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DIARIO DE UN EXPLORADOR
Historia de ciencia ficción por entregas, desde la salida de la Tierra en busca de otro hogar para los humanos hasta...
Acerca de
Todo empezó cuando el calor fue excesivo y hubo que buscar una nueva estrella que alumbrara a la Tiera....
Sindicación
 

28 de octubre de 3081



Hay algo que me está rondando la cabeza y que no quisiera dejar pasar como una idea cualquiera. Probablemente sea una estupidez, pero hay algo maligno en la belleza que acumulan los elf, en sus magníficos edificios, sus espléndidos bosques e incluso sus personas.
Es como si fueran seres sobrenaturales, una especie de ángeles, pero no ángeles buenos precisamente. Hay algo de diabólico en tanta perfección, algo oscuro en tanta luz, como si esa luz fuera precisamente una pantalla para deslumbrar a cualquier posible observador y evitar así que vea con más detalle.
Ellos mismos reconocen que son los renegados, los que por unas u otras faltas debieron abandonar a los suyos para venir a este destierro, y no cabe acusarlos de hipocresía, pero cuando oigo a alguien confesar una falta o un defecto tiendo a pensar que lo que en realidad pretende es ocultar otro más grave.
No me imagino cual puede ser el mal que ocultan los elf, ni se me ocurre doblez alguna que reprocharles, pero a pesar de lo cómodo que me encuentro entre ellos, a pesar de su hospitalidad y de su ayuda, a pesar de todas la maravillas que me han mostrado y he descubierto por mí mismo, no puedo evitar la sensación de encontrarme en la guarida de algo grande, antiguo y oscuro, muy oscuro.
Algo hay en tal exceso de belleza que hace dudar de que y todo esto no sea más que un decorado, porque sé de sobra que la belleza no es lo mismo en todas las culturas y en teste planeta se encuentra todo lo que Snorr y yo consideramos grande. Aquí se combate con espada y se venera a los árboles, aquí se atesoran copias de obras de arte en los pasillos, aquí viven las mujeres más hermosas que jamás he visto, algunas de ellas incluso guardan cierto parecido con Hannah. Aquí, en suma, somos los primeros extranjeros en ser recibidos, porque jamás ser alguno había pisado este planeta. No sé si tanto tiempo en el espacio me habrá ablandado la sesera o me habrá endurecido el corazón, pero algo va mal, aunque nos hayan arreglado la nave y nos hayan dado las coordenadas del agujero de gusano, aunque nos agasajen con su mejor hospitalidad para hacer más agradables nuestro descanso, aunque nos den sus cazas, algo no va bien del todo.
Puede ser que tanto devaneo provenga de la envidia, de saber que mi raza no ha sido capaz de desarrollar una cultura y una sabiduría como la suya, pero alguien que no tiene defectos, alguien que lo hace todo, y todo lo hace a la perfección, tiene algo de irreal o de fingido.
Por supuesto, no le he dicho ni una palabra de esto a Snorr, y hasta siento cierto temor al escribir estas líneas. No sé muy bien a lo que temo, porque aunque leyera esto en voz alta a los elf no harían más que reírse, pero el hecho es que algo ha despertado aquí mi desconfianza.
De todas maneras, desconfiar del único que puede ayudarte y además lo hace no puede ser más que una estupidez.

 

