Seguimos reparando la boñiga cósmica que tripulamos. En los ratos libres, estoy enseñándole a Snorr a escribir manualmente. Dice que si no dejo de increparle me meterá el manógrafo por el ojo derecho y me lo sacará por el izquierdo, pero el caso es que ahí está emborronando papeles.
Se me había olvidado decirlo, pero he (hemos) enterrado a Recaredo Silva y a su compañero en una tumba como es debido, aunque me duele dejarlos en este planeta.
Creo que he dicho una tontería: si no los dejamos en este planeta, ¿a dónde narices me los llevo?
Respecto a la cuarta dimensión he aprendido que nos atraviesa y que nunca podríamos atrapar a una criatura tetradimensional porque lo más que podemos construir son cárceles de tres dimensiones y siempre se nos escaparía por la cuarta. Los viajeros creen que los espíritus superiores, los que nosotros llamamos ángeles, son seres de cuatro dimensiones y por eso pueden vernos en cualquier sitio que estemos o nos escondamos. Snorr me puso un magnífico ejemplo al preguntarme como podría escapar de nuestro control una criatura de dos dimensiones.
Todo esto me lo contó ayer, después de que estuviéramos hablando de ética y moral antes de dormirnos.
Los viajeros no creen en la piedad porque la consideran un mecanismo inventado por los débiles para evitar el final que les reserva la selección natural. Sin embargo no entienden la ayuda mutua como piedad, sino como una forma de inversión que les ayuda a hacer más competitiva su civilización. En resumen: los viajeros sólo se ayudan entre ellos y nunca prestan auxilio a otras razas a no ser que vean en ello un beneficio para sí mismos. Ahora él me considera un compañero de batalla y por tanto estaría dispuesto a ayudarme. Lo que no puede comprender es por que yo lo saqué de una nave destruida cuando no podía esperar nada bueno de él; no entiende mi filosofía de mutua ayuda entre todos los seres vivos. Él piensa en los demás como competidores; yo solamente los veo como vecinos. A mi parecer, mientras no se demuestre que el Universo es finito, no es necesario luchar por el espacio vital, como prueba el hecho de que muchos planetas habitables estén desiertos. Curiosamente, la competencia y hasta los enfrentamientos tiene lugar por los mismos planetas, mientras siguen vacantes otros, a menudo en las proximidades. Cuando se empeña uno en buscarla, se acaba por encontrar una explicación para todo y los estrategas dicen que se lucha por el potencial de una zona, por poner una cabeza de puente que permita acceder en un momento posterior a los mundos libres, pero la verdad es que toda esa palabrería no me convence gran cosa. Por lo que se lucha en realidad es por imponerse, por hacer ver al otro la superioridad de la propia civilización para que, de ese modo, se abstenga de toda hipotética resistencia. Se pelea por planetas inútiles para ganar un estatus mucho más valioso que cualquier recurso que se pueda obtener de esos planetas.
Estuvimos mucho tiempo hablando de estos y otros temas parecidos y al final, toda la discusión nos llevó a la conclusión de que pertenecemos a distintas culturas, que era lo que ya sabíamos antes de empezar a hablar, o antes incluso de conocernos.
Y no es que el nuestro sea un diálogo de sordos, sino que nuestras posiciones están tan alejadas que se prestan solamente a una exposición afirmativa más que a una discusión: para discutir es necesario tener puntos de partida cuando menos similares, y los nuestros nos se parecen en absoluto, ni siquiera en la definición de los conceptos. Y así, claro, no hay manera.
En lo que sí coincidimos es en que hay que reparar la nave y que eso aún llevará algún tiempo. Nuestras reservas alimenticias dan aún para diez meses, pero ya estoy harto de comer vegetales, y no digamos Snorr, que es preferiblemente carnívoro. Dice que si no salimos de aquí pronto, un día me degollará y me meterá en el almacén de alimentos de la nave. No se cansa de repetirme que ya ha probado la carne humana y la encuentra realmente buena. Yo, en cambio, sólo puedo hablar del olor que produce al asarse la de los viajeros.
El mal humor me está volviendo macabro....
Aún estamos en La Jodimos, intentando reparar nuestra nave. Snorr aprende muy deprisa y ya me ayuda a montar y desmontar piezas. Ayer, riéndome de mi propia impotencia para reparar el sistema de comunicaciones, repetí la vieja poesía de James Clark Maxwell:
Mi alma es un nudo complejo
sobre un líquido turbulento
creado por una conciencia invisible;
y te sientes como un reo
deshaciendo el revoltijo con un pasador
sólo para convencerte de que el nudo será eterno
porque todas las herramientas para deshacerlo
se encuentran en la cuarta dimensión.
Lo que para mí era simplemente un viejo poema, para Snorr fue como una luz que se encendió en su mente. Entonces me contó algo que nunca olvidaré.
Los viajeros, igual que nosotros, han buscado la cuarta dimensión desde hace más de doce siglos, pero ellos la han encontrado, saben demostrarla racionalmente y creen en su existencia práctica. Snorr me aseguró que estuvo una vez en la cuarta dimensión pero regresó. Fue cuando derribaron su nave los merot, poco antes de que yo lo rescatara.
Hace unos días, quizás un mes, escribí en este diario que si un día me encontraba desesperado me lanzaría a un agujero negro para intentar salir por el otro lado y encontrarme allí con los muertos. Para mí eso era sólo un recurso poético, un elegante suicidio, porque sé de sobra que un agujero negro no es un agujero, sino un cuerpo de masa tan gigantesca que es capaz de atraer con su fuerza gravitatoria hasta a la propia luz, así que lo único que puede uno esperar al lanzarse a un sitio así es un batacazo descomunal, una auténtica plusmarca de aplastamiento. Sin embargo los viajeros piensan que no es así, creen que de verdad se puede pasar al otro lado, aunque no haya vuelto ninguno de los que lo han intentado. Eso, para la mentalidad humana, es algo más que sospechoso, pero los viajeros dicen que un camino de ida no tiene por que hallar correspondencia con uno de vuelta, igual que es posible caer en un pozo e imposible salir de él.
En mi opinión, Snorr cree que estuvo en la cuarta dimensión por las alucinaciones que le produjeron los traumatismos que tenía, y aun tiene, en la cabeza, pero en realidad no ha estado en ninguna parte.
Como ya he dicho, los viajeros tienen una fuerte tendencia a creer en cosas transcendentes. Basta con ver un archifamoso poema viajero cuyo autor no recuerdo, afortunadamente, porque tenía un nombre que más parecía un gruñido que otra cosa.
Dice así:
No quiero ser el mezquino
vividor que no es capaz
de abandonar el camino
en que le puso el Destino
y al que él llama libertad.
Yo quiero ser esa luz
que se muere de inquietud
por volar al Más Allá.
No es el mundo mi frontera,
yo te amo, Eternidad.
Nuestros poetas también escriben cosas así, pero no se las creen tanto. O vaya, eso pienso.
Cuando llegue a entender la teoría viajera sobre la cuarta dimensión trataré de explicarla por escrito.
Yo creo que Snorr me ha contado todo esto impresionado porque le haya dejado ayudarme a desmontar la nave. Él creía, y con razón, que la tecnología de las naves humanas es altísimo secreto, y quiso agradecerme de algún modo la confianza. Ahora, ellos saben la razón de la maniobrabilidad de nuestras naves y nosotros sabemos que hay una manera práctica de pasar a la cuarta dimensión, aunque ni él sabría construir la nave ni yo explicar el modo efectivo de pasar al otro lado.
Creo, de todos modos, que es un trato bastante ventajoso para la raza humana, si es que aún existe esa condenada casta de prófugos, porque habitualmente son las ideas novedosas las que producen las más avanzadas tecnologías y no al revés.
Por cierto: ya que estoy poético hoy, debo decir que además del que copié pocas líneas atrás he aprendido algún otro poema viajero. Parece ser que, contra todo pronóstico, también abundan los poetas entre los viajeros. Ellos no conocen modas, ni estilos, ni estrofas u otras formas de dar al tema cierto orden; ellos simplemente persiguen la belleza, y cuando la alcanzan la encierran en canciones para cantárselas al Universo en acción de gracias.
Estas fueron textualmente las impresionantes palabras del viajero sobre la poesía de su pueblo. Y esta, una de sus canciones. La está recitando ahora mismo Snorr para que pueda copiarla:
Luz blanca de luna negra,
besa esta noche mi espada
para que en combate pueda
sentir como crece mi alma.
Escondida entre las sombras
ya sé que la muerte espera;
¡Destino!, pon un crespón
negro sobre mi cimera. Una de las cosas en que los viajeros coinciden con nosotros es en su paso por una época... digamos medieval, aunque la suya fue mucho más adelante, coincidiendo con nuestro siglo XIX. De ahí su mención a espadas y cascos, que eran cascos y no cimeras, pero algo hay que concederle a la rima.
Desde luego, este poema no se parece a nuestros Richards, Vélez, Xiam-Ho, Whitman, Wilson-Alunga o Goethe, pero hay que reconocer que tiene un espíritu muy especial.
¡Oh, claro!, por supuesto, los viajeros son panteístas. Para ellos Dios está físicamente en nosotros. Incluso nuestras oraciones son bastante parecidas.
Pero mejor dejarse de tonterías y volver a la realidad, que nos reclama. Aún hay trabajo en la nave para permanecer en este putrefacto planeta otro buen número de días. Luego cruzaremos los dedos y rezaremos para escapar de su condenada gravedad.
Moverse aquí es horrible: te deja totalmente exhausto. De hecho, hay que mover ciento cuarenta kilos con un aparato locomotor acostumbrado a trasladar habitualmente a sólo ochenta. Eso sí: cuando salga de aquí voy a poder enfrentarme a un campeón de lucha. Se me están poniendo los músculos de un volumen increíble, con lo que por otra parte me empieza a molestar la ropa. La Jodimos ataca siempre en los detalles más inesperados.
Si regreso a la Tierra me vengaré recomendándolo como campo de pruebas para armas de destrucción masiva. ¡O mejor aún!, como vertedero de residuos orgánicos no biodegradables.
Iba a acabar aquí lo poco que tengo que contar del día, pero creo que es necesario un acto de justicia. No me he cansado de decir que estamos en este planeta para tratar de reparar las averías de nuestra nave utilizando las piezas de la de Recaredo Silva. Yo mismo, me avergüenzo de decirlo, me sorprendí al encontrar dos cadáveres en la nave cuando sé que desde siempre las naves de este tipo van tripuladas por dos exploradores. La fama de Silva recorrió el mundo, pero nadie, nadie habló de su compañero, del hombre que ocupaba en esta nave, la Celestia, el puesto que yo desempeñaba en la mía hasta la muerte de Alexis. Su nombre era Nikos Iliantzatis y tenía sólo un año menos que Silva. Se ocupó de mantener la nave a punto para que las transmisiones fueran posibles hasta que llego su hora, una semana antes que la de Silva, seguramente porque debía realizar mayor desgaste, aunque jamás se supo el motivo a ciencia cierta porque todo lo que JOB tiene en sus archivos es que Silva informó escuetamente de la muerte de su compañero..
Es lamentable la manera en que nos olvidamos de la gente que ocupa puestos de menor importancia aunque su papel sea vital para que los otros puedan realizar su trabajo o llevar adelante sus hazañas. No propongo yo, ni creo deseable, que se iguale a todo el mundo bajo el mismo rasero, porque si el jefe se lleva la responsabilidad, y hasta un posible proceso si las cosas salen mal, es justo que se lleve los honores cuando sus decisiones conducen a un éxito, pero este olvido, este ninguneo feroz que llega al punto de que un hombre como yo se sorprenda al encontrar el segundo cadáver, es una injusticia flagrante.
Sirvan por tanto estas líneas de disculpa y desagravio para con Iliantzatis, que como yo era el segundo de a bordo en su nave, y que todos los segundo de a bordo, y los terceros, y los cuartos, sepan perdonarnos el olvido a que aveces arrojamos su nombre y su memoria.
Ahora sí que el planeta ha confirmado plena y definitivamente su nombre. El aparato de comunicaciones de Silva no funciona. La atmósfera o qué sé yo han deteriorado alguna pieza y lo han dejado completamente inservible. Y eso no es lo peor; lo peor es que una de los componentes inutilizadas es el decodificador que, obviamente, no hay manera de reproducir. Ninguna civilización podrá construir otro.
Snorr lleva dos horas maldiciendo y aún no ha empezado a repetirse. Yo me uniré a sus plegarias en cuanto acabe de escribir esto.
Por lo demás, las reparaciones van tan bien que acabaremos antes de lo previsto. Mucho me temo que ahora tendremos que dirigirnos a Ojos de Muerte en busca de la nave de Kenshoughi.
Snorr dice que ponerse en contacto con la Tierra tiene prioridad máxima en estos momentos, así que no va a quedar más remedio que ir allí. El éxodo bíblico fue una excursión dominical comparado con ése viaje.
¡Mierda para este planeta!, ¡mierda para el equipo!, ¡mierda para la mierda!

Planeta La Jodimos. Imagen tomada por la "NHE Inspirada", del capitán Recaredo Silva.
Recaredo Silva sabía muy bien lo que se hacía al llamar La Jodimos a este sitio.
Cuando estábamos en plena maniobra de aterrizaje nos sorprendió un grupo de skags que salió de la otra cara del planeta.
Una de las naves viajeras resultó totalmente destruida y la otra tuvo que escapar de la zona, un poco tocada. Nosotros dimos con nuestra carrocería contra el suelo. Afortunadamente pude controlar la caída y estamos muy cerca del lugar en que cayó Silva.
Me temo que no será sólo el sistema de comunicaciones lo que tendré que tomar de la nave de ese valiente explorador. Snorr está muy preocupado: teme que alguna de nuestras piezas averiadas lo esté también en la nave de Silva, pero eso no me parece probable, teniendo en cuenta la naturaleza de su avería.
Tendremos que permanecer aquí unos días, pero no creo que luego pasemos apuros para escapar de la gravedad de este planeta, tan funesto como su nombre, porque por mal que se ponga todo, es seguro que podremos alejarnos lo suficiente para utilizar el sistema de Nickelmann. La agonía de Silva tuvo que ser algo terrible en un sitio tan áspero y desolado como este.
Todo a nuestro alrededor on dunas y montañas gastadas, carcomidas por el constante viento y la arena. Aquí no hay una sola gota de agua ni rastro de que la hubiera nunca. La atmósfera es prácticamente de nitrógeno puro y vamos a necesitarlos equipos de respiración, lo que siempre es un incordio cuando se tienen que realizar trabajos duros y complicados.
