Los que hayásis seguido hasta aquí el diario, si queréis que lo siga poniendo en este sitio, dejad un comentario.
La única razón de la mudanza es que en http://www.cumbresborrascosas.net se puede introducir notas al pie y aquí no sé cómo hacerlo.
La otra razón es que aquí, como es normal, las páginas más antiguas caducan despùés de un tiempo, y para los recién llegados la cosa no tiene sentido.
Nos vemos y un saludo
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Estamos acercándonos al borde del sistema estelar, así que pronto nos encontraremos de nuevo en la puñetera, etérea, incorpórea y negra nada.
A veces me pregunto por qué la nave no se desintegra en la nada, por qué sus átomos no aprovechan la oportunidad para escapar de su hacinamiento y vivir tranquilamente expandidos por el espacio. Quizás se necesiten unos a otros...
Sí, ya sé que esto parece el diario de un loco, pero hoy tengo ganas de escribir tonterías, así que si alguien está leyendo esto puede saltarse este día, porque tengo la firme intención de no decir nada que valga la pena.
Snorr me ha sugerido que deberíamos tener una mascota. No me parece mala idea. De camino a Ojos de Muerte pasaremos muy cerca de Isiot, un planeta donde viven unos animales preciosos, muy parecidos a los gatos. Los viajeros les llaman Uluk y se llevan magníficamente con ellos.
El hecho de que se lleven bien con los viajeros no dice mucho en favor de esos bichos, pero me gustaría que cogiéramos uno si tenemos oportunidad. En la Tierra, desde que hubo que eliminar a los perros y a los gatos no volvimos a disfrutar de un animal de compañía como Dios manda.
En realidad yo nunca vi un perro o un gato vivos. Sólo los conozco por algunas imágenes y por los ejemplares que se conservan en los museos para que la gente sepa cómo eran.
Nadie pudo adivinar de dónde salió aquel maldito virus. Lo único que llegó a saberse fue que primero debía incubarse en un perro o en un gato y luego pasaba al hombre, con consecuencias terribles: la enfermedad te dejaba ciego o te mataba.
Las autoridades decidieron que la mejor manera de luchar contra aquella plaga era privar al virus de su ciclo primario eliminando a perros y gatos. El asunto fue laborioso, pues mucha gente estaba dispuesta a defender a su animal a toda costa, pero después de un tiempo ya no hubo perros ni gatos en la Tierra, y dicen que desde entonces la vida ya no fue lo mismo.
Entonces fueron las aves las que ocuparon su puesto, pero un loro nunca puede ocupar el lugar de un perro ni un jilguero puede hacer las veces de gato, así que la gente fue dejando poco a poco de tener animales en casa hasta que llegaron los hurones del planeta Wilson. Por supuesto, no eran hurones como los que se extinguieron en la Tierra en el siglo XXII, pero tenían un lejano parecido con ellos y recibieron ese nombre.
Como eran unos animales cariñosos y agradecidos, y además se adaptaban bien a la estructura de las viviendas, enseguida hubo muchos millones de hurones en la Tierra.
Con la habilidad que nos caracteriza a los humanos, logramos que el hurón de Wilson se extinguiera en el planeta Wilson, donde no se volvieron a ver hasta el siglo XXIV, cuando se instaló allí una colonia biológica. Supongo que aún habrá hurones Wilson en la Tierra, pero su número se ha reducido mucho desde los primeros tiempos porque esos bichos tienen la desagradable costumbre de chillarle a la luna y la gente se fue hartando progresivamente de sus chillidos hasta que el Gobierno obligó a tenerlos por las noches en un lugar donde no pudieran verla. Con estos y otros problemas, como su desagradable olor, el hurón dejó de ser tan popular como al principio, pero no creo que lleguen a desaparecer del todo, a no ser que ocurra una catástrofe como la que acabó con los perros y los gatos.
Con el problema de la superpoblación, miles de especies se extinguieron en la Tierra, porque no había espacio que perder y se destruyeron los hábitats naturales de casi todas las especies salvajes. Deben de quedar solamente unas docenas de mamíferos, la mayoría con utilidad ganadera, unas cuantas aves y reptiles y algo más de mil insectos. Respecto a peces y demás fauna marina, no tengo ni idea de como puede estar la situación y no tengo ganas de consultarlo al ordenador.
Cuando se vio que había un montón de especies en vías de extinción se decidió reunir tres parejas de cada especie y llevarlas a otro planeta, el planeta Morfeus, para que sobrevivieran allí. Por supuesto, la nave se llamó El Arca de Noé. Pura originalidad.
Cuando el arca interespacial llegó a Morfeus fue distribuyendo y dispersando los animales según su hábitat. La nave tuvo que dar más de treinta viajes a razón de veinte días por viaje, pero según los biólogos la operación fue un éxito completo. Lástima que para entonces ya se hubiera exterminado a perros y gatos. Justo antes de que yo saliera en busca de un nuevo hogar para el planeta estaba muy en boga el proyecto Resurrección, que consistía en obtener nuevos ejemplares clónicos de todas las especies animales y vegetales que fuera posible para colonizar con ellas otros planetas. El problema residía en que en algunos casos no se contaba más que con dos o otres muestras y en otros con una sola, lo que daría muy poca variedad genética a la recién resucitada especie. Si no se podía evitar de algún modo esa lacra, algunas especies se extinguirían de nuevo después de cierto tiempo, víctimas de la consanguineidad. Sobre ese había muchas y variadas opiniones, pero no tengo ganas de escribir ahora sobre el tema, porque estaba hablando del planeta que se repobló en un principio, o sea, que alo que estamos.
Todo el mundo quiere visitar el planeta Morfeus, pero las visitas están muy restringidas, precisamente para evitar que vuelva a suceder lo mismo que en la Tierra y la gente destruya el hábitat de los animales.
Además de Morfeus, se ha llevado fauna y flora terrestre a muchos planetas desiertos pero con atmósfera. Desde que se constató que la vida tiene en todas partes la misma base fue más fácil pensar en exportar nuestras formas. Uno de estos planetas, Quercus, tomó su nombre del tipo de árboles que fue plantado en su superficie. Cuando yo me fui de la Tierra decían que aquello era algo impresionante: un planeta entero convertido en bosque. Introdujeron también aves, bacterias y pequeños animales. Debe ser algo realmente increíble. Si puedo, algún día iré a Quercus.
Pensaba utilizarse como reserva forestal y tal vez como colonia, pero a la postre resultó más convincente llevarse a la Tierra a otro sitio porque nadie quería irse a vivir tan lejos, a merced de los viajeros.
Se hicieron muchas de esas chapuzas experimentales, sobre todo en los siglos XXIV y XXV, cuando se pensó seriamente en abandonar la Tierra un par de siglos para dejarla en barbecho y regresar más adelante. Pero un par de siglos era demasiado tiempo y al final no se hizo nada. Eso sí: ahora hay un planeta entero plantado de césped para reducir el nivel de CO2 en la atmósfera, otro plantado de árboles frutales...
El Universo está lleno de planetas utilizados por los humanos para cultivar sus alimentos. Al final, todos esos planteas han quedado abandonados y la Tierra desaparecida en combate, como la flota que fue a buscar a los Viajeros a la Nebulosa de Magallanes.
Bonita historia me ha tocado.
Ya que estoy hablando de animales y plantas, me gustaría contar una anécdota curiosa. Como dije, los humanos poblaron muchos planetas con especies terrestres y durante las guerras de los viajeros éstos nos atacaron incluso en ese campo, introduciendo en nuestras colonias biológicas sus propias especies. En algunas, el paisaje y la fauna cambiaron tanto que nadie podría reconocerlos, pero en otras nuestras especies resultaron vencedoras y sólo se registraron pequeños cambios. Lo más curioso es que hubo dos especies que nunca y en ningún hábitat pudieron ser vencidas por ninguna especie del planeta de los viajeros: la rata y la mosca. No debe de haber nada en el Universo capaz de acabar con ellas.
Luego, con la firma de la paz, los viajeros arreglaron las cosas lo mejor que pudieron, pero aún hay árboles de doscientos metros de alto, que nadie sabe cómo bombean la sabia hasta esa altura, y cactus, o algo similar, con espinas de dureza seis en la escala mineral. En el planeta de los viajeros, hasta las flores son belicosas y malhumoradas.
Otra vez el espacio. Ahora que estamos de nuevo entre las estrellas me parece mentira que haya estado alguna vez en Falador, bebiendo con los elf y escuchando sus canciones. ¡Hay que ver lo efímeras que son las cosas! De los skag, ni rastro, y el único mensaje recibido al respecto indica que han abandonado completamente esta zona, así que avanzamos ahora un poco más tranquilos.
Hemos estado probando los cazas. Primero salimos de uno en uno para no dejar la nave sola, pero luego salimos juntos para aprender mejor a pilotarlos. Utilizando el sistema de pruebas Snorr me ha derribado setenta y cuatro veces, pero yo he conseguido abatirle en tres ocasiones, y poco a poco me estoy convirtiendo en un piloto de verdad. Lo que aún es imposible para mí es ponerme a los mandos de una nave como la Esperanza, mediana como nave exploradora pero inmensamente grande como nave militar. Aún no comprendo como logra Snorr que no nos destruyan completamente. El haber recibido hasta ahora sólo daños menores no sé si será una cuestión de pericia o más bien se tratará de un milagro.
La Esperanza es un montón de veces mayor que un caza Skag, y aunque es tan rápida como ellos tiene mucha menos maniobrabilidad. En lo único que tenemos ventaja, una gran ventaja, es en nuestra potencia de fuego. En resumen, somos un mastodonte rápido, patoso y bien armado que se ha salvado de pura casualidad de quedar flotando en el espacio, y que ahora se ha convertido en base de dos cazas elf que salen de las bodegas de la basura (¡las únicas con compuertas automáticas!).
hasta ahora no ha habido novedad respecto a los skag, merot u otras alimañas semejantes. Ni siquiera necesitamos ser piratas: los elf han llenado nuestras bodegas para una buena temporada. No obstante Snorr piensa que si encontramos algo debemos atacarlo, porque un pirata no ataca sólo por codicia, sino también por placer.
Yo, la verdad, no siento ese placer de Snorr de darle gusto a los cañones, pero supongo que no hay nada que oponer a participar aún más activamente en esta guerra. Para Snorr participar en la guerra es destruir, arrasar, machacar, y no le parece suficiente lo que estamos haciendo. Yo, personalmente, entiendo que la prioridad es evitar la forma pasiva de esos verbos.
Allá cada cual con sus manías.
Hoy es el último día que pasaremos aquí, en este planeta increíble. En realidad nos iremos antes de anochecer, porque en este planeta los días tienen veintisiete horas y media.
La estancia entre los elf ha sido inolvidable. Salimos de aquí con un ánimo completamente distinto del que teníamos al llegar. Es como si algo de la casi inmortalidad de los elf hubiera entrado en nosotros. Todas las pequeñas dudas que reflejé en mi última anotación del diario se han ido disipando a medida que hablamos con algunos elf más y nos explicaron hasta qué punto es crítica su situación. No me extraña ahora que para ellos seamos una joya que hay que cuidar con el máximo cuidado, porque si nuestra misión sale mal va a haber muy pocas posibilidades de vencer a los merot.
Ojos de Muerte no está más cerca, ni hay menos peligros en el camino, ni la guerra ha mejorado, pero a menudo las cosas cobran el aspecto que queramos darles, y en este sitio no es posible agobiarse con nada.
La pasada noche organizaron para nosotros una maravillosa fiesta de despedida en la que escuché las canciones más bellas que he oído en mi vida. La melodía era tan hermosa que casi sentía ganas de llorar. Para los elf, sus canciones son algo más que música, algo más que entretenimiento: son lo único puro que han podido traerse a este lado del Universo. Una de esas canciones, la más corta, decía así:
Tanto se acercó la mariposa
a la refulgente llama
que el fuego, inmisericorde,
prendió en sus alas.
Y en el último momento de su vida,
mientras moría abrasada,
fue feliz la mariposa
pues supo que era el amor
lo que en verdad la quemaba.
Tuvieron que repetirlo para que yo pudiera copiarlo, pero creo que merecía la pena.
Snorr les ha contado a los elf lo sucedido con el Harattald y como fuimos salvados por los Inesperados. Contra lo que yo esperaba, no sólo no se rieron, sino que dijeron que tuviéramos cuidado con nuestros actos, porque ya no estaban escrito en el libro de Dios. Lo más preocupante de todo es que los elf son demasiado de fiar para tomar sus palabras como meras supersticiones. Tal vez los viajeros heredaron de ellos su creencia en los Inesperados. Eso lo explicaría todo. De hecho, explicaría muchas otras cosas, pero mejor es dejar ese asunto.
Dentro de unas horas se acabará el sueño.
Hay algo que me está rondando la cabeza y que no quisiera dejar pasar como una idea cualquiera. Probablemente sea una estupidez, pero hay algo maligno en la belleza que acumulan los elf, en sus magníficos edificios, sus espléndidos bosques e incluso sus personas.
Es como si fueran seres sobrenaturales, una especie de ángeles, pero no ángeles buenos precisamente. Hay algo de diabólico en tanta perfección, algo oscuro en tanta luz, como si esa luz fuera precisamente una pantalla para deslumbrar a cualquier posible observador y evitar así que vea con más detalle.
Ellos mismos reconocen que son los renegados, los que por unas u otras faltas debieron abandonar a los suyos para venir a este destierro, y no cabe acusarlos de hipocresía, pero cuando oigo a alguien confesar una falta o un defecto tiendo a pensar que lo que en realidad pretende es ocultar otro más grave.
No me imagino cual puede ser el mal que ocultan los elf, ni se me ocurre doblez alguna que reprocharles, pero a pesar de lo cómodo que me encuentro entre ellos, a pesar de su hospitalidad y de su ayuda, a pesar de todas la maravillas que me han mostrado y he descubierto por mí mismo, no puedo evitar la sensación de encontrarme en la guarida de algo grande, antiguo y oscuro, muy oscuro.
Algo hay en tal exceso de belleza que hace dudar de que y todo esto no sea más que un decorado, porque sé de sobra que la belleza no es lo mismo en todas las culturas y en teste planeta se encuentra todo lo que Snorr y yo consideramos grande. Aquí se combate con espada y se venera a los árboles, aquí se atesoran copias de obras de arte en los pasillos, aquí viven las mujeres más hermosas que jamás he visto, algunas de ellas incluso guardan cierto parecido con Hannah. Aquí, en suma, somos los primeros extranjeros en ser recibidos, porque jamás ser alguno había pisado este planeta. No sé si tanto tiempo en el espacio me habrá ablandado la sesera o me habrá endurecido el corazón, pero algo va mal, aunque nos hayan arreglado la nave y nos hayan dado las coordenadas del agujero de gusano, aunque nos agasajen con su mejor hospitalidad para hacer más agradables nuestro descanso, aunque nos den sus cazas, algo no va bien del todo.
Puede ser que tanto devaneo provenga de la envidia, de saber que mi raza no ha sido capaz de desarrollar una cultura y una sabiduría como la suya, pero alguien que no tiene defectos, alguien que lo hace todo, y todo lo hace a la perfección, tiene algo de irreal o de fingido.
Por supuesto, no le he dicho ni una palabra de esto a Snorr, y hasta siento cierto temor al escribir estas líneas. No sé muy bien a lo que temo, porque aunque leyera esto en voz alta a los elf no harían más que reírse, pero el hecho es que algo ha despertado aquí mi desconfianza.
De todas maneras, desconfiar del único que puede ayudarte y además lo hace no puede ser más que una estupidez.
Seguimos en esta sucursal del Paraíso llamada Falador mientras los elf reparan nuestra nave. Ya tiene de nuevo la tremenda capacidad artillera de antes, y aún más, por las mejoras que los técnicos elf han introducido.
Por cierto: algo no funcionaba bien en la depuradora de aguas y había sustancias que no se eliminaban completamente. Sin comentarios.
Es muy probable que permanezcamos aquí otros cinco o seis días aunque la nave estará mañana en perfectas condiciones, si es posible que ese cacharro lo esté alguna vez. Los elf opinan que nos vendrán muy bien unos días de descanso, y nosotros no tenemos nada que oponer, sobre todo sabiendo que los skag siguen aún ahí fuera, aunque cada vez más debilitados.
Los elf han añadido a la Esperanza dos cazas de los suyos para el caso de que la nave principal sea derribada o queramos ir a algún sitio sin necesidad de llevar la casa a cuestas, como los antalet.
En realidad, sirven para luchar con una maniobrabilidad equiparable a la de los cazas enemigos, pero yo no quiero ni pensar en salir al espacio en uno de esos trastos diminutos. Si llega el caso iré en el de Snorr y utilizaremos el otro como reserva.
Son unos aparatos preciosos: pequeños, ligeros, manejables y con una gran potencia de fuego para su tamaño. Está claro que los elf consideran muy importante nuestra misión; de lo contrario nunca nos habrían confiado dos de sus cazas para que podamos fisgar en ellos. Snorr está algo enfadado porque dice que los viajeros llevan años intentando robar uno de esos cazas y ahora se lo regalan, con lo que, moralmente, no puede desmontarlo.
Los humanos lo haríamos piezas hasta que no quedara ninguna mayor que una bujía. En eso somos mucho menos escrupulosos que los viajeros.
Respecto al planeta Falador, es simplemente maravilloso. Por supuesto, no he tenido tiempo para conocer más que una ridícula parte de él. Aquí viven los árboles más grandes que he visto en mi vida. Así es como yo me imagino esos árboles gigantes que dicen que hubo en la Tierra. Además, estos tienen unas admirables flores amarillas que desprenden una fragancia difícil de describir, pero que parece que calma los ánimos, que tranquiliza.
Probablemente contenga alguna sustancia psicotrópica o alucinógena, pero eso aquí no es ningún problema porque la gente no se mata por ellas.
La hierba se parece mucho a la de la Tierra, pero creo que es más oscura. Digo creo porque hace tanto tiempo que no la veo que ya no me atrevería a asegurarlo.
Los elf se gobiernan con una monarquía electiva, aunque aquí, en Falador, el gobernador no sirve para nada porque todo el mundo parece saber lo que tiene que hacer. Eliet me dijo que cuando el anterior gobernador se fue al otro lado, el rey tardo treinta y cuatro años en nombrar uno nuevo. Si llegamos a pasar en la Tierra ese tiempo sin gobierno, cuando al fin aparezca un dirigente ya no tendrá a nadie a quien gobernar.
Los elf no tienen ni idea de dónde puede estar la Tierra, pero me han dado una noticia importantísima: han encontrado una sonda terrestre que emite un mensaje para los navegantes extraviados como yo. El mensaje dice: «El viento no arrastra las sombras». Los elf no entienden nada, y yo tampoco, lo que es mucho más triste, pero pensaré en ello hasta que dé con la clave.
De todos modos, esa sonda es de poco antes de que se trasladara la Tierra, así que el lugar donde se encontró no aporta ningún dato. Lo único útil es el mensaje, que no logro comprender, pero contiene algo que me resulta vagamente familiar.
La opinión de Snorr es muy curiosa: cree que significa que la Tierra va a ser enmascarada de algún modo. Es una posibilidad pero no me ayuda en nada.
Volviendo a nuestra vida en Falador, he de decir que las mujeres elf son las más hermosas que he visto en mi vida. Hasta ahora sólo había visto hombres, aunque sé que hay mujeres elf combatiendo en esta guerra. También me ha llamado la atención el que, aunque los elf tengan una tecnología muy avanzada, sigan instruyéndose en el manejo de armas arcaicas, como la espada y el arco.
Snorr pudo darse el placer de luchar a espada con un elf, y es la primera vez que lo veo rodar por el suelo y además alegrarse. Perdió más de una docena de combates, y cuanto más humillante era la derrota más reía y con más brío volvía a recoger la espada para enfrentarse de nuevo a su adversario. Más tarde me explicó que se alegraba tanto de ver que aún había alguien en el Universo capaz de manejar una espada que no le importaba perder. Él creía que sólo los viajeros conservaban el arte de la esgrima, pero al ver que los elf también lo hacen y sabiendo que los elf no morirán en esta guerra, se llenó de alegría al descubrir que las últimas espadas no desaparecerían junto a los últimos viajeros.
En la lucha cuerpo a cuerpo la cosa estuvo más igualada porque Snorr es muy corpulento, pero también el elf era duro de pelar. Incluso Snorr envidió la escuela militar de los elf, así que los humanos ni siquiera deberíamos poder pasar por delante de ella.
Es una lástima que los elf sean tan pocos: si fueran más numerosos nadie se atrevería a atacar nuestra parte de Universo.
Dentro de unos días estaremos de nuevo en nuestra nave, envueltos en esta cochina guerra y empecinados en sacar adelante nuestra descabellada misión, pero el saber que existe un planeta como este nos ayudará a seguir adelante, porque hay algo bello por lo que luchar y un lugar para volver después de la victoria.
De esta bella gente sólo me queda una duda: tengo la impresión de que saben quienes son los merot, de dónde vienen y qué quieren pero cuando se lo pregunté se limitaron a sonreír. Lo más probable es que si prefieren no compartir esa información es porque tienen sus buenas razones, porque por una vez han abandonado su neutralidad para tomar partido, pero no deja de inquietarme ése silencio, sobre todo por lo que imagino.
¿Por qué será que en estos casos la imaginación es siempre peor que la más terrible realidad?
He dicho que es peor. En realidad, eso espero.
Estoy completamente anonadado por lo que nos han dicho los elf. Lo peor es que a Snorr le sucede lo mismo y es muy difícil impresionar a un viajero hasta ese punto.
Nuestras dos naves de escolta nos llevaron hasta el planeta Falador, donde comimos algo que no pudimos identificar pero que nos gustó a los dos (¡increíble!). Tuvimos oportunidad de bañarnos y de dormir en una auténtica cama; incluso pudimos asistir a una especie de espectáculo. Parece ser que aquí hay todos los días un entretenimiento diferente.
Tendremos que quedarnos al menos diez días para que reparen nuestra nave. Por cierto: me han dicho que seguramente podrán arreglar también mi equipo de música, así que se acabó lo de matar el silencio con chirridos afiot. Snorr dice que no notará la diferencia, pero creo que incluso él se alegrará de poder escuchar música humana. Precisamente en la música es donde más cerca estamos los viajeros y los humanos. Su música es como la nuestra, pero más cargada de bombo, por decirlo de alguna manera. Nunca han negado, sin embargo, su admiración por nuestros clásicos, especialmente los más antiguos, incluso los primitivos. No se puede decir que se conmuevan especialmente por la voz humana, pero muchas piezas de música vocal son ahora parte del repertorio viajero, especialmente de Bingen, Victoria, Bach, Mozart y Perski. Los nemesinos y los elf también interpretan a menudo nuestra música, y en la Tierra no era raro encontrar piezas elf en el programa de cualquier concierto. Se ve que como la música no requiere más materia prima que la sensibilidad y el talento es el campo donde más fructíferos han resultado los intercambios.
