Hola. Me llamo Albert Wandel.
Hoy, por fin, me he decidido a escribir esto. La verdad es que tiempo no me falta, pero el hecho de narrar lo que me ha sucedido representa para mí una especie de entrega a la resignación, como si poner algo por escrito, y en tiempo pretérito además, fuera darlo ya por irreparable. Y el caso es que, ciertamente, no tiene remedio, así que no hay razón para tanto escrúpulo.
Por ser el primer día, me limitaré a contar cómo he llegado a esta endiablada situación.
No sé por qué, pero se me hace muy difícil comenzar. Supongo que será la falta de costumbre; no en vano llevo ya muchos años sin escribir manualmente.
En fin: el caso es que en 2941, es decir, hace siglo y medio, que se dice pronto, la situación de la Tierra era desesperada. La superpoblación había alcanzado límites críticos, los recursos minerales estaban prácticamente agotados, y sobre todo, la atmósfera se había calentado hasta un punto muy peligroso.
Y aunque unos problemas lleven a otros, y precisamente por el orden que los he enumerado, mejor será que vaya por partes. La superpoblación es un mal que lleva siglos y siglos agobiando a la Humanidad sin que se haya encontrado manera de ponerle freno: la naturaleza, tan sabia ella, lograba regular la población de todas las demás especies que habitaban la Tierra a base de matar de hambre y epidemias a los que se salieran del cupo, pero los seres humanos descubrimos la agricultura, la medicina y la solidaridad y decidimos rebelarnos. Durante unos cuantos siglos la jugada salió bien, porque el incremento de la producción de alimentos bastaba para cubrir los aumentos demográficos, y los avances de la medicina evitaban que el hacinamiento diera lugar a la propagación de las enfermedades. La solidaridad, aunque sólo relativa, entre las zonas más productivas y las que contaban con menores recursos, alentaba también el crecimiento poblacional, permitiendo vivir en algunas regiones hasta cinco o seis veces más personas de lo que aquellas tierras podían alimentar. El primer resbalón vino precisamente por ahí, porque como las poblaciones de las regiones semidesérticas eran alimentadas con los excedentes de las tierras más productivas, ocurrió que durante varios años hubo malas cosechas generales y dejaron de existir aquellos excedentes. ¿Qué sucedió entonces? Seiscientos cincuenta millones de muertos por hambre en seis meses, y otros trescientos el año siguiente. ¿Qué se hizo a raíz de aquel desastre? Convertir la solidaridad en ley para los que no podían comprar o producir sus alimentos pudieran construir almacenes y hacer también sus propias previsiones. De este modo, se llegó a sostener la superpoblación de manera permanente. Y el método hubiera sido magnífico si además de alimentar a los que ya están en el mundo se hubiera procurado que no vinieran más, pero para eso hace falta cultura, y es más fácil alimentar los estómagos de la gente que los cerebros.
El segundo problema era el del agotamiento de los recursos naturales, y es lógico, porque aunque empezaron a traerse grandes cantidades de materias primas del espacio exterior, los recursos más cercanos, y por tanto más baratos, o los puramente insustituibles, como el petróleo, o se habían agotado hacía mucho tiempo o estaban en vías de ello debido a la sobreexplotación que imponía la tremenda masa humana que atribulaba el planeta. Pobres o no, los seres humanos consumen una cantidad de recursos naturales que no pueden ser comparados con los que gasta cualquier otra especie; además, en la mayoría de los casos, por no decir en todos, estos recursos requieren de un proceso de transformación que a su vez consume otros recursos. La superpoblación, por tanto, aceleró el agotamiento de estos recursos, y no crea que sean necesarias más explicaciones sobre esto.
Por último, los procesos productivos que menciono antes, contaminan y aumentan la temperatura de la Tierra. Los cultivos requieren en muchos casos calor y aumentan la temperatura de la Tierra. El ganado genera calor, las calefacciones generan calor, aunque cada vez eran menos necesarias, y todo, en fin, todo lo que lleva aparejado la vida, produce calor y más calor, asquerosas cantidades de repugnante calor.
