vivo, me obliga a esbozar una sonrisa que en otro momento me costaría la vida poner. El índico hace que me sienta en paz conmigo mismo y lo que me rodea. Se podría decir que estos momentos van y vienen, así sin más, sin previo aviso. Se intercambian entre ellos, se entremezclan hasta la locura, hasta mi locura (pero que feliz fui cuando estuve loco). Hacía tiempo que no me reía tanto como ayer, me sentí muy vivo.
Y por ejemplo en este preciso instante, estoy pasando por un momento índico. Suena de fondo una canción country muy tranquilita, con una chica con una voz muy dulce, y el ambiente invita simplemente a estar bien, a no tener problemas con nada. No se escucha una voz disonante. La gente habla sin elevar apenas el tono de voz. Por eso, creo, que los españoles son tan fácilmente reconocidos por la calle. Somos esos que rompen con la armonía de un país con tan poca contaminación acústica.
Can o I don’t can
Can o I don’t can, buena frase para resumir lo que significa quedarse simplemente cogío. Es ese momento en el que tu cerebro ha pensado algo, pero no ha sido capaz de retenerlo en la memoria y te quedas en las más absoluta de las inopias. El pensamiento se ha desvanecido, así., chofff. ¿Quién sabe lo que le habrá podido pasar a la neurona encargada de esa información? ¿Se habrá suicidado? ¿Estará perdida por algún rincón de la masa cefalea? O a lo mejor, simplemente se ha ido a la polla, dicen que allí si que hay marcha, o al menos para las neuronas, porque los espermatozoides están aburridos de tanta falsa alarma y caídas libres sin paracaídas. Bueno pues así es como se queda uno justo en el momento en el que se encuentra delante de una chica, sin poder decir nada más que can o I don’t can. Cosas del directo.
La chica daría para escribir un libro. Profesora de filosofía oriental, doctorada en las artes tántricas, treinta y pocos años, y con cierta mirada perdida, de loca que la hace irresistiblemente sensual, morbosamente sexy. Pese a todo, lo que más destacaba de ella, era que estaba simplemente zumbá. Sí, joder, ida de la puta chota. Y tímida, muy tímida, porque en el momento que escuchó la ya famosa frase, se quedó tan cogida que no supo reaccionar y simplemente se marchó. Le habíamos interrumpido su momento, ese momento en el que el tiempo se detiene, y de lo último que tienes ganas es de darle coba al primero que aparezca balbuceando algo que primitivamente pudo tener algún parecido con el inglés. Y como dijo el poeta: entonces, ¿de follar ni hablamos? Antes la describía como irresistiblemente sensual y morbosamente sexy, sin embargo, tengo la impresión de que no tiene ningún encanto a la vista. Había algo que me tiraba de ella y estoy seguro de que no lo mostraba. Había que descubrirlo. En fin, otra vez será.
Por debajo de la mesa.
Pues aquí estamos ya en el aeropuerto. Por fin, después de una tarde que ha estado llena de inquietudes. ¡Qué nervios! Parecía que era la primera vez que me iba de vacaciones. El pistoletazo de salida, como siempre, a las 15:00, hora en la que termino de trabajar. ¡Ya estaba de vacaciones de nuevo! Je – je. Por la tarde el tiempo parecía no querer pasar. El reloj se mostraba perezoso y daba la impresión de que le resultaba muy duro tirar de las manijas. Con mucho esfuerzo, el reloj de pared del salón consiguió llegar a las 9:00 pm (de puta madre). Finalmente llegamos al aeropuerto. La desesperación por irse era tal que habíamos llegados con 1 hora de adelanto, y ¡opsss! Sorpresa al llegar. El vuelo lleva una hora de retraso. Más la que nosotros llevamos de adelanto, hacen dos. Putadón. Bueno al menos, éramos siete, con muchas ganas de cachondeo, así que la espera podría estar entretenida. Y lo estuvo. Doy fe.
