La química (y la física) entre dos personas. Felicidad, encuentros y algún naufragio

Me he propuesto escribir las reflexiones que quiero compartir con total sinceridad y libertad en este diario. En parte me sirve de desahogo, especialmente en este momento de mi singladura, particularmente intensa y apasionada, en la que todas las posibilidades están abiertas. En parte también me ayudan a ordenar mis ideas y a poder verbalizar muchos sentimientos. Quizás se deba a estas especiales circunstancias el hecho de que los temas con que he abierto este cuaderno de bitácora traten asuntos tan humanos como el amor, la soledad y nuestros fantasmas. Para ser honesto, he de decir que el objetivo primero era escribir desde una vertiente algo más “intelectual” y despasionada sobre temas como la literatura, el afán de saber y conocer, la lectura.... Pero todos han quedado orillados (de momento).
Es verdad que a menudo me he de replantear sobre los temas que quiero escribir, pero me he dado cuenta de que no puedo dar libertad a los demás para que se expresen, si antes no me la doy a mí mismo. Cualquier asunto que acontece al que navega por la vida es válido, al margen de que las opiniones que vierta sobre él puedan o no ser compartidas por otros navegantes que por un azar arriban a mi diario. Tan sólo trataré de no juzgar con juicios morales aquellos temas de los que hable. Y entiendo por juicios morales aquellos en los que damos a entender nuestra valoración positiva o negativa sobre determinados hechos, pensamientos o actitudes cuando las enfrentamos a nuestra escala de valores, por lo que cualquier juicio en este sentido no está exento de una enorme carga ideológica implícita. Seré más modesto, aunque no pueda ser objetivo. La objetividad es imposible y más en este tipo de contexto que estoy creando. Renuncio a los dogmas, de los que desconfío y rechazo casi instintivamente, y trataré de evitar expresar cualquier ideología. Mostraré, pues, planteamientos desnudos, o al menos lo intentaré....
Ahora, al tema que me ocupa hoy. Hace unos días me encontré por casualidad, en una de esas páginas de clasificados de internet, donde se vende y se compra de todo, un anuncio que me llamó su atención por su gran candidez y me ha hecho reflexionar bastante sobre su contenido y otros temas muy afines con los objetivos que el anuncio buscaba (o diría que casi exigía), como son los de los encuentros entre dos seres. En cualquier caso, me sorprendió que alguien (en este caso una chica) se pueda desnudar de esa manera ante los demás, y que, además, lo haga en unas breves líneas.
El anuncio era el de una chica de 21 años (lo que es del todo irrelevante, pues podría haber sido también de un chico), de un pueblo cercano a Madrid, en el que decía que estaba buscando a un chico similar, tierno, sensible, cariñoso y generoso para construir una vida juntos. Al final del anuncio, la chica resumía de manera un tanto expeditiva y meridiana cuál era el objetivo exacto que buscaba. Decía, y cito literalmente: “abstenerse salidos y los que buscan sexo. Yo busco el amor verdadero y la felicidad”. Fue esta última frase la que me ha llamado la atención, pues, hasta llegar a ella, el anuncio podría haber pasado como uno más de los miles que se publican. Me gusta ver estos anuncios como mensajes en botellas que se lanzan al océano de la vida desde nuestra isla vital en espera de que alguien los recoja para que acuda a nuestro encuentro. Porque de propiciar encuentros se trata. Todos son más o menos iguales; pueden cambiar en las formas, en su lenguaje o en su extensión, pero todos expresan básicamente el mismo contenido y el mismo deseo profundo, legítimo y generoso: la búsqueda constante del otro ser, de nuestro/a compañero/a, colega, amigo/a, camarada, amante... Ese ser especial con quien deseamos compartir el camino de la vida y que llene nuestros corazones. Siempre ha sido así, y es un deseo básicamente humano.
