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BITÁCORA DE LA MADRUGADA
Espacio de reflexión y encuentro para espíritus inquietos que navegan por la vida
Acerca de
Navegante, seas quien seas, sé bienvenido o bienvenida Un cuaderno de bitácora es un Libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación. Pero aquí se trata de la navegación como metáfora de la vida y es también un espacio de escritura, reflexión y encuentro. Está destinado a los espíritus inquietos, que navegan por la vida, porque se habla del acontecer de la navegación, mi navegación, pero también la tuya: a los que tienen algo que decir, a los incomprendidos, a los entusiasmados, a los melancólicos, a los tristes, a los alegres y a los pacíficos, a los solitarios, a los apasionados, a los que aman aprender y descubrir, a los que les gusta leer y la ciencia y la cultura y la literatura, y la lingüística y la filosofía y la vida……. Soy de Valencia, España. Me gusta el cine, la literatura, el arte, la filosofía, la lectura intensa. Soy un navegante de la vida. Adoro el diálogo.
Sindicación
 
LA NOCHE DE INVIERNO POLAR


En mi post anterior sobre imágenes y palabras intenté abordar otros temas que van más allá de la esfera de los sentimientos, los deseos, las pasiones humanas y el mundo de la intimidad y los sueños particulares. Sin embargo, siento que todavía no es el momento. Aún tengo muchos de estos temas tan humanos dentro de mí, pululando en mi espíritu, de los que necesito reflexionar y hablar. Continuaré, pues, en esta línea, ya que, lejos de agotarse pronto, como yo esperaba, los temas me surgen unos detrás de otros inconteniblemente, como si cada uno de estos asuntos encerrara dentro infinidad de otros de manera que parece casi inagotable. Por lo tanto, dejaré de un lado, de momento, cuestiones más filosóficas o intelectuales, y me centraré en otros aspectos más vitales, humanos y cotidianos de los que hablaré con total libertad.

Ahora es madrugada. Me gusta pensar y escribir cuando es de noche, porque todo parece más irreal y lejano. En el silencio de la noche la vida parece haberse detenido por unos instantes. El silencio lo envuelve todo y la soledad se siente más intensamente. Hay como una especie de magia en esos momentos de quietud, y de repente me siento como el espectador de mi propia vida, o más bien de mi pasado. Noto como si la noche me proyectase a otro espacio y tiempo y me permitiera tener la distancia suficiente respecto de mi acontecer diario como para poder pensarlo objetivamente. Por eso estoy ahora, en la paz de la madrugada, escribiendo estas líneas, aunque esperaré a que sea de día para publicar estas palabras que ahora van surgiendo desde mi interior, quizás con la fantasía de que si espero hasta que venga el día para publicarlas, puedan mantener encerrada entre sus líneas esta magia de la madrugada, su paz y su quietud y, de esta manera, transmitírsela a los que las puedan leer.

Hablaré hoy de un tema desgarrador en el acontecer del o de la navegante de la vida. Lo expresaré como una metáfora que me vino ofrecida por la casualidad, “la noche de invierno polar”. Le he dado muchas vueltas desde entonces y de alguna manera esta metáfora me ha hecho volver a tomar conciencia de otros hechos del pasado por los que personalmente pasé al igual que otros miles de personas y seres en este mundo.
¿Qué es una noche de invierno polar? Fue un documental de National Geographic el que me sugirió esta metáfora. Lo resumo brevemente para que se entienda a donde quiero ir. El documental presentaba a tres científicos norteamericanos que llegaban al polo norte y se preparaban para la noche en una especie de cabaña, una especie de estación meteorológica, enorme y bien pertrechada con alimentos, aparatos de todo tipo, calefacción y libros, multitud de libros. Se veía a los tres afanarse casi con vehemencia en las reparaciones de la cabaña y en comprobar que no faltaba de nada. “viene la noche” decía uno de ellos entre el ajetreo, “viene la noche y luego ya no podremos hacer nada más. Nos esperan meses muy duros de soledad y aislamiento”. Le preguntaron por qué temían tanto a la noche y otro de los científicos respondió: “se trata de una noche de invierno polar. Es lo peor”.

Efectivamente, la noche de invierno polar dura algo más de seis meses en los que el sol desaparece en un atardecer casi eterno para no volver a aparecer en mucho tiempo. Todo lo llenan entonces la oscuridad y el frío, un frío intenso, junto con vientos huracanados casi constantes. Fuera la vida se detiene por completo. Y no hay nada más.
Así pues, los tres científicos se prepararon a finales de septiembre para la noche polar. Ésta les llegó a principios de octubre. La oscuridad lo llenó todo como una amenaza invisible y los tres se refugiaron al abrigo acogedor de su cabaña. Fuera empezó a soplar un fuerte viento y las temperaturas comenzaron a bajar. A mediados de octubre estaban en medio de la nada, completamente aislados sin esperar otra visita de nadie en mucho tiempo. Hacía tanto frío que, para que nos hiciéramos una idea de lo severas que eran las condiciones fuera de la cabaña donde estaban refugiados los científicos, uno de ellos puso a calentar agua en un cazo y cuando estaba hirviendo, salió fuera y arrojó el agua al aire. En menos de un segundo el agua se congeló, casi instantáneamente: arrojó agua hirviendo y lo que cayó era ya hielo.

A principios de noviembre parecía que había pasado una eternidad. Fuera, el viento huracanado y la oscuridad completa los habían tenido clavados en la cabaña a los tres sin poder salir, y acababan de empezar. Para no desesperarse procuraban llenar sus días (una forma de decirlo puesto que no había “día”) con actividades científicas y rutinarias y luego dedicaban horas a charlar, cantar, ver la televisión por satélite, hablar con sus seres queridos… “procuramos hablar mucho para no volvernos locos” decía uno. Y llegaba diciembre y, con este mes, si hasta ahora las condiciones afuera parecían terribles, todavía empeoraban mucho más con temperaturas de -70º bajo cero. El sonido del viento era ensordecedor. Parecía que el mundo exterior quisiera penetrar brutalmente dentro de la cabaña y arrebatarles la seguridad, el calor y la paz. Era como si todo se hundiese. Pero había que aguantar. Enero, y nada parecía cambiar, viento, frío, nieve, hielo y oscuridad, a la espera de febrero, que llegaba imperturbable. Para entonces ya habían perdido la conciencia de lo que era salir de esa cabaña. Los días de luz les parecían muy lejanos y alguno comenzaba a sentir miedo de que se acabaran las provisiones, o de que fallara el sistema eléctrico y los aislara definitivamente. Marzo y todo seguía igual. En los ojos de uno de ellos se reflejaba ya la desesperanza. “Hay que aguantar, hay que aguantar”, decía constantemente. Los otros procuraban animarle. Parecía que nuca iba a amainar el viento y que jamás volverían a notar el calor y la luz del sol sobre su piel. Y las horas se hacían días y los días años. Por fin llegó abril, pero todo seguía en la más intensa oscuridad. Los tres miraban ansiosamente por la ventana hacia el horizonte buscando los primeros rayos de sol, la luz espectral del alba que anuncia el nuevo día. Pero nada, todo seguía igual de terrible.

De repente, hacia mediados de abril, algo comenzó a cambiar. Ya no nevaba, el viento había aminorado. A lo lejos comenzaron a despuntar los primeros rayos de luz. Sí, estaba amaneciendo. Poco a poco las tinieblas irían dando paso a la luz, las temperaturas irían subiendo y la noche de invierno polar tocaba a su fin. Muy pronto podrían volver a salir. Se acababa el aislamiento, la soledad y la desesperanza.

Esta experiencia que vivieron los tres científicos en la Antártica se podría aplicar a muchos navegantes en su vida. Hay veces que las circunstancias de la vida nos meten de lleno en una noche vital de invierno polar. Y cada uno ha de buscar la manera de resistir a ella. Porque el que no lo consigue, naufraga y el que llega hasta el final se convierte en un superviviente nato. Son temporadas largas en las que se pierde la esperanza y vivimos en un estado constante de depresión (o casi), sufrimos, a veces lo indecible, y, a diferencia de los tres científicos, en completa soledad. Algunos denominan a estos períodos con otra metáfora “la travesía del desierto”, pero creo que la “noche de invierno polar” refleja mejor ese sentimiento de desesperanza completa, sufrimiento y angustia vital al que nos vemos impelidos. Las circunstancias que nos conducen a esa terrible situación varían mucho de unos a otros: para algunos puede ser un divorcio que nunca logran superar. Para otros es una depresión profunda, clínica, que les hace desear la muerte. Para otros es la desaparición de un ser querido. En cualquier caso es siempre una circunstancia desgarradora. Y el que no logra resistir, sencillamente naufraga, se hunde y se convierte en un desertor de la vida. En esos momentos nuestros fantasmas y demonios particulares nos acechan prestos a dejarse caer sobre nosotros.

