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BITÁCORA DE LA MADRUGADA
Espacio de reflexión y encuentro para espíritus inquietos que navegan por la vida
Acerca de
Navegante, seas quien seas, sé bienvenido o bienvenida Un cuaderno de bitácora es un Libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación. Pero aquí se trata de la navegación como metáfora de la vida y es también un espacio de escritura, reflexión y encuentro. Está destinado a los espíritus inquietos, que navegan por la vida, porque se habla del acontecer de la navegación, mi navegación, pero también la tuya: a los que tienen algo que decir, a los incomprendidos, a los entusiasmados, a los melancólicos, a los tristes, a los alegres y a los pacíficos, a los solitarios, a los apasionados, a los que aman aprender y descubrir, a los que les gusta leer y la ciencia y la cultura y la literatura, y la lingüística y la filosofía y la vida……. Soy de Valencia, España. Me gusta el cine, la literatura, el arte, la filosofía, la lectura intensa. Soy un navegante de la vida. Adoro el diálogo.
Sindicación
 
DE MONSTRUOS (MORALES) Y DE DESIDERIO


Hay personas y situaciones que me desconciertan, y mucho. Aparecen representando una realidad y un mundo que en ocasiones me sobrecoge de tan ajeno que me es. Algo así me pasa a veces con las personas de mi generación. Comparadas con las de la generación de mis padres, noto un cambio profundo en sus maneras y actitudes vitales que, buscando lo mismo que buscaron sus padres, se han hecho más frías, cínicas e insensibles. Hay veces que en la televisión aparece algún ejecutivo o ejecutiva de una de esas grandes multinacionales o empresas hablando y opinando sobre algún tema. Todos visten igual y todos hablan igual. Pertenecen al frío y deshumanizado mundo de la empresa privada, donde los beneficios son lo único que cuenta, o casi.

Se sienten importantes.

Tienen un buen sueldo y un brillante currículum vitae. Han ido a la universidad y saben hablar idiomas. En la empresa están consiguiendo puestos, cada vez de mayor responsabilidad e importancia. Asumen un aire prepotente, arrogante y hasta a veces casi agresivo con los demás y miran por encima del hombro a los que no pertenecen a su mundo o están por debajo de ellos. Todos parecen cortados por el mismo patrón, porque todos asumen plenamente los valores del papel que quieren desempeñar en este mundo. Se trata, casi, de monstruos (morales) y de vidas vacías. Muchos se casarán y tendrán sus hijos. Habrán conseguido la casa que querían, las amistades que deseaban y el estatus que anhelaban y en el banco sus cuentas corrientes tendrán muchos números con varios ceros detrás. Habrán sabido crear la burbuja que les aislará, en la medida de lo posible, de las cosas desagradables de este mundo. Y un día todos se morirán, y se desvanecerán en la nada. ¿Qué es lo que habrán hecho en este mundo? Nada, tan solo tomar cosas de él. En ningún momento se plantearon nada, tan sólo se afanaron por llenar sus vidas de apariencias, lujo y cosas materiales. En ningún momento se dieron cuenta de los vacías que estaban sus vidas. Hasta es posible, cuando ya no estén, que nadie, absolutamente nadie, los eche de menos.

Y por debajo de ellos, seguirá latiendo un mundo ardiente, apasionado y bullicioso.

