Peponne

Llevo un tiempo sin escribir. No me lo han permitido la multitud de hechos inesperados que me han ocurrido estos días. Hay veces que la vida discurre plácida, en un remanso lento y sosegado que podría llevar al hastío. Es lo que los marineros llaman calma chicha, cuando el viento cesa y las velas, en otro tiempo henchidas y potentes, se dejan caer lacias y el buque se detiene y se desentiende a merced de las olas. Pero otras veces los acontecimientos se precipitan sin dejarnos a veces tiempo para respirar o para asimilarlos. Yo estoy ahora en uno de esos momentos. Pero me gustaría disciplinarme y dedicar todas las semanas un tiempo a este diario de navegante (aunque sean pocos los que aquí lleguen).
Recuerdo a un personaje entrañable que encontré en una Historia de la filosofía griega del escritor italiano Luciano di Crescenzo”. A pesar de lo grave y circunspecto que pueda parecer el título, se trata de una obra preciosa, llena de humor y humanidad, poblada de personajes fascinantes y narrada en un tono desenfadado, irónico, incisivo y absolutamente desmitificador. Para nada es una obra erudita. Pues bien, en un capítulo de ese libro aparecía el bueno de Peponne. Peponne es un personaje real que el autor conoció en su Nápoles natal. Es uno de esos seres entrañables de los que el mundo está lleno, pero que son difíciles de encontrar porque la misma sencillez y humildad de sus vidas actúan como una capa que los oculta a los demás.
Cuenta el autor que Peponne era (o quizás todavía es) un mecánico de automóviles al que conoció cuando una inopinada avería de su coche lo llevó a su taller a las afueras de Nápoles. Pronto le sorprendió la filosofía simple de ese hombre. Resultaba que cuando Peponne en su taller había ganado lo suficiente para vivir y cubrir sus gastos, sencillamente cerraba su taller y colgaba un cartel, ya viejo y maltratado por el tiempo, que decía “habiendo ganado los suficiente por hoy, Peponne se ha ido a pescar”. No podríamos encontrar a un hombre con un concepto de la libertad más amplio, ajustado y completo que el de este mecánico napolitano. En la sencillez de su vida había encontrado la manera de poder disfrutarla a su manera, de ver pasar los días y los meses haciendo lo que le gustaba y disfrutando de su tiempo, sin estrés, sin ataduras, sin más obligaciones que las justas que para seguir disfrutando de su tiempo. Puede que Peponne no fuera un hombre rico, pero es seguro que disfrutaba más de su vida que cualquier ejecutivo de altos ingresos por la simple razón de que era dueño completo de su tiempo y disponía de él con absoluta libertad.
Cuántos seres así pueblan este mundo. Y qué difícil se nos hace a veces imaginarnos en su piel. La vida se nos complica. A veces demasiado. Recuerdo cuando era niño, y los días eran largos y emocionantes, todo era mágico, fascinante, novedoso y los veranos se constituían en una sucesión maravillosa de días azules. Con qué despreocupación vivía, jugaba y disfrutaba de la vida en libertad. Luego crecemos, vienen los desengaños, los sueños cumplidos y frustrados y la vida se nos complica en mil y una responsabilidades. Dejamos de ser Peponne.
Pero lo que más me gusta de este personaje no es la descomplicación en que vive, sino la honestidad que emana. La vida me ha ido enseñando, a medida que ha venido ganando en profundidad y complejidad la importancia que tiene ser honesto con los demás y con uno mismo. Recuerdo una de las sentencias más felices y profundas de la filosofía griega (que también aparece en este libro): “Conócete a ti mismo”. Qué poco nos conocemos. Y con esto quiero decir algo que leí hace tiempo no sé donde y que ahora no importa:”somos siempre cuatro personas, lo que nosotros creemos que somos, los que los demás creen que somos, lo que nosotros creemos que los demás creen que somos y, finalmente, lo que somos realmente”. De los cuatro tipos el más importante, vital diría yo, es el último.
Cuando todo parece que va en contra de nosotros, cuando estamos agobiados o tristes, cuando alguien nos ha fallado o le hemos fallado, es importante conocer con total honestidad nuestra longitud y latitud. Es importante saber por qué nos sentimos así, qué queremos o esperamos realmente. Es algo más que lo que se denomina sentido común o tener los pies en el suelo. Se trata de conocernos lo suficiente como para lanzar una mirada humana, tolerante, generosa y porosa sobre nosotros mismos.
Pero todo esto no son más que divagaciones que me vienen ahora a la mente. Fuera de estas líneas está el mundo con su complejidad, sus desengaños, su voracidad casi caníbal, su cinismo e hipocresía y su indolencia. No sé si estamos solos en el universo, pero, desde luego, este pedazo de universo encierra un mundo de mucho dolor. Se me cae el alma a los pies cuando veo a esos emigrantes desesperados, harapientos y sufriendo lo indecible aferrándose a la valla en la búsqueda de un mundo mejor, o llorando con desconsuelo y dolor en un autobús que los encamina hacia el desierto.
Por eso creo que, aunque parezca insustancial (que no lo es en absoluto), es importante cuando logramos arrancarle a alguien una sonrisa, cuando tratamos con respeto a otro y notamos que le gusta, cuando le ayudamos a que se sienta mejor, cuando somos capaces de escuchar y solidarizarnos con otros y sentir que sienten nuestro calor y nuestro apoyo. Son pequeños actos que hacen la vida más agradable. Al menos, nos ayudan a saber que a pesar de todo, valemos la pena y somos capaces de aportar algo positivo.
Comentario:
T'ha quedat molt bè. M'ha agradat. Segueix aixi.
Salutacions
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