Estoy contando todo esto para evitar ir al grano, lo reconozco, pero es la única manera en la que puedo abordar un tema semejante.
Después de bañarnos, comer y ver el espectáculo, nos fuimos a dormir. Hacía años que no dormía tan bien. Por la mañana nos despertaron y nos sirvieron el desayuno en un pequeño salón con vistas a un bosque. Luego nos pidieron que fuésemos a la sala contigua, un lugar tan bien iluminado que se empeñaba uno inconscientemente en buscar la ventana por la que debía de entrar aquella luz. Allí nos aguardaban dos elf aparentemente jóvenes, que eran los encargados de hablar con nosotros.
Contra lo que Snorr y yo esperábamos, la entrevista no tuvo lugar en la sala donde nos recibieron, sino en el bosque cercano: los elf opinaban que un día tan estupendo no podía desperdiciarse hablando entre cuatro paredes, cinco para ser más exactos, y sugirieron que fuésemos al bosque para que los árboles nos prestaran la paz necesaria para hablar de temas tan serios.
Esa sola frase me impresionó, tanto por lo que decía como por lo que traía consigo. ¿Qué diablos puede pasar por la cabeza de un ser que prefiere hablar en un bosque para aprovechar la paz de los árboles? Desde luego, nada de lo que había en el planeta era corriente, así que tampoco podían serlo sus habitantes.
Agnor y Eliet, que así se llamaban nuestros interlocutores, nos guiaron a través de los largos pasillos del edificio, adornados sin excepción con pequeñas pero exquisitas obras de arte de todas las civilizaciones, y luego, ya afuera, hasta el bosque.
Agnor dijo que seríamos nosotros los que eligiéramos los senderos por los que caminar, pues como nosotros no conocíamos la floresta era esa la mejor manera de que ésta pudiera brindarnos la belleza de lo inesperado. Otro curioso razonamiento, aunque lo relacioné con la historia de Snorr sobre los Gabilkim y me hizo preguntarme qué sabían los elf de lo que nos había ocurrido en aquel infausto planeta de infausto nombre.
Caminamos durante mucho tiempo hablando de nuestro viaje, de cómo nos habíamos encontrado, de las batallas con los skag y de otros temas más triviales, como nuestra propia convivencia, la comida, o los ejercicios de combate cuerpo a cuerpo con que nos mantenemos en forma. La belleza del bosque era tan impresionante que Snorr no se atrevía a maldecir.
Entonces llegamos a un lugar donde había cuatro piedras lisas y los elf nos invitaron a sentarnos.
Aún no comprendo como pudo ser que caminando al azar llegáramos a aquel lugar, que evidentemente estaba preparado para nuestra entrevista. No lo entiendo pero he de reconocer que su significado filosófico me preocupa. A Snorr, en cambio, le preocupa menos la filosofía y más la posibilidad de haber sido controlado mentalmente de algún modo, pero esa ya es otra historia y ahora estoy tratando de contar nuestra entrevista con los elf.
Eliet fue el primero en hablar, y por él supimos que los elf vienen de mucho más lejos que los merot, de mucho más lejos que las estrellas cuya luz no alcanzamos a ver, de mucho más lejos que el último lugar que alcanzamos a imaginar. Los elf vienen del otro lado del Universo, de la otra cara, pues igual que una hoja tiene anverso y reverso, también el universo tiene dos caras, una cóncava y otra convexa, como si fuera una cuchara.
También supimos que están aquí porque fueron expulsados del otro lado, pero que tarde o temprano han de volver, y por eso algunos regresan y nadie los vuelve a ver. No son inmortales, pero ellos mismos pueden decidir el momento en que entregar sus vidas. Los elf mueren en un acto de generosidad, para entregar su sitio a los más jóvenes, y por eso nunca han tenido problemas de superpoblación. Sólo los renegados no mueren nunca, porque no aman a nadie lo suficiente para entregarse. Y son los elf renegados los que nosotros siempre hemos visto en esto lado del Universo, pero muchos conocen aquí el amor y regresan con los suyos para ofrecer sus vidas como muestra de que se han purificado. Y después de muchas eras vuelven a tomar cuerpo para gozar de la delicia de una vida sin miedo a la muerte, una muerte que llegará cuando sea tan dulce que dé lástima seguir viviendo.
Esto fue lo que nos dijo Eliet, y dudo que pueda olvidarlo algún día. O que pueda creerlo, por más que sólo tenga razones parea confiar en la buena voluntad de los elf
Luego Agnor dijo que eso no nos serviría de mucho y que nos habían llamado para contarnos otra historia más importante.
Agnor nos dijo que los elf, igual que mueren por generosidad, también saben vivir por generosidad, y por eso no nos dejarán solos en la guerra que ha comenzado. No les importa morir en combate defendiendo el mundo de los demás, porque también eso es muestra de haberse purificado.
Agnor nos prometió que intentarían que vinieran algunos de sus hermanos del otro lado para ayudar en esta guerra, pero también nos dijo que no serían muchos los que traspasarían la frontera, pues nadie quería mancharse por el contacto con un mundo lleno de odio. Sólo vendrán los más intrépidos y los más grandes de corazón, sólo aquellos que estén seguros de que el odio no podrá alcanzarles, y son muy pocos los que se sienten a salvo del odio.
Agnor también dijo que nos ayudarían en otras dos cosas: la primera fue mostrarnos la entrada y salida de dos auténticos agujeros de gusano.
Desde siempre se ha hablado de esos hipotéticos túneles que atraviesan la curvatura del espacio, pero nunca se ha encontrado ninguno. Ahora Snorr y yo sabemos las coordenadas de dos de ellos. El tiempo que se ahorra al utilizarlo es enorme, y su utilidad para aparecer por sorpresa, incalculable. Precisamente por eso sólo podemos transmitir su posición de palabra, en entrevistas directas, y nunca confiando en los sistemas de comunicación. Hasta ahora los elf sólo han hablado de esto a los viajeros, que llevan la dirección de la guerra, y han querido decírmelo a mí para que so lo comunique a los humanos, si un día encuentro la Tierra. Gracias a este conocimiento es posible que podamos asestar un gran golpe a los merot.
La otra ayuda de los elf es una oportunidad, la oportunidad de ir con ellos al otro lado si las cosas van mal en esta guerra. Nos han dicho que la entrada al otro lado es un agujero negro y nos han dado sus coordenadas. Es uno de tantos, pero sólo este tiene una salida al otro lado en vez de una estrella colapsada.
Si la guerra se pierde podremos pasar al otro lado, y allí nunca podrán seguirnos los merot. Pero esta posibilidad tiene un problema, un grave y difícil problema: para poder ir al otro lado hay que ser puro, hay que dejar aquí todo el odio, toda la ira y todo el mal que haya en nosotros. Si no, no se puede pasar.
Por eso es tan difícil la alternativa: o se gana esta guerra o se deja de odiar al enemigo y para poder ir al otro lado sin ningún rencor.
Creo que es mucho más fácil lo primero, muchísimo más fácil. Me temo que si llega el momento, muy pocos pasarían al reverso.
A partir de ahora luchamos contra dos enemigos: los merot y nosotros mismos. Los merot nos roban nuestra parte del Universo y nosotros nos privamos de la posibilidad de ir al otro lado, donde está la salvación.
Dios, que difícil nos pones la victoria.
Estos cinco días han sido los más intensos de mi vida. No sé cómo empezar, aunque tal vez sería bueno comenzar diciendo que de la artillería auxiliar ya no funciona nada; de la principal, gobernada por Snorr, el piloto, sólo funciona el 50 % y de la de cola, la mía, sólo es operativa el 30 %.
En el lado positivo están las diecisiete rayas que tenemos ahora en la carcasa.
He perdido varios kilos a causa de la tensión y la actividad constante. Incluso Snorr sudaba copiosamente, agarrado a los mandos con todo su empeño. Le he oído gritar de emoción, pero no me pareció extraño, porque yo también gritaba.
Ya habíamos derribado tres naves cuando fuimos alcanzados por los disparos frontales de la nave que capitaneaba la escuadrilla skag. Snorr perdió el control unos instantes y fuimos alcanzados de nuevo. Afortunadamente la Esperanza es una nave grande y dura y los daños no fueron cruciales.
Nos atacaron tres naves más, pero la escasa potencia de fuego auxiliar que nos quedaba derribó a una de ellas. Los cazas son mucho más ligeros y maniobrables, pero también mucho más frágiles y basta un sólo impacto para acabar con ellos.
En esos momentos, de las doce naves que se habían lanzado sobre nosotros quedaban ocho y estábamos bastante tocados, pero podíamos seguir luchando.
Las ocho unidades se agruparon para lanzar un ataque definitivo, pero Snorr hizo algo que nunca olvidaré: cargó frontalmente contra ellas, orientando hacia el grupo todo nuestro potencial de fuego. Fuimos alcanzados otras dos veces, una de ellas justo delante de mí. Tengo la cara chamuscada por el impacto y se me han quemado las pestañas y las cejas, pero no importa: destruimos otros cuatro cazas enemigos. Entonces, cuando las cuatro naves restantes iban a rematarnos aprovechando nuestra escasa potencia de fuego, aparecieron los elf en sus brillantes naves blancas. Llevaban una estrella como fondo y no se hicieron visibles hasta el final. No alcanzo a saber cómo lo hicieron pero las cuatro naves skag fueron abatidas en cuestión de segundos. Fue algo impresionate: algo parecido a un orgasmo militar producido por la victoria.
Ahora las dos naves elf, ¡que sólo son dos!, nos escoltan hasta Falador, donde llegaremos mañana. Allí repararán nuestra nave y nos darán provisiones además de la valiosa información que esperamos.
Después de esto, Snorr y yo nos sentimos algo más que compañeros de viaje y nuestra nave, de forma humana y color viajero, empieza a ser algo más que un maldito cacharro. Ahora es nuestro maldito cacharro.
Parece que aún no había llegado mi hora. Conseguimos salir de allí de milagro, pero salimos. Nos esperaban tres naves skag y se repitió la historia de nuestro primer encuentro con esas ratas de cloaca: dos de las naves fueron destruidas y la tercera huyó. Esta vez el combate fue más fácil porque ya estoy empezando a cogerle el truco a los skag. Los cañones de cola hacen estragos entre nuestros enemigos, que tratan de tomarnos la espalda para derribarnos. Snorr, inocentemente, se deja coger la cola, y yo los abraso en cuanto se ponen a tiro. Snorr dice que soy más malo que la escoria del Infierno, lo que significa que ha dejado de preocuparse de que falle y los sorprendidos seamos nosotros. Aunque reconozco que todavía me falta mucho por aprender, yo mismo me sorprendo de la sangre fría con que afronto el fuego enemigo antes de responder con el nuestro. Incluso me he librado del miedo que antes tenía y consigo mantener la calma cuando resultamos alcanzados, aunque hasta ahora no hemos recibido daños de consideración. Todavía recuerdo el ataque de histeria que sufrí cuando murió Alexis y la verdad es que ya no me parece posible que se repita aquello.
No sé dónde se han metido las otras naves skag pero tengo la impresión de que la suerte ha estado con nosotros en esta ocasión: seguramente habían ido a su base en busca de refuerzos y salimos en el momento oportuno. Snorr dice que también puede ser que se tratara de unidades desarmadas que recibían escolta de las que nos atacaron. Sea como fuere, ya era hora de que saliera algo bien.
Esta vez por sugerencia mía, hemos pintado siete pequeñas rayas blancas en el fuselaje de la nave como indicativo de los enemigos destruidos. A este paso tendremos un buen lugar entre los ases de esta guerra, aunque será difícil que lleguemos a ser los primeros porque hay ya un elf que ha derribado 91 naves enemigas, entre skag y merot. Ese tipo debe de ser hermano o cuñado del ángel aquel de la espada flamígera.
Nunca me he alegrado tanto de hacerle caso a Snorr con la tontería de la pintura como cuando nos ocultamos en la luna del planeta Salvación. Si no llegamos a pintar la nave de negro estamos apañados.
Por lo visto, el negro no siempre es el color de la muerte.
Las cosas se están poniendo muy feas. Los skag han vuelto a atacarnos. Esta vez se trataba de un escuadrilla de diez naves y hasta Snorr comprendió que era mejor esconderse. Tardamos en conseguirlo, pero finalmente logramos ocultarnos en la parte oscura de una de las lunas de un planeta que desconozco si tiene nombre, pero que si no lo tiene se llamará Salvación a partir de ahora.
Antes de escondernos logramos destruir dos naves skag, y esta vez digo logramos con pleno respeto a la realidad, pues una la destruyó Snorr en combate y a la otra la alcancé yo con la artillería de cola mientras nos perseguía. Ha sido un idea estupenda instalar la artillería de cola: nadie espera que dispongamos de semejante potencia y la sorpresa nos está dando unos resultados estupendos. Es algo parecido a una anciana soltando un tiro con su bastón.
Afortunadamente, la escuadrilla enemiga no se hallaba reunida, sino más bien en formación de rastreo, con lo que sólo tuvimos que hacer frente a las cinco primeras. Las otras cinco llegaron cuando ya nos habíamos escondido y parece que se están pensando dos veces la conveniencia de atacarnos, lo que no deja de ser normal en un sitio como este, donde no se ve gran cosa y losa instrumentos funcionan como quieren
Las armas de funcionamiento automático están cumpliendo también su papel (no permitir al enemigo acercarse por los costados), pero desde que nos destruyeron la antena de detección las del lado derecho no funcionan, así que tenemos que andarnos con cuidado.
Lo más excitante, por llamarle de alguna manera, es que estoy escribiendo esto desde la luna donde nos escondimos. Snorr quiere esperar unas horas antes de asomar la nariz fuera, a ver si nos esperan, así que escribir es una más de las formas de calmar el nerviosismo. También puede ser que hayan llegado refuerzos, y entonces no tendremos salvación.
Si el diario se corta aquí quiero que todo el mundo sepa que estos meses han sido los más intensos de mi vida y que merece la pena morir a bordo de una nave armada. Si todo sale bien, volveré a escribir mañana contando lo que pasó.
Hasta mañana o hasta nunca.
He olvidado decir que en el fallido ataque a la nave afiot conseguimos algo más que unos litros de agua y un sistema de comunicaciones que no sabemos cómo funciona: conseguimos un pequeño, rudimentario y desafinado equipo de música. La grabación más moderna es de 2871, pero un poco de música, aunque sea música afiot, siempre es de agradecer.
Por razones que todavía no puedo comprender, y dudo que llegue a entenderlas nunca, el ordenador de a bordo tiene voz, y hasta varias voces, pero no puede interpretar música alguna, ni reproducir grabaciones, ni siquiera convertir en sonidos los millares de partituras que hay en sus bncos de memoria.
Mi aparato se estropeó al mismo tiempo que el sistema de comunicaciones, y las grabaciones que tengo no son compatibles con el aparato afiot, así que tendremos que digerir música aguda y estridente, aunque es mucho mejor que el silencio de las estrellas.
A veces pienso que el silencio es un ser vivo que nos abraza y nos acaricia, tratando de convencernos de que nos suicidemos. Veo al silencio como a una hermosa y maligna mujer que te ofrece sus encantos, lasciva y tentadora, y aguarda con un puñal bajo la ropa para asesinarte en cuanto la abraces. El silencio es a menudo tan tentador porque calma nuestras heridas, pero en realidad no es más que una droga que nos ayuda a morir. La verdadera solución está en las palabras, en echar fuera eso que queremos guardarnos sólo para nosotros, porque en el fondo no hacemos sino regocijarnos en el dolor que sentimos. Hay que darle un puntapié a la ramera del silencio, hay que gritarle que no nos interesa su maldito cuerpo. Lo malo es que tarde o temprano el silencio nos alcanza y se vuelve tan espeso que los podemos sentir en las yemas de los dedos, y cuando palpamos el silencio sentimos un escalofrío al darnos cuenta de que acariciamos la nada, de que en nuestra boca ya no hay palabras hermosas que pronunciar... y entonces echamos de menos a Hannah, y lloramos por ella, pero también en silencio.
Si, lloramos en silencio porque ni siquiera tenemos valor para llorar con franqueza, como los niños pequeños, que aún no tienen miedo a nada. Y así, un silencio nos lleva a otro hasta que no sabemos cual fue el primero, y envenena nuestra lágrimas para que nos escuezan los ojos en vez de ayudarnos a ver más claro. Me he prometido que nunca más lloraré en silencio: si he de hacerlo, al menos que sea para librarme de mis penas y no para guardarlas en esos horribles cofres donde los desesperados atesoran sus miserias.
Yo he estado desesperado y sé lo que ocurre cuando no se busca una salida con el suficiente coraje. Hace tiempo, antes de encontrar a Snorr, cuando estuve al bordo del suicidio, escribí algo sobre la desesperación, algo que no vale mucho pero prefiero que no se pierda, como ocurre con la mayoría de las cosas que guardamos. Decía así:
En las llanuras de la autocompasión,
envuelto en la sórdida manta
de las razones que huyeron,
yace en pie un cadáver nuevo.
Sus ojos sin mirada
vagan a la deriva
por donde acaso hubo horizonte
buscando el punto de fuga de sus perspectivas
sin saber que cualquier punto es de fuga
cuando se miran los paisajes de la nada.
Harto de malvivir en su lucha
prefirió bienmorir en conformidad
y se ha cortado las venas de la ilusión
con la hoja con que antes se afeitaba
las derrotas cada mañana.
Con las heridas abiertas
pero sin sangre que manar
se clava en el suelo como un árbol seco
que eleva sus brazos al cielo
implorando un leñador,
y entre tanto, yace erguido,
muerto pero en pie,
en pie, pero muerto.
Yace al lado de otro hombres,
cadáveres anteriores
descarnados de valor,
reencarnados en miseria:
son los militantes del suicidio,
ahorcados con la soga del para qué,
paraqueidistas con bandera blanca,
espectros de proyectos malogrados,
mal logrados espectros que proyectan
lúgubres sombras de olvido,
tan vasta que incluso ellos
olvidaron que están muertos
y en quimérica existencia
malríen, malaman y malsufren
hasta que remueren.
Yo fui un desesperado que tuvo la suerte de resucitar, aunque más que la suerte fue el coraje lo que me devolvió a la vida. Ahora tenemos la música de los afiot, una basura de música, pero una basura que mata a este aterrador silencio que nos envuelve. ¡Bendita sea la música de los afiot!
Primer percance realmente gordo desde que emprendimos nuestro viaje hacia Ojos de Muerte.
Nos ha descubierto una patrulla skag y hemos sido atacados. Snorr se ha puesto a los mandos y yo a la artillería de cola. El combate duró casi un cuarto de hora. Hemos recibido algunos impactos y nos han destruido alredor del 20 % de la artillería, pero no tenemos daños en ningún punto vital.
Conseguimos destruir a tres de las cuatro naves de la patrulla, pero la cuarta logró huir y no tardarán en aparecer muchas más avisadas por la unidad superviviente.
Antes era imposible encontrar a esas hienas por la zona, pero las últimas noticias hablan de que han establecido alguna base en las proximidades de los dominios elf. Lamentablemente, hemos tenido que llamar al Mando para confirmar esa hipótesis, y los muy canallas han respondido que ya estaban al corriente, ¡pero nos lo dicen ahora!
Lo peor de todo es que los elf piden disculpas por no poder ayudarnos. Tienen sus fuerzas demasiado lejos y tardaremos nosotros menos en llegar a zona segura de lo que tardarían sus naves en venir a escoltarnos. Gracias a eso estaremos solos hasta el día 23, cuando llegaremos a Falador, y a la vista de la situación haremos los posible por llegar antes, aunque haya que arriesgarse con la navegación un poco más de lo que yalo estamos haciendo, que no es poco..
La otra novedad es que, al fin, Snorr se ha salido con la suya y hemos pintado la nave de negro. Llevo un mes negándome sistemáticamente a cambiar el blanco con rayas rojas y azules de mi nave exploradora por el negro boca de Infierno de los viajeros, pero después de ver cómo pilotaba durante la batalla no he tenido fuerzas para decirle otra vez que no.
No me parecía ni razonable ni de buen agüero pintar de negro una nave llamada Esperanza, pero al fin y al cabo hay que reconocer que el negro es una ayuda para la lucha a corta distancia.
Ahora mi pobre nave exploradora es una nave humana, con silueta de nave humana y pintada a toda prisa de color viajero. En circunstancias normales, un viajero me atacaría pensando que el color es un disfraz y un humano también me atacaría pensando que se trata de una nave capturada por el enemigo. Genial.
Como concesión, y para darme a entender que sigue siendo mi nave, Snorr ha dibujado en un costado la flecha alada de los exploradores y en el otro el emblema humano de los piratas, la tradicional calavera con dos tibias cruzadas.
El condenado viajero quería entrar en una de las naves skag destruidas para coger su aparato de comunicaciones y tratar de interceptar sus mensajes, pero se impuso mi prudencia y decidimos finalmente no perder las horas necesarias para hacerlo. Con pintar ya era más que suficiente, por mucho que diga Snorr que huir a todo prisa es una muestra de debilidad animaría a los skag en su persecución. En realidad lo del tiempo es lo de menos: las naves skag llevan tres tripulantes y lo más probable es que si la nave quedó entera sobrevivieran al menos dos de ellos. Para abordarla tendríamos que ir los dos, y si en ese momento vuelven a aparecer los skag, estamos perdidos.
Snorr se ofreció a ir él solo, pero el problema es el mismo, porque si vinieran los skag yo tendría que largarme y dejarlo abandonado, y si piloto yo la nave me machacarán en menos de lo que un electrón tarda en recorrer su orbital.
La otra solución, que vaya yo solo, también es un perfecto suicidio, porque al fin y al cabo yo soy un explorador y no un soldado, así que es natural que no sepa hacer ciertas cosas. La opinión de Snorr sobre los tipos que no se atreven a abordar solos una nave derribada es mejor no reproducirla aquí: creo que heriría la sensibilidad de una serpiente venenosa.
El episodio ha terminado con la destrucción de las tres naves skag para que no haya supervivientes. Odio los cochinos métodos de los viajeros, pero reconozco que es la única manera de no volver a encontrarme a los mismos tipos pilotando otras naves.
Esta guerra es una mierda.