27 de octubre de 3081





Seguimos en esta sucursal del Paraíso llamada Falador mientras los elf reparan nuestra nave. Ya tiene de nuevo la tremenda capacidad artillera de antes, y aún más, por las mejoras que los técnicos elf han introducido.
Por cierto: algo no funcionaba bien en la depuradora de aguas y había sustancias que no se eliminaban completamente. Sin comentarios.
Es muy probable que permanezcamos aquí otros cinco o seis días aunque la nave estará mañana en perfectas condiciones, si es posible que ese cacharro lo esté alguna vez. Los elf opinan que nos vendrán muy bien unos días de descanso, y nosotros no tenemos nada que oponer, sobre todo sabiendo que los skag siguen aún ahí fuera, aunque cada vez más debilitados.
Los elf han añadido a la Esperanza dos cazas de los suyos para el caso de que la nave principal sea derribada o queramos ir a algún sitio sin necesidad de llevar la casa a cuestas, como los antalet.
En realidad, sirven para luchar con una maniobrabilidad equiparable a la de los cazas enemigos, pero yo no quiero ni pensar en salir al espacio en uno de esos trastos diminutos. Si llega el caso iré en el de Snorr y utilizaremos el otro como reserva.
Son unos aparatos preciosos: pequeños, ligeros, manejables y con una gran potencia de fuego para su tamaño. Está claro que los elf consideran muy importante nuestra misión; de lo contrario nunca nos habrían confiado dos de sus cazas para que podamos fisgar en ellos. Snorr está algo enfadado porque dice que los viajeros llevan años intentando robar uno de esos cazas y ahora se lo regalan, con lo que, moralmente, no puede desmontarlo.
Los humanos lo haríamos piezas hasta que no quedara ninguna mayor que una bujía. En eso somos mucho menos escrupulosos que los viajeros.
Respecto al planeta Falador, es simplemente maravilloso. Por supuesto, no he tenido tiempo para conocer más que una ridícula parte de él. Aquí viven los árboles más grandes que he visto en mi vida. Así es como yo me imagino esos árboles gigantes que dicen que hubo en la Tierra. Además, estos tienen unas admirables flores amarillas que desprenden una fragancia difícil de describir, pero que parece que calma los ánimos, que tranquiliza.
Probablemente contenga alguna sustancia psicotrópica o alucinógena, pero eso aquí no es ningún problema porque la gente no se mata por ellas.
La hierba se parece mucho a la de la Tierra, pero creo que es más oscura. Digo creo porque hace tanto tiempo que no la veo que ya no me atrevería a asegurarlo.
Los elf se gobiernan con una monarquía electiva, aunque aquí, en Falador, el gobernador no sirve para nada porque todo el mundo parece saber lo que tiene que hacer. Eliet me dijo que cuando el anterior gobernador se fue al otro lado, el rey tardo treinta y cuatro años en nombrar uno nuevo. Si llegamos a pasar en la Tierra ese tiempo sin gobierno, cuando al fin aparezca un dirigente ya no tendrá a nadie a quien gobernar.
Los elf no tienen ni idea de dónde puede estar la Tierra, pero me han dado una noticia importantísima: han encontrado una sonda terrestre que emite un mensaje para los navegantes extraviados como yo. El mensaje dice: «El viento no arrastra las sombras». Los elf no entienden nada, y yo tampoco, lo que es mucho más triste, pero pensaré en ello hasta que dé con la clave.
De todos modos, esa sonda es de poco antes de que se trasladara la Tierra, así que el lugar donde se encontró no aporta ningún dato. Lo único útil es el mensaje, que no logro comprender, pero contiene algo que me resulta vagamente familiar.
La opinión de Snorr es muy curiosa: cree que significa que la Tierra va a ser enmascarada de algún modo. Es una posibilidad pero no me ayuda en nada.
Volviendo a nuestra vida en Falador, he de decir que las mujeres elf son las más hermosas que he visto en mi vida. Hasta ahora sólo había visto hombres, aunque sé que hay mujeres elf combatiendo en esta guerra. También me ha llamado la atención el que, aunque los elf tengan una tecnología muy avanzada, sigan instruyéndose en el manejo de armas arcaicas, como la espada y el arco.
Snorr pudo darse el placer de luchar a espada con un elf, y es la primera vez que lo veo rodar por el suelo y además alegrarse. Perdió más de una docena de combates, y cuanto más humillante era la derrota más reía y con más brío volvía a recoger la espada para enfrentarse de nuevo a su adversario. Más tarde me explicó que se alegraba tanto de ver que aún había alguien en el Universo capaz de manejar una espada que no le importaba perder. Él creía que sólo los viajeros conservaban el arte de la esgrima, pero al ver que los elf también lo hacen y sabiendo que los elf no morirán en esta guerra, se llenó de alegría al descubrir que las últimas espadas no desaparecerían junto a los últimos viajeros.
En la lucha cuerpo a cuerpo la cosa estuvo más igualada porque Snorr es muy corpulento, pero también el elf era duro de pelar. Incluso Snorr envidió la escuela militar de los elf, así que los humanos ni siquiera deberíamos poder pasar por delante de ella.
Es una lástima que los elf sean tan pocos: si fueran más numerosos nadie se atrevería a atacar nuestra parte de Universo.
Dentro de unos días estaremos de nuevo en nuestra nave, envueltos en esta cochina guerra y empecinados en sacar adelante nuestra descabellada misión, pero el saber que existe un planeta como este nos ayudará a seguir adelante, porque hay algo bello por lo que luchar y un lugar para volver después de la victoria.
De esta bella gente sólo me queda una duda: tengo la impresión de que saben quienes son los merot, de dónde vienen y qué quieren pero cuando se lo pregunté se limitaron a sonreír. Lo más probable es que si prefieren no compartir esa información es porque tienen sus buenas razones, porque por una vez han abandonado su neutralidad para tomar partido, pero no deja de inquietarme ése silencio, sobre todo por lo que imagino.
¿Por qué será que en estos casos la imaginación es siempre peor que la más terrible realidad?
He dicho que es peor. En realidad, eso espero.

