" Perdí unas pocas diosas camino del norte al sur,
también muchos dioses camino de este a oeste.
Un par de estrellas se apagaron para siempre, ábrete, oh cielo.
Una isla, otra se me perdió en el mar.
Ni siquiera sé dónde dejé mis garras,
quién anda con mi piel,
quién habita mi caparazón.
Mis parientes se extinguieron cuando repté a tierra,
y sólo algún pequeño hueso dentro de mí celebra el aniversario.
He saltado fuera de mi piel, desparramado vértebras y piernas,
dejado mis sentidos muchas, muchas veces.
Hace tiempo que he guiñado mi tercer ojo a eso,
chasqueado mis aletas, encogido mis ramas.
Está perdido, se ha ido, está esparcido a los cuatro vientos.
Me sorprendo de cuán poco queda de mí:
un ser individual, por el momento del género humano,
que ayer simplemente perdió un paraguas en un tranvía. "
Los primeros en iniciar el revival fueron algunos diseñadores de interiores, mobiliario y complementos, así como algunos modistos. Pero sobre todos ellos destaca el fallecido modisto Versace, que a finales de los noventa mostraba creaciones que eran una copia de la psicodelia de los 70.
Ahora en el mencionado museo se presenta una visión sobre el movimiento más liberador desde principios del siglo XX, originado como un gran rechazo social contra la guerra de Vietnam. (Al igual que en los años 20 tras la primera guerra mundial, surgio un movimiento similar, sólo que no de carácter popular, sino de la clase media y alta)
Es difícil que los jóvenes del siglo XXI puedan entender en su sentido más profundo el gran salto que significo el movimiento hippy, entre otras cosas porque dicho movimiento fue canalizado, como siempre, a través de la moda, el pseudo-arte, etc., dándose en la actualidad la imagen superficial de sexo, drogas y rock and roll.
El salto generacional que se dio en ese momento fue algo impensable sólo un año antes: se paso del más absoluto recato y sometimiento, a una rebeldía casi generalizada.
Un año más tarde en las calles de Paris se inició otro movimiento, este más socio-político y sindical que el movimiento USA y desde luego con mucho más calado cultural e intelectual: El llamado mayo del 68. Este resulto mucho más arduo de canalizar y con un impacto que renovó todo el arco político en cuestión de pocos años.
Ha pasado suficiente tiempo como para poder mirar con objetividad ambos movimientos, y mientras uno (hippy), ha quedado bastante mediatizado, el otro sigue teniendo cierto vigor; un vigor en decadencia y que está llamado a otra renovación (es posible que la subida de Sarkozy sea el revulsivo), pero que ha mantenido a dos generaciones atentas al devenir de su presente.
Desde aquí un recuerdo a nuestros padres y/o hermanos mayores y a aquellos que pudimos vivir -sobre todo en Europa-, los efectos de ambos movimientos y para hacernos saber que cuando las fuerzas populares se unen en un deseo de modificar situaciones, se consiguen cambios. Puede que dichos cambios sean "para que nada cambie", como dijo el viejo príncipe en "Il gatopardo"... pero siempre se les escapa algún fleco que nos deja hueco para mantener un cierto espíritu critico a las siguientes generaciones... al menos en algunos de nosotros.
Deseando la verdad, esperándola, destilando laboriosamente unas pocas palabras, deseando siempre (se inicia un grito a la izquierda, otro a la derecha; ruedas golpean divergentes; ómnibus se conglomeran en conflicto), deseando siempre (el reloj asevera con doce claras campanadas que es mediodía; la luz vierte escamas de oro; niños se arremolinan), deseando siempre verdad. Roja es la cúpula; de los árboles cuelgan monedas; el humo sale lento de las chimeneas; ladrido, alarido, grito. "Compro metal..." ¿Y la verdad?