Snorr ha tenido una idea digna de un militar viajero: ha sugerido que si el peso no es excesivo, y no lo es, acoplemos todo el armamento de Silva a nuestra nave. De ese modo tendremos una potencia de fuego impensable para una nave exploradora. La única cara negativa del asunto es que para ello deberemos desprendernos del laboratorio de análisis botánico.
No es precisamente cambiar flores por armas lo que más adeptos tenía en la Tierra, pero qué le vamos a hacer. Si alguien se entera de que he tirado el jardín botánico para pertrecharme con el doble de artillería tendré una protesta multitudinaria a la puerta de mi apartamento, aunque, bien pensado, lo que tendré será una medalla, porque no me va a quedar más remedio que pedir asilo político en el planeta de los viajeros cuando mi gente se entere de que me he unido a ellos.
En cuanto hayamos hecho esa reforma, nuestra parte más fuerte será la cola, así que el que nos busque la espalda para derribarnos se encontrará con una bonita sorpresa.
Ahora estamos completamente aislados, sin noticias y sin saber si la nave viajera llegará a ponerse en contacto con alguien para pedir ayuda. Si al final ha caído volveremos a la situación de antes: solos, perdidos y sin saber a dónde ir.
Esta vez será más fácil encontrar a alguien porque llevamos a bordo varios equipos de comunicación, pero es urgente reparar la nave y salir de aquí, no vaya a ser que bajen los skag a comprobar si nos hemos matado.
Snorr ha dicho simplemente que los skag son unos tipos un tanto desagradables y que no ha tenido ninguna gracia lo que han hecho. Podría traducirse por algo así como que quiere comerse uno crudo a la hora del desayuno. Por contra, a mí me ha dicho que usará mi piel como tambor si no me doy prisa en reparar esta mierda terrícola. Son unos tipos curiosos estos viajeros.
Desde que estamos aquí podemos contar los días y las noches. Lo malo es que uno no acaba de acostumbrarse a la gravedad de este mastodonte, que tiene un valor aproximado de 16.8 m/s2 , o sea, un poco menos del doble que la Tierra, lo que hace que cualquier movimiento cueste un gran esfuerzo.
Si este planeta estuviera habitado, las criaturas indígenas, aparte de tener un nombre un tanto problemático, serían bajitas y anchas. Snorr bromea diciendo que mediremos un par de centímetros menos cuando salgamos de aquí.
Yo me conformo con salir.
Estoy completamente agotado. Llevamos más de diez horas haciendo maniobras y hay otras tantas programadas para mañana. Estuve a punto de quejarme, pero un arrebato de orgullo me impidió poner la más mínima objeción, porque ahora soy el único representante conocido de la especie humana y no quiero que estos impresentables piensen que somos unos blandengues.
Por los menos estoy aprendiendo a combatir, que buena falta me hacía. Me derribaron más de doscientas veces, así que al final Snorr se enfadó porque siempre perdíamos y se puso a los mandos. Desde entonces no nos han vuelto a alcanzar, lo que demuestra que mi pasajero es un gran piloto incluso para el nivel de los suyos, y me da más miedo todavía pensar cómo debían ser los que lo derribaron. Él dice que eran varios y que su nave no era más que una hamburguesa voladora, pero no puedo dejar a un lado la preocupación.
Como digo, estoy aprendiendo a combatir, pero claro está, con técnicas viajeras. Si algún día regreso a la Tierra seré el bicho raro de la flota, ¡o a lo mejor cuentan conmigo en todas las maniobras para que haga de enemigo!
Últimamente, en vez de avanzar en flecha avanzamos en V, así que llevo delante a mis do s inesperados acompañantes. Las caras de los viajeros no se han vuelto menos crueles ni sus ojos menos brillantes, pero ahora es un consuelo tenerlos cerca.
Los viajeros, al contrario que nosotros los humanos, no valoran si están en inferioridad o superioridad. Ellos luchan siempre y en toda circunstancia, sus retiradas son siempre repliegues estratégicos y no se les conoce ninguna rendición incondicional, ni tampoco con condiciones, porque no se rinden nunca. Como mucho firman pactos de alto el fuego.
Que el diablo me lleve, pero me alegro de estar con ellos y no con la flota humana en estos momentos difíciles.
Las noticias que llegan de la guerra dicen que se ha logrado estabilizar un frente de batalla. Los kobold están empezando a ceder, pero en cambio los elf, a pesar de su escaso número, han conseguido un entrante en SR-39. Su entrante abarca tres planetas aptos para la instalación de artillería fija y los skag de ese área no se atreven a acercarse por allí, sobre todo después de sufrir un porcentaje de bajas digno de un desastre en toda regla..
Los vergessinos y los kneip están sacando el máximo partido a las naves teledirigidas y los campos de energía, sobre todo a estos últimos, que han servido para dispersar la avanzadilla merot. No obstante, lo malo que tienen los campos de energía es que son complicados de trasladar de un punto a otro y es previsible que, en cuanto se rehagan, los merot consigan superar esas barreras.
La flota viajera tampoco ha entrado aún en combate. En estos momentos ejerce el papel de fuerza de reserva. De este modo la Alianza oculta la verdadera dimensión de sus fuerzas y deja para más tarde la intervención de los ejércitos más poderosos. La verdad es que no creo que la propia Alianza conozca la verdadera dimensión de sus fuerzas, porque, o mucho me equivoco o aún se tardará un tiempo en coordinar completamente todas las tropas si es que se consigue algún día. Después de los problemas que ha habido a lo largo de los tiempos entre las diversas razas y civilizaciones, es difícil de creer que todo el mundo esté poniendo de su parte el máximo para esta guerra, por fuerte que sea la amenaza: cada cual a su manera y en la medida de sus posibilidades, se habrá guardado una parte de sus tropas para dejar a los demás el desgaste; eso, que en un principio podría parecer negativo, puede ser un alivio si en un momento dado son necesarias fuerzas suplementarias pues, llegada la ocasión, ya se verá como aparecen flotas y flotillas de la nada.
Pero bueno, mejor dejarse de suspicacias y acabar con lo que estaba contando. El entrenamiento y rearme de los nemesinos se está acelerando al máximo para que puedan ayudar cuanto antes, aunque sólo sea sustituyendo a las guarniciones viajeras que cubren la retaguardia. Los kneip han desarrollado un nuevo tipo de nave y está previsto que salga al espacio en menos de seis meses; si su tecnología de navegación sigue la progresión que hasta ahora, seguro que es un aparato magnífico.
Mientras tanto, nosotros seguimos avanzando hacia la tumba de Silva, aunque no sea tal tumba porque no hubo nadie para enterrarle, ni falta que le hizo, me temo..
Si apareciera la Tierra....
Pero la Tierra no aparece y esta guerra ya está en marcha, así que tendré que acostumbrarme a ser uno más de los viajeros.
¡Y el caso es que no puedo!
Hoy se han unido a nosotros dos naves y se han puesto a nuestra cola. Su misión es escoltarnos hasta la tumba de Silva para conseguir el equipo de comunicaciones. La gravedad del momento ha impedido que viniera toda la escuadrilla, más que nada porque varias naves han sido derribadas por el camino. La situación debe de ser horrible; dicen que hay skag y merot por todas partes.
El equipo de comunicaciones que buscamos se ha convertido en un importantísimo objetivo estratégico para la alianza antimerot. Calculo que estaremos allí en unos cinco días si no surgen problemas inesperados, aunque lo más inesperado en esta zona es que no surjan problemas.
Desde que se unieron a nosotros las dos naves viajeras, Snorr no ha parado de dar explicaciones de cómo ha llegado a bordo de una nave terrestre comandada por un asqueroso humano. Ya ha maldecido cinco veces la médula de mis huesos, así que creo que me considera un verdadero amigo. No se imagina las explicaciones que voy a tener que dar yo si vuelvo algún día a la Tierra, porque lo de rescatar a un viajero no va a ser muy bien comprendido por la opinión pública.
Los tripulantes de las otras naves dicen que están muy interesados en todo lo que les pueda decir sobre la actual localización de la Tierra. Como ya he ido aprendiendo la dialéctica viajera he respondido que si lo supiera me tiraría de cabeza a un volcán antes de permitir ser escoltado por dos mugrientas latas centaurianas. Al parecer sólo Snorr me cree cuando digo que voy errante en busca de mi planeta y no tengo la más remota idea de dónde puede estar. La verdad es que lo comprendo: resulta difícil de creer que un explorador dedicado a descubrir nuevos planetas no sepa donde está el suyo.
De momento parece que se ha alejado el fantasma de la soledad. Snorr es un magnífico conversador si te acostumbras a sus juramentos y maldiciones; ahora, también puedo hablar con los tripulantes de nuestra escolta que, ¡vaya por Dios!, también hablan mi idioma. La academia militar de los viajeros le ha marcado varios puntos a la nuestra.
Menos mal que nosotros, además de una inteligencia parecida a la suya, tenemos algo de lo que los viajeros carecen: ingenio. Si no fuera por el ingenio nunca hubiéramos podido enfrentarnos a ellos. Lo mismo sucede con la imaginación, si es que hay alguna diferencia importante entre imaginación e ingenio, porque la primera es condición imprescindible para que el segundo florezca y dé frutos.
Los viajeros sacan conclusiones del análisis de las circunstancias y luego se organizan magníficamente. Nosotros somos mucho menos perfectos en organización y planificación, pero respondemos mucho mejor y más deprisa que ellos ante las situaciones nuevas, precisamente por muestra capacidad, muy superior, para manejar conceptos inexistentes en el mundo real. Por eso somos tan necesarios los humanos en la guerra contra los merot, porque ellos son una situación totalmente novedosa y nadie como los humanos para encontrar rápidamente una manera de plantarles cara. De momento, yo trataré de aportar mis puntos de vista, pero me temo que un sólo humano no va a ser suficiente.
Afortunadamente, contamos con los elf. Esos sí que son unos genios del invento maquiavélico y refinado. Los nómadas antalet han prometido enseñarnos métodos de fuga y mimetismo y supongo que otras razas y culturas aportarán también sus habilidades específicas, porque todo el mundo, puede que hasta los ondiros, tiene algo que aportar a esta contienda..
Quizás entre todos seamos capaces de parar esa oleada negra. Precisamente así, oleada negra, era como llamábamos a las flotas viajeras debido al color de sus uniformes.
Ahora reciben ese nombre los merot, por ser totalmente negros, a pesar del blanco de sus uniformes. Un viajero y un merot abrazados serían algo parecido al ying y el yang, pero con los dos puntos el uno al lado del otro.
En estos momentos ha llegado una noticia estupenda: Snorr me acaba de informar de que los Sokoy han decidido atacar únicamente a las naves skag y merot mientras dure esta guerra y seguir los dictados tácticos de la Alianza, aunque actuando siempre como corsarios, que es el modo en que mejor saben luchar.
Este acontecimiento tiene, en mi opinión, dos posibles lecturas:
O los sokoy han comprendido que el problema es realmente grave y la no beligerancia les llevaría a la aniquilación cualquiera que fuera el vencedor, o bien, la situación militar es tan desesperada que hasta los sokoy se ven con el agua al cuello y buscan la protección de la Alianza. Como siempre, me inclino a pensar que la verdad es una mezcla de las dos posibilidades.
Sea como sea, compadezco a los merot si se convierten en objetivo único de los sokoy. Eso no se lo hubiera deseado ni a los viajeros.
Una vez, en mis primeros años de explorador, atacaron nuestra flota saliendo de un asteroide que habían ahuecado para utilizarlo como base. Pueden estar en cualquier sitio, en cualquier momento y atacar en cualquier circunstancia. Son algo parecido a la muerte, que te puede encontrar en cualquier ocasión y además sin aviso previo. Espero que molesten tanto a los merot como nos han molestado a nosotros. Con eso ya me daría por más que satisfecho.
La misma noticia que hablaba de los piratas decía también que los kobold siguen resistiendo en su área, causando grandes pérdidas a los skag, que son los atacantes. Esos kobold parece que van a ser duros de pelar.
Creo que la dureza de una raza proviene de las penalidades que haya tenido que pasar y de una componente espiritual que no sé identificar, pero estoy convencido de que existe. Cada raza, cada pueblo, tiene su propia esencia, su propia alma, y es eso lo que hace que la reacción ante un mismo estímulo sea distinta de unos grupos a otros. Hay quien llama a eso cultura, pero yo rechazo ése término porque la cultura es modificable y el rasgo del que hablo no lo es.
Esta es la primera influencia mental que he recibido de Snorr. Los humanos sin embargo creemos, o mejor dicho creen, que el comportamiento y la reacción frente a ciertos estímulos deriva del curso de la evolución de la raza, y que es únicamente la diferenciación de las evoluciones lo que produce distintos tipos de respuestas. Yo estoy más de acuerdo con los viajeros aunque no puedo dejar de reconocer la racionalidad de la teoría humana.
Los viajeros son una gran contradicción: actúan basándose en el análisis y piensan basándose en el espíritu de las cosas. Sin embargo, esa disociación no los vuelve menos coherentes, porque de algún modo, incomprensible para nosotros, han logrado conciliar el análisis y el espíritu en una cultura que se ha demostrado viable.
En fin. Hasta mañana.

Nave Exploradora "NHE Buena Estrella". Foto oficial de la Agencia Espacial Terrestre.
¡Qué el diablo se lleve a los merot y a esos malditos skags amigos suyos!, y sobre todo que se los lleve cuanto antes.
Hace dos horas nos ha atacado una nave skag y hemos conseguido salir del apuro sólo gracias a la habilidad militar de Snorr. Yo hice simplemente de artillero de cola, como se dice en el argot de la profesión, lo que consiste en disparar manualmente todas las ramas que el piloto no pueda controlar con los mandos. Al final la derribamos, pero no fui yo el que acertó de lleno a la nave skag.
Snorr quería que la abordáramos para conseguir alguna información que pudiera resultarnos útil. Al final, cuando ya teníamos puestos los trajes espaciales, la nave skag se autodestruyó con una gran explosión que lanzó a la nuestra a una buena distancia. Afortunadamente, sólo hemos sufrido daños en la carcasa, y no creo que se quejen en la Tierra si regreso con la nave abollada.
Snorr no quería decírmelo por miedo a herir mi orgullo, pero desde que entramos en este área quería ser él quien pilotara permanentemente la nave por si surgía alguna emergencia. Al parecer, esa rata viajera ya sabía que los exploradores somos unos horribles pilotos de combate y caemos como moscas ante cualquier ataque. Prefiero no preguntarle si lo sabía por experiencia.