No me gustan nada este tipo de personas que viven sólo para su trabajo, que, al fin y al cabo, consiste en generar beneficios para una empresa. Tratan a los demás como clientes y en las relaciones con sus compañeros de trabajo se esconden muchos odios, envidias o desdenes cínicos. Y me parece que muy probablemente yo tampoco les guste a ellos. Sencillamente ni yo tengo nada que decirles, ni ellos tienen nada que decirme a mí. No. No me gustan esos hombres y mujeres que visten un traje caro, llevan coches casi de lujo, saben idiomas y miran a los demás desde su aparente (y relativo) poder. En algunos de los que he conocido, o he creído conocer, se esconde el mismo esquema de pensamiento. Monstruos (morales), aman, adoran, sienten pasión por el dinero y saben que conseguirán hacerse ricos o, al menos, gozar de un nivel de vida muy alto. A ellos les importan un bledo los que están por debajo de su estatus. Piensan que muchos son pobres o están por debajo porque son vagos, o estúpidos, o les falta lo que alguien tiene que tener, o una combinación de las tres cosas. La chusma, además de que es zafia, burda, vulgar y huele mal, les molesta mucho porque no soportan la mediocridad de sus vidas. No saben idiomas, no tienen ni idea de cómo comportarse en un restaurante caro, su cultura es lamentable y sus vidas anodinas. También les es indiferente el sufrimiento, la pobreza, el dolor y otras cosas. Como dicen, en el mundo tiene que haber de todo, y unos nacen para triunfar y otros son ya fracasados.


No me gustan. No. Yo prefiero infinitamente más la compañía y la conversación solidaria de Desiderio.

Desiderio tiene ya setenta y cinco años. Vivimos en el mismo barrio y, a fuerza de vernos constantemente durante años en los mismos sitios, ya nos conocemos y estamos desarrollando una amistad. Porque Desiderio no tiene dinero, ni lujos, ni ambiciones, ni nada. Todo lo que él puede dar es amistad, y la da generosamente.

Desiderio es casi analfabeto. En los años cincuenta, cuando miles de españoles emigraban a otros países, principalmente Alemania, buscando un trabajo y una mejora de la situación económica de sus familias, el joven Desiderio se fue a Inglaterra sin saber el idioma y sin más pertenencias que una vieja maleta atada con cuerdas donde llevaba algo de ropa y un traje de vestir bastante humilde, pero limpio, para presentarse a las entrevistas de trabajo. En unos meses poco a poco Desiderio se fue haciendo con los entresijos del idioma y al poco tiempo de malvivir consiguió un trabajo estable de camarero en un restaurante. Allí estuvo veinte años. Pudo alquilarse un pequeño apartamento digno en las afueras de Londres. En el trabajo conoció gente interesante que le ayudó cuando fue menester y su jefe lo trataba bien, no le regateaba el sueldo y escrupulosamente le pagaba también la seguridad social. Hasta creo que tuvo una historia de amor con una mujer. Lo sé porque le brillan los ojos cuando me habla de ella. Nunca se casó.

Después decidió volver. Había ahorrado lo suficiente como para comprarse una casa cerca de la casa de su hermana y su cuñado. En el fondo no quería volver, pero su hermana y su cuñado lo convencieron. Echaba de menos a la familia y pensó que aquí podría encontrar un trabajo similar al de Inglaterra. Volvió, se compró la casa y estuvo trabajando aquí y allá como camarero en restaurantes y bares donde le explotaban y le tenía trabajando horas y horas por un sueldo mísero y sin que nadie le diera de alta en la seguridad social porque no había un contrato. Además para una persona a la que la vida apenas le había dado la oportunidad de aprender a leer y escribir no podía haber mucho más.

Hasta que se jubiló. Todo lo que le quedó a Desiderio de tantos años de destierros y trabajos fue una pequeña paga. Unos euros de la seguridad social española y una pequeña cantidad de la seguridad social británica por los veinte años que cotizó en ella. En total no más de lo que uno de esos ejecutivos se gastaría en una cena nada excepcional. Pero ha sabido adaptarse a sus medios, porque no es hombre que necesite mucho. Le basta con su casa, su perro, al que saca a pasear todas las tardes, y su hermana, ya viuda, que visita todos los días dos veces con puntualidad británica para comer y cenar.

