TEMPUS FUGIT
Últimamente me regalo a pedacitos.
Regalo poemas, regalo canciones, regalo mensajes, regalo recuerdos. Regalo hasta silencios cuando realmente quisiera gritar, acunar, abrazar, desadormecer tiempos dormidos. Me estoy llenando de dar. Lo que recibo, hoy, no importa. A veces no existe, otras se desgrana levemente y me mece en territorios donde la tierra se hace fértil y limpia.
Han vuelto los vencejos y las tardes rojizas y los sueños perpetuos y las canciones calladas desdibujando los atardeceres de la ciudad, haciéndolos serenos.
A veces estoy ahí sin que lo sepas. Y te guardo, y te contemplo. Y te canto canciones por lo bajito mientras acaricio suavemente tu pelo y te susurro que la inmensidad de los mares también puede ahogarte, amor, si lo permites.
Eres tan pequeño que te guardo en el cuenco de mis manos. Eres tan grande que ni el tiempo podrá nunca detenerte. Amor, no te quedes en el reflejo. Huir hacia dentro es arrebatarle al mundo la posibilidad de sorprenderte.
Yo sigo aquí, con mi mejilla apoyada en este lado del espejo. Contemplándote mientras te desvaneces en tus haceres y en tus silencios. La tarde se hace tan larga, amor, que la noche parece que nunca será capaz de desplegar sus luces.
Yo sigo aquí susurrándote canciones en que la locura es cada día un poco más ciega y más cuerda y más imposible.
AMAR
Hace poco, he retomado una vieja costumbre que tengo desde niña y que era contarme historias antes de dormir. Cuando era niña me contaba cuentos. De adolescente, joven y no tan joven, me contaba historias de amores más o menos inciertos. Luego olvidé esa costumbre para retomarla hace muy poco y contarme las cosas que siento o quiero dejar de sentir, para meditar hacia donde quiero llegar en este proceso interno de transformación en que me encuentro.
Algo de lo que me llevo dando especial cuenta, ahora que parece que tengo los sentidos algo más certeros y abiertos hacia algo que no sea mis propios asuntos, es que aquello por lo cual todos indiscutiblemente nos movemos, aquello que realmente buscamos, necesitamos, lo que nos mueve, lo que nos llena, lo que nos salva es el AMOR.
Ahora, quien me haya leído últimamente pensará que ya está Marguerite con su aire romántico y nostálgico sujetándose a sus fantasías más locas y sentimentales. Y algo habrá de cierto, cuando es verdad que soy una loca romántica incurable. Pero en este caso no hablo del amor estrictamente romántico, hablo de la necesidad de todo ser humano de sentirse amado, cuidado, protegido,comprendido, nutrido de afecto, acompañado.
Desde hace varios meses y formando parte de mi proceso interno de búsqueda estoy haciendo algo que se llama biodanza. A través de este medio me he dado cuenta de la inmensa carencia afectiva en la que vivimos, en la que yo vivo aún teniendo x personas que me proveen de afecto. Esa carencia está fundamentalmente basada en los “corsés” que yo misma me he forjado y autoimpuesto, en el cierre de determinados canales afectivos – que no sociales – y en las autolimitaciones personales.
En mi caso me resulta mucho más restrictivo, mucho más doloroso, el verme privada de mi inmensa necesidad de amar, de dar. Y a su vez me he dado cuenta de lo difícil que me resulta recibir, abandonarme a aquello que recibo de la misma forma que me abandono a lo que doy.
Una de las enormes virtudes del método biodanza es que, si te abandonas a él, cosa para la que tienes que bajar muchas barreras y mostrar tus desnudeces internas sin necesidad absoluta de decir una sola palabra – no es fácil, creedme – te encuentras viendo realmente a las personas, por encima de sus corazas, de sus clichés, de lo que la sociedad les etiqueta. Es hermoso. Y es más, me encuentro yo misma, poco a poco despojándome de pesos inútiles cargados durante años por el simple hecho de habérmelos puesto un día al hombro y creerme a mí misma que soy aquello que llevo conmigo.