Dos siglos atrás, cuando se fundieron los casquetes polares, los políticos se tomaron al fin el problema en serio, pero hasta la invención del desoxidante de Danaka no se adoptaron medidas realmente drásticas.
El desoxidante era un cacharro diabólico ideado para extraer oxígeno de la sílice a falta de plantas que realizaran la fotosíntesis. Como todo el mundo sabe, la inmensa mayoría de las piedras, arenas, y demás compuestos minerales están formadas en un alto porcentaje por óxido de silicio. La clave del invento estaba en extraer el oxígeno mediante un complejo proceso de calcinación que requería, obviamente, altísimas temperaturas y gigantescas cantidades de electricidad.
La energía necesaria se obtenía en las centrales nucleares y las cinéticas, mucho más avanzadas, de las que, afortunadamente, no se construyeron más que las imprescindibles debido a su altísimo coste.
Pero claro, todo lleva sus pros y sus contras, y la maquineja de las narices tenía la desventaja de hacer subir la temperatura en muchos kilómetros a la redonda.
Y el calor es como la peste: no hay manera de eliminarlo, ni de convertirlo en otra cosa que no de a su vez más calor, o al menos no hubo forma de conseguirlo al ritmo necesario.
La atmósfera, ya de por sí, no era capaz de desprenderse por las noches del calor solar y el que originaban las actividades de las miríadas de seres humanos que poblaban la tierra. Cuando llegó el desoxidante, el déficit de refracción aumentó sin parar hasta convertirse en casi el doble de lo que era antes de que Danaka tuviera su feliz idea.
Entonces, cuando empezaron a padecer sofocos algunas especies vegetales de las que dependían las cosechas, se vio que había que hacer algo inmediatamente.
Pero la palabra inmediatamente tenía un significado muy elástico para los políticos de la época, que se limitaron a restringir el uso del desoxidante y a crear gigantescos invernaderos refrigerados (¡que despedían más calor!) donde pudieran seguir creciendo las cosechas necesarias para alimentar a la por fin estabilizada población de la Tierra.
Y así pasaron los años hasta que en 3051 hubo una crisis térmica tan aguda que no dejó más alternativa que hacer algo o morir: ya no peligraban las cosechas, sino los devoradores de cosechas: no se podía seguir dando largas al asunto.
Por aquel entonces nací yo. Se ve que cuando el destino no tiene otra cosa mejor que hacer se divierte incordiando al hijo de un empleado de la Empresa Aeroespacial.
Bueno, pues como decía, había que hacer algo, y ya que transformar la energía térmica en mecánica no daba resultado, se resolvió, ni más ni menos, llevar la Tierra a otro sitio. Así, como suena.
El proyecto pareció una locura inimaginable a todo el mundo, excepto a los políticos, claro está, que se sentían llamados a enmendarle la plana a Dios y dejar un recuerdo realmente permanente de su paso por el Gobierno.
El problema entonces paso a ser a dónde llevarla. La solución más popular, y la más estúpida (suelen coincidir), era alejar la Tierra del Sol y acercarla a Marte, de tal manera que recibiera menos radiación solar y bajara la temperatura en la superficie de nuestro planeta, que era lo que se pretendía.
Pero como era de prever, Dios, Kepler y la astrofísica en general, lo tenían todo muy bien calculado: no se pudo encontrar el modo de alejar la Tierra apreciablemente del Sol sin incurrir en interferencias gravitatorias con Marte que nos llevaran a perder la Luna, o a sufrir mareas que se metieran doscientos kilómetros tierra adentro, y eso sin contar con una posible colisión, o con lo que más tarde descubrió Fergusson: en la siguiente pasada del cometa Love (¡qué nombre!) Marte haría que ese cuerpo celeste viniera directo contra nuestro planeta a darnos un terrorífico beso, nunca tan bien dicho como en este caso.
O sea, que se decidió que lo mejor era no acercarse a Marte. Por supuesto no faltaron los partidarios de destruir Marte, trasladarlo también o qué sé yo qué otras tropelías.