Como rayos orientados hacia un punto, pies de hombres, pies de mujeres, negros o con incrustaciones doradas (Esa niebla... ¿Azúcar? No, gracias... La commonwealth del futuro), la luz del fuego salta y deja roja la estancia, salvo las negras figuras y sus ojos brillantes, mientras descargan una camioneta fuera, la señorita Thingummy sorbe té en su mesa escritorio, y las vitrinas protegen abrigos de pieles.
Cacareada, leve cual hoja, rizada en los bordes, pasada por las ruedas, plateada, en casa o fuera de casa, reunida, esparcida, derrochada en diferentes platillos de la balanza, barrida, sumergida, desgarrada, hundida, ensamblada... ¿Y la verdad?
Recordar ahora junto al fuego del hogar la blanca plaza de mármol. De las profundidades de marfil se alzan palabras que vierten su negrura, florecen y penetran. El libro caído; en la llama, en el humo, en las perecederas chispas; o ya viajando, la bandera en la plaza de mármol, minaretes debajo y mares de la India, mientras los espacios azules corren y las estrellas brillan... ¿la verdad?, o bien, ¿satisfacción con su proximidad?
Perezosa e indiferente la garza regresa; el cielo cubre con un velo sus estrellas; las borra luego.
"Lunes o martes", Virginia Woolf
El hambre desayuna miedo.
El miedo al silencio aturde las calles.
El miedo amenaza:
Si usted ama, tendrá sida.
Si fuma, tendrá cáncer.
Si respira, tendrá contaminación.
Si bebe, tendrá accidentes.
Si come, tendrá colesterol.
Si habla, tendrá desempleo.
Si camina, tendrá violencia.
Si piensa, tendrá angustia.
Si duda, tendrá locura.
Si siente, tendrá soledad
Del libro "Palabras andantes", Eduardo Galeano
Fragmento de “Tener o Ser”, Erich Fromm
100 gr. de aceitunas negras deshuesadas (también pueden usarse las verdes)
6 anchoas
50 gr. de atún (al natural en lata)
1 ajo
100 gr. de almendras
aceite de oliva.
Con una batidora eléctrica, hacer un puré con las aceitunas. Añadir las anchoas, el atún, la mostaza y las almendras, y mezclarlo todo.
Añadir poco a poco el aceite de oliva, batiendo la mezcla (como para montar una mayonesa) hasta que quede cremosa.
Servir con pan tostado para untar
Estamos inmersas en una cultura de la que formamos parte y cuyos valores hemos transmitido y seguimos transmitiendo al menos en parte. Representamos nuestro papel, el de «seres para los otros», en expresión de Franca Basaglia, pero algo se rebela en nuestro interior. La mujer singular que somos, que se reconoce a sí misma como individuo, vive con un profundo sentimiento de esquizofrenia, en paabras de Agnes Heller, las señales contradictorias del mundo en que vivimos.
Las "señales contradictorias" y la "esquizofrenia" no son nuevas: decía sor Juana Inés de la Cruz que era "locura" enseñarle al niño quién es el "coco" y después exigirle que no tuviera miedo. A la pirueta barroca, añadía, dirigiéndose a los hombres que vituperan a las mujeres: "Queredlas cual las hacéis / o hacedlas cual las buscáis". Y así ha sido: ellos han configurado nuestro pensamiento y aún nos temen o nos desprecian. Buscan en la mujer lo que nunca han tenido el valor de inculcarnos. Es decir, lo hacen al revés: ensalzamiento de lo femenino como depositario de valores excelsos, como la maternidad (exclusiva, instintiva, incondicional), por una parte; subordinación social efectiva, por otra. Somos mujeres escindidas, como dice Franca Basaglia; eternas secundarias sin protagonismo alguno
Fragmento de "Malas", Carmen Alborch
Tanto la comprensión como la curación de la partidocracia, presuponen que el pueblo que sufre la enajenación de su soberanía por los partidos disfruta todavía de la lucidez y del sentido crítico necesarios, para comprender el diagnóstico y admitir la cura que se le propone. Estos presupuestos no se cumplen ni en los pueblos que se desentienden de la política, sea desconfiando visceralmente de los partidos y pasando de votar (los absentistas abstencionistas), sea confiando ciegamente en ellos y votando sus consignas como autómatas (los partidistas), ni en los que decretan como remedio su desaparición, confiando la cura de su mal a un dictador.