Lo bueno de vivir en el sur de España, es que nunca sabes con qué tipo de personaje te puedes encontrar en el lugar más insospechado (si no que le pregunten al Quintero). Me explico. Estamos en la cafetería del aeropuerto, ya hemos facturado las maletas, y pasado el pertinente control de la Guardia Civil. En teoría, no se puede fumar, pero ya sabemos cómo son los fumadores, cuando hay mono.... El caso es que se estaban echando unos cigarritos cuando se nos acerca amablemente uno de los camareros para decirnos que no se puede fumar, pero que si echamos el humo por debajo de la mesa, podemos seguir. Empezamos a hablar con él y nos cuenta que el no fuma, tabaco, pero que una vez al mes se coge el melillero (el avión) y se va a Melilla a por 2.000 duritos de un polen que te cagas. Con estas manifestaciones se había ganado nuestros respeto eternamente. Pero la cosa no queda ahí, el buen hombre, nos dice que nos invita a un porro. Muy fuerte. Aún hay más. Nos da permiso, por decirlo de alguna manera, para que nos lo fumemos en la cafetería del duty-free, allí mismo donde estábamos. Ni escondernos en los servicios, ni ná de ná. Je – je. Eso sí, el humo...por debajo de la mesa. ¡Olé ahí la gente con arte!
Momentos sativos... momentos índicos
Así es más o menos como puedo resumir mi estado de ánimo en estos 3 días que llevo en Ámsterdam. A decir verdad, no sé con cuál de los dos me quedaría. El sativo me hace sentirme vivo, me obliga a esbozar una sonrisa que en otro momento me costaría la vida poner. El índico hace que me sienta en paz conmigo mismo y lo que me rodea. Se podría decir que estos momentos van y vienen, así sin más, sin previo aviso. Se intercambian entre ellos, se entremezclan hasta la locura, hasta mi locura (pero que feliz fui cuando estuve loco). Hacía tiempo que no me reía tanto como ayer, me sentí muy vivo.
Y por ejemplo en este preciso instante, estoy pasando por un momento índico. Suena de fondo una canción country muy tranquilita, con una chica con una voz muy dulce, y el ambiente invita simplemente a estar bien, a no tener problemas con nada. No se escucha una voz disonante. La gente habla sin elevar apenas el tono de voz. Por eso, creo, que los españoles son tan fácilmente reconocidos por la calle. Somos esos que rompen con la armonía de un país con tan poca contaminación acústica.
Can o I don’t can
Can o I don’t can, buena frase para resumir lo que significa quedarse simplemente cogío. Es ese momento en el que tu cerebro ha pensado algo, pero no ha sido capaz de retenerlo en la memoria y te quedas en las más absoluta de las inopias. El pensamiento se ha desvanecido, así., chofff. ¿Quién sabe lo que le habrá podido pasar a la neurona encargada de esa información? ¿Se habrá suicidado? ¿Estará perdida por algún rincón de la masa cefalea? O a lo mejor, simplemente se ha ido a la polla, dicen que allí si que hay marcha, o al menos para las neuronas, porque los espermatozoides están aburridos de tanta falsa alarma y caídas libres sin paracaídas. Bueno pues así es como se queda uno justo en el momento en el que se encuentra delante de una chica, sin poder decir nada más que can o I don’t can. Cosas del directo.
La chica daría para escribir un libro. Profesora de filosofía oriental, doctorada en las artes tántricas, treinta y pocos años, y con cierta mirada perdida, de loca que la hace irresistiblemente sensual, morbosamente sexy. Pese a todo, lo que más destacaba de ella, era que estaba simplemente zumbá. Sí, joder, ida de la puta chota. Y tímida, muy tímida, porque en el momento que escuchó la ya famosa frase, se quedó tan cogida que no supo reaccionar y simplemente se marchó. Le habíamos interrumpido su momento, ese momento en el que el tiempo se detiene, y de lo último que tienes ganas es de darle coba al primero que aparezca balbuceando algo que primitivamente pudo tener algún parecido con el inglés. Y como dijo el poeta: entonces, ¿de follar ni hablamos? Antes la describía como irresistiblemente sensual y morbosamente sexy, sin embargo, tengo la impresión de que no tiene ningún encanto a la vista. Había algo que me tiraba de ella y estoy seguro de que no lo mostraba. Había que descubrirlo. En fin, otra vez será.
El eje franco-alemán
Históricamente, Francia y Alemania han mantenido un pulso, en ocasiones fraticida y fraternal al mismo tiempo, tratando de obtener la hegemonía en Europa. Hoy en día, pese a que ambos países pertenecen a la Unión Europea, este pulso continúa. Ya no se disputan territorios. El Rhin ya no es aquel río que cambiaba de propietarios según soplaban los vientos bélicos. Resulta curioso ver cómo a pesar de las diferencias, están condenados a entenderse, una simple cuestión de convivencia vecinal. Al hilo de esto viene una cosa que me ocurrió a mí no hace mucho tiempo.