Si el único problema hubiera sido el calor, con un poco de suerte se hubiera desechado la mudanza y se habría pensado en otra clase de medidas, pero como marcharse del Sistema Solar arreglaba también el problema de las incursiones de los malditos viajeros, ninguna solución alternativa pudo ofrecer otro tanto y se consumó el desastre, por lo menos para mí.
Escribo todo esto por si el que encuentra mi relato no es terrícola y no conoce los antecedentes: si eres humano puedes saltarte unas cuantas páginas y seguir leyendo más adelante.
No podíamos seguir en el sistema solar, como decía, así que había que buscar un sitio donde la Tierra tuviera alguna posibilidad de seguir siendo un planeta habitado. El traslado no era problema: daba igual que el destino estuviera cerca o lejos porque no se iba a hacer lo que normalmente se entiende por un viaje. Hacía algo más que un siglo que Nickelmann había descubierto el hiperespacio, que técnicamente se le denomina Sistema de Traslación por Coordenadas de Partícula Subatómica. Como el cacharro en el que voy funciona aprovechando ese sistema, estoy en condiciones de explicar en que consiste el invento de Nickelmann.
Este científico descubrió, en el curso de sus numerosas investigaciones, partículas subatómicas en tal cantidad que se podría llenar una hoja sólo con sus nombres. Pero esto, por sí solo, no hubiera sido más que un simple avance de la Física. El verdadero descubrimiento revolucionario fue que varias de esas partículas contienen las coordenadas en el espacio del átomo al que pertenecen, de modo que, cuando el átomo se mueve, las partículas cambian su cantidad de energía en función del movimiento que se ha producido. Por tanto, si se consigue modificar esa cantidad de energía sin tocar nada más en el átomo, éste se encontrará donde indiquen sus partículas localizadoras y se habrá trasladado del punto inicial al final sin haber recorrido ninguno de los puntos intermedios. A Nickelmann le llevó treinta años convencer a sus colegas de que tal cosa era posible, pero en cuanto la tecnología avanzó lo suficiente para que pudiera demostrarlo en un laboratorio hubieron de rendirse a la evidencia. Efectivamente, el átomo desaparecía de un sitio y reaparecía en otro, aunque al principio no fue tan fácil.
El obstáculo más complicado fue adivinar la cantidad y el modo de variar la energía de las nueve subpartículas de manera que fuera a parar a donde se pretendía. Los primeros experimentos tuvieron resultados nefastos: no se volvió a saber de los átomos utilizados.
Lamentablemente, Nickelmann descubrió también que las partículas que contienen el regulador del tiempo se encuentran en los antiátomos, es decir, en los correspondientes átomos de antimateria, con lo que los reguladores del tiempo vienen a ser las antipartículas de los reguladores del espacio. Esto nos lleva a que el espacio es lo contrario del tiempo, ecuación que no sirve para nada pero contiene materia filosófica como para discutir durante un par de eras geológicas. Porque claro, si el espacio y el tiempo son antagónicos, resulta que la velocidad es una entelequia, o aún peor, una constante, porque si el uno crece al mismo ritmo que mengua el otro, resultará siempre una magnitud invariable.
Bueno, a lo que estaba: después de los fracasos iniciales, Nickelmann consiguió controlar el proceso y fue ideando las ecuaciones, leyes, principios y demás parafernalia científica necesaria para que su descubrimiento llegara a ser algo útil. Así, poco a poco, quedaron establecidas las bases prácticas para que la Tierra pudiera ser trasladada y para que funcione esta condenada nave en la que voy.
Lo de mover la Tierra iba a dar trabajo, pero sería perfectamente posible. Hacer viajar a una nave a velocidad hiperlumínica fue mucho más sencillo.
Este cacharro no se mueve linealmente, sino que va dando saltos en el hiperespacio tan grandes y frecuentes como quiera el piloto. O sea, que esto es una especie de sapo cósmico que salta a una velocidad de muchos miles de saltos por segundo. Un observador fijo podría decir que sigo una trayectoria continua, pero en realidad mi trayectoria es una sucesión de puntos separados entre sí y, por tanto, discontinua.
