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BITÁCORA DE LA MADRUGADA
Espacio de reflexión y encuentro para espíritus inquietos que navegan por la vida
Acerca de
Navegante, seas quien seas, sé bienvenido o bienvenida Un cuaderno de bitácora es un Libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación. Pero aquí se trata de la navegación como metáfora de la vida y es también un espacio de escritura, reflexión y encuentro. Está destinado a los espíritus inquietos, que navegan por la vida, porque se habla del acontecer de la navegación, mi navegación, pero también la tuya: a los que tienen algo que decir, a los incomprendidos, a los entusiasmados, a los melancólicos, a los tristes, a los alegres y a los pacíficos, a los solitarios, a los apasionados, a los que aman aprender y descubrir, a los que les gusta leer y la ciencia y la cultura y la literatura, y la lingüística y la filosofía y la vida……. Soy de Valencia, España. Me gusta el cine, la literatura, el arte, la filosofía, la lectura intensa. Soy un navegante de la vida. Adoro el diálogo.
Sindicación
 
FORZUDOS (Y OTROS SERES)


Llevo ya un tiempo sin escribir. Al menos sin escribir con la regularidad que a mí me gustaría. Y no es porque me falten temas o asuntos sobre los que reflexionar, sino porque apenas me dejan tiempo los trabajos y los días. En cuanto tenga algo más de tiempo me dedicaré con regularidad a escribir más frecuentemente y quizás con post más breves que los anteriores. Es tanto lo que me sale de la mente cuando me pongo a escribir que la cuestión se alarga y se alarga hasta causar fatiga o desánimo a los que por ventura me leen, que supongo que son pocos, aunque bienvenidos.

Hoy quiero hablar de un tema algo más trivial que los temas anteriores, quizás para rebajar un poco el tono de este cuaderno de bitácora. Dejo ahora de lado la soledad, el sufrimiento, el amor y la felicidad, mis temas de reflexión anterior. Necesito hablar de un fragmento de vida y de determinados seres, muy ajenos a mí, que la pueblan.

No me gusta desayunar solo. Sé que es una tontería, pero, cuando tras levantarme y ducharme se me ofrece la perspectiva de desayunar solo, me resulta tan deprimente o tan triste que prefiero bajar a una cafetería que hay cerca de casa, que, además, suele abrir siempre muy temprano.

Me gusta madrugar.

Y ha sido una suerte encontrar esta cafetería. Llevo yendo a desayunar allí casi año y medio. A fuerza de ir una y otra vez ya nos conocemos los parroquianos habituales que estamos allí a la misma hora, casi sin falta. Y no necesito decir nada cuando llego. Me basta saludar con el habitual buenos días y sentarme en una mesa en la esquina, la que da a la ventana desde la que veo amanecer, y que a esas horas siempre está vacía. Charo, la camarera, viene enseguida con su sonrisa perenne y me trae lo de siempre: un café con leche, un croasán y un vaso de zumo de naranja. Me basta para empezar la mañana. Como siempre, me pregunta con simpatía que qué tal, como siempre le respondo que bien. Un breve comentario de ella y en seguida se dirige a la barra a atender a otros clientes. Muy pronto llega el jubilado con su bastón y sus botas de caminar. Adivino que también le gusta madrugar y se levanta muy temprano para andar por la mañana, pues cuando llega presenta ya el aire fatigado y relajado del que ha hecho ejercicio intenso. Nos miramos y nos saludamos brevemente. Luego acude el taxista y su novia, y los dos emigrantes que esperan el coche que les ha de llevar a la obra, la chica telefonista de la empresa de al lado, siempre con prisas y siempre estresada con el mismo ritual: pide un café en la barra pues no puede esperar a que se lo sirvan, se sienta delante de mí, siempre dándome la espalda, se enciende un pitillo, se toma el café casi de un sorbo y, tres minutos después, apaga el pitillo y se va. La he cronometrado. Nunca ha estado más de cuatro minutos. Y pienso que para qué se sienta si no disfruta ni de su café ni de su cigarro. Últimamente la veo ojerosa, lo que quiere decir que no duerme bien. Entre todos formamos un microcosmos cotidiano y, a fuerza de vernos todos los días, ya adivinamos cada uno la historia de los demás.