Recuerdo que la mitología griega no era ajena a este hecho. Asunto de esta envergadura no podía zafarse del sutil espíritu griego, ni de su constante deseo de explicar su origen. Según la mitología, en el principio de los tiempos, cuando los dioses crearon a los hombres y los dotaron de intelecto e inteligencia, éstos se dedicaron casi inmediatamente a pensar el mundo y a investigarlo. Llegó un momento en que esos mismos hombres comenzaron a reflexionar sobre sus creadores, sobre los dioses y muy pronto su pensamiento discurrió hacia planteamientos que hacían peligrar la propia existencia de la divinidad. Alarmados los dioses, y puesto que no podían arrebatar a los hombres el don de la conciencia y el pensamiento que les habían otorgado, decidieron mantenerlos constantemente ocupados en sus días y sus afanes para que así no pudieran pensar en otra cosa. Por eso, una noche, cuando los hombres dormían, los dioses partieron su alma por la mitad y la separaron. Cuando los hombres despertaron se dieron cuenta de que les faltaba la mitad del alma y cada espíritu sintió inmediatamente la imperiosa y casi frenética necesidad de encontrar su alma idéntica, su otra mitad perdida o extraviada intencionadamente en la noche. A una mitad de las almas la llamaron “hombre”, a la otra mitad, “mujer”, y desde entonces hombres y mujeres se han dedicado con ahínco a tratar de encontrar su otra parte del alma que complete perfecta y plenamente la propia (por su puesto, hablo aquí del tema griego y su visión –heterosexual- del mundo, puesto que el argumento y sus personajes necesitarían ser ampliados, ya que los homosexuales pueden objetarme con toda la razón que para ellos la búsqueda del alma gemela no sería una persona del otro sexo). De alguna manera, y desde esta perspectiva mitológica, esos mensajes en botella que son los anuncios que buscan un encuentro, no son más que nuevas estrategias que la tecnología ha puesto a disposición de un anhelo humano, tan antiguo como la propia humanidad.
Sin embargo, y esto fue lo que me llamó la atención, y mucho, el remate inopinado que esta chica puso a su anuncio o mensaje en la botella le otorgaba un tono diferente, tanto por la casi impúdica sinceridad en que se expresaba como por la presuposiciones que se pueden extraer a partir de aquí. La chica decía que lo que ella buscaba era “el amor verdadero” y lo vinculaba de manera clara, casi como una consecuencia inevitable, consustancial o algo que se sigue inmediatamente de otro acontecer o causa, mediante esa “y” copulativa, a “la felicidad”. ¡Pobre criatura! Y ahora explicaré el por qué de esta exclamación. Para nada quiero entrar a valorar a esta chica, ni daré mi opinión sobre ella. Solo me centraré en lo que se desprende de esta frase, sus presuposiciones, pues están muy generalizadas, son propias del acontecer del navegante, y sólo aquéllos que hemos sufrido un naufragio podemos ponderar en su dimensión justa.
Iré por partes para que se me entienda. Creo que no hay nada peor que vincular, supeditar y atar firmemente “la felicidad” al otro, a la otra persona, o a hacer que dependa de las circunstancias que nos envuelven, a algo ajeno a nosotros mismos, que va más allá de nosotros. Qué craso error, cuánto sufrimiento ha producido y produce este planteamiento tan equivocado como, en cierto sentido, legítimo. Tengo para mí que “la felicidad” no es algo que esté fuera de nosotros, sino dentro. La felicidad no es un “ser” (feliz), es un “estar” (feliz), un sentimiento de plenitud frágil, huidizo, inconstante, a veces fugaz y, desde luego, relativo. Para mí, no existe “la felicidad” como un estado permanente, no es una especie de quimera que todo ser humano deba afanarse en encontrar, pues está condenado al fracaso, primero porque, como he dicho, no reside fuera de uno o una mismo/a y, segundo, porque no existe; al menos no existe como la deseamos o nos gustaría que existiese.