6 de Octubre de 3081
Todo sigue igual. Ha pasado una semana desde la última vez que escribí y no tengo más que un par de cosas que contar. La primera es que ha vuelto a cambiar el lugar de encuentro con los elf y ahora será en el planeta Falador. Está en el mismo sistema que el anterior, así que el cambio no tiene importancia a efectos de tiempo y desconozco si significa alguna cosa o supone señal de confirmación o contratiempo, porque nunca he tratado con los elf y no estoy al tanto de sus pequeñas sutilezas diplomáticas, como dice escuetamente el ordenador de a bordo.
Las otra noticia es que nos hemos estrenado como corsarios: el objetivo ha sido una nave afiot que Snorr detectó en los instrumentos. No se movía y la alcanzamos rápidamente, pero fue un chasco, porque aquello era una chatarra abandonada por lo menos trescientos años atrás. De la tripulación, ni rastro; por suerte para ellos debieron de ser rescatados.
Respecto a la carga, era una nave de transporte mineral, así que nada de lo que llevaba a bordo nos servía. Lo único aprovechable fue el maldito aparato de comunicaciones. Con este tenemos cuatro, pero ninguno sirve para lo que lo necesitamos. Con el aparato afiot tenemos además el problema de que no sabemos cómo funciona, así que no hay manera de adivinar si el zumbido que suena de vez en cuando es un mensaje codificado o una interferencia.
Además de la radio nos llevamos un mapa del planeta afiot, que no nos sirve para nada pero no deja de ser curioso, una caja de herramientas y trescientos litros de agua para nosotros y nuestras plantas. Resulta agradable cambiar de vez en cuando el agua y no beberse todas las semanas la misma.
También vaciamos su despensa, pero luego hemos tenido que tirarlo todo: es simplemente asqueroso lo que comen esos afiot. Por último, como buenos corsarios, destruimos completamente la nave con nuestra artillería. ¡Menuda potencia de fuego manejamos!
Salvo esto, no ha sucedido nada digno de ser contado, pero como no se escriben diarios para contar cosas sino para matar el tiempo, diré que por mucho que se empeñen en llamarse a sí mismos los de alma brillante, los viajeros también conocen el aburrimiento, porque tarde o temprano hasta ellos se cansan de revisar el equipo y hacer ejercicio.
El aburrimiento, que yo sepa, es el único sentimiento completamente universal. Probablemente sea en eso donde más se note que Dios hizo el mundo a su imagen y semejanza.
O a lo mejor lo de Dios era amor. Vete a saber.
Sólo la proyectada entrevista con los elf me ayuda a apartar de mi mente las oscuras divagaciones en que siempre caigo antes de los periodos depresivos.
No ha habido una sola noticia de la guerra desde la última vez que escribí. Para entretenerse y mantenerse alerta, Snorr ha puesto en funcionamiento el sistema de detección lejana. Él se toma muy seriamente su papel de corsario, pero parece que las víctimas no se toman nada en serio su papel de objetivos y no aparece un bicho viviente en un parsec a la redonda. Sólo se observan algunos planetas, un montón de asteroides sin perro que les ladre ni estrella que los alumbre y un pobre cometa que no pertenece a ningún sistema y ni siquiera tiene un kneip que lo siga. Qué triste debe de ser la vida de ese cometa, yendo siempre a ninguna parte para acabar enfriándose en algún perdido rincón de la nada, si es que la nada tiene rincones. Espero no acabar yo así, triste y abandonado, buscando un planeta contra el que estrellarme para terminar de una vez mi vida de fantasma errante.
Lo bueno que tienen las guerras es que ofrecen muchos lugares donde encontrar una muerte digna, sin necesidad de languidecer poco a poco. A los viajeros también les deprime la inactividad y la monotonía, pero nunca la falta de futuro, porque ven la muerte como una última esperanza. Para ellos la esperanza no es un sentimiento, ni un estado de ánimo, ni un deseo: es una forma de vida y, como tal, respetan la esperanza y la practican como si fuera su religión.
Es difícil explicar su mentalidad, sobre todo porque está tan alejada de la nuestra que parece que no estamos hablando de la misma cosa.
Esto va a parecer un libro de Schorder, de los que Dios sólo lee el prólogo, porque el resto le da dolor de cabeza, pero voy a intentar explicar su modo de pensar.
Para los viajeros nada justifica perder la esperanza porque siempre hay algo CONTRA lo que luchar, algo contra lo que enfocar la falta de perspectivas. Para ellos, cada guerra, cada lucha, es una nueva oportunidad de dar sentido a sus vidas. Por eso, cuando los viajeros son tan viejos que ya no pueden seguir luchando contra nada, buscan a su mayor enemigo y se lanzan contra él en un suicidio asesino.
Cuando me enteré de todo esto se me ocurrió una pregunta: ¿es que todos los viajeros son guerreros? Y la respuesta es que sí, que en algún momento de sus vidas todos los son, y sólo se quedan en el ejército los desesperados, lo que necesitan luchar porque no tienen otra cosa a la que aferrarse. Por eso es tan peligroso el ejército viajero: porque es un inmenso grupo de desesperados en busca de algo en lo que creer.
Los viajeros no buscan un camino por el que avanzar: ellos mismos son camino hacia algo que desconocen pero creen que se alcanza con el coraje de seguir siempre adelante. "Un verdadero camino no debe volver nunca atrás, porque todo el mundo lo abandonaría", dicen ellos. Un viajero tampoco se vuelve atrás y avanza en medio de otros caminos.
A menudo no saben por qué luchan, ni en lo que creen, pero no pueden dejar de creer ni de luchar. Para ellos no es necesario creer en algo, basta con creer, simplemente, y que nadie me pregunte la expresión práctica de semejante premisa porque yo no soy viajero. La fe, como la esperanza, también es una forma de vida.
Ya sé que no hay quien entienda todo esto, pero Snorr se ha esforzado en contármelo y no quiero que se pierda.
Para los humanos la aventura es avanzar hacia lo desconocido, sin saber lo que nos espera. Para los viajeros la aventura es avanzar hacia lo que conocen y temen, hacia lo que hace que les palpite el corazón a toda prisa.
Para mí, este viaje es una aventura desde que salí de la Tierra. Para Snorr la aventura comenzó cuando aparecieron los merot, la más seria amenaza que ha pesado sobre las civilizaciones del Universo conocido.
Y así, tan distintos y tan juntos, seguimos en esta boñiga espacial, armada en corso para mayor cachondeo, listos para avisar a la Tierra de que es necesaria su ayuda en la guerra contra unos seres que nadie sabe de qué provincia del Infierno han salido.
Tal vez lo consigamos.
Las torturas de los viajeros no han surtido efecto: los prisioneros merot han muerto sin decir palabra, ni sobre las razones de su repentino ataque ni sobre cualquier otro tema.
Cuando le he comentado a Snorr que me parecía abominable haber torturado a los prisioneros hasta la muerte me ha respondido con un corte de mangas antológico. Aprende deprisa las groserías humanas.
Lo que si han descubierto es que aunque los merot tienen una forma de pensar completamente independiente, han recibido una educación tan doctrinal y homogénea que todos piensan de la misma manera, lo que en realidad significa que el único que piensa es el que gobierna el sistema educativo. De esto se puede deducir también que son muy parecidas, si no idénticas, las circunstancias vitales de cada individuo, porque de otra manera no se explicaría tanta coincidencia. Al final va a resultar que nos estamos enfrentando a un pueblo lanar.
No quiero ni imaginarme lo que habrán hecho los viajeros para descubrir todo esto, porque, la verdad, no creo que lo hayan visto en una bola de cristal.
Snorr lleva dos días llamando por todos nuestros aparatos de comunicaciones para recabar noticias sobre la marcha de los acontecimientos. De momento sólo ha logrado ponerse en contacto con su propia gente y con los vergessinos, que no tienen nada que contar. Los kneip no hablan con nadie: se limitan a enviar comunicados sobre sus actividades. Lo mismo hacen los sokoy.
Desde que somos piratas he desarrollado cierta simpatía por los sokoy, aunque nosotros seamos unos piratas fracasados que no han localizado todavía ni un cochambroso asteroide con rastros de civilización.
Respecto al miedo que tenía antes a entrar en combate, puede irse a hacer puñetas a un gorila viudo. Ahora no le tengo miedo ni a la explosión de una supernova.
La comida se está haciendo otra vez terriblemente monótona. Espero que los elf tengan algo sabroso con que rellenar los depósitos de nuestra cocina de a bordo porque, si no, Snorr y yo vamos a acabar peleándonos para decidir quién se come a quién, y eso no parece una buena idea, sobre todo para mí.
Si esto acaba algún día y alguien pronuncia en mi presencia la palabra guisante juro que lo mataré. Juro que lo mataré.
Porque, la verdad, no me explico como una nave cargada con lácteos para diez meses, carne para seis y pescado para tres, puede estar abastecida de guisantes para cinco años. Será un alimento muy rico en todas las sustancias que les dé la gana a los de logística, pero creo que se han pasado.
O a lo mejor se equivocaron y llevo yo todos los guisantes de la flota. ¡Y es que además no me gustaron nunca!

Nave Skag. Foto procedente del archivo de la NHE "Buena Estrella"
Últimamente estoy escribiendo más a menudo debido a las pocas cosas que hay que hacer a bordo y también, por qué no decirlo, para librarme de las terribles palizas a la que Snorr me somete en las prácticas de lucha cuerpo a cuerpo.
A su feroz técnica he añadido unas cuantas marrullerías que aprendí en mis años mozos, así que tanto Snorr como yo hemos mejorado mucho. Él ha aprendido tanto que se ha convertido en un verdadero especialista en patadas en la espinilla, cabezazos en la nariz y otras finezas que prefiero no mencionar.
Por las noticias que van llegando, los merot son todo cerebro. Tienen prevista cualquier circunstancia y por eso parecen imaginativos; de hecho, se cree que su planificación es tan amplia que no hay posibilidad que no se hayan planteado antes. Son como un ordenador que juega al ajedrez: el ordenador no es imaginativo, pero tiene previstas las jugadas del contrario y puede responder a ellas automáticamente.
Todavía no he decidido si creo que esto es buena o mala suerte, pero no me gusta tener enemigos de esa clase. Acabo de decidirme: es mentira; seguro que hay alguna posibilidad que no han valorado correctamente, seguro que hay algún resquicio en la probabilidad o en la casuística por donde se pueda desequilibrar su sistema. Para funcionar de manera semiautomática hay que tener en cuenta la probabilidad de que se den una serie de circunstancias y tarde o temprano se producirá un hecho con sólo un cero coma tres por ciento de probabilidad, y para eso no estarán preparados.
Entre tanto, ya ha caído un planeta habitado en poder de los merot. Se trata de una colonia de pipistrelli de sólo dos millones de individuos. Las noticias que llegan de allí dicen que los merot se han limitado a nombrar a un gobernador e implantar sus leyes, que curiosamente castigan las infracciones graves con el destierro y no con la muerte. También han solicitado la colaboración de la población, que, por supuesto, se niega a todo contacto más allá de lo obligatorio.
Ya han sido desterrados unos quinientos pipistrelli. El destierro se realiza hacia lo desconocido, hacia los mundos de los merot. Como siempre sucede en estos casos, se barajan las más increíbles teorías.
Tal vez tengan razón los merot y esta sea la mejor manera de infundir terror, pero por el momento no ha servido para que los pipistrelli se sometan a sus órdenes. El resto de sus leyes no parecen demasiado draconianas: en realidad son más suaves que las que los viajeros imponen a sus conquistas.
Se decreta el toque de queda a partir de una hora razonable; los tributos son altos pero no insoportables; las órdenes del gobernador no son ni crueles ni descabelladas y se encaminan sobre todo a mentalizar a la población de que todo ha terminado.
Yo, personalmente, creo que están intentando hacer una maniobra para convencer a la población de que su vida no va a cambiar demasiado y así imbuir más fácilmente la mentalidad merot en los territorios ocupados. Además podría ser una estratagema para convencer a las razas más remisas a la lucha de que más vale ceder ante un buen ocupante que morir a sus manos.
La verdadera cara de los invasores se vería si todas las posiciones estuvieran claramente decantadas, pero al no ser así es difícil no sospechar que todo sea una acción propagandística. Si los merot se muestran razonables, es muy probable que algunas civilizaciones los consideren una raza imperialista más y acabe prefiriendo la neutralidad.
Todavía no se sabe lo que buscan los merot. No se sabe si necesitan espacio vital, atacan por simple ansia de conquista o buscan alguna materia prima agotada en la parte de Universo que ellos controlan. Ese conocimiento sería vital para nosotros, pero me temo que lo sospechan y precisamente por eso se esfuerzan en ocultar sus razones. Con tanto sigilo para ocultar sus intenciones, es imposible que nadie se fíe de su comportamiento con la pequeña colonia pipistrelli.
Snorr también piensa que se trata de un vulgar truco para conseguir que las razas más cobardes prefieran rendirse a luchar contra un enemigo tan superior. Naturalmente, a los viajeros no les importa la raíz cuadrada de una mierda si los merot son duros o suaves con sus vasallos o si dan muerte o no a sus prisioneros. Para ellos no hay más camino que luchar, sea contra quien sea, al precio que sea y con las oportunidades de victoria que quieran depararles las circunstancias. Si los humanos aparecieran creo que harían lo mismo, pero como no hay manera de saber dónde diablos se han metido, no se pueden hacer más que vanas conjeturas.
En estos mismos momentos acaban de informar de que los viajeros han interceptado a una vanguardia merot que amenazaba su planeta principal. La avanzadilla enemiga ha sido destruida y cinco de sus tripulantes han sido hechos prisioneros. No se habla de bajas en el lado viajero, lo que Snorr interpreta como que han sido numerosas.
Los prisioneros serán torturados hasta que expliquen, en el idioma que sea, las razones del ataque merot. No me gustaría estar en el pellejo de esos pobres diablos....
Hoy nos ha llegado la noticia de que el planeta de los viajeros ha sido atacado por los merot. La agresión fue repelida, pero hay muchas muertes entre la población civil. Snorr está muy apesadumbrado y dice que quiere tener una charla con los merot. Nada de achicharrarlos, nada de usar sus tendones para atar ganado, sólo tener una conversación. Me temo que pronto voy a ver a un viajero en acción: una verdadera fiera, y creo que me exigirá que yo también lo sea. Me pregunto si sabré ser una fiera.
Tiene que ser desesperante ir a la guerra y saber que los tuyos no están a salvo, que tal vez están muriendo indefensos en ese mismo momento en que tú no estás haciendo nada.
Snorr dice que esta no va a ser una guerra normal, como las de los humanos contra los viajeros. Cree que esta va a ser una guerra total, tan total que sólo se podrá ganar o morir, porque no valdrá la pena vivir después de la derrota.
Ha logrado convencerme de que armemos la nave en corso. Es un hecho simbólico, y aunque a mí me parece una tontería, Snorr lo considera muy importante, así que desde ahora la Esperanza es una nave corsaria que, lejos de su flota, atacará, destruirá y saqueará sin previo aviso a cualquier nave no amiga que encuentre en su camino.
Por lo tanto, voy en una nave pirata. De hecho, Snorr tiene intención de atacar no sólo a las naves enemigas sino también a todas las que no quieran colaborar con nosotros y lleven algo que pueda sernos de utilidad. A mí me da igual, porque no hay civilizaciones neutrales y sé que tenemos prioridad absoluta, así que nadie nos va a denegar la ayuda que pidamos. De todos modos, si hubiera problemas sabríamos hacer valer nuestra prioridad, y sobre todo nuestra artillería.
He hecho prácticas como artillero de cola y me he convertido en un buen tirador, así que ya no soy un peso muerto.
De todas maneras, Snorr quiere que nos desprendamos de la unidad geológica si encontramos más armamento que pueda ser dirigido por un sistema automático de puntería.
Ahora que me doy cuenta: hemos cambiado el nombre a la nave. Ya no es la Buena Estrella, sino la Esperanza, nombre mucho más acorde con nuestra realidad, me parece. No hay nada más gracioso que llamarse Esperanza cuando se va armado hasta los dientes.
Entre las noticias de hoy figuraba una muy alentadora sobre la entrada en acción de las dos primeras escuadrillas nemesinas. Al parecer son como rocas defendiendo sus posiciones, y aunque atacando no son tan buenos, con el tiempo mejorarán.
Esto no lo dicen las noticias, pero yo tengo la impresión de que la tormenta merot se está formando y el Mando no tienen ni idea de cómo detenerla. Sus vestiduras blancas se están extendiendo por todas partes como un cáncer, como los dedos de una mano que aún no se ha cerrado. Snorr piensa que lograremos no sólo que esa mano no se cierre, sino que tarde o temprano iremos a cortar la cabeza que la gobierna desde algún remoto mundo.
Yo no puedo ser tan optimista, pero espero que la furia de los negros merot no logre acallar la imaginación de los humanos, ni el indomable fuego de los viajeros, ni el brillo de los elf, ni el genio de los kobold, ni el valor de los nemesinos, ni la arrogancia de los sokoy, ni el insondable misterio de los kneip, ni tantas cosas irrepetibles que pueblan esta parte del Universo, incluida la repugnante cobardía de los ondiros.
Cualquier cosa es mejor que una uniformidad negra vestida de blanco: incluso una huida hacia adelante como la que estamos protagonizando en esta nave.
¡Dios mío, como echo de menos a Hannah! No es que ahora me sienta más solo que antes: al contrario, estoy muy a gusto con mi extraño compañero de viaje. Tampoco es que sienta especial necesidad de cariño, pero en estos momentos que estoy viviendo me gustaría tener a alguien a quien contárselo, alguien que quisiera escuchar mi historia por una razón distinta de la curiosidad.
Es en los momentos más intensos cuando se siente con más vehemencia el deseo de que alguien piense en ti, de no flotar en un intersticio entre el mundo que conociste y el que no sabes si existe, en una grieta del tiempo donde nada está completamente definido.
Quizás todo salga bien y pueda regresar a la Tierra, quizás todo salga muy bien y pueda regresar a la Tierra después de ver derrotados a los merot, pero tal vez en la Tierra no haya nada para mí, salvo mi raza y mi civilización. Allí no me espera nadie: todos me creen muerto.
Todos verán al héroe, al explorador perdido, al guerrero que se unió a los viajeros, pero nadie estará esperando por Albert Wandel, el hombre que desea volver a ver su Hannah, pero no sabe si ella murió o se casó con otro, convencida de que él nunca volvería.
Si todo sale bien habré sacrificado mi vida a la Humanidad, y la verdad, la Humanidad me importa un carajo. ¡Al diablo la Humanidad!
Siento nauseas sólo de pensar en los homenajes, en los parabienes que me dedicarán si un día regreso; y en todas las enciclopedias y anuarios incorporando mi nombre a sus últimas ediciones, como premio, justo premio a mi esfuerzo y mi sacrificio. Porque la posteridad siempre es un premio, es el pago que entienden justo para el que ha perdido su tiempo por gente que no le importaba en absoluto.
Si vuelvo, pasaré sin duda a la posteridad, pero no conozco a nadie que haya podido comprar un minuto más de vida a cambio de esa asquerosa trascendencia, y yo lo que necesito es tiempo, tiempo para recuperar mi vida, tiempo para emplearlo junto a la gente que quiero, porque tanto me da si me recuerdan o no cuando haya muerto. A veces, cuando me conformo con la superficie de las cosas, saboreo la vanidad de pasar a una historia que no sé hasta cuándo durará, pero luego vuelve siempre la consciencia de que ninguna vanidad vale lo que a menudo piden por ella, y menos aún, casi es un chiste, la vanidad de los muertos.
Si un día regreso, habré conquistado con todos mis sufrimientos un lugar entre otros varios millares de nombres, entre artistas, científicos, estadistas, visionarios y criminales, unos cuantos paquetes de memoria en todos los ordenadores de la Tierra y algunos de otras civilizaciones, pero no sé, no soy capaz de adivinar que han ganado con ello los que ya están inscritos en esos listados. No sé qué diferencia hay entre figurar en el monumento a los caídos o en el registro civil, o en ninguna parte, y como no lo sé no estoy dispuesto a mover un dedo por el aplauso o el recuerdo de gente a la que nunca conoceré.
Hacer depender la vida de la memoria de los demás es ser un mendigo eterno.
Formar parte de una historia me ha hecho ver la vida de una manera muy diferente. No es lo mismo andar errante por el espacio que andar semiperdido sabiendo que tienes una importante misión que cumplir.
Quizás Ojos de Muerte sea el último puerto, pero también puede ser un lugar de paso hacia la Tierra, el adorado planeta azul que tanto echo de menos. Cuando vivía en la Tierra no dejaba de pensar en la belleza de las estrellas, del Cosmos inconmensurable. Ahora pienso que la verdadera belleza está en la sutileza de las pequeñas maravillas que abarrotaban la Tierra.
A veces me pregunto qué es la belleza y no puedo dar más respuesta que aquello que nos hace sentirnos bien con nosotros mismos.
Una vez leí que la belleza es un mundo traicionado que sólo puede encontrarse donde sus enemigos la han abandonado por error. La frase me impresionó, pero no puedo estar de acuerdo con ella porque soy mucho más maniqueo: creo que la belleza es un mundo traicionado que aún puede encontrarse donde sus defensores han logrado resistir. Ni puedo ni quiero creer que la belleza haya sido dejada a su suerte; prefiero pensar que pequeños y silenciosos ejércitos se encargan de su preservación, de su infiltración en la fealdad general del mundo. Detesto la vieja manía de encerrar en un museo todo lo que se considera bello, lo detesto aunque sólo sea por poner muros y puertas a lo que debería servir de ejemplo y modelo, porque en cada lugar en que se levanta algo bello la fealdad empieza a retroceder, por vergüenza, por cierto inaprensible rubor, por la imposibilidad de mantener una desfachatez que no se nota en los lugares en que la belleza no ha puesto nunca sus plantas.
A menudo me acuerdo de aquella pequeña nave que un grupo de románticos lanzó al espacio para que emitiera música constantemente. Ellos intentaron que la belleza, la inmortal belleza de la música se extendiera por todos los rincones del espacio, y aunque también es cierto que esa nave fue destruida luego porque interfería las comunicaciones, eso no hizo menos hermoso el intento de sembrar de música el Universo.
Los anomeya tienen un enorme museo con lo que ellos consideran las cosas más bellas del Universo, pero sin embargo no hay música en él porque piensan que la música no es bella en sí, sino que es una simple fuente de sentimientos que actúa con un mecanismo todavía desconocido. Quizás los anomeya sean muy materialistas, pero incluso ellos reconocen que hay cosas que sin ser tangibles les hacen sentir mejor.
Yo, por mi parte, cada día dudo más sobre lo que es belleza, porque casi todo lo que consideraba bello quedó en la Tierra. He llegado a amar mis recuerdos como nunca creí que llegaría a hacerlo.
