LA NOCHE DE INVIERNO POLAR

En mi post anterior sobre imágenes y palabras intenté abordar otros temas que van más allá de la esfera de los sentimientos, los deseos, las pasiones humanas y el mundo de la intimidad y los sueños particulares. Sin embargo, siento que todavía no es el momento. Aún tengo muchos de estos temas tan humanos dentro de mí, pululando en mi espíritu, de los que necesito reflexionar y hablar. Continuaré, pues, en esta línea, ya que, lejos de agotarse pronto, como yo esperaba, los temas me surgen unos detrás de otros inconteniblemente, como si cada uno de estos asuntos encerrara dentro infinidad de otros de manera que parece casi inagotable. Por lo tanto, dejaré de un lado, de momento, cuestiones más filosóficas o intelectuales, y me centraré en otros aspectos más vitales, humanos y cotidianos de los que hablaré con total libertad.
Ahora es madrugada. Me gusta pensar y escribir cuando es de noche, porque todo parece más irreal y lejano. En el silencio de la noche la vida parece haberse detenido por unos instantes. El silencio lo envuelve todo y la soledad se siente más intensamente. Hay como una especie de magia en esos momentos de quietud, y de repente me siento como el espectador de mi propia vida, o más bien de mi pasado. Noto como si la noche me proyectase a otro espacio y tiempo y me permitiera tener la distancia suficiente respecto de mi acontecer diario como para poder pensarlo objetivamente. Por eso estoy ahora, en la paz de la madrugada, escribiendo estas líneas, aunque esperaré a que sea de día para publicar estas palabras que ahora van surgiendo desde mi interior, quizás con la fantasía de que si espero hasta que venga el día para publicarlas, puedan mantener encerrada entre sus líneas esta magia de la madrugada, su paz y su quietud y, de esta manera, transmitírsela a los que las puedan leer.
Hablaré hoy de un tema desgarrador en el acontecer del o de la navegante de la vida. Lo expresaré como una metáfora que me vino ofrecida por la casualidad, “la noche de invierno polar”. Le he dado muchas vueltas desde entonces y de alguna manera esta metáfora me ha hecho volver a tomar conciencia de otros hechos del pasado por los que personalmente pasé al igual que otros miles de personas y seres en este mundo.
¿Qué es una noche de invierno polar? Fue un documental de National Geographic el que me sugirió esta metáfora. Lo resumo brevemente para que se entienda a donde quiero ir. El documental presentaba a tres científicos norteamericanos que llegaban al polo norte y se preparaban para la noche en una especie de cabaña, una especie de estación meteorológica, enorme y bien pertrechada con alimentos, aparatos de todo tipo, calefacción y libros, multitud de libros. Se veía a los tres afanarse casi con vehemencia en las reparaciones de la cabaña y en comprobar que no faltaba de nada. “viene la noche” decía uno de ellos entre el ajetreo, “viene la noche y luego ya no podremos hacer nada más. Nos esperan meses muy duros de soledad y aislamiento”. Le preguntaron por qué temían tanto a la noche y otro de los científicos respondió: “se trata de una noche de invierno polar. Es lo peor”.
Efectivamente, la noche de invierno polar dura algo más de seis meses en los que el sol desaparece en un atardecer casi eterno para no volver a aparecer en mucho tiempo. Todo lo llenan entonces la oscuridad y el frío, un frío intenso, junto con vientos huracanados casi constantes. Fuera la vida se detiene por completo. Y no hay nada más.
Así pues, los tres científicos se prepararon a finales de septiembre para la noche polar. Ésta les llegó a principios de octubre. La oscuridad lo llenó todo como una amenaza invisible y los tres se refugiaron al abrigo acogedor de su cabaña. Fuera empezó a soplar un fuerte viento y las temperaturas comenzaron a bajar. A mediados de octubre estaban en medio de la nada, completamente aislados sin esperar otra visita de nadie en mucho tiempo. Hacía tanto frío que, para que nos hiciéramos una idea de lo severas que eran las condiciones fuera de la cabaña donde estaban refugiados los científicos, uno de ellos puso a calentar agua en un cazo y cuando estaba hirviendo, salió fuera y arrojó el agua al aire. En menos de un segundo el agua se congeló, casi instantáneamente: arrojó agua hirviendo y lo que cayó era ya hielo.