 

24 de octubre de 3081



Estoy completamente anonadado por lo que nos han dicho los elf. Lo peor es que a Snorr le sucede lo mismo y es muy difícil impresionar a un viajero hasta ese punto.
Nuestras dos naves de escolta nos llevaron hasta el planeta Falador, donde comimos algo que no pudimos identificar pero que nos gustó a los dos (¡increíble!). Tuvimos oportunidad de bañarnos y de dormir en una auténtica cama; incluso pudimos asistir a una especie de espectáculo. Parece ser que aquí hay todos los días un entretenimiento diferente.
Tendremos que quedarnos al menos diez días para que reparen nuestra nave. Por cierto: me han dicho que seguramente podrán arreglar también mi equipo de música, así que se acabó lo de matar el silencio con chirridos afiot. Snorr dice que no notará la diferencia, pero creo que incluso él se alegrará de poder escuchar música humana. Precisamente en la música es donde más cerca estamos los viajeros y los humanos. Su música es como la nuestra, pero más cargada de bombo, por decirlo de alguna manera. Nunca han negado, sin embargo, su admiración por nuestros clásicos, especialmente los más antiguos, incluso los primitivos. No se puede decir que se conmuevan especialmente por la voz humana, pero muchas piezas de música vocal son ahora parte del repertorio viajero, especialmente de Bingen, Victoria, Bach, Mozart y Perski. Los nemesinos y los elf también interpretan a menudo nuestra música, y en la Tierra no era raro encontrar piezas elf en el programa de cualquier concierto. Se ve que como la música no requiere más materia prima que la sensibilidad y el talento es el campo donde más fructíferos han resultado los intercambios.
Estoy contando todo esto para evitar ir al grano, lo reconozco, pero es la única manera en la que puedo abordar un tema semejante.
Después de bañarnos, comer y ver el espectáculo, nos fuimos a dormir. Hacía años que no dormía tan bien. Por la mañana nos despertaron y nos sirvieron el desayuno en un pequeño salón con vistas a un bosque. Luego nos pidieron que fuésemos a la sala contigua, un lugar tan bien iluminado que se empeñaba uno inconscientemente en buscar la ventana por la que debía de entrar aquella luz. Allí nos aguardaban dos elf aparentemente jóvenes, que eran los encargados de hablar con nosotros.
Contra lo que Snorr y yo esperábamos, la entrevista no tuvo lugar en la sala donde nos recibieron, sino en el bosque cercano: los elf opinaban que un día tan estupendo no podía desperdiciarse hablando entre cuatro paredes, cinco para ser más exactos, y sugirieron que fuésemos al bosque para que los árboles nos prestaran la paz necesaria para hablar de temas tan serios.
Esa sola frase me impresionó, tanto por lo que decía como por lo que traía consigo. ¿Qué diablos puede pasar por la cabeza de un ser que prefiere hablar en un bosque para aprovechar la paz de los árboles? Desde luego, nada de lo que había en el planeta era corriente, así que tampoco podían serlo sus habitantes.
Agnor y Eliet, que así se llamaban nuestros interlocutores, nos guiaron a través de los largos pasillos del edificio, adornados sin excepción con pequeñas pero exquisitas obras de arte de todas las civilizaciones, y luego, ya afuera, hasta el bosque.
Agnor dijo que seríamos nosotros los que eligiéramos los senderos por los que caminar, pues como nosotros no conocíamos la floresta era esa la mejor manera de que ésta pudiera brindarnos la belleza de lo inesperado. Otro curioso razonamiento, aunque lo relacioné con la historia de Snorr sobre los Gabilkim y me hizo preguntarme qué sabían los elf de lo que nos había ocurrido en aquel infausto planeta de infausto nombre.
Caminamos durante mucho tiempo hablando de nuestro viaje, de cómo nos habíamos encontrado, de las batallas con los skag y de otros temas más triviales, como nuestra propia convivencia, la comida, o los ejercicios de combate cuerpo a cuerpo con que nos mantenemos en forma. La belleza del bosque era tan impresionante que Snorr no se atrevía a maldecir.
Entonces llegamos a un lugar donde había cuatro piedras lisas y los elf nos invitaron a sentarnos.
Aún no comprendo como pudo ser que caminando al azar llegáramos a aquel lugar, que evidentemente estaba preparado para nuestra entrevista. No lo entiendo pero he de reconocer que su significado filosófico me preocupa. A Snorr, en cambio, le preocupa menos la filosofía y más la posibilidad de haber sido controlado mentalmente de algún modo, pero esa ya es otra historia y ahora estoy tratando de contar nuestra entrevista con los elf.