Pero para aquellos que han pasado por esta experiencia tiene también su lado bueno. Les endurece en la vida. Les ayuda a relativizar muchas otras cosas y circunstancias. Aprenden que lo importante es resistir, resistir y resistir a toda costa porque tarde o temprano saldrá el sol (siempre que no sea algo irreversible, es decir, siempre que no sea un desahucio vital). Nos hacen más fuertes y a valorar mejor lo que tenemos y hemos conseguido con nuestro trabajo y actitudes, a amar las cosas sencillas y los pequeños momentos de felicidad que se hacen más intensos. Nos enseña que la vida siempre nos está dando por un lado y nos está quitando por otro. Nos hermana con los miles de seres que sufren o han sufrido. Y, si a pesar de todo se naufraga, existe la posibilidad de que la vida nos dé otra oportunidad u otra navegación. Recuerdo a una amiga que era feliz por primera vez en su vida después de haber sufrido y luchado tanto: tenía un trabajo que le apasionaba, una pareja estable que le llenaba la vida, un hijo en ciernes que tanto había deseado. Todo era tan perfecto que la pobrecilla estaba aterrorizada. Pensaba que si era tan feliz, las cosas ya no podían ir a mejor, sino a peor. Lo notaba todo tan frágil que el simple pensamiento de perderlo se cernía sobre ella como una sombra incontrolada y pérfida.

Porque hay veces que la navegación por la vida se hace difícil, trabajosa y dura. Hay mañanas que, por la razón que sea, nos cuesta más levantarnos. Y otras veces la vida golpea duro. Siempre me he preguntado qué sentido tiene sufrir a veces tanto. No quiero llegar al desánimo de poetas como Miguel Hernández, que en unos de sus versos exclamaba “¡Señor, señor! Cuánto sufrir para al final morirse uno”. Esto me lleva a García Lorca, poeta con el que tengo una relación entrañable y fecunda a través de sus obras de teatro y sus poemas. Lorca era un ser vital y luminoso. Por eso fue tan dolorosa la tragedia que le aguardaba en el camino, cuando cayó acribillado por las balas de la violencia ciega e ignorante, en plena madurez, en un acto de injusticia inmensa. De alguna manera el poeta era también un ser tan trágico como sus propios personajes, desgarrados, inquietos, agitados, bulliciosos y rebeldes. Por eso, un ser tan vital como él no podía en sus obras de teatro incluir personajes resignados, ni convencionales, ni acomodaticios a lo que viniese o a aceptar sin más e impotentes lo que el destino les imponía. Sus personajes no solo resistían, se rebelaban contra el dolor y el sufrimiento, lo combatían apasionadamente dejándose el alma en ello si fuera necesario. Por eso era personajes trágicos condenados a la destrucción o la tragedia.
La literatura está llena de personajes lorquianos que asumen una especie de protagonismo homérico y dejan traslucir, junto a su desahucio vital y el dolor rendido de su alma herida, la pasión desatada, el acto rebelde y sublime del que no quiere claudicar, la pequeña venganza del inconformista que, sin resignarse, grita o escupe al universo entero su condición absurda.
Me gusta pensar que el sufrimiento intenso por el que a veces pasamos, esas noches de invierno polar, tienen un sentido. Que hay una especie de justicia inmanente en el universo que, al final, nos recompensa haciendo que todo ese mal trago atroz tenga sentido y colocando a cada uno en su sitio y dándole lo que se merece. Porque merecemos tanto....
 
GRACIAS POR VUESTROS COMENTARIOS
Gracias. Muchas gracias por vuestras palabras y vuestros ánimos.

Estimada Albión, me animan mucho tus palabras y me sirven de aliciente para continuar con este diario. El Atlántico, que una vez fue tenebroso y desconocido, ahora no impide que a través de la distancia podamos compartir estas reflexiones. Me alegra saber que al otro lado del mundo hay alguien que comparte mis opiniones o le gustan y, de esa manera, las distancias geográficas dejan de tener importancia. Lo que la tiene son los navegantes que, como tú, por un azar llegan a estas líneas y las disfrutan. Gracias de corazón por tus palabras.

Querida Ángeles. Continúas ahí. Sigues en mi rumbo. Me alegra mucho tu comentario, primero porque es largo, y me ha gustado mucho, y segundo porque disientes de mí. Tú misma decías que estabas buscando tu propia ruta, y el hecho de mostrar tu desacuerdo es una manera de ir construyéndola. Por eso, tus comentarios forman parte integrante de mis reflexiones. Quiero añadir que has sacado a colación en tu comentario cosas muy importantes a las que he dado abundantes vueltas y en las que he reflexionado mucho. En el fondo estamos de cuerdo, pero hablamos de cosas distintas, pero esto se debe a mi torpeza o apresuramiento cuando escribo. De tan concentrado que estaba hablando de imágenes y palabras no me di cuenta que dejaba en el tintero algunas cuestiones fundamentales para que se me entendiera bien. Hablas del arte, de cómo los cuadros nos sobrecogen o nos emocionan y tienes toda la razón y no podría estar más de acuerdo contigo. Pero yo no me refería a la imagen como producto estético, como forma que tiene el artista de expresar sus emociones, de crear mundos o en dar una explicación mítica a este a partir del puro acto de creación y pasión. El arte es distinto. Yo hablaba de otro tipo de imágenes más simples y elaboradas con fines muy distintos. Me refería a la imagen utilizada como elemento de manipulación y persuasión, que se impone y no admite el diálogo, como las imágenes de los grandes dictadores o de la publicidad, y también a la imagen como producto de consumo rápido, de usar y tirar. Ese intento de transmitir abundante información de forma rápida y con el mínimo esfuerzo que nos hace dejar la senda del inmenso placer de la lectura o de la contemplación sosegada y fecunda de un cuadro que nos emociona. Hablas también de los gestos. Pero esos no son imágenes. Son lenguaje no verbal que, a veces, contribuyen al lenguaje verbal dotándolo de nuevos significados. El gesto necesita de un contexto para ser interpretado, la imagen es más autónoma. Además el gesto tiene algo que la imagen no puede alcanzar. Estoy pensando concretamente en aquellas personas con las que la comunicación es tan profunda que ya no hacen falta palabras, basta con el silencia del lenguaje y la actuación de un gesto como una mirada, una caricia, un beso, una respiración profunda, un suspiro. Todo eso son gestos, y llenan completamente el silencio del lenguaje cuando las palabras no son suficientes para expresar lo que sentimos. Otro tema importante que sacas es el de las discusiones estériles que no llevan a ninguna parte y terminan cansando hasta el punto que, como dices con toda la razón, te quedas muda. De nuevo fui parco en mi entusiasta frase. Cuando decía aquello de “Me gusta mucho el apasionamiento que algunas personas ponen al discutir y al rebatir mis afirmaciones, pero sin acaloramientos.” Debería haber añadido algo esencial que añado ahora “y que tengan la capacidad (y la valentía) de oír al otro de enfrentar sus opiniones y estar dispuestos a cambiarlas o modificarlas, sin intentar convencer, sino dialogar, intercambiar pareceres y puntos de vista de manera enriquecedora”.
Como dices las palabras sanan y también hieren. Pueden ser un arma de doble filo. Pero nada da a veces tanta vida como una palabra. Y la vida y la palabra se complementan. Por supuesto tienes todo el (legítimo) derecho a no estar de acuerdo, pero eso no me importa, porque de lo que aquí se trata no es de convencer o persuadir sino de dialogar, reflexionar y compartir..., pues tus comentarios se complementan con los míos “como la nata a la fresa”.
 
DE PALABRAS E IMÁGENES


Yo en realidad no sé lo que soy, más bien, con los años, más escéptico. He aprendido a utiliza mi mente entrenada para ser crítica y adoptar la más cómoda y lógica de las posturas, casi irremediable, el escepticismo. En cualquier caso, he tenido una empanada mental durante mucho tiempo. Cuando era un chaval era mucho más radical para todo. Ahora los años me han ido templando el ánimo y procuro ser más reflexivo, crítico y analítico, dejando la pasión para otras cosas en las que viene muy bien. Poco a poco mi espíritu revolucionario se fue apagando, pero se mantuvo afortunadamente intacto mi afán solidario hacia otros. Era producto de la rebeldía de la adolescencia, aunque siempre he sentido simpatía e inclinación hacia la izquierda, no lo puedo negar.