En estos momentos cada salto es de 70 Km. por razones de seguridad, pues cuanto más largo sea el salto más fácil es que falle el sistema de seguridad que impide que vayas a aparecer donde ya hay otro cuerpo. Ese sistema no tengo ni idea de cómo funciona, y prefiero no saberlo para poder seguir confiando en él como hasta ahora: las cosas empiezan a fallar cuando dejan de ser mágicas.
Así que, como digo, son 70 Km por salto, a razón de 5000 saltos por segundo, que es como está dispuesto el regulador en estos momentos, da una velocidad de 350.000 Km/s. O sea, que adelanto al haz de luz de una linterna. De todas maneras, esta no es ni mucho menos la máxima velocidad que se puede alcanzar, pero pasar de ciertos niveles puede ser suicida, tanto para la mecánica como para el piloto: por razones que no se conocen muy bien, cuando la velocidad es muy grande hay pérdidas de átomos. Si se pierden los de la nave puede haber una avería, y si se pierden los del cerebro del piloto...
Si no se lleva una velocidad excesiva, al viajar por el Espacio Negro, que es como se conoce a donde no hay nada de nada, ni siquiera vacío, como decía un viejo amigo (murió loco), se da un curioso efecto parecido al que experimentaban los antiguos al romper la barrera del sonido, pero de eso ya hablo otro día.
Una vez establecidos los precedentes técnicos, creo que ya puedo contar el origen de la desdichada situación en que me encuentro.
Como dije, mi padre trabajaba para la Agencia Aeroespacial, pero en tierra. Naturalmente, en esas circunstancias, su hijo quería ser cosmonauta y viajar en las maravillosas naves que revisaba su papá. Así, a los dieciséis años, con la ayuda de mis buenas cualidades y los contactos de mi padre, ingresé en la Compañía Aeroespacial Terrestre.
Los tres primeros años fueron horrorosos, llenos de ejercicios destinados a acostumbrarse a los cambios bruscos de gravedad y velocidad. Desde entonces no creo que me quede en el cuerpo ningún órgano pegado a otro.
Luego nos llevaron a una escuela orbital donde nos hicieron toda clase de fechorías y barbaridades para endurecernos la mente y acostumbrarnos a hacer frente a la soledad, la melancolía y toda la batería de sentimientos perniciosos que suelen asaltar al cosmonauta. A pesar de que guardo muy mal recuerdo de aquellos meses, creo que fueron los más útiles de mi instrucción. Gracias a ellos aún no le he pegado un martillazo al regenerador de aire de la nave.
Y luego, ¡otros dos años de estudio intensivo!, pero entonces fueron las matemáticas y no los cambios de gravedad lo que nos hacía vomitar. Estudié matemáticas, física, química y astronomía como para dejar helado a un cerebro electrónico. En cierto modo creo que el mío no se ha recuperado todavía. Y después, a elegir destino. Yo, como era uno de los primeros de mi promoción, pude ingresar en el Cuerpo de Exploradores, que se dedica a ampliar un poco más en cada viaje ese pedazo de universo al que llamamos espacio conocido.
Los primeros viajes fueron estupendos; en uno de ellos conseguimos llegar a un sistema conocido desde hacía mucho tiempo, pero hasta ese momento inalcanzable. Se trata de Altaír, que es donde me encuentro ahora precisamente, no tan emocionado como la primera vez, y sobre todo, con mucho peor ánimo hacia este demencial conjunto de estrellas.
Ser explorador fue apasionante precisamente hasta que los políticos decidieron que la Tierra no estaba bien en su sitio. Entonces se nos encargó buscar un lugar donde trasladarla. Se nos dio una lista interminable de características que debía cumplir el lugar, una nave, y la orden de informar enseguida de lo que fuéramos encontrando.
Había dos tipos de naves: las grandes, tripuladas por once hombres, que debían explorar las zonas más peligrosas o aquellas donde se esperaba la presencia de fuerzas viajeras, y las pequeñas, como la mía, tripuladas por dos exploradores, con la misión de llegar siempre más lejos, como puntas de lanza, de modo que si encontrábamos algo interesante mandarían una de las grandes.
