6 de Octubre de 3081
Todo sigue igual. Ha pasado una semana desde la última vez que escribí y no tengo más que un par de cosas que contar. La primera es que ha vuelto a cambiar el lugar de encuentro con los elf y ahora será en el planeta Falador. Está en el mismo sistema que el anterior, así que el cambio no tiene importancia a efectos de tiempo y desconozco si significa alguna cosa o supone señal de confirmación o contratiempo, porque nunca he tratado con los elf y no estoy al tanto de sus pequeñas sutilezas diplomáticas, como dice escuetamente el ordenador de a bordo.
Las otra noticia es que nos hemos estrenado como corsarios: el objetivo ha sido una nave afiot que Snorr detectó en los instrumentos. No se movía y la alcanzamos rápidamente, pero fue un chasco, porque aquello era una chatarra abandonada por lo menos trescientos años atrás. De la tripulación, ni rastro; por suerte para ellos debieron de ser rescatados.
Respecto a la carga, era una nave de transporte mineral, así que nada de lo que llevaba a bordo nos servía. Lo único aprovechable fue el maldito aparato de comunicaciones. Con este tenemos cuatro, pero ninguno sirve para lo que lo necesitamos. Con el aparato afiot tenemos además el problema de que no sabemos cómo funciona, así que no hay manera de adivinar si el zumbido que suena de vez en cuando es un mensaje codificado o una interferencia.
Además de la radio nos llevamos un mapa del planeta afiot, que no nos sirve para nada pero no deja de ser curioso, una caja de herramientas y trescientos litros de agua para nosotros y nuestras plantas. Resulta agradable cambiar de vez en cuando el agua y no beberse todas las semanas la misma.
También vaciamos su despensa, pero luego hemos tenido que tirarlo todo: es simplemente asqueroso lo que comen esos afiot. Por último, como buenos corsarios, destruimos completamente la nave con nuestra artillería. ¡Menuda potencia de fuego manejamos!
Salvo esto, no ha sucedido nada digno de ser contado, pero como no se escriben diarios para contar cosas sino para matar el tiempo, diré que por mucho que se empeñen en llamarse a sí mismos los de alma brillante, los viajeros también conocen el aburrimiento, porque tarde o temprano hasta ellos se cansan de revisar el equipo y hacer ejercicio.
El aburrimiento, que yo sepa, es el único sentimiento completamente universal. Probablemente sea en eso donde más se note que Dios hizo el mundo a su imagen y semejanza.
O a lo mejor lo de Dios era amor. Vete a saber.
Sólo la proyectada entrevista con los elf me ayuda a apartar de mi mente las oscuras divagaciones en que siempre caigo antes de los periodos depresivos.
No ha habido una sola noticia de la guerra desde la última vez que escribí. Para entretenerse y mantenerse alerta, Snorr ha puesto en funcionamiento el sistema de detección lejana. Él se toma muy seriamente su papel de corsario, pero parece que las víctimas no se toman nada en serio su papel de objetivos y no aparece un bicho viviente en un parsec a la redonda. Sólo se observan algunos planetas, un montón de asteroides sin perro que les ladre ni estrella que los alumbre y un pobre cometa que no pertenece a ningún sistema y ni siquiera tiene un kneip que lo siga. Qué triste debe de ser la vida de ese cometa, yendo siempre a ninguna parte para acabar enfriándose en algún perdido rincón de la nada, si es que la nada tiene rincones. Espero no acabar yo así, triste y abandonado, buscando un planeta contra el que estrellarme para terminar de una vez mi vida de fantasma errante.
Lo bueno que tienen las guerras es que ofrecen muchos lugares donde encontrar una muerte digna, sin necesidad de languidecer poco a poco. A los viajeros también les deprime la inactividad y la monotonía, pero nunca la falta de futuro, porque ven la muerte como una última esperanza. Para ellos la esperanza no es un sentimiento, ni un estado de ánimo, ni un deseo: es una forma de vida y, como tal, respetan la esperanza y la practican como si fuera su religión.
Es difícil explicar su mentalidad, sobre todo porque está tan alejada de la nuestra que parece que no estamos hablando de la misma cosa.
Esto va a parecer un libro de Schorder, de los que Dios sólo lee el prólogo, porque el resto le da dolor de cabeza, pero voy a intentar explicar su modo de pensar.
Para los viajeros nada justifica perder la esperanza porque siempre hay algo CONTRA lo que luchar, algo contra lo que enfocar la falta de perspectivas. Para ellos, cada guerra, cada lucha, es una nueva oportunidad de dar sentido a sus vidas. Por eso, cuando los viajeros son tan viejos que ya no pueden seguir luchando contra nada, buscan a su mayor enemigo y se lanzan contra él en un suicidio asesino.
Cuando me enteré de todo esto se me ocurrió una pregunta: ¿es que todos los viajeros son guerreros? Y la respuesta es que sí, que en algún momento de sus vidas todos los son, y sólo se quedan en el ejército los desesperados, lo que necesitan luchar porque no tienen otra cosa a la que aferrarse. Por eso es tan peligroso el ejército viajero: porque es un inmenso grupo de desesperados en busca de algo en lo que creer.
Los viajeros no buscan un camino por el que avanzar: ellos mismos son camino hacia algo que desconocen pero creen que se alcanza con el coraje de seguir siempre adelante. "Un verdadero camino no debe volver nunca atrás, porque todo el mundo lo abandonaría", dicen ellos. Un viajero tampoco se vuelve atrás y avanza en medio de otros caminos.
A menudo no saben por qué luchan, ni en lo que creen, pero no pueden dejar de creer ni de luchar. Para ellos no es necesario creer en algo, basta con creer, simplemente, y que nadie me pregunte la expresión práctica de semejante premisa porque yo no soy viajero. La fe, como la esperanza, también es una forma de vida.
Ya sé que no hay quien entienda todo esto, pero Snorr se ha esforzado en contármelo y no quiero que se pierda.
Para los humanos la aventura es avanzar hacia lo desconocido, sin saber lo que nos espera. Para los viajeros la aventura es avanzar hacia lo que conocen y temen, hacia lo que hace que les palpite el corazón a toda prisa.
Para mí, este viaje es una aventura desde que salí de la Tierra. Para Snorr la aventura comenzó cuando aparecieron los merot, la más seria amenaza que ha pesado sobre las civilizaciones del Universo conocido.
Y así, tan distintos y tan juntos, seguimos en esta boñiga espacial, armada en corso para mayor cachondeo, listos para avisar a la Tierra de que es necesaria su ayuda en la guerra contra unos seres que nadie sabe de qué provincia del Infierno han salido.
Tal vez lo consigamos.