Me gusta mucho el apasionamiento que algunas personas ponen al discutir y al rebatir mis afirmaciones, pero sin acaloramientos. Me parece un saludable ejercicio de gimnasia mental y me gustan las personas críticas e inconformistas. Discutir de muchos temas con personas así me permite aprender y calibrar mejor mis propias afirmaciones, me hacen más flexible, poroso y tolerante, incentivan mi espíritu crítico no sólo hacia los esquemas mentales de otros, sino hacia los míos propios y me hacen tomar conciencia de mis argumentos y planteamientos, que me veo obligado a revisar a veces.

Sin embargo, esto no es algo tan generalizado como me gustaría. Vivimos en un mundo en el que la imagen asume todo el protagonismo en detrimento de la palabra. De hecho se suele decir que “una imagen vale más que mi palabras”, y a menudo utilizamos el campo léxico del concepto “palabra” para emitir juicios negativos del tipo: eso es mera palabrería, blablabla, las palabras se las lleva el viento, charlatán, y tantas otras denominaciones. Tenemos tan asumido el valor de la imagen que no nos damos cuenta de que hasta hace unos pocos años la palabra tuvo su protagonismo indiscutible durante milenios. Y si esto ha sido así, no es porque las distintas culturas y civilizaciones no se dieran cuenta del valor de la imagen, sino porque sabían valorar muy bien el de la palabra. De hecho, la imagen encierra una engañosa trama de manipulación que de tan sutil, la asumimos como una verdad incuestionable sin darnos cuentas que se está utilizando para modular nuestro sentir hacia determinadas cosas, para inclinar nuestra voluntad hacia otras o, incluso, para despertar nuestros sueños y pasiones más profundos de la mejor de las maneras: sin cuestionamiento.

Me explico mejor. La imagen no permite ningún tipo de diálogo. La imagen es, se muestra, la percibimos y nos transmite en conjunto su mensaje sin que nosotros podamos hacer otra cosa que percibirlo. Por eso, si nos paramos un poco a reflexionar, nos daremos cuenta que los regímenes dictatoriales y totalitarios han usado, e incluso abusado, de la imagen para imponer sus ideas, su terror o su coacción. Nunca la palabra, que no tiene cabida aquí. Las grandes imágenes de los dictadores hablaban por si solas, transmitían en un instante todo el poder arrollador sobre sus espectadores sin darles más opción (basta recordar la omnipresente y agobiante imagen del “Gran hermano” de la novela 1984 de George Orwell). De hecho, la imagen no sólo no establece un diálogo con nosotros, sino que ni siquiera puede reflexionar sobre sí misma. La palabra es distinta. La palabra es dialogante, permite la reflexión sobre sí misma, nos invita, tras el mensaje, a encontrar otros sentidos. La palabra permite el ejercicio lúdico, va más allá de sus propios límites y puede desarrollar todo un universo de sentidos y significados que cambian según el contexto en el que aparece.

Quiero profundizar un poco más en esta idea intentando bajar un poco del nivel de abstracción en el que me muevo. Durante siglos, la palabra tuvo el protagonismo absoluto. Nuestros antiguos eran mucho más dialogantes que nosotros. Y para ellos, la palabra podía construir mundos, cambiar la realidad y asumía, a veces, valores mágicos (que es lo que se intenta hacer hoy con la imagen, sin que llegue a conseguir la profundidad y eficacia de aquélla). Por ejemplo, recordemos los conjuros (como “abracadabra”). No eran más que palabras, pero con ellos el que los emitía trataba de modificar una realidad. En la religión católica se dice que “el verbo se hizo carne”. Todo tenía su origen y su fin en la palabra. La relación que los antiguos romanos tenían con sus dioses era puramente formal y se basaba en la palabra. Las ofrendas consistían generalmente en un conjunto de ritos y oraciones que debían decirse sin la menor equivocación. Cualquier error, por mínimo que fuera, obligaba de nuevo a repetir el ritual. La oratoria, que nació en Grecia y en Roma, fue considerada durante siglos como un noble arte que enseñaba al hombre a ser locuaz y saber convencer (nunca imponer, la imagen impone, la palabra convence, esa es la diferencia que trato de señalar) a través del diálogo. Incluso hoy seguimos manifestando admiración por aquellos que saben hablar en público y son buenos oradores. En este sentido, y desviándome un poco del tema trazado, me hacen mucha gracia los locutores que en los telediarios dicen que tal o cual personaje supo zafarse de tal o cual pregunta o cuestión embarazosa mediante un ejercicio de “ingeniería verbal”. Se ha puesto de moda el término “ingeniería” y se aplica a todo. En este caso, lo que el locutor quería decir sin saberlo era “retórica”. Eso sí, la palabra no es ni buena ni mala (lo que no suele ocurrir con la imagen, que siempre es interesada), es el uso que hacemos de ella lo que puede ser bueno o malo.

Además, en un mundo donde imperaba el analfabetismo, la palabra escrita revestía una connotación casi reverencial. Aquello que estaba escrito debía de ser verdad. El hecho de ser vista escrita (una imagen, pues) dotaba a la palabra y su mensaje de una autoridad que no tenía. Pondré un ejemplo algo extremo de esto. Recuerdo como me enseñaban que en la Edad Media esto se llevaba a límites que sorprenden hoy por su ingenuidad. Por ejemplo, cuando por orden de un Papa, cuyo nombre no recuerdo, allá por el siglo X, llenaron toda un región llena de paganos con carteles en los que estaba escrito que El Dios Cristiano era el único verdadero. El resultado fue que muchos creyeron que si aquello estaba escrito debía de ser verdad, y abandonaron sus dioses paganos.
Es el lenguaje, y la palabra la trasmisora de nuestro saber. Todo lo aprendido en una generación ha podido pasar a la siguiente gracias al lenguaje y los escritos, gracias a los libros. Por este procedimiento podemos emocionarnos todavía con los versos de un poeta que murió hace dos mil años, o resuenan los discursos de Cicerón, o conocemos los textos de los filósofos y podemos saber como sentían y reflexionaban los seres humanos de otras épocas.
El género epistolar fue otro gran avance que se desarrolló en el mundo occidental a medida que las clases medias accedían a la lectura y la escritura. Se puede decir que una imagen vale más que mil palabras, pero imaginemos que tenemos un ser amado que está de viaje y llevamos meses sin verlo. De repente nos dicen que hay un doble mensaje de él o ella para nosotros. Uno es una fotografía y el otro una carta larga en la que nos habla y nos cuenta. Imaginemos que nos dan a elegir: o la fotografía o la carta, pero no las dos cosas. ¿qué elegiríamos?. Yo me decantaría por la carta inmediatamente. Además, podría leerla y releerla cuanto quisiera. Y esto me lleva a los blogs como este, donde la palabra asume su protagonismo pleno nuevamente.
La poesía, construida con palabras nos emociona por su belleza y nos hace experimentar sensaciones en el alma que muy difícilmente puede conseguir una imagen. Las novelas y relatos nos permiten imaginar mundos y personajes a nuestro gusto como no podría hacerlo la imagen, ya que la imagen impone, nunca dialoga. Imaginemos una historia que nos gusta mucho con personajes que nos encandilan por su gracia o su grandeza y a los que podemos admirar o despreciar por su maldad. En nuestra mente nos imaginamos los lugares, el aspecto de esos personajes a nuestro gusto. Ahora imaginemos esa misa historia contada en una película ¿Cambia verdad? Se nos muestra como las cosas son o, y esto es muy importante, como quiere que sean el que fabrica esas imágenes. Por eso la imagen ha sido un instrumento tan eficaz para imponer ideas y determinadas visiones del mundo interesadas. Otro ejemplo, imaginemos la distancia en las vivencias de nuestras abuelas oyendo una radionovela frente a nosotros que vemos una película.