La única actitud que hace a un pueblo capaz de comprender el diagnóstico de esta enfermedad degenerativa de su democracia y aceptar el remedio que se le propone para curarla, es su voluntad de superar la partidocracia mediante la coalición de todas sus fuerzas democráticas vivas.
En la partidocracia el horizonte de la participación política esta circunscrito a los partidos políticos; esto quiere decir que la relación entre partidos y organizaciones de la sociedad civil se desarrolla como una relación asimétrica en que el partido es el polo dominante y tiende a partidizar las organizaciones sociales, de tal manera que éstas o quedan “alineadas” a un partido político o son el campo de batalla en el que los partidos luchan por controlarlas, produciendo graves divisiones en su interior. Por otro lado, para las organizaciones sociales la vinculación o adscripción a un partido político se convierte en requisito de eficacia y en algunos casos de sobrevivencia. En forma similar se produce esta tendencia de los partidos a “capturar a la sociedad civil” a nivel de los medios de comunicación social que se encuentran o controlados o profundamente orientados por las posiciones partidaristas. No se trata de la “uniformidad” de la información tan característica de los regímenes autoritarios, sino que, aceptando la existencia de un pluralismo de la información, los medios quedan vinculados o subordinados a los partidos políticos.
Los politólogos actuales caracterizan la partidocracia como una desviación del papel que corresponde a los partidos políticos en la democracia representativa, identificando cuatro síntomas distintivos que permiten definirla y diagnosticarla, desde el momento en que aparece. Estos mismos síntomas permiten también combatirla en sus propias raíces, cuando el pueblo que la sufre en su democracia enferma tiene la firme voluntad de curarla. Los cuatro síntomas son:
1. Monopolio de los nombramientos para cargos de elección popular
2. Control sobre los representantes electos
3. Patrimonialismo partidista
4. Partidización de la sociedad civil
El resultado es que en regímenes democráticos con partidocracia el tejido social (sociedad civil) tiende a perder su autonomía y se ve enfrentado a un dilema negativo: o se adscribe a un determinado partido político o se abstiene de participar en la política; encerrándose en sus tareas “técnicas”. De esta manera el abuso de la función política por parte de los partidos políticos tiene como correctivo la tendencia a una despolitización extrema de organizaciones sociales. El resultado es que ambos trazos devalúan la calidad de la democracia.
En síntesis, la noción de partidocracia, tal y como la hemos tratado aquí, alude a la implicación de varias tendencias en el desarrollo de los regímenes políticos. Por un lado expresa claramente la evolución de las formas de clientelismo político tradicional que se mueven de la relación personal cara a cara (patrono-cliente) a formas más institucionalizadas e impersonales de dicha relación (partidos-ciudadanos); por otra parte expresan, en forma deformada, la tendencia de los partidos contemporáneos a apoyarse cada vez más en el Estado, a invadirlo, o para usar la expresión de Katz y Mair de constituir el “Partido-cartel” (Katz y Mair: 1995), tendencia que refuerza la ya existente en nuestras sociedades de utilizar canales no económicos para la obtención de recursos de subsistencia, dado que las posibilidades de hacerlo por las vías propiamente económicas son reducidas. Finalmente, la partidocracia expresa la debilidad de las instituciones políticas de nuestros procesos de democratización, ya sea en su versión restauradora o de incipiente construcción.
Rubén Zamora
De ahí que incurramos en el error de enamorarnos de alguien por lo que necesitamos y no por cómo es la otra persona. Así, utilizamos un yo falseado para conseguir que un hombre se enamore de nosotras y, cuando lo conseguimos, seguimos representando el papel, hasta que en un momento determinado nos encontramos solas y deprimidas, agotadas y erosionadas en nuestro propio ser. Se supone que entonces reaccionamos y nos preguntamos: ¿estás dispuesta a condenarte a esto, a continuar con algo que realmente no te conviene?
