DESAPRENDER
Últimamente, quizá por mi estado anímico, me saltan a la cara noticias relacionadas con personas que hacen cosas que se salen de la normalidad. Algunas noticias resultan altruístas y conmovedoras, como la de aquel periodista que marchó de vacaciones a la India para volver después de forma definitiva dedicándose a levantar prácticamente de la nada un orfanato en Bombay. Otras insólitas, como la del transexual que pasó de mujer a hombre y se quedó embarazado porque su mujer no podía tener niños. Alguna otra más cercana, como la de una amiga que lo deja todo e invierte sus ahorros de años, en irse muchos meses de mochilera por sudamérica a una edad en que la mochila ya no se puede llevar mucho tiempo a la espalda.
Todos ellos son gente que se saltan “las normas”, “lo convencional”, “lo habitual” , para buscar la felicidad en lugares no comunes. Para buscar su felicidad.
Cada día que pasa estoy más convencida del daño que las convenciones sociales nos hacen a cada uno personalmente como individuos. El peso que la sociedad pone sobre nuestras espaldas, su vara de medir, las acotaciones, las reglas y las normas que subyacen bajo el entorno social y cultural en que nos movemos, nos empujan día a día a volvernos todos cada vez más iguales primando la igualdad y desalentando las individualidades, lo distinto, “lo extraño”.
Desde hace muchos años creo que el proceso educativo no sólo no nos hace pensar lo suficiente sino que nos invita a no pensar de forma individual. De ahí que la originalidad – inteligente - sea cada día un bien más escaso. Y todo esto sin hablar del daño que hacen las instituciones en general y las religiosas en particular.
En mi personal búsqueda de la felicidad, no como un estado puntual y transitorio sino como una forma de vida, me estoy dando cuenta de que el proceso pasa realmente por desaprender. Tengo que desaprender convicciones, creencias, seguridades, ideas, miedos. Muchas cosas que tengo aquí dentro tan incrustadas que cuesta mucho reconocerlas y sacarlas a la luz antes de decirles adios.
Ver tambalearse los pilares de determinadas creencias resulta muy desconcertante pero a la vez resulta muy liberador. Es como mirar de repente por una ventana que siempre ha estado ahí pero que nunca has visto y sentir ese cierto vértigo previo a poner un pié en el alféizar antes de saltar por ella y averiguar qué pasa. Alicia, antes de traspasar el espejo.
No existe una sola forma de felicidad. La felicidad no es en todos los casos una carrera exitosa, un matrimonio feliz, unos hijos sanos, una pensión holgada y dineros para adquirir casa, coche, segundas viviendas o un juego nuevo de palos de golf.
Yo no soy una mujer ambiciosa, eso es algo que tengo claro. Mis ambiciones y mi felicidad particular se basan sin duda en mi forma de relacionarme conmigo misma y sobre todo con los demás. En materia de consecución de objetivos profesionales estoy aún más perdida que un burro en un garaje, probablemente mis anhelos estén cerca del ámbito creativo, aunque mi deriva siempre ha terminado por llevarme a distintos sectores en entornos internacionales. ¿Una mezcla de deseos y deriva serán tal vez mi objetivo futuro?. Quién sabe.
De momento estoy haciendo palanca para abrir ojos, oídos y mente. Sigo averiguando quien soy , cómo soy , y sobre todo qué y quienes me hacen feliz.
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No me he ido de forma definitiva, permanezco en la distancia y os sigo leyendo.
Besos