En los recuerdos viven las personas a las que hemos querido y que no volveremos a ver. En los recuerdos vive también la persona que fuimos y la que quisimos ser y se quedó por el camino, y a menudo uno extiende el egoísmo a todos esos Yo hipotéticos que ya no podrán ser reales.
En mis recuerdo vive Hannah, con su melena, con sus ojos brillantes y melancólicos pidiéndome que no me fuera otra vez. En mis recuerdos vive Hannah quemándome de dolor, y es ese dolor precisamente lo que más amo, lo que guardo en un recóndito santuario, porque sus cadenas me impiden perderme en la nada espiritual. Son siempre las cosas que más duelen, las que pesan sobre nosotros como una cruz, las que de verdad hacen que nuestras vidas merezcan la pena. Son el sentir, el sufrir y el recordar ése sentimiento y ése dolor los que ejercitan nuestro espíritu para soportar las más terribles cargas y los que nos pegan al suelo para poder seguir caminando.
Una vida sin nada en la que pensar sería tan ligera que se elevaría por el éter hasta fundirse con la nada. A veces he sentido ésa sensación, ése saber que la vida pasa y no estás satisfecho con ella, ése avanzar hacia una libertad que sabes que no te va a satisfacer y va a ser sólo un trampolín para saltar aún más alto hacia la total carencia de sentido. Eso es lo que un escritor describió como infinita gloria de morir de vida cotidiana.
Supe lo que era la gloria del morir de vida cotidiana cada vez que regresaba de un viaje y veía como algunos de mis amigos se habían casado con mujeres anodinas y habían aceptado trabajos rutinarios, cuando veía a hombres de talento conformarse con menos de lo que podían alcanzar sólo para no tener que arriesgarse en nada, cuando las revoluciones sociales se apagaban a medida que envejecían sus promotores. Eso es morir de vida cotidiana, pero su infinita gloria ha quedado para ellos y yo he tenido que vivir la fragilidad del alma, y soy tan frágil y tan leve que hasta tengo un monumento funerario en un planeta olvidado.
Estos días se podría resumir con la expresión menos cuentos y más trabajar. Las instrucciones recibidas del Alto Mando Viajero, del que ahora dependemos, nos ordenan poner al día nuestros conocimientos de astronomía y astrofísica, porque, al parecer, en torno a eso va a girar nuestra entrevista con los elf. La reunión va a tener lugar en octubre y no se cansan de repetirnos que será muy importante.
En cuanto a la guerra, las cosas no van demasiado mal por el momento, sobre todo teniendo en cuenta que los nemesinos están ya enviando naves al espacio. Aún no están preparados para luchar, pero al cubrir las labores de vigilancia y rastreo hacen posible que otros puedan abandonar esos puestos para dirigirse al frente.
Los nemesinos parece que van a ser duros y peligrosos: una especie de prolongación de los viajeros. Son un pueblo numeroso que puede aportar una gran fuerza si conseguimos resistir el tiempo suficiente para que se preparen.
Hoy ha llegado un parte de batalla que parece el resultado de una competición deportiva, pero es muy interesante porque expresa la efectividad en el frente de cada una de las razas teniendo en cuenta la proporción en que se desarrollaron los enfrentamientos. Los más efectivos fueron los elf, que destruyeron el 80% de las naves atacantes a pesar de hallarse en inferioridad a razón de cuatro a uno. Les siguen los piratas sokoy, los viajeros, kobold, vergessinos y kneip; estos últimos prácticamente no han entrado en combate.
Parece que Snorr le ha atacado una especie de depresión, si es que los viajeros pueden estar deprimidos. Piensa que para cuando lleguemos a Ojos de Muerte la guerra estará ya acabada, probablemente perdida, y no tendremos a dónde ir. Como flaco consuelo le he dicho que si llegamos a Ojos de Muerte es posible que encontremos la Tierra y podremos irnos a allí, con los humanos. Su respuesta ha consistido en once groserías diferentes.
En mi opinión, lo que Snorr teme es perderse esta guerra y enterarse de ella sólo por las crónicas. Estar ausente esta guerra es para él lo que para un deportista sería faltar a la final olímpica.
La verdad, a mi no me importaría revender mi localidad y dejarle el sitio a otro. Pero las guerras son un sorteo constante en el que no sabes qué premio te ha tocado, si la muerte, el destierro o ver como los demás resultan agraciados con semejantes premios.
En todo caso, siempre toca.
El tiempo sigue pasando en medio de la nada: curioso problema si uno se pone a pensar en ello.
Sin embargo, no queda más remedio que sufrirlo. Nunca he aceptado la hibernación, y menos ahora que tengo con quién pasar las horas de inactividad.
Los viajeros también conocen la hibernación, peo la usan muy raramente, porque prefieren una muerte consciente a una inconsciencia indefinida. Lo sé porque el otro día se me ocurrió preguntarle a Snorr por qué no habían hibernado él y la tripulación de la nave cuando fueron derribados, y me contestó que era preferible morir a quedar abandonado en el espacio, conservando la vida durante dos siglos sin darse cuenta siquiera de que se está vivo. Como ellos creen que la muerte es un paso hacia otra forma de vida, lo que realmente les aterra es quedarse inconscientes por tiempo indefinido, o sea, a medio camino.
El modo en que los humanos nos aferramos a la vida es interpretado por los viajeros como una prueba de nuestra falta de fe. Si realmente creyéramos de todo corazón en otra vida no nos importaría ir a su encuentro, pero como dudamos, preferimos agarrarnos a lo que tenemos, aunque sólo sea para llegar a la consumación de nuestro destino, que es lo que más detestan los viajeros.
Ayer Snorr me contó un cuento maravilloso que había oído narrar a un antalet, aunque como está relacionado con toda la tramoya mitológica de su pueblo, supongo que me habrá contado la versión que circula entre los viajeros. Desde que viajamos en la nada hemos decidido contarnos historias para hacer más llevadera la soledad y apaciguar un poco la melancolía que asalta siempre a los que atraviesan esta clase de zonas.
Cuando Snorr me cuente alguno especialmente interesante, o yo invente uno lo bastante bueno, lo copiaré aquí para que no se pierda.
El que Snorr escuchó al antalet se titula Nar Daé, que significa algo así como la sombra del fuego.
Dice así:
Cuentan que hace mucho tiempo, cuando las estrellas todavía sonreían y las criaturas eran tan grandes de corazón que podían sentir en su interior el fuego de Attá, un capitán antalet se cansó de guerrear y regresó a su casa respondiendo a una voz que le llamaba desde hacía tiempo.
Pero cuando estuvo en su casa, entre los suyos, nada de lo que le rodeaba parecía haber sido el origen de la llamada, y la voz que escuchaba en su corazón seguía robándole el sosiego de sus noches y la fuerza de sus mañanas.
Trató de resistirse a su influjo y durante algún tiempo logró engañarse con la ilusión de que había desaparecido, pero simplemente había sido acallada por el ruido de sus negocios, sus vicios y sus querellas, y cuanto más disipada era su vida más potente parecía volverse la voz para tratar de imponerse a su ruido interior.
Pero una noche Edemón, que así se llamaba el capitán, cayó embriagado después de una fiesta y los sirvientes de su anfitrión lo sacaron a la calle, donde el silencio lo penetró hasta los huesos y lo obligó a enfrentarse consigo mismo.
Después de aquello, Edemón abandonó su casa y sus amigos, sus tierras y sus ganados y se fue a las montañas, donde comía lo que cazaba con sus propias manos y bebía el agua que querían regalarle los arroyos. Fue allí donde aprendió los secretos de la fuerza y las verdades del viento. Fue allí también donde supo de las cadenas de la duda y los látigos de la soledad. Y este conocimiento y este dolor hicieron de él un antalet realmente grande, pero no pudieron acallar la voz que clamaba desde su interior. Entonces Edemón, desesperado por no saber que era aquello que le robaba la paz, quiso enfrentarse a sí mismo y purificarse, y ayunó durante veinte días con sus noches para ver si el hambre obligaba a su corazón a no huir de la aflicción.
Dejó su vara y sus ropas, dejó sus sandalias y su anillo, y a la intemperie, sufriendo el viento y la lluvia, durante veinte días y veinte noches se enfrentó consigo mismo, pero no pudo saber que era aquello que tanto le afligía, y envuelto en la tristeza de su derrota tomó sus ropas, sus sandalias, su vara y su anillo y volvió a su casa.
Vio que sus padres, sus tierras y sus ganados no necesitaban de él y se fue en busca de sus guerreros tratando de hallar en la guerra lo que en el vicio, el silencio y la meditación no había encontrado. Y Edemón fue un valiente guerrero que lucho al frente de los suyos con una fuerza y un coraje que nunca se habían visto antes y que sólo Siltarion el Triste lograría igualar después.
Por bosques, prados y montañas persiguió a su enemigos, con cien fieras compartió guarida y de mil tormentas se hizo hermano. Incontables batallas libró e innumerables fueron los enemigos que derribó su espada, pero la guerra fue larga y dura y al final llegó la hora de su perdición.
El enemigo, que sabedor de su fuerza llevaba tiempo rondándole sin atreverse a atacarle, resolvió aprovechar la noche y la niebla para lanzar su asalto. Llegaron por sorpresa, con las caras pintadas de blanco y en el más absoluto silencio. Luego, cuando ya era tarde para los defensores, el aire se llenó con los gañidos de los asaltantes y empezó la carnicería. Aquel día cayeron todos los suyos. Sólo Edemón se salvó, porque se golpeó la cabeza al caer de una roca y lo tomaron por muerto.
Tres días, tres infinitos días tardó Edemón en reunir los cadáveres de los suyos en un sólo montón, y cada muerto que añadía era como si le mataran a él de la más terrible muerte que los Ugtadis guardan en sus mazmorras. Cuando hubo reunido todos los cuerpos les prendió fuego para que las bestias no se cebaran en ellos, y las llamas fueron tan altas que pareció que había surgido una montaña de fuego.
Entonces Edemón, arrodillado ante la pira donde ardían sus amigos, vio que las llamas no producían el habitual baile de espectros, sino que formaban una forma concreta en el suelo, una sombra con forma de mujer.
Edemón no quiso dar crédito a sus ojos pero, antes de que pudiera hacer nada, el crepitar del fuego se convirtió en un suave susurro que le dijo:
—Edemón, amado mío. Ha sido necesaria la muerte de los que más querías para que yo pudiera manifestarme. ¿Por qué me rechazas ahora?
Aturdido por la sorpresa el guerrero contestó:
—¿Quién eres tú, que surges de la nada y no tienes cuerpo?, ¿cómo sabes mi nombre?, ¿cómo puede llamarme amado alguien que necesita la muerte de los míos para hablarme?
El fuego pareció avivarse unos instantes antes de que la sombra respondiera:
—Yo soy Angala, tu espíritu guardián. La voz que tanto te llamó y que nunca tuvo una respuesta. Yo no surjo de la nada, surjo de ti, y no tengo otro cuerpo que el tuyo. Donde tu vas, yo voy, donde tú estás, yo estoy, a tu lado y en ti, porque es mi labor y mi destino acompañarte mientras duren tus días. Nada tengo que ver con las muerte de los tuyos, y me aflige tu dolor, pero he precisado de estas muertes para hablarte porque hace falta mucha fuerza para que un espíritu guardián pueda escapar de su silencio, y es tal la que desprenden al arder los corazones de tus guerreros que me ha permitido estar aquí para decirte que te amo, y que también tú me amas aunque hasta ahora no lo sabías.
Yo soy la respuesta a todas las preguntas que te atormentan, yo soy el amor que buscas, y saber que me quieres ha hecho posible que hoy me presente ante ti.
Búscame en tu interior y siempre me hallarás dispuesta a darte ese calor que no puedo brindarte con mi cuerpo. Yo me conformo con que pienses en mí, con que tengas un momento de cariño, una simple sonrisa para Angala, tu espíritu guardián, tu ferviente enamorada.
Entonces a Edemón se le abrieron los ojos y supo que cuanto había escuchado era verdad, supo que era cierto que estaba enamorado de su ángel guardián y que era ése el sentimiento que desde hacía tiempo le robaba la paz. Impulsado por lo que acababa de conocer se incorporó y se acercó al fuego hasta que la sombra estuvo a sus pies. Allí se arrodilló de nuevo y posó su mano sobre la mano que la sombra extendía hacia él, y al sentir su contacto se sintió tan lleno de paz, tan colmado de alegría, que se preguntó si existiría muerte peor que la vida sin ella.
Pero quiso saber más y le preguntó:
—¿Y cómo es posible que seas tú mi espíritu guardián y no uno de los ángeles de Attá?
La sombra pareció sonreír y contestó.
—Yo soy uno de los ángeles de Attá, pero no siempre ha sido así. Antes de ser espíritu fui mujer, y antes de ser mujer, espíritu, y así podría remontarme a los tiempos en que éramos sólo ideas en la mente de Attá. Lo mismo te ocurre a ti, que antes de ser Edemón fuiste el espíritu guardián de la criatura que yo era, y después de ser Edemón volverás a serlo, porque para entonces yo seré criatura, y así estaremos eternamente separados. Por eso te digo que yo soy un ángel de Attá como tú lo fuiste y volverás a serlo, pero ahora te amo, y no importa si se es ángel o criatura cuando se ama. Las llamas empiezan a extinguirse y yo he de irme, porque se agota la fuerza que sostiene mi voz.
Edemón se puso en pie y gritó:
—¡No!,¡no te vayas! Yo avivaré el fuego que te mantiene y me uniré a ti.
Y corriendo con decisión se arrojó a la pira, donde murió con la mayor sonrisa de felicidad con que nadie haya muerto jamás.
Y su espíritu se encontró con el de Angala, y juntos se unieron a los Gabilkim, los Inesperados, porque el amor es imprevisible y sólo los que luchan contra el destino pueden disfrutar de su caricia.
Una historia realmente bonita, ¿no es cierto? Yo he mirado a las estrellas, los fuegos más grandes que existen, pensando en Hannah, pero ninguna sombra me ha respondido. Quizás sea que aún no estoy dispuesto a quemarme en ése fuego. O quizás sea que mi ángel guardián ha muerto de pena al verme tan solo.
No he escrito en estos días porque no ha ocurrido nada. Hemos abandonado Nemo y nos dirigimos hacia el espacio conocido como la Gruta de las Pesadillas. Evidentemente, el nombre se lo puso Berger.
Se trata de un espacio negro desde el que no se divisan estrellas a causa de un curioso efecto producido por un agujero negro que hay al lado, digamos izquierdo, del susodicho espacio.
Es muy difícil hacer indicaciones sobre la posición de algo cuando no hay un punto de referencia. Palabras como arriba, abajo, izquierda y derecha se convierten en meros símbolos de algo que existió en otra parte.
Hoy escribo porque ha habido una novedad, una interesante y curiosa novedad: antes de ir a Ojos de Muerte debemos ir a Siltarion, a entrevistarnos con los elf, que al parecer, tienen algo muy importante que decirnos. No pueden enviar a nadie a nuestro encuentro a causa de la guerra y prefieren no confiar a los aparatos de comunicaciones la información que desean transmitirnos.
Junto con los kobold, los elf son los que mejores resultados militares han tenido hasta el momento: han derrotado a los skag y frenado a las vanguardias merot.
Debe haber alguna razón por la cual cuanto más escaso es un pueblo, con más valor lucha. El ejemplo de los elf es muy interesante, porque además de ser la raza más antigua del Universo conocido es también la más enigmática, incluidos los kneip, que persiguen cometas por vete a saber qué razones.
Si los elf quieren informarnos de algo, no dudo que será sustancial. Quizás, y no quiero hacerme ilusiones, ellos tengan alguna idea de cómo encontrar la Tierra. Se dice que poseen unas extrañas piedras en las que pueden ver lugares lejanos con sólo pensar en ellos , pero probablemente sea sólo una leyenda, producto de la inveterada y rentabilísima manía de equipararlos a los personajes del viejo cuento aquel del que hablé el otro día. Se dicen demasiadas cosas de los elf para que pueda ser verdad ni siquiera la mitad de ellas. Se ha llegado a decir incluso que son inmortales, afirmación de lo más ridícula, porque si así fuera estarían agobiados por la superpoblación en vez de padecer la escasez numérica que impide su pleno desarrolo. Lo más probable es que sean muy longevos y su mecanismo genético haga que los hijos sean muy parecidos a los padres, lo que produciría la sensación de que siempre se habla con los mismos individuos.
Tal y como yo conozco el problema de la superpoblación, una raza de gentes inmortales sería algo insoportable, caótico, demencial.
Vaya. Nunca estamos de acuerdo. Snorr dice que lo de la inmortalidad de los elf no es una leyenda. Cuenta que él conoció a un elf al que le faltaba un pie porque lo había perdido en combate, y que de ese elf ya hablaban su padre, su abuelo, su tatarabuelo y aun antepasados muy anteriores. Sin embargo, cuando le pregunto qué ha pasado con ese elf me dice que un día despareció de pronto, sin dejar rastro, y que nunca más se ha sabido de él. O sea, en prosa, que por fin se ha muerto. ¡Ya está bien de chorradas!
Cuando se les pregunta a los elf por ese tema se limitan a sonreír y dicen que todas las criaturas tienen que abandonar tarde o temprano el mundo, pero según Snorr, en este caso lo de abandonar el mundo puede tener muchas interpretaciones.
La verdad es que los viajeros están dispuestos a creerse cualquier cosa que se salga un poco de lo habitual. Su vida cotidiana debe de ser aburridísima.
Hablando de aburrimiento, estos días de calma e inactividad Snorr se ha dedicado a escribir poesía en lengua humana y le han salido algunas terroríficas. Desde su punto de vista son profundas; desde el mío, simplemente espantosas. Ahí va una que compuso hace tres días:
Que nadie tema a la muerte:
ella anuncia eterna vida
y tras corta despedida
a los cielos te devuelve
para que puedas seguir
siendo parte del Señor
como eras antes de ir
al Mundo, donde el dolor
los cuerpos rasga y lacera.
La muerte no quita nada,
la muerte sólo libera.
Una cosa así, al menos a mí, me parece de un macabro difícilmente superable. O sea, un asco. A Snorr, por su parte, no le gustan las mías ni el estilo humano. No resisto a copiar una de las mías aunque sólo sea para tener una copia en el diario por si pierdo el original.
Cuando tu esbelta figura
se refleja sobre el agua
hasta los lirios del río
se inclinan para besarla.
Yo también quiero ser lirio
buscando en tu boca un beso
que aunque no haya de encontrarlo
me basta con su reflejo.
Pues bien: estas le parecen terriblemente sensibleras a Snorr. Esta visto que la comunicación poética no es la más indicada para nuestros dos pueblos.
La culinaria tampoco funciona. El otro día decidimos intercambiar nuestra comida, que la cocina de a bordo nos prepara según nuestros gustos, y fue horrible para los dos. El comentario más suave que Snorr hizo sobre mi rancho fue mierda corrompida de vaca adúltera. Aunque no acabo de entender muy bien qué pinta lo del adulterio, creo que fue bastante explícito. Yo simplemente opiné que su comida era extracto de cloaca absolue, así que más o menos quedamos empatados.
Por lo menos, diciendo groserías y barbaridades me estoy poniendo a su nivel. Como siga así, me quedaré sin amigos en dos minutos si un día llego a regresar a la Tierra.
Snorr, medio en serio medio en broma, dice que su relación conmigo lo está convirtiendo en un remilgado. No quiero pensar cómo era antes.
Lo que más me impresiona de él es su autodisciplina. Cada día limpia y revisa todo su equipo aunque es imposible que haya desaparecido nada o haya entrado una sola mota de polvo. Dice que lo hace para no perder el hábito de revisarlo todo. También realiza diariamente un montón de ejercicios físicos para mantenerse en forma. He empezado a hacerlos con él y me encuentro mucho mejor; hacía tiempo que me había abandonado y estaba un poco flojo. Estoy mejorando mucho en ese sentido: incluso he aprendido algunas técnicas de lucha cuerpo a cuerpo.
En la Tierra hace siglos que el combate directo ha dejado de enseñarse en las escuelas militares, pero los viajeros siguen practicándolo. Tengo todo el cuerpo tachonado de golpes, pero he aprendido mucho; no tanto como para tumbar a un comandante viajero, pero lo suficiente como para mandar al desguace a un almirante humano. A medida que pasa el tiempo me parece más increíble que les ganáramos la guerra a los viajeros, o al menos, que no la perdiéramos. Menos mal que son poco imaginativos, porque si no, con lo bien preparados que están, serían invencibles.
Parece ser que la naturaleza se ocupa de que ninguna raza sea desmesuradamente superior al resto. A ver si sigue así y los merot tienen un punto débil por el que puedan ser destruidos.
Acaban de transmitir un mensaje informando de que la flota vergessina está lista para el combate, y que la flota viajera está finalizando los preparativos para lanzar una avanzadilla. Tal vez al final se pueda formar una gran flota de guerra, pero sería muy importante que apareciera la Tierra. Los humanos tenemos muy desarrollado el método de translación de Nickelmann, tanto, que llegamos a trasladar a la propia Tierra; también por eso sería importante ahora contar con esa ayuda.
Los piratas sokoy están haciendo estragos en los convoys de aprovisionamiento de los merot. Se dice que han conseguido varias naves intactas que están siendo analizadas por los elf. Lo bueno que tienen los sokoy es que atacarían la nave del mismísimo Satanás si creyeran que podría haber algo de valor a bordo. Es posible que incluso proyectaran secuestrar al Diablo para pedir un rescate por él.
Nada de lo que se ha inventado hasta ahora es eficaz contra los sokoy. En cierta ocasión, los viajeros se enfadaron mucho a causa de sus ataques y enviaron una expedición militar contra ellos, pero no fueron capaces de encontrarlos. Al parecer, estos piratas perdieron su planeta a causa del impacto de un meteorito y desde entonces vagan errantes. Otra versión dicen que se volvieron a establecer y tienen un planeta, pero tan bien escondido que no hay forma de encontrarlo.
No sé por qué, pero eso me recuerda algo.
Seguimos navegando en este trasto, aproximándonos al planeta que los viajeros nos han señalado como punto de aprovisionamiento. Luego, seguiremos camino hacia Ojos de Muerte.
Por cierto: creo que aún no he contado que Kenshoughi llamó así al planeta porque está totalmente cubierto de nieve, salvo dos gigantescos cráteres volcánicos semejantes a dos ojos.
Parece ser que Kenshoughi presintió que iba a llegarle allí el final; de los contrario, un hombre tan alegre como él no le hubiera puesto nunca un nombre tan funesto a un planeta.