Eliet fue el primero en hablar, y por él supimos que los elf vienen de mucho más lejos que los merot, de mucho más lejos que las estrellas cuya luz no alcanzamos a ver, de mucho más lejos que el último lugar que alcanzamos a imaginar. Los elf vienen del otro lado del Universo, de la otra cara, pues igual que una hoja tiene anverso y reverso, también el universo tiene dos caras, una cóncava y otra convexa, como si fuera una cuchara.
También supimos que están aquí porque fueron expulsados del otro lado, pero que tarde o temprano han de volver, y por eso algunos regresan y nadie los vuelve a ver. No son inmortales, pero ellos mismos pueden decidir el momento en que entregar sus vidas. Los elf mueren en un acto de generosidad, para entregar su sitio a los más jóvenes, y por eso nunca han tenido problemas de superpoblación. Sólo los renegados no mueren nunca, porque no aman a nadie lo suficiente para entregarse. Y son los elf renegados los que nosotros siempre hemos visto en esto lado del Universo, pero muchos conocen aquí el amor y regresan con los suyos para ofrecer sus vidas como muestra de que se han purificado. Y después de muchas eras vuelven a tomar cuerpo para gozar de la delicia de una vida sin miedo a la muerte, una muerte que llegará cuando sea tan dulce que dé lástima seguir viviendo.
Esto fue lo que nos dijo Eliet, y dudo que pueda olvidarlo algún día. O que pueda creerlo, por más que sólo tenga razones parea confiar en la buena voluntad de los elf
Luego Agnor dijo que eso no nos serviría de mucho y que nos habían llamado para contarnos otra historia más importante.
Agnor nos dijo que los elf, igual que mueren por generosidad, también saben vivir por generosidad, y por eso no nos dejarán solos en la guerra que ha comenzado. No les importa morir en combate defendiendo el mundo de los demás, porque también eso es muestra de haberse purificado.
Agnor nos prometió que intentarían que vinieran algunos de sus hermanos del otro lado para ayudar en esta guerra, pero también nos dijo que no serían muchos los que traspasarían la frontera, pues nadie quería mancharse por el contacto con un mundo lleno de odio. Sólo vendrán los más intrépidos y los más grandes de corazón, sólo aquellos que estén seguros de que el odio no podrá alcanzarles, y son muy pocos los que se sienten a salvo del odio.
Agnor también dijo que nos ayudarían en otras dos cosas: la primera fue mostrarnos la entrada y salida de dos auténticos agujeros de gusano.
Desde siempre se ha hablado de esos hipotéticos túneles que atraviesan la curvatura del espacio, pero nunca se ha encontrado ninguno. Ahora Snorr y yo sabemos las coordenadas de dos de ellos. El tiempo que se ahorra al utilizarlo es enorme, y su utilidad para aparecer por sorpresa, incalculable. Precisamente por eso sólo podemos transmitir su posición de palabra, en entrevistas directas, y nunca confiando en los sistemas de comunicación. Hasta ahora los elf sólo han hablado de esto a los viajeros, que llevan la dirección de la guerra, y han querido decírmelo a mí para que so lo comunique a los humanos, si un día encuentro la Tierra. Gracias a este conocimiento es posible que podamos asestar un gran golpe a los merot.
La otra ayuda de los elf es una oportunidad, la oportunidad de ir con ellos al otro lado si las cosas van mal en esta guerra. Nos han dicho que la entrada al otro lado es un agujero negro y nos han dado sus coordenadas. Es uno de tantos, pero sólo este tiene una salida al otro lado en vez de una estrella colapsada.
Si la guerra se pierde podremos pasar al otro lado, y allí nunca podrán seguirnos los merot. Pero esta posibilidad tiene un problema, un grave y difícil problema: para poder ir al otro lado hay que ser puro, hay que dejar aquí todo el odio, toda la ira y todo el mal que haya en nosotros. Si no, no se puede pasar.
Por eso es tan difícil la alternativa: o se gana esta guerra o se deja de odiar al enemigo y para poder ir al otro lado sin ningún rencor.
Creo que es mucho más fácil lo primero, muchísimo más fácil. Me temo que si llega el momento, muy pocos pasarían al reverso.
A partir de ahora luchamos contra dos enemigos: los merot y nosotros mismos. Los merot nos roban nuestra parte del Universo y nosotros nos privamos de la posibilidad de ir al otro lado, donde está la salvación.
Dios, que difícil nos pones la victoria.