En "El segundo sexo", Simone de Beauvoir describe a la mujer enamorada como alguien que sólo puede lograr la trascendencia a través de su amor por otro; una mujer que capta realmente su propio valor en el momento de sentir sobre sí la mirada adoradora de un hombre. Incapaz de actuar en un mundo más extenso o de formarse una identidad, esta mujer se ve forzada a adherirse al poder masculino a fin de liberarse de la ansiedad de su propia impotencia. Y como el amor romántico es casi el único camino que una mujer, salvo excepciones, tiene para llegar a la aventura y la trascendencia, éste llega a convertirse en una obsesión.
De esta manera, el amor romántico se convirtió en un fin en sí mismo: con el sacrificio por amor se obtiene la salvación. Basado en la ilusión, su proyección consiste en sobrepasar las propias limitaciones. Los amantes se idealizan mutuamente, ven en el otro cualidades que no tiene, se atraen por la intensidad de sus sentimientos, por la seguridad de sentirse auténticos complementos. Y el erotismo, por su parte, les lleva a la esperanza de una fusión que les traerá la plenitud y el fin de la soledad. Estos sentimientos acompañan las primeras etapas de la mayoría de las relaciones eróticos-amorosas y no tienen por qué destruirse, si se pasa a una etapa siguiente. Sin embargo, las mujeres se han quedado frecuentemente con esta fijación porque no han desarrollado ni delimitado su identidad propia, y se han confundido y atado a sus amantes creando una dependencia que les genera una gran ansiedad. Hemos pasado mucho tiempo centrando nuestra felicidad, nuestro estado de ánimo y nuestra propia valoración en la mirada del otro.
Por todo esto, las feministas cuestionan desde hace tiempo el precio que pagamos por mantener relaciones así, e imaginan otro tipo de amor, un amor que progresivamente incorpore la independencia a la relación."
Fragmento de "Solas" de Carmen Alborch
La desolación es un estado negativo. Tú sientes que estarías mejor si el otro estuviera ahí – tu amigo, tu esposa, tu madre, tu amado, tu esposo. Hubieras estado bien si el otro hubiera estado, pero no está. La desolación es la ausencia del otro.
Soledad es la presencia de uno mismo. La soledad es positiva. Es una presencia, una desbordante presencia. Tú estás tan lleno de presencia que puedes llenar el universo entero con tu presencia y no hay necesidad de nadie..."
Osho
A su regreso, los dueños de la casa lo recibieron cortésmente y los criados mostraron ante él grandes ademanes de respeto.
Llegado el momento de la cena, aquel hombre se levanto, se quitó la túnica y la coloco en la silla. Se disponía a abandonar la sala, cuando en ese momento le preguntaron extrañados los anfitriones:
- ¿Por qué haces eso?
- Ha sido mi túnica y no yo la que ha recibido vuestro respeto y atenciones. Que sea ella la que se quede a comer.
Dicho lo cual, aquél hombre abandonó aquella casa.
(Anónimo persa)
Hay un filme futurista que me inquieta especialmente, y que cada vez que lo veo me plantea nuevas preguntas. La película, "Hijos de los hombres", tuvo el éxito que merece. Supongo que muchos de ustedes la habrán visto; pero para aquellos que no, les diré que, basada en una novela de P. D. James, está ambientada en el Londres de 2027, y su argumento, lo que menos me interesa, es que las personas de entonces ya no se pueden reproducir. La peripecia de Clive Owen por salvar a la única criatura que nace no me parece importante sino porque sirve para mostrar un Londres -y, en las pantallas de televisión, una Europa, un planeta- hundido en el caos, apenas sobreviviente de sus errores, sus horrores, sus guerras... Son imágenes de brutalidad y anarquía, de deshumanización y desesperanza, que producen honda conmoción. O al menos, a mí me la crearon. "Desde Días extraños" y la insuperable "Blade runner" no había sentido una impresión tan angustiosa -y al mismo tiempo tan cercana- sobre el futuro colectivo al que probablemente nos dirigimos. "Días extraños" trataba de los prolegómenos. "Blade runner" mostraba la conclusión, o casi. "Hijos de los hombres" refleja lo que sucede entre medias.