Ahora que se ha convertido en el piloto habitual de la nave ha tenido la delicadeza de recordarme que sigo estando al mando, porque la nave es mía. Si sigue así, puede que llegue a caerme bien y todo.
Me pregunto si la simpatía hacia alguien se basará en un sexto sentido que nos ayuda a prevenirnos de las personas que no son de fiar. A menudo decimos que éste o aquel no nos caen bien; no nos han hecho nada pero no nos caen bien; ¿no será porque percibimos algo que nos mueve a no confiar en esa persona?
Cuentan que cuando aún estaba permitido tener animales domésticos, algunos de ellos eran capaces de percibir las intenciones de los forasteros que llegaban a la casa, mostrándose alegres u hostiles dependiendo de lo que sintieran.
Me gustaría saber lo que hubiera opinado un perro o un gato sobre Snorr, aunque ahora ya no tiene importancia, porque aunque al final decida matarme ya habrá valido la pena su rescate: sin él nunca hubiera sobrevivido al ataque de la nave skag.
Cuando le he dado las gracias me ha dicho que nunca movería un dedo por salvar a un piojoso humano, y que lo había hecho por salvarse a sí mismo, así que parece no considerar saldada la deuda que tenía conmigo, y por lo que yo sé, no la saldará nunca, pues los viajeros piensan que toda acción posterior tiene origen en que alguien te ayudara a seguir viviendo para poder hacer más cosas.
No debería decir esto, y que el demonio me lleve por hacerlo, pero me siento más cómodo y seguro con Snorr que con Alexis, que era un tipo sensacional pero tan mal piloto de combate como yo. De haber seguido con él, a estas horas estaríamos dándole la razón al monumento de Marte que nos da por muertos.
Será por cabezonería, pero no tengo la más mínima intención de darle la razón a ese monumento.
La escuadrilla viajera está a sólo dos días de encontrarse con nosotros, pero tengo la impresión de que Snorr no abandonará mi nave hasta que lleguemos al lugar donde murió Silva.
Ardo en deseos de unirme a la flotilla viajera. Será una estampa histórica: una nave exploradora terrestre en formación cerrada con una escuadrilla militar de viajeros.
A mi extraño pasajero le sorprende mucho verme escribir sobre soporte físico, sobre papel. Lo más curioso es que no tengo ningún problema de intimidad, porque él es incapaz de leer este tipo de letra. Su sistema mental de asociación y reconocimiento de caracteres no es capaz de llegar a algo tan cambiante y arbitrario como son las letras manuscritas. La verdad es que muchos humanos tampoco serían capaces de entender lo que yo escribo....
Es precisamente nuestra capacidad de identificar como iguales cosas que en realidad son diferentes lo que más ha impresionado de la raza humana a otras civilizaciones. Aunque haya un montón de diferencias, basta con unos pocos rasgos comunes para que inmediatamente identifiquemos el objeto. Los viajeros y los vergessinos son incapaces de esa comparación analítica instantánea: ellos necesitan aprender a comparar y luego comparar voluntariamente, lo que les supone un mayor esfuerzo.
En estos días también me he enterado de que los viajeros duermen con los ojos abiertos, como los afiot del Planeta Rocoso, y es que esta gente parece desconfiada hasta para dormir.
Los afiot son muy poco amigos de la navegación interplanetaria, igual que los pipistrelli. Sólo podemos contar con ellos para que nos ayuden estratégicamente y con aprovisionamientos.
Por su parte, los sokoy del Planeta Verde seguirán con su piratería y atacarán por igual a las naves merot y a las nuestras. Desde que estalló su planeta de origen, alcanzado por un meteorito, andan por el cosmos como vagabundos, y como no tienen nada que perder, ni nada que agradecernos a nosotros o a los merot, no nos ayudarán en absoluto.
Siguiendo este recorrido por las razas inteligentes hay que hablar de los elf, que viven en un planeta del Sistema del Taller del Escultor. Son fuertes, valientes, decididos y nobles, pero en total no deben ser más de diez millones, así que su presencia es casi simbólica. Contra todo lo que digan los inventores de patrañas para consumo de masas, no se les dio ese nombre por su parecido con los personajes de un viejo cuento, sino porque el primer contacto con su civilización tuvo lugar con una base científica habitada por once individuos, y fue Berger, también Berger, el que trabó ése contacto.
Luego están los atalatá, que viven en una nebulosa llamada Oreja, por su especial forma. El nombre es ridículo, pero los humanos no estamos en condiciones de reírnos: cuando las demás civilizaciones se enteraron de que habíamos llamado Vía Láctea a nuestra galaxia la risa duró mucho tiempo. Los atalatá son muy numerosos, pero ni les gusta la guerra ni saben guerrear. Al no pasar de setenta centímetros de altura, aunque casi habría que decir diámetro, los atalatá nunca han podido medirse físicamente a otras civilizaciones. Teniendo en cuenta además que su cerebro no es tampoco ninguna maravilla, son presa fácil para cualquiera que quiera ponerlos bajo su yugo. Siguen siendo libres porque no producen nada de valor y porque su atmósfera es venenosa para todos los demás. Sólo los piratas sokoy atacan de vez en cuando a los atalatá, aunque más por falta de otros objetivos que por verdadero interés. En la misma nebulosa Oreja, pero en un alejado sistema, viven los omeya, que no viajan al espacio por razones religiosas. Todo su armamento es de superficie y su planeta está muy bien defendido, pero no servirán de mucha ayuda en esta guerra a no ser que algún grupo acorralado tenga que hacerse fuerte en alguna parte.
En Porgirsalt, siguiendo con el recuento, viven los ondiros, un pueblo con el que la Tierra tuvo muchos tratos comerciales; a ellos les interesaba nuestro óxido de silicio y a nosotros sus yacimientos metálicos. Nosotros tenemos montones de arena y ellos montones de metales, así que los intercambios fueron muchos y provechosos para ambas partes.
Sin embargo, en el terreno militar no son útiles porque son muy cobardes. Creen que no existe otra vida después de la muerte y se aferran a esta con todas sus fuerzas. Les importa más el vivir mucho que el vivir libres, así que no se puede contar con ellos para ir a una guerra, sea cual sea el motivo. Nunca habrá una razón suficientemente importante para que luchen.
Por cierto: fueron los ondiros los que provocaron el primer enfrentamiento entre humanos y viajeros, pues eran una colonia viajera y nuestros gobernantes quisieron negociar directamente con ellos, saltándose a la metrópoli, que ni corta ni perezosa atacó la Tierra sin previo aviso. Como logramos ganar aquella guerra, los ondiros pasaron a estar bajo nuestro dominio. Luego, durante el bloqueo, fueron otra vez colonia viajera, y después de nuevo nuestra, etc., etc. No me compadezco de ellos en absoluto: un pueblo que no está dispuesto a luchar por su libertad no merece disfrutar de ella.
De todas maneras ya habíamos tenido innumerables incidentes con los viajeros. Fueron la primera raza extraterrestre conocida (de ahí su nombre), y como resultó que no venían en son de paz, los humanos nos hicimos desconfiados hacia todo lo que viniera del espacio.
En Andrómeda, en el planeta Némesis, viven los nemesinos. Este planeta también fue descubierto por Berger, el más grande explorador de todos los tiempos, que tenía la desagradable costumbre de poner nombres terroríficos a todo lo que descubría. Los nemesinos son fuertes, valientes y relativamente numerosos, pero están bastante atrasados tecnológicamente. Por lo que me ha contado Snorr, los kneip les han provisto de naves y los viajeros de armamento, y ahora mismo están preparándose para participar en la guerra. En menos de un año estarán listos para enviar sus tropas a la batalla y autoabastecerse de armas y naves de combate. Estoy seguro de que serán una gran ayuda.
El otro planeta que descubrió Berger fue Kobold. Los kobold también lucharán. De hecho ya están luchando. Snorr dice que fueron los primeros en atacar a los merot y los primeros en proponer una alianza. Los humanos no llegamos a tener contacto con ellos, pero sabemos que sus naves son oscuras como nuestros lobos, pero mucho más rápidas. El problema reside en la escasa potencia de sus armas. Por lo que cuenta Snorr, a pesar de ello, los kobold llegaron a frenar a las patrullas merot y a detener el avance de los skag sin ayuda de nadie.
Lo malo es que hasta ahora sólo se han visto patrullas y el verdadero ejército viene detrás.
Ya sólo me faltan dos civilizaciones por mencionar: los aripacua de Nemo, que descubrió Silva, y los antalet de Samarkanda.
Los aripacua han defendido su planeta con artillería en los satélites, trampas, tres niveles de energía, subterráneos, túneles y mil trapacerías contra cualquier invasor, pero nunca se aventurarían fuera de su sistema. No hablan con nadie, bajo ningún concepto, y sus gobernantes han ocultado a la población la existencia de otras civilizaciones, así que si te acercas por allí te fríen y dicen que ha caído un meteorito. Y no es que sean malos, sino que llevan hasta el extremo la defensa del universal derecho a que les dejen en paz.
Los antalet son nómadas y van de planeta en planeta formando grandes convoyes, por lo que son muy vulnerables. Además, están mal armados y la tarea de defenderse a sí mismos supero ya sus escasas posibilidades, con lo que no cabe esperar mucho de ellos.
Luego están los viajeros, kneip y vergessinos. Los tres lucharán hasta el fin por su libertad.
Y faltan los humanos, que nadie sabe donde se han metido en este momento de necesidad. Su ayuda sería muy valiosa, pero sólo un humano, yo, se ha unido a la flota, y únicamente porque no tengo ni idea de cómo encontrar la Tierra. ¿Dónde se habrán metido los condenados humanos? Espero que la guerra no los pille por sorpresa.
Así pues, en estos momentos, hacen frente a los skag y los merot un ejército combinado formado por viajeros, vergessinos, kneip, elf y kobold, aunque muy pronto se unirán también a nosotros los nemesinos y quiero pensar que tarde o temprano también los humanos.
Ojalá.
Hoy, por fin, hemos salido de Nemo. El que dijo que se está mejor solo que mal acompañado no había estado solo mucho tiempo. Aunque a toda velocidad, me lo pensé mucho antes de llevar al viajero a mi nave, pero ahora me alegro sinceramente de haberlo hecho. Estoy disfrutando realmente con Snorr, y eso que no se puede decir que un viajero sea buena compañía para nadie, salvo para un tiranosauro, o un sumi de Arsilia.
Poco a poco me he ido acostumbrando a responder a sus amenazas con otras no menos brutales y eso ha mejorado mucho el ambiente a bordo. Ahora, cuando al ver la comida él me promete que usará mi lengua para dar vueltas a un plato de azufre, yo le prometo que ensartaré sus orejas en un alambre oxidado, y así, mano a mano, nos comemos la bazofia vegetal que nos prepara la cocina automática a partir de la verdura que recogí en el Planeta Azul de Altaír.
Comer hierba es muy desagradable para mí, así que para un viajero tiene que ser algo realmente insufrible. Hace una horas Snorr estuvo comentándome que en las pasadas guerras los viajeros se comían los cadáveres de los humanos muertos. A mí me pareció horrible, pero contraataqué diciendo que a los suyos los quemábamos en las centrales energéticas, lo que le pareció tan espantoso que permaneció un rato callado. Los viajeros creen que el cuerpo debe ir a parar a la tierra o al Cosmos para que el alma tenga tiempo de desprenderse, porque si se quema, el alma no tendrá tiempo de huir y se quemará también. Es la primera vez que consigo horrorizarle más que él a mí, y lo peor de todo es que es cierto que hacíamos eso.
Snorr lleva toda la mañana dando voces por el sistema de comunicaciones: al parecer ha detectado a otras naves viajeras y está pidiendo que se acerquen a nosotros. Los problemas han empezado cuando él les dijo que iba a bordo de una nave exploradora de la Tierra acompañado de un humano, que además es el que tiene el mando.
En estos tiempos de zozobra los viajeros ya no son enemigos declarados de los humanos, pero seguimos sin hacerles demasiada gracia. Por eso los compañeros de Snorr no querían creerse que estuviera en una nave terrícola, máxime cuando hace tiempo que los humanos han desaparecido sin dejar rastro.
Al parecer, la flotilla se unirá a nosotros dentro de unos días para escoltarnos hasta el lugar donde murió Recaredo Silva. Deben de considerarme algo así como una piedra preciosa y no quieren correr riesgos; la verdad es que con esta compañía tengo incluso cierto cargo de conciencia por buscar la Tierra, pero no cabe duda que es mejor que estén prevenidos por lo que pueda venir. Si decidiera abandonar la búsqueda para no llevar a los viajeros hacia el planeta, tal vez lo lamentaría luego, porque esos merot, de los que yo mismo he visto las obras, son una amenaza mucho más peligrosa que todas las conocidas hasta ahora. Seguro que si encuentro la Tierra en su compañía también llegaré a lamentarlo, pero como el dilema no tiene solución, prefiero optar por el camino que más me conviene personalmente, y así, si me equivoco, me equivocaré al menos en beneficio mío.
Por fortuna o por desgracia, la academia militar de los viajeros es mejor que la nuestra y Snorr habla perfectamente el idioma humano. Si tuviéramos que comunicarnos en aitse, el idioma viajero, yo lo pasaría realmente mal, porque ni me interesé mucho por aprender su idioma ni, la verdad, hicieron gran hincapié en la materia. Los viajeros se han mostrado siempre muy poco comunicativos y menos amigos aún de la negociación, con lo que sólo es importante conocer su lengua si se va a ocupar un alto cargo. Para los pilotos de grado medio y bajo basta con saber cómo enfrentarlos, que no es poco, la verdad. De todas maneras, no me saco de la cabeza que conocer su idioma puede ser también un buen camino para hacerles la guerra, porque el idioma es una magnífica plasmación de la mentalidad, de la estructura del pensamiento que lo creó. Esta idea, sólo apenas esbozada por Gardeli, sin duda el mejor de los profesores que tuve en la academia, ha sido durante el tiempo que estuve solo el principal tema de conversación con el ordenador de a bordo, que no ha hecho más que confirmarla con sus análisis.
Desde que no estoy solo a bordo he dejado de jugar al ajedrez con el ordenador y lo hago con mi pasajero, que por cierto, tiene un nivel bastante bueno para tratarse de un juego no muy practicado en su civilización. Además conoce unas cuantas variantes curiosas, muy acordes con los gustos de su gente, que estoy aprendiendo a toda velocidad.