A Desiderio , aunque ya lo había visto infinidad de veces paseando a su perro, lo conocí una tarde en la que estaba yo sentado en una cafetería con terraza que hay muy cerca de donde vivo. Cuando tengo tiempo libre, me gusta bajar a esa terraza con un buen libro, pedir un café y sentarme en la terraza, debajo de un árbol frondoso a leer durante unas horas. En una de esas tardes de ocio y lectura Desiderio se me acercó. Estaba preocupado y angustiado. Tenía una carta en inglés de la seguridad social británica y me pidió con exquisita humildad que, por favor, se la leyera y se la tradujera. No era nada importante, salvo que le notificaban una pequeña subida de su pensión y que tenía que enviarles una carta con cierta información que necesitaban. Yo lo hice con mucho gusto y también me ofrecí, con los datos que él me dio, a escribirle yo mismo en inglés esa carta, lo que hice un día después. Desiderio respiró tranquilo y le noté con el alivio de aquellos que tienen un problema que les ha corroído durante tiempo y por fin se pueden desprender de él.

Desiderio me lo agradeció en el alma.

Desde entonces, cada vez que le escriben me busca por el barrio y me trae sus cartas que yo le ayudo a cumplimentar. Y, como a cambio no puede darme mucho (o al menos eso cree él), se esfuerza en pagarme ese cortado o ese café que me tomo mientras leo y en darme, generosamente, su amistad y solidaridad franca. De nada sirve que yo le diga que no tiene que invitarme a nada, que yo lo hago con mucho gusto. Él se siente obligado. Y yo no tengo más remedio que aceptar esa invitación, porque sé que de lo contrario le ofendería terriblemente. Con ese pequeño acto, Desiderio se siente más confiado para contar conmigo. Y dado el sueldo que cobra, aunque no sea mucho lo que le cuesta el cortado que me tomo, sé que para él lo es. Pero se siente feliz cuando lo hace. Y eso es lo importante.

Y ya hemos hablado muchas veces, generalmente, de cosas sencillas y de la vida misma. Es tanto lo que ese hombre me está enseñando. Tiene una risa franca, sabe muy bien llevar una conversación y muestra un interés sincero y una gran empatía con su interlocutor. Y algunas veces me pregunta por mis cosas y otras conversamos de las suyas. Con setenta y cinco años tiene mucho que contar.

Recientemente, las veces que lo he visto o hemos hablado, Desiderio tiene un aire triste. Hay algo melancólico en su mirada. Además, su salud se ha resentido un poco por causa de unos vértigos que los médicos no aciertan a curar y le obligan a llevar entre cuatro o cinco pastillas siempre encima. Desiderio está triste estos días y no me ha dicho que es lo que le pasa.

Últimamente llevo ya varios días sin verlo pasear a su perro. Desiderio no está por el barrio.

¿Qué le pasará a Desiderio?

 
Peponne


Llevo un tiempo sin escribir. No me lo han permitido la multitud de hechos inesperados que me han ocurrido estos días. Hay veces que la vida discurre plácida, en un remanso lento y sosegado que podría llevar al hastío. Es lo que los marineros llaman calma chicha, cuando el viento cesa y las velas, en otro tiempo henchidas y potentes, se dejan caer lacias y el buque se detiene y se desentiende a merced de las olas. Pero otras veces los acontecimientos se precipitan sin dejarnos a veces tiempo para respirar o para asimilarlos. Yo estoy ahora en uno de esos momentos. Pero me gustaría disciplinarme y dedicar todas las semanas un tiempo a este diario de navegante (aunque sean pocos los que aquí lleguen).