Quizás sea cierto lo que me contó Snorr sobre el Destino y haya gente capaz de conocerlo de antemano. Si es así, no les envidio. Pero bueno, mejor será que me centre y deje de plantearme como creíbles ciertas tonterías, o antes de llegar a la Tierra, si llego, acabaré majara perdido.
Ayer me contó otro pedazo de historia, pero no lo anoté porque no quería llenar el diario de mitología viajera. Hoy me he arrepentido y no quiero dejar de copiar la transcripción que el ordenador de a bordo hizo de sus palabras. La historia es un poco caótica e ininteligible, pero tiene retazos muy interesantes. Estas fueron las palabras de mi buen compañero de fatigas:
Cuando Osimén y los suyos se fueron, pasó mucho tiempo antes de que pudieran quebrar algún destino, pues el tapiz de Attá tenía los hilos muy finos y era difícil deshacer su obra sin que surgiera otra igualmente prevista e inmutable.
Pero Osimén y lo suyos no cedían al desaliento y al final encontraron el modo de romper las leyes que regían el conjunto, y muchas criaturas escaparon de las ataduras de la fatalidad.
Animados por su victoria, los Gabilkim empezaron a buscar seguidores entre las criaturas de Attá, y en todas partes hallaron seres dispuestos a luchar contra los hados. Satisfecho, Osimén les enseñó el arte de invocar a las fuerzas que Attá había dejado dispersas, y esos seres, capaces de encauzar el poder de la naturaleza, impresionaron tanto a sus semejantes que llegaron a ser jefes de sus pueblos, y así muchas razas fueron dirigidas por quienes ya no estaban atados al destino.
Muchos se liberaron de ese modo y la fatalidad llegó a estallar en algunas civilizaciones, pero he aquí que un destino más grande e inmutable aguardaba agazapado y sucedió que las más brillantes civilizaciones caminaron hacia su autodestrucción, pues todo lo que es realmente grande anhela su propio final para dejar sitio a quien ha de ser más grande aún, porque sólo el mezquino quiere permanecer para perpetuar su mezquindad.
Por eso, las culturas que se hacían grandes de espíritu y corazón perecían en su propio fuego buscando algo aún más perfecto que no podía convivir con ellas, y así la libertad moría antes de extenderse como el río que se sume sin alcanzar ningún mar.
Osimén vio con tristeza el fin de las civilizaciones libres y aprendió con dolor que otorgar el poder a gentes libres no era el camino apropiado. Y buscó en su corazón y halló las palabras de Attá, al que aún reconocía como maestro y Señor, y decidió que los hombres libres no debían ser gobernantas, sino guerreros, pues es en las guerras donde se consuman los destinos al tiempo que se tronchan las vidas, y así fue como empezó la segunda batalla contra el Destino, la que dicen los sabios que no tendrá fin, porque la Fatalidad es obra de Attá y no puede ser destruida. Otros sin embargo creen que un día reinará la paz, porque también un martillo puede destruir una guadaña siendo los dos obra del herrero, y por eso siguen en pie los Gabilkim luchando contra su propio destino, que es el ser eternamente perdedores.
Yo he tratado de contarle a Snorr nuestras historias sobre la Creación y cómo fue el hombre expulsado del Paraíso, pero ya estaba al corriente de todo. Parece ser que es un devorador de historias y no es fácil contarle algo nuevo.
Porque por muy originales que nos creamos en un momento dado, resulta que eso mismo que pensamos o decimos ya lo pensó o escribió antes alguien. Tal es la multitud de hombres, de seres vivos y pensantes que han pasado por el universo, desde el comienzo de todo. Las ideas y las historias pueden ser infinitas, o casi, si algo nos enseñan las leyes de la combinatoria, pero el número de seres a que ha alumbrado las estrellas, y los que quedan por venir, no anda tampoco muy lejos de esa cifra.
Le he dicho esto a Snorr y, con una sonrisa, me ha contestado que, afortunadamente, no todos piensan. Este tipo es incorregible.
¡Por fin!, ¡por fin vuelvo a escribir desde el espacio! El despegue ha salido maravillosamente. Ha salido tan bien que parecía que nunca hubiera existido una avería y que aquel extraño planeta fuera sólo uno más de los millones de ellos que aparecen en la cartografía.
Ahora nos dirigimos a Menos Mal, el planeta que una vez le salvó la vida a Recaredo Silva, y luego, mucho me temo que no habrá más remedio que ir a Ojos de Muerte, a buscar la nave de Kenshoughi.
Nada más despegar, Snorr ha logrado ponerse en contacto con una nave viajera que se encuentra en el quinto pino. Ha informado de que nos dirigimos a Menos Mal y ha comunicado nuestra intención de ir a Ojos de Muerte, para que consulten con el Alto Mando.
No mucho después hemos recibido la respuesta: en primer lugar ascienden a Snorr a un grado equivalente al de comandante. En segundo lugar le dan las coordenadas de un planeta más cercano que Menos Mal para repostar; y en tercer lugar, y esto es lo más importante, le ordenan que busque como sea la nave humana en Ojos de Muerte, pues sólo nosotros, que tripulamos una nave humana, podemos detectarla.
La nave de Kenshoughi, como la mía, dispone de un sistema de ocultación que evita, en reposo, ser detectado por los sensores de naves distintas de las propias. Como digo, el sistema sólo es útil cuando no se está en movimiento, así que sólo se usa al aterrizar en un planeta problemático. Al parecer, los viajeros y los kneip ya han rastreado infinidad de veces el planeta, pero al no haber encontrado nada han supuesto que el sistema de seguridad quedó accionado. Sólo una nave humana es ahora capaz de encontrarla, y la única disponible es la nuestra.
Los acontecimientos han conseguido que poco a poco me olvide de la Tierra. Estoy demasiado ocupado, y preocupado, para ponerme melancólico. Snorr me ha asegurado que los viajeros estarían dispuestos a ayudarme a buscar la Tierra en cuanto acabe esta guerra, pero la verdad, no sé si sería una buena idea que una flota de viajeros me ayudara en esa empresa. Si por casualidad llegara a encontrarla, nunca me dejarían acercarme con semejante compañía.
Llevo un par de meses con un viajero y ya no soy capaz de pensar en él como un enemigo. Quizás si viajeros y humanos convivieran una temporada se acabarían todos los problemas.
Tardaremos casi un año en llegar a Ojos de Muerte, y para entonces puede que todo haya cambiado, pero si no es así, me gustaría ser el salvador, el que aparece en el momento crítico de la batalla. Ya sé que eso sólo sucede en los cuentos, peo me gustaría aparecer con una flota humana cuando la situación fuera más insostenible.
Por el aparato de comunicaciones vergessino acabamos de enterarnos de que los kobold han logrado una gran victoria contra los skag y los han hecho retroceder en un sector enorme.
Parece ser que extendieron un campo de energía entro dos planetas y luego atrajeron hacia allí a los skag. Debieron de quedarse pegados en él como una mosca en una tela de araña.
Los kobold han resultado ser unos diablejos muy listos.
Aunque parezca una estupidez, Snorr me ha contagiado su entusiasmo y ahora me siento una criatura realmente libre. Si Snorr tiene razón y las creencias de los viajeros no son una invención absurda, quizás pueda encontrar ahora la Tierra, pues ya no hay hado adverso que me lo impida.
Todas estos sobresaltos no me han hecho olvidar la guerra: debemos reparar nuestra nave y largarnos cuanto antes de este increíble y peligroso planeta. Probablemente mañana esté todo listo y podamos irnos. Hoy hemos probado los propulsores y hemos dado un par de vueltas al planeta. Ahora sólo faltan un par de ajustes en los dispositivos Nickelmann. Todavía hay que afinar el ajuste de las partículas subatómicas que regulan la posición. Menos mal que todo eso lleva un sistema automático.
Navegar siempre en trayectoria continua nos impediría sobrepasar la velocidad de la luz y nos haría tan lentos que más nos valdría quedarnos aquí. Con las novedades de ayer me había olvidado de contar que Snorr ya sabe escribir a mano, peo no es capaz de leer más que lo que él mismo escribe. Me temo que eso no cambiará mucho, pues como ya dije en una ocasión, su mecanismo de reconocimiento de formas es mucho menos avanzado que el nuestro. De todas maneras, él dice que le basta entender su propia letra, pues así podrá luego transcribir sus ideas a soporte mecánico y será legible para todo el mundo.
Le he convencido de que estaría muy bien que llevara su propio diario. De ese modo sería visible la diferencia que hay entre nosotros en la manera de ver las cosas. Ha empezado hoy: su diario se titula Desde Aquí hasta el Final. Me ha gustado el título. Lo que para mí es un simple diario que trata de evitar que caiga en el olvido todo lo que me ha pasado, para él es una epopeya, toda una saga al estilo de las primitivas sagas nórdicas.
Creo que los viajeros, si en lugar de encontrar a la Humanidad en el siglo XXVI la hubieran encontrado en el siglo VI, hubieran hecho muy buena amistad con los vikingos y las demás razas bárbaras y desalmadas que por entonces habitaban nuestro planeta. Eso sí: no quiero ni imaginarme cómo eran los viajeros del siglo VI.
Lo peor de todo fue que se encontraron con una Humanidad llena de intereses materiales, pacifista por necesidad de supervivencia e incapaz de comprender todo lo que se saliera de su ámbito de razonamiento.
Los viajeros, por su parte, lamentan no habernos encontrado un siglo más tarde, cuando a pesar del trasnochado pacifismo de la mayoría ya se habría desatado la guerra final y los supervivientes hubieran sido presas fáciles.
Majos, ¿verdad?

Monumento a Los Inesperados, en el Planeta Wulfagar, hogar de los Viajeros. Fotografía perteneciente al archivo de JOB,
Creo que dentro de un par de días podremos salir de aquí, o al menos eso espero. Hemos hecho un descubrimiento tan horrible que quiero largarme cuanto antes: hemos encontrado víveres en la nave de Recaredo Silva.
Era tan evidente que no podía haberlos que ni siquiera lo habíamos comprobado. En la Tierra siempre se creyó que Silva había muerto de inanición; él mismo había dicho en sus últimas transmisiones que se le estaban agotando los víveres. Esto acentúa también el misterio sobre las causas de la muerte de su compañero, que de todos modos no presentaba traumatismos o fracturas visibles. Por mi parte, conjeturo que en su caso se debió a algún tipo de intoxicación, causada por el mal funcionamiento de algún dispositivo de refinado de aire o alimentos, pero repito que es sólo una conjetura sin base alguna.
Hemos encontrado comida para apenas una semana, pero es cantidad más que suficiente para demostrar que Silva no murió de hambre.
Sin embargo, por sus restos pudimos comprobar que tampoco murió de muerte violenta. Desde que ha ocurrido esto Snorr está muy nervioso; él cree que sabe lo que ocurre y me ha forzado a trabajar diecisiete horas diarias para acabar cuanto antes con la reparación de la nave. No me quejo porque él trabaja veinte.
Su teoría es que muy pronto se cumplirá el aniversario de la muerte de Silva y puede que regrese lo que lo mató. Snorr cree que Silva fue atacado por un espíritu maligno que recorre cíclicamente el planeta; algo así como un demonio o un fantasma malvado.
A pesar de que sé de la afición de los viajeros por las cosas del Más Allá me ha preocupado mucho la actitud de Snorr, y más aún desde que en cierta ocasión me dijo que su padre se había encontrado con uno.
Hace cientos de años que los humanos sabemos que los fantasmas y las ánimas en pena no son más que supercherías, pero no puedo menos que sentirme preocupado ante la evidencia de que no fue algo normal lo que mató a Silva. No digo que fuera un fantasma, ni mucho menos, pero es mejor salir de este planeta cuanto antes, porque aunque los fantasmas no existen, es mejor alejarse de ellos cuanto antes. Por si acaso: hubo una vez un tipo, del que no recuerdo el nombre, que pasó a la historia de la micología por descubrir que una seta inofensiva era venenosa si se combinaba con alcohol, y yo no quiero esa clase de homenajes, así que los fantasmas, por mí, que sigan siendo supersticiones de viejas.
La idea más plausible que se me ocurre es una nube venenosa, pero eso parece improbable porque los detectores ambientales de su nave aún funcionan perfectamente. La misma intoxicación de que hablaba en el caso de su compañero pudo acabar al fin con Silva, pero es extraño que no ofreciera información alguna al respecto.
Snorr está diciendo en estos momentos que cree que lo que atacó a Silva fue el fantasma de un ángel caído. No sé cómo ha llegado a esa conclusión, pero es exactamente lo que ha dicho antes de salir otra vez hacia afuera.
¡El fantasma de un ángel caído!, ¡nada menos! ¡Hay que ver a que extremos de complicación puede llegar la superstición de los viajeros! No le basta decir que ahí fuera hay un fantasma, o un ángel negro, no: ¡tiene que ser el fantasma de un ángel! ¡Más etéreo, imposible!
Sea lo que sea hay que salir de aquí a velocidad de vértigo. No tengo ni el más mínimo interés en enterarme de la verdad, por famosos que pudiera hacerme si llegara a demostrar algún día la existencia, a la vez, de los fantasmas y los ángeles. Por mí, que lo demuestre y se lleve los honoresla madre que los parió.
Hasta otra. Me voy a trabajar porque Snorr ya está amenazando con hacer un tambor con la piel de mi escroto. Poco a poco va uniendo la grosería a la amenaza y me da la impresión de que es influencia mía.
Sigue siendo 2 de Agosto. Las ideas de Snorr han resultado ser algo más que meras imaginaciones. Estamos los dos encerrados en la nave, contemplando una horrible sombra. Quiero seguir escribiendo mientras pueda.
Sea lo que sea lo que merodea por ahí afuera es algo oscuro pero inmaterial. Snorr me dice en estos momentos que lo describa como la sombra de un cuerpo inexistente.
Si existiera el cuerpo que proyecta esa horrible sombra sería de unos diez metros de altura y tendría forma de gota, de llama, me corrige Snorr. Voy diciendo en voz alta todo lo que escribo para que él pueda plasmar también sus opiniones.
Escasamente una hora después de dejar de escribir surgió esta cosa. No vimos de donde salió, pero Snorr dice que viene del Más Allá. Ya podía guardarse esta mierda de viajero sus alegres y tranquilizadoras opiniones.
¡Dios!, ¡la sombra está haciendo vibrar nuestra nave! ¡La vibración aumenta! Ahora parece un sonido agudo que me está acuchillando el cerebro. Si no me tapo los oídos creo que me va a estallar el cráneo, pero no puedo dejar de escribir. Tengo que seguir, ¡tengo que seguir!
¡El sonido y la vibración aumentan! Snorr se mantiene en pie pero tiene la mirada como perdida. Espero que este sonido no se esté apoderando de él y me acabe atacando, por mucho que se arrepienta luego y todo eso. Es horrible mirarle, ver su mirada perdida y toda su impresionante dentadura brillando con un fulgor que no sé de donde viene: como pierda el control sobre sí mismo estoy muerto.
No sé hasta cuando podré seguir. La mirada de Snorr ha perdido ese aire de vació y se ha tornado irónica. Ahora levanta los brazos, los dos a la vez.
La sombra está con nosotros, a nuestro alrededor y se proyecta sobre nuestras caras, pero Snorr no pierde la sonrisa. Le está pasando algo y temo que deje de ser él de un momento a otro. Todas las historia terroríficas que he conocido a lo largo de mi vida desfilan ahora por mi mente como enemigos de la cordura. No me atrevo a moverme, a dejar lo que estoy haciendo. No quiero llamar la atención de ninguna manera.
Tengo que dejarlo. No puedo pensar, no puedo seguir. La cabeza me da vueltas pero debo continuar. ¡Debo continuar! ¡Debo continuar!
Snorr sigue con los brazos extendidos y las piernas abiertas. La vibración se hace aún más intensa. Snorr empieza a temblar y se tambalea, pero no baja los brazos. Grita mi nombre: quiere que vaya junto a él y su voz no admite discusión.
Ya estoy aquí de nuevo. Antes que nada quiero dar gracias al Todopoderoso por la fuerza que me ha concedido. Estoy tan cansado que temo dormirme mientras escribo, pero quiero contarlo todo ahora que los detalles están aún frescos.
Cuando Snorr me llamó y fui junto a él me pidió, más bien me ordenó, que levantara los brazos y uniera mi mano izquierda a su derecha. Yo fui incapaz de hacerlo y él me increpó hasta que al final, no sé cómo, lo hice. Me era imposible separar las manos de los oídos, pero el gesto de Snorr era tan expresivo que obedecí y levanté los brazos.
La sombra había crecido hasta el punto de que cubría ya toda nuestra nave y se estaba haciendo más densa y más negra por momentos. Entonces Snorr me dijo que repitiera sus palabras y los dos, en medio de la más horrible agonía, pronunciamos una larga frase en lengua viajera. Cuando lo hicimos se desató la más grande tormenta de arena y rocas que jamás haya visto. Luego, de pronto, se oyó un grito horrible, tan horrible que estará para siempre en mi memoria, y la tormenta cesó de repente. La sombra había desaparecido. Snorr cayó de rodillas y yo me desmoroné completamente, pero no existen palabras para describir el alivio que sentí al ver que la sombra ya no estaba.
Ahora, para explicar lo que ha sucedido, no escribiré yo, sino que iré copiando lo que Snorr diga:
" Hemos sido atacados por un Harattald, que es el fantasma de un ángel renegado.
Al principio de los tiempos, cuando ya existían todas las criaturas pero aún no tenían consciencia de sí mismas, un grupo de ángeles se rebeló contra Attá, el Creador.
El resto de los ángeles se enfrentó con ellos, y hubo una gran batalla en la que triunfaron los de Attá, aunque muchos murieron en ambos bandos. Entonces Osimén, príncipe de los ángeles fieles, preguntó a Attá:
—Dime, oh Attá, ¿por qué contemplaste la batalla sin intervenir en ella?, ¿por qué dejaste que murieran tantos de los que te aman si un gesto tuyo hubiera sido suficiente para destruir a los que reniegan de tu Santo Nombre?
Y Attá contestó:
—Porque si yo intervengo, ¿cuál sería la razón de tu existencia, capitán de mi guardia? Cada ser y cada cosa deben servir a la consumación de su destino. Cada vida debe servir a su muerte, cada vasallo debe servir a su señor siendo vasallo y cada señor debe servir a su vasallo siendo señor, porque ninguno podría consumar su destino sin el otro.
Pero Osimén preguntó:
—Si tu sabías de la rebelión, porque tú todo lo sabes, ¿por qué no cambiaste el destino para que la paz pudiera reinar y pudieran vivir los míos?
Y Attá contestó:
—Porque si la paz reinara no habría destinos que cumplir, sino sólo diferentes modos de crecer y envejecer, y sería así hasta que el Universo entero fuera tan grande y tan viejo que ya no podría resistirse a sí mismo. Si la paz reinara siempre no podría existir el sentimiento, que nace de la diferencia entre los buenos y los malos momentos, y la vida de las criaturas se reduciría así a un arrastrarse por el mundo agobiadas por la vanalidad de la existencia. El sentimiento es el mayor regalo que yo he hecho a mis hijos, y para que haya sentimiento es necesario que exista también el dolor, igual que para que haya día es necesario que exista también la noche, por triste y oscura que pueda parecer a veces. Por eso no hay paz, por eso murieron los tuyos, que antes que tuyos fueron míos, aún lo son y lo serán para siempre.
Osimén se inclinó ante Attá y se retiró, pero en su corazón había germinado la semilla de la duda y con el tiempo esa semilla creció y se volvió tan evidente que Attá no pudo fingir por más tiempo que no la veía y llamó a Osimén a su presencia.
—Dime Osimén, capitán de mi guardia, ¿qué es lo que se agita en tu pecho que tanta quietud te roba?
—Es la guerra, que aún persiste, mi Señor. Los Harat (renegados) siguen extendiéndose, y muchas criaturas nobles han sido seducidas por sus inquinas y se han unido a ellos en la rebelión contra ti. Nuestras fuerzas son muy superiores, pero no podemos acabar con ellos porque son iguales a nosotros y todo lo que somos capaces de pensar ya lo han pensado también. Además, cuando mueren queda libre su espíritu (tald) para seguir causando daño. ¿Por qué cuando mueren los míos no permanece ningún espíritu?
Attá respondió:
—No envidies a los renegados viendo crecer su número. La semilla del mal es miserable y por eso da ciento por uno en cualquier lugar que caiga, pero a la semilla del bien cualquier viento la malogra.
Cuando muere una de las criaturas que me sirven no permanece nada porque su espíritu viene a unirse conmigo para gozar de mi grandeza, pero cuando muere uno de los que me niegan su espíritu no puede unirse al mío y debe marchar errante para siempre, porque no hay alternativa a mí. Por eso, no envidies a los Harattald, que más que causa de envidia lo son de lástima. Pero dime, ¿qué más hay en ti, Osimén, que te roba la paz?
—Si, mi Señor, hay algo más. No puedo comprender por qué dejas que siga esta guerra que tanto dolor nos causa a todos; no puedo comprender por qué creas a tus hijos para hacerlos morir luego en una guerra que conocía de antemano y no quieres impedir. No veo el sentido de todo cuanto está ocurriendo.
Y Attá, comprensivo, respondió:
—Todas las criaturas nacen y mueren para cumplir su papel en una gran obra, mucho más grande que la suma de todos ellos. Todos cumplen su destino para que se cumpla el Destino del Universo, y así todo siga su propio curso.
Pero las dudas no se apagaron por completo en el corazón de Osimén y una última pregunta brotó de sus labios:
—¿Y cual es mi destino, oh Attá?
Attá sonrió ante la facilidad con que el capitán de su guardia le hacía una pregunta tan importante, y con suave voz le respondió:
—Servirme siendo el más grande de los que luchan por mi Nombre, el más fuerte e infatigable de los míos y también el que más alata gloria alcance en mi corazón cuando llegue el momento.
Entonces, Osimén se adelantó, y alzando los brazos dijo:
—Pues Señor, yo he roto el destino, porque ya no te serviré más. Allí donde tu pongas un camino inevitable, yo te saldré al paso con un desvío; allí donde tu pongas un muro infranqueable, pondré yo una brecha; allí donde tu pongas un océano, yo pondré una balsa; allí donde tu pongas montañas, yo pondré desfiladeros; allí donde tu pongas desiertos, yo pondré oasis, y de este modo siempre habrá alguien que pueda salirse de tus caminos, franquear tus muros, vadear tus océanos, cruzar tus montañas y atravesar tus desiertos, porque yo quiero que las criaturas del Universo sirvan a su propia libertad y no al cumplimiento de ningún Destino, ni siquiera el que tu impongas, oh Attá. Los seres del Universo serán libres, porque siempre habrá una rendija para que entre la esperanza mientras yo exista, y existiré para siempre, porque no quiero unirme a ti. Y los destinos que yo quiebre quebrarán otras destinos hasta que la Fatalidad entera salte en pedazos.
