No he escrito en estos días porque no ha ocurrido nada. Hemos abandonado Nemo y nos dirigimos hacia el espacio conocido como la Gruta de las Pesadillas. Evidentemente, el nombre se lo puso Berger.
Se trata de un espacio negro desde el que no se divisan estrellas a causa de un curioso efecto producido por un agujero negro que hay al lado, digamos izquierdo, del susodicho espacio.
Es muy difícil hacer indicaciones sobre la posición de algo cuando no hay un punto de referencia. Palabras como arriba, abajo, izquierda y derecha se convierten en meros símbolos de algo que existió en otra parte.
Hoy escribo porque ha habido una novedad, una interesante y curiosa novedad: antes de ir a Ojos de Muerte debemos ir a Siltarion, a entrevistarnos con los elf, que al parecer, tienen algo muy importante que decirnos. No pueden enviar a nadie a nuestro encuentro a causa de la guerra y prefieren no confiar a los aparatos de comunicaciones la información que desean transmitirnos.
Junto con los kobold, los elf son los que mejores resultados militares han tenido hasta el momento: han derrotado a los skag y frenado a las vanguardias merot.
Debe haber alguna razón por la cual cuanto más escaso es un pueblo, con más valor lucha. El ejemplo de los elf es muy interesante, porque además de ser la raza más antigua del Universo conocido es también la más enigmática, incluidos los kneip, que persiguen cometas por vete a saber qué razones.
Si los elf quieren informarnos de algo, no dudo que será sustancial. Quizás, y no quiero hacerme ilusiones, ellos tengan alguna idea de cómo encontrar la Tierra. Se dice que poseen unas extrañas piedras en las que pueden ver lugares lejanos con sólo pensar en ellos , pero probablemente sea sólo una leyenda, producto de la inveterada y rentabilísima manía de equipararlos a los personajes del viejo cuento aquel del que hablé el otro día. Se dicen demasiadas cosas de los elf para que pueda ser verdad ni siquiera la mitad de ellas. Se ha llegado a decir incluso que son inmortales, afirmación de lo más ridícula, porque si así fuera estarían agobiados por la superpoblación en vez de padecer la escasez numérica que impide su pleno desarrolo. Lo más probable es que sean muy longevos y su mecanismo genético haga que los hijos sean muy parecidos a los padres, lo que produciría la sensación de que siempre se habla con los mismos individuos.
Tal y como yo conozco el problema de la superpoblación, una raza de gentes inmortales sería algo insoportable, caótico, demencial.
Vaya. Nunca estamos de acuerdo. Snorr dice que lo de la inmortalidad de los elf no es una leyenda. Cuenta que él conoció a un elf al que le faltaba un pie porque lo había perdido en combate, y que de ese elf ya hablaban su padre, su abuelo, su tatarabuelo y aun antepasados muy anteriores. Sin embargo, cuando le pregunto qué ha pasado con ese elf me dice que un día despareció de pronto, sin dejar rastro, y que nunca más se ha sabido de él. O sea, en prosa, que por fin se ha muerto. ¡Ya está bien de chorradas!
Cuando se les pregunta a los elf por ese tema se limitan a sonreír y dicen que todas las criaturas tienen que abandonar tarde o temprano el mundo, pero según Snorr, en este caso lo de abandonar el mundo puede tener muchas interpretaciones.
La verdad es que los viajeros están dispuestos a creerse cualquier cosa que se salga un poco de lo habitual. Su vida cotidiana debe de ser aburridísima.
Hablando de aburrimiento, estos días de calma e inactividad Snorr se ha dedicado a escribir poesía en lengua humana y le han salido algunas terroríficas. Desde su punto de vista son profundas; desde el mío, simplemente espantosas. Ahí va una que compuso hace tres días:
Que nadie tema a la muerte:
ella anuncia eterna vida
y tras corta despedida
a los cielos te devuelve
para que puedas seguir
siendo parte del Señor
como eras antes de ir
al Mundo, donde el dolor
los cuerpos rasga y lacera.
La muerte no quita nada,
la muerte sólo libera.
Una cosa así, al menos a mí, me parece de un macabro difícilmente superable. O sea, un asco. A Snorr, por su parte, no le gustan las mías ni el estilo humano. No resisto a copiar una de las mías aunque sólo sea para tener una copia en el diario por si pierdo el original.
Cuando tu esbelta figura
se refleja sobre el agua
hasta los lirios del río
se inclinan para besarla.
Yo también quiero ser lirio
buscando en tu boca un beso
que aunque no haya de encontrarlo
me basta con su reflejo.
Pues bien: estas le parecen terriblemente sensibleras a Snorr. Esta visto que la comunicación poética no es la más indicada para nuestros dos pueblos.
