Día 4
Burgos-Hornillos del Camino (viernes, 14 de Noviembre de 2003)
Nuevo día, hemos dormido de maravilla. El albergue es muy acogedor, con el suelo de madera y la calefacción la noche ha sido una delicia. El día anterior en San Juan de Ortega fue harina de otro costal.
Estamos todos levantados, vemos que está lloviendo. Nos ponemos las polainas. Angel nos ayuda a colocarlas. Nos damos un abrazo de despedida, ojalá tenga suerte y todo le vaya bien. Se lo deseamos de corazón.
Cuando salimos ya no llueve, pero seguimos con las polainas puestas por sí acaso. La salida de Burgos muy cómoda, ayer hicimos la entrada, la travesía y casi la salida, hoy solo la despedida.
Sí, ahora recuerdo, tomamos fruta antes de salir de El Parral, estabamos sentados en la mesa que hay a la entrada, donde el sevillano hospitalero se sienta como un ejecutivo y pone sellos en las credenciales como el que pone marchamos en un banco.
Nos encontramos algo de barro. Pasamos al lado de la vía del tren cerca de Villalvilla de Burgos, no cruzamos el pueblo, lo dejamos a la izquierda. Solo vemos camiones. Preguntamos a unos trabajadores como se llama el pueblo y nos contestan que no lo saben que no son de allí. Bueno, continuamos.
Vemos a lo lejos una autopista, vamos por un campo, cruzamos la carretera por debajo al lado del río Arlanza, continuamos. Llegamos a Tardajos, desayunamos en el primer bar. Hay un chico un poco parsimonioso. Manolo toma tortilla, yo los famosos huevos fritos con chorizo. Vino, descanso y continuamos la marcha. Antes de entrar hemos visto los bordones de los chavales canadienses en la puerta del bar que hay al lado, a la salida continúan allí, lo hacen bien estos chavales.
Manolo se queja de la espalda, aunque no es la palabra exacta quejarse, cuando lo hablamos menciona que debe llevar peso y que los hombros le tiran un poco. Yo voy bien, de vez en cuando me voy colocando la mochila que parece que me tira de la izquierda. La bota derecha parece que me va molestando y tengo que ir corrigiendo muchas veces el paso. Cuando paro a descansar aprovecho para estirar los calcetines porque tengo la sensación que los llevo doblados y siempre los de la bota derecha.
Llegamos a Rabé de las Calzadas, el pueblo sin gente como todos, aparece una maquinaria un poco rara en una calle con un señor a lado indicando al que la maneja. Debe ser algo como para medir o algo parecido. Nosotros nos paramos porque no sabemos que maniobra va hacer, cuando se baja el maquinista, deja la maquina en medio y con el otro pavo se marchan sin decir ni mu, sin decirnos que ya podemos pasar. Me da rabia, me pongo un poco histérico, Manolo intenta tranquilizarme, yo no comprendo porque la gente se fija en los peregrinos como algo banal, algo insignificante. Sin derecho a darle explicaciones de nada. Me tranquilizo, pero me fastidia el que no sepan que debajo de unas ropas sudadas y sucias hay un ser humano tan importante como lo puedan ser ellos. Para calmar la cuestión hay un dicho que dice: “de Rabé a Tardajos no te faltaran trabajos, de Tardajos a Rabé, ¡libéranos domine!.
Justo a la salida del pueblo un matrimonio se para a hablar con nosotros, son también peregrinos y pertenecen a la Asociación del Camino de Santiago. Quieren hacer un refugio donde antiguamente estaba el hospital de peregrinos. Nos desean suerte, Felix y señora, así son ellos.
Nos encontramos a partir de ahora mucho barro, los camino están asquerosamente mal, los tractores se hacen dueños de ellos y esas ruedas y el peso tan tremendo acaban por fastidiarlos. El grupo de peregrinos de la Asociación de Burgos podía hacer algo, aunque contra la tecnología poco hay que hacer. La provincia de Burgos nos da la sensación que vive un poco al margen en algunos aspectos del Camino.
A la derecha del camino vemos que hay una fuente, paramos a descansar, se llama Praotorre y el grifo es de esos de bombeo, se agradece el detalle, pero a la salida de nuevo al camino, el barro sigue presente.