A la publicidad no ha escapado esto. La publicidad me sirve perfectamente para ilustrar todo lo que estoy diciendo acerca de la imagen. Es una gran manipuladora, una gran mentirosa y tiene la capacidad de hacer nacer en nosotros deseos por lo que no necesitamos. Sabe, a través de la imagen, que para esto es un instrumento poderoso, cómo pulsar nuestros deseos más profundos. De esta manera consigue que sin darnos cuenta relacionemos un determinado producto con un deseo, una pasión o un anhelo con el que, en realidad, tiene poco que ver. El sexo, por ejemplo, es sacado a colación repetidamente. Tengo en mente ahora un anuncio reciente de estos días en el que un chico está tocando una guitarra mientras unas chicas –en bikini- lo oyen con mucha atención. El chico viste unos pantalones de una determinada marca y se sugiere que lleva esos pantalones porque es rebelde, creativo, exitoso, libre, independiente y con éxito entre las chicas. Por si a alguien se le ha escapado esto, una de las imágenes es la de una chica saboreando con voluptuosidad un helado (aquí símbolo inequívoco del pene), por el que pasa sus labios carnosos mientras escucha y mira al chico (¿una felación?, desde luego la imagen no es nada inocente).
La publicidad, a través de la imagen, nos construye mundos de ensueño en los que inserta su producto y lo hace tan bien que ni nos damos cuenta de lo inverosímil que llegan a ser algunas situaciones. Por ejemplo, los anuncios de fregasuelos siempre aparecen en cocinas maravillosas, amplias, soleadas, bien provistas. Por lo grandes que son, los personajes deben de vivir en pisos de 200 ó 300 metros cuadrados. Vamos que no son cocinas que uno suela ver a menudo a no ser en palacios o en casas de gentes de alto poder adquisitivo. Y yo me pregunto ¿qué hace una señora así, con una casa y una cocina como esa, comprando Ajax Pino o Don Limpio y además fregando con esa pasión y entrega? Una empresa de seguros de automóviles dice que Rafa se ahorró 300 euros, pero Rafa es un señor de aspecto burgués encorbatado, bien vestido con traje de marca, que sale conduciendo un coche de lujo, muy fuera del alcance de la mayoría, que en ese momento sale de un garaje de una casa en una urbanización con sus tres pisos, jardín, piscina y otras menudencias y yo me pregunto otra vez ¿de qué le sirve a Rafa ahorrarse 300 euros si no lo va ni anotar?
La publicidad no es mala, sólo utiliza los valores de la sociedad, es un reflejo de las ideas y valores que inconscientemente, o subterráneamente, circulan en nuestra cultura.

Pero me estoy desviando ya del tema y no quiero alargarme más. La imagen está de moda también porque en este mundo de consumo rápido, de usar y tirar, la información que ofrece se consume mucho más cómoda y rápidamente que la que proporciona un libro, que exige tiempo y esfuerzo. Y de esta manera, además de que quien no lee no piensa, se pierde o se desconoce el inmenso y estimulante placer de la lectura......
 
ESTIMADA ÁNGELES
Te agradezco tus palabras. Me recoforta saber que estás por aquí. Gracias, asimismo, por permitirme compartir ese precioso cuento, que me ha encantado. Me gusta saber que coincidimos en planteamientos, pues de alguna manera me confirma que no estoy solo en este mundo pensando así y que, en algún lado, hay alguien que está de acuerdo. El texto era muy largo, lo sé. He de disciplinarme en hacer textos más breves, pero es que es tanto lo que me sale de dentro cuando empiezo a escribir......
En compensación por tu cuento, te regalo una cita que me gusta mucho y viene al caso de mi anterior post: Como decían los presocráticos:
“...en pequeñas medidas
la Vida puede ser perfecta”.

Un abrazo de este navegante
 
La química (y la física) entre dos personas. Felicidad, encuentros y algún naufragio


Me he propuesto escribir las reflexiones que quiero compartir con total sinceridad y libertad en este diario. En parte me sirve de desahogo, especialmente en este momento de mi singladura, particularmente intensa y apasionada, en la que todas las posibilidades están abiertas. En parte también me ayudan a ordenar mis ideas y a poder verbalizar muchos sentimientos. Quizás se deba a estas especiales circunstancias el hecho de que los temas con que he abierto este cuaderno de bitácora traten asuntos tan humanos como el amor, la soledad y nuestros fantasmas. Para ser honesto, he de decir que el objetivo primero era escribir desde una vertiente algo más “intelectual” y despasionada sobre temas como la literatura, el afán de saber y conocer, la lectura.... Pero todos han quedado orillados (de momento).

Es verdad que a menudo me he de replantear sobre los temas que quiero escribir, pero me he dado cuenta de que no puedo dar libertad a los demás para que se expresen, si antes no me la doy a mí mismo. Cualquier asunto que acontece al que navega por la vida es válido, al margen de que las opiniones que vierta sobre él puedan o no ser compartidas por otros navegantes que por un azar arriban a mi diario. Tan sólo trataré de no juzgar con juicios morales aquellos temas de los que hable. Y entiendo por juicios morales aquellos en los que damos a entender nuestra valoración positiva o negativa sobre determinados hechos, pensamientos o actitudes cuando las enfrentamos a nuestra escala de valores, por lo que cualquier juicio en este sentido no está exento de una enorme carga ideológica implícita. Seré más modesto, aunque no pueda ser objetivo. La objetividad es imposible y más en este tipo de contexto que estoy creando. Renuncio a los dogmas, de los que desconfío y rechazo casi instintivamente, y trataré de evitar expresar cualquier ideología. Mostraré, pues, planteamientos desnudos, o al menos lo intentaré....

Ahora, al tema que me ocupa hoy. Hace unos días me encontré por casualidad, en una de esas páginas de clasificados de internet, donde se vende y se compra de todo, un anuncio que me llamó su atención por su gran candidez y me ha hecho reflexionar bastante sobre su contenido y otros temas muy afines con los objetivos que el anuncio buscaba (o diría que casi exigía), como son los de los encuentros entre dos seres. En cualquier caso, me sorprendió que alguien (en este caso una chica) se pueda desnudar de esa manera ante los demás, y que, además, lo haga en unas breves líneas.

El anuncio era el de una chica de 21 años (lo que es del todo irrelevante, pues podría haber sido también de un chico), de un pueblo cercano a Madrid, en el que decía que estaba buscando a un chico similar, tierno, sensible, cariñoso y generoso para construir una vida juntos. Al final del anuncio, la chica resumía de manera un tanto expeditiva y meridiana cuál era el objetivo exacto que buscaba. Decía, y cito literalmente: “abstenerse salidos y los que buscan sexo. Yo busco el amor verdadero y la felicidad”. Fue esta última frase la que me ha llamado la atención, pues, hasta llegar a ella, el anuncio podría haber pasado como uno más de los miles que se publican. Me gusta ver estos anuncios como mensajes en botellas que se lanzan al océano de la vida desde nuestra isla vital en espera de que alguien los recoja para que acuda a nuestro encuentro. Porque de propiciar encuentros se trata. Todos son más o menos iguales; pueden cambiar en las formas, en su lenguaje o en su extensión, pero todos expresan básicamente el mismo contenido y el mismo deseo profundo, legítimo y generoso: la búsqueda constante del otro ser, de nuestro/a compañero/a, colega, amigo/a, camarada, amante... Ese ser especial con quien deseamos compartir el camino de la vida y que llene nuestros corazones. Siempre ha sido así, y es un deseo básicamente humano.

Recuerdo que la mitología griega no era ajena a este hecho. Asunto de esta envergadura no podía zafarse del sutil espíritu griego, ni de su constante deseo de explicar su origen. Según la mitología, en el principio de los tiempos, cuando los dioses crearon a los hombres y los dotaron de intelecto e inteligencia, éstos se dedicaron casi inmediatamente a pensar el mundo y a investigarlo. Llegó un momento en que esos mismos hombres comenzaron a reflexionar sobre sus creadores, sobre los dioses y muy pronto su pensamiento discurrió hacia planteamientos que hacían peligrar la propia existencia de la divinidad. Alarmados los dioses, y puesto que no podían arrebatar a los hombres el don de la conciencia y el pensamiento que les habían otorgado, decidieron mantenerlos constantemente ocupados en sus días y sus afanes para que así no pudieran pensar en otra cosa. Por eso, una noche, cuando los hombres dormían, los dioses partieron su alma por la mitad y la separaron. Cuando los hombres despertaron se dieron cuenta de que les faltaba la mitad del alma y cada espíritu sintió inmediatamente la imperiosa y casi frenética necesidad de encontrar su alma idéntica, su otra mitad perdida o extraviada intencionadamente en la noche. A una mitad de las almas la llamaron “hombre”, a la otra mitad, “mujer”, y desde entonces hombres y mujeres se han dedicado con ahínco a tratar de encontrar su otra parte del alma que complete perfecta y plenamente la propia (por su puesto, hablo aquí del tema griego y su visión –heterosexual- del mundo, puesto que el argumento y sus personajes necesitarían ser ampliados, ya que los homosexuales pueden objetarme con toda la razón que para ellos la búsqueda del alma gemela no sería una persona del otro sexo). De alguna manera, y desde esta perspectiva mitológica, esos mensajes en botella que son los anuncios que buscan un encuentro, no son más que nuevas estrategias que la tecnología ha puesto a disposición de un anhelo humano, tan antiguo como la propia humanidad.