El ajedrez y el poker son jugados en el planeta de los viajeros igual que en la Tierra se juega a pesos y contrapesos. Cuando hay una guerra entre dos pueblos es normal que se produzcan intercambios culturales a través de los prisioneros. Seguramente sea eso lo único que nuestras culturas han sacado en limpio de tanto enfrentamiento. Eso, y un montón de avances tecnológicos, claro. A veces me pregunto si la guerra no será un mecanismo natural de defensa y progreso. De defensa contra la apatía y el anquilosamiento y de progreso por la necesidad de buscar mejoras capaces de ofrecer una ventaja significativa frente al enemigo. Sin guerras, el Universo hubiera sido mucho más tranquilo y feliz, pero también mucho más atrasado, ¡y qué demonios!, ¡mucho más aburrido!
Pero eso, claro está, se piensa sólo de las guerras del pasado, de las que sufrieron otros. Las que uno tiene delante no son ni tan útiles ni tan emocionantes; simplemente son estúpidas y peligrosas, aunque sean necesarias, como esta en la que estamos envueltos. No podemos dejar todos nuestros mundos en manos de esos merot: la defensa de lo propio no es un derecho, es una obligación. En eso coincido con los viajeros.
A mí mismo me extraña un cambio tan rápido. Hace sólo unos días me ponía enfermo con sólo pensar en la posibilidad de encontrarme una de sus naves, y ahora me encuentro más tranquilo sabiendo que el que llevo a bordo es un buen piloto y puede sacarme de un apuro. Al final va a ser verdad aquello que leí una vez sobre que el miedo procede más de la imaginación que de la cautela.
De pronto me he dado cuenta de que llevo toda la vida odiando a los viajeros y ahora que vivo con uno de ellos lo único que le encuentro realmente negativo es que ronca como una turbina. Teniendo en cuenta que Alexis, mi compañero de exploración, también roncaba, ¿dónde está el abismo insondable que separa a viajeros y humanos?
Quizás la diferencia resida en el modo de ver la vida, en la forma de entender lo que merece la pena y lo que no la merece. Nosotros, los humanos, buscamos a toda costa la paz, el placer y la comodidad; los viajeros buscan el fuego y la gloria. Nuestra aspiración es morir de vejez, con toda nuestra familia alrededor; ellos quieren morir luchando, sin llegar a conocer nunca la decadencia de la vejez: cuando un viajero siente que se está haciendo viejo se lanza a una aventura suicida para evitar la vergüenza de la decrepitud. Nosotros amamos la luz, por la seguridad que da; ellos aman la noche porque los mantiene en guardia. A nosotros nos gusta sentir cómo el sol nos acaricia con sus rayos; ellos aman el viento que los golpea torneándoles los músculos. Nosotros amamos las flores porque son bellas; ellos aman las tormentas porque son fuertes.
Creo que ha sido todo esto, más que un choque de intereses, los que ha provocado la enemistad que desde hace tiempo nos enfrenta. Nunca hay tanto odio como cuando no se comprende, y nuestros dos pueblos no se comprenden en absoluto.

Nave viajera "Sereterion". Imagen tomada desde la "NHE Buena Estrella" , circunstancialmente bajo el mando del teniente Albert Wandel.
Estos días he dejado de escribir, aunque no por falta de acontecimientos, sino de serenidad y tiempo. El día 17, mi sistema de teledetección encontró una nave kneip viajando a toda velocidad, ¡y sin llevar un cometa delante! La nave se dirigía al interior de la galaxia, pero su trayectoria indicaba que no tenían intención de detenerse en Nemo, sino cortarlo por su parte más estrecha. Creo que ellos también me detectaron a mí, pero no me hicieron ningún tipo de señal.
Después de pensarlo mucho, decidí emitir un mensaje. Decía "nave exploradora terrestre solicita contacto con nave que se halle en la zona para relaciones comerciales o políticas". El día 18 recibí respuesta de una nave militar vergessina. Decía escuetamente: "contacto imposible, demasiado peligroso. Manténgase en guardia". Una nave vergessina dando consejos. Increíble.
Todo esto me puso aún más nervioso de lo que estaba y me costó conciliar el sueño. Los días 19 y 20 los dediqué a hacer prácticas de tiro y de combate en formación abierta contra el ordenador, que me derribo ciento treinta y siete veces, y eso que no elegí el nivel más difícil. Como explorador soy bastante bueno, pero me temo que como soldado dejo mucho que desear; por algo elegí la flecha alada y no la espada para mi uniforme....
Por cierto, ahora que los nombro: nuestros símbolos nos parecen universales, pero no lo son ni mucho menos. En cierta ocasión me llevó más de media hora explicarle a un pipistrelli lo que es una espada, y la mayoría de las civilizaciones, que no han tenido un pasado cazador, desconocen totalmente lo que es una flecha y el lado hacia el que apunta. Y eso sin hablar de símbolos zoológicos, como águilas y leones, que son pura criptografía para el resto de las culturas.
Bueno, me dejo de devaneos y regreso a los hechos de estos días, porque me ha sucedido algo tan importante que si llego a encontrar la tierra algún día casi nadie me creerá.
El día 20, cuando me cansé de ser masacrado por el simulador de combate, me dediqué a mirar atentamente los instrumentos en busca de más naves derribadas que investigar. A las pocas horas encontré una nave viajera con un gran agujero en el generador de energía y sobreponiéndome a mis deseos de largarme decidí acercarme, ponerme el traje espacial y entrar a explorar en la nave inutilizada, que es lo mío.
En el interior me encontré con los cuerpos de cuatro viajeros y un aparato de comunicaciones que retransmitía algo incomprensible. No sé si por culpa de los nervios o porque daba por hecho que estarían todos muertos, pero había olvidado mirar en los instrumentos si había actividad a bordo; si hubiera ordenado un escaneo más detallado me habría ahorrado el susto que sufrí luego. El caso es que fui a desmontar el aparato de comunicaciones, pero cuando pasé al lado de uno de los viajeros le toqué una pierna y el centauriano se movió y abrió los ojos. ¡Estaba vivo!
Yo, con el corazón en la boca, saqué mi arma lo más aprisa que pude y le apunté directamente a la cabeza, pero el viajero empezó a dar gracias al cielo de que fuera un humano mientras intentaba levantarse.
Al principio tuve miedo y lo volví a tirar al suelo de un empujón, pero luego conseguí calmarme y me di cuenta de que si un viajero se alegraba de ver a un humano apuntándole con un arma era porque sucedía algo realmente grave. Dentro de lo que cabe, conseguí mantener la cabeza fría.
El viajero, desde el suelo, empezó a hacerme preguntas en idioma humano. Quería saber de dónde había salido, si estaba allí para ayudar, si venían muchas naves conmigo y un montón de cosas más. Lo hice callar y lo traje a mi nave junto con el equipo de comunicaciones. Sus compañeros estaban muertos.
Cuando se dio cuenta de que yo era un simple explorador que viajaba solo, se llevó una gran desilusión y guardó silencio unos instantes, pero enseguida volvió a la carga con sus preguntas.
Hace dos días que viajamos juntos. Ahora sé que se llama Snorr, que era el segundo de a bordo y que se muere de ganas de haya otra guerra entre humanos y viajeros para poder convertirme en carbonilla. Me he alegrado mucho de oír eso, porque en la academia nos enseñaron que si un viajero piensa atacarte nunca te lo dice, y que si te lo dice es porque no piensa atacarte, así que cuanto más habla de comerse mis tripas crudas, más tranquilo duermo yo.
Me enseñaron además que son gente muy agradecida, al menos entre ellos, y nunca traicionan a quien les ha prestado ayuda. Espero que sea así...
La verdad es que me intranquilizaban más los viajeros muertos que me había encontrado que este, vivo, que llevo en mi nave. Es curiosa la mente humana.
Después de descansar y alimentarse me ha contado que del Espacio Exterior ha llegado una raza que quiere extender su dominio por todo el Cosmos, y que es tan poderosa que todas las civilizaciones de nuestro universo conocido han tenido que firmar una alianza para hacerles frente. Sólo los skag se han puesto del lado de los recién llegados.
Los skag del pentasistema, un conjunto de cinco estrellas con cinco planetas cada uno, son una raza de seres pequeños y fieros, pero con tecnología muy primitiva. El problema es que los merot, que así se llama a los invasores, les han facilitado armas modernas y ahora son verdaderamente temibles.
Según me ha dicho Snorr, los merot son justo lo contrario de los viajeros. A mí, a primera vista, eso me pareció un cumplido para ellos, pero se refería únicamente a su aspecto, porque son negros y visten completamente de blanco.
Se sabe muy poco más de esa civilización. Sus naves son rapidísimas y utilizan armas de antimateria, tal y como yo había sospechado.
Los skag, por su parte, desde que han recibido ayuda dominan otros cuarenta planetas, todos deshabitados, pero en el área de influencia minera de otras civilizaciones.
En el otro lado de la balanza están los viajeros, los vergessinos y los sorprendentes kneip, que han salido de su mutismo. Se cuenta también con el apoyo de otras razas menores, que prestarán sobre todo asistencia táctica. Lamentablemente para mí, nadie sabe de los humanos. Soy precisamente yo el que informa de que se proyectaba un traslado hiperespacial del planeta y de que no tengo cochina idea de dónde se les puede encontrar ahora. Al parecer, estas indicaciones mías, lejos de bajar la moral de la Alianza como sería lo lógico, ha sido un gran motivo de alegría, pues se había extendido el temor de que los merot hubieran volatilizado la Tierra con sus armas de antimateria.
El más desilusionado ha sido el viajero que llevo conmigo, que esperaba que mi nave fuera la avanzadilla de una flota que llegaba en misión de refuerzo. Cuando le dije que era un explorador perdido prometió no matarme antes de comerse mis pulmones, lo que, traduciendo, significa que da gracias al Cielo por haber sido rescatado por el único humano localizable de todo el Universo.
Después de pensarlo mucho le he dicho a Snorr que tengo intención de llegar al planeta La Jodimos para conseguir el equipo de otro explorador terrestre. No tengo a nadie más, así que tendré que ser sincero con esta mala bestia viajera hasta que vengan los suyos y se lo lleven. Si es que viene alguien, claro, porque no parece que esté la cosa para muchas alegrías.
Le he contado toda mi historia y el muy canalla se moría de la risa cuando supo que habíamos sido alcanzados por una sonda durmiente. Según él, esos cacharros son tan inofensivos que hace años y años que se han dejado de fabricar. También le hizo mucha gracia que no encontrara mi planeta cuando conseguí regresar al Sistema Solar, pero en cierto modo creo que ha comprendido mi angustia y su risa no me ha resultado ofensiva. Lo que más le ha gustado, no obstante, fue mi idea de enterrar a Alexis en Marte, junto al monumento a los caídos; en eso coincide plenamente con mi sentido del humor, y hasta se ha sorprendido de que a un humano se le pueda ocurrir una idea tan genial. Debo estar necesitado de cumplidos, porque hasta procediendo de uno de esos salvajes me ha agradado el comentario.
El viajero se mostró entusiasmado con la idea de ir a buscar el equipo de Silva. Se le ve enseguida que tiene tantas ganas como yo de encontrar la Tierra, aunque por distintas razones.
Lo mejor de toda esta historia fue cuando le dije al viajero que tenía miedo de adentrarme en la galaxia porque no sé combatir. Él, ni corto ni perezoso me pidió que le dejara los mandos de la nave.
Debo de estar loco, pero accedí, y el oficial centauriano se pasó un par horas machacando a las pobres naves que el simulador representaba en la pantalla. No le dieron ni una sola vez. Parece que ese condenado y piojoso simulador se ha encontrado con la horma de su zapato.
Ya no tengo tanto miedo de ser atacado, pero si algún día se enteran en la Tierra de que he dejado pilotar mi nave a un oficial militar viajero me fusilarán en cuarenta y ocho paredones diferentes...
...Aunque siempre queda la posibilidad de pedir asilo a los viajeros. ¡Dios mío, cómo cambian las cosas!
Esto se ha puesto feísimo. Si no fuera por lo mucho que necesito el aparato de comunicaciones de Silva me daría la vuelta ahora mismo.
Hace escasamente una hora he abandonado una nave viajera destruida sólo unas semanas atrás. El diablo anda suelto en este área y no se me ocurre qué hacer. Mi única experiencia de combate son un par de escaramuzas contra armas automáticas, siempre fáciles de burlar con las contramedidas electrónicas, pero si tengo que enfrentarme con algo capaz de derribar a un viajero no tengo ni las más mínima oportunidad.
He conseguido activar el equipo de los vergessinos, pero no sé si debo transmitir con él; por una parte estaría más tranquilo si viniera alguien a echarme una mano, pero por otra tengo miedo a delatarme.
Lo más seguro es que acabe lanzando un mensaje: no puedo estar mucho peor de lo que estoy, y hasta me alegraría de ver aparecer a los centaurianos. Ya se sabe que el enemigo deja de serlo en cuanto aparece otro adversario más peligroso para todos.
No sé lo que daría yo ahora porque apareciera una flota terrestre y me sacara de este maldito atolladero en el que me encuentro. Incluso he deseado, y siento reconocerlo, encontrar alguna nave terrestre, completamente chamuscada y llena de muertos. Así por lo menos sabría que la flota humana está en alguna parte y tendría esperanza de salir de este parque de los horrores en que se está convirtiendo Nemo, el sistema que nunca debió existir.
Cuando me paro a recapitular los hechos me doy cuenta de que son demasiadas las preguntas sin respuesta: ¿qué hacen aquí los vergessinos, tan lejos de su zona de exploración y comercio?, y los viajeros, ¿qué han venido a buscar a este área remota, casi desconocida para ellos?, ¿tan grave es la amenaza que los vergessinos se han tenido que aliar con esos canallas viajeros?, ¿qué es lo que destruye a las naves vergessinas y viajeras?
Son muchas preguntas y me temo que llegaré a enterarme de la respuesta de la última.
Y de verdad que no me importa. De verdad.
Todo sigue muy feo, tanto que me siento a escribir para calmarme más que para contar algo. Acabo de encontrarme otras dos naves viajeras derribadas, y tengo que confesar que hasta después de destruidas me dan miedo.
Puede que sea un cobarde, pero sólo pensar en encontrarme con los viajeros, aunque estén demasiado ocupados en matarse con un enemigo desconocido, me pone los pelos de punta.
Tengo que confesar que fuera de los documentales históricos y las clases de instrucción, estas son las primeras naves viajeras que veo en mi vida, pero por culpa de esos miserables estoy donde estoy, y por su culpa también tuve que enterrar en Marte a Alexis, que más que mi jefe era mi amigo, el único en el que de veras confiaba.