Recuerdo a un personaje entrañable que encontré en una Historia de la filosofía griega del escritor italiano Luciano di Crescenzo”. A pesar de lo grave y circunspecto que pueda parecer el título, se trata de una obra preciosa, llena de humor y humanidad, poblada de personajes fascinantes y narrada en un tono desenfadado, irónico, incisivo y absolutamente desmitificador. Para nada es una obra erudita. Pues bien, en un capítulo de ese libro aparecía el bueno de Peponne. Peponne es un personaje real que el autor conoció en su Nápoles natal. Es uno de esos seres entrañables de los que el mundo está lleno, pero que son difíciles de encontrar porque la misma sencillez y humildad de sus vidas actúan como una capa que los oculta a los demás.
Cuenta el autor que Peponne era (o quizás todavía es) un mecánico de automóviles al que conoció cuando una inopinada avería de su coche lo llevó a su taller a las afueras de Nápoles. Pronto le sorprendió la filosofía simple de ese hombre. Resultaba que cuando Peponne en su taller había ganado lo suficiente para vivir y cubrir sus gastos, sencillamente cerraba su taller y colgaba un cartel, ya viejo y maltratado por el tiempo, que decía “habiendo ganado los suficiente por hoy, Peponne se ha ido a pescar”. No podríamos encontrar a un hombre con un concepto de la libertad más amplio, ajustado y completo que el de este mecánico napolitano. En la sencillez de su vida había encontrado la manera de poder disfrutarla a su manera, de ver pasar los días y los meses haciendo lo que le gustaba y disfrutando de su tiempo, sin estrés, sin ataduras, sin más obligaciones que las justas que para seguir disfrutando de su tiempo. Puede que Peponne no fuera un hombre rico, pero es seguro que disfrutaba más de su vida que cualquier ejecutivo de altos ingresos por la simple razón de que era dueño completo de su tiempo y disponía de él con absoluta libertad.
Cuántos seres así pueblan este mundo. Y qué difícil se nos hace a veces imaginarnos en su piel. La vida se nos complica. A veces demasiado. Recuerdo cuando era niño, y los días eran largos y emocionantes, todo era mágico, fascinante, novedoso y los veranos se constituían en una sucesión maravillosa de días azules. Con qué despreocupación vivía, jugaba y disfrutaba de la vida en libertad. Luego crecemos, vienen los desengaños, los sueños cumplidos y frustrados y la vida se nos complica en mil y una responsabilidades. Dejamos de ser Peponne.
Pero lo que más me gusta de este personaje no es la descomplicación en que vive, sino la honestidad que emana. La vida me ha ido enseñando, a medida que ha venido ganando en profundidad y complejidad la importancia que tiene ser honesto con los demás y con uno mismo. Recuerdo una de las sentencias más felices y profundas de la filosofía griega (que también aparece en este libro): “Conócete a ti mismo”. Qué poco nos conocemos. Y con esto quiero decir algo que leí hace tiempo no sé donde y que ahora no importa:”somos siempre cuatro personas, lo que nosotros creemos que somos, los que los demás creen que somos, lo que nosotros creemos que los demás creen que somos y, finalmente, lo que somos realmente”. De los cuatro tipos el más importante, vital diría yo, es el último.
Cuando todo parece que va en contra de nosotros, cuando estamos agobiados o tristes, cuando alguien nos ha fallado o le hemos fallado, es importante conocer con total honestidad nuestra longitud y latitud. Es importante saber por qué nos sentimos así, qué queremos o esperamos realmente. Es algo más que lo que se denomina sentido común o tener los pies en el suelo. Se trata de conocernos lo suficiente como para lanzar una mirada humana, tolerante, generosa y porosa sobre nosotros mismos.
Pero todo esto no son más que divagaciones que me vienen ahora a la mente. Fuera de estas líneas está el mundo con su complejidad, sus desengaños, su voracidad casi caníbal, su cinismo e hipocresía y su indolencia. No sé si estamos solos en el universo, pero, desde luego, este pedazo de universo encierra un mundo de mucho dolor. Se me cae el alma a los pies cuando veo a esos emigrantes desesperados, harapientos y sufriendo lo indecible aferrándose a la valla en la búsqueda de un mundo mejor, o llorando con desconsuelo y dolor en un autobús que los encamina hacia el desierto.
Por eso creo que, aunque parezca insustancial (que no lo es en absoluto), es importante cuando logramos arrancarle a alguien una sonrisa, cuando tratamos con respeto a otro y notamos que le gusta, cuando le ayudamos a que se sienta mejor, cuando somos capaces de escuchar y solidarizarnos con otros y sentir que sienten nuestro calor y nuestro apoyo. Son pequeños actos que hacen la vida más agradable. Al menos, nos ayudan a saber que a pesar de todo, valemos la pena y somos capaces de aportar algo positivo.
 