 

22 de octubre de 3081




Estos cinco días han sido los más intensos de mi vida. No sé cómo empezar, aunque tal vez sería bueno comenzar diciendo que de la artillería auxiliar ya no funciona nada; de la principal, gobernada por Snorr, el piloto, sólo funciona el 50 % y de la de cola, la mía, sólo es operativa el 30 %.
En el lado positivo están las diecisiete rayas que tenemos ahora en la carcasa.
He perdido varios kilos a causa de la tensión y la actividad constante. Incluso Snorr sudaba copiosamente, agarrado a los mandos con todo su empeño. Le he oído gritar de emoción, pero no me pareció extraño, porque yo también gritaba.
Ya habíamos derribado tres naves cuando fuimos alcanzados por los disparos frontales de la nave que capitaneaba la escuadrilla skag. Snorr perdió el control unos instantes y fuimos alcanzados de nuevo. Afortunadamente la Esperanza es una nave grande y dura y los daños no fueron cruciales.
Nos atacaron tres naves más, pero la escasa potencia de fuego auxiliar que nos quedaba derribó a una de ellas. Los cazas son mucho más ligeros y maniobrables, pero también mucho más frágiles y basta un sólo impacto para acabar con ellos.
En esos momentos, de las doce naves que se habían lanzado sobre nosotros quedaban ocho y estábamos bastante tocados, pero podíamos seguir luchando.
Las ocho unidades se agruparon para lanzar un ataque definitivo, pero Snorr hizo algo que nunca olvidaré: cargó frontalmente contra ellas, orientando hacia el grupo todo nuestro potencial de fuego. Fuimos alcanzados otras dos veces, una de ellas justo delante de mí. Tengo la cara chamuscada por el impacto y se me han quemado las pestañas y las cejas, pero no importa: destruimos otros cuatro cazas enemigos. Entonces, cuando las cuatro naves restantes iban a rematarnos aprovechando nuestra escasa potencia de fuego, aparecieron los elf en sus brillantes naves blancas. Llevaban una estrella como fondo y no se hicieron visibles hasta el final. No alcanzo a saber cómo lo hicieron pero las cuatro naves skag fueron abatidas en cuestión de segundos. Fue algo impresionate: algo parecido a un orgasmo militar producido por la victoria.
Ahora las dos naves elf, ¡que sólo son dos!, nos escoltan hasta Falador, donde llegaremos mañana. Allí repararán nuestra nave y nos darán provisiones además de la valiosa información que esperamos.
Después de esto, Snorr y yo nos sentimos algo más que compañeros de viaje y nuestra nave, de forma humana y color viajero, empieza a ser algo más que un maldito cacharro. Ahora es nuestro maldito cacharro.