Los forzudos llegan siempre los domingos a las ocho de la mañana.

No fallan. Son puntuales. Todos tienen el mismo tipo y visten casi igual: un jersey ajustado que les resalta la musculatura, espaldas anchas, bíceps y triceps enormes, piernas gruesas, pelo cortado casi al rape, zapatos negros. Detrás de toda esa musculatura hay varios centenares de horas de gimnasio y algún que otro anarbolizante. Vienen siempre de la noche. Son guardias de salas de fiestas o macrodiscotecas. Como los servicios de seguridad deben de ser caros, muchos dueños de discotecas los contratan a precios más económicos. Serían, pues, lo que en otros tiempos se llamaban gorilas. Uno de ellos llega con un coche deportivo del que se bajan los otros. No imaginaba que ser guardia de discoteca diese tanto dinero. En cualquier caso, adivino que no es porque le gusten los coches deportivos sino para impresionar. Todo lo que esos tipos hacen es para impresionar. Son todo mera imagen y mera fachada. De ahí su prepotencia.

En cualquier caso, siempre me desconciertan. Son tan ajenos a mi cotidianeidad y a mi mundo que no puedo evitar que me causen una cierta desazón. Me parece que vienen de otro mundo, de un mundo en el que yo no tengo cabida o del que estoy excluido. Es el mundo de las discotecas, donde han de impresionar con su presencia física y controlar que nadie se salga de los límites que establecen ellos. Se los contrata para vigilar, pero también para golpear y dañar.

Siempre entran hablando a gritos entre ellos. Siempre hablan de los mismos temas y de la misma manera. Forman grupo y en algunos de ellos adivino cierto orgullo de sentirse parte integrante de ese grupo y ese mundo. Hasta el punto es así, que sospecho que muy pocos darían su opinión sobre un tema por miedo a ser rechazados por los otros. Se establece una manera de hablar y de pensar y todos se amoldan a ella y entre ellos se retroalimentan en esos esquemas y en esos valores, independientemente de lo que piensen o crean en su fuero interno. Hay que aparentar.

Y cuando hablan lo hacen de manera agresiva. Sus temas son poco variados. Uno de ellos son las cuestiones relacionadas con su oficio. Gracias a ellos me enteré que una llave Thonson es un tipo de golpe seco y brutal mediante el cual dejan inmovilizado e impotente a alguien, pues se trata de golpear de tal manera que la base muscular se derrumba. Descubrí las distintas técnicas de romperle a alguien un brazo o una pierna. Y lo cuentan con orgullo, tal vez para demostrarles a los demás que ellos saben, que dominan la técnica, que son parte del grupo. Como deben de pasar horas y horas en el gimnasio, éste, y sus técnicas de entrenamiento son otros de los temas recurrentes de los domingos. Y el otro tema son lo que ellos llaman “las tías”. Han de demostrar que son machos y hay veces que exageran tanto que resultan patéticos. Recuerdo un domingo en el que pasó una chica por la puerta de la cafetería y uno de ellos se levantó corriendo y salió de la cafetería como una masa musculosa hacia la chica a la que le dijo alguna tontería sin que ella le hiciera caso. Había demostrado no sé qué ni a quién ni para qué. En cualquier caso me pareció muy poco digno y sentí vergüenza ajena. Cuando hablan de “las tías”, lo hacen siempre de manera tan idéntica que se diría que hablan siempre de la misma mujer. Siempre en sus comentarios se dejan caer impúdicas las mismas frases soeces, la misma superficialidad. “Había una tía.... y le dije a la tía.... y va la tía y me suelta...., yo sé que la tía quería rabo..., unas tías....., es que las tías son..., yo sé como son las tías...”.

Son tan ajenos a mí. Hablan de un mundo tan lejano. Y se sienten orgullosos. Eso es lo más triste. Cuando los veo siempre me hago las mismas preguntas: ¿qué será de ellos dentro de unos años? Envejecerán y ya no servirán para ese oficio. ¿qué harán? Y ¿para qué esas vidas tan vacías? ¿se han preguntado alguna vez qué hacen en este mundo, el sentido de sus vidas? ¿serán capaces de sobrecogerse con una puesta de sol? ¿sentirán inquietud por algún tema o por algo? ¿serán capaces de mirar a otro ser más allá de la superficie? ¿han pensado que un día dejarán este mundo sin haber hecho otra cosa? ¿podrían mantener una conversación medianamente inteligente? ¿cuántos temas pueden tratar con alguien? ¿cuál es el último libro que han leído?