La culinaria tampoco funciona. El otro día decidimos intercambiar nuestra comida, que la cocina de a bordo nos prepara según nuestros gustos, y fue horrible para los dos. El comentario más suave que Snorr hizo sobre mi rancho fue mierda corrompida de vaca adúltera. Aunque no acabo de entender muy bien qué pinta lo del adulterio, creo que fue bastante explícito. Yo simplemente opiné que su comida era extracto de cloaca absolue, así que más o menos quedamos empatados.
Por lo menos, diciendo groserías y barbaridades me estoy poniendo a su nivel. Como siga así, me quedaré sin amigos en dos minutos si un día llego a regresar a la Tierra.
Snorr, medio en serio medio en broma, dice que su relación conmigo lo está convirtiendo en un remilgado. No quiero pensar cómo era antes.
Lo que más me impresiona de él es su autodisciplina. Cada día limpia y revisa todo su equipo aunque es imposible que haya desaparecido nada o haya entrado una sola mota de polvo. Dice que lo hace para no perder el hábito de revisarlo todo. También realiza diariamente un montón de ejercicios físicos para mantenerse en forma. He empezado a hacerlos con él y me encuentro mucho mejor; hacía tiempo que me había abandonado y estaba un poco flojo. Estoy mejorando mucho en ese sentido: incluso he aprendido algunas técnicas de lucha cuerpo a cuerpo.
En la Tierra hace siglos que el combate directo ha dejado de enseñarse en las escuelas militares, pero los viajeros siguen practicándolo. Tengo todo el cuerpo tachonado de golpes, pero he aprendido mucho; no tanto como para tumbar a un comandante viajero, pero lo suficiente como para mandar al desguace a un almirante humano. A medida que pasa el tiempo me parece más increíble que les ganáramos la guerra a los viajeros, o al menos, que no la perdiéramos. Menos mal que son poco imaginativos, porque si no, con lo bien preparados que están, serían invencibles.
Parece ser que la naturaleza se ocupa de que ninguna raza sea desmesuradamente superior al resto. A ver si sigue así y los merot tienen un punto débil por el que puedan ser destruidos.
Acaban de transmitir un mensaje informando de que la flota vergessina está lista para el combate, y que la flota viajera está finalizando los preparativos para lanzar una avanzadilla. Tal vez al final se pueda formar una gran flota de guerra, pero sería muy importante que apareciera la Tierra. Los humanos tenemos muy desarrollado el método de translación de Nickelmann, tanto, que llegamos a trasladar a la propia Tierra; también por eso sería importante ahora contar con esa ayuda.
Los piratas sokoy están haciendo estragos en los convoys de aprovisionamiento de los merot. Se dice que han conseguido varias naves intactas que están siendo analizadas por los elf. Lo bueno que tienen los sokoy es que atacarían la nave del mismísimo Satanás si creyeran que podría haber algo de valor a bordo. Es posible que incluso proyectaran secuestrar al Diablo para pedir un rescate por él.
Nada de lo que se ha inventado hasta ahora es eficaz contra los sokoy. En cierta ocasión, los viajeros se enfadaron mucho a causa de sus ataques y enviaron una expedición militar contra ellos, pero no fueron capaces de encontrarlos. Al parecer, estos piratas perdieron su planeta a causa del impacto de un meteorito y desde entonces vagan errantes. Otra versión dicen que se volvieron a establecer y tienen un planeta, pero tan bien escondido que no hay forma de encontrarlo.
No sé por qué, pero eso me recuerda algo.
Seguimos navegando en este trasto, aproximándonos al planeta que los viajeros nos han señalado como punto de aprovisionamiento. Luego, seguiremos camino hacia Ojos de Muerte.
Por cierto: creo que aún no he contado que Kenshoughi llamó así al planeta porque está totalmente cubierto de nieve, salvo dos gigantescos cráteres volcánicos semejantes a dos ojos.
Parece ser que Kenshoughi presintió que iba a llegarle allí el final; de los contrario, un hombre tan alegre como él no le hubiera puesto nunca un nombre tan funesto a un planeta.
Quizás sea cierto lo que me contó Snorr sobre el Destino y haya gente capaz de conocerlo de antemano. Si es así, no les envidio. Pero bueno, mejor será que me centre y deje de plantearme como creíbles ciertas tonterías, o antes de llegar a la Tierra, si llego, acabaré majara perdido.