Los viajeros son una plaga estelar con la que hay que convivir, pero yo prefería no tener más tratos con ellos, ni con sus son sondas, ni siquiera con los restos de sus naves. Es curioso, pero aún destruidas y sin señales de vida a bordo siguen trasmitiéndome una especie de alarma que no se explicar muy bien y que, desde luego, no debería permitirse un explorador. Se supone que nosotros estamos entrenados para afrontar en todo momento los retos que pueda plantearnos lo desconocido, pero ni el entrenamiento ni las razones que no dejo de repetirme logran convencer a mi mente de que un viajero muerto no puede ser peligroso, o por lo menos no más que un vergessino.
Pero no, esos pobres diablos no me dan miedo, tampoco lástima la verdad, porque no sé casi nada de ellos y me cuesta compadecerme de un raza que mi ignorancia coloca cerca de las máquinas; los vergessinos despiertan sólo mi curiosidad y mi precaución hacia lo que fuera o quien fuera que los derribó.
JOB, el ordenador de a bordo, opina que debería evitar esa clase reacciones o ponerme en autotratamiento psicológico, pero claro, él es un ordenador y no puede comprender estas cosas. Convertir la evocación de un peligro en modelo matemático es poco menos que imposible, igual que la repulsión, o incluso el rencor, ese rencor que no puedo evitar cada vez que pienso en los centaurianos y en lo que me han quitado, en las horas que podía haber pasado con Hannah de no haber sido por ellos, en los hijos que no tendré, en las pequeñas cosas que se han llevado sin siquiera saberlo, sin importarles lo más mínimo, sólo porque iba en la nave equivocada y en el momento menos oportuno. JOB no puede entender el rencor por más que esté programado para conocer su definición y los mecanismos porque se rige, no alcanza a encajar en sus esquemas que lo que me han hecho los viajeros pueda modificar la racionalidad de mi conducta hacia ellos, él sólo entiende probabilidades y, por supuesto, la probabilidad de sufrir un ataque proveniente de un viajero muerto es cero.
Las cosas se están poniendo cada vez más feas. Ya son cuatro las naves vergessinas y tres las viajeras que he encontrado destruidas. Lo peor del caso es que, después de haberlas analizado y confrontado los respectivos armamentos, he llegado a la certeza de que ninguna ha sido derribada por los otros. He perdido dos días analizando los restos, pero mi tiempo no vale mucho y creo que mereció la pena.
La conclusión es muy preocupante, pues todas las naves fueron alcanzadas por el mismo tipo de arma y nunca supe de civilización alguna que hubiera desarrollado ese tipo de artillería.
Por lo que pude deducir, el cañón utilizado no se basa en hacer incidir un chorro de energía sobre un punto determinado, sino de arrancar de cuajo el punto elegido.
Quien quiera que haya derribado esas naves las ha atacado con algo parecido a un chorro de antimateria, y eso es algo que nadie, nadie, ha conseguido sacar del campo de la ciencia-ficción.
Al principio este asunto me ponía nervioso. Ahora confieso que estoy realmente asustado. Desde luego, estaba preparado para enfrentarme a lo desconocido, pero nunca pensé que me toparía con algo así.
En una de las naves del planeta Olvido encontré dos cadáveres, y también un traductor, así que se acabó el problema de tener que grabar los mensajes. También me traje a bordo un equipo de comunicaciones intacto, aunque dudo que mi soporte energético me sirva para utilizarlo.
Hasta que llegue al planeta donde murió Silva voy a intentar contactar con los vergessinos, si logro activar el aparato, pero mucho me temo que se hayan ido de esta área después de lo sucedido. Lo malo es que lo que atacó a vergessinos y viajeros puede seguir aún ahí, con las mismas intenciones.
Hasta ahora sólo activaba el sistema de detección lejana de vez en cuando, para probarlo, pero desde hace unos días llevo encendidos todos los mecanismos, y las armas dispuestas para ser utilizadas en cualquier momento.
De todos modos no he querido ser alarmista y viajar en zigzag.
Lo que haya de ser, será.
El planeta Ojos de Muerte según imagen captada por la nave exploradora "NHE Blops", del comandante Sorahi Kenshoughi
Según los cálculos más optimistas aún faltan diecinueve días para llegar a Nemo, el sistema que nunca existió, como decía su descubridor. Si no se aleja mucho de mi camino me gustaría visitar el lugar donde está el cadáver de Silva, el planeta La Jodimos.
Bueno, en realidad pensaba ir a ése sitio aunque estuviera en la otra esquina de la galaxia. Allí tiene que estar aún su nave, y en ella su aparato de comunicaciones, ¡y yo necesito urgentemente un equipo de comunicaciones para poder ponerme en contacto con alguien! El cacharro con el que emito mis mensajes de socorro no sirve para nada.
Según los mapas, el planeta debe de estar a unos tres parsecs de mi trayectoria, y digo debe de estar porque según Silva ese planeta tiene unas de las órbitas más largas e irregulares que se conocen. De no ser por eso y por su gran tamaño, nunca hubiera capturado a un piloto tan experimentado como él por muy averiada que estuviese su nave.
Si consigo el equipo de comunicaciones podré por lo menos ponerme en contacto con las naves de otras civilizaciones, aunque lo tendré que hacer palabra por palabra, porque tengo el traductor tan averiado como el resto del equipo y en la época de Silva no se instalaba ese equipo en las unidades pequeñas.
Si logro trabar contacto con alguien tendré que redactar mis mensajes usando el ordenador, y no sé como estará JOB programado para estas cosas. Pienso grabar mensajes en los idiomas de todas las civilizaciones pacíficas: para encontrar un viajero es mejor no encontrar nada.
Sería totalmente descorazonador que alguien se me hubiera adelantado y se hubiera llevado las partes útiles de la nave de Silva. Entonces tendría que buscar a Kenshogui, el explorador que murió congelado en el planeta que él mismo bautizó como Ojos de Muerte. Allí seguro que no han ido a buscar su nave, sobre todo porque nadie sabe que está allí, y, además, seguirá oculta por la nieve y el sistema electrónico de mimetismo.
Pero eso está demasiado lejos... aunque, la verdad, no veo como algo puede estar demasiado lejos para el que no tiene otro sitio mejor a donde ir.
Estos días he estado pensando qué haría si me cansara de vagar por el espacio y no me sintiera con fuerzas para quedarme a vivir en un planeta solitario. Puede que se me esté ablandando la sesera, pero lo más bonito me parece hacer caso de la leyenda y tratar de pasar al otro lado del Universo, allí donde reposan las almas de los muertos.
Me lanzaría hacia un agujero negro para comprobar si tienen salida por otro lado, pero ni siquiera me importaría el resultado, pues fuera como fuese me hallaría entre los muertos. Así, si por una mala jugarreta de esta nave, el tiempo estuviera pasando más despacio para mí, podría reunirme con todos a los que amé y que murieron de viejos esperando que regresara este pobre explorador. Me horroriza pensar eso.
Afortunadamente, el sistema de Nickelmann evita la deformación del tiempo en velocidades próximas a la de la luz, pues al no ser propiamente una alta velocidad lo que se experimenta no se llega a deformar el espacio-tiempo.
Lo más gracioso de este asunto, verdadero nudo central de todas las preocupaciones técnicas durante años, y siglos incluso, fue que cuando al fin se pudo aproximar una nave a la mitad de la velocidad de la luz, resultó que la aceleración afectaba según lo previsto a los relojes, pero sólo a los relojes. Era cierto que a mayor gravedad, más despacio funcionaban todos los archiprecisos relojes, pero la nave regresaba a su base justamente en el día y la hora fijadas en la Tierra. Regresaba con un reloj atrasado, pero sin novedad y sin retrasos. Se probó luego a embarcar diversos animales de ciclo biológico conocido, microorganismos sobre todo, y resultó que el plazo de sus vidas no se alargaba en absoluto respecto a nuestro sistema de referencia, por más que la nave se hubiera acelerado a una u otra velocidad, con lo que respiramos todos aliviados, incluso los que no habíamos nacido. De no haber sido así, creo que tendrían que haber construido y programado robots exploradores, porque ir lejos es una cosa, pero saber que volverás cuando para los demás hayan pasado cien años es demasiado grave para que lo acepte alguien que no sea un suicida, y una clase muy particular de suicida además, porque una cosa es lanzarse adelante, al vació, en un momento de arranque y otra muy distinta saber que dejas atrás todo lo que has conocido. Suicidarse es posible porque es un acto instantáneo, pero si el suicidio fuera un acto constante y continuado muy pocos o ninguno tendrían el coraje necesario para llevarlo adelante, muy pocos vencerían la tentación de dar marcha atrás y volver a casa con su nave, cuando aún no hubiera transcurrido demasiado tiempo.
El espacio es un enemigo mucho más benigno: se le puede doblegar. Al tiempo sólo se le vence con la muerte, cuando todo pertenece al infinito. Y a victorias como esa no hay quien les levante un obelisco.
Hoy me he encontrado algo mucho más grave que los restos de una nave vergessina: me he encontrado los restos de una nave viajera. ¡Y yo que pensaba que estaba solo en esta zona!
Lo más probable es que tanto la nave de Vergessenheit como la viajera fueran destruidas hace mucho tiempo, pero no deja de darme miedo saber que han estado por aquí esos salvajes de los viajeros. En este caso había dos cadáveres en el interior.
He abordado la nave y me he llevado toda la cartografía que encontré en soporte físico. La que estaba en soporte informático no pude verla, porque los ordenadores habían quedado inutilizados.
Todas los indicios llevan a pensar que ha habido un enfrentamiento entre viajeros y vergessinos, y es una pena, porque si es así no podré contar con la ayuda de estos últimos para buscar la Tierra. Se ve que los viajeros fueron a buscar pelea con nosotros, y como no nos encontraron, se agenciaron otro enemigo inmediatamente.
Aunque, la verdad, no me imagino que pueden tener los vergessinos que les interese a los viajeros, si viven a montones de años luz los unos de los otros.
Lo de tener que usar material primitivo para escribir este diario me lleva a tener que hacer la tinta yo mismo, así que el color cambia igual que el vestido de una bailarina. No me fío del soporte informático porque, en caso de haber problemas, nadie querrá llevarse un cuaderno de miserable celulosa, pero cualquier pirata se llevaría el ordenador de una nave terrestre.
La verdad es que a mí también me encantaría robar el ordenador de una nave viajera, o mejor aún, de una nave kneip. ¡Esos sí que deben de tener un archivo cartográfico impresionante! Su universo conocido debe de ser por lo menos el triple del nuestro.
Lo que aún no hemos averiguado es qué demonios sacan de tanto perseguir cometas.
Sólo los viajeros han conseguido capturar una nave kneip por sorpresa haciéndola caer en un campo de energía cuando iba siguiendo a un falso cometa. Con los tripulantes les pasó lo que a nosotros, que se les murieron enseguida, pero lo que aprendieron de la tecnología de la nave les dio tanta ventaja que nos hicieron suspender el tráfico espacial. Durante un tiempo los viajeros fueron los amos absolutos de la zona.
Después apareció nuestro gran almirante, Karl Donalds, que logró limpiar el espacio de patrullas viajeras con un truco tan diabólico como los que suelen emplear los propios centaurianos. Lanzó al espacio un montón de naves pequeñas, tripuladas por media docena de hombres. Eran naves "negras", demasiado pequeñas para ser detectadas hasta que no estaban cerca.
Uno de estos lobos, que así se llamaban las naves de Donalds, logró capturar una nave viajera intacta y de ese modo conocimos nosotros también los secretos de los kneip; en cuanto se igualó la balanza reinó de nuevo la paz.
Esta visto que la paz se consigue sólo teniendo unos dientes tan largos como los del adversario. Así, los dos, mientras se enseñan los colmillos pueden simular que se sonríen.
Ahora suelo dejar un tiempo entre cada anotación para no repetirme como la secuencia de un pulsar, también para no caer en disquisiciones filosóficas que no me convienen y a nadie interesan.
Es curioso darse cuenta de que hay muchas cosas en las que uno no se pone a pensar hasta que se sienta a escribir. La escritura debe activar algún mecanismo extraño en la mente, y si no extraño, al menos algún resorte que permanece inactivo el resto del tiempo, cuando nos limitamos a pensar simplemente. Sentarse a escribir lo que a uno le pasa la cabeza se ve afectado también por el principio de incertidumbre, pues el propio hecho de decidir escribir algo modifica lo que se tenía intención de expresar o la materia sobre la que se estaba reflexionando.
En estos días ha sucedido algo nuevo y, además, muy extraño. Me he encontrado los restos de una nave vergessina, nada menos que aquí, a innumerables parsecs de donde se les suele encontrar. Me pregunto que les ocurriría para venir a dar a este sitio con sus huesos, o en este caso, mejor dicho, con sus cartílagos. Lo más raro de todo es que parece que la tripulación fue rescatada, porque a bordo no hay más restos orgánicos que la comida. De esto se deduce que no debía de tratarse de una sola nave, sino de una escuadrilla completa, porque atribuir el rescate de la tripulación a una unidad de otra civilización, precisamente en este área, es conceder demasiada fuerza a la casualidad.
Lo más probable es que vinieran aquí en busca de yacimientos de mercurio para su industria, aunque hay que ver lo armados que viajaban para tratarse de una misión comercial. Me alegro de que mi nave vaya armada con lo mejor que había en la época en que fue construida, lo que tal vez no sea mucho decir, pero como no he conocido otra cosa estoy muy satisfecho de lo que tengo.
Debe de ser cierto eso de que la felicidad es la diferencia entre lo que se quiere y lo que se tiene, así que la felicidad se puede alcanzar teniendo más o deseando menos. La segunda posibilidad parece más simple a primera vista, pero en realidad es mucho más fácil la primera. Tener más es una simple cuestión de suerte, esfuerzo o sacrificio, pero nadie puede obligarse a sí mismo a desear menos; se puede, como mucho, crear un bloqueo psicológico, pero eso no evita que se mantenga el deseo en un algún recóndito lugar del subconsciente. Por eso resulta más fácil luchar por tener más: porque la lucha es voluntaria y depende uno mismo.
Quizás esta evidencia de que es mejor el método primero sea lo que ha hecho avanzar a la humanidad hasta el punto donde actualmente se encuentra; si cada vez que un hombre hubiera deseado algo se hubiera dicho que era mejor olvidarse del tema por miedo a apartarse de la felicidad, no hubiéramos salido nunca de las cavernas. Eso sí, seríamos unos cavernícolas la mar de felices y satisfechos, unos cavernícolas que pasarían su vida enfrentados sólo a las necesidades diarias y los obstáculos del medio ambiente. Como tentación de abandono no está mal.
