ABELARDO, O LA SALVACIÓN A TRAVÉS DEL PENSAMIENTO

Quiero seguir hablando de pequeñas cosas cotidianas y de seres con los que me he ido encontrado, o me encuentro, a lo largo de mis días. Prefiero dejar, de momento, el tono algo circunspecto, profundo y, en cierto sentido, tremendista con el que comencé este diario y abandonar la esfera de lo íntimo para acercarme más a lo humano. No es tanto un propósito como una necesidad de seguir por la línea de mis últimos posts.
Recuerdo ahora unos versos de cierto poeta. Quiero volver a la vida de este diario de navegante con ellos, y es que a través del tiempo todavía me emocionan, pues de alguna manera me retraen a mi infancia, donde había un río...:
“El río duerme,
y duerme plácido, tranquilo, sereno
y mientras duerme sueña
y sueña que despierta
y juega a soñar”
Hay veces que la navegación de la vida se hace impetuosa y toma un rumbo decidido y otras, como me ha ocurrido últimamente, que se convierte en una calma chicha, en la que todo parece detenerse y los días se hacen lánguidos, y eternos y se suceden unos a otros sin que ocurra nada, excepto la cotidianeidad que se nos hace a veces insoportable de puro aburrimiento y hastío. Lo mejor, en esos casos ,no es, como dicen algunos, tomarlo con filosofía, sino, mejor aún, tomarlo con cretividad. Esto me recuerda al bueno de Abelardo.
Abelardo es un filósofo.
Ya está jubilado. Se “liberó”, como le gusta decir, hace ya cinco años, por lo que ahora ronda los setenta. Estuvo trabajando durante treinta años en un colegio de formación profesional, como profesor de talleres especialista en circuitos y máquinas eléctricas. Pero lo suyo no era ese trabajo. Eso le permitía vivir y alimentar a su familia, nada más. Lo suyo era el pensamiento. Y siempre, como me decía muchas veces, pasaba largas horas en soledad pensando y pensando. Es como uno de esos diamantes en bruto que, a falta de haber sabido quién o qué los pudiera pulir, se ha perdido para la humanidad.
A menudo hemos hablado. Y también discutido hasta el acaloramiento. A pesar de que tengo algo más de treinta años menos que él, le fastidiaba en nuestra conversaciones “filosóficas” que le citara a este o a aquel filósofo. Abelardo nunca tuvo tiempo para leer, por lo que nombres como Sócrates, Platón, Aristóteles, Kant y otros, no le sonaban. Y en realidad, ni falta que hace. Sin embargo, yo siento un profundo respeto por él. Porque fue la tragedia, la inmensa tragedia, la que lo volcó en la filosofía, como una válvula de escape o una forma, para un ser racional como él, de encontrar una explicación al sufrimiento en su estado más puro.
Abelardo perdió un hijo. Murió cuando apenas rozaba los veinticinco años. No viene ahora al caso de qué murió su hijo. Abelardo lo mantuvo siempre en secreto, aunque todos los sabíamos, y por respeto a él, no lo diré aquí. Sí que diré que su vida dio un giro radical tras aquella tragedia. Su mujer cayó en una depresión profunda y él se le unió mucho más y tan pronto dejaba de trabajar, acudía a casa a pasar las tardes con su noches con ella, para que no estuviera sola un solo instante. Los dos se hicieron compañía para sobrellevar el dolor.
Desde entonces Abelardo convirtió su actividad placentera y cotidiana de pensar en una necesidad y en una manera de escapar al dolor. Y con los años fue ideando una teoría sobre el espacio y el tiempo, que según él, no existen, lo que luego le llevó a hablar del determinismo, algo de lo que hemos discutido mucho. Según él, todos estamos determinados desde el momento en el que nacemos a ser lo que somos. Nada podemos hacer en contra, estamos sujetos a una férrea voluntad universal que guía nuestros pasos y nuestros pensamientos y acciones. No existen los méritos. Si alguien, pongamos por caso, obtiene el premio Nóbel, no es una acción meritoria, ya que estaba determinado desde que nació a obternerlo, quiera o no.
Desconozco de que manera llegó Abelardo a esta conclusión a partir de su constatación de que el espacio y el tiempo no existían, que eran sólo una mera ilusión. Lo cierto es que un día Abelardo fue ahorrando dinero. Se puso en contacto con una de esas editoriales cutres y baratas que venden libros o libritos de horóscopos, parapsicología y novelitas rosas cursilonas y melosas en los kioscos callejeros y llegó a un acuerdo con el editor. Abelardo correría con los gatos de la edición y el editor se encargaría de publicar el librito y difundirlo por todos los kioscos de España.
Así fue como un día Abelardo apareció radiante y feliz con su librito bajo el brazo. Tenía cincuenta y dos páginas. Estaba redactado de una manera un tanto confusa, con puntuación caótica. Abelardo no es hombre que haya leído mucho ni tampoco ha practicado la redacción, pero había puesto mucha ilusión en su primer (y último) librito, mediante el cual había logrado compartir e iluminar al mundo con su pensamiento. Así se sentía. Pensaba que después ya nada sería igual, que los hombres se darían cuenta del error y la ensoñación en que vivían. De esta manera, en el kiosco de la esquina, junto a libritos de posesión demoníaca, abducciones, fantasmas y espiritismos, técnicas sexuales para disfrutar en pareja, manuales de cocina rápida o novelitas de amor, había otro librito que destacaba inmediatamente sobre los demás por su título largo: “Sobre la imposibilidad razonada de la existencia del espacio y el tiempo”.
El bueno de Abelardo..........
VUELVO DE NUEVO. GRACIAS, GRACIAS POR ESTAR AHÍ.

Casi ni me he dado cuenta del tiempo que llevo sin escribir nada en este diario, por lo que se ha quebrado, como me temía, mi intención de ir anotando cosas en él de manera regular. Vuelvo otra vez, y no quiero empezar sin agradecer de todo corazón a aquellos que me están siguiendo y se han preocupado por mí. Especialmente a Albión, a Ángeles (sé que estás ahí, gracias) y a Penélope. Poco a poco estoy juntando una comunidad de seres con los que compartir todas estas reflexiones.
Prometo, en la medida de lo posible, no retrasarme tanto la próxima vez, y espero que aquellos que me leen no se hayan ido definitivamente y continúen aquí, ya que, en última instancia, ellos son los destinatarios de todas las reflexiones que aparecen aquí.
Quiero decir a aquellos a los que les interese que Desiderio vovió a dar señales de vida inopinadamente una tarde, paseando a su perro como de costumbre. Nos vimos y nos dimos un abrazo y al día siguiente almorzamos juntos para celebrarlo. Había estado enfermo, y ahora anda delicado, pero sigue bien.
El bueno de Desiderio.....