Mientras ellos están hablando a voz en grito es cuando viene Mari Cruz, siempre cogida de la mano de su madre.

Mari cruz es una muchacha de unos 28 años a la que un día una enfermedad le dejó su mente clavada para siempre en los once años de edad. Lo sé porque una vez, cuando Mari Cruz no estaba, su madre ya no pudo más y se derrumbó delante de Charo, la camarera. Llorando contó la inmensa tragedia de esa muchacha y de esa familia y los que estábamos allí escuchamos con silencio respetuoso. Pero a Mari Cruz no le falta el amor de su madre, ni una caricia, ni tampoco el saludo cariñoso de Charo, que habitualmente le pregunta y a la que Mari Cruz siempre contesta con entusiasmo y con la inocencia de un niño. Eso es lo que más me conmueve de esa criatura, su inocencia pura, sin dobleces. ¿Por qué cuando crecemos perdemos esa inocencia? Es evidente que cuando Mari Cruz llega los forzudos ignoran su presencia; pero también Mari Cruz, a su manera, los ignora a ellos.

Hace dos domingos ocurrió algo que me hizo reflexionar y quizás fue eso lo que me ha impulsado ahora a hablar de ella y escribir este post. Fue un pequeño incidente, sin importancia. O casi.

Recuerdo que Mari Cruz estaba en la barra junto a su madre contándole a Charo, la camarera, con entusiasmo, alegría y su inocencia pura y habitual, cómo su equipo de fútbol favorito había ganado mientras los forzudos, al fondo de la cafetería, hablaban a voz en grito de palizas y de golpes. Fue entonces cuando entró el taxista con su novia. Se acercó a la barra y Mari Cruz, entusiasmada con lo que estaba contando y gesticulando mucho, no se dio cuenta y al apartarse para que el taxista pasara derribó uno de esos taburetes altos de las cafeterías y los bares. El taburete cayó de manera tan aparatosa y ruidosa que golpeó el pie del taxista que en ese momento acertaba a pasar. El taxista dio un grito. Le había dolido. Los forzudos se rieron. Mari Cruz se quedó aterrorizada. Corrió inmediatamente al cuarto de baño, cerró la puerta y comenzó a llorar desconsoladamente mientras su madre la seguía con palabras cariñosas de ánimo. “Venga Mari Cruz, que no ha sido nada, que el señor está bien”. El taxista comprendió rápidamente lo que pasaba y se acercó hasta la puerta del baño para animar a Mari Cruz y decirle que no le dolía el pie, que no se preocupase, que él era un exagerado y un quejica.
Mari cruz se calmó y salió del baño con los ojos llenos de lágrimas. El taxista se conmovió al verla así y se puso a la pata coja delante de Mari Cruz mientras le decía, “mira, mira, no me duele, ¿ves? Salto a la pata coja con el pie en el que me has dado y no me duele”.

En ese momento, mientras los forzudos seguían con sus temas, mientras el mundo continuaba su curso, mientras cientos de inmigrantes esperaban la oscuridad de la noche para saltar la verja, mientras en otros lugares se libraban guerras y había dolor y desolación, mientras miles de niños se morían de hambre y se ejercían las mil continuas crueldades habituales, mientras todo eso ocurría alguien había tenido un gesto cariñoso hacia esa chiquilla, un gesto dulce y simpático y Mari Cruz reía y reía feliz.

Reía con toda la inocencia del mundo.

 
 
Comentario:
Siempre me sorprendes. Me gusta la cotidaneidad de este post, cómo es aparentemente liviano y a la vez nos sumerge en las vidas de seres tan distintos. Me ha dejado con una sonrisa. Me encanta ese taxista, me encantan Mari Cruz y su madre, y me encantan esos bares de barrio donde desayunar. Donde siempre hay parroquianos en la barra.
Y aborrezco a los forzudos, representantes de la generación del músculo en el brazo y las neuronas vacías.
Cambio croasán por mollete con tomate y aceite.
Un saludo, Juan, aunque sea tu única lectora, por favor, no dejes de escribir.
No