Yo, por mi parte, desearía un sistema de armamento aún más potente para poder enfrentarme con ventaja a una nave viajera, pero como no tengo otra cosa me dedico a machacar asteroides y hacerme ilusiones sobre que soy un as bélico del espacio, cuando en realidad no soy más que un explorador dado por muerto que viaja en un cacharro ya anticuado cuando empezó esta misión.
De todos modos, lo mejor será no toparse con los viajeros. Si una mierda de sonda nos hizo lo que nos hizo, no quiero imaginar lo que me podría hacer una escuadrilla, sobre todo ahora que no hay artillero que proteja los flancos.
La verdad es que el pobre Alexis no era un piloto de combate muy brillante que digamos, y lo más triste de todo es que a pesar de ello siempre me ganaba en las maniobras. Si hubiéramos sido un poco más listos, sobre todo él, nunca nos hubiera alcanzada aquella maldita sonda, pero no creo que sea momento de lamentarse del pasado, y menos aún de echar culpas a un compañero que pagó con su vida el error que cometió.
Sí, será mejor no encontrarse con los viajeros.
Ya me falta menos para llegar al próxima sistema, que, por cierto, se llama Nemo en honor a un héroe literario de la antigüedad. Recibió este nombre a raíz de que todos los astrónomos negaban su existencia hasta que Guldarial Bohadar demostró inapelablemente su realidad. Eligió el nombre como ironía hacia sus colegas, pues Nemo significa "nadie" y así, según sus propias palabras, seguiría sin existir.
La verdad es que ese grupo estelar no ha tenido muy buena suerte en la cosa de los nombres. En alguna parte dentro de él existe un planeta que se llama Menos Mal, y otro con un nombre igual de extraño pero mucho más feo.
La cuestión vino a raíz de que un explorador llamado Recaredo Silva estuvo perdido durante mucho tiempo en el sistema a bordo de una nave anticuada, y averiada, además. Cuando sólo quedaban reservas alimenticias para un par de días encontró un planeta con vida vegetal y eso le permitió reponer sus reservas y salvar la vida; de ahí que le pusiera tan curioso nombre en el idioma primitivo de su nación.
Pero la historia no acaba ahí, pues sólo unas semanas después de abandonar Menos Mal, la avería que arrastraba su nave le impidió vencer la gravedad de un gran planeta y acabó yendo a parar irremediablemente contra su superficie, desde donde transmitió multitud de datos hasta su muerte por inanición. Desde entonces, el planeta que atrapó a Silva se llama La Jodimos.
Una curiosa forma de venganza la de este explorador. Se hicieron muchos chistes en la tierra sobre cómo se llamarían sus hipotéticos habitantes.
A veces me pregunto cómo le llamaría yo a un plantea que descubriera (y no fuera ya conocido pero sin nombre, como el Azul de Altaír). Probablemente le llamaría Solitario, en recuerdo del tiempo que he pasado recorriendo el espacio en soledad. Si descubriera una galaxia entera le llamaría Hannah, que era el nombre de la mujer a la que amé antes de hacerme explorador. No creo que pueda haber mejor regalo que poner cien billones de estrellas bajo el manto de su nombre. Además, Hannah es un nombre que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda, y eso es lo que me pasa con ella, que la veo siempre igual desde cualquier ángulo que la miro.
Últimamente, la visión de millones de estrellas me relaja en vez de estresarme, como me hacía antes. Quizás sea porque me estoy haciendo a la idea de no volver nunca a casa, o tal vez se deba a que estoy empezando a padecer mi propia versión del síndrome de Estocolmo, pues al fin y al cabo no soy más que un vulgar rehén del Universo. Puede ser que para hacer más soportable la cautividad haya decidido hacerme amigo del secuestrador, comprender sus ideas y apoyar sus razonamientos. Lo peor de esto es que no soy capaz de adivinar el rescate que el Cosmos pide por mí
Ahora, cuando veo el exterior a través de los paneles de mi nave empiezo a sentirme en casa y entiendo que todas esas estrellas son como las calles y las fachadas vecinas que ve desde su domicilio cualquier habitante de la Tierra. Esos brillos son mis fachadas, esos planetas mis vecinos, ese vacío la plaza en la que no me espera nadie, pero mi plaza al fin y al cabo, como cuando me desvelaba y salía de noche, en mi zona residencial, a pasear por las calles desiertas.
Contraje en aquel tiempo la manía del noctambulismo precisamente por el disfrute de estar solo, de no ver miríadas de otros seres humanos en cualquier logar al que dirigiera la vista. Luego, en el espacio, donde la noche es constante, he llegado a creerme la ilusión de que seguía caminando por aquellas cuadrículas desiertas, sólo que aquí el silencio es más hondo, más profundamente inicial, sin el vago rumor que ocupaba las noches de la Tierra, con sus poco pero omnipresentes vehículos desplazándose de un lado a otro, sin sus pocos pero omnipresentes chirridos procedentes de alguna industria, de al algún reajuste de los materiales de construcción.
Aquí todo está hecho de gas, polvo y fuego, que, salvo en raras y violentas excepciones, son también la materia prima del silencio.
La nada se me está haciendo larga en esta ocasión. El próximo sistema, fuera ya de mi área de exploración, está aún a unos cuantos días a toda velocidad. Tampoco siento por ahí la Tierra, pero no quiero dejar de lado ninguna posibilidad.
A veces me gustaría salir de la zona de exploración, es decir, de la zona que se nos asigno al conjunto de los exploradores. Una buena parte de ese área está seguramente sin visitar, pues algunos de mis compañeros murieron antes de finalizar su tarea. Algunos, incluso, como Chion-Ho, murieron cerca del Sistema Solar, víctimas de los ataques viajeros.
Salir de la zona de exploración, hacia lugares donde no puede estar la Tierra, sería como irse a un lugar que nadie sabe si existe, como los primitivos navegantes que salían en busca de continentes de leyenda.
Quizás si un día me desespero iré en busca de estrellas desconocidas para ponerles nombre y conocer sus maravillas. Quizás nadie llegue a saber los nombres, pero tendrán el nombre que yo les ponga aunque vuelvan luego a ser bautizadas mil veces más. Tal vez nadie reciba noticias de mis descubrimientos, pero esas galaxias serán ya conocidas, porque el árbol que cae en un bosque primitivo hace ruido, aunque no haya nadie para oírlo y el gato de Schrödinger se muere aunque no abramos la caja. Las cosas suceden por y para sí mismas y no necesitan de testigos para ser reales. Ahora comprendo perfectamente lo que predica el panteísmo: yo no puedo buscar a Dios en ninguna parte porque estoy navegando por Él, dentro de Él y a Su lado. Todo lo que me rodea es parte de Él y, por tanto, no necesita mi presencia para existir o cambiar de esencia.
Si, un volcán de un planeta perdido erupciona aunque nadie lo llegue a saber. Y una estrella muere aunque nadie registre su desaparición. Y yo vivo aunque todos piensen que estoy muerto y nadie sepa que voy errante por el Cosmos, porque yo soy suficiente para dar sentido a mis actos, como lo son el árbol, el volcán y la estrella. Todos somos parte de un todo, y cuando ese todo es consciente lo llamamos Dios.
Lo malo es que Dios no siempre es tan consciente como nosotros quisiéramos y a veces nos deja un poquito solos, ¿o simplemente creemos eso al ver que no hay salidas?
Casi nadie piensa que Dios también puede ser una puerta cerrada.
La travesía se está haciendo pesada, pero ha mejorado mucho mi estado de ánimo. He visto una formación de cometas que me ha impresionado, y ya es difícil que me impresione un fenómeno astronómico. Me recordó a una lluvia de meteoritos, de las que en la Tierra hacían formular deseos a una miríada de seres humanos. Me pregunto si atribuían su poder a la condición de estrellas o a la de fugaces.
A pesar de su belleza me preocupa ver una formación tan grande de cometas. Puede traer dos tipos de complicaciones: o un problema inesperado en la zona, o los kneip, esa raza de criaturas incomprensibles que van detrás de todo lo que brilla, como si fueran cuervos. Nadie sabe dónde viven, ni de dónde salieron ni a dónde diablos van; ni siquiera mantienen relaciones comerciales con ninguna otra civilización. Hay quien dice de ellos que son pastores de cometas, lo que es casi tan poético como estúpido. Además, ellos no los guían; solamente los siguen.
Decía que son un peligro porque si llevas las luces encendidas te siguen como si fueras un cometa más, y cuando se dan cuenta de que es una máquina la destruyen para evitar interferencias. No se les llama kneips porque sean dueños de un grupo de tabernas, como podría pensar cualquiera que entienda la lengua de Gunther. Su nombre está formado por las iniciales en una lengua terrestre que venían a significar algo como Grupo Inteligente Inofensivo de Actividades Desconocidas. Lamentablemente, lo único que resultó ser falso fue lo de inofensivo. Estamos convencidos de que no son agresivos, pero es un peligro toparse con ellos cuando llevas las luces encendidas. Pasa algo parecido a lo que ocurría con las fieras terrestres de antes del colapso poblacional: no eran agresivas pero era mejor no cruzarse en su camino.
Una vez conseguimos derribar una nave kneip dentro del sistema solar y capturar a sus tres tripulantes, pero no sirvió de nada porque murieron antes de que pudiéramos entendernos con ellos.
Hasta ahora hemos encontrado diecisiete razas inteligentes en el Universo de las que ya iré hablando según surja el tema.
De momento he nombrado a los malditos viajeros, los vergessinos y los kneip, así que todavía quedan unas cuantas, algunas muy curiosas, como los pipistrelli, descubiertos por un explorador bromista llamado Vittorio Porgessi, que tuvo la mala fe de llamarles "murciélagos" en el idioma de sus antepasados sólo porque eran completamente negros. Naturalmente, no tienen alas ni nada que se les parezca.
De ellos ya hablaré otro día; ahora voy a jugar un rato al ajedrez.
Avanzo a toda velocidad por la más nada de las nadas. Esta vez ni siquiera conozco el lugar al que me dirijo, pues se encuentra ya en el área descubierta por otro explorador. A veces me pregunto que pasaría si mi nave tuviera ahora una avería y se parase. Ya sé que eso es imposible porque, curiosamente, aunque viaje en el hiperespacio mi nave sigue teniendo cierta inercia y seguiría avanzando hasta que algún cuerpo la detuviese. Es imposible, pero me gusta torturarme con la idea de que voy a convertirme en una eterna baliza de señalización, aunque señalizara sólo que allí hubo una avería que el piloto fue incapaz de reparar. De todos modos lo más probable es que nunca llegaran a encontrarme.
Lo que de veras me asusta es la agonía que eso significaría: con las reservas recogidas en el Planeta Azul de Altaír tengo comida para aproximadamente un año, y un año mirando la nada de nada es demasiado tiempo. Ahora comprendo por qué Dios decidió crear el Universo: el vacío le producía jaqueca, y las jaquecas de Dios deben de ser algo terrible.
Pero por ahora este trasto sigue avanzando. Por cierto: he nombrado el Planeta Azul de Altaír y no he dicho lo que es. No hace mucho decidí aterrizar sobre la superficie de un planeta que se parecía muchísimo a la Tierra. Podría decir que cuando lo vi me dio un vuelco el corazón, pero sería mentira: el Universo está lleno de planetas azules y ya estoy acostumbrado. Si embargo éste era especial. Tenía continentes, mares, nubes, ¡y hasta vegetación!, así que decidí bajar.
Después de tomar todas las precauciones habidas y por haber conseguí que mi nave, que por una ironía de las que tanto le gustan al Destino se llama Buena Estrella, tomara contacto con el planeta.
Las mediciones de la atmósfera dieron como resultado que era totalmente respirable; tan sólo tenía un 1 % más de Oxígeno que la de la Tierra en sus buenos tiempos. A pesar de ello, tomé todas las medidas de seguridad posibles, porque en un sitio en el que hay vegetación puede haber también algo que se la coma, y lo que aún es más grave, algo que se coma a lo que se come la vegetación.
Así pues, armado hasta los colmillos, salí con el vehículo de superficie a ver lo que había en el planeta. Naturalmente, todas las especies vegetales me eran desconocidas, pero algunas eran muy parecidas a las de la Tierra. Vi también animales de varios tipos, aunque todos eran de superficie (no encontré aves), y no me dio tiempo a fisgar en los ríos en busca de vida acuática.
Luego, al anochecer, volví a la nave y señalé el planeta en el mapa electrónico con el nombre de Planeta Azul de Altaír. Las diferencias más importantes respecto a la Tierra son que el día dura 29 horas y 38 minutos, y que en vez de una sola luna tiene siete, una de ellas formada completamente por agua y otras dos huecas como los satélites de Marte antes de que los llenáramos con basura contaminante.
Encontrar planetas como este me hace pensar si no sería buena idea quedarse a envejecer tranquilamente en vez de buscar el Viejo Hogar. La respuesta es muy sencilla y muy antigua: "vio Dios que el hombre estaba solo...". Eso es lo que me pasa a mí: que estoy demasiado solo y no quiero pasar así el resto de mi vida. La culpa es de la mente humana, pero yo no tendría ninguna satisfacción dominando un planeta si no tengo a nadie con quien compartirlo. Ya he pensado muchas veces en el egoísmo de quien quiere compartir algo, y a veces creo que lo hace para poder disfrutar de lo que tiene y no para que el otro pueda tenerlo también. Siempre se comparte por satisfacción propia, siempre, incluso cuando se priva uno mismo de la porción que se entrega al otro, incluso cuando esa privación supone un grave sacrificio: la solidaridad no es más una sofisticada masturbación del alma.
Si me quedara en el Planeta Azul, en pocos años viviría en un Paraíso a mi medida, pero un Paraíso para uno solo es como una isla para un sólo náufrago, que por maravillosa que fuera la isla nunca lograría hacer olvidar al náufrago la compañía de sus semejantes, y añorarla; nunca conseguiría impedir que, a la primera oportunidad, el hombre tratara de llamar la atención de un barco para que le llevara de retorno a la mugrienta, peligrosa y hacinada ciudad. Eso es lo que me pasa a mí, sólo que yo no tengo que esperar a ningún barco; me basta con subirme a mi nave y alejarme hacia otra soledad muy distinta, la soledad con esperanza de dejar de serlo un día. Es increíble lo que puede hacer la esperanza.