He dicho que la felicidad es un sentimiento. Creo que de eso se trata. A lo largo de la vida hay cosas, personas, sucesos que nos provocan esos momentos de plenitud (interior), y eso es para mí “la felicidad”. En abstracto y mayúsculas no hay algo así como “LA FELICIDAD”, sino que hay momentos más o menos felices que varían mucho de unas personas a otras, y cada uno tiene su propio tempo y cada felicidad, su determinado tiempo e intensidad. Pienso por ejemplo en actividades tan cotidianas para la mayoría que casi pasan desapercibidas y no valoramos de tan presentes como están en nuestra cotidianeidad. Por ejemplo, no somos “felices” porque tengamos la capacidad de andar, pero qué feliz sería una persona postrada en una silla de ruedas si un día pudiera tener la posibilidad de levantarse y andar. He aquí que lo que pasa inadvertido a millones de seres que lo ejecutan casi inconscientemente haría inmensamente feliz a otro ser que no puede hacerlo. Es tan interior la felicidad que, de hecho, tendemos a relativizar o desvalorizar o, incluso, a negar que exista la felicidad provocada por cosas materiales superficiales ajenas al espíritu. Se dice, por ejemplo, que el dinero no da la felicidad, o cuando alguien es “inmensamente feliz” porque tiene un coche o cualquier otro producto de consumo tendemos casi inconscientemente a considerarlo un infeliz o una falsa felicidad o una persona superficial y materialista. Precisamente son aquellos hechos vividos o aconteceres que se sienten en el corazón los que valoramos mejor como felicidad verdadera. Pueden ser grandes cosas, pero no necesariamente, porque también hay pequeños hechos que nos causan felicidad en distinto grado: tener un hijo, conseguir el amor del ser deseado, sentir plenitud por lo que se hace estarían en la categoría de los hechos casi trascendentales y a veces sublimes. Pero también se está feliz cuando, por ejemplo, tras un día de trabajo y estrés llegamos a casa y nos relajamos con la sensación de que, a pesar del día y sus afanes, todo ha salido bien o cuando estamos en invierno sentados al lado del fuego del hogar de una chimenea y observamos las llamas y el agradable crepitar en la paz de la tarde o la noche, o cuando paseamos por la orilla del mar una noche con luna llena......
Sin embargo, he aquí que la chica del anuncio espera, busca, exige encontrar la felicidad, su felicidad en abstracto, como una quimera, en algo exterior y mudable a ella y la subordina, casi como única posibilidad, nada menos que a otra quimera o idealización “el amor verdadero”. Si la he entendido bien, sólo si encuentra “el amor verdadero” se sentirá feliz, lo que no quiere decir, y estoy seguro de ello, que haya momentos en los que ella no sienta la plenitud que las pequeñas cosas o aconteceres nos otorgan y hacen sentir bien. Pero no, ella busca la felicidad, la plenitud a través del otro, y aquí está el error y el inicio de un naufragio anunciado. Es así como lo veo. Y no porque el mundo sea cruel o deje de serlo y la vida a veces nos castigue, sino porque hay algo equivocado en este planteamiento, de tal manera que nuestros deseos van por un lado y la realidad, ni buena ni mala, por otro. Esto me lleva de nuevo al tema del amor, que, como muy bien han observado otros navegantes de mi diario en sus comentarios, es casi inagotable.
Es obvio que ese “el amor verdadero” del anuncio está profundamente idealizado, lo que lo acerca al enamoramiento. Pero no creo que la idealización sea mala, ni intrínsecamente negativa. Los seres humanos funcionamos con idealizaciones de las que ni podemos, ni tiene sentido desprendernos. Nos hacen más agradable la vida. Lo malo, eso sí, está en el hecho de subordinarnos completamente, de sucumbir plenamente, a esas idealizaciones y de pasarlo todo por su implacable y exigente tamiz tan ajeno a la realidad , pues nos impedirá ver con los ojos de la razón y conllevará, casi inevitablemente, el desengaño, la frustración y, a veces, el naufragio vital. Además, “amor verdadero” presupone que hay “amor falso”, lo que no existe, ya que, como dije hace unos días, o se ama o no se ama. Quizás debería haber dicho amor “aparente”, cuyo opuesto en términos lógicos no sería “verdadero”, sino más bien, y propiamente, “real”. Es posible, y así lo sospecho, que la chica confundiera los términos, estuviera diciendo “amor verdadero” en el sentido de “amor real” o, sencillamente "amor" sin más atributos. Y el hecho de adjetivarlo supone su manera de expresar la máxima idealización, es decir “el amor ideal”, su amor. ¿Y a qué subordina su idea de felicidad? A otra idea, la de su sentir acerca del amor, al "amor ideal", porque de este tipo de amor se trata en última instancia.