Ocurre que si se analiza la película no viendo en ella una historia de ciencia-ficción, ni siquiera de ficción política; si te sitúas años después y la ves como un relato histórico, los vellos se te ponen de punta por una razón primordial: lo que nos está contando es el fracaso de la política. De los políticos. De los partidos. Y entonces te preguntas: ¿sucedió porque las derechas más radicales se apoderaron del pensamiento y lo bestializaron hasta el vandalismo?, ¿o porque las izquierdas no supieron estar a la altura de los nuevos desafíos de estos tiempos?, ¿o porque las izquierdas, en su afán por no perder clientes, se esmeraron en parecerse cada vez más a las derechas, y éstas no dudaron en cruzar la línea que las separa del extremismo? ¿Es que los políticos desaparecieron, superados por la gente que decidió que todos somos sospechosos y que hay que meter a los inmigrantes en jaulas? ¿Se establecieron los vigilantes de barrio, cobró el linchamiento rango de acto positivo, volvimos a la caverna y cuando quisimos abandonarla ya era demasiado tarde, ya nos habíamos convertido en fieras? Es así, contemplándola como si fuera una película histórica, como Hijos de los hombres se convierte en un testimonio insoportable.
Hay analistas que dicen, filmes aparte, que el viraje de Europa hacia el conservadurismo (defensa de las tradiciones, nostalgias de fundamentos cristianos más que discutibles, regreso a la sacrosanta familia y la sobrevalorada identidad), cuando no hacia la derecha pura y dura de los gemelos polacos y gran parte del antiguo bloque del Este, es no sólo inevitable, sino que es lo único que puede hacerse para no caer en el desorden. Y a mí me da miedo que la mayoría de la gente pueda llegar a creerlo. Los valores verdaderamente europeos, el individualismo, el laicismo, el pensamiento, parecen en estos momentos constituir un estorbo para todos. Se trata sólo de saber la cantidad exacta de fundamentalismo que necesita un partido para triunfar sobre los otros.
Tomemos la librepensadora, la admirada, la luminosa Francia. Ocurra lo que ocurra hoy, en la segunda y definitiva vuelta de las elecciones presidenciales, y aun en el caso de que ganara Royal, deberíamos disolver el tradicional y muchas veces injustificado optimismo de las izquierdas con grandes dosis del pesimismo de la voluntad. Sobre todo, no cabe interpretar algo que ya ha ocurrido -la caída de la opción del ultraderechista Le Pen a un 8% de votantes, en la primera vuelta- como un signo positivo. A sus prófugos, alguno de los otros candidatos les debió de parecer lo bastante duro como para que les diera gusto votarle. No creo que existan muchas dudas acerca de quién se benefició. Y tampoco creo que quien gane, sea el que sea, renuncie a alimentar las exigencias de seguridad y de blindaje que parece exigir el electorado.
No hay muchos motivos para alegrarse de lo que ocurra. Pero, calma: aún no estamos en 2027.
Artículo de Maruja Torres, El País, 03-05-07
Cuento recogido en "La muerte y otras sorpresas", Mario Benedetti
½. Calabaza no muy grande
2 vasos de agua templada
½ kg. de harina de trigo
80 gr. de levadura prensada
Aceite, para freír los buñuelos.
Se asa la calabaza. Al sacarla del horno y enfriarse se pela y se le quitan las pepitas, se saca la pulpa con una cuchara y se trabaja hasta conseguir una pasta bien fina. Como un puré de calabaza.
Se coloca en un bol el agua templada y se deslíe la levadura, se va añadiendo la harina poco a poco, removiendo y amasando con la mano. Cuando se haya añadido la harina se puede añadir un poco del azúcar, dejando el resto para espolvorear los buñuelos. Se tapa con un lienzo y se deja reposar en lugar templado hasta que haya doblado la masa.