Por algún extraño motivo que aún no alcanzo a comprender, se me dan estupendamente las alemanas (las chicas más guapas con las que he estado lo son), y por otra parte, no consigo comerme un colín con las francesas (pese a haber vivido un año y medio en Francia) Voilà, mi particular eje franco-alemán.
El caso es que tras varias conquistas germanas y otros tantos fiascos gabachos, me siento pleno de confianza cuando intento llevarme al huerto a una chica alemana, y totalmente carente de ideas cuando se trata de una francesa. Me puede la presión al jugar en un terreno en el que nunca se ha obtenido una victoria.
En una de éstas me encontraba una noche: había quedado con una alemana, guapísima toda ella, a la que ya había tenido el placer de contemplarla como la madre la trajo al mundo, y por otro lado también con una francesita très mignone con la que ya me gustaría... Por decirlo metafóricamente, me encontraba navegando por el Rhin río abajo.
El viento, como de costumbre, soplaba en dirección a Alemania, con lo cual me era muy fácil dejarme llevar por la corriente y navegar junto a la orilla germana. Sin embargo desde allí se divisaba la orilla francesa, preciosa ella, pero claro con viento en contra, habría que remar mucho para alcanzarla. Y no estaba yo por la labor de remar, si no más bien por dejarme cautivar por las suaves brisas que me llevaban en volandas a una noche de lujuria y pasión. La noche siguió su curso y el viento empezó a venir racheado, cambiando de dirección continua y bruscamente. Me daba cuenta que la cosa se me estaba yendo completamente de las manos. No era capaz de controlar mi barco, y sin pensármelo dos veces decidí remar. Había que recuperar el control de la situación. No había más huevos que remar. Pero, ¿hacia dónde? De repente, el río comenzó a estrecharse, y tenía bastante cerca las dos orillas...
Las dos chicas eran como la noche y el día. No se parecían en nada, salvo en el color del pelo, rubias las dos. La alemana era como un volcán impredecible, parecía frío y dormido, pero podía entrar en actividad en cualquier momento, y cuando eso ocurría, ¡sálvese quien pueda! Era una chica pícara, le gustaba jugar conmigo, dejarme a veces con la miel en los labios para luego darme doble ración. A mí me encantaba dejarme llevar por sus triquiñuelas, sabiendo que si jugaba bien mis cartas tendría mi recompensa. Disfrutaba con cada roce, caricia o mordisco suyo, que si bien me los racionaba, me provocaban un escalofrío que me ponía todo, todo, todo de punta.
Por su parte la francesa era una chica muy dulce, con carita de muñeca y con una sonrisa que refleja una inocencia que podría enamorar a cualquiera. Con ella, no había roces, ni besos, ni mordiscos. Me bastaba con contemplarla allí cerca de mí, bailando y mirando con curiosidad lo que ocurría entre la alemana y yo. No pude evitar el pensamiento de verme en un ménage à trois con las dos. El polvo del siglo, sin paliativos. Tener bajo mis sábanas a estas dos chicas era algo que ni en el mejor de mis sueño húmedos, me había ocurrido.
Estaba yo inmerso en esta paja mental, cuando la chica alemana se me puso justo detrás, me abrazó rodeando mi cintura. No recuerdo bien donde colocó sus manos, pero puedo asegurar que había pasado el límite y estaba en zona erógena. Pegó su cintura a mi pelvis, y empezó a balancearse al ritmo de la música que sonaba. Gran momento. Me encontraba en una nube. ¡Quien me lo hubiera dicho 6 meses antes...! Pero, claro siempre se puede estar mejor, jeje. La francesa andaba por allí, justo en frente de mí, bailando también. A eso que empezó a mirarnos y se fue acercando poco a poco, le clavé la mirada y me lancé, la agarré bruscamente de la cintura, y la traje hacia mí. No pareció desagradarle y nos siguió el rollo. ¡Que alguien me dé un pellizco! – pensé.
A estas alturas no tenía claro si estaba ocurriendo de verdad, o si por fin había conseguido soñar con un trío. En lugar de un pellizco, la alemana me lanzó otro de sus bocaditos. La erección fue francamente inevitable. Supongo que la francesa se dio cuenta también, aunque no pareció importarle. Por un momento, me sentí como una gran salchicha entre dos ricas rebanadas de pan. Ufsssss.......