Cerca del siguiente pueblo hay una subida y justo cuando coronas ese alto se divisa Hornillos. Esta imagen ya la había visto en alguna guía. Le hago a Manolo una foto. Ves el trazado del camino y al fondo el pueblo, todavía nos quedan unos siete kilómetros.
Ya estamos en Hornillos del Camino, calle central y casi única, llena de barro, nadie, soledad absoluta. Llegamos a la iglesia y al lado esta el refugio, nos quedaremos aquí a pasar la noche. Esta cerrado, una señora aparece en la acera y preguntamos. El hospitalero es el alcalde, se llama Julio, le llamo a su casa y muy amablemente dice que enseguida va a abrirnos. Hay un bar cerca de la iglesia, esta abierto, pero todo a oscuras. Cerramos de nuevo la puerta.
El tal Julio es un señor mayor que nos dice que el pueblo hay unas 40 personas y todas mayores, que mañana son las fiestas del pueblo. Nos enseña el albergue, no esta mal, aunque no tiene cortinas ni persianas y se ve todo desde fuera, la cocina esta abajo.
Los canadienses los vemos sentados en un banco, dicen que continúan. Julio nos lleva a la casa de la señora del bar para ver si nos puede dar de comer. Ella nos dice que esta liada con una comida que tiene que dar a unas 60 personas mañana y que nos hará el favor de darnos de comer. Es una persona educadisima, muy agradable y como veremos después una cocinera estupenda.
Quedamos para las tres y mientras tanto nos duchamos. Julio nos ha prometido traernos una estufa, porque parece ser que seremos los únicos en el albergue. Después de ducharnos, hablar con la familia, veo una curiosidad que a partir de ahora será muy normal, el cementerio esta al lado de la iglesia y por lo tanto al lado de donde dormimos nosotros. Hay bastantes tumbas, pero no sobresalen del suelo, solo se nota pequeños montículos y cruces y lapidas. Manolo me enseña las piernas y las tiene rojas, lo achaca a las polainas que como no transpiran se concentra mucha humedad en ellas.
Marisol es la señora del bar. Este es pequeño, pero esta muy bien acondicionado. Se nota que le gusta mucho la cocina porque prepara la mesa con cuidado y la presentación de los platos se agradece. Yo tomo unos espárragos blancos y nunca me los había presentado así, con algo de decoración. Hay unos cuadros en la pared y también los ha hecho ella. De segundo tomo unos callos y son la bomba, suaves, tiernos, agradables, una maravilla. Manolo no ha querido castigar el cuerpo y ha tomado algo más ligero pero al ver los callos se le hace la boca agua. La señora confirma que hay una ración más y quedamos en comerla esta noche.
Vemos un detalle que nos entristece. El marido entra y trata a esta señora de una forma asquerosa, la manda a por algo a la calle, pero de forma machista y vejatoria. Manolo y yo casi confirmamos que si no hay malos tratos poco le faltara, ojala nos equivoquemos y fuera el día aquel solamente. El muy cabrito se aprovecha que ella se la ve una bendita y ya se sabe que a los débiles...
Debe de tener unos 45 años y tiene un hijo mayor que está estudiando cocina y que ha venido a ayudarla en la preparación de la fiesta.
Nos marchamos al albergue y pasamos el resto de la tarde. Lo que no recuerdo es si dormimos siesta o no. No lo recuerdo.
Del pueblo poco que ver, damos una vuelta subidos a la acera por el barro de la calle y buscamos una casa que el dintel es un sepulcro visigodo, pero no lo vemos.
Al final terminamos en el bar, que se llama casa Manolo, tomamos unas cervezas y leemos la prensa. Manolo mira y remira el tiempo. Maribel me dice que mañana nos lloverá, ya veremos como afrontamos la etapa.
Volvemos a tomar los callos y de nuevo nos sorprende con un asado de lechazo que esta preparando para la cena de mañana y que está para chuparse. ¡Esta tía cuidado como cocina!. Hablamos también con un cuñado de ella que en nada se parece al marido y con su hijo el cocinero. El chaval es como mi hijo Borja y tiene muchas inquietudes.
De vuelta al albergue nos encontramos la estufa enchufada y leche con cacao en la cocina para mañana. Gracias Julio.
Hoy ha sido un día duro, pero ha terminado bien. El camino tiene esas cosas. Lo peor de todo el barro que te impide disfrutar de la marcha. Lo mejor la amabilidad de las personas en el camino. ¡Qué bueno es encontrase con ellas!.