Se añade el puré de calabaza asada, se remueve todo bien.
Se pone el aceite a calentar y, cuando está bien caliente se van tomando pellizcos de la masa a los que se les hará un agujero con el pulgar y echándolos en el aceite, sacándolos cuando estén bien dorados y espolvoreándolos con el azúcar. Exquisitos bien calientes, acompañados de un buen chocolate caliente
Ahora no me hable usted del País Vasco. Ni de Vasconia. Ni de Euskal Herria, sus cinco países; no me hable de las provincias vascongadas, ni de Jauría Enea; Estella/Lizarra; no me diga nada de Ibarreche, y menos de Idoia Zenaruzabeitia; no me analice las diferencias entre HB y EH, ni las contradicciones del juramento de Guipúzcoa, ni de los matices entre el primer Sabino Arana y el del final.
No me diga que hay un riesgos de que España pierda el País Vasco, ni me deje que le conteste que es grave para ellos que el País Vasco, o que Cataluña, pierdan España, y el español, y Madrid, donde siempre medraron y sus bancos, y sus hilaturas, y sus hierros, y sus navieras: déjelo, déjelo, no me hable de esos países, naciones, territorios, provincias, etnias, culturas, regiones, lo que sean.
¡Ya está bien! No me diga que el PNV está preso de HB, porque quizá yo le diga que HB, y ETA, están presos del PNV, que le han servido desde el primer disparo hasta estas escaramuzas de moderados, extremistas, de incendiarios cuidadosos, de cartelistas zafios. Sufrimos vascopatía: hagamos una terapia. No me coloque más titulares en primera, ni más editoriales; ni más discursos de fin de semana.; no más insidias ni rumores, ni amenazas, ni burlas, no retorcimiento en las palabras, ni rictus en las carotas políticas. No me digan más mezquindades.
No infarten más un problema que lleva más de un cuarto de siglo destrozando la política, la opinión, el periodismo; no me coloquen el mal augurio, el dolor del desmembramiento. Empecemos a ocuparnos de algunas realidades, hombres, mujeres, pobres y ricos, escuelas, paro, hospitales, pensionistas, carestía, salud...
Dentro de poco pediré que no me hable de economía, sino de realidad.
Eduardo Haron Tecglen, "Visto/Oído" - El País, 1999
Los pitagóricos afirmaban –cito a Aristóteles– que "resulta armonioso el sonido de las estrellas en su movimiento circular". Consideraban que el rozamiento de los astros generaba un ruido constante y de fondo, y llegaron a afirmar que los hombres, cual forjadores habituados al ruido de la fragua, no atinan a distinguir ese sonido armonioso de las estrellas, que nos resulta así imperceptible.
Movemos los hilos de la identidad al igual que antaño manejaban las lanzas los guerreros: las proyectamos a una distancia adecuada para evitar que el enemigo se aproxime demasiado, y defendemos así nuestro territorio y nuestras formas de vida del invasor. Es indudable que todo ser humano es fruto de multitud de factores que convergen en formarlo y en dotarlo de una concreta forma de ver el mundo. Esa convergencia de factores resulta complejísima, y en ella no debe descartarse el azar. Basta con pensar en el momento mismo de la concepción para darse cuenta de las infinitas posibilidades que se abrían antes de que las células responsables del evento se decantasen por conformarme a mí tal como soy, y no a otro individuo con distinto sexo, con otra piel, con otro cabello, con otro color de ojos, con otra nariz, etcétera.