 

17 de octubre de 3081




Parece que aún no había llegado mi hora. Conseguimos salir de allí de milagro, pero salimos. Nos esperaban tres naves skag y se repitió la historia de nuestro primer encuentro con esas ratas de cloaca: dos de las naves fueron destruidas y la tercera huyó. Esta vez el combate fue más fácil porque ya estoy empezando a cogerle el truco a los skag. Los cañones de cola hacen estragos entre nuestros enemigos, que tratan de tomarnos la espalda para derribarnos. Snorr, inocentemente, se deja coger la cola, y yo los abraso en cuanto se ponen a tiro. Snorr dice que soy más malo que la escoria del Infierno, lo que significa que ha dejado de preocuparse de que falle y los sorprendidos seamos nosotros. Aunque reconozco que todavía me falta mucho por aprender, yo mismo me sorprendo de la sangre fría con que afronto el fuego enemigo antes de responder con el nuestro. Incluso me he librado del miedo que antes tenía y consigo mantener la calma cuando resultamos alcanzados, aunque hasta ahora no hemos recibido daños de consideración. Todavía recuerdo el ataque de histeria que sufrí cuando murió Alexis y la verdad es que ya no me parece posible que se repita aquello.
No sé dónde se han metido las otras naves skag pero tengo la impresión de que la suerte ha estado con nosotros en esta ocasión: seguramente habían ido a su base en busca de refuerzos y salimos en el momento oportuno. Snorr dice que también puede ser que se tratara de unidades desarmadas que recibían escolta de las que nos atacaron. Sea como fuere, ya era hora de que saliera algo bien.
Esta vez por sugerencia mía, hemos pintado siete pequeñas rayas blancas en el fuselaje de la nave como indicativo de los enemigos destruidos. A este paso tendremos un buen lugar entre los ases de esta guerra, aunque será difícil que lleguemos a ser los primeros porque hay ya un elf que ha derribado 91 naves enemigas, entre skag y merot. Ese tipo debe de ser hermano o cuñado del ángel aquel de la espada flamígera.
Nunca me he alegrado tanto de hacerle caso a Snorr con la tontería de la pintura como cuando nos ocultamos en la luna del planeta Salvación. Si no llegamos a pintar la nave de negro estamos apañados.
Por lo visto, el negro no siempre es el color de la muerte.

 

16 de Octubre de 3081



Las cosas se están poniendo muy feas. Los skag han vuelto a atacarnos. Esta vez se trataba de un escuadrilla de diez naves y hasta Snorr comprendió que era mejor esconderse. Tardamos en conseguirlo, pero finalmente logramos ocultarnos en la parte oscura de una de las lunas de un planeta que desconozco si tiene nombre, pero que si no lo tiene se llamará Salvación a partir de ahora.
Antes de escondernos logramos destruir dos naves skag, y esta vez digo logramos con pleno respeto a la realidad, pues una la destruyó Snorr en combate y a la otra la alcancé yo con la artillería de cola mientras nos perseguía. Ha sido un idea estupenda instalar la artillería de cola: nadie espera que dispongamos de semejante potencia y la sorpresa nos está dando unos resultados estupendos. Es algo parecido a una anciana soltando un tiro con su bastón.
Afortunadamente, la escuadrilla enemiga no se hallaba reunida, sino más bien en formación de rastreo, con lo que sólo tuvimos que hacer frente a las cinco primeras. Las otras cinco llegaron cuando ya nos habíamos escondido y parece que se están pensando dos veces la conveniencia de atacarnos, lo que no deja de ser normal en un sitio como este, donde no se ve gran cosa y losa instrumentos funcionan como quieren
Las armas de funcionamiento automático están cumpliendo también su papel (no permitir al enemigo acercarse por los costados), pero desde que nos destruyeron la antena de detección las del lado derecho no funcionan, así que tenemos que andarnos con cuidado.
Lo más excitante, por llamarle de alguna manera, es que estoy escribiendo esto desde la luna donde nos escondimos. Snorr quiere esperar unas horas antes de asomar la nariz fuera, a ver si nos esperan, así que escribir es una más de las formas de calmar el nerviosismo. También puede ser que hayan llegado refuerzos, y entonces no tendremos salvación.
Si el diario se corta aquí quiero que todo el mundo sepa que estos meses han sido los más intensos de mi vida y que merece la pena morir a bordo de una nave armada. Si todo sale bien, volveré a escribir mañana contando lo que pasó.
Hasta mañana o hasta nunca.