Por algún extraño motivo que aún no alcanzo a comprender, se me dan estupendamente las alemanas (las chicas más guapas con las que he estado lo son), y por otra parte, no consigo comerme un colín con las francesas (pese a haber vivido un año y medio en Francia) Voilà, mi particular eje franco-alemán.
El caso es que tras varias conquistas germanas y otros tantos fiascos gabachos, me siento pleno de confianza cuando intento llevarme al huerto a una chica alemana, y totalmente carente de ideas cuando se trata de una francesa. Me puede la presión al jugar en un terreno en el que nunca se ha obtenido una victoria.
En una de éstas me encontraba una noche: había quedado con una alemana, guapísima toda ella, a la que ya había tenido el placer de contemplarla como la madre la trajo al mundo, y por otro lado también con una francesita très mignone con la que ya me gustaría... Por decirlo metafóricamente, me encontraba navegando por el Rhin río abajo.
El viento, como de costumbre, soplaba en dirección a Alemania, con lo cual me era muy fácil dejarme llevar por la corriente y navegar junto a la orilla germana. Sin embargo desde allí se divisaba la orilla francesa, preciosa ella, pero claro con viento en contra, habría que remar mucho para alcanzarla. Y no estaba yo por la labor de remar, si no más bien por dejarme cautivar por las suaves brisas que me llevaban en volandas a una noche de lujuria y pasión. La noche siguió su curso y el viento empezó a venir racheado, cambiando de dirección continua y bruscamente. Me daba cuenta que la cosa se me estaba yendo completamente de las manos. No era capaz de controlar mi barco, y sin pensármelo dos veces decidí remar. Había que recuperar el control de la situación. No había más huevos que remar. Pero, ¿hacia dónde? De repente, el río comenzó a estrecharse, y tenía bastante cerca las dos orillas...
Las dos chicas eran como la noche y el día. No se parecían en nada, salvo en el color del pelo, rubias las dos. La alemana era como un volcán impredecible, parecía frío y dormido, pero podía entrar en actividad en cualquier momento, y cuando eso ocurría, ¡sálvese quien pueda! Era una chica pícara, le gustaba jugar conmigo, dejarme a veces con la miel en los labios para luego darme doble ración. A mí me encantaba dejarme llevar por sus triquiñuelas, sabiendo que si jugaba bien mis cartas tendría mi recompensa. Disfrutaba con cada roce, caricia o mordisco suyo, que si bien me los racionaba, me provocaban un escalofrío que me ponía todo, todo, todo de punta.
Por su parte la francesa era una chica muy dulce, con carita de muñeca y con una sonrisa que refleja una inocencia que podría enamorar a cualquiera. Con ella, no había roces, ni besos, ni mordiscos. Me bastaba con contemplarla allí cerca de mí, bailando y mirando con curiosidad lo que ocurría entre la alemana y yo. No pude evitar el pensamiento de verme en un ménage à trois con las dos. El polvo del siglo, sin paliativos. Tener bajo mis sábanas a estas dos chicas era algo que ni en el mejor de mis sueño húmedos, me había ocurrido.
Estaba yo inmerso en esta paja mental, cuando la chica alemana se me puso justo detrás, me abrazó rodeando mi cintura. No recuerdo bien donde colocó sus manos, pero puedo asegurar que había pasado el límite y estaba en zona erógena. Pegó su cintura a mi pelvis, y empezó a balancearse al ritmo de la música que sonaba. Gran momento. Me encontraba en una nube. ¡Quien me lo hubiera dicho 6 meses antes...! Pero, claro siempre se puede estar mejor, jeje. La francesa andaba por allí, justo en frente de mí, bailando también. A eso que empezó a mirarnos y se fue acercando poco a poco, le clavé la mirada y me lancé, la agarré bruscamente de la cintura, y la traje hacia mí. No pareció desagradarle y nos siguió el rollo. ¡Que alguien me dé un pellizco! – pensé.
A estas alturas no tenía claro si estaba ocurriendo de verdad, o si por fin había conseguido soñar con un trío. En lugar de un pellizco, la alemana me lanzó otro de sus bocaditos. La erección fue francamente inevitable. Supongo que la francesa se dio cuenta también, aunque no pareció importarle. Por un momento, me sentí como una gran salchicha entre dos ricas rebanadas de pan. Ufsssss.......