Sin embargo, y esto fue lo que me llamó la atención, y mucho, el remate inopinado que esta chica puso a su anuncio o mensaje en la botella le otorgaba un tono diferente, tanto por la casi impúdica sinceridad en que se expresaba como por la presuposiciones que se pueden extraer a partir de aquí. La chica decía que lo que ella buscaba era “el amor verdadero” y lo vinculaba de manera clara, casi como una consecuencia inevitable, consustancial o algo que se sigue inmediatamente de otro acontecer o causa, mediante esa “y” copulativa, a “la felicidad”. ¡Pobre criatura! Y ahora explicaré el por qué de esta exclamación. Para nada quiero entrar a valorar a esta chica, ni daré mi opinión sobre ella. Solo me centraré en lo que se desprende de esta frase, sus presuposiciones, pues están muy generalizadas, son propias del acontecer del navegante, y sólo aquéllos que hemos sufrido un naufragio podemos ponderar en su dimensión justa.

Iré por partes para que se me entienda. Creo que no hay nada peor que vincular, supeditar y atar firmemente “la felicidad” al otro, a la otra persona, o a hacer que dependa de las circunstancias que nos envuelven, a algo ajeno a nosotros mismos, que va más allá de nosotros. Qué craso error, cuánto sufrimiento ha producido y produce este planteamiento tan equivocado como, en cierto sentido, legítimo. Tengo para mí que “la felicidad” no es algo que esté fuera de nosotros, sino dentro. La felicidad no es un “ser” (feliz), es un “estar” (feliz), un sentimiento de plenitud frágil, huidizo, inconstante, a veces fugaz y, desde luego, relativo. Para mí, no existe “la felicidad” como un estado permanente, no es una especie de quimera que todo ser humano deba afanarse en encontrar, pues está condenado al fracaso, primero porque, como he dicho, no reside fuera de uno o una mismo/a y, segundo, porque no existe; al menos no existe como la deseamos o nos gustaría que existiese.

He dicho que la felicidad es un sentimiento. Creo que de eso se trata. A lo largo de la vida hay cosas, personas, sucesos que nos provocan esos momentos de plenitud (interior), y eso es para mí “la felicidad”. En abstracto y mayúsculas no hay algo así como “LA FELICIDAD”, sino que hay momentos más o menos felices que varían mucho de unas personas a otras, y cada uno tiene su propio tempo y cada felicidad, su determinado tiempo e intensidad. Pienso por ejemplo en actividades tan cotidianas para la mayoría que casi pasan desapercibidas y no valoramos de tan presentes como están en nuestra cotidianeidad. Por ejemplo, no somos “felices” porque tengamos la capacidad de andar, pero qué feliz sería una persona postrada en una silla de ruedas si un día pudiera tener la posibilidad de levantarse y andar. He aquí que lo que pasa inadvertido a millones de seres que lo ejecutan casi inconscientemente haría inmensamente feliz a otro ser que no puede hacerlo. Es tan interior la felicidad que, de hecho, tendemos a relativizar o desvalorizar o, incluso, a negar que exista la felicidad provocada por cosas materiales superficiales ajenas al espíritu. Se dice, por ejemplo, que el dinero no da la felicidad, o cuando alguien es “inmensamente feliz” porque tiene un coche o cualquier otro producto de consumo tendemos casi inconscientemente a considerarlo un infeliz o una falsa felicidad o una persona superficial y materialista. Precisamente son aquellos hechos vividos o aconteceres que se sienten en el corazón los que valoramos mejor como felicidad verdadera. Pueden ser grandes cosas, pero no necesariamente, porque también hay pequeños hechos que nos causan felicidad en distinto grado: tener un hijo, conseguir el amor del ser deseado, sentir plenitud por lo que se hace estarían en la categoría de los hechos casi trascendentales y a veces sublimes. Pero también se está feliz cuando, por ejemplo, tras un día de trabajo y estrés llegamos a casa y nos relajamos con la sensación de que, a pesar del día y sus afanes, todo ha salido bien o cuando estamos en invierno sentados al lado del fuego del hogar de una chimenea y observamos las llamas y el agradable crepitar en la paz de la tarde o la noche, o cuando paseamos por la orilla del mar una noche con luna llena......

Sin embargo, he aquí que la chica del anuncio espera, busca, exige encontrar la felicidad, su felicidad en abstracto, como una quimera, en algo exterior y mudable a ella y la subordina, casi como única posibilidad, nada menos que a otra quimera o idealización “el amor verdadero”. Si la he entendido bien, sólo si encuentra “el amor verdadero” se sentirá feliz, lo que no quiere decir, y estoy seguro de ello, que haya momentos en los que ella no sienta la plenitud que las pequeñas cosas o aconteceres nos otorgan y hacen sentir bien. Pero no, ella busca la felicidad, la plenitud a través del otro, y aquí está el error y el inicio de un naufragio anunciado. Es así como lo veo. Y no porque el mundo sea cruel o deje de serlo y la vida a veces nos castigue, sino porque hay algo equivocado en este planteamiento, de tal manera que nuestros deseos van por un lado y la realidad, ni buena ni mala, por otro. Esto me lleva de nuevo al tema del amor, que, como muy bien han observado otros navegantes de mi diario en sus comentarios, es casi inagotable.

Es obvio que ese “el amor verdadero” del anuncio está profundamente idealizado, lo que lo acerca al enamoramiento. Pero no creo que la idealización sea mala, ni intrínsecamente negativa. Los seres humanos funcionamos con idealizaciones de las que ni podemos, ni tiene sentido desprendernos. Nos hacen más agradable la vida. Lo malo, eso sí, está en el hecho de subordinarnos completamente, de sucumbir plenamente, a esas idealizaciones y de pasarlo todo por su implacable y exigente tamiz tan ajeno a la realidad , pues nos impedirá ver con los ojos de la razón y conllevará, casi inevitablemente, el desengaño, la frustración y, a veces, el naufragio vital. Además, “amor verdadero” presupone que hay “amor falso”, lo que no existe, ya que, como dije hace unos días, o se ama o no se ama. Quizás debería haber dicho amor “aparente”, cuyo opuesto en términos lógicos no sería “verdadero”, sino más bien, y propiamente, “real”. Es posible, y así lo sospecho, que la chica confundiera los términos, estuviera diciendo “amor verdadero” en el sentido de “amor real” o, sencillamente "amor" sin más atributos. Y el hecho de adjetivarlo supone su manera de expresar la máxima idealización, es decir “el amor ideal”, su amor. ¿Y a qué subordina su idea de felicidad? A otra idea, la de su sentir acerca del amor, al "amor ideal", porque de este tipo de amor se trata en última instancia.

Es obvio, asimismo, que en esta idealización, casi brutal diría yo por cuanto la subordina a la “felicidad” y a sus anhelos y deseos, no pueden de ninguna manera tener cabida hechos del mundo real, mundanos y bastante cotidianos. Se han de abstraer necesariamente, casi arrancar, del mismo concepto de “amor”. Me explico. La chica busca “el amor verdadero” en alguien que es real (independientemente de lo idealizado que esté), otro ser humano que, como todos, tiene sus grandezas pero también sus miserias. Puede resultar que “el amor verdadero” sea un ser inseguro, que tenga fantasmas propios. Quizás, observándolo algo más prosaicamente, ese “amor verdadero” sujeto a la enfermedad y las contingencias de la vida, puede tener, por ejemplo, almorranas, lo que, por cierto, no es nada “romántico”; quizás el día anterior tuvo diarrea. Seguramente se tira pedos, como todo el mundo (siento estos ejemplos crudos y escatológicos, pero expresan con intensidad plena lo que quiero decir). Como todos los seres humanos, tendrá sus días buenos y malos, sus miedos y frustraciones a cuestas y su mapa sentimental particular que la vida y otros encuentros le han dado. Y esta chica no se ha planteado que, en caso de que encuentre “el amor verdadero”, tendrá que vivir con él todos los días, es decir, que estará completamente expuesta al desgaste implacable de la cotidianeidad, de tener que convivir y combinar lo que nos gusta y lo que no nos gusta del otro junto con la trivialidad del acontecer diario. Todo esto son cosas que no se plantean en su enunciado. No puede hacerlo, destruiría su idealización sublime. Y es aquí, en parte, donde quiero ir. Creo que, en el fondo, se trata de otra cosa. Se ha de plantear de otra manera. Y es a lo que voy, especialmente al encuentro y la convivencia.