Y dicho esto, Osimén se retiró de la presencia de Attá y se fue con todos los que quisieron seguirle.
Así fue como empezó la segunda rebelión, la de los Gabilkim, los Inesperados, que ni siquiera Attá había previsto.
Ellos son los que prestan su fuerza a las criaturas que tratan de es escapar de una vida en la que nada esté en manos del azar, y así lo harán hasta que no haya un sólo ser aprisionado en trama del Divino Dramaturgo, porque si suyo es el poder de escribir el Libro, nuestra es la potestad de hacer borrones.
A ellos invoqué cuando nos atacó el Harattald y ellos nos libraron de su presencia, porque nuestro destino era morir por el poder de un Harattald. Albert el Humano, y yo, Snorr el Viajero, somos criaturas nuevas, evadidas de la cárcel del Destino, y todo cuanto hagamos no está ya escrito en el libro de Attá.
Estoy tan sorprendido por lo que acaba de contar Snorr que no sé qué decir. Por supuesto, no es eso lo que creemos en la Tierra. Sin embargo, la invocación de Snorr resultó efectiva, o por lo menos eso pareció, porque también puede ser que se tratara de un fenómeno desconocido que cesara por cusas ajenas a toda esta parafernalia. Pero eso, claro, no se lo voy a decir a Snorr.
Él dice que necesitó mi ayuda porque, a pesar de pertenecer a distintas razas, nuestras almas son idénticas y pueden unir sus fuerza. También me dice que entre los humanos son conocidas fórmulas para invocar a los inesperados, pero nosotros las llamanos simplemente magia.
Creo que debo pensar muy seriamente en todo esto.
La nave mejora al mismo ritmo que empeora mi carácter. Snorr lleva unos días jurando menos, así que también debe estar cansándose de este jodido planeta, valga la redundancia.
Poco a poco estoy comprendiendo las diferencias entre los viajeros y nosotros. Los humanos empezamos los viajes espaciales por curiosidad, por esa bendita ansia de conocimiento que nos caracteriza. Los viajeros, sin embargo, empezaron para satisfacer su ansia de servir a las estrellas. Ya sé que eso no parece creíble, pero es así: los viajeros amaban tanto la luz de las estrellas que quisieron acercarse a ellas, y de ése modo, para bien o para mal, están presentes en todo el Universo.
Lo primero que se me ocurrió oponer a esto fue que si empezaron su navegación por simple idealismo, no es comprensible que luego trataran de formar un imperio y lo defendieran tan tenazmente, pero el idealismo de los viajeros no les impide ser prácticos. De hecho, según Snorr, en eso se parecen bastante a nosotros, que también sacamos todo el provecho posible después de conseguir algo, aunque pretendiéramos su dominio o su conquista sólo por amor. En fin, que son románticos pero no platónicos, dice JOB, que como es un ordenador puede permitirse semejante vocabulario y quedarse tan ancho.
Cuando me encuentro en un planeta como este me pregunto si algún día sucederá algo que dé lugar en este sitio a una brillante civilización.
Sabemos que han existido no menos del triple de las que hoy en día conocemos; unas se han extinguido por causas naturales, otras muchas se han autodestruido y otras han sido aniquiladas por civilizaciones más fuertes, pero siempre surgen otras nuevas.
Fueron los elf, las criaturas más antiguas del Universo conocido, los que nos contaron casi todo lo que sabemos sobre el pasado. Ellos convivieron con razas mucho más fuertes que se autodestruyeron, mientras los elf, ahora tan escasos, contemplaban indolentes el camino de su perdición. Porque los elf ni ayudan ni perjudican, ni atacan ni colaboran: simplemente observan, se quedan mirando mientras los demás se encumbran en victorias o se exterminan entre sí. Los elf son los maestros de la indiferencia.
Hubo un tiempo en la Tierra en que se temió la autodestrucción, y la verdad es que la cosa no estuvo lejos, pero entonces, cuando peor iba todo, aparecieron los viajeros y nos obligaron a olvidarnos de nuestras diferencias para defendernos de una amenaza exterior; así que, en cierto modo y a pesar del inmenso daño que causaron, nos ayudaron a librarnos de la amenaza mucho más peligrosa que éramos nosotros mismos.
Por supuesto, no diré ni una palabra de esto a Snorr.
Es casi imposible que los viajeros llegaran a autodestruirse, porque aunque guerrean frecuentemente entre ellos, aman tanto a su planeta que las armas que utilizan no tienen poder suficiente para dañarlo, con lo que las consecuencias de sus guerras internas son mucho más limitadas.
Otra cosa de la que están muy orgullosos los viajeros es de no haber aniquilado nunca a otra raza. Cuando vencen, esclavizan al vencido pero no lo matan, porque son de la cabal opinión de que cualquier criatura que pueda mantenerse viva por sí misma vale más viva que muerta. Snorr dice, y creo que no le falta razón, que los que aniquilan a los vencidos es por miedo a las consecuencias de un resurgimiento, y ellos no tienen miedo a nadie.
Los humanos no podemos permitirnos moralmente tratar a otros seres inteligentes como si fueran ganado. Ni siquiera los ondiros, que se merecen todas la vejaciones de que puedan ser objeto, merecen ser tratados de ese modo. Los viajeros, sin embargo, piensan justamente lo contrario: creen que los que no pueden ser asesinados son los animales, porque al no tener inteligencia están en total inferioridad y sería una cobardía matarlos, y para un viajero no hay pecado como la cobardía. Otra cosa muy distinta son los animales que uno mismo crea o alimenta; por eso son carnívoros, y tienen su propio ganado al que pueden sacrificar porque no es viable por sí mismo.
Ellos procuran no matar a ningún ser vivo que no pueda comprender por qué esta muriendo. Es una especie de justicia cósmica que pone como rasero la capacidad de entender cosas: cuanto menos entiendes más inocente eres y por tanto más vil es matarte.
Por eso, al considerar a los humanos una raza muy inteligente nos matan con total alegría y despreocupación. Es un consuelo, ¿verdad?
Seguimos reparando la boñiga cósmica que tripulamos. En los ratos libres, estoy enseñándole a Snorr a escribir manualmente. Dice que si no dejo de increparle me meterá el manógrafo por el ojo derecho y me lo sacará por el izquierdo, pero el caso es que ahí está emborronando papeles.
Se me había olvidado decirlo, pero he (hemos) enterrado a Recaredo Silva y a su compañero en una tumba como es debido, aunque me duele dejarlos en este planeta.
Creo que he dicho una tontería: si no los dejamos en este planeta, ¿a dónde narices me los llevo?
Respecto a la cuarta dimensión he aprendido que nos atraviesa y que nunca podríamos atrapar a una criatura tetradimensional porque lo más que podemos construir son cárceles de tres dimensiones y siempre se nos escaparía por la cuarta. Los viajeros creen que los espíritus superiores, los que nosotros llamamos ángeles, son seres de cuatro dimensiones y por eso pueden vernos en cualquier sitio que estemos o nos escondamos. Snorr me puso un magnífico ejemplo al preguntarme como podría escapar de nuestro control una criatura de dos dimensiones.
Todo esto me lo contó ayer, después de que estuviéramos hablando de ética y moral antes de dormirnos.
Los viajeros no creen en la piedad porque la consideran un mecanismo inventado por los débiles para evitar el final que les reserva la selección natural. Sin embargo no entienden la ayuda mutua como piedad, sino como una forma de inversión que les ayuda a hacer más competitiva su civilización. En resumen: los viajeros sólo se ayudan entre ellos y nunca prestan auxilio a otras razas a no ser que vean en ello un beneficio para sí mismos. Ahora él me considera un compañero de batalla y por tanto estaría dispuesto a ayudarme. Lo que no puede comprender es por que yo lo saqué de una nave destruida cuando no podía esperar nada bueno de él; no entiende mi filosofía de mutua ayuda entre todos los seres vivos. Él piensa en los demás como competidores; yo solamente los veo como vecinos. A mi parecer, mientras no se demuestre que el Universo es finito, no es necesario luchar por el espacio vital, como prueba el hecho de que muchos planetas habitables estén desiertos. Curiosamente, la competencia y hasta los enfrentamientos tiene lugar por los mismos planetas, mientras siguen vacantes otros, a menudo en las proximidades. Cuando se empeña uno en buscarla, se acaba por encontrar una explicación para todo y los estrategas dicen que se lucha por el potencial de una zona, por poner una cabeza de puente que permita acceder en un momento posterior a los mundos libres, pero la verdad es que toda esa palabrería no me convence gran cosa. Por lo que se lucha en realidad es por imponerse, por hacer ver al otro la superioridad de la propia civilización para que, de ese modo, se abstenga de toda hipotética resistencia. Se pelea por planetas inútiles para ganar un estatus mucho más valioso que cualquier recurso que se pueda obtener de esos planetas.
Estuvimos mucho tiempo hablando de estos y otros temas parecidos y al final, toda la discusión nos llevó a la conclusión de que pertenecemos a distintas culturas, que era lo que ya sabíamos antes de empezar a hablar, o antes incluso de conocernos.
Y no es que el nuestro sea un diálogo de sordos, sino que nuestras posiciones están tan alejadas que se prestan solamente a una exposición afirmativa más que a una discusión: para discutir es necesario tener puntos de partida cuando menos similares, y los nuestros nos se parecen en absoluto, ni siquiera en la definición de los conceptos. Y así, claro, no hay manera.
En lo que sí coincidimos es en que hay que reparar la nave y que eso aún llevará algún tiempo. Nuestras reservas alimenticias dan aún para diez meses, pero ya estoy harto de comer vegetales, y no digamos Snorr, que es preferiblemente carnívoro. Dice que si no salimos de aquí pronto, un día me degollará y me meterá en el almacén de alimentos de la nave. No se cansa de repetirme que ya ha probado la carne humana y la encuentra realmente buena. Yo, en cambio, sólo puedo hablar del olor que produce al asarse la de los viajeros.
El mal humor me está volviendo macabro....
Aún estamos en La Jodimos, intentando reparar nuestra nave. Snorr aprende muy deprisa y ya me ayuda a montar y desmontar piezas. Ayer, riéndome de mi propia impotencia para reparar el sistema de comunicaciones, repetí la vieja poesía de James Clark Maxwell:
Mi alma es un nudo complejo
sobre un líquido turbulento
creado por una conciencia invisible;
y te sientes como un reo
deshaciendo el revoltijo con un pasador
sólo para convencerte de que el nudo será eterno
porque todas las herramientas para deshacerlo
se encuentran en la cuarta dimensión.
Lo que para mí era simplemente un viejo poema, para Snorr fue como una luz que se encendió en su mente. Entonces me contó algo que nunca olvidaré.
Los viajeros, igual que nosotros, han buscado la cuarta dimensión desde hace más de doce siglos, pero ellos la han encontrado, saben demostrarla racionalmente y creen en su existencia práctica. Snorr me aseguró que estuvo una vez en la cuarta dimensión pero regresó. Fue cuando derribaron su nave los merot, poco antes de que yo lo rescatara.
Hace unos días, quizás un mes, escribí en este diario que si un día me encontraba desesperado me lanzaría a un agujero negro para intentar salir por el otro lado y encontrarme allí con los muertos. Para mí eso era sólo un recurso poético, un elegante suicidio, porque sé de sobra que un agujero negro no es un agujero, sino un cuerpo de masa tan gigantesca que es capaz de atraer con su fuerza gravitatoria hasta a la propia luz, así que lo único que puede uno esperar al lanzarse a un sitio así es un batacazo descomunal, una auténtica plusmarca de aplastamiento. Sin embargo los viajeros piensan que no es así, creen que de verdad se puede pasar al otro lado, aunque no haya vuelto ninguno de los que lo han intentado. Eso, para la mentalidad humana, es algo más que sospechoso, pero los viajeros dicen que un camino de ida no tiene por que hallar correspondencia con uno de vuelta, igual que es posible caer en un pozo e imposible salir de él.
En mi opinión, Snorr cree que estuvo en la cuarta dimensión por las alucinaciones que le produjeron los traumatismos que tenía, y aun tiene, en la cabeza, pero en realidad no ha estado en ninguna parte.
Como ya he dicho, los viajeros tienen una fuerte tendencia a creer en cosas transcendentes. Basta con ver un archifamoso poema viajero cuyo autor no recuerdo, afortunadamente, porque tenía un nombre que más parecía un gruñido que otra cosa.
Dice así:
No quiero ser el mezquino
vividor que no es capaz
de abandonar el camino
en que le puso el Destino
y al que él llama libertad.
Yo quiero ser esa luz
que se muere de inquietud
por volar al Más Allá.
No es el mundo mi frontera,
yo te amo, Eternidad.
Nuestros poetas también escriben cosas así, pero no se las creen tanto. O vaya, eso pienso.
Cuando llegue a entender la teoría viajera sobre la cuarta dimensión trataré de explicarla por escrito.
Yo creo que Snorr me ha contado todo esto impresionado porque le haya dejado ayudarme a desmontar la nave. Él creía, y con razón, que la tecnología de las naves humanas es altísimo secreto, y quiso agradecerme de algún modo la confianza. Ahora, ellos saben la razón de la maniobrabilidad de nuestras naves y nosotros sabemos que hay una manera práctica de pasar a la cuarta dimensión, aunque ni él sabría construir la nave ni yo explicar el modo efectivo de pasar al otro lado.
Creo, de todos modos, que es un trato bastante ventajoso para la raza humana, si es que aún existe esa condenada casta de prófugos, porque habitualmente son las ideas novedosas las que producen las más avanzadas tecnologías y no al revés.
Por cierto: ya que estoy poético hoy, debo decir que además del que copié pocas líneas atrás he aprendido algún otro poema viajero. Parece ser que, contra todo pronóstico, también abundan los poetas entre los viajeros. Ellos no conocen modas, ni estilos, ni estrofas u otras formas de dar al tema cierto orden; ellos simplemente persiguen la belleza, y cuando la alcanzan la encierran en canciones para cantárselas al Universo en acción de gracias.
Estas fueron textualmente las impresionantes palabras del viajero sobre la poesía de su pueblo. Y esta, una de sus canciones. La está recitando ahora mismo Snorr para que pueda copiarla:
Luz blanca de luna negra,
besa esta noche mi espada
para que en combate pueda
sentir como crece mi alma.
Escondida entre las sombras
ya sé que la muerte espera;
¡Destino!, pon un crespón
negro sobre mi cimera. Una de las cosas en que los viajeros coinciden con nosotros es en su paso por una época... digamos medieval, aunque la suya fue mucho más adelante, coincidiendo con nuestro siglo XIX. De ahí su mención a espadas y cascos, que eran cascos y no cimeras, pero algo hay que concederle a la rima.
Desde luego, este poema no se parece a nuestros Richards, Vélez, Xiam-Ho, Whitman, Wilson-Alunga o Goethe, pero hay que reconocer que tiene un espíritu muy especial.
¡Oh, claro!, por supuesto, los viajeros son panteístas. Para ellos Dios está físicamente en nosotros. Incluso nuestras oraciones son bastante parecidas.
Pero mejor dejarse de tonterías y volver a la realidad, que nos reclama. Aún hay trabajo en la nave para permanecer en este putrefacto planeta otro buen número de días. Luego cruzaremos los dedos y rezaremos para escapar de su condenada gravedad.
Moverse aquí es horrible: te deja totalmente exhausto. De hecho, hay que mover ciento cuarenta kilos con un aparato locomotor acostumbrado a trasladar habitualmente a sólo ochenta. Eso sí: cuando salga de aquí voy a poder enfrentarme a un campeón de lucha. Se me están poniendo los músculos de un volumen increíble, con lo que por otra parte me empieza a molestar la ropa. La Jodimos ataca siempre en los detalles más inesperados.
Si regreso a la Tierra me vengaré recomendándolo como campo de pruebas para armas de destrucción masiva. ¡O mejor aún!, como vertedero de residuos orgánicos no biodegradables.
Iba a acabar aquí lo poco que tengo que contar del día, pero creo que es necesario un acto de justicia. No me he cansado de decir que estamos en este planeta para tratar de reparar las averías de nuestra nave utilizando las piezas de la de Recaredo Silva. Yo mismo, me avergüenzo de decirlo, me sorprendí al encontrar dos cadáveres en la nave cuando sé que desde siempre las naves de este tipo van tripuladas por dos exploradores. La fama de Silva recorrió el mundo, pero nadie, nadie habló de su compañero, del hombre que ocupaba en esta nave, la Celestia, el puesto que yo desempeñaba en la mía hasta la muerte de Alexis. Su nombre era Nikos Iliantzatis y tenía sólo un año menos que Silva. Se ocupó de mantener la nave a punto para que las transmisiones fueran posibles hasta que llego su hora, una semana antes que la de Silva, seguramente porque debía realizar mayor desgaste, aunque jamás se supo el motivo a ciencia cierta porque todo lo que JOB tiene en sus archivos es que Silva informó escuetamente de la muerte de su compañero..
Es lamentable la manera en que nos olvidamos de la gente que ocupa puestos de menor importancia aunque su papel sea vital para que los otros puedan realizar su trabajo o llevar adelante sus hazañas. No propongo yo, ni creo deseable, que se iguale a todo el mundo bajo el mismo rasero, porque si el jefe se lleva la responsabilidad, y hasta un posible proceso si las cosas salen mal, es justo que se lleve los honores cuando sus decisiones conducen a un éxito, pero este olvido, este ninguneo feroz que llega al punto de que un hombre como yo se sorprenda al encontrar el segundo cadáver, es una injusticia flagrante.
Sirvan por tanto estas líneas de disculpa y desagravio para con Iliantzatis, que como yo era el segundo de a bordo en su nave, y que todos los segundo de a bordo, y los terceros, y los cuartos, sepan perdonarnos el olvido a que aveces arrojamos su nombre y su memoria.
Ahora sí que el planeta ha confirmado plena y definitivamente su nombre. El aparato de comunicaciones de Silva no funciona. La atmósfera o qué sé yo han deteriorado alguna pieza y lo han dejado completamente inservible. Y eso no es lo peor; lo peor es que una de los componentes inutilizadas es el decodificador que, obviamente, no hay manera de reproducir. Ninguna civilización podrá construir otro.
Snorr lleva dos horas maldiciendo y aún no ha empezado a repetirse. Yo me uniré a sus plegarias en cuanto acabe de escribir esto.
Por lo demás, las reparaciones van tan bien que acabaremos antes de lo previsto. Mucho me temo que ahora tendremos que dirigirnos a Ojos de Muerte en busca de la nave de Kenshoughi.
Snorr dice que ponerse en contacto con la Tierra tiene prioridad máxima en estos momentos, así que no va a quedar más remedio que ir allí. El éxodo bíblico fue una excursión dominical comparado con ése viaje.
¡Mierda para este planeta!, ¡mierda para el equipo!, ¡mierda para la mierda!

Planeta La Jodimos. Imagen tomada por la "NHE Inspirada", del capitán Recaredo Silva.
Recaredo Silva sabía muy bien lo que se hacía al llamar La Jodimos a este sitio.
Cuando estábamos en plena maniobra de aterrizaje nos sorprendió un grupo de skags que salió de la otra cara del planeta.
Una de las naves viajeras resultó totalmente destruida y la otra tuvo que escapar de la zona, un poco tocada. Nosotros dimos con nuestra carrocería contra el suelo. Afortunadamente pude controlar la caída y estamos muy cerca del lugar en que cayó Silva.
Me temo que no será sólo el sistema de comunicaciones lo que tendré que tomar de la nave de ese valiente explorador. Snorr está muy preocupado: teme que alguna de nuestras piezas averiadas lo esté también en la nave de Silva, pero eso no me parece probable, teniendo en cuenta la naturaleza de su avería.
Tendremos que permanecer aquí unos días, pero no creo que luego pasemos apuros para escapar de la gravedad de este planeta, tan funesto como su nombre, porque por mal que se ponga todo, es seguro que podremos alejarnos lo suficiente para utilizar el sistema de Nickelmann. La agonía de Silva tuvo que ser algo terrible en un sitio tan áspero y desolado como este.
Todo a nuestro alrededor on dunas y montañas gastadas, carcomidas por el constante viento y la arena. Aquí no hay una sola gota de agua ni rastro de que la hubiera nunca. La atmósfera es prácticamente de nitrógeno puro y vamos a necesitarlos equipos de respiración, lo que siempre es un incordio cuando se tienen que realizar trabajos duros y complicados.
Snorr ha tenido una idea digna de un militar viajero: ha sugerido que si el peso no es excesivo, y no lo es, acoplemos todo el armamento de Silva a nuestra nave. De ese modo tendremos una potencia de fuego impensable para una nave exploradora. La única cara negativa del asunto es que para ello deberemos desprendernos del laboratorio de análisis botánico.
No es precisamente cambiar flores por armas lo que más adeptos tenía en la Tierra, pero qué le vamos a hacer. Si alguien se entera de que he tirado el jardín botánico para pertrecharme con el doble de artillería tendré una protesta multitudinaria a la puerta de mi apartamento, aunque, bien pensado, lo que tendré será una medalla, porque no me va a quedar más remedio que pedir asilo político en el planeta de los viajeros cuando mi gente se entere de que me he unido a ellos.
En cuanto hayamos hecho esa reforma, nuestra parte más fuerte será la cola, así que el que nos busque la espalda para derribarnos se encontrará con una bonita sorpresa.
Ahora estamos completamente aislados, sin noticias y sin saber si la nave viajera llegará a ponerse en contacto con alguien para pedir ayuda. Si al final ha caído volveremos a la situación de antes: solos, perdidos y sin saber a dónde ir.
Esta vez será más fácil encontrar a alguien porque llevamos a bordo varios equipos de comunicación, pero es urgente reparar la nave y salir de aquí, no vaya a ser que bajen los skag a comprobar si nos hemos matado.
Snorr ha dicho simplemente que los skag son unos tipos un tanto desagradables y que no ha tenido ninguna gracia lo que han hecho. Podría traducirse por algo así como que quiere comerse uno crudo a la hora del desayuno. Por contra, a mí me ha dicho que usará mi piel como tambor si no me doy prisa en reparar esta mierda terrícola. Son unos tipos curiosos estos viajeros.
Desde que estamos aquí podemos contar los días y las noches. Lo malo es que uno no acaba de acostumbrarse a la gravedad de este mastodonte, que tiene un valor aproximado de 16.8 m/s2 , o sea, un poco menos del doble que la Tierra, lo que hace que cualquier movimiento cueste un gran esfuerzo.