A mí me daban dos
Situación: 4:00 de la mañana. Puerta del Nómada. Todo el mundo parece tener ganas de largarse a casa. Yo no. Me resisto. Todavía queda noche y aún puedo estrujarla un poco más. Las francesas andaban por allí. Nos disponíamos a irnos con ellas, Mo y yo, que a la postre éramos los únicos que quedábamos, cuando de repente aparecen dos chicas con acento italiano que se nos acercan a perdirnos que le vendiéramos un porro. ¡Bingo! La chispita que le faltaba a la noche, la motivación para seguir adelante y poner la mejor de mis sonrisas.
Mi primera respuesta, clara y concisa. No, no os vendo un porro. Ante la cara de sorpresa de las dos chicas, me decido a ser un poco más explicito en mi negativa. No os vendo un porro. Os lo regalo a condición de que os lo fuméis aquí con nosotros. Como dijo luego un amigo al día siguiente cuando le conté lo sucedido. En el momento que me pidieron el porro, habían caído en mis redes. Les podía haber vendido el porro, sin más, pero eso es delito, y yo no soy un delincuente, je je.
Después de furmarnos un par de ellos, me preguntaron dónde se podía ir en Málaga a las 5:00 de la mañana. De nuevo, je je. Raggazze, acabáis de conocer a Thaalym la nuit, no problem and come with me. Se han quedado enganchadas en mis redes y no saben salir - pensé. Pareció hacerles gracia. Yo por un momento me sentí patético. Menuda gilipollez había soltado por mi boquita. Pero bueno, ¿qué más da? Las hizo reír, y si conseguía sacar una sonrisa tan carina como esa, cualquier parida merecía la pena.
Mo no hablaba italiano, yo sí. Y las chicas no hablaban español. Lo cual, me colocaba a mí en una posición inmejorable. Traduttore, tradittore... Como traductor, sé que lo deseable es mantenerse fiel al discurso original siendo lo más objetivo posible, pero es inevitable, como en todo, ser subjetivo. Y mi subjetividad me decía que me tenía que comer esa boquita costase lo que costase.
Nos dirigimos hacia la Sala Spectra. Después de 3 ó 4 cervezas, y otros tantos porros, la cosa se relajó y las confianzas empezaron a aflorar como flol del loto, valga la rebuznancia. Ma quería ir al servicio, pero había una cola tremenda y desistió de la idea. Le propuse ir a un callejón que había justo fuera, por donde no pasaba nadie y podríamos mear tranquilos - llegados a este punto, la cerveza estaba también poniendo a prueba mi vejiga.
El callejón se encontraba justo como había dicho. Desierto. Ella se metió en un soportal, con un escalón de no más de 25 cm de ancho, y allí cuan araña en su red, se acopló de tal manera que me fue imposible ver nada desde el portal de al lado donde estaba meando yo también. Flexioné mi cintura hacia atrás para ver si alcanzaba a ver una pequeña porción de ese culito latino... Me la imaginaba allí, en una postura inverosímil, intentando mear y ocultar al mismo tiempo su cuerpecito. En fin, no podía ver pero sí, escuchar. Se escuchaba un sonido tipo PPPPSSSCCCHHHH. Y a juzgar por cómo sonaba, debía tener un orgasmatrón entre las piernas que... ufsss. Empecé a reirme y no pude evitar preguntarle cómo se había colocado ya que me había sido imposible verle ni siquiera un cachetito. No pareció importarle mi descaro y entre risas, abrazos de borrachos y alguna que otra mano que se despitaba, volvimos a la Spectra.
Esa noche pasó sin más pena ni gloria, terminamos en la plaza de la Merced a las ocho de la mañana, apurando los últimos alientos de la noche, que si bien no había sido muy fructífera, si que al menos era prometedora. Las chicas eran italianas, residentes en Londres, y así como el que no quiere la cosa, se habían venido a Málaga de vacaciones una semana. Alquilaron una habitación en un hotel/picadero de la Alameda Principal.... en plena Semana Santa!! Las pobres no tenían ni idea de que se celebraba la Semana Santa en las fechas en la que venían, y mucho menos sabían que el peor sitio para dormir en Málaga en estas fechas era precisamente la Alameda Principal, por la cantidad de procesiones, tambores. trompetas y simplemente tocapelotas que pasaban por allí. Por no hablar del miedo que les daban los nazarenos, a quienes identificaban como miembros del Ku-Kus-Klan.