Es obvio, asimismo, que en esta idealización, casi brutal diría yo por cuanto la subordina a la “felicidad” y a sus anhelos y deseos, no pueden de ninguna manera tener cabida hechos del mundo real, mundanos y bastante cotidianos. Se han de abstraer necesariamente, casi arrancar, del mismo concepto de “amor”. Me explico. La chica busca “el amor verdadero” en alguien que es real (independientemente de lo idealizado que esté), otro ser humano que, como todos, tiene sus grandezas pero también sus miserias. Puede resultar que “el amor verdadero” sea un ser inseguro, que tenga fantasmas propios. Quizás, observándolo algo más prosaicamente, ese “amor verdadero” sujeto a la enfermedad y las contingencias de la vida, puede tener, por ejemplo, almorranas, lo que, por cierto, no es nada “romántico”; quizás el día anterior tuvo diarrea. Seguramente se tira pedos, como todo el mundo (siento estos ejemplos crudos y escatológicos, pero expresan con intensidad plena lo que quiero decir). Como todos los seres humanos, tendrá sus días buenos y malos, sus miedos y frustraciones a cuestas y su mapa sentimental particular que la vida y otros encuentros le han dado. Y esta chica no se ha planteado que, en caso de que encuentre “el amor verdadero”, tendrá que vivir con él todos los días, es decir, que estará completamente expuesta al desgaste implacable de la cotidianeidad, de tener que convivir y combinar lo que nos gusta y lo que no nos gusta del otro junto con la trivialidad del acontecer diario. Todo esto son cosas que no se plantean en su enunciado. No puede hacerlo, destruiría su idealización sublime. Y es aquí, en parte, donde quiero ir. Creo que, en el fondo, se trata de otra cosa. Se ha de plantear de otra manera. Y es a lo que voy, especialmente al encuentro y la convivencia.
He reflexionado mucho acerca de los encuentros entre personas, especialmente de aquellos intensos en los que se produce algo que muchos llaman “química” entre las personas. De repente conocemos a alguien que nos llama la atención, poco a poco se vuelve una persona interesante y sin casi notarlo nos encontramos hablando con ella y notando que todo fluye, que hay temas y temas de conversación que surgen sin parar y la comunicación misma es ágil y profunda y se distribuye en distintos niveles, que existe una especie de código subrepticio y nada explícito idéntico y compartido, que nos sentimos muy a gusto con esa persona y (notamos) que a ella o él le pasa lo mismo a nuestro lado, que todo parece tan fácil y fascinante, y de repente, nos encontramos pensando todo el día en ese ser nuevo que ha entrado en nuestra vida. Entre los dos ha surgido “la química”, en parte una idealización, pero en parte algo también distinto que conduce a la larga a la convivencia con el otro. Hay personas con las que no existe esa química y hay personas que, sin saberlo, nos subliman. Cada uno tiene sus preferencias íntimas y casi mágicas que nos hacen más sensibles y abiertos a unos determinados seres frente a otros. Cuando esas preferencias ocurren, se encuentran, surge “la química”. Como dice el refrán “para gustos colores”. Es esa “química” la que inicia una relación tras el encuentro, la afianza y con el devenir, tal vez, la consolide en una vida de pareja, que será tanto más “sana” cuanto mejor funcione. Y cuando hablo de esa química no me refiero, ni mucho menos, a lo que llamamos “el prícipe azul” o la “mujer ideal”, meras idealizaciones. Es algo muy distinto. Es otra cosa, y está en nuestro interior.