He reflexionado mucho acerca de los encuentros entre personas, especialmente de aquellos intensos en los que se produce algo que muchos llaman “química” entre las personas. De repente conocemos a alguien que nos llama la atención, poco a poco se vuelve una persona interesante y sin casi notarlo nos encontramos hablando con ella y notando que todo fluye, que hay temas y temas de conversación que surgen sin parar y la comunicación misma es ágil y profunda y se distribuye en distintos niveles, que existe una especie de código subrepticio y nada explícito idéntico y compartido, que nos sentimos muy a gusto con esa persona y (notamos) que a ella o él le pasa lo mismo a nuestro lado, que todo parece tan fácil y fascinante, y de repente, nos encontramos pensando todo el día en ese ser nuevo que ha entrado en nuestra vida. Entre los dos ha surgido “la química”, en parte una idealización, pero en parte algo también distinto que conduce a la larga a la convivencia con el otro. Hay personas con las que no existe esa química y hay personas que, sin saberlo, nos subliman. Cada uno tiene sus preferencias íntimas y casi mágicas que nos hacen más sensibles y abiertos a unos determinados seres frente a otros. Cuando esas preferencias ocurren, se encuentran, surge “la química”. Como dice el refrán “para gustos colores”. Es esa “química” la que inicia una relación tras el encuentro, la afianza y con el devenir, tal vez, la consolide en una vida de pareja, que será tanto más “sana” cuanto mejor funcione. Y cuando hablo de esa química no me refiero, ni mucho menos, a lo que llamamos “el prícipe azul” o la “mujer ideal”, meras idealizaciones. Es algo muy distinto. Es otra cosa, y está en nuestro interior.

¿Qué es “la química” entre dos personas? Creo que consiste en la combinación, en mayor o menor medida, de tres ingredientes básicos que surgen en el encuentro y se afianzan en la relación que pueda darse, si se da. Y es importante mantener siempre el nivel de los tres ingredientes. El primero sería lo que los griegos denominaban “eros”. Con esto no me refiero exclusivamente al sexo. El sexo es una parte, sólo una, de ese “eros. Me refiero al deseo del otro o la otra, al erotismo, a la fascinación por su cuerpo, al sentimiento intenso que nos produce ese cuerpo cuando nos abre su intimidad. Es un deseo constante de querer adentrarse y conocer el cuerpo del otro, pero, ante todo, es un nivel de comunicación sensual ágil y profundo cuando estamos con el otro en el que no hacen falta las palabras. Entonces, y en este nivel, se produce una comunión dialogante y abierta, tolerante, sincera y plena. El segundo ingrediente es lo que se denomina “filei”, “Filei” es la raíz de palabras como “fiel”, “filial”, y viene a significar de manera muy inexacta algo así como “amor”. Aquí entra lo que denominamos amistad. Amistad profunda y fluida que invita al dialogo constante, al amor, al deseo sincero del bien del otro, a la complicidad con el otro y la solidaridad incondicional. Es también ese saber que el otro o la otra va estar siempre ahí, pase lo que pase, apoyándonos y apoyándolo/la. Y ocurre entonces ese sentimiento de valoración propia a través del otro, idéntica a la que nos producen nuestras amistades más queridas, pero algo más enriquecido. El tercer y último elemento indispensable es lo que se denomina “pathos”, que está en la raíz de palabras como “empatía” o “simpatía”. Vendría a significar más o menos “afinidad”, pero no sólo eso. Se trata de sentir empatía por el otro o la otra, lo que se denomina generalmente como “meterse en la piel de alguien”. Sólo así se estimula el deseo de querer conocer al otro. Se sabe cómo siente y como piensa y, lo que es más importante, surge entonces un profundo sentimiento de comprensión. Y de ahí que podamos “comprender” al otro. Qué importante es, en mi opinión esto último, cuando podemos decir “Te comprendo”.

Vivir o convivir en pareja es saber administrar estos tres ingredientes, que requieren cuidado y atención. Son, sirva el símil, como caminos o sendas que transitamos con el otro y a fuerza de no atravesarlas, con el tiempo pueden llegar a borrarse.

Pero todo esto no es más que teoría. Lo sé. En el fondo creo que ese anuncio de esa chica, además de hacerme reflexionar, logró despertar un poco el lado romántico que los años y las experiencias no han logrado arrebatarme.
No quiero alargarme más.



 
A los que han respondido a mi tema anterior
A los que han respondido a mi tema anterior muchas gracias. Os agradezco vuestras palabras de ánimo y bienvenida que me estimulan a continuar con este mi y vuestro cuaderno de bitácora.
- A Albión quiero decirle que ha expresado muy bien ese sentimiento y me identifico con ella. Es agradable encontrar a otros navegantes que experimentan lo mismo. Hay como una comunión a través del Atlántico. No creo que se trate de ser pesimista o no. Se puede ser optimista y experimentar ese sentimiento de soledad (y muerte) que es básicamente humano y nos acompaña en nuestro navegar.

- Amigo Horas, gracias por tus palabras. Tenemos un sentimiento distinto acerca de la muerte. Pero es sólo distinto, nada más. Ambos formamos parte de un todo y cada uno, legítimamente, adopta una postura ante temas tan categóricos como este. Para mí la muerte no es un enigma, ni tampoco es mágica, no realiza ninguna obra. La observo más con los ojos de un científico, que es sólo una forma más de observarla, tan válida, tan honesta como la tuya o la de otros. Para mí la muerte es la constatación en nuestra dimensión humana de la entropía. El universo representa el orden, la entropía, el caos. Y a través del segundo principio de la termodinámica, que funciona a través de la ley física de la entropía constante del universo, sabemos que para crear orden en un lugar debemos aumentar la entropía en otro lugar, y todo orden con el tiempo suficiente tiende a desaparecer, a romperse. La muerte es el punto final al que nos lleva nuestra realidad como entes físicos. La trascendencia moral o religiosa que queramos darle es otra cosa en la que no entraré, pues ante todas las opiniones, como la tuya, manifiesto siempre un respeto profundo, abierto y dialogante. Me doy por invitado a tu blog, del que ya soy asiduo.

- Ángeles, has decidido seguir y acompañarme mi navegación. Quiero decirte que eso me reconforta. Esa soledad de la que hablamos, de la que hablas, queda mitigada de esta manera. Tú misma lo expresas bellamente. Compartimos rumbo, pues. Comparto plenamente tus palabras. Mi más cálida bienvenida a mi navegación. Ojalá mis rumbos iluminen tu ruta.

-Nev, cuántas veces he sentido lo que cuentas. A medida que voy creciendo me doy cada vez más cuenta de que la vida siempre nos quita por un lado y nos da por el otro. Siempre.
-
A todos un sincero saludo
 
De la soledad en la noche


Hay veces que el navegante se siente solo. La soledad es otro de los grandes obtáculos, rotundos, que a veces acontece al que navega por la vida. No hay cosa que más tristeza cause que la soledad no deseada. Sin embargo, no toda soledad es mala. Hay veces que el navegante también necesita viajar en solitario. No en todos se manifiesta igual. Hay personas que no pueden estar solas un segundo y otras que necesitan a veces estar solas, rumiando sus cosas. Yo pertenecería a la categoría de los que piensan que vivir en compañía es aprender a compartir nuestras soledades y a respetarlas profundamente.
Pero no hablaré de esto, que dejo para otra ocasión. Hablaré de la soledad que nos asalta en determinados momentos y nos aprieta el corazón con sus frías garras. Se trata más bien de sentimientos puntuales de soledad que de momentos de soledad. Acuden en un momento en el que nos sentimos vulnerables y se instalan en nuestra mente para abrir la puerta a nuestros fantasmas. Uno de ellos es la soledad que se siente en la quietud de las noches de insomnio.

Y esto me lleva a Pablo Neruda (Puedo escribir los versos más tristes esta noche...). Qué poeta encierra su mente y su ser. He conocido a personas sensibles, pero muy pocas como él. Qué capacidad de aunar recuerdos emociones y sitios y saber transmitirlo. En uno de sus poemas ha logrado transmitirme la soledad queda de la noche, de su noche, que se ha hecho mi noche, de sus silencios, de la tregua del caos cotidiano, cuando las pasiones, los sufrimientos, los sueños y las risas duermen, como si el mundo, exhausto, se detuviera unos instantes. Me ha llegado al corazón. Me sentía como si el que estuviera viviendo todo lo que cuenta fuera yo. Por eso escribo ahora estas líneas.