Nos despedimos de ella. Eran ya las ocho de la mañana y el sueño empezaba a hacerse evidente. Quedamos en volver a vernos ese mismo día por la noche. Mi hermano fue a casa por la tarde y accedió encantado a venir conmigo a ver a las dos chicas. Por un momento, pensamos en dejar plantado a Mo, e irnos nosotros dos solos con las chicas. Pero al final, desistimos y lo llamamos. La sorpresa nos la llevamos cuando vimos que no estaban solas. Las acompañaban una pareja, él uruguayo-siliciano y ella francesa, y otro italiano. Estaban en el Pimpi, soplándose botella tras botella de vino dulce. ¡De puta madre! - pensé - No hay nada como el vino para desinhibirse y perder las formas. Me fui a la barra y pedí otra botella de vino.- No había que perder comba.
Mis planes se frustraron un poco, cuando observé el rollito que llevaba Ma con el chico italiano. Ella me explicó que era un amigo al que quería mucho. La explicación no venía a cuento, yo ni siquera se la había pedido. Después de algunas botellas más de vino y con una cogorza considerable, nos fuimos al Road House. Allí fue donde el vino, la cerveza y los 15.000 canutos que nos habíamos fumado empezaron a dejarse ver. Estaba yo en medio de mi pedo, cuando me pareció ver a Ma y al italiano pegándose el lote. ¡Mierda! pensé - otra ve llego tarde. Cuál fue mi sorpresa cuando poco después se me acercó ella, a repetirme lo mismo que me había dicho a propósito del chico italiano, pero esta vez terminó la frase con un beso en la boca, de éstos que no te esperas y apenas tienes los labios húmedos, y un guiño. Bueno la cosa mejora un poco. Era ya tarde, al día siguiente tenía que trabajar y tal como iba la noche lo mejor era quitarse del medio, no fuera a ser que me partieran la cara... o algo peor, el cerete...¡Quién sabe, hay mucho modernillo por ahí que confunden los términos! En fin, quise tentar un poco más la suerte, y para despedirme de Ma, esta vez fui yo el que le soltó el beso, con los labios bien mojados ahora. Quedamos en vernos al día siguiente. Me despedí de todo el mundo, también del italiano. Casi me empalmo al saber que se volvía a Italia esa misma noche. Je je je, mañana la tendré solita para mí - me dije.
(Continuará...)
Mi primera respuesta, clara y concisa. No, no os vendo un porro. Ante la cara de sorpresa de las dos chicas, me decido a ser un poco más explicito en mi negativa. No os vendo un porro. Os lo regalo a condición de que os lo fuméis aquí con nosotros. Como dijo luego un amigo al día siguiente cuando le conté lo sucedido. En el momento que me pidieron el porro, habían caído en mis redes. Les podía haber vendido el porro, sin más, pero eso es delito, y yo no soy un delincuente, je je.
Después de furmarnos un par de ellos, me preguntaron dónde se podía ir en Málaga a las 5:00 de la mañana. De nuevo, je je. Raggazze, acabáis de conocer a Thaalym la nuit, no problem and come with me. Se han quedado enganchadas en mis redes y no saben salir - pensé. Pareció hacerles gracia. Yo por un momento me sentí patético. Menuda gilipollez había soltado por mi boquita. Pero bueno, ¿qué más da? Las hizo reír, y si conseguía sacar una sonrisa tan carina como esa, cualquier parida merecía la pena.
Mo no hablaba italiano, yo sí. Y las chicas no hablaban español. Lo cual, me colocaba a mí en una posición inmejorable. Traduttore, tradittore... Como traductor, sé que lo deseable es mantenerse fiel al discurso original siendo lo más objetivo posible, pero es inevitable, como en todo, ser subjetivo. Y mi subjetividad me decía que me tenía que comer esa boquita costase lo que costase.
Nos dirigimos hacia la Sala Spectra. Después de 3 ó 4 cervezas, y otros tantos porros, la cosa se relajó y las confianzas empezaron a aflorar como flol del loto, valga la rebuznancia. Ma quería ir al servicio, pero había una cola tremenda y desistió de la idea. Le propuse ir a un callejón que había justo fuera, por donde no pasaba nadie y podríamos mear tranquilos - llegados a este punto, la cerveza estaba también poniendo a prueba mi vejiga.