¿Qué es “la química” entre dos personas? Creo que consiste en la combinación, en mayor o menor medida, de tres ingredientes básicos que surgen en el encuentro y se afianzan en la relación que pueda darse, si se da. Y es importante mantener siempre el nivel de los tres ingredientes. El primero sería lo que los griegos denominaban “eros”. Con esto no me refiero exclusivamente al sexo. El sexo es una parte, sólo una, de ese “eros. Me refiero al deseo del otro o la otra, al erotismo, a la fascinación por su cuerpo, al sentimiento intenso que nos produce ese cuerpo cuando nos abre su intimidad. Es un deseo constante de querer adentrarse y conocer el cuerpo del otro, pero, ante todo, es un nivel de comunicación sensual ágil y profundo cuando estamos con el otro en el que no hacen falta las palabras. Entonces, y en este nivel, se produce una comunión dialogante y abierta, tolerante, sincera y plena. El segundo ingrediente es lo que se denomina “filei”, “Filei” es la raíz de palabras como “fiel”, “filial”, y viene a significar de manera muy inexacta algo así como “amor”. Aquí entra lo que denominamos amistad. Amistad profunda y fluida que invita al dialogo constante, al amor, al deseo sincero del bien del otro, a la complicidad con el otro y la solidaridad incondicional. Es también ese saber que el otro o la otra va estar siempre ahí, pase lo que pase, apoyándonos y apoyándolo/la. Y ocurre entonces ese sentimiento de valoración propia a través del otro, idéntica a la que nos producen nuestras amistades más queridas, pero algo más enriquecido. El tercer y último elemento indispensable es lo que se denomina “pathos”, que está en la raíz de palabras como “empatía” o “simpatía”. Vendría a significar más o menos “afinidad”, pero no sólo eso. Se trata de sentir empatía por el otro o la otra, lo que se denomina generalmente como “meterse en la piel de alguien”. Sólo así se estimula el deseo de querer conocer al otro. Se sabe cómo siente y como piensa y, lo que es más importante, surge entonces un profundo sentimiento de comprensión. Y de ahí que podamos “comprender” al otro. Qué importante es, en mi opinión esto último, cuando podemos decir “Te comprendo”.
Vivir o convivir en pareja es saber administrar estos tres ingredientes, que requieren cuidado y atención. Son, sirva el símil, como caminos o sendas que transitamos con el otro y a fuerza de no atravesarlas, con el tiempo pueden llegar a borrarse.
Pero todo esto no es más que teoría. Lo sé. En el fondo creo que ese anuncio de esa chica, además de hacerme reflexionar, logró despertar un poco el lado romántico que los años y las experiencias no han logrado arrebatarme.
No quiero alargarme más.
Comentario:
Sublime tu análisis del tema.
En cuanto al tema de la felicidad, te reescribo un cuento que me gustó mucho.
Un gato grande vio cómo un gatito pequeño trataba de pescarse la cola y le preguntó: "¿Por qué tratas de pescarte la cola en esa forma?" El gatito dijo: "He aprendido que lo mejor para un gato es la felicidad, y que la felicidad es mi cola. Y por eso la persigo y trato de pescármela; y cuando la pesque habré logrado la felicidad".
El gato viejo le dijo: "Hijo mío, yo también le he prestado atención a los problemas del universo, yo también he pensado que mi cola era la felicidad. Pero me he dado cuenta que cuando la persigo se me escapa y cuando voy haciendo lo que tengo que hacer ella viene detrás mío por dondequiera que yo vaya".
Moraleja: cuanto más intentamos atrapar la felicidad, más se nos escapa.
En cuanto al resto del texto, necesito leerlo más detenidamente, pero me ha gustado muchísimo y coincide con mis planteamientos.
En cuanto al tema de la felicidad, te reescribo un cuento que me gustó mucho.
Un gato grande vio cómo un gatito pequeño trataba de pescarse la cola y le preguntó: "¿Por qué tratas de pescarte la cola en esa forma?" El gatito dijo: "He aprendido que lo mejor para un gato es la felicidad, y que la felicidad es mi cola. Y por eso la persigo y trato de pescármela; y cuando la pesque habré logrado la felicidad".
El gato viejo le dijo: "Hijo mío, yo también le he prestado atención a los problemas del universo, yo también he pensado que mi cola era la felicidad. Pero me he dado cuenta que cuando la persigo se me escapa y cuando voy haciendo lo que tengo que hacer ella viene detrás mío por dondequiera que yo vaya".
Moraleja: cuanto más intentamos atrapar la felicidad, más se nos escapa.
En cuanto al resto del texto, necesito leerlo más detenidamente, pero me ha gustado muchísimo y coincide con mis planteamientos.





