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Diario de Marguerite
mi táctica es quedarme en tu recuerdo, no sé cómo ni sé con qué pretexto
Acerca de
Ni soy fuerte ni soy frágil pero empeñan tiempo y energía en colocarme medallas, muertos, motes y lugares en donde aniden mis bondades y mis males. email: marguerite.gaultier@hotmail.com lector
Sindicación
 
SOLITUDE


AU REVOIR MES AMIS...


 
INTERLUDE




Bajó la calle.

Los tacones resonaban contra el pavimento de piedra , secos y amargos en la noche aún tibia. Escucharlos alentaba sus pasos y alimentaba su necesidad de sentirse fuerte. Antes de salir de casa se había maquillado con cuidado y vestido aquel traje negro decadente con esa falda de femme fatale años cuarenta. Sin pensar demasiado y con la determinación jugando a converger entre sus cejas, se cepilló el pelo en un último intento por demorar lo inevitable.

Una vez vestida y disfrazada ilusamente de desafío, agarró su viejo bolso, y se lanzó a la calle con decisión. Agitó su largo cabello por delante de tiendas y ventanas cerradas, sin darse cuenta de que una fina lluvia empezaba a depositarse y a envolverlo todo. Ni siquiera se fijó en que aquel camino que tantas veces había degustado como un manjar, como un trago de champán de dulce burbujeo, se diluía ahora insípido, a su paso.

Las calles desfilaron una en una, acaso presentando sus respetos. Cada esquina, cada recoveco fué invadido por aquel caminar certero, decidido, ausente. El pequeño café donde entrelazar las manos y detener los tiempos, ahora con la vieja cancela bajada y gris. La bruma del río que subía a saludarla con sus húmedos y madrugadores dedos.

Ella nada sentía.

Al cruzar la pequeña plaza, apenas a dos calles ya de su destino, uno de sus pies por un leve instante vaciló y de repente uno de sus pasos decidió que no sabía si correr o demorar. Y mientras recobraba el taconeo, ahora ya más temeroso, alzó una de sus manos para apartar aquel mechón de cabello goteando de lluvia. De repente recordó. Aquel vals.

Giró como si bailara sobre sus talones. Se detuvo y allí estaba. Aquella puerta vieja y verde. Aquel picaporte de latón oxidado. Los recuerdos.

Sólo tres pasos , tres eternos pasos, para cruzar la calle. Su mano permaneció a dos milimetros de aquella vieja puerta, detenida, un segundo tras otro. Posó levemente su dedo, un nombre, un timbre. Acarició cada letra mientras giraba en infinitas vueltas al son de aquel vals insonoro. – Mis dedos, sin pudieran hablar mis dedos – pensó.

No llegó a pulsar el timbre. Nunca se abrió la verde puerta.

Se quitó los tacones para subir la calle. Se sujetó el pelo con las manos. Y enmudeció. El silencio dejó rendido un mundo que a su alrededor parecía despertar, mientras regresaba paso a paso, calle arriba.


Y mientras volvía, supo con certeza que ya no había lugar para el retorno.

Que sus dedos habían enmudecido para siempre.