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BITÁCORA DE LA MADRUGADA
Espacio de reflexión y encuentro para espíritus inquietos que navegan por la vida
Acerca de
Navegante, seas quien seas, sé bienvenido o bienvenida Un cuaderno de bitácora es un Libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación. Pero aquí se trata de la navegación como metáfora de la vida y es también un espacio de escritura, reflexión y encuentro. Está destinado a los espíritus inquietos, que navegan por la vida, porque se habla del acontecer de la navegación, mi navegación, pero también la tuya: a los que tienen algo que decir, a los incomprendidos, a los entusiasmados, a los melancólicos, a los tristes, a los alegres y a los pacíficos, a los solitarios, a los apasionados, a los que aman aprender y descubrir, a los que les gusta leer y la ciencia y la cultura y la literatura, y la lingüística y la filosofía y la vida……. Soy de Valencia, España. Me gusta el cine, la literatura, el arte, la filosofía, la lectura intensa. Soy un navegante de la vida. Adoro el diálogo.
Sindicación
 
DE PALABRAS E IMÁGENES


Yo en realidad no sé lo que soy, más bien, con los años, más escéptico. He aprendido a utiliza mi mente entrenada para ser crítica y adoptar la más cómoda y lógica de las posturas, casi irremediable, el escepticismo. En cualquier caso, he tenido una empanada mental durante mucho tiempo. Cuando era un chaval era mucho más radical para todo. Ahora los años me han ido templando el ánimo y procuro ser más reflexivo, crítico y analítico, dejando la pasión para otras cosas en las que viene muy bien. Poco a poco mi espíritu revolucionario se fue apagando, pero se mantuvo afortunadamente intacto mi afán solidario hacia otros. Era producto de la rebeldía de la adolescencia, aunque siempre he sentido simpatía e inclinación hacia la izquierda, no lo puedo negar.

Me gusta mucho el apasionamiento que algunas personas ponen al discutir y al rebatir mis afirmaciones, pero sin acaloramientos. Me parece un saludable ejercicio de gimnasia mental y me gustan las personas críticas e inconformistas. Discutir de muchos temas con personas así me permite aprender y calibrar mejor mis propias afirmaciones, me hacen más flexible, poroso y tolerante, incentivan mi espíritu crítico no sólo hacia los esquemas mentales de otros, sino hacia los míos propios y me hacen tomar conciencia de mis argumentos y planteamientos, que me veo obligado a revisar a veces.

Sin embargo, esto no es algo tan generalizado como me gustaría. Vivimos en un mundo en el que la imagen asume todo el protagonismo en detrimento de la palabra. De hecho se suele decir que “una imagen vale más que mi palabras”, y a menudo utilizamos el campo léxico del concepto “palabra” para emitir juicios negativos del tipo: eso es mera palabrería, blablabla, las palabras se las lleva el viento, charlatán, y tantas otras denominaciones. Tenemos tan asumido el valor de la imagen que no nos damos cuenta de que hasta hace unos pocos años la palabra tuvo su protagonismo indiscutible durante milenios. Y si esto ha sido así, no es porque las distintas culturas y civilizaciones no se dieran cuenta del valor de la imagen, sino porque sabían valorar muy bien el de la palabra. De hecho, la imagen encierra una engañosa trama de manipulación que de tan sutil, la asumimos como una verdad incuestionable sin darnos cuentas que se está utilizando para modular nuestro sentir hacia determinadas cosas, para inclinar nuestra voluntad hacia otras o, incluso, para despertar nuestros sueños y pasiones más profundos de la mejor de las maneras: sin cuestionamiento.

Me explico mejor. La imagen no permite ningún tipo de diálogo. La imagen es, se muestra, la percibimos y nos transmite en conjunto su mensaje sin que nosotros podamos hacer otra cosa que percibirlo. Por eso, si nos paramos un poco a reflexionar, nos daremos cuenta que los regímenes dictatoriales y totalitarios han usado, e incluso abusado, de la imagen para imponer sus ideas, su terror o su coacción. Nunca la palabra, que no tiene cabida aquí. Las grandes imágenes de los dictadores hablaban por si solas, transmitían en un instante todo el poder arrollador sobre sus espectadores sin darles más opción (basta recordar la omnipresente y agobiante imagen del “Gran hermano” de la novela 1984 de George Orwell). De hecho, la imagen no sólo no establece un diálogo con nosotros, sino que ni siquiera puede reflexionar sobre sí misma. La palabra es distinta. La palabra es dialogante, permite la reflexión sobre sí misma, nos invita, tras el mensaje, a encontrar otros sentidos. La palabra permite el ejercicio lúdico, va más allá de sus propios límites y puede desarrollar todo un universo de sentidos y significados que cambian según el contexto en el que aparece.