En esas noches en blanco, cuando es madrugada y me despierto en mi habitación y todo está en silencio oscuro y confusamente amenazador, es cuando me atenaza el sentimiento de soledad, que se acerca tan callando, irreal, casi inverosimil. Entonces pienso en los seres que he querido mucho (como por ejemplo mis abuelos que murieron hace años), y entonces, en esa quietud casi irreal de la noche, su recuerdo viene a mí como unos fantasmas lejanos, y rememoro y trato de oír en mi mente sus voces que nunca más volveré a oír, sus sonrisa que no volveré a ver, sus llamadas, sus abrazos, su amor que no volveré a sentir y todo eso, voces, sonrisas, llamadas, abrazos y amor se desvanecen hacia el infinito como si nunca hubiesen existido, como si todo lo que quedara de ellos fuese únicamente el recuerdo en la mente del que las está pensando y se hacen irreales, lejanas. ¿dónde están ellos, dónde esta su voz, su cariño, su sonrisa? También, últimamente, en esas noches la recuerdo a Ella. De cómo me despertaba en la madrugada y la notaba a mi lado, el calor de su cuerpo, su respiración, su dulce dormir y la ternura y el amor enorme que en esos momentos sentía por ella. Ahora ella ya pertenece también a esas voces, risas, llamadas y abrazos que desde la oscuridad lo llenan todo como fantasmas. Es en esas noches cuando la idea de la muerte se hace más palpable y está ahí, solapada, aterradora, como una amenaza inevitable y fatal que espera su oportunidad, y recuerdo los versos nostálgicos de Leonard Cohen en su canción del "El partisano": “Oh the wind, the wind is blowing, through the graves the wind is blowing” (oh el viento, el viento sopla entre las tumbas, el viento sopla”).

Por hoy no me alargaré más. Me gustaría que otros navegantes expresaran aquí su opinión. La idea de este tema es que sea un diálogo. Pueden contestar aquí, o mandarme un correo electrónico.


 
A LOS QUE HAN RESPONDIDO AL TEMA ANTERIOR
En primer lugar, os agradezco vivamente vuestros comentarios, que animan a este navegante a seguir con este cuaderno de bitácora, cuyo objetivo básico es invitar a la participación. Por eso, todos los comentarios, además de bienvenidos, serán siempre respondidos, unas veces, antes, otras, después.

- A Ángeles: Parece, efectivamente que eres mi primera lectora. Sé bienvenida y gracias por tus palabras. Estoy de acuerdo en que el tema es controvertido, quizás por lo profundo, tal vez porque hay tantas maneras de amar como seres humanos, a lo mejor porque hay un déficit del amar en nuestra educación y trayectoria sentimental. Es un acontecer que siempre le ocurre al navegante, y creo que uno de los más fundamentales, por cuanto pueden ampliar los horizontes de nuestro camino vital, o cambiarlos drásticamente. Gracias, de nuevo, por tu recomendación bibliográfica que procuraré adquirir. Dices que seguirás mi rumbo. Te invito a ello, porque tras su estela, éste rumbo te llevará a espacios de libertad, creatividad y tolerancia, a mundos de dimensión humana. Si sigues este rumbo, tal vez te ahorre los trabajos de Ulises, que se tuvo que atar para no sucumbir a las mortales llamadas de las sirenas, y te enseñará a distinguir las promesas que no son más que un canto de cisne. Mi rumbo te mostrará lugares recónditos donde la inteligencia vibra en un estímulo constante y otros donde el corazón del navegante se sobrecoge al visitar espacios de emoción. Sí, sigue mi rumbo, serás bienvenida.

- A busgosina: Dices que no puedes contarme todo lo que piensas sobre este tema. Yo te invito a que lo hagas. Navega. Di. En este cuaderno de bitácora se te escucha. Y se te escucha con interés. Hablas del desamor, y ese es otro tema muy distinto que abordaré muy pronto. Te invito a seguirlo y participar. Gracias por tu comentario. Estoy visitando tu "asturianina nel mundo". Me gusta.

- A melonaforever: Gracias por tus palabras. En realidad no sólo faltan líneas cuando se habla el amor y del amar, esto son aconteceres de la navegación por la vida, pero no son los únicos. No hay tema vital al que no le falten líneas cuando se habla de él. Me gusta tu blog, que seguiré con atención. Y tu uso del lenguaje, tan fresco y cercano, tan espontáneo....
 
Enamorarse, amar (y el amor)