Cuando ingresé en el cuerpo de exploradores asumí que era muy difícil que llegara a casarme. Este oficio es parecido a un sacerdocio, pero a nosotros no es una norma sino el tiempo lo que nos impide casarnos. Es muy difícil encontrar a alguien dispuesto a casarse contigo y no verte después en un año, o más tiempo si la misión es muy larga.
De todos modos, me he prometido a mí mismo que si algún día logro volver a la Tierra intentaré casarme. Nunca como ahora, sobre todo en el Planeta Azul, he sentido tanto la necesidad de una mujer. Si hubiera tenido una compañera es muy probable que me hubiera quedado en el Planeta Azul a fundar mi propia raza de exploradores, pero así... así debo conformarme con soñarlo.
Y los sueños no perdonan. Te buscan, te encuentran, y tienen una puntería acojonante.
Tras vencer mis ansiosos deseos de destrucción, prosigo este diario, que tratará de serlo, aunque no dudo que al final su periodicidad resultará totalmente arbitraria, y si no es así es que no lo he escrito yo.
En fin. Por unas horas dejo de dar saltitos para tomar trayectoria continua. La gran cantidad de asteroides que pululan por esta zona y la velocidad a la que se mueven torna muy peligroso utilizar el sistema de Nickelmann. Ahora tendré que sacarle un buena rendimiento al motor de fusión. En cierto modo es un fastidio llevar equipado este tipo de motor, sobre todo porque, haga lo que haga, el combustible va a durar más que yo, así ni siquiera me queda la esperanza de que la falta de propulsión termine con este loco vagabundeo. En eso no me distingo gran cosa de los antiguos navegantes, a los que se les podía agotar la reserva de agua, de comida o de paciencia, pero rara vez la de viento.
Iba a decir que resulta curioso tripular una nave que es más durable que uno mismo, pero me he acordado de la Tierra y de todos los demás planetas habitados y creo que mejor aprovecho la magnífica ocasión que se me presenta de callarme una tontería.
Me encuentro en Altaír, que está a unos pocos parsecs de donde orbitaba la Tierra antes de que la banda de majaderos del Gobierno decidiera llevarse el planeta a dar un garbeo. De momento, por aquí, ni rastro, aunque, la verdad, ¡también tendría su gracia que fuera a aparecer precisamente en el área que yo he explorado!
A veces me pregunto si no sería buena idea espiar a los viajeros y ver si ellos han sido capaces de encontrar mi planeta, porque me jugaría el alma a que ellos también andan buscándolo como locos. Pero claro, espiar a los viajeros es como buscar agua siguiendo a una manada de leones hambrientos, así que mejor lo dejamos estar, porque si me encuentran me asan en mi propio jugo y me utilizan luego de alimento para su ganado.
Unos chicos un tanto bruscos, los viajeros.
Además, a mí, como miembro del Cuerpo de Exploradores, y por tanto
militar, me tratarían aún peor que a Gustavsson.
Sigo buscando porque no se me ocurre otra cosa que hacer, pero sólo en la zona en que me encuentro hay varios miles de millones de estrellas y cualquiera de ellas puede alumbrar ahora a la Tierra. De todos modos creo que no está por aquí: no la siento cercana.
Mi único medio para guiarme es mi propio sentimiento; un curioso radar, pero no me queda otro. Para encontrar la Tierra debo seguir mis raíces, igual que el que se pierde en un laberinto debe seguir la cuerda que fue desenrollando mientras avanzaba. La verdad es que la cuerda que yo he usado es más bien endeble, o imaginaria si se quiere, pero es mejor caminar en círculos que sentarse a esperar la muerte.
Lo más maravilloso sería encontrar una nave de los vergessinos; sólo ellos estarían dispuestos a ayudarme, o mejor dicho, sólo a ellos puedo ofrecerles algo a cambio de su ayuda.
Los llamamos así, vergessinos, porque fueron descubiertos por Gunther Berger, que llamó Olvido al planeta, y, además, en el idioma de su pueblo. A todos nos pareció un curioso nombre, pero nunca se llegó a saber la razón por la que lo eligió el explorador.
La amistad entre humanos y vergessinos ha sido siempre fría pero muy fructífera. No se basa en el mutuo conocimiento, sino en el mutuo respeto. Estoy seguro de que me ayudarían a encontrar la Tierra a cambio de información sobre un planeta formado enteramente por cinabrio que he descubierto en Achernar. Para ellos el mercurio es un material utilísimo, y un planeta así sería un tesoro de valor incalculable.
Desde hace algún tiempo me dedico a jugar al ajedrez con el ordenador de a bordo. Es un juego primitivo pero muy complejo, aunque se podría complicar aún más haciendo que el movimiento de cada pieza dependiera de la fila en que se encontrase. He probado a jugar con esa variante, inventándome las normas, y el juego se vuelve demencial. De todas maneras no se puede igualar la riqueza combinativa que ofrecen las normas originales, porque no es sólo cuestión de posibilidades, sino también de la armonía y equilibrio que logren entre ellas. Casi nadie practicaba ya ese juego en la Tierra, salvo algunos románticos que se aferraban al tablero y a las piezas en vez de entregar su tiempo libre a las pantallas electrónicas, pero puede resultar tan absorbente como el más sofisticado de los simuladores. Demasiado incluso, algunas veces. De todas maneras, no soy de los que piensan que el ajedrez es una alegoría de la vida, o un mundo en miniatura; es cierto, concedo, que se pueden saber muchas cosas de la psicología del jugador observando su manera de moverse en el tablero, pero cualquier otra actividad más o menos compleja, como cocinar o cuidar un jardín, por ejemplo, daría una información parecida.
Además de jugando al ajedrez, también paso al menos una hora diaria hablando con el ordenador de a bordo. Desde que murió Alexis no mantengo conversación alguna y es peligroso perder el hábito del lenguaje.
Ya que menciono al comandante Alexis, no se me ocurrió nada mejor que enterrarlo en Marte al pie del obelisco dedicado a los héroes de la exploración. Si alguien encuentra la tumba antes de que yo dé con la Tierra se va a topar con enigma de mucho cuidado: uno de los caídos está enterrado junto al monumento que habla de su desaparición. Luego, ¿cómo diablos llegó el comandante Alexis hasta su última parada?
Ser fabricante de misterios es un pasatiempo bastante estúpido, pero qué le vamos a hacer. Puede que alguien llegue a pensar incluso que lo llevó su propio compañero y tal vez se dignen avisarme, de algún modo que ahora no puedo adivinar, de la nueva localización de la Tierra. Digo todo esto por consolarme, más que nada, porque me parece imposible que asuman el riesgo de ser descubiertos por los viajeros a cambio de salvara un sólo hombre, y más después de todos los que han caído en combate contra esos desgraciados.
Lo he pensado mejor y creo que rectifico: ser fabricante de misterios es pura filantropía en tanto que significa dar a los demás ocasión para mover las neuronas. Un misterio, además, es un problema que no puede ser resuelto por los medios habituales, así que además obliga a emplear la imaginación. Obviamente, me aburro demasiado.
Muy pronto abandonaré esta constelación del demonio y me moveré otra vez por la nada de nada, como decimos los exploradores.
Sinceramente, soy incapaz de imaginarme un lugar donde acabe el Universo, si es que acaba en alguna parte. No puedo imaginarme un lugar en el que ni siquiera la nada exista. Según los más sesudos científicos, la nada, el vacío, forma parte del Universo, pero más allá del Universo se acaba el espacio-tiempo y no puede existir ni siquiera la nada, pues no tiene lugar sobre el que definirse.
Todo eso está muy bien para escribirlo en un despacho o soltarlo en una clase, pero cuando se han pasado meses y meses navegando por lugares donde puede haber, como mucho, una docena de átomos por metro cúbico, uno acaba por pensar que la nada puede no tener final y seguir definiéndose como tal nada en tanto que navegable. No sé si me explico, pero tampoco importa mucho. El caso es que a mí me resulta muy difícil asumir una idea así, porque, si no hay vacío, ¿qué hay?, ¿qué es la ausencia de vacío? Por definición, es la materia. Entonces, el final de universo es un lugar a partir del cual sólo hay materia continua?; podría ser, aunque parece improbable, sobre todo porque una cantidad de materia así tendría una fuera gravitatoria millones de veces superior a la del más negro de los agujeros negros. Entonces, ¿qué ocurre? ¿que es redondo y a cualquier sitio que vamos no hacemos más que dar vueltas?; eso ya parece más aceptable, o lo parecería de no ser porque esa bola se colapsaría inmediatamente a falta de fuerza que empuje hacia fuera de forma suficiente. ¿Se puede deducir entonces que el Universo es infinito? Prefiero no pensarlo, aunque la verdad es que me debería dar lo mismo, porque tan perdido estoy yo como el que se extravía en un mísero planeta, o incluso en un pequeño desierto como los que había en la Tierra: ninguno sabemos cómo salir, y partiendo de esa base, todas las demás magnitudes resultan indiferentes.
Parece mentira que se le pueda tener tanto cariño a un planeta viejo, contaminado y superpoblado, pero creo que es como el cariño que se le tiene una madre, por más vieja y achacosa que esté. La única diferencia es que las madres no se suelen largar sin dejar aviso, a no ser que las secuestren claro, como es el caso.
En fin. Ya basta por hoy. Tengo sueño y me apetece dormir un rato; aquí no hay noches ni días y es importante conservar los ciclos vitales. Como hace dieciséis horas que desperté, lo correcto es irse a dormir.
La radio, la parte que aún funciona, sigue emitiendo mensajes que se pierden en el espacio, aunque sospecho que el codificador está averiado y nadie entenderá una palabra de lo que reciba, si es que lo recibe alguien. Bueno, como no tiene remedio no sirve de nada preocuparse; lo que importa es que tal vez mañana haya grabada una respuesta.
Siempre es bueno irse a dormir con una esperanza.
Hola. Me llamo Albert Wandel.
Hoy, por fin, me he decidido a escribir esto. La verdad es que tiempo no me falta, pero el hecho de narrar lo que me ha sucedido representa para mí una especie de entrega a la resignación, como si poner algo por escrito, y en tiempo pretérito además, fuera darlo ya por irreparable. Y el caso es que, ciertamente, no tiene remedio, así que no hay razón para tanto escrúpulo.
Por ser el primer día, me limitaré a contar cómo he llegado a esta endiablada situación.
No sé por qué, pero se me hace muy difícil comenzar. Supongo que será la falta de costumbre; no en vano llevo ya muchos años sin escribir manualmente.
En fin: el caso es que en 2941, es decir, hace siglo y medio, que se dice pronto, la situación de la Tierra era desesperada. La superpoblación había alcanzado límites críticos, los recursos minerales estaban prácticamente agotados, y sobre todo, la atmósfera se había calentado hasta un punto muy peligroso.
Y aunque unos problemas lleven a otros, y precisamente por el orden que los he enumerado, mejor será que vaya por partes. La superpoblación es un mal que lleva siglos y siglos agobiando a la Humanidad sin que se haya encontrado manera de ponerle freno: la naturaleza, tan sabia ella, lograba regular la población de todas las demás especies que habitaban la Tierra a base de matar de hambre y epidemias a los que se salieran del cupo, pero los seres humanos descubrimos la agricultura, la medicina y la solidaridad y decidimos rebelarnos. Durante unos cuantos siglos la jugada salió bien, porque el incremento de la producción de alimentos bastaba para cubrir los aumentos demográficos, y los avances de la medicina evitaban que el hacinamiento diera lugar a la propagación de las enfermedades. La solidaridad, aunque sólo relativa, entre las zonas más productivas y las que contaban con menores recursos, alentaba también el crecimiento poblacional, permitiendo vivir en algunas regiones hasta cinco o seis veces más personas de lo que aquellas tierras podían alimentar. El primer resbalón vino precisamente por ahí, porque como las poblaciones de las regiones semidesérticas eran alimentadas con los excedentes de las tierras más productivas, ocurrió que durante varios años hubo malas cosechas generales y dejaron de existir aquellos excedentes. ¿Qué sucedió entonces? Seiscientos cincuenta millones de muertos por hambre en seis meses, y otros trescientos el año siguiente. ¿Qué se hizo a raíz de aquel desastre? Convertir la solidaridad en ley para los que no podían comprar o producir sus alimentos pudieran construir almacenes y hacer también sus propias previsiones. De este modo, se llegó a sostener la superpoblación de manera permanente. Y el método hubiera sido magnífico si además de alimentar a los que ya están en el mundo se hubiera procurado que no vinieran más, pero para eso hace falta cultura, y es más fácil alimentar los estómagos de la gente que los cerebros.
El segundo problema era el del agotamiento de los recursos naturales, y es lógico, porque aunque empezaron a traerse grandes cantidades de materias primas del espacio exterior, los recursos más cercanos, y por tanto más baratos, o los puramente insustituibles, como el petróleo, o se habían agotado hacía mucho tiempo o estaban en vías de ello debido a la sobreexplotación que imponía la tremenda masa humana que atribulaba el planeta. Pobres o no, los seres humanos consumen una cantidad de recursos naturales que no pueden ser comparados con los que gasta cualquier otra especie; además, en la mayoría de los casos, por no decir en todos, estos recursos requieren de un proceso de transformación que a su vez consume otros recursos. La superpoblación, por tanto, aceleró el agotamiento de estos recursos, y no crea que sean necesarias más explicaciones sobre esto.
Por último, los procesos productivos que menciono antes, contaminan y aumentan la temperatura de la Tierra. Los cultivos requieren en muchos casos calor y aumentan la temperatura de la Tierra. El ganado genera calor, las calefacciones generan calor, aunque cada vez eran menos necesarias, y todo, en fin, todo lo que lleva aparejado la vida, produce calor y más calor, asquerosas cantidades de repugnante calor.
Dos siglos atrás, cuando se fundieron los casquetes polares, los políticos se tomaron al fin el problema en serio, pero hasta la invención del desoxidante de Danaka no se adoptaron medidas realmente drásticas.
El desoxidante era un cacharro diabólico ideado para extraer oxígeno de la sílice a falta de plantas que realizaran la fotosíntesis. Como todo el mundo sabe, la inmensa mayoría de las piedras, arenas, y demás compuestos minerales están formadas en un alto porcentaje por óxido de silicio. La clave del invento estaba en extraer el oxígeno mediante un complejo proceso de calcinación que requería, obviamente, altísimas temperaturas y gigantescas cantidades de electricidad.
La energía necesaria se obtenía en las centrales nucleares y las cinéticas, mucho más avanzadas, de las que, afortunadamente, no se construyeron más que las imprescindibles debido a su altísimo coste.
Pero claro, todo lleva sus pros y sus contras, y la maquineja de las narices tenía la desventaja de hacer subir la temperatura en muchos kilómetros a la redonda.