Nuevo día, hemos dormido de maravilla. El albergue es muy acogedor, con el suelo de madera y la calefacción la noche ha sido una delicia. El día anterior en San Juan de Ortega fue harina de otro costal.
Estamos todos levantados, vemos que está lloviendo. Nos ponemos las polainas. Angel nos ayuda a colocarlas. Nos damos un abrazo de despedida, ojalá tenga suerte y todo le vaya bien. Se lo deseamos de corazón.
Cuando salimos ya no llueve, pero seguimos con las polainas puestas por sí acaso. La salida de Burgos muy cómoda, ayer hicimos la entrada, la travesía y casi la salida, hoy solo la despedida.
Sí, ahora recuerdo, tomamos fruta antes de salir de El Parral, estabamos sentados en la mesa que hay a la entrada, donde el sevillano hospitalero se sienta como un ejecutivo y pone sellos en las credenciales como el que pone marchamos en un banco.
Nos encontramos algo de barro. Pasamos al lado de la vía del tren cerca de Villalvilla de Burgos, no cruzamos el pueblo, lo dejamos a la izquierda. Solo vemos camiones. Preguntamos a unos trabajadores como se llama el pueblo y nos contestan que no lo saben que no son de allí. Bueno, continuamos.
Vemos a lo lejos una autopista, vamos por un campo, cruzamos la carretera por debajo al lado del río Arlanza, continuamos. Llegamos a Tardajos, desayunamos en el primer bar. Hay un chico un poco parsimonioso. Manolo toma tortilla, yo los famosos huevos fritos con chorizo. Vino, descanso y continuamos la marcha. Antes de entrar hemos visto los bordones de los chavales canadienses en la puerta del bar que hay al lado, a la salida continúan allí, lo hacen bien estos chavales.
Manolo se queja de la espalda, aunque no es la palabra exacta quejarse, cuando lo hablamos menciona que debe llevar peso y que los hombros le tiran un poco. Yo voy bien, de vez en cuando me voy colocando la mochila que parece que me tira de la izquierda. La bota derecha parece que me va molestando y tengo que ir corrigiendo muchas veces el paso. Cuando paro a descansar aprovecho para estirar los calcetines porque tengo la sensación que los llevo doblados y siempre los de la bota derecha.
Llegamos a Rabé de las Calzadas, el pueblo sin gente como todos, aparece una maquinaria un poco rara en una calle con un señor a lado indicando al que la maneja. Debe ser algo como para medir o algo parecido. Nosotros nos paramos porque no sabemos que maniobra va hacer, cuando se baja el maquinista, deja la maquina en medio y con el otro pavo se marchan sin decir ni mu, sin decirnos que ya podemos pasar. Me da rabia, me pongo un poco histérico, Manolo intenta tranquilizarme, yo no comprendo porque la gente se fija en los peregrinos como algo banal, algo insignificante. Sin derecho a darle explicaciones de nada. Me tranquilizo, pero me fastidia el que no sepan que debajo de unas ropas sudadas y sucias hay un ser humano tan importante como lo puedan ser ellos. Para calmar la cuestión hay un dicho que dice: “de Rabé a Tardajos no te faltaran trabajos, de Tardajos a Rabé, ¡libéranos domine!.
Justo a la salida del pueblo un matrimonio se para a hablar con nosotros, son también peregrinos y pertenecen a la Asociación del Camino de Santiago. Quieren hacer un refugio donde antiguamente estaba el hospital de peregrinos. Nos desean suerte, Felix y señora, así son ellos.
Nos encontramos a partir de ahora mucho barro, los camino están asquerosamente mal, los tractores se hacen dueños de ellos y esas ruedas y el peso tan tremendo acaban por fastidiarlos. El grupo de peregrinos de la Asociación de Burgos podía hacer algo, aunque contra la tecnología poco hay que hacer. La provincia de Burgos nos da la sensación que vive un poco al margen en algunos aspectos del Camino.
A la derecha del camino vemos que hay una fuente, paramos a descansar, se llama Praotorre y el grifo es de esos de bombeo, se agradece el detalle, pero a la salida de nuevo al camino, el barro sigue presente.
Cerca del siguiente pueblo hay una subida y justo cuando coronas ese alto se divisa Hornillos. Esta imagen ya la había visto en alguna guía. Le hago a Manolo una foto. Ves el trazado del camino y al fondo el pueblo, todavía nos quedan unos siete kilómetros.