 

12 de octubre de 3081




He olvidado decir que en el fallido ataque a la nave afiot conseguimos algo más que unos litros de agua y un sistema de comunicaciones que no sabemos cómo funciona: conseguimos un pequeño, rudimentario y desafinado equipo de música. La grabación más moderna es de 2871, pero un poco de música, aunque sea música afiot, siempre es de agradecer.
Por razones que todavía no puedo comprender, y dudo que llegue a entenderlas nunca, el ordenador de a bordo tiene voz, y hasta varias voces, pero no puede interpretar música alguna, ni reproducir grabaciones, ni siquiera convertir en sonidos los millares de partituras que hay en sus bncos de memoria.
Mi aparato se estropeó al mismo tiempo que el sistema de comunicaciones, y las grabaciones que tengo no son compatibles con el aparato afiot, así que tendremos que digerir música aguda y estridente, aunque es mucho mejor que el silencio de las estrellas.
A veces pienso que el silencio es un ser vivo que nos abraza y nos acaricia, tratando de convencernos de que nos suicidemos. Veo al silencio como a una hermosa y maligna mujer que te ofrece sus encantos, lasciva y tentadora, y aguarda con un puñal bajo la ropa para asesinarte en cuanto la abraces. El silencio es a menudo tan tentador porque calma nuestras heridas, pero en realidad no es más que una droga que nos ayuda a morir. La verdadera solución está en las palabras, en echar fuera eso que queremos guardarnos sólo para nosotros, porque en el fondo no hacemos sino regocijarnos en el dolor que sentimos. Hay que darle un puntapié a la ramera del silencio, hay que gritarle que no nos interesa su maldito cuerpo. Lo malo es que tarde o temprano el silencio nos alcanza y se vuelve tan espeso que los podemos sentir en las yemas de los dedos, y cuando palpamos el silencio sentimos un escalofrío al darnos cuenta de que acariciamos la nada, de que en nuestra boca ya no hay palabras hermosas que pronunciar... y entonces echamos de menos a Hannah, y lloramos por ella, pero también en silencio.
Si, lloramos en silencio porque ni siquiera tenemos valor para llorar con franqueza, como los niños pequeños, que aún no tienen miedo a nada. Y así, un silencio nos lleva a otro hasta que no sabemos cual fue el primero, y envenena nuestra lágrimas para que nos escuezan los ojos en vez de ayudarnos a ver más claro. Me he prometido que nunca más lloraré en silencio: si he de hacerlo, al menos que sea para librarme de mis penas y no para guardarlas en esos horribles cofres donde los desesperados atesoran sus miserias.
Yo he estado desesperado y sé lo que ocurre cuando no se busca una salida con el suficiente coraje. Hace tiempo, antes de encontrar a Snorr, cuando estuve al bordo del suicidio, escribí algo sobre la desesperación, algo que no vale mucho pero prefiero que no se pierda, como ocurre con la mayoría de las cosas que guardamos. Decía así:
En las llanuras de la autocompasión,
envuelto en la sórdida manta
de las razones que huyeron,
yace en pie un cadáver nuevo.
Sus ojos sin mirada
vagan a la deriva
por donde acaso hubo horizonte
buscando el punto de fuga de sus perspectivas
sin saber que cualquier punto es de fuga
cuando se miran los paisajes de la nada.
Harto de malvivir en su lucha
prefirió bienmorir en conformidad
y se ha cortado las venas de la ilusión
con la hoja con que antes se afeitaba
las derrotas cada mañana.
Con las heridas abiertas
pero sin sangre que manar
se clava en el suelo como un árbol seco
que eleva sus brazos al cielo
implorando un leñador,
y entre tanto, yace erguido,
muerto pero en pie,
en pie, pero muerto.
Yace al lado de otro hombres,
cadáveres anteriores
descarnados de valor,
reencarnados en miseria:
son los militantes del suicidio,
ahorcados con la soga del para qué,
paraqueidistas con bandera blanca,
espectros de proyectos malogrados,
mal logrados espectros que proyectan
lúgubres sombras de olvido,
tan vasta que incluso ellos
olvidaron que están muertos
y en quimérica existencia
malríen, malaman y malsufren
hasta que remueren.
Yo fui un desesperado que tuvo la suerte de resucitar, aunque más que la suerte fue el coraje lo que me devolvió a la vida. Ahora tenemos la música de los afiot, una basura de música, pero una basura que mata a este aterrador silencio que nos envuelve. ¡Bendita sea la música de los afiot!