Si este planeta estuviera habitado, las criaturas indígenas, aparte de tener un nombre un tanto problemático, serían bajitas y anchas. Snorr bromea diciendo que mediremos un par de centímetros menos cuando salgamos de aquí.
Yo me conformo con salir.
Estoy completamente agotado. Llevamos más de diez horas haciendo maniobras y hay otras tantas programadas para mañana. Estuve a punto de quejarme, pero un arrebato de orgullo me impidió poner la más mínima objeción, porque ahora soy el único representante conocido de la especie humana y no quiero que estos impresentables piensen que somos unos blandengues.
Por los menos estoy aprendiendo a combatir, que buena falta me hacía. Me derribaron más de doscientas veces, así que al final Snorr se enfadó porque siempre perdíamos y se puso a los mandos. Desde entonces no nos han vuelto a alcanzar, lo que demuestra que mi pasajero es un gran piloto incluso para el nivel de los suyos, y me da más miedo todavía pensar cómo debían ser los que lo derribaron. Él dice que eran varios y que su nave no era más que una hamburguesa voladora, pero no puedo dejar a un lado la preocupación.
Como digo, estoy aprendiendo a combatir, pero claro está, con técnicas viajeras. Si algún día regreso a la Tierra seré el bicho raro de la flota, ¡o a lo mejor cuentan conmigo en todas las maniobras para que haga de enemigo!
Últimamente, en vez de avanzar en flecha avanzamos en V, así que llevo delante a mis do s inesperados acompañantes. Las caras de los viajeros no se han vuelto menos crueles ni sus ojos menos brillantes, pero ahora es un consuelo tenerlos cerca.
Los viajeros, al contrario que nosotros los humanos, no valoran si están en inferioridad o superioridad. Ellos luchan siempre y en toda circunstancia, sus retiradas son siempre repliegues estratégicos y no se les conoce ninguna rendición incondicional, ni tampoco con condiciones, porque no se rinden nunca. Como mucho firman pactos de alto el fuego.
Que el diablo me lleve, pero me alegro de estar con ellos y no con la flota humana en estos momentos difíciles.
Las noticias que llegan de la guerra dicen que se ha logrado estabilizar un frente de batalla. Los kobold están empezando a ceder, pero en cambio los elf, a pesar de su escaso número, han conseguido un entrante en SR-39. Su entrante abarca tres planetas aptos para la instalación de artillería fija y los skag de ese área no se atreven a acercarse por allí, sobre todo después de sufrir un porcentaje de bajas digno de un desastre en toda regla..
Los vergessinos y los kneip están sacando el máximo partido a las naves teledirigidas y los campos de energía, sobre todo a estos últimos, que han servido para dispersar la avanzadilla merot. No obstante, lo malo que tienen los campos de energía es que son complicados de trasladar de un punto a otro y es previsible que, en cuanto se rehagan, los merot consigan superar esas barreras.
La flota viajera tampoco ha entrado aún en combate. En estos momentos ejerce el papel de fuerza de reserva. De este modo la Alianza oculta la verdadera dimensión de sus fuerzas y deja para más tarde la intervención de los ejércitos más poderosos. La verdad es que no creo que la propia Alianza conozca la verdadera dimensión de sus fuerzas, porque, o mucho me equivoco o aún se tardará un tiempo en coordinar completamente todas las tropas si es que se consigue algún día. Después de los problemas que ha habido a lo largo de los tiempos entre las diversas razas y civilizaciones, es difícil de creer que todo el mundo esté poniendo de su parte el máximo para esta guerra, por fuerte que sea la amenaza: cada cual a su manera y en la medida de sus posibilidades, se habrá guardado una parte de sus tropas para dejar a los demás el desgaste; eso, que en un principio podría parecer negativo, puede ser un alivio si en un momento dado son necesarias fuerzas suplementarias pues, llegada la ocasión, ya se verá como aparecen flotas y flotillas de la nada.
Pero bueno, mejor dejarse de suspicacias y acabar con lo que estaba contando. El entrenamiento y rearme de los nemesinos se está acelerando al máximo para que puedan ayudar cuanto antes, aunque sólo sea sustituyendo a las guarniciones viajeras que cubren la retaguardia. Los kneip han desarrollado un nuevo tipo de nave y está previsto que salga al espacio en menos de seis meses; si su tecnología de navegación sigue la progresión que hasta ahora, seguro que es un aparato magnífico.
Mientras tanto, nosotros seguimos avanzando hacia la tumba de Silva, aunque no sea tal tumba porque no hubo nadie para enterrarle, ni falta que le hizo, me temo..
Si apareciera la Tierra....
Pero la Tierra no aparece y esta guerra ya está en marcha, así que tendré que acostumbrarme a ser uno más de los viajeros.
¡Y el caso es que no puedo!
Hoy se han unido a nosotros dos naves y se han puesto a nuestra cola. Su misión es escoltarnos hasta la tumba de Silva para conseguir el equipo de comunicaciones. La gravedad del momento ha impedido que viniera toda la escuadrilla, más que nada porque varias naves han sido derribadas por el camino. La situación debe de ser horrible; dicen que hay skag y merot por todas partes.
El equipo de comunicaciones que buscamos se ha convertido en un importantísimo objetivo estratégico para la alianza antimerot. Calculo que estaremos allí en unos cinco días si no surgen problemas inesperados, aunque lo más inesperado en esta zona es que no surjan problemas.
Desde que se unieron a nosotros las dos naves viajeras, Snorr no ha parado de dar explicaciones de cómo ha llegado a bordo de una nave terrestre comandada por un asqueroso humano. Ya ha maldecido cinco veces la médula de mis huesos, así que creo que me considera un verdadero amigo. No se imagina las explicaciones que voy a tener que dar yo si vuelvo algún día a la Tierra, porque lo de rescatar a un viajero no va a ser muy bien comprendido por la opinión pública.
Los tripulantes de las otras naves dicen que están muy interesados en todo lo que les pueda decir sobre la actual localización de la Tierra. Como ya he ido aprendiendo la dialéctica viajera he respondido que si lo supiera me tiraría de cabeza a un volcán antes de permitir ser escoltado por dos mugrientas latas centaurianas. Al parecer sólo Snorr me cree cuando digo que voy errante en busca de mi planeta y no tengo la más remota idea de dónde puede estar. La verdad es que lo comprendo: resulta difícil de creer que un explorador dedicado a descubrir nuevos planetas no sepa donde está el suyo.
De momento parece que se ha alejado el fantasma de la soledad. Snorr es un magnífico conversador si te acostumbras a sus juramentos y maldiciones; ahora, también puedo hablar con los tripulantes de nuestra escolta que, ¡vaya por Dios!, también hablan mi idioma. La academia militar de los viajeros le ha marcado varios puntos a la nuestra.
Menos mal que nosotros, además de una inteligencia parecida a la suya, tenemos algo de lo que los viajeros carecen: ingenio. Si no fuera por el ingenio nunca hubiéramos podido enfrentarnos a ellos. Lo mismo sucede con la imaginación, si es que hay alguna diferencia importante entre imaginación e ingenio, porque la primera es condición imprescindible para que el segundo florezca y dé frutos.
Los viajeros sacan conclusiones del análisis de las circunstancias y luego se organizan magníficamente. Nosotros somos mucho menos perfectos en organización y planificación, pero respondemos mucho mejor y más deprisa que ellos ante las situaciones nuevas, precisamente por muestra capacidad, muy superior, para manejar conceptos inexistentes en el mundo real. Por eso somos tan necesarios los humanos en la guerra contra los merot, porque ellos son una situación totalmente novedosa y nadie como los humanos para encontrar rápidamente una manera de plantarles cara. De momento, yo trataré de aportar mis puntos de vista, pero me temo que un sólo humano no va a ser suficiente.
Afortunadamente, contamos con los elf. Esos sí que son unos genios del invento maquiavélico y refinado. Los nómadas antalet han prometido enseñarnos métodos de fuga y mimetismo y supongo que otras razas y culturas aportarán también sus habilidades específicas, porque todo el mundo, puede que hasta los ondiros, tiene algo que aportar a esta contienda..
Quizás entre todos seamos capaces de parar esa oleada negra. Precisamente así, oleada negra, era como llamábamos a las flotas viajeras debido al color de sus uniformes.
Ahora reciben ese nombre los merot, por ser totalmente negros, a pesar del blanco de sus uniformes. Un viajero y un merot abrazados serían algo parecido al ying y el yang, pero con los dos puntos el uno al lado del otro.
En estos momentos ha llegado una noticia estupenda: Snorr me acaba de informar de que los Sokoy han decidido atacar únicamente a las naves skag y merot mientras dure esta guerra y seguir los dictados tácticos de la Alianza, aunque actuando siempre como corsarios, que es el modo en que mejor saben luchar.
Este acontecimiento tiene, en mi opinión, dos posibles lecturas:
O los sokoy han comprendido que el problema es realmente grave y la no beligerancia les llevaría a la aniquilación cualquiera que fuera el vencedor, o bien, la situación militar es tan desesperada que hasta los sokoy se ven con el agua al cuello y buscan la protección de la Alianza. Como siempre, me inclino a pensar que la verdad es una mezcla de las dos posibilidades.
Sea como sea, compadezco a los merot si se convierten en objetivo único de los sokoy. Eso no se lo hubiera deseado ni a los viajeros.
Una vez, en mis primeros años de explorador, atacaron nuestra flota saliendo de un asteroide que habían ahuecado para utilizarlo como base. Pueden estar en cualquier sitio, en cualquier momento y atacar en cualquier circunstancia. Son algo parecido a la muerte, que te puede encontrar en cualquier ocasión y además sin aviso previo. Espero que molesten tanto a los merot como nos han molestado a nosotros. Con eso ya me daría por más que satisfecho.
La misma noticia que hablaba de los piratas decía también que los kobold siguen resistiendo en su área, causando grandes pérdidas a los skag, que son los atacantes. Esos kobold parece que van a ser duros de pelar.
Creo que la dureza de una raza proviene de las penalidades que haya tenido que pasar y de una componente espiritual que no sé identificar, pero estoy convencido de que existe. Cada raza, cada pueblo, tiene su propia esencia, su propia alma, y es eso lo que hace que la reacción ante un mismo estímulo sea distinta de unos grupos a otros. Hay quien llama a eso cultura, pero yo rechazo ése término porque la cultura es modificable y el rasgo del que hablo no lo es.
Esta es la primera influencia mental que he recibido de Snorr. Los humanos sin embargo creemos, o mejor dicho creen, que el comportamiento y la reacción frente a ciertos estímulos deriva del curso de la evolución de la raza, y que es únicamente la diferenciación de las evoluciones lo que produce distintos tipos de respuestas. Yo estoy más de acuerdo con los viajeros aunque no puedo dejar de reconocer la racionalidad de la teoría humana.
Los viajeros son una gran contradicción: actúan basándose en el análisis y piensan basándose en el espíritu de las cosas. Sin embargo, esa disociación no los vuelve menos coherentes, porque de algún modo, incomprensible para nosotros, han logrado conciliar el análisis y el espíritu en una cultura que se ha demostrado viable.
En fin. Hasta mañana.

Nave Exploradora "NHE Buena Estrella". Foto oficial de la Agencia Espacial Terrestre.
¡Qué el diablo se lleve a los merot y a esos malditos skags amigos suyos!, y sobre todo que se los lleve cuanto antes.
Hace dos horas nos ha atacado una nave skag y hemos conseguido salir del apuro sólo gracias a la habilidad militar de Snorr. Yo hice simplemente de artillero de cola, como se dice en el argot de la profesión, lo que consiste en disparar manualmente todas las ramas que el piloto no pueda controlar con los mandos. Al final la derribamos, pero no fui yo el que acertó de lleno a la nave skag.
Snorr quería que la abordáramos para conseguir alguna información que pudiera resultarnos útil. Al final, cuando ya teníamos puestos los trajes espaciales, la nave skag se autodestruyó con una gran explosión que lanzó a la nuestra a una buena distancia. Afortunadamente, sólo hemos sufrido daños en la carcasa, y no creo que se quejen en la Tierra si regreso con la nave abollada.
Snorr no quería decírmelo por miedo a herir mi orgullo, pero desde que entramos en este área quería ser él quien pilotara permanentemente la nave por si surgía alguna emergencia. Al parecer, esa rata viajera ya sabía que los exploradores somos unos horribles pilotos de combate y caemos como moscas ante cualquier ataque. Prefiero no preguntarle si lo sabía por experiencia.
Ahora que se ha convertido en el piloto habitual de la nave ha tenido la delicadeza de recordarme que sigo estando al mando, porque la nave es mía. Si sigue así, puede que llegue a caerme bien y todo.
Me pregunto si la simpatía hacia alguien se basará en un sexto sentido que nos ayuda a prevenirnos de las personas que no son de fiar. A menudo decimos que éste o aquel no nos caen bien; no nos han hecho nada pero no nos caen bien; ¿no será porque percibimos algo que nos mueve a no confiar en esa persona?
Cuentan que cuando aún estaba permitido tener animales domésticos, algunos de ellos eran capaces de percibir las intenciones de los forasteros que llegaban a la casa, mostrándose alegres u hostiles dependiendo de lo que sintieran.
Me gustaría saber lo que hubiera opinado un perro o un gato sobre Snorr, aunque ahora ya no tiene importancia, porque aunque al final decida matarme ya habrá valido la pena su rescate: sin él nunca hubiera sobrevivido al ataque de la nave skag.
Cuando le he dado las gracias me ha dicho que nunca movería un dedo por salvar a un piojoso humano, y que lo había hecho por salvarse a sí mismo, así que parece no considerar saldada la deuda que tenía conmigo, y por lo que yo sé, no la saldará nunca, pues los viajeros piensan que toda acción posterior tiene origen en que alguien te ayudara a seguir viviendo para poder hacer más cosas.
No debería decir esto, y que el demonio me lleve por hacerlo, pero me siento más cómodo y seguro con Snorr que con Alexis, que era un tipo sensacional pero tan mal piloto de combate como yo. De haber seguido con él, a estas horas estaríamos dándole la razón al monumento de Marte que nos da por muertos.
Será por cabezonería, pero no tengo la más mínima intención de darle la razón a ese monumento.
La escuadrilla viajera está a sólo dos días de encontrarse con nosotros, pero tengo la impresión de que Snorr no abandonará mi nave hasta que lleguemos al lugar donde murió Silva.
Ardo en deseos de unirme a la flotilla viajera. Será una estampa histórica: una nave exploradora terrestre en formación cerrada con una escuadrilla militar de viajeros.
A mi extraño pasajero le sorprende mucho verme escribir sobre soporte físico, sobre papel. Lo más curioso es que no tengo ningún problema de intimidad, porque él es incapaz de leer este tipo de letra. Su sistema mental de asociación y reconocimiento de caracteres no es capaz de llegar a algo tan cambiante y arbitrario como son las letras manuscritas. La verdad es que muchos humanos tampoco serían capaces de entender lo que yo escribo....
Es precisamente nuestra capacidad de identificar como iguales cosas que en realidad son diferentes lo que más ha impresionado de la raza humana a otras civilizaciones. Aunque haya un montón de diferencias, basta con unos pocos rasgos comunes para que inmediatamente identifiquemos el objeto. Los viajeros y los vergessinos son incapaces de esa comparación analítica instantánea: ellos necesitan aprender a comparar y luego comparar voluntariamente, lo que les supone un mayor esfuerzo.
En estos días también me he enterado de que los viajeros duermen con los ojos abiertos, como los afiot del Planeta Rocoso, y es que esta gente parece desconfiada hasta para dormir.
Los afiot son muy poco amigos de la navegación interplanetaria, igual que los pipistrelli. Sólo podemos contar con ellos para que nos ayuden estratégicamente y con aprovisionamientos.
Por su parte, los sokoy del Planeta Verde seguirán con su piratería y atacarán por igual a las naves merot y a las nuestras. Desde que estalló su planeta de origen, alcanzado por un meteorito, andan por el cosmos como vagabundos, y como no tienen nada que perder, ni nada que agradecernos a nosotros o a los merot, no nos ayudarán en absoluto.
Siguiendo este recorrido por las razas inteligentes hay que hablar de los elf, que viven en un planeta del Sistema del Taller del Escultor. Son fuertes, valientes, decididos y nobles, pero en total no deben ser más de diez millones, así que su presencia es casi simbólica. Contra todo lo que digan los inventores de patrañas para consumo de masas, no se les dio ese nombre por su parecido con los personajes de un viejo cuento, sino porque el primer contacto con su civilización tuvo lugar con una base científica habitada por once individuos, y fue Berger, también Berger, el que trabó ése contacto.
Luego están los atalatá, que viven en una nebulosa llamada Oreja, por su especial forma. El nombre es ridículo, pero los humanos no estamos en condiciones de reírnos: cuando las demás civilizaciones se enteraron de que habíamos llamado Vía Láctea a nuestra galaxia la risa duró mucho tiempo. Los atalatá son muy numerosos, pero ni les gusta la guerra ni saben guerrear. Al no pasar de setenta centímetros de altura, aunque casi habría que decir diámetro, los atalatá nunca han podido medirse físicamente a otras civilizaciones. Teniendo en cuenta además que su cerebro no es tampoco ninguna maravilla, son presa fácil para cualquiera que quiera ponerlos bajo su yugo. Siguen siendo libres porque no producen nada de valor y porque su atmósfera es venenosa para todos los demás. Sólo los piratas sokoy atacan de vez en cuando a los atalatá, aunque más por falta de otros objetivos que por verdadero interés. En la misma nebulosa Oreja, pero en un alejado sistema, viven los omeya, que no viajan al espacio por razones religiosas. Todo su armamento es de superficie y su planeta está muy bien defendido, pero no servirán de mucha ayuda en esta guerra a no ser que algún grupo acorralado tenga que hacerse fuerte en alguna parte.
En Porgirsalt, siguiendo con el recuento, viven los ondiros, un pueblo con el que la Tierra tuvo muchos tratos comerciales; a ellos les interesaba nuestro óxido de silicio y a nosotros sus yacimientos metálicos. Nosotros tenemos montones de arena y ellos montones de metales, así que los intercambios fueron muchos y provechosos para ambas partes.
Sin embargo, en el terreno militar no son útiles porque son muy cobardes. Creen que no existe otra vida después de la muerte y se aferran a esta con todas sus fuerzas. Les importa más el vivir mucho que el vivir libres, así que no se puede contar con ellos para ir a una guerra, sea cual sea el motivo. Nunca habrá una razón suficientemente importante para que luchen.
Por cierto: fueron los ondiros los que provocaron el primer enfrentamiento entre humanos y viajeros, pues eran una colonia viajera y nuestros gobernantes quisieron negociar directamente con ellos, saltándose a la metrópoli, que ni corta ni perezosa atacó la Tierra sin previo aviso. Como logramos ganar aquella guerra, los ondiros pasaron a estar bajo nuestro dominio. Luego, durante el bloqueo, fueron otra vez colonia viajera, y después de nuevo nuestra, etc., etc. No me compadezco de ellos en absoluto: un pueblo que no está dispuesto a luchar por su libertad no merece disfrutar de ella.
De todas maneras ya habíamos tenido innumerables incidentes con los viajeros. Fueron la primera raza extraterrestre conocida (de ahí su nombre), y como resultó que no venían en son de paz, los humanos nos hicimos desconfiados hacia todo lo que viniera del espacio.
En Andrómeda, en el planeta Némesis, viven los nemesinos. Este planeta también fue descubierto por Berger, el más grande explorador de todos los tiempos, que tenía la desagradable costumbre de poner nombres terroríficos a todo lo que descubría. Los nemesinos son fuertes, valientes y relativamente numerosos, pero están bastante atrasados tecnológicamente. Por lo que me ha contado Snorr, los kneip les han provisto de naves y los viajeros de armamento, y ahora mismo están preparándose para participar en la guerra. En menos de un año estarán listos para enviar sus tropas a la batalla y autoabastecerse de armas y naves de combate. Estoy seguro de que serán una gran ayuda.
El otro planeta que descubrió Berger fue Kobold. Los kobold también lucharán. De hecho ya están luchando. Snorr dice que fueron los primeros en atacar a los merot y los primeros en proponer una alianza. Los humanos no llegamos a tener contacto con ellos, pero sabemos que sus naves son oscuras como nuestros lobos, pero mucho más rápidas. El problema reside en la escasa potencia de sus armas. Por lo que cuenta Snorr, a pesar de ello, los kobold llegaron a frenar a las patrullas merot y a detener el avance de los skag sin ayuda de nadie.
Lo malo es que hasta ahora sólo se han visto patrullas y el verdadero ejército viene detrás.
Ya sólo me faltan dos civilizaciones por mencionar: los aripacua de Nemo, que descubrió Silva, y los antalet de Samarkanda.
Los aripacua han defendido su planeta con artillería en los satélites, trampas, tres niveles de energía, subterráneos, túneles y mil trapacerías contra cualquier invasor, pero nunca se aventurarían fuera de su sistema. No hablan con nadie, bajo ningún concepto, y sus gobernantes han ocultado a la población la existencia de otras civilizaciones, así que si te acercas por allí te fríen y dicen que ha caído un meteorito. Y no es que sean malos, sino que llevan hasta el extremo la defensa del universal derecho a que les dejen en paz.
Los antalet son nómadas y van de planeta en planeta formando grandes convoyes, por lo que son muy vulnerables. Además, están mal armados y la tarea de defenderse a sí mismos supero ya sus escasas posibilidades, con lo que no cabe esperar mucho de ellos.
Luego están los viajeros, kneip y vergessinos. Los tres lucharán hasta el fin por su libertad.
Y faltan los humanos, que nadie sabe donde se han metido en este momento de necesidad. Su ayuda sería muy valiosa, pero sólo un humano, yo, se ha unido a la flota, y únicamente porque no tengo ni idea de cómo encontrar la Tierra. ¿Dónde se habrán metido los condenados humanos? Espero que la guerra no los pille por sorpresa.
Así pues, en estos momentos, hacen frente a los skag y los merot un ejército combinado formado por viajeros, vergessinos, kneip, elf y kobold, aunque muy pronto se unirán también a nosotros los nemesinos y quiero pensar que tarde o temprano también los humanos.
Ojalá.
Hoy, por fin, hemos salido de Nemo. El que dijo que se está mejor solo que mal acompañado no había estado solo mucho tiempo. Aunque a toda velocidad, me lo pensé mucho antes de llevar al viajero a mi nave, pero ahora me alegro sinceramente de haberlo hecho. Estoy disfrutando realmente con Snorr, y eso que no se puede decir que un viajero sea buena compañía para nadie, salvo para un tiranosauro, o un sumi de Arsilia.