A principios de noviembre parecía que había pasado una eternidad. Fuera, el viento huracanado y la oscuridad completa los habían tenido clavados en la cabaña a los tres sin poder salir, y acababan de empezar. Para no desesperarse procuraban llenar sus días (una forma de decirlo puesto que no había “día”) con actividades científicas y rutinarias y luego dedicaban horas a charlar, cantar, ver la televisión por satélite, hablar con sus seres queridos… “procuramos hablar mucho para no volvernos locos” decía uno. Y llegaba diciembre y, con este mes, si hasta ahora las condiciones afuera parecían terribles, todavía empeoraban mucho más con temperaturas de -70º bajo cero. El sonido del viento era ensordecedor. Parecía que el mundo exterior quisiera penetrar brutalmente dentro de la cabaña y arrebatarles la seguridad, el calor y la paz. Era como si todo se hundiese. Pero había que aguantar. Enero, y nada parecía cambiar, viento, frío, nieve, hielo y oscuridad, a la espera de febrero, que llegaba imperturbable. Para entonces ya habían perdido la conciencia de lo que era salir de esa cabaña. Los días de luz les parecían muy lejanos y alguno comenzaba a sentir miedo de que se acabaran las provisiones, o de que fallara el sistema eléctrico y los aislara definitivamente. Marzo y todo seguía igual. En los ojos de uno de ellos se reflejaba ya la desesperanza. “Hay que aguantar, hay que aguantar”, decía constantemente. Los otros procuraban animarle. Parecía que nuca iba a amainar el viento y que jamás volverían a notar el calor y la luz del sol sobre su piel. Y las horas se hacían días y los días años. Por fin llegó abril, pero todo seguía en la más intensa oscuridad. Los tres miraban ansiosamente por la ventana hacia el horizonte buscando los primeros rayos de sol, la luz espectral del alba que anuncia el nuevo día. Pero nada, todo seguía igual de terrible.
De repente, hacia mediados de abril, algo comenzó a cambiar. Ya no nevaba, el viento había aminorado. A lo lejos comenzaron a despuntar los primeros rayos de luz. Sí, estaba amaneciendo. Poco a poco las tinieblas irían dando paso a la luz, las temperaturas irían subiendo y la noche de invierno polar tocaba a su fin. Muy pronto podrían volver a salir. Se acababa el aislamiento, la soledad y la desesperanza.
Esta experiencia que vivieron los tres científicos en la Antártica se podría aplicar a muchos navegantes en su vida. Hay veces que las circunstancias de la vida nos meten de lleno en una noche vital de invierno polar. Y cada uno ha de buscar la manera de resistir a ella. Porque el que no lo consigue, naufraga y el que llega hasta el final se convierte en un superviviente nato. Son temporadas largas en las que se pierde la esperanza y vivimos en un estado constante de depresión (o casi), sufrimos, a veces lo indecible, y, a diferencia de los tres científicos, en completa soledad. Algunos denominan a estos períodos con otra metáfora “la travesía del desierto”, pero creo que la “noche de invierno polar” refleja mejor ese sentimiento de desesperanza completa, sufrimiento y angustia vital al que nos vemos impelidos. Las circunstancias que nos conducen a esa terrible situación varían mucho de unos a otros: para algunos puede ser un divorcio que nunca logran superar. Para otros es una depresión profunda, clínica, que les hace desear la muerte. Para otros es la desaparición de un ser querido. En cualquier caso es siempre una circunstancia desgarradora. Y el que no logra resistir, sencillamente naufraga, se hunde y se convierte en un desertor de la vida. En esos momentos nuestros fantasmas y demonios particulares nos acechan prestos a dejarse caer sobre nosotros.