Pues crecemos y aprendemos a hablar de una determinada manera, paseamos por unas calles o por unos campos y no por otros, adaptamos nuestras miradas a un paisaje, a una luz, jugamos al balón o a la rayuela, a tirar piedras o al escondite, comemos productos cocinados de una forma determinada y no de otra, compramos en esas tiendas que conocemos porque son parte de nuestra ciudad, de nuestro entorno, y vemos la televisión, escuchamos la radio o leemos libros, acudimos a salas de cine para ver películas, estudiamos o trabajamos en locales específicos destinados a ello, vestimos esta ropa y no otra, y solemos trazar idénticos recorridos cada mañana. La identidad se forja a fuerza de costumbres y de hábitos, y en esa intrincada red de actos que nos configuran, cobra fuerza cada vez más la sensación de que el grupo al que pertenecemos está dotado igualmente de identidad, tiene una vida propia, e incluso es susceptible de ser definido como un ente capaz de poseer caracteres propios, como si fuera un ser vivo, y como si le otorgáramos similares características que a éste. Y así, comenzamos a preguntarnos por los elementos que configuran esa particular esencia del ente grupal al que pertenecemos. El individuo cede su esfera vital a favor de un pretendido bien colectivo. Se siente parte de un engranaje, y sabe que la máquina funciona gracias a su aportación, aunque desconoce qué es esa máquina, ni puede tampoco identificarla, pues es algo intangible. Si se le inquiere por ella, contesta que es un sentimiento, un afán, algo así como una pasión innata que mueve sus resortes más íntimos. La patria se transforma poco a poco en su ideal de vida, y morir por ella es poco menos que su destino natural, pues su vida sólo cobra sentido formando parte de esa vida más amplia que lo engloba.
El proceso de transformación del individuo es sorprendente. Ese sentimiento de pertenencia a un grupo atrofia su espíritu crítico, tamiza la realidad y la discrimina en función de su adaptación a ese destino natural al que se siente ligado. Y a partir de él, considera a los otros en función de una mal disimulada complicidad: si eres de los nuestros, pasa; si no, quédate fuera. El ruido en el que se fragua su identidad le impide escuchar el sonido de otros pasos, de otras vidas, de otros mundos que también son de este mundo. Los lazos que unen a los individuos entre sí y con el grupo hacen las veces de frontera, también intangible, para los que no pertenecen a él. Nada sucedería si esa frontera fuera permeable, pero es de sentido común pensar que las fronteras están pensadas como paraguas, como protección frente al peligro de los agentes externos. Y traspasar la línea se antoja, cada vez más, una quimera.
Conformar una mirada del mundo que me rodea es también entrar a formar parte de un grupo, más o menos numeroso, que me abre las puertas de la realidad. No lo niego. Pero una vez abiertas las puertas a esa realidad, ¿qué hacemos? ¿Nos dedicamos a cuidar las puertas, o salimos a conocer la realidad? ¿Hacemos acaso como el que se queda mirando al dedo que señala, en lugar de dirigir la mirada hacia aquel lugar que está más allá del dedo, más allá de la puerta? Como peces nadando en el agua de nuestra identidad, damos vueltas alrededor de nosotros mismos, y de tanta vuelta que damos reclamando ser reconocidos, no concebimos la posibilidad de que otros peces hayan logrado salir al aire libre y vivir en otras condiciones distintas a las nuestras.
Y es que el mestizaje, amigos, es la última tabla de salvación que nos queda.
De "Identidades asesinas", Amin Maalouf
Yo, mujer,
terca habitante del planeta
veo llegar el día en que el otoño
bese feliz la primavera.
Espero la vendimia de mi sangre.
Veo tomarse ocres las verdes hojas de mis manos.
Siento crecer la vida que sembré con loco amor
e insensatas alegrías,
mientras fueron pasando, uno a uno,
soles, constelaciones y planetas.
Aprendí a pronunciar los nombres de mis hijos
que me fueron revelados poco a poco
cuando ellos eran apenas
dulces astronautas de mi vientre.
Conocí los secretos de la vida.
Bebí con avidez rachas de viento,
embriagué mi piel con la salobre espuma
dorada por el sol.
Conocí la tormenta en el océano
la perfecta oposición de los astros sobre el mar,
y sentí la pequeñez indómita de este cuerpo que ocupa
apenas un fragmento del tiempo y del espacio.
Yo, mujer,
terca habitante del planeta
he dejado mi huella amorosa en la nube
que pasa ligera.