Ayer me contó otro pedazo de historia, pero no lo anoté porque no quería llenar el diario de mitología viajera. Hoy me he arrepentido y no quiero dejar de copiar la transcripción que el ordenador de a bordo hizo de sus palabras. La historia es un poco caótica e ininteligible, pero tiene retazos muy interesantes. Estas fueron las palabras de mi buen compañero de fatigas:
Cuando Osimén y los suyos se fueron, pasó mucho tiempo antes de que pudieran quebrar algún destino, pues el tapiz de Attá tenía los hilos muy finos y era difícil deshacer su obra sin que surgiera otra igualmente prevista e inmutable.
Pero Osimén y lo suyos no cedían al desaliento y al final encontraron el modo de romper las leyes que regían el conjunto, y muchas criaturas escaparon de las ataduras de la fatalidad.
Animados por su victoria, los Gabilkim empezaron a buscar seguidores entre las criaturas de Attá, y en todas partes hallaron seres dispuestos a luchar contra los hados. Satisfecho, Osimén les enseñó el arte de invocar a las fuerzas que Attá había dejado dispersas, y esos seres, capaces de encauzar el poder de la naturaleza, impresionaron tanto a sus semejantes que llegaron a ser jefes de sus pueblos, y así muchas razas fueron dirigidas por quienes ya no estaban atados al destino.
Muchos se liberaron de ese modo y la fatalidad llegó a estallar en algunas civilizaciones, pero he aquí que un destino más grande e inmutable aguardaba agazapado y sucedió que las más brillantes civilizaciones caminaron hacia su autodestrucción, pues todo lo que es realmente grande anhela su propio final para dejar sitio a quien ha de ser más grande aún, porque sólo el mezquino quiere permanecer para perpetuar su mezquindad.
Por eso, las culturas que se hacían grandes de espíritu y corazón perecían en su propio fuego buscando algo aún más perfecto que no podía convivir con ellas, y así la libertad moría antes de extenderse como el río que se sume sin alcanzar ningún mar.
Osimén vio con tristeza el fin de las civilizaciones libres y aprendió con dolor que otorgar el poder a gentes libres no era el camino apropiado. Y buscó en su corazón y halló las palabras de Attá, al que aún reconocía como maestro y Señor, y decidió que los hombres libres no debían ser gobernantas, sino guerreros, pues es en las guerras donde se consuman los destinos al tiempo que se tronchan las vidas, y así fue como empezó la segunda batalla contra el Destino, la que dicen los sabios que no tendrá fin, porque la Fatalidad es obra de Attá y no puede ser destruida. Otros sin embargo creen que un día reinará la paz, porque también un martillo puede destruir una guadaña siendo los dos obra del herrero, y por eso siguen en pie los Gabilkim luchando contra su propio destino, que es el ser eternamente perdedores.
Yo he tratado de contarle a Snorr nuestras historias sobre la Creación y cómo fue el hombre expulsado del Paraíso, pero ya estaba al corriente de todo. Parece ser que es un devorador de historias y no es fácil contarle algo nuevo.
Porque por muy originales que nos creamos en un momento dado, resulta que eso mismo que pensamos o decimos ya lo pensó o escribió antes alguien. Tal es la multitud de hombres, de seres vivos y pensantes que han pasado por el universo, desde el comienzo de todo. Las ideas y las historias pueden ser infinitas, o casi, si algo nos enseñan las leyes de la combinatoria, pero el número de seres a que ha alumbrado las estrellas, y los que quedan por venir, no anda tampoco muy lejos de esa cifra.
Le he dicho esto a Snorr y, con una sonrisa, me ha contestado que, afortunadamente, no todos piensan. Este tipo es incorregible.
¡Por fin!, ¡por fin vuelvo a escribir desde el espacio! El despegue ha salido maravillosamente. Ha salido tan bien que parecía que nunca hubiera existido una avería y que aquel extraño planeta fuera sólo uno más de los millones de ellos que aparecen en la cartografía.
Ahora nos dirigimos a Menos Mal, el planeta que una vez le salvó la vida a Recaredo Silva, y luego, mucho me temo que no habrá más remedio que ir a Ojos de Muerte, a buscar la nave de Kenshoughi.
Nada más despegar, Snorr ha logrado ponerse en contacto con una nave viajera que se encuentra en el quinto pino. Ha informado de que nos dirigimos a Menos Mal y ha comunicado nuestra intención de ir a Ojos de Muerte, para que consulten con el Alto Mando.
No mucho después hemos recibido la respuesta: en primer lugar ascienden a Snorr a un grado equivalente al de comandante. En segundo lugar le dan las coordenadas de un planeta más cercano que Menos Mal para repostar; y en tercer lugar, y esto es lo más importante, le ordenan que busque como sea la nave humana en Ojos de Muerte, pues sólo nosotros, que tripulamos una nave humana, podemos detectarla.