ESTIMADA ÁNGELES



Tu constancia y tus comentarios me dan ánimos y fuerza para seguir. No te preocupes, habrá veces, como esta, en que tarde un poco en escribir, pero siempre seguiré ahí. Aunque seas mi única lectora....
 
FORZUDOS (Y OTROS SERES)


Llevo ya un tiempo sin escribir. Al menos sin escribir con la regularidad que a mí me gustaría. Y no es porque me falten temas o asuntos sobre los que reflexionar, sino porque apenas me dejan tiempo los trabajos y los días. En cuanto tenga algo más de tiempo me dedicaré con regularidad a escribir más frecuentemente y quizás con post más breves que los anteriores. Es tanto lo que me sale de la mente cuando me pongo a escribir que la cuestión se alarga y se alarga hasta causar fatiga o desánimo a los que por ventura me leen, que supongo que son pocos, aunque bienvenidos.

Hoy quiero hablar de un tema algo más trivial que los temas anteriores, quizás para rebajar un poco el tono de este cuaderno de bitácora. Dejo ahora de lado la soledad, el sufrimiento, el amor y la felicidad, mis temas de reflexión anterior. Necesito hablar de un fragmento de vida y de determinados seres, muy ajenos a mí, que la pueblan.

No me gusta desayunar solo. Sé que es una tontería, pero, cuando tras levantarme y ducharme se me ofrece la perspectiva de desayunar solo, me resulta tan deprimente o tan triste que prefiero bajar a una cafetería que hay cerca de casa, que, además, suele abrir siempre muy temprano.

Me gusta madrugar.

Y ha sido una suerte encontrar esta cafetería. Llevo yendo a desayunar allí casi año y medio. A fuerza de ir una y otra vez ya nos conocemos los parroquianos habituales que estamos allí a la misma hora, casi sin falta. Y no necesito decir nada cuando llego. Me basta saludar con el habitual buenos días y sentarme en una mesa en la esquina, la que da a la ventana desde la que veo amanecer, y que a esas horas siempre está vacía. Charo, la camarera, viene enseguida con su sonrisa perenne y me trae lo de siempre: un café con leche, un croasán y un vaso de zumo de naranja. Me basta para empezar la mañana. Como siempre, me pregunta con simpatía que qué tal, como siempre le respondo que bien. Un breve comentario de ella y en seguida se dirige a la barra a atender a otros clientes. Muy pronto llega el jubilado con su bastón y sus botas de caminar. Adivino que también le gusta madrugar y se levanta muy temprano para andar por la mañana, pues cuando llega presenta ya el aire fatigado y relajado del que ha hecho ejercicio intenso. Nos miramos y nos saludamos brevemente. Luego acude el taxista y su novia, y los dos emigrantes que esperan el coche que les ha de llevar a la obra, la chica telefonista de la empresa de al lado, siempre con prisas y siempre estresada con el mismo ritual: pide un café en la barra pues no puede esperar a que se lo sirvan, se sienta delante de mí, siempre dándome la espalda, se enciende un pitillo, se toma el café casi de un sorbo y, tres minutos después, apaga el pitillo y se va. La he cronometrado. Nunca ha estado más de cuatro minutos. Y pienso que para qué se sienta si no disfruta ni de su café ni de su cigarro. Últimamente la veo ojerosa, lo que quiere decir que no duerme bien. Entre todos formamos un microcosmos cotidiano y, a fuerza de vernos todos los días, ya adivinamos cada uno la historia de los demás.

Los forzudos llegan siempre los domingos a las ocho de la mañana.