Poco a poco me he ido acostumbrando a responder a sus amenazas con otras no menos brutales y eso ha mejorado mucho el ambiente a bordo. Ahora, cuando al ver la comida él me promete que usará mi lengua para dar vueltas a un plato de azufre, yo le prometo que ensartaré sus orejas en un alambre oxidado, y así, mano a mano, nos comemos la bazofia vegetal que nos prepara la cocina automática a partir de la verdura que recogí en el Planeta Azul de Altaír.
Comer hierba es muy desagradable para mí, así que para un viajero tiene que ser algo realmente insufrible. Hace una horas Snorr estuvo comentándome que en las pasadas guerras los viajeros se comían los cadáveres de los humanos muertos. A mí me pareció horrible, pero contraataqué diciendo que a los suyos los quemábamos en las centrales energéticas, lo que le pareció tan espantoso que permaneció un rato callado. Los viajeros creen que el cuerpo debe ir a parar a la tierra o al Cosmos para que el alma tenga tiempo de desprenderse, porque si se quema, el alma no tendrá tiempo de huir y se quemará también. Es la primera vez que consigo horrorizarle más que él a mí, y lo peor de todo es que es cierto que hacíamos eso.
Snorr lleva toda la mañana dando voces por el sistema de comunicaciones: al parecer ha detectado a otras naves viajeras y está pidiendo que se acerquen a nosotros. Los problemas han empezado cuando él les dijo que iba a bordo de una nave exploradora de la Tierra acompañado de un humano, que además es el que tiene el mando.
En estos tiempos de zozobra los viajeros ya no son enemigos declarados de los humanos, pero seguimos sin hacerles demasiada gracia. Por eso los compañeros de Snorr no querían creerse que estuviera en una nave terrícola, máxime cuando hace tiempo que los humanos han desaparecido sin dejar rastro.
Al parecer, la flotilla se unirá a nosotros dentro de unos días para escoltarnos hasta el lugar donde murió Recaredo Silva. Deben de considerarme algo así como una piedra preciosa y no quieren correr riesgos; la verdad es que con esta compañía tengo incluso cierto cargo de conciencia por buscar la Tierra, pero no cabe duda que es mejor que estén prevenidos por lo que pueda venir. Si decidiera abandonar la búsqueda para no llevar a los viajeros hacia el planeta, tal vez lo lamentaría luego, porque esos merot, de los que yo mismo he visto las obras, son una amenaza mucho más peligrosa que todas las conocidas hasta ahora. Seguro que si encuentro la Tierra en su compañía también llegaré a lamentarlo, pero como el dilema no tiene solución, prefiero optar por el camino que más me conviene personalmente, y así, si me equivoco, me equivocaré al menos en beneficio mío.
Por fortuna o por desgracia, la academia militar de los viajeros es mejor que la nuestra y Snorr habla perfectamente el idioma humano. Si tuviéramos que comunicarnos en aitse, el idioma viajero, yo lo pasaría realmente mal, porque ni me interesé mucho por aprender su idioma ni, la verdad, hicieron gran hincapié en la materia. Los viajeros se han mostrado siempre muy poco comunicativos y menos amigos aún de la negociación, con lo que sólo es importante conocer su lengua si se va a ocupar un alto cargo. Para los pilotos de grado medio y bajo basta con saber cómo enfrentarlos, que no es poco, la verdad. De todas maneras, no me saco de la cabeza que conocer su idioma puede ser también un buen camino para hacerles la guerra, porque el idioma es una magnífica plasmación de la mentalidad, de la estructura del pensamiento que lo creó. Esta idea, sólo apenas esbozada por Gardeli, sin duda el mejor de los profesores que tuve en la academia, ha sido durante el tiempo que estuve solo el principal tema de conversación con el ordenador de a bordo, que no ha hecho más que confirmarla con sus análisis.
Desde que no estoy solo a bordo he dejado de jugar al ajedrez con el ordenador y lo hago con mi pasajero, que por cierto, tiene un nivel bastante bueno para tratarse de un juego no muy practicado en su civilización. Además conoce unas cuantas variantes curiosas, muy acordes con los gustos de su gente, que estoy aprendiendo a toda velocidad.
El ajedrez y el poker son jugados en el planeta de los viajeros igual que en la Tierra se juega a pesos y contrapesos. Cuando hay una guerra entre dos pueblos es normal que se produzcan intercambios culturales a través de los prisioneros. Seguramente sea eso lo único que nuestras culturas han sacado en limpio de tanto enfrentamiento. Eso, y un montón de avances tecnológicos, claro. A veces me pregunto si la guerra no será un mecanismo natural de defensa y progreso. De defensa contra la apatía y el anquilosamiento y de progreso por la necesidad de buscar mejoras capaces de ofrecer una ventaja significativa frente al enemigo. Sin guerras, el Universo hubiera sido mucho más tranquilo y feliz, pero también mucho más atrasado, ¡y qué demonios!, ¡mucho más aburrido!
Pero eso, claro está, se piensa sólo de las guerras del pasado, de las que sufrieron otros. Las que uno tiene delante no son ni tan útiles ni tan emocionantes; simplemente son estúpidas y peligrosas, aunque sean necesarias, como esta en la que estamos envueltos. No podemos dejar todos nuestros mundos en manos de esos merot: la defensa de lo propio no es un derecho, es una obligación. En eso coincido con los viajeros.
A mí mismo me extraña un cambio tan rápido. Hace sólo unos días me ponía enfermo con sólo pensar en la posibilidad de encontrarme una de sus naves, y ahora me encuentro más tranquilo sabiendo que el que llevo a bordo es un buen piloto y puede sacarme de un apuro. Al final va a ser verdad aquello que leí una vez sobre que el miedo procede más de la imaginación que de la cautela.
De pronto me he dado cuenta de que llevo toda la vida odiando a los viajeros y ahora que vivo con uno de ellos lo único que le encuentro realmente negativo es que ronca como una turbina. Teniendo en cuenta que Alexis, mi compañero de exploración, también roncaba, ¿dónde está el abismo insondable que separa a viajeros y humanos?
Quizás la diferencia resida en el modo de ver la vida, en la forma de entender lo que merece la pena y lo que no la merece. Nosotros, los humanos, buscamos a toda costa la paz, el placer y la comodidad; los viajeros buscan el fuego y la gloria. Nuestra aspiración es morir de vejez, con toda nuestra familia alrededor; ellos quieren morir luchando, sin llegar a conocer nunca la decadencia de la vejez: cuando un viajero siente que se está haciendo viejo se lanza a una aventura suicida para evitar la vergüenza de la decrepitud. Nosotros amamos la luz, por la seguridad que da; ellos aman la noche porque los mantiene en guardia. A nosotros nos gusta sentir cómo el sol nos acaricia con sus rayos; ellos aman el viento que los golpea torneándoles los músculos. Nosotros amamos las flores porque son bellas; ellos aman las tormentas porque son fuertes.
Creo que ha sido todo esto, más que un choque de intereses, los que ha provocado la enemistad que desde hace tiempo nos enfrenta. Nunca hay tanto odio como cuando no se comprende, y nuestros dos pueblos no se comprenden en absoluto.

Nave viajera "Sereterion". Imagen tomada desde la "NHE Buena Estrella" , circunstancialmente bajo el mando del teniente Albert Wandel.
Estos días he dejado de escribir, aunque no por falta de acontecimientos, sino de serenidad y tiempo. El día 17, mi sistema de teledetección encontró una nave kneip viajando a toda velocidad, ¡y sin llevar un cometa delante! La nave se dirigía al interior de la galaxia, pero su trayectoria indicaba que no tenían intención de detenerse en Nemo, sino cortarlo por su parte más estrecha. Creo que ellos también me detectaron a mí, pero no me hicieron ningún tipo de señal.
Después de pensarlo mucho, decidí emitir un mensaje. Decía "nave exploradora terrestre solicita contacto con nave que se halle en la zona para relaciones comerciales o políticas". El día 18 recibí respuesta de una nave militar vergessina. Decía escuetamente: "contacto imposible, demasiado peligroso. Manténgase en guardia". Una nave vergessina dando consejos. Increíble.
Todo esto me puso aún más nervioso de lo que estaba y me costó conciliar el sueño. Los días 19 y 20 los dediqué a hacer prácticas de tiro y de combate en formación abierta contra el ordenador, que me derribo ciento treinta y siete veces, y eso que no elegí el nivel más difícil. Como explorador soy bastante bueno, pero me temo que como soldado dejo mucho que desear; por algo elegí la flecha alada y no la espada para mi uniforme....
Por cierto, ahora que los nombro: nuestros símbolos nos parecen universales, pero no lo son ni mucho menos. En cierta ocasión me llevó más de media hora explicarle a un pipistrelli lo que es una espada, y la mayoría de las civilizaciones, que no han tenido un pasado cazador, desconocen totalmente lo que es una flecha y el lado hacia el que apunta. Y eso sin hablar de símbolos zoológicos, como águilas y leones, que son pura criptografía para el resto de las culturas.
Bueno, me dejo de devaneos y regreso a los hechos de estos días, porque me ha sucedido algo tan importante que si llego a encontrar la tierra algún día casi nadie me creerá.
El día 20, cuando me cansé de ser masacrado por el simulador de combate, me dediqué a mirar atentamente los instrumentos en busca de más naves derribadas que investigar. A las pocas horas encontré una nave viajera con un gran agujero en el generador de energía y sobreponiéndome a mis deseos de largarme decidí acercarme, ponerme el traje espacial y entrar a explorar en la nave inutilizada, que es lo mío.
En el interior me encontré con los cuerpos de cuatro viajeros y un aparato de comunicaciones que retransmitía algo incomprensible. No sé si por culpa de los nervios o porque daba por hecho que estarían todos muertos, pero había olvidado mirar en los instrumentos si había actividad a bordo; si hubiera ordenado un escaneo más detallado me habría ahorrado el susto que sufrí luego. El caso es que fui a desmontar el aparato de comunicaciones, pero cuando pasé al lado de uno de los viajeros le toqué una pierna y el centauriano se movió y abrió los ojos. ¡Estaba vivo!
Yo, con el corazón en la boca, saqué mi arma lo más aprisa que pude y le apunté directamente a la cabeza, pero el viajero empezó a dar gracias al cielo de que fuera un humano mientras intentaba levantarse.
Al principio tuve miedo y lo volví a tirar al suelo de un empujón, pero luego conseguí calmarme y me di cuenta de que si un viajero se alegraba de ver a un humano apuntándole con un arma era porque sucedía algo realmente grave. Dentro de lo que cabe, conseguí mantener la cabeza fría.
El viajero, desde el suelo, empezó a hacerme preguntas en idioma humano. Quería saber de dónde había salido, si estaba allí para ayudar, si venían muchas naves conmigo y un montón de cosas más. Lo hice callar y lo traje a mi nave junto con el equipo de comunicaciones. Sus compañeros estaban muertos.
Cuando se dio cuenta de que yo era un simple explorador que viajaba solo, se llevó una gran desilusión y guardó silencio unos instantes, pero enseguida volvió a la carga con sus preguntas.
Hace dos días que viajamos juntos. Ahora sé que se llama Snorr, que era el segundo de a bordo y que se muere de ganas de haya otra guerra entre humanos y viajeros para poder convertirme en carbonilla. Me he alegrado mucho de oír eso, porque en la academia nos enseñaron que si un viajero piensa atacarte nunca te lo dice, y que si te lo dice es porque no piensa atacarte, así que cuanto más habla de comerse mis tripas crudas, más tranquilo duermo yo.
Me enseñaron además que son gente muy agradecida, al menos entre ellos, y nunca traicionan a quien les ha prestado ayuda. Espero que sea así...
La verdad es que me intranquilizaban más los viajeros muertos que me había encontrado que este, vivo, que llevo en mi nave. Es curiosa la mente humana.
Después de descansar y alimentarse me ha contado que del Espacio Exterior ha llegado una raza que quiere extender su dominio por todo el Cosmos, y que es tan poderosa que todas las civilizaciones de nuestro universo conocido han tenido que firmar una alianza para hacerles frente. Sólo los skag se han puesto del lado de los recién llegados.
Los skag del pentasistema, un conjunto de cinco estrellas con cinco planetas cada uno, son una raza de seres pequeños y fieros, pero con tecnología muy primitiva. El problema es que los merot, que así se llama a los invasores, les han facilitado armas modernas y ahora son verdaderamente temibles.
Según me ha dicho Snorr, los merot son justo lo contrario de los viajeros. A mí, a primera vista, eso me pareció un cumplido para ellos, pero se refería únicamente a su aspecto, porque son negros y visten completamente de blanco.
Se sabe muy poco más de esa civilización. Sus naves son rapidísimas y utilizan armas de antimateria, tal y como yo había sospechado.
Los skag, por su parte, desde que han recibido ayuda dominan otros cuarenta planetas, todos deshabitados, pero en el área de influencia minera de otras civilizaciones.
En el otro lado de la balanza están los viajeros, los vergessinos y los sorprendentes kneip, que han salido de su mutismo. Se cuenta también con el apoyo de otras razas menores, que prestarán sobre todo asistencia táctica. Lamentablemente para mí, nadie sabe de los humanos. Soy precisamente yo el que informa de que se proyectaba un traslado hiperespacial del planeta y de que no tengo cochina idea de dónde se les puede encontrar ahora. Al parecer, estas indicaciones mías, lejos de bajar la moral de la Alianza como sería lo lógico, ha sido un gran motivo de alegría, pues se había extendido el temor de que los merot hubieran volatilizado la Tierra con sus armas de antimateria.
El más desilusionado ha sido el viajero que llevo conmigo, que esperaba que mi nave fuera la avanzadilla de una flota que llegaba en misión de refuerzo. Cuando le dije que era un explorador perdido prometió no matarme antes de comerse mis pulmones, lo que, traduciendo, significa que da gracias al Cielo por haber sido rescatado por el único humano localizable de todo el Universo.
Después de pensarlo mucho le he dicho a Snorr que tengo intención de llegar al planeta La Jodimos para conseguir el equipo de otro explorador terrestre. No tengo a nadie más, así que tendré que ser sincero con esta mala bestia viajera hasta que vengan los suyos y se lo lleven. Si es que viene alguien, claro, porque no parece que esté la cosa para muchas alegrías.
Le he contado toda mi historia y el muy canalla se moría de la risa cuando supo que habíamos sido alcanzados por una sonda durmiente. Según él, esos cacharros son tan inofensivos que hace años y años que se han dejado de fabricar. También le hizo mucha gracia que no encontrara mi planeta cuando conseguí regresar al Sistema Solar, pero en cierto modo creo que ha comprendido mi angustia y su risa no me ha resultado ofensiva. Lo que más le ha gustado, no obstante, fue mi idea de enterrar a Alexis en Marte, junto al monumento a los caídos; en eso coincide plenamente con mi sentido del humor, y hasta se ha sorprendido de que a un humano se le pueda ocurrir una idea tan genial. Debo estar necesitado de cumplidos, porque hasta procediendo de uno de esos salvajes me ha agradado el comentario.
El viajero se mostró entusiasmado con la idea de ir a buscar el equipo de Silva. Se le ve enseguida que tiene tantas ganas como yo de encontrar la Tierra, aunque por distintas razones.
Lo mejor de toda esta historia fue cuando le dije al viajero que tenía miedo de adentrarme en la galaxia porque no sé combatir. Él, ni corto ni perezoso me pidió que le dejara los mandos de la nave.
Debo de estar loco, pero accedí, y el oficial centauriano se pasó un par horas machacando a las pobres naves que el simulador representaba en la pantalla. No le dieron ni una sola vez. Parece que ese condenado y piojoso simulador se ha encontrado con la horma de su zapato.
Ya no tengo tanto miedo de ser atacado, pero si algún día se enteran en la Tierra de que he dejado pilotar mi nave a un oficial militar viajero me fusilarán en cuarenta y ocho paredones diferentes...
...Aunque siempre queda la posibilidad de pedir asilo a los viajeros. ¡Dios mío, cómo cambian las cosas!
Esto se ha puesto feísimo. Si no fuera por lo mucho que necesito el aparato de comunicaciones de Silva me daría la vuelta ahora mismo.
Hace escasamente una hora he abandonado una nave viajera destruida sólo unas semanas atrás. El diablo anda suelto en este área y no se me ocurre qué hacer. Mi única experiencia de combate son un par de escaramuzas contra armas automáticas, siempre fáciles de burlar con las contramedidas electrónicas, pero si tengo que enfrentarme con algo capaz de derribar a un viajero no tengo ni las más mínima oportunidad.
He conseguido activar el equipo de los vergessinos, pero no sé si debo transmitir con él; por una parte estaría más tranquilo si viniera alguien a echarme una mano, pero por otra tengo miedo a delatarme.
Lo más seguro es que acabe lanzando un mensaje: no puedo estar mucho peor de lo que estoy, y hasta me alegraría de ver aparecer a los centaurianos. Ya se sabe que el enemigo deja de serlo en cuanto aparece otro adversario más peligroso para todos.
No sé lo que daría yo ahora porque apareciera una flota terrestre y me sacara de este maldito atolladero en el que me encuentro. Incluso he deseado, y siento reconocerlo, encontrar alguna nave terrestre, completamente chamuscada y llena de muertos. Así por lo menos sabría que la flota humana está en alguna parte y tendría esperanza de salir de este parque de los horrores en que se está convirtiendo Nemo, el sistema que nunca debió existir.
Cuando me paro a recapitular los hechos me doy cuenta de que son demasiadas las preguntas sin respuesta: ¿qué hacen aquí los vergessinos, tan lejos de su zona de exploración y comercio?, y los viajeros, ¿qué han venido a buscar a este área remota, casi desconocida para ellos?, ¿tan grave es la amenaza que los vergessinos se han tenido que aliar con esos canallas viajeros?, ¿qué es lo que destruye a las naves vergessinas y viajeras?
Son muchas preguntas y me temo que llegaré a enterarme de la respuesta de la última.
Y de verdad que no me importa. De verdad.
Todo sigue muy feo, tanto que me siento a escribir para calmarme más que para contar algo. Acabo de encontrarme otras dos naves viajeras derribadas, y tengo que confesar que hasta después de destruidas me dan miedo.
Puede que sea un cobarde, pero sólo pensar en encontrarme con los viajeros, aunque estén demasiado ocupados en matarse con un enemigo desconocido, me pone los pelos de punta.
Tengo que confesar que fuera de los documentales históricos y las clases de instrucción, estas son las primeras naves viajeras que veo en mi vida, pero por culpa de esos miserables estoy donde estoy, y por su culpa también tuve que enterrar en Marte a Alexis, que más que mi jefe era mi amigo, el único en el que de veras confiaba.
Los viajeros son una plaga estelar con la que hay que convivir, pero yo prefería no tener más tratos con ellos, ni con sus son sondas, ni siquiera con los restos de sus naves. Es curioso, pero aún destruidas y sin señales de vida a bordo siguen trasmitiéndome una especie de alarma que no se explicar muy bien y que, desde luego, no debería permitirse un explorador. Se supone que nosotros estamos entrenados para afrontar en todo momento los retos que pueda plantearnos lo desconocido, pero ni el entrenamiento ni las razones que no dejo de repetirme logran convencer a mi mente de que un viajero muerto no puede ser peligroso, o por lo menos no más que un vergessino.
Pero no, esos pobres diablos no me dan miedo, tampoco lástima la verdad, porque no sé casi nada de ellos y me cuesta compadecerme de un raza que mi ignorancia coloca cerca de las máquinas; los vergessinos despiertan sólo mi curiosidad y mi precaución hacia lo que fuera o quien fuera que los derribó.
JOB, el ordenador de a bordo, opina que debería evitar esa clase reacciones o ponerme en autotratamiento psicológico, pero claro, él es un ordenador y no puede comprender estas cosas. Convertir la evocación de un peligro en modelo matemático es poco menos que imposible, igual que la repulsión, o incluso el rencor, ese rencor que no puedo evitar cada vez que pienso en los centaurianos y en lo que me han quitado, en las horas que podía haber pasado con Hannah de no haber sido por ellos, en los hijos que no tendré, en las pequeñas cosas que se han llevado sin siquiera saberlo, sin importarles lo más mínimo, sólo porque iba en la nave equivocada y en el momento menos oportuno. JOB no puede entender el rencor por más que esté programado para conocer su definición y los mecanismos porque se rige, no alcanza a encajar en sus esquemas que lo que me han hecho los viajeros pueda modificar la racionalidad de mi conducta hacia ellos, él sólo entiende probabilidades y, por supuesto, la probabilidad de sufrir un ataque proveniente de un viajero muerto es cero.
Las cosas se están poniendo cada vez más feas. Ya son cuatro las naves vergessinas y tres las viajeras que he encontrado destruidas. Lo peor del caso es que, después de haberlas analizado y confrontado los respectivos armamentos, he llegado a la certeza de que ninguna ha sido derribada por los otros. He perdido dos días analizando los restos, pero mi tiempo no vale mucho y creo que mereció la pena.
La conclusión es muy preocupante, pues todas las naves fueron alcanzadas por el mismo tipo de arma y nunca supe de civilización alguna que hubiera desarrollado ese tipo de artillería.
Por lo que pude deducir, el cañón utilizado no se basa en hacer incidir un chorro de energía sobre un punto determinado, sino de arrancar de cuajo el punto elegido.
Quien quiera que haya derribado esas naves las ha atacado con algo parecido a un chorro de antimateria, y eso es algo que nadie, nadie, ha conseguido sacar del campo de la ciencia-ficción.
Al principio este asunto me ponía nervioso. Ahora confieso que estoy realmente asustado. Desde luego, estaba preparado para enfrentarme a lo desconocido, pero nunca pensé que me toparía con algo así.
En una de las naves del planeta Olvido encontré dos cadáveres, y también un traductor, así que se acabó el problema de tener que grabar los mensajes. También me traje a bordo un equipo de comunicaciones intacto, aunque dudo que mi soporte energético me sirva para utilizarlo.
Hasta que llegue al planeta donde murió Silva voy a intentar contactar con los vergessinos, si logro activar el aparato, pero mucho me temo que se hayan ido de esta área después de lo sucedido. Lo malo es que lo que atacó a vergessinos y viajeros puede seguir aún ahí, con las mismas intenciones.
Hasta ahora sólo activaba el sistema de detección lejana de vez en cuando, para probarlo, pero desde hace unos días llevo encendidos todos los mecanismos, y las armas dispuestas para ser utilizadas en cualquier momento.
De todos modos no he querido ser alarmista y viajar en zigzag.
Lo que haya de ser, será.