La nave de Kenshoughi, como la mía, dispone de un sistema de ocultación que evita, en reposo, ser detectado por los sensores de naves distintas de las propias. Como digo, el sistema sólo es útil cuando no se está en movimiento, así que sólo se usa al aterrizar en un planeta problemático. Al parecer, los viajeros y los kneip ya han rastreado infinidad de veces el planeta, pero al no haber encontrado nada han supuesto que el sistema de seguridad quedó accionado. Sólo una nave humana es ahora capaz de encontrarla, y la única disponible es la nuestra.
Los acontecimientos han conseguido que poco a poco me olvide de la Tierra. Estoy demasiado ocupado, y preocupado, para ponerme melancólico. Snorr me ha asegurado que los viajeros estarían dispuestos a ayudarme a buscar la Tierra en cuanto acabe esta guerra, pero la verdad, no sé si sería una buena idea que una flota de viajeros me ayudara en esa empresa. Si por casualidad llegara a encontrarla, nunca me dejarían acercarme con semejante compañía.
Llevo un par de meses con un viajero y ya no soy capaz de pensar en él como un enemigo. Quizás si viajeros y humanos convivieran una temporada se acabarían todos los problemas.
Tardaremos casi un año en llegar a Ojos de Muerte, y para entonces puede que todo haya cambiado, pero si no es así, me gustaría ser el salvador, el que aparece en el momento crítico de la batalla. Ya sé que eso sólo sucede en los cuentos, peo me gustaría aparecer con una flota humana cuando la situación fuera más insostenible.
Por el aparato de comunicaciones vergessino acabamos de enterarnos de que los kobold han logrado una gran victoria contra los skag y los han hecho retroceder en un sector enorme.
Parece ser que extendieron un campo de energía entro dos planetas y luego atrajeron hacia allí a los skag. Debieron de quedarse pegados en él como una mosca en una tela de araña.
Los kobold han resultado ser unos diablejos muy listos.
Aunque parezca una estupidez, Snorr me ha contagiado su entusiasmo y ahora me siento una criatura realmente libre. Si Snorr tiene razón y las creencias de los viajeros no son una invención absurda, quizás pueda encontrar ahora la Tierra, pues ya no hay hado adverso que me lo impida.
Todas estos sobresaltos no me han hecho olvidar la guerra: debemos reparar nuestra nave y largarnos cuanto antes de este increíble y peligroso planeta. Probablemente mañana esté todo listo y podamos irnos. Hoy hemos probado los propulsores y hemos dado un par de vueltas al planeta. Ahora sólo faltan un par de ajustes en los dispositivos Nickelmann. Todavía hay que afinar el ajuste de las partículas subatómicas que regulan la posición. Menos mal que todo eso lleva un sistema automático.
Navegar siempre en trayectoria continua nos impediría sobrepasar la velocidad de la luz y nos haría tan lentos que más nos valdría quedarnos aquí. Con las novedades de ayer me había olvidado de contar que Snorr ya sabe escribir a mano, peo no es capaz de leer más que lo que él mismo escribe. Me temo que eso no cambiará mucho, pues como ya dije en una ocasión, su mecanismo de reconocimiento de formas es mucho menos avanzado que el nuestro. De todas maneras, él dice que le basta entender su propia letra, pues así podrá luego transcribir sus ideas a soporte mecánico y será legible para todo el mundo.
Le he convencido de que estaría muy bien que llevara su propio diario. De ese modo sería visible la diferencia que hay entre nosotros en la manera de ver las cosas. Ha empezado hoy: su diario se titula Desde Aquí hasta el Final. Me ha gustado el título. Lo que para mí es un simple diario que trata de evitar que caiga en el olvido todo lo que me ha pasado, para él es una epopeya, toda una saga al estilo de las primitivas sagas nórdicas.
Creo que los viajeros, si en lugar de encontrar a la Humanidad en el siglo XXVI la hubieran encontrado en el siglo VI, hubieran hecho muy buena amistad con los vikingos y las demás razas bárbaras y desalmadas que por entonces habitaban nuestro planeta. Eso sí: no quiero ni imaginarme cómo eran los viajeros del siglo VI.
Lo peor de todo fue que se encontraron con una Humanidad llena de intereses materiales, pacifista por necesidad de supervivencia e incapaz de comprender todo lo que se saliera de su ámbito de razonamiento.
Los viajeros, por su parte, lamentan no habernos encontrado un siglo más tarde, cuando a pesar del trasnochado pacifismo de la mayoría ya se habría desatado la guerra final y los supervivientes hubieran sido presas fáciles.
Majos, ¿verdad?