El callejón se encontraba justo como había dicho. Desierto. Ella se metió en un soportal, con un escalón de no más de 25 cm de ancho, y allí cuan araña en su red, se acopló de tal manera que me fue imposible ver nada desde el portal de al lado donde estaba meando yo también. Flexioné mi cintura hacia atrás para ver si alcanzaba a ver una pequeña porción de ese culito latino... Me la imaginaba allí, en una postura inverosímil, intentando mear y ocultar al mismo tiempo su cuerpecito. En fin, no podía ver pero sí, escuchar. Se escuchaba un sonido tipo PPPPSSSCCCHHHH. Y a juzgar por cómo sonaba, debía tener un orgasmatrón entre las piernas que... ufsss. Empecé a reirme y no pude evitar preguntarle cómo se había colocado ya que me había sido imposible verle ni siquiera un cachetito. No pareció importarle mi descaro y entre risas, abrazos de borrachos y alguna que otra mano que se despitaba, volvimos a la Spectra.
Esa noche pasó sin más pena ni gloria, terminamos en la plaza de la Merced a las ocho de la mañana, apurando los últimos alientos de la noche, que si bien no había sido muy fructífera, si que al menos era prometedora. Las chicas eran italianas, residentes en Londres, y así como el que no quiere la cosa, se habían venido a Málaga de vacaciones una semana. Alquilaron una habitación en un hotel/picadero de la Alameda Principal.... en plena Semana Santa!! Las pobres no tenían ni idea de que se celebraba la Semana Santa en las fechas en la que venían, y mucho menos sabían que el peor sitio para dormir en Málaga en estas fechas era precisamente la Alameda Principal, por la cantidad de procesiones, tambores. trompetas y simplemente tocapelotas que pasaban por allí. Por no hablar del miedo que les daban los nazarenos, a quienes identificaban como miembros del Ku-Kus-Klan.
Nos despedimos de ella. Eran ya las ocho de la mañana y el sueño empezaba a hacerse evidente. Quedamos en volver a vernos ese mismo día por la noche. Mi hermano fue a casa por la tarde y accedió encantado a venir conmigo a ver a las dos chicas. Por un momento, pensamos en dejar plantado a Mo, e irnos nosotros dos solos con las chicas. Pero al final, desistimos y lo llamamos. La sorpresa nos la llevamos cuando vimos que no estaban solas. Las acompañaban una pareja, él uruguayo-siliciano y ella francesa, y otro italiano. Estaban en el Pimpi, soplándose botella tras botella de vino dulce. ¡De puta madre! - pensé - No hay nada como el vino para desinhibirse y perder las formas. Me fui a la barra y pedí otra botella de vino.- No había que perder comba.
Mis planes se frustraron un poco, cuando observé el rollito que llevaba Ma con el chico italiano. Ella me explicó que era un amigo al que quería mucho. La explicación no venía a cuento, yo ni siquera se la había pedido. Después de algunas botellas más de vino y con una cogorza considerable, nos fuimos al Road House. Allí fue donde el vino, la cerveza y los 15.000 canutos que nos habíamos fumado empezaron a dejarse ver. Estaba yo en medio de mi pedo, cuando me pareció ver a Ma y al italiano pegándose el lote. ¡Mierda! pensé - otra ve llego tarde. Cuál fue mi sorpresa cuando poco después se me acercó ella, a repetirme lo mismo que me había dicho a propósito del chico italiano, pero esta vez terminó la frase con un beso en la boca, de éstos que no te esperas y apenas tienes los labios húmedos, y un guiño. Bueno la cosa mejora un poco. Era ya tarde, al día siguiente tenía que trabajar y tal como iba la noche lo mejor era quitarse del medio, no fuera a ser que me partieran la cara... o algo peor, el cerete...¡Quién sabe, hay mucho modernillo por ahí que confunden los términos! En fin, quise tentar un poco más la suerte, y para despedirme de Ma, esta vez fui yo el que le soltó el beso, con los labios bien mojados ahora. Quedamos en vernos al día siguiente. Me despedí de todo el mundo, también del italiano. Casi me empalmo al saber que se volvía a Italia esa misma noche. Je je je, mañana la tendré solita para mí - me dije.
(Continuará...)