Bueno, el caso es que me pareció una misión estupenda y me presenté voluntario para ella contando con que al menos estaría siete u ocho meses en el espacio.
Hace aproximadamente un año fuimos alcanzados por una sonda durmiente viajera que nos pilló por sorpresa (para eso están), y perdí a mi compañero de viaje y jefe, el comandante Alexis. Desde entonces viajo solo, aunque no completamente solo, como explicaré más adelante. Con el comandante Alexis se perdió también el sistema de comunicaciones.
Nickelmann se volvió loco intentando que las señales magnéticas saltaran también al hiperespacio, pero no pudo hallar ninguna partícula sobre la que hacer el cambio de energía. Sus trabajos eran algo parecido a intentar pintar de verde un fantasma. Finalmente, las que saltan son las estaciones intermedias, pero hay que usar un sistema convencional de comunicaciones, que como tal, es más inútil cuanto más lejos estás y, por tanto, cuanta más falta te hace.
Después del ataque de la sonda, con la nave llena de pequeñas averías y el cadáver de mi compañero a bordo, inicié el camino de regreso hacia la Tierra. Tardé casi cinco meses en llegar a las afueras del Sistema Solar, y como las averías de la nave se iban agravando, otras dos semanas en alcanzar el Sol, pero cuando llegué a nuestra querida estrella y me dirigí rápidamente a la Tierra, ya no estaba allí.
Sí, efectivamente: la Tierra ya había sido trasladada. La avería en el sistema de comunicaciones había impedido que me enterara de esa vital novedad.
La busqué desesperado por todo el Sistema Solar, como el niño que revuelve una y mil veces el cajón donde estaba la pelota, y cuando por fin me convencí de que se la habían llevado casi me muero de desesperación. ¿Adónde ir?, ¿qué hacer?; confieso que estuve a pocos pasos del suicidio.
En Júpiter, en la capa más externa de su corteza gaseosa, encontré los restos de un naufragio con el equipo necesario para reparar las averías de mi nave y, todavía apabullado por el golpe moral que había recibido, decidí buscar en el Sistema Solar alguna señal que indicara el lugar a donde había sido trasladada la Tierra. Era muy difícil que encontrara algo, pues lo más probable es que se hubiera mantenido toda la operación en secreto para librarse de una vez de los viajeros, esa maldita raza de centaurianos que nos ataca periódicamente.
Recorrí todos los planetas, uno por uno, sin encontrar más señal que el monumento que para mi sorpresa y mayor desesperación encontré en Marte. Se trataba de un gran obelisco dedicado "A TODOS LOS EXPLORADORES QUE DIERON SUS VIDAS EN BUSCA DE UN NUEVO HOGAR PARA LA TIERRA". Allí, entre otras dos docenas de nombres, estaban los de Renè Alexis y Albert Wandel.
Desde entonces busco la Tierra por todo el Universo guiado sólo por algo que, dentro de mí, me impulsa a seguir en una u otra dirección. Se le puede llamar intuición, azar o espiritismo; lo mismo me da, porque las mismas probabilidades de éxito ofrecen los tres métodos en casos como este.
Mi única compañía es una especie de mosca que cogí en un planeta perdido de Achernar I. No conozco su longevidad, pero algo me dice que está en las últimas. Cuando muera estaré solo, completamente solo, buscando mi planeta en la inmensidad del Cosmos.
Por eso he querido escribir esto: para que si algún explorador del futuro lo encuentra sepa de la angustia de esta pobre mierdecilla microscópica que avanza a saltos de hiperespacio por un universo que aún no se sabe si es finito o infinito.
El que tuvo que buscar la aguja en el pajar era un tipo realmente afortunado.
:-)
Creo recordar que tienes a un explorador propio por ahí. Busco en la carpeta de favoritos y resulta que me la ha expurgado un maravilloso programa defensor de la privacidad.
Así que, por favor, ponme por aquíla dirección de Benson que quiero ponerla en recomendables.
Besos y gracias.