No fallan. Son puntuales. Todos tienen el mismo tipo y visten casi igual: un jersey ajustado que les resalta la musculatura, espaldas anchas, bíceps y triceps enormes, piernas gruesas, pelo cortado casi al rape, zapatos negros. Detrás de toda esa musculatura hay varios centenares de horas de gimnasio y algún que otro anarbolizante. Vienen siempre de la noche. Son guardias de salas de fiestas o macrodiscotecas. Como los servicios de seguridad deben de ser caros, muchos dueños de discotecas los contratan a precios más económicos. Serían, pues, lo que en otros tiempos se llamaban gorilas. Uno de ellos llega con un coche deportivo del que se bajan los otros. No imaginaba que ser guardia de discoteca diese tanto dinero. En cualquier caso, adivino que no es porque le gusten los coches deportivos sino para impresionar. Todo lo que esos tipos hacen es para impresionar. Son todo mera imagen y mera fachada. De ahí su prepotencia.

En cualquier caso, siempre me desconciertan. Son tan ajenos a mi cotidianeidad y a mi mundo que no puedo evitar que me causen una cierta desazón. Me parece que vienen de otro mundo, de un mundo en el que yo no tengo cabida o del que estoy excluido. Es el mundo de las discotecas, donde han de impresionar con su presencia física y controlar que nadie se salga de los límites que establecen ellos. Se los contrata para vigilar, pero también para golpear y dañar.

Siempre entran hablando a gritos entre ellos. Siempre hablan de los mismos temas y de la misma manera. Forman grupo y en algunos de ellos adivino cierto orgullo de sentirse parte integrante de ese grupo y ese mundo. Hasta el punto es así, que sospecho que muy pocos darían su opinión sobre un tema por miedo a ser rechazados por los otros. Se establece una manera de hablar y de pensar y todos se amoldan a ella y entre ellos se retroalimentan en esos esquemas y en esos valores, independientemente de lo que piensen o crean en su fuero interno. Hay que aparentar.

Y cuando hablan lo hacen de manera agresiva. Sus temas son poco variados. Uno de ellos son las cuestiones relacionadas con su oficio. Gracias a ellos me enteré que una llave Thonson es un tipo de golpe seco y brutal mediante el cual dejan inmovilizado e impotente a alguien, pues se trata de golpear de tal manera que la base muscular se derrumba. Descubrí las distintas técnicas de romperle a alguien un brazo o una pierna. Y lo cuentan con orgullo, tal vez para demostrarles a los demás que ellos saben, que dominan la técnica, que son parte del grupo. Como deben de pasar horas y horas en el gimnasio, éste, y sus técnicas de entrenamiento son otros de los temas recurrentes de los domingos. Y el otro tema son lo que ellos llaman “las tías”. Han de demostrar que son machos y hay veces que exageran tanto que resultan patéticos. Recuerdo un domingo en el que pasó una chica por la puerta de la cafetería y uno de ellos se levantó corriendo y salió de la cafetería como una masa musculosa hacia la chica a la que le dijo alguna tontería sin que ella le hiciera caso. Había demostrado no sé qué ni a quién ni para qué. En cualquier caso me pareció muy poco digno y sentí vergüenza ajena. Cuando hablan de “las tías”, lo hacen siempre de manera tan idéntica que se diría que hablan siempre de la misma mujer. Siempre en sus comentarios se dejan caer impúdicas las mismas frases soeces, la misma superficialidad. “Había una tía.... y le dije a la tía.... y va la tía y me suelta...., yo sé que la tía quería rabo..., unas tías....., es que las tías son..., yo sé como son las tías...”.

Son tan ajenos a mí. Hablan de un mundo tan lejano. Y se sienten orgullosos. Eso es lo más triste. Cuando los veo siempre me hago las mismas preguntas: ¿qué será de ellos dentro de unos años? Envejecerán y ya no servirán para ese oficio. ¿qué harán? Y ¿para qué esas vidas tan vacías? ¿se han preguntado alguna vez qué hacen en este mundo, el sentido de sus vidas? ¿serán capaces de sobrecogerse con una puesta de sol? ¿sentirán inquietud por algún tema o por algo? ¿serán capaces de mirar a otro ser más allá de la superficie? ¿han pensado que un día dejarán este mundo sin haber hecho otra cosa? ¿podrían mantener una conversación medianamente inteligente? ¿cuántos temas pueden tratar con alguien? ¿cuál es el último libro que han leído?