Comenzaré con estos dos verbos: un accidente o acontecer de navegación, un quiebro o un encuentro en el camino, quizás vital, o, cuando menos, fundamental y hace sentir a quien los encuentra o experimenta que está vivo, que no es "un leño seco". Por eso, es el primer tema del que quiero hablar. Creo que estoy en una buena disposición de poder hablar de algo tan universal como enamorarse y amar. No podríamos encontrar dos verbos tan próximos y tan diferentes a la vez. Ambos tienen la raíz am-, que es la misma de am-or, am-istad, am-igo. Quizás por esta proximidad, ambos verbos se confunden y trocan su presencia entre sí, como si pudieran compartir sus significados y su gramática, sus acciones tan opuestas. Pero antes de entrar aquí, haré unos apuntes breves, algo deslavazados, sí, pero necesarios para contextualizar.
Curioso, y a la vez sublime sentimiento éste del amor. Recuerdo a un amigo, hoy desertor de la vida, que me hablaba de su primer amor, cuando era un niño que miraba con infinita ternura a una niña con coletas y faldita plisada que pasaba todas las mañanas por delante de su puerta. Nunca le dijo nada. Sólo sabe que ella una vez le dirigió una miranda intensa con sus ojos azules y entonces supo que había entrado en su conciencia. Y rememorando todo lo que sentía, de pronto, mi amigo se estremeció y exclamó ¡Qué sentimiento tan puro y tan noble!
Y esto me lleva a ese personaje desgarrado y trágico de La Invención de Morel de Adolfo Bioy Casares (relato largo que aconsejo vivamente a aquellos que me leen -está en Alizanza Editorial- y no lo conocen, pues es absolutamente sublime y estremecedor). Trata de un hombre que, naufrago, llega a una isla desierta donde descubre que un tal Morel había creado una maquina, gracias a la cual se reproducía la vida diaria de los habitantes que esa isla tuvo años atrás. Lo descubrió al intentar comunicarse con la gente que encontraba y fracasar cuando se le ignoraba sistemáticamente. Veía un pueblo con sus gentes, sus calles, su vida normal y sus personas envueltas en su discurrir y afanes monótonos, pero no era real, era la repoducción de lo que pasó allí hacía años. Entraba en las tiendas y en las casas veía a la gente conversar, pero nadie era consciente de su existencia. Seguía tan solo como el primer día que llegó a la isla, pero conviviendo con fantasmas de un pasado completamente ajeno a él. Fue entonces cuando conoció a la bella Faustine. La veía llegar todos los días, al atardecer, al acantilado y sentarse a observar la puesta de sol. La chica siempre miraba al infinito mientras unas lágrimas caían generosamente sobre su rostro y en su mirada se adivinaba una melancolía infinita. Nuestro naufrago se anomoró de Faustine, pero lo que tenía ante sí no era Faustine, era la imagen de Faustine que la máquina reproducía. Intentó hablarle, intentó consolarla, pero era inútil. Faustine estaba en otro tiempo y en otra dimensión y la sensación de incomunicación y soledad de nuestro naufrago era total y absoluta, casi brutal. Se enamoró de Faustine, de su voz, de su mirada dulce y melancólica. De repente supo o descubrió que una de esas tardes Faustine subiría al acantilado para no volver más, para suicidarse. Desgarrado por esto intentó en vano comunicarse con esa imagen del pasado. No podía hacer nada. Era la impotencia completa ante la tragedia anunciada. Y la tarde faltal y definitiva, cuando Faustine al borde del acantilado titubeaba ya sus primeros pasos hacia el final, el naufrago, a su lado, pero en otro tiempo, impotente lanzó un grito desgarrador, que todavía me conmueve, hacia las estrellas y el universo al que le espetó(y cito de memoria): "aquel que sea capaz de unir las presencias disgregadas, le haré una súplica: que me haga entrar en el universo de la conciencia de Faustine. Será un acto de caridad".
Cada vez estoy más convencido de algo que leí hace tiempo en El Principito (qué libro tan bello) que decía más o menos (y cito de memoria) que el primer amor es el más intenso y en el que más se ama, pero en los siguientes amores se ama mejor. Creo que donde mejor se ha tratado este tema es en la literatura, donde es omnipresente en todos los tiempos y en todas las épocas, aunque con maneras vitales distintas según el período. Tampoco ha escapado a la ciencia. El psicoanálisis considera el enamorarse como una idealización completa del ser amado. Sin ánimo de discutir este hecho, que es completamente cierto, considero, sin embargo, que no es exacto del todo. Al menos, no es exacto por cuanto no incluye una característica esencial de enamorarse cuando va acompañada, a la vez, del amar, quizás porque se trate más bien de un síntoma. En este sentido, no podría estar más de acuerdo con Ortega y Gasset en su libro El amor en Stendhal (también en Alianza Editorial), que el acto amoroso es esencialmente una necesidad imperiosa de querer conocer el objeto o al ser amado. Sólo quien no ama se queda en la superficie. Y a propósito de Stendhal, no creo que haya mejor escritor que haya sabido plasmar el amor y sus tipos de manera tan magistral, penetrante y lúcida como él.
Recuerdo mis tiempos de estudiante de literatura medieval. En la edad Media, al menos desde un punto de vista intelectual, el amor era considerado una enfermedad. Era obvio que para unos seres obsesionados con la religión y con Dios, cualquier manifestación o experiencia tan intensa como la amorosa sólo podía abarcar al Ser Supremo, y cualquier deseo hacia otro ser carnal era malo por cuanto apartaba los sentidos y la atención de Dios. Para los misóginos (y es curioso, y también lógico, como el acto de enamorarse se circunscribía en ellos exclusivamente al hombre), y la cultura medieval es esencialmente misógina, con leves, pero muy conspicuas excepciones casi gloriososas en su soledad, el amor hacia una mujer era un enfermedad con claros síntomas que había que combatir. Y lo curioso es que el enamorado era un enfermo, esto es, paciente, mientras que el elemento patógeno, el agente causante de la enfermedad, era la mujer. Por eso aparecían multitud de remedia amoris, o guías de "salud" mediante las cuales se daban las instrucciones que habían de curar al enfermo. Algunas pecaban de una cándida ingenuidad. Recuerdo uno de estos remedia: "si has caído en el amor, cuidate de la mujer a la que amas, no te dejes engañar por su maligna belleza, intenta pensar en esa mujer como un cuerpo lleno de visceras y tripas y humores nauseabundos.... " (la descripción podía llevar incluso a lo escatológico). Si esto fallaba y seguías suspirando, con el alma en pena, nostálgico triste y meditabundo entonces la "enfermedad del amor" era más crónica de lo que parecía. En ese sentido, a la primera acción se añadía otra algo más expeditiva, consistente en hacer que amigos y familiares te hablaran mal de la amada: que te dijeran lo fea que era, que te destacasen sus defectos físicos y psíquicos constantemente y que rezases y rezases para desviar esa pasión hacia Dios. Si esto de nuevo fallaba, entonces se aconsejaba el tercer método, tan escueto y lacónico como ingenuo. Si no te la puedes quitar de la cabeza entonces ¡emborráchate!.
Fue con el Renacimiento y con Dante y su Laura cuando el amor y el enamorarse alcanzó nuevas prerrogativas más porosas, tolerantes, humanas y hasta sublimes. Pero esto es ya otro cantar, otro derrotero que retomaré en una próxima entrada.
Hechas estas pinceladas, entro ahora en materia.
Enamorarse y amar, aunque no lo parezca, son muy distintos y a la vez complementarios. Como veremos en seguida uno se puede enamorar y no amar, o puede amar sin estar enamorado o, incluso (y dichosos aquellos que lo esperimentan) amar y estar enamorado a la vez. Enamorarse de alguien implica una acción intransitiva, que no admite diálogo. Éntre el verbo y el objeto se introduce una preposición "de" que no señala al objeto, no dirige la acción hacia él, sino que indica procedencia y se convierte en una especie de muro que separan sujeto y objeto de la acción. Pepito se enamoró de Pepita, indica una accion tan intransitiva como casi reflexiva, porque la acción, procediendo de Pepita, que la origina independientemente de que quiera o no originarla, empieza y termina en Pepito. Amar, en cambio, es un verbo de acción transitiva, que ofrece de manera vital y ensencial un diálogo entre un sujeto y un objeto. Amar a alguien es proyectar esa acción puramennte sobre el objeto amado sin intermediarios. Implica en sí misma también reflexividad, porque la acción revierte sobre el sujeto que ama, aunque desde el objeto el amor no sea correspondido o lo sea, pero en grado menor. Amar es una acción que se vierte generosamente sobre un objeto y no espera más respuesta que la constatación de que ese objeto amado ha recibido plenamente la acción amorosa.
Quizás esto parezca demasiado abstracto (y hasta algo confuso). Y no les faltará razón a aquellos navegantes que me lo reprochen al leer estas líneas. Por eso, bajaré un poco el vuelo más cerca de tierra. Se dice que hay distintos tipos de amor (es decir, distintas maneras de amar, por tanto), mientras que no hay distintas maneras de enamoramiento. Uno se enamora o no, no hay términos medios. Pero, en realidad tampoco hay distintos modos de amar. Uno no puede amar un poco, ni algo, ni mucho. O se ama o no se ama. Por eso, no creo tampoco que existan distintos tipos de amor.
Insisto en esto, pues creo que es importante. Se habla de amor de madre, amor platónico, amor a la patria, amor filial, amor paterno, amor ciego, amor fatal, amor pleno, etc., pero no se habla de distintos enamoramientos, es más, si los hay, suelen tener una connotación negativa. No existe enamoramiento platónico, enamoramiento de la patria, enamoramiento de madre. Mientras amar desarrolla una multiplicidad de subtipos y tipos, enamorarse sólo tiene un tipo y sus limitaciones están en el objeto de la acción, que puede dar lugar a tabúes y, por tanto, a cambios léxicos, al empleo de otras palabras. Uno o una ama a su madre o padre o viceversa(y se habla de amor filial), pero no se enamora de su madre o de su padre, porque entonces nos acercamos al incesto. Uno puede amar a los niños (y es una acción que encuentra aceptación y elogio social), pero no se puede enamorar de los niños, porque entonces limitariamos con la pedofilia. Podríamos seguir así más tiempo, pero creo que ya no es necesario para entenderme. Ahora a lo que voy, porque el lenguaje muchas veces nos engaña, nos tiende trampas en las que caemos inopinadamente, con lo que la realidad que el lenguaje refleja queda de esta forma pervertida. En realidad se habla de distintos tipos de amor, cuando, de hecho, sólo hay uno. Porque lo que cambia no es la acción, sino el objeto o la relación, a través del amar, entre el sujeto y el objeto. Por ejemplo, no creo que hayas diferencias de intensidad, ni de calidad, entre el amor pleno que una madre ofrece a su hijo, o el que alguien ofrece a un ser amado, que puede ser su pareja, su novia, un tema por el que siente pasión. Y no quiero dejar de recordar aquí, que amar, es especialmente un verbo que implica un deseo intenso, honesto y generoso de querer conocer al objeto amado. Tan sólo si cambiamos el objeto amado, hablamos de distintos tipos de amor, cuando es esenciamente lo mismo, la misma acción, pues a través del amor sobre el objeto el sujeto experimenta plenamente la satisfacción de su amor. Pero, curiosamente, si incidimos en la relación entre sujeto amoroso y objeto amado, también cambiamos la denominación. Por ejemplo, si alguien ama a otra persona sin esperar o expresar un deseo sexual en ese amor, se habla de amor platónico, es decir, amor ideal. Pero el hecho es que amar, simple y llanamente es una acción que se realiza tanto más plenamente cuanto menos espera una respuesta. El amor verdadero, sea el que sea, se da gratis, generosamente, no espera nada a cambio. Porque, si nos damos cuenta, cuando descubrimos que alguien ama a alguien porque espera obtener algo, entonces se habla de amor interesado, que es una manera de decir que no se ama, que es un amor falso o, dicho con más propiedad, aparente.
Me gustaría que otros navegantes expresaran aquí su opinión. La idea de este tema es que sea un diálogo. Pueden contestar aquí, o mandarme un correo electrónico.
Quizás en el siguiente tema hable del agnosticismo.
 
BIENVENIDOS A MI CUADERNO DE BITÁCORA

Navegante, seas quien seas, sé bienvenido o bienvenida. Un cuaderno de bitácora es un Libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación. Pero es también un espacio de escritura, reflexión y encuentro. Está destinado a los espíritus inquietos, que navegan por la vida, porque del acontecer de la la navegación, mi navegación, pero también la tuya, se habla; a los que tienen algo que decir, a los que se sienten incomprendidos, a los que están entusiasmados, a los melancólicos, a los tristes, a los iracundos, a los alegres y a los pacíficos, a los solitarios, a los apasionados, a los que aman aprender y descubrir, a los que les gusta leer, a los que les encanta la ciencia y la cultura y la literatura, y la lingüística y la filosofía y la vida, y a los que necesitan hablar y escuchar. A todos ellos dedico mis reflexiones y comentarios, y a todos ellos les invito a participar, porque no es sólo un navegante el que escribe en este cuaderno de bitácora, también puedes ser tú.