Y el calor es como la peste: no hay manera de eliminarlo, ni de convertirlo en otra cosa que no de a su vez más calor, o al menos no hubo forma de conseguirlo al ritmo necesario.
La atmósfera, ya de por sí, no era capaz de desprenderse por las noches del calor solar y el que originaban las actividades de las miríadas de seres humanos que poblaban la tierra. Cuando llegó el desoxidante, el déficit de refracción aumentó sin parar hasta convertirse en casi el doble de lo que era antes de que Danaka tuviera su feliz idea.
Entonces, cuando empezaron a padecer sofocos algunas especies vegetales de las que dependían las cosechas, se vio que había que hacer algo inmediatamente.
Pero la palabra inmediatamente tenía un significado muy elástico para los políticos de la época, que se limitaron a restringir el uso del desoxidante y a crear gigantescos invernaderos refrigerados (¡que despedían más calor!) donde pudieran seguir creciendo las cosechas necesarias para alimentar a la por fin estabilizada población de la Tierra.
Y así pasaron los años hasta que en 3051 hubo una crisis térmica tan aguda que no dejó más alternativa que hacer algo o morir: ya no peligraban las cosechas, sino los devoradores de cosechas: no se podía seguir dando largas al asunto.
Por aquel entonces nací yo. Se ve que cuando el destino no tiene otra cosa mejor que hacer se divierte incordiando al hijo de un empleado de la Empresa Aeroespacial.
Bueno, pues como decía, había que hacer algo, y ya que transformar la energía térmica en mecánica no daba resultado, se resolvió, ni más ni menos, llevar la Tierra a otro sitio. Así, como suena.
El proyecto pareció una locura inimaginable a todo el mundo, excepto a los políticos, claro está, que se sentían llamados a enmendarle la plana a Dios y dejar un recuerdo realmente permanente de su paso por el Gobierno.
El problema entonces paso a ser a dónde llevarla. La solución más popular, y la más estúpida (suelen coincidir), era alejar la Tierra del Sol y acercarla a Marte, de tal manera que recibiera menos radiación solar y bajara la temperatura en la superficie de nuestro planeta, que era lo que se pretendía.
Pero como era de prever, Dios, Kepler y la astrofísica en general, lo tenían todo muy bien calculado: no se pudo encontrar el modo de alejar la Tierra apreciablemente del Sol sin incurrir en interferencias gravitatorias con Marte que nos llevaran a perder la Luna, o a sufrir mareas que se metieran doscientos kilómetros tierra adentro, y eso sin contar con una posible colisión, o con lo que más tarde descubrió Fergusson: en la siguiente pasada del cometa Love (¡qué nombre!) Marte haría que ese cuerpo celeste viniera directo contra nuestro planeta a darnos un terrorífico beso, nunca tan bien dicho como en este caso.
O sea, que se decidió que lo mejor era no acercarse a Marte. Por supuesto no faltaron los partidarios de destruir Marte, trasladarlo también o qué sé yo qué otras tropelías.
Si el único problema hubiera sido el calor, con un poco de suerte se hubiera desechado la mudanza y se habría pensado en otra clase de medidas, pero como marcharse del Sistema Solar arreglaba también el problema de las incursiones de los malditos viajeros, ninguna solución alternativa pudo ofrecer otro tanto y se consumó el desastre, por lo menos para mí.
Escribo todo esto por si el que encuentra mi relato no es terrícola y no conoce los antecedentes: si eres humano puedes saltarte unas cuantas páginas y seguir leyendo más adelante.
No podíamos seguir en el sistema solar, como decía, así que había que buscar un sitio donde la Tierra tuviera alguna posibilidad de seguir siendo un planeta habitado. El traslado no era problema: daba igual que el destino estuviera cerca o lejos porque no se iba a hacer lo que normalmente se entiende por un viaje. Hacía algo más que un siglo que Nickelmann había descubierto el hiperespacio, que técnicamente se le denomina Sistema de Traslación por Coordenadas de Partícula Subatómica. Como el cacharro en el que voy funciona aprovechando ese sistema, estoy en condiciones de explicar en que consiste el invento de Nickelmann.
Este científico descubrió, en el curso de sus numerosas investigaciones, partículas subatómicas en tal cantidad que se podría llenar una hoja sólo con sus nombres. Pero esto, por sí solo, no hubiera sido más que un simple avance de la Física. El verdadero descubrimiento revolucionario fue que varias de esas partículas contienen las coordenadas en el espacio del átomo al que pertenecen, de modo que, cuando el átomo se mueve, las partículas cambian su cantidad de energía en función del movimiento que se ha producido. Por tanto, si se consigue modificar esa cantidad de energía sin tocar nada más en el átomo, éste se encontrará donde indiquen sus partículas localizadoras y se habrá trasladado del punto inicial al final sin haber recorrido ninguno de los puntos intermedios. A Nickelmann le llevó treinta años convencer a sus colegas de que tal cosa era posible, pero en cuanto la tecnología avanzó lo suficiente para que pudiera demostrarlo en un laboratorio hubieron de rendirse a la evidencia. Efectivamente, el átomo desaparecía de un sitio y reaparecía en otro, aunque al principio no fue tan fácil.
El obstáculo más complicado fue adivinar la cantidad y el modo de variar la energía de las nueve subpartículas de manera que fuera a parar a donde se pretendía. Los primeros experimentos tuvieron resultados nefastos: no se volvió a saber de los átomos utilizados.
Lamentablemente, Nickelmann descubrió también que las partículas que contienen el regulador del tiempo se encuentran en los antiátomos, es decir, en los correspondientes átomos de antimateria, con lo que los reguladores del tiempo vienen a ser las antipartículas de los reguladores del espacio. Esto nos lleva a que el espacio es lo contrario del tiempo, ecuación que no sirve para nada pero contiene materia filosófica como para discutir durante un par de eras geológicas. Porque claro, si el espacio y el tiempo son antagónicos, resulta que la velocidad es una entelequia, o aún peor, una constante, porque si el uno crece al mismo ritmo que mengua el otro, resultará siempre una magnitud invariable.
Bueno, a lo que estaba: después de los fracasos iniciales, Nickelmann consiguió controlar el proceso y fue ideando las ecuaciones, leyes, principios y demás parafernalia científica necesaria para que su descubrimiento llegara a ser algo útil. Así, poco a poco, quedaron establecidas las bases prácticas para que la Tierra pudiera ser trasladada y para que funcione esta condenada nave en la que voy.
Lo de mover la Tierra iba a dar trabajo, pero sería perfectamente posible. Hacer viajar a una nave a velocidad hiperlumínica fue mucho más sencillo.
Este cacharro no se mueve linealmente, sino que va dando saltos en el hiperespacio tan grandes y frecuentes como quiera el piloto. O sea, que esto es una especie de sapo cósmico que salta a una velocidad de muchos miles de saltos por segundo. Un observador fijo podría decir que sigo una trayectoria continua, pero en realidad mi trayectoria es una sucesión de puntos separados entre sí y, por tanto, discontinua.
En estos momentos cada salto es de 70 Km. por razones de seguridad, pues cuanto más largo sea el salto más fácil es que falle el sistema de seguridad que impide que vayas a aparecer donde ya hay otro cuerpo. Ese sistema no tengo ni idea de cómo funciona, y prefiero no saberlo para poder seguir confiando en él como hasta ahora: las cosas empiezan a fallar cuando dejan de ser mágicas.
Así que, como digo, son 70 Km por salto, a razón de 5000 saltos por segundo, que es como está dispuesto el regulador en estos momentos, da una velocidad de 350.000 Km/s. O sea, que adelanto al haz de luz de una linterna. De todas maneras, esta no es ni mucho menos la máxima velocidad que se puede alcanzar, pero pasar de ciertos niveles puede ser suicida, tanto para la mecánica como para el piloto: por razones que no se conocen muy bien, cuando la velocidad es muy grande hay pérdidas de átomos. Si se pierden los de la nave puede haber una avería, y si se pierden los del cerebro del piloto...
Si no se lleva una velocidad excesiva, al viajar por el Espacio Negro, que es como se conoce a donde no hay nada de nada, ni siquiera vacío, como decía un viejo amigo (murió loco), se da un curioso efecto parecido al que experimentaban los antiguos al romper la barrera del sonido, pero de eso ya hablo otro día.
Una vez establecidos los precedentes técnicos, creo que ya puedo contar el origen de la desdichada situación en que me encuentro.
Como dije, mi padre trabajaba para la Agencia Aeroespacial, pero en tierra. Naturalmente, en esas circunstancias, su hijo quería ser cosmonauta y viajar en las maravillosas naves que revisaba su papá. Así, a los dieciséis años, con la ayuda de mis buenas cualidades y los contactos de mi padre, ingresé en la Compañía Aeroespacial Terrestre.
Los tres primeros años fueron horrorosos, llenos de ejercicios destinados a acostumbrarse a los cambios bruscos de gravedad y velocidad. Desde entonces no creo que me quede en el cuerpo ningún órgano pegado a otro.
Luego nos llevaron a una escuela orbital donde nos hicieron toda clase de fechorías y barbaridades para endurecernos la mente y acostumbrarnos a hacer frente a la soledad, la melancolía y toda la batería de sentimientos perniciosos que suelen asaltar al cosmonauta. A pesar de que guardo muy mal recuerdo de aquellos meses, creo que fueron los más útiles de mi instrucción. Gracias a ellos aún no le he pegado un martillazo al regenerador de aire de la nave.
Y luego, ¡otros dos años de estudio intensivo!, pero entonces fueron las matemáticas y no los cambios de gravedad lo que nos hacía vomitar. Estudié matemáticas, física, química y astronomía como para dejar helado a un cerebro electrónico. En cierto modo creo que el mío no se ha recuperado todavía. Y después, a elegir destino. Yo, como era uno de los primeros de mi promoción, pude ingresar en el Cuerpo de Exploradores, que se dedica a ampliar un poco más en cada viaje ese pedazo de universo al que llamamos espacio conocido.
Los primeros viajes fueron estupendos; en uno de ellos conseguimos llegar a un sistema conocido desde hacía mucho tiempo, pero hasta ese momento inalcanzable. Se trata de Altaír, que es donde me encuentro ahora precisamente, no tan emocionado como la primera vez, y sobre todo, con mucho peor ánimo hacia este demencial conjunto de estrellas.
Ser explorador fue apasionante precisamente hasta que los políticos decidieron que la Tierra no estaba bien en su sitio. Entonces se nos encargó buscar un lugar donde trasladarla. Se nos dio una lista interminable de características que debía cumplir el lugar, una nave, y la orden de informar enseguida de lo que fuéramos encontrando.
Había dos tipos de naves: las grandes, tripuladas por once hombres, que debían explorar las zonas más peligrosas o aquellas donde se esperaba la presencia de fuerzas viajeras, y las pequeñas, como la mía, tripuladas por dos exploradores, con la misión de llegar siempre más lejos, como puntas de lanza, de modo que si encontrábamos algo interesante mandarían una de las grandes.
Bueno, el caso es que me pareció una misión estupenda y me presenté voluntario para ella contando con que al menos estaría siete u ocho meses en el espacio.
Hace aproximadamente un año fuimos alcanzados por una sonda durmiente viajera que nos pilló por sorpresa (para eso están), y perdí a mi compañero de viaje y jefe, el comandante Alexis. Desde entonces viajo solo, aunque no completamente solo, como explicaré más adelante. Con el comandante Alexis se perdió también el sistema de comunicaciones.
Nickelmann se volvió loco intentando que las señales magnéticas saltaran también al hiperespacio, pero no pudo hallar ninguna partícula sobre la que hacer el cambio de energía. Sus trabajos eran algo parecido a intentar pintar de verde un fantasma. Finalmente, las que saltan son las estaciones intermedias, pero hay que usar un sistema convencional de comunicaciones, que como tal, es más inútil cuanto más lejos estás y, por tanto, cuanta más falta te hace.
Después del ataque de la sonda, con la nave llena de pequeñas averías y el cadáver de mi compañero a bordo, inicié el camino de regreso hacia la Tierra. Tardé casi cinco meses en llegar a las afueras del Sistema Solar, y como las averías de la nave se iban agravando, otras dos semanas en alcanzar el Sol, pero cuando llegué a nuestra querida estrella y me dirigí rápidamente a la Tierra, ya no estaba allí.
Sí, efectivamente: la Tierra ya había sido trasladada. La avería en el sistema de comunicaciones había impedido que me enterara de esa vital novedad.
La busqué desesperado por todo el Sistema Solar, como el niño que revuelve una y mil veces el cajón donde estaba la pelota, y cuando por fin me convencí de que se la habían llevado casi me muero de desesperación. ¿Adónde ir?, ¿qué hacer?; confieso que estuve a pocos pasos del suicidio.
En Júpiter, en la capa más externa de su corteza gaseosa, encontré los restos de un naufragio con el equipo necesario para reparar las averías de mi nave y, todavía apabullado por el golpe moral que había recibido, decidí buscar en el Sistema Solar alguna señal que indicara el lugar a donde había sido trasladada la Tierra. Era muy difícil que encontrara algo, pues lo más probable es que se hubiera mantenido toda la operación en secreto para librarse de una vez de los viajeros, esa maldita raza de centaurianos que nos ataca periódicamente.
Recorrí todos los planetas, uno por uno, sin encontrar más señal que el monumento que para mi sorpresa y mayor desesperación encontré en Marte. Se trataba de un gran obelisco dedicado "A TODOS LOS EXPLORADORES QUE DIERON SUS VIDAS EN BUSCA DE UN NUEVO HOGAR PARA LA TIERRA". Allí, entre otras dos docenas de nombres, estaban los de Renè Alexis y Albert Wandel.
Desde entonces busco la Tierra por todo el Universo guiado sólo por algo que, dentro de mí, me impulsa a seguir en una u otra dirección. Se le puede llamar intuición, azar o espiritismo; lo mismo me da, porque las mismas probabilidades de éxito ofrecen los tres métodos en casos como este.
Mi única compañía es una especie de mosca que cogí en un planeta perdido de Achernar I. No conozco su longevidad, pero algo me dice que está en las últimas. Cuando muera estaré solo, completamente solo, buscando mi planeta en la inmensidad del Cosmos.
Por eso he querido escribir esto: para que si algún explorador del futuro lo encuentra sepa de la angustia de esta pobre mierdecilla microscópica que avanza a saltos de hiperespacio por un universo que aún no se sabe si es finito o infinito.
El que tuvo que buscar la aguja en el pajar era un tipo realmente afortunado.