Mientras ellos están hablando a voz en grito es cuando viene Mari Cruz, siempre cogida de la mano de su madre.

Mari cruz es una muchacha de unos 28 años a la que un día una enfermedad le dejó su mente clavada para siempre en los once años de edad. Lo sé porque una vez, cuando Mari Cruz no estaba, su madre ya no pudo más y se derrumbó delante de Charo, la camarera. Llorando contó la inmensa tragedia de esa muchacha y de esa familia y los que estábamos allí escuchamos con silencio respetuoso. Pero a Mari Cruz no le falta el amor de su madre, ni una caricia, ni tampoco el saludo cariñoso de Charo, que habitualmente le pregunta y a la que Mari Cruz siempre contesta con entusiasmo y con la inocencia de un niño. Eso es lo que más me conmueve de esa criatura, su inocencia pura, sin dobleces. ¿Por qué cuando crecemos perdemos esa inocencia? Es evidente que cuando Mari Cruz llega los forzudos ignoran su presencia; pero también Mari Cruz, a su manera, los ignora a ellos.

Hace dos domingos ocurrió algo que me hizo reflexionar y quizás fue eso lo que me ha impulsado ahora a hablar de ella y escribir este post. Fue un pequeño incidente, sin importancia. O casi.

Recuerdo que Mari Cruz estaba en la barra junto a su madre contándole a Charo, la camarera, con entusiasmo, alegría y su inocencia pura y habitual, cómo su equipo de fútbol favorito había ganado mientras los forzudos, al fondo de la cafetería, hablaban a voz en grito de palizas y de golpes. Fue entonces cuando entró el taxista con su novia. Se acercó a la barra y Mari Cruz, entusiasmada con lo que estaba contando y gesticulando mucho, no se dio cuenta y al apartarse para que el taxista pasara derribó uno de esos taburetes altos de las cafeterías y los bares. El taburete cayó de manera tan aparatosa y ruidosa que golpeó el pie del taxista que en ese momento acertaba a pasar. El taxista dio un grito. Le había dolido. Los forzudos se rieron. Mari Cruz se quedó aterrorizada. Corrió inmediatamente al cuarto de baño, cerró la puerta y comenzó a llorar desconsoladamente mientras su madre la seguía con palabras cariñosas de ánimo. “Venga Mari Cruz, que no ha sido nada, que el señor está bien”. El taxista comprendió rápidamente lo que pasaba y se acercó hasta la puerta del baño para animar a Mari Cruz y decirle que no le dolía el pie, que no se preocupase, que él era un exagerado y un quejica.
Mari cruz se calmó y salió del baño con los ojos llenos de lágrimas. El taxista se conmovió al verla así y se puso a la pata coja delante de Mari Cruz mientras le decía, “mira, mira, no me duele, ¿ves? Salto a la pata coja con el pie en el que me has dado y no me duele”.

En ese momento, mientras los forzudos seguían con sus temas, mientras el mundo continuaba su curso, mientras cientos de inmigrantes esperaban la oscuridad de la noche para saltar la verja, mientras en otros lugares se libraban guerras y había dolor y desolación, mientras miles de niños se morían de hambre y se ejercían las mil continuas crueldades habituales, mientras todo eso ocurría alguien había tenido un gesto cariñoso hacia esa chiquilla, un gesto dulce y simpático y Mari Cruz reía y reía feliz.

Reía con toda la inocencia del mundo.

 
GRACIAS ÁNGELES


Estimada Ángeles. Si, como cuentas, estás en tu noche de invierno polar, solo te puedo decir que te comprendo y me solidarizo contigo a través de estas líneas. Espero que tu fiel acompañamiento de esta navegación, ya tan mía como tuya, te sirva de alivio o te aligere el peso. O, al menos, sirva para que surja algo de calor en la frialdad en el interior de la noche. Espero que esas “razones técnicas” se resuelvan pronto para que comiences tu blog. Un saludo de nuevo, y nuevamente gracias.