Ya estamos en Hornillos del Camino, calle central y casi única, llena de barro, nadie, soledad absoluta. Llegamos a la iglesia y al lado esta el refugio, nos quedaremos aquí a pasar la noche. Esta cerrado, una señora aparece en la acera y preguntamos. El hospitalero es el alcalde, se llama Julio, le llamo a su casa y muy amablemente dice que enseguida va a abrirnos. Hay un bar cerca de la iglesia, esta abierto, pero todo a oscuras. Cerramos de nuevo la puerta.
El tal Julio es un señor mayor que nos dice que el pueblo hay unas 40 personas y todas mayores, que mañana son las fiestas del pueblo. Nos enseña el albergue, no esta mal, aunque no tiene cortinas ni persianas y se ve todo desde fuera, la cocina esta abajo.
Los canadienses los vemos sentados en un banco, dicen que continúan. Julio nos lleva a la casa de la señora del bar para ver si nos puede dar de comer. Ella nos dice que esta liada con una comida que tiene que dar a unas 60 personas mañana y que nos hará el favor de darnos de comer. Es una persona educadisima, muy agradable y como veremos después una cocinera estupenda.
Quedamos para las tres y mientras tanto nos duchamos. Julio nos ha prometido traernos una estufa, porque parece ser que seremos los únicos en el albergue. Después de ducharnos, hablar con la familia, veo una curiosidad que a partir de ahora será muy normal, el cementerio esta al lado de la iglesia y por lo tanto al lado de donde dormimos nosotros. Hay bastantes tumbas, pero no sobresalen del suelo, solo se nota pequeños montículos y cruces y lapidas. Manolo me enseña las piernas y las tiene rojas, lo achaca a las polainas que como no transpiran se concentra mucha humedad en ellas.
Marisol es la señora del bar. Este es pequeño, pero esta muy bien acondicionado. Se nota que le gusta mucho la cocina porque prepara la mesa con cuidado y la presentación de los platos se agradece. Yo tomo unos espárragos blancos y nunca me los había presentado así, con algo de decoración. Hay unos cuadros en la pared y también los ha hecho ella. De segundo tomo unos callos y son la bomba, suaves, tiernos, agradables, una maravilla. Manolo no ha querido castigar el cuerpo y ha tomado algo más ligero pero al ver los callos se le hace la boca agua. La señora confirma que hay una ración más y quedamos en comerla esta noche.
Vemos un detalle que nos entristece. El marido entra y trata a esta señora de una forma asquerosa, la manda a por algo a la calle, pero de forma machista y vejatoria. Manolo y yo casi confirmamos que si no hay malos tratos poco le faltara, ojala nos equivoquemos y fuera el día aquel solamente. El muy cabrito se aprovecha que ella se la ve una bendita y ya se sabe que a los débiles...
Debe de tener unos 45 años y tiene un hijo mayor que está estudiando cocina y que ha venido a ayudarla en la preparación de la fiesta.
Nos marchamos al albergue y pasamos el resto de la tarde. Lo que no recuerdo es si dormimos siesta o no. No lo recuerdo.
Del pueblo poco que ver, damos una vuelta subidos a la acera por el barro de la calle y buscamos una casa que el dintel es un sepulcro visigodo, pero no lo vemos.
Al final terminamos en el bar, que se llama casa Manolo, tomamos unas cervezas y leemos la prensa. Manolo mira y remira el tiempo. Maribel me dice que mañana nos lloverá, ya veremos como afrontamos la etapa.
Volvemos a tomar los callos y de nuevo nos sorprende con un asado de lechazo que esta preparando para la cena de mañana y que está para chuparse. ¡Esta tía cuidado como cocina!. Hablamos también con un cuñado de ella que en nada se parece al marido y con su hijo el cocinero. El chaval es como mi hijo Borja y tiene muchas inquietudes.
De vuelta al albergue nos encontramos la estufa enchufada y leche con cacao en la cocina para mañana. Gracias Julio.
Hoy ha sido un día duro, pero ha terminado bien. El camino tiene esas cosas. Lo peor de todo el barro que te impide disfrutar de la marcha. Lo mejor la amabilidad de las personas en el camino. ¡Qué bueno es encontrase con ellas!.
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