Quiero profundizar un poco más en esta idea intentando bajar un poco del nivel de abstracción en el que me muevo. Durante siglos, la palabra tuvo el protagonismo absoluto. Nuestros antiguos eran mucho más dialogantes que nosotros. Y para ellos, la palabra podía construir mundos, cambiar la realidad y asumía, a veces, valores mágicos (que es lo que se intenta hacer hoy con la imagen, sin que llegue a conseguir la profundidad y eficacia de aquélla). Por ejemplo, recordemos los conjuros (como “abracadabra”). No eran más que palabras, pero con ellos el que los emitía trataba de modificar una realidad. En la religión católica se dice que “el verbo se hizo carne”. Todo tenía su origen y su fin en la palabra. La relación que los antiguos romanos tenían con sus dioses era puramente formal y se basaba en la palabra. Las ofrendas consistían generalmente en un conjunto de ritos y oraciones que debían decirse sin la menor equivocación. Cualquier error, por mínimo que fuera, obligaba de nuevo a repetir el ritual. La oratoria, que nació en Grecia y en Roma, fue considerada durante siglos como un noble arte que enseñaba al hombre a ser locuaz y saber convencer (nunca imponer, la imagen impone, la palabra convence, esa es la diferencia que trato de señalar) a través del diálogo. Incluso hoy seguimos manifestando admiración por aquellos que saben hablar en público y son buenos oradores. En este sentido, y desviándome un poco del tema trazado, me hacen mucha gracia los locutores que en los telediarios dicen que tal o cual personaje supo zafarse de tal o cual pregunta o cuestión embarazosa mediante un ejercicio de “ingeniería verbal”. Se ha puesto de moda el término “ingeniería” y se aplica a todo. En este caso, lo que el locutor quería decir sin saberlo era “retórica”. Eso sí, la palabra no es ni buena ni mala (lo que no suele ocurrir con la imagen, que siempre es interesada), es el uso que hacemos de ella lo que puede ser bueno o malo.

Además, en un mundo donde imperaba el analfabetismo, la palabra escrita revestía una connotación casi reverencial. Aquello que estaba escrito debía de ser verdad. El hecho de ser vista escrita (una imagen, pues) dotaba a la palabra y su mensaje de una autoridad que no tenía. Pondré un ejemplo algo extremo de esto. Recuerdo como me enseñaban que en la Edad Media esto se llevaba a límites que sorprenden hoy por su ingenuidad. Por ejemplo, cuando por orden de un Papa, cuyo nombre no recuerdo, allá por el siglo X, llenaron toda un región llena de paganos con carteles en los que estaba escrito que El Dios Cristiano era el único verdadero. El resultado fue que muchos creyeron que si aquello estaba escrito debía de ser verdad, y abandonaron sus dioses paganos.
Es el lenguaje, y la palabra la trasmisora de nuestro saber. Todo lo aprendido en una generación ha podido pasar a la siguiente gracias al lenguaje y los escritos, gracias a los libros. Por este procedimiento podemos emocionarnos todavía con los versos de un poeta que murió hace dos mil años, o resuenan los discursos de Cicerón, o conocemos los textos de los filósofos y podemos saber como sentían y reflexionaban los seres humanos de otras épocas.
El género epistolar fue otro gran avance que se desarrolló en el mundo occidental a medida que las clases medias accedían a la lectura y la escritura. Se puede decir que una imagen vale más que mil palabras, pero imaginemos que tenemos un ser amado que está de viaje y llevamos meses sin verlo. De repente nos dicen que hay un doble mensaje de él o ella para nosotros. Uno es una fotografía y el otro una carta larga en la que nos habla y nos cuenta. Imaginemos que nos dan a elegir: o la fotografía o la carta, pero no las dos cosas. ¿qué elegiríamos?. Yo me decantaría por la carta inmediatamente. Además, podría leerla y releerla cuanto quisiera. Y esto me lleva a los blogs como este, donde la palabra asume su protagonismo pleno nuevamente.
La poesía, construida con palabras nos emociona por su belleza y nos hace experimentar sensaciones en el alma que muy difícilmente puede conseguir una imagen. Las novelas y relatos nos permiten imaginar mundos y personajes a nuestro gusto como no podría hacerlo la imagen, ya que la imagen impone, nunca dialoga. Imaginemos una historia que nos gusta mucho con personajes que nos encandilan por su gracia o su grandeza y a los que podemos admirar o despreciar por su maldad. En nuestra mente nos imaginamos los lugares, el aspecto de esos personajes a nuestro gusto. Ahora imaginemos esa misa historia contada en una película ¿Cambia verdad? Se nos muestra como las cosas son o, y esto es muy importante, como quiere que sean el que fabrica esas imágenes. Por eso la imagen ha sido un instrumento tan eficaz para imponer ideas y determinadas visiones del mundo interesadas. Otro ejemplo, imaginemos la distancia en las vivencias de nuestras abuelas oyendo una radionovela frente a nosotros que vemos una película.