Pero para aquellos que han pasado por esta experiencia tiene también su lado bueno. Les endurece en la vida. Les ayuda a relativizar muchas otras cosas y circunstancias. Aprenden que lo importante es resistir, resistir y resistir a toda costa porque tarde o temprano saldrá el sol (siempre que no sea algo irreversible, es decir, siempre que no sea un desahucio vital). Nos hacen más fuertes y a valorar mejor lo que tenemos y hemos conseguido con nuestro trabajo y actitudes, a amar las cosas sencillas y los pequeños momentos de felicidad que se hacen más intensos. Nos enseña que la vida siempre nos está dando por un lado y nos está quitando por otro. Nos hermana con los miles de seres que sufren o han sufrido. Y, si a pesar de todo se naufraga, existe la posibilidad de que la vida nos dé otra oportunidad u otra navegación. Recuerdo a una amiga que era feliz por primera vez en su vida después de haber sufrido y luchado tanto: tenía un trabajo que le apasionaba, una pareja estable que le llenaba la vida, un hijo en ciernes que tanto había deseado. Todo era tan perfecto que la pobrecilla estaba aterrorizada. Pensaba que si era tan feliz, las cosas ya no podían ir a mejor, sino a peor. Lo notaba todo tan frágil que el simple pensamiento de perderlo se cernía sobre ella como una sombra incontrolada y pérfida.
Porque hay veces que la navegación por la vida se hace difícil, trabajosa y dura. Hay mañanas que, por la razón que sea, nos cuesta más levantarnos. Y otras veces la vida golpea duro. Siempre me he preguntado qué sentido tiene sufrir a veces tanto. No quiero llegar al desánimo de poetas como Miguel Hernández, que en unos de sus versos exclamaba “¡Señor, señor! Cuánto sufrir para al final morirse uno”. Esto me lleva a García Lorca, poeta con el que tengo una relación entrañable y fecunda a través de sus obras de teatro y sus poemas. Lorca era un ser vital y luminoso. Por eso fue tan dolorosa la tragedia que le aguardaba en el camino, cuando cayó acribillado por las balas de la violencia ciega e ignorante, en plena madurez, en un acto de injusticia inmensa. De alguna manera el poeta era también un ser tan trágico como sus propios personajes, desgarrados, inquietos, agitados, bulliciosos y rebeldes. Por eso, un ser tan vital como él no podía en sus obras de teatro incluir personajes resignados, ni convencionales, ni acomodaticios a lo que viniese o a aceptar sin más e impotentes lo que el destino les imponía. Sus personajes no solo resistían, se rebelaban contra el dolor y el sufrimiento, lo combatían apasionadamente dejándose el alma en ello si fuera necesario. Por eso era personajes trágicos condenados a la destrucción o la tragedia.
La literatura está llena de personajes lorquianos que asumen una especie de protagonismo homérico y dejan traslucir, junto a su desahucio vital y el dolor rendido de su alma herida, la pasión desatada, el acto rebelde y sublime del que no quiere claudicar, la pequeña venganza del inconformista que, sin resignarse, grita o escupe al universo entero su condición absurda.
Me gusta pensar que el sufrimiento intenso por el que a veces pasamos, esas noches de invierno polar, tienen un sentido. Que hay una especie de justicia inmanente en el universo que, al final, nos recompensa haciendo que todo ese mal trago atroz tenga sentido y colocando a cada uno en su sitio y dándole lo que se merece. Porque merecemos tanto....
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Muy interesante con rumbo a la creación de la vida bella.
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Me ha encantado este post, tanto que quería abrir mi futuro blog refiriéndome a él, pero razones técnicas me lo han impedido.
Estoy comenzando a pasar lo que puede ser una larga noche de invierno polar, así que sé lo que se siente cuando la soledad te invade, y sientes el frio no sólo en el exterior, también en el interior. Porque el corazón a veces se congela para no sufrir, y protegemos el alma con una coraza. Y el desasosiego nos inunda, y se tienen pocas esperanzas, y es tan largo el invierno que no se sabe si resistiremos hasta la primavera...