Uno de los “ejercicios” más difíciles que hay que hacer es mirar a las personas a los ojos. Nunca lo hubiera pensado hasta que yo misma lo hice. ¿Os habéis dado cuenta de las pocas que veces miráis a los ojos a la gente que queréis, o simplemente a la gente que os rodea? ¿Os habéis dado cuenta de a cuanta gente que véis de forma habitual cada día os habéis detenido a mirar realmente? Yo hace poco me detuve a mirar a esa persona que me entrega el periódico gratuito y honestamente, no la hubiera reconocido por la calle, aunque resulta que le doy los buenos días todas las santas mañanas.
Sabéis? Creo que nos ponemos demasiadas barreras para amar. Buscamos demasiados motivos. Siempre necesitamos alguna excusa para hacerlo: que seas mi novio/a, mi amante, mi padre, mi madre, mi hermano, mi familia, mi amigo... cuando realmente poco importan las excusas. ¿Por qué encorsetarnos en palabras cuando lo que verdaderamente importa es el amor en sí? A veces tengo la sensación de que nos limitamos demasiado por aquello que nos dicta todo lo aprendido. Que nos limitamos demasiado por miedo. Que nos limitamos demasiado cuando amar no tiene verdaderos límites. El límite lo pone tan sólo el entendimiento, el respeto a nosotros y a aquel a quien amamos.
Yo he amado intensamente durante tan sólo diez minutos a un desconocido, y él me amó igualmente a mí. Simplemente porque los dos nos permitimos amarnos, mirarnos a los ojos y desvanecernos. Cierto es que fué durante un ejercicio de biodanza en dónde se promueve abandonar la razón y en dónde el sistema límbico manda sobre cualquier otra cosa. Pero fue hermoso. Cierto que fué irreal, mi razón lo sabe, pero no así mi cuerpo, ni mis sentimientos. Cuando el cerebro vuelve a funcionar, él y yo sabemos que ese amor no era real pero la experiencia no se hace menos intensa por ello. Y además, el amor se queda, aunque el objeto amado sea algo pasajero y fugaz. Es difícil de explicar, sin sentirlo. Para mentes calenturientas, diré que el vínculo para sentirse amado de esta manera consistió tan sólo en mirarnos a los ojos y en un abrazo. Como digo, difícil de explicarlo sin sentirlo, sin sentir casi físicamente las energías que se mueven, los canales que se desbloquean y que sientes volver a bloquearse cuando termina la “actividad” propiamente dicha y vuelves al “mundo real”.
Evidentemente este método, la biodanza, no es simplemente algún tipo de evasión. Tienes que observar los resultados en tu vida si no, no sirve de nada. Yo los noto. Y espero notarlos más. Veo más. Miro más. Amo más. Doy más abrazos y más besos. Me siento más dulce y menos encerrada en mí misma. El mundo en general fluye más suavemente, yo me tomo la vida algo menos a la tremenda y comprendo actitudes ajenas que no me gustan pero que indudablemente he de aprender a aceptar. A veces no es necesario hacer nada. A veces sólo es necesario estar ahí y recibir. Y escuchar más, incluso por debajo de las palabras que se dicen o fundamentalmente de aquellas que no se llegan a decir.
Pero como decía al principio de mi parrafada, por encima de nuestras barreras, de las caretas que nos ponemos cada día, de las etiquetas que nos colgamos; independientemente de nuestra necesidad de soledad o de sociabilidad, de nuestra necesidad de reconocimiento o de individualidad, por encima de muchas actitudes tras las cuales nos parapetamos como mecanismo de defensa ante una vida que muchas veces se nos antoja absurda; por encima o por debajo de todo lo que hacemos día a día, no tenemos que olvidar nunca lo que somos y aquello que somos está tan necesitado de AMAR y de sentirse AMADO en el más amplio sentido de la palabra, que tal vez el día en que somos consciente de eso alguna pieza empieza por fín a encajar dentro de tanto absurdo.
Y tal vez empecemos entonces a darle a todo aquello que nos rodea su justa medida y a regalar tiempo a aquello que verdaderamente es importante.
Yo estoy en ello.
SOLO NERUDA