A la publicidad no ha escapado esto. La publicidad me sirve perfectamente para ilustrar todo lo que estoy diciendo acerca de la imagen. Es una gran manipuladora, una gran mentirosa y tiene la capacidad de hacer nacer en nosotros deseos por lo que no necesitamos. Sabe, a través de la imagen, que para esto es un instrumento poderoso, cómo pulsar nuestros deseos más profundos. De esta manera consigue que sin darnos cuenta relacionemos un determinado producto con un deseo, una pasión o un anhelo con el que, en realidad, tiene poco que ver. El sexo, por ejemplo, es sacado a colación repetidamente. Tengo en mente ahora un anuncio reciente de estos días en el que un chico está tocando una guitarra mientras unas chicas –en bikini- lo oyen con mucha atención. El chico viste unos pantalones de una determinada marca y se sugiere que lleva esos pantalones porque es rebelde, creativo, exitoso, libre, independiente y con éxito entre las chicas. Por si a alguien se le ha escapado esto, una de las imágenes es la de una chica saboreando con voluptuosidad un helado (aquí símbolo inequívoco del pene), por el que pasa sus labios carnosos mientras escucha y mira al chico (¿una felación?, desde luego la imagen no es nada inocente).
La publicidad, a través de la imagen, nos construye mundos de ensueño en los que inserta su producto y lo hace tan bien que ni nos damos cuenta de lo inverosímil que llegan a ser algunas situaciones. Por ejemplo, los anuncios de fregasuelos siempre aparecen en cocinas maravillosas, amplias, soleadas, bien provistas. Por lo grandes que son, los personajes deben de vivir en pisos de 200 ó 300 metros cuadrados. Vamos que no son cocinas que uno suela ver a menudo a no ser en palacios o en casas de gentes de alto poder adquisitivo. Y yo me pregunto ¿qué hace una señora así, con una casa y una cocina como esa, comprando Ajax Pino o Don Limpio y además fregando con esa pasión y entrega? Una empresa de seguros de automóviles dice que Rafa se ahorró 300 euros, pero Rafa es un señor de aspecto burgués encorbatado, bien vestido con traje de marca, que sale conduciendo un coche de lujo, muy fuera del alcance de la mayoría, que en ese momento sale de un garaje de una casa en una urbanización con sus tres pisos, jardín, piscina y otras menudencias y yo me pregunto otra vez ¿de qué le sirve a Rafa ahorrarse 300 euros si no lo va ni anotar?
La publicidad no es mala, sólo utiliza los valores de la sociedad, es un reflejo de las ideas y valores que inconscientemente, o subterráneamente, circulan en nuestra cultura.

Pero me estoy desviando ya del tema y no quiero alargarme más. La imagen está de moda también porque en este mundo de consumo rápido, de usar y tirar, la información que ofrece se consume mucho más cómoda y rápidamente que la que proporciona un libro, que exige tiempo y esfuerzo. Y de esta manera, además de que quien no lee no piensa, se pierde o se desconoce el inmenso y estimulante placer de la lectura......
 
 
Comentario:

Es verdad lo que dices, Juan. Las imágenes no son interactivas; las palabras sí. Las palabras nos dicen mucho de lo que somos y lo que esperamos de los demás; nos enriquecen y bien usadas nos ayudan a conocernos mejor... aunque el Atlántico esté de por medio. Te felicito de nuevo; tu blog es de los mejores que he hallado en la red; siempre tienes algo importante que compartirnos. Sigue así.
 
Comentario:
Intentaré transmitir con palabras lo que me evoca tu (de nuevo larga) reflexión.
Al igual que disertas sobre la capacidad de la literatura para emocionarnos con su belleza y experimentar sensaciones, hay igualmente imágenes artísticas (piensa en una buena pintura, o en una buena fotografía, o en una buena película) que nos sobrecogen, que nos impresionan, que nos transmiten su belleza, que nos evocan a cada uno una interpretación, que apelan a nuestra imaginación. Y piensa que, cuando no todo el mundo podía acceder a los textos escritos, porque no sabían leer, se transmitía el conocimiento también por imágenes (por ejemplo, las pinturas rupestres, o el arte románico, donde hasta en los capiteles se representaban pasajes de la Biblia).
Por supuesto que la palabra es nuestra base de comunicación. Por supuesto que nos comunicamos con palabras, pero también con lenguaje no verbal, y eso, al fin y al cabo, es una imagen. Y cuando alguien te dice algo, pero su cara denota que no se cree lo que dice, ¿no nos parece que nos engaña? ¿y ahí no nos dejamos llevar por las imágenes?

Yo soy mujer parca en palabras. Me gusta decir las justas, y suelo escuchar más que hablar. Me siento tremendamente incómoda hablando en público, porque soy amiga del diálogo, no del monólogo. Y cuando dices: "Me gusta mucho el apasionamiento que algunas personas ponen al discutir y al rebatir mis afirmaciones, pero sin acaloramientos" me recuerdas a algún amigo con el que siempre llego a un punto sin retorno. A veces ese apasionamiento al discutir puede caer en la cabezonería. Cuando la otra persona se apasiona mostrando las evidencias de su punto de vista, y se recrea en argumentar, y en echar por tierra los argumentos de los demás, para mí se pasa del diálogo a la discusión, y la conversación deja de tener interés. En ese punto, yo suelo quedarme muda. No tiene interés para mí discutir dos puntos de vista. Yo respeto el punto de vista de los demás, y espero que los demás hagan lo mismo conmigo.
Las palabras sanan y también hieren. Y yo no veo ninguna oposición entre palabras e imágenes, sino un complemento. Como la nata a la fresa.
No