Y tienes razón, el haber pasado ya por otra noche te enseña muchas muchas cosas... a relativizarlo todo, a disfrutar de las pequeñas cosas, a discernir quiénes son buenos acompañantes en el camino...
Memorable tu post.
Estoy comenzando a pasar lo que puede ser una larga noche de invierno polar, así que sé lo que se siente cuando la soledad te invade, y sientes el frio no sólo en el exterior, también en el interior. Porque el corazón a veces se congela para no sufrir, y protegemos el alma con una coraza. Y el desasosiego nos inunda, y se tienen pocas esperanzas, y es tan largo el invierno que no se sabe si resistiremos hasta la primavera...
Y tienes razón, el haber pasado ya por otra noche te enseña muchas muchas cosas... a relativizarlo todo, a disfrutar de las pequeñas cosas, a discernir quiénes son buenos acompañantes en el camino...
Memorable tu post.
Comentario:
He leído tus disquisiciones sobre el amor, la vida, la soledad y la búsqueda de la felicidad y creo que los humanos nos complicamos demasiado la vida.
Es decir, tanto elucubrar al final acaba rallándote.
Es más, estoy convencida que si verbalizar o expresar ideas ayuda me parece estupendo pero si ello distorsiona todavía más la idea preconcebida de lo que es para uno el amor y demás......no sé, no lo veo acertado porque se acabará más caótico que al principio.
Las palabras se las lleva el viento porque no quedan muchas veces escritas o plasmadas en soportes físicos y se olvidan las buenas o malas intenciones que expresan esas palabras.
Los hechos o formas de actuar (lenguaje no verbal) de alguien son más explicitos y nos dicen más que muchos rollos que nos sueltan esos interlocutores interminables en sus monólogos, los cuales a veces no tienen a bien escuchar al otro y sólo sienten placer onanista escuchándose a si mismos.
Hay que distinguir entre dialogantes que buscan fed-back o empatía y aquellos que sólo hablan y hablan y se quedan en eso en palabras.
Estos últimos no me gustan, no van al grano o quid de la cuestión, tienden a adornar la realidad con mucha magia creativa pero el fondo es el mismo...la necesidad de ser escuchado por alguien y no sentirse sólo en este mundo.
Como esa frase que dice que existes en el mundo si hay alguien que piensa en tí.
Si nadie te recuerda o piensa en tí, no eres nadie, nada.
Qué tiene de malo no ser nada?, la nada es paz, tranquilidad y no existencia.
En fin, que me estoy rallando por contagio.
Mucha suerte.
Saludos
Es decir, tanto elucubrar al final acaba rallándote.
Es más, estoy convencida que si verbalizar o expresar ideas ayuda me parece estupendo pero si ello distorsiona todavía más la idea preconcebida de lo que es para uno el amor y demás......no sé, no lo veo acertado porque se acabará más caótico que al principio.
Las palabras se las lleva el viento porque no quedan muchas veces escritas o plasmadas en soportes físicos y se olvidan las buenas o malas intenciones que expresan esas palabras.
Los hechos o formas de actuar (lenguaje no verbal) de alguien son más explicitos y nos dicen más que muchos rollos que nos sueltan esos interlocutores interminables en sus monólogos, los cuales a veces no tienen a bien escuchar al otro y sólo sienten placer onanista escuchándose a si mismos.
Hay que distinguir entre dialogantes que buscan fed-back o empatía y aquellos que sólo hablan y hablan y se quedan en eso en palabras.
Estos últimos no me gustan, no van al grano o quid de la cuestión, tienden a adornar la realidad con mucha magia creativa pero el fondo es el mismo...la necesidad de ser escuchado por alguien y no sentirse sólo en este mundo.
Como esa frase que dice que existes en el mundo si hay alguien que piensa en tí.
Si nadie te recuerda o piensa en tí, no eres nadie, nada.
Qué tiene de malo no ser nada?, la nada es paz, tranquilidad y no existencia.
En fin, que me estoy rallando por contagio.
Mucha suerte.
Saludos