 

9 de Octubre de 3081




Primer percance realmente gordo desde que emprendimos nuestro viaje hacia Ojos de Muerte.
Nos ha descubierto una patrulla skag y hemos sido atacados. Snorr se ha puesto a los mandos y yo a la artillería de cola. El combate duró casi un cuarto de hora. Hemos recibido algunos impactos y nos han destruido alredor del 20 % de la artillería, pero no tenemos daños en ningún punto vital.
Conseguimos destruir a tres de las cuatro naves de la patrulla, pero la cuarta logró huir y no tardarán en aparecer muchas más avisadas por la unidad superviviente.
Antes era imposible encontrar a esas hienas por la zona, pero las últimas noticias hablan de que han establecido alguna base en las proximidades de los dominios elf. Lamentablemente, hemos tenido que llamar al Mando para confirmar esa hipótesis, y los muy canallas han respondido que ya estaban al corriente, ¡pero nos lo dicen ahora!
Lo peor de todo es que los elf piden disculpas por no poder ayudarnos. Tienen sus fuerzas demasiado lejos y tardaremos nosotros menos en llegar a zona segura de lo que tardarían sus naves en venir a escoltarnos. Gracias a eso estaremos solos hasta el día 23, cuando llegaremos a Falador, y a la vista de la situación haremos los posible por llegar antes, aunque haya que arriesgarse con la navegación un poco más de lo que yalo estamos haciendo, que no es poco..
La otra novedad es que, al fin, Snorr se ha salido con la suya y hemos pintado la nave de negro. Llevo un mes negándome sistemáticamente a cambiar el blanco con rayas rojas y azules de mi nave exploradora por el negro boca de Infierno de los viajeros, pero después de ver cómo pilotaba durante la batalla no he tenido fuerzas para decirle otra vez que no.
No me parecía ni razonable ni de buen agüero pintar de negro una nave llamada Esperanza, pero al fin y al cabo hay que reconocer que el negro es una ayuda para la lucha a corta distancia.
Ahora mi pobre nave exploradora es una nave humana, con silueta de nave humana y pintada a toda prisa de color viajero. En circunstancias normales, un viajero me atacaría pensando que el color es un disfraz y un humano también me atacaría pensando que se trata de una nave capturada por el enemigo. Genial.
Como concesión, y para darme a entender que sigue siendo mi nave, Snorr ha dibujado en un costado la flecha alada de los exploradores y en el otro el emblema humano de los piratas, la tradicional calavera con dos tibias cruzadas.
El condenado viajero quería entrar en una de las naves skag destruidas para coger su aparato de comunicaciones y tratar de interceptar sus mensajes, pero se impuso mi prudencia y decidimos finalmente no perder las horas necesarias para hacerlo. Con pintar ya era más que suficiente, por mucho que diga Snorr que huir a todo prisa es una muestra de debilidad animaría a los skag en su persecución. En realidad lo del tiempo es lo de menos: las naves skag llevan tres tripulantes y lo más probable es que si la nave quedó entera sobrevivieran al menos dos de ellos. Para abordarla tendríamos que ir los dos, y si en ese momento vuelven a aparecer los skag, estamos perdidos.
Snorr se ofreció a ir él solo, pero el problema es el mismo, porque si vinieran los skag yo tendría que largarme y dejarlo abandonado, y si piloto yo la nave me machacarán en menos de lo que un electrón tarda en recorrer su orbital.
La otra solución, que vaya yo solo, también es un perfecto suicidio, porque al fin y al cabo yo soy un explorador y no un soldado, así que es natural que no sepa hacer ciertas cosas. La opinión de Snorr sobre los tipos que no se atreven a abordar solos una nave derribada es mejor no reproducirla aquí: creo que heriría la sensibilidad de una serpiente venenosa.
El episodio ha terminado con la destrucción de las tres naves skag para que no haya supervivientes. Odio los cochinos métodos de los viajeros, pero reconozco que es la única manera de no volver a encontrarme a los mismos tipos pilotando otras naves.
Esta